Ganamos el Rousset Banda

Nuestra monografía participó en el Premio Chihuahua 2018, en la categoría de Ciencias Sociales y Humanidades, y perdió. Ni el PECDA, ni el PACMyC (en tres ocasiones) han fijado su atención en Juaritos Literario. Las decisiones de estos programas son inapelables y no muestran dictámenes, por más que los solicitamos. El apoyo, reconocimiento y difusión no iba a venir por parte del Estado de Chihuahua. Así que, a mediados de febrero, firmamos contrato con Ediciones y Gráficos Eón, en la Ciudad de México. El convenio estipulaba repartirnos por igual el coste de la edición y el número de ejemplares. La empresa era arriesgada, ya que no contábamos con algún tipo de recurso o subsidio por parte de alguna institución. Queríamos publicar pronto, agilizar el largo proceso editorial (cuando se hace con recursos públicos) y aprovechar el año sabático de Urani; así que asumimos el gasto y, felizmente, nos endeudamos con el banco. La apuesta era sencilla: recuperar la inversión con la venta, y obtener el reconocimiento académico a nivel nacional a partir de la difusión de nuestro libro. Durante la FELIF, el miércoles 29 de mayo, a unas horas del estreno de Fundadores, una ruta literaria que hicimos en trolley, llegó al aeropuerto una caja con 50 ejemplares de la ansiada Cartografía. Con las prisas (y con pocas expectativas de que llegara a tiempo el envío), ese día no hubo presentación formal, aunque sí unas emotivas palabras por parte de la maestra Laura Jiménez, quien ha confiado y seguido al proyecto tanto en las calles como en este blog.

Cuando leímos la convocatoria del premio Rousset Banda, en su emisión número 16, nos dimos cuenta de que este año concursaban obras publicadas en la modalidad de crítica literaria. Un galardón a nivel nacional de este calibre era justo la plataforma que buscábamos, tanto para validar nuestra investigación como para que los intereses no se comieran las finanzas de Urani. Repasamos a detalle uno a uno los doce puntos del documento, y marcamos en el calendario la fecha límite de envío: 14 de junio. Preparamos la documentación a nombre de la coordinadora del premio, la Dra. Margarita Salazar Mendoza, y la llevamos a la Coordinación de la Licenciatura en Literatura Hispanomexicana, de la UACJ, que ella dirige. En tanto, se sucedieron un par de presentaciones: la primera (la que consideramos la oficial), el 15 de agosto, dirigida a la comunidad artística y cultural fronteriza en el Museo de Arte de Ciudad Juárez; y otra, el 11 de septiembre, para un público académico, en el marco del Congreso Internacional de Ciencias Sociales Paso del Norte, celebrado en las instalaciones del ICSA. En ambos eventos, contamos con los comentarios del escritor Willivaldo Delgadillo, la historiadora Guadalupe Santiago (en la primera fecha) y del promotor y activista cultural Leobardo Alvarado.

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Como en cualquier premio, recibimos la noticia con antelación; había que aguardar al domingo 20 de octubre, cuando salió la nota en El Diario, para hacerla pública. La “decisión unánime”, como se lee en el Acta, nos llena de orgullo, y más aún al constatar la trayectoria y credenciales del jurado calificador, presidido por la Dra. Sara Poot Herrera (de la Universidad de California, en Santa Bárbara), el Dr. Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles (de la Universidad Autónoma de Coahuila) como secretario y el Dr. Víctor Saúl Villegas Martínez (de la Universidad Veracruzana) como vocal. En el mismo documento, ellos hablan de los souvenirs y mapas que repartimos en nuestras caminatas. Enseguida, pensamos en acompañar el libro con un nuevo obsequio alusivo al premio. Sin duda, concluye el jurado, “este libro será un bello y bienvenido regalo para los habitantes de esa «frontera creadora», que además brinda un panorama de cómo se logra vincular el trabajo académico con la sociedad; es decir, de qué manera la crítica literaria puede establecer un puente con la colectividad en el que todos salen ganando. Se trata, en fin, de una magnífica aportación a la feliz mezcla entre sociología y literatura, además de una invitación a replicar la experiencia en otras ciudades”.

El día de la premiación, recibimos el diploma acompañados de nuestras familias (unos llegados desde la Ciudad de México), colegas y amigos. En la ceremonia –conjunta con el Fuentes Mares que ganó Darío Zalapa con su novela Perro de ataque–, expresamos nuestra dicha y enlistamos los productos que nos mantendrán ocupados en los próximos años. La felicidad tras haber obtenido el Premio Rousset Banda refuerza y encamina el propósito esencial de Juaritos Literario: difundir la literatura escrita en y sobre Ciudad Juárez. Así que si usted, lector, ha llegado hasta esta línea, le queremos obsequiar nuestro libro. Nos comprometemos a enviar cinco ejemplares a cualquier parte de la República (solo mándanos inbox a través de Facebook) y a regalar otros diez a las primeras personas que nos lo pidan en el foro del Sintonizador Fronterizo (Border Tuner), el próximo lunes, en el Parque Chamizal.

Ganadores-Rousset-Banda

Carlos Urani Montiel
Amalia Rodríguez Isais
Antonio Rubio Reyes

Música del desierto

Juárez-El Paso en la poesía de William Carlos Williams

Alrededor de 1950, William Carlos Williams de ya casi 70 años, aún sin el sólido reconocimiento que la crítica le dará hasta una década después, visita la costa oeste de los Estados Unidos y, concluido el viaje y a pesar de su edad y el derrame cerebral del que se recuperaba, Ciudad Juárez-El Paso se convierte en una parada obligatoria en su retorno a New Jersey desde el sur del país vecino. En aquellos años, la fama de nuestra ciudad como sinónimo de fiesta nocturna comenzaba a crecer; el poeta había publicado ya los primeros tres volúmenes de Paterson, y el cuarto y penúltimo de ellos no tardaría en editarse; la lesión cerebral había confrontado a Williams con una posible muerte repentina y la necesidad de esclarecer los objetivos de su poética antes de que ocurriera. Estas coordenadas llevan a William Carlos Williams a poetizar su experiencia en la frontera un año más tarde, y publicarla en 1955 en el libro The desert music and other poems. Hoy llega a mí a través de la recopilación bilingüe En algún otro lado (1992), en la que Roberto Tejada presenta traducciones hechas por diversos poetas anglófonos del siglo XX que, a su vez, trasladaron la imagen de México hacia otro lado. Precisamente a través del largo poema se manifiesta la relación de dos culturas, a partir de una mirada que nos entiende como el otro desde otro idioma.

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“La música del desierto” es un poema que exhibe el proceso de su escritura: anuncia desde el comienzo hacia dónde se dirige; se muestra como resultado de un ejercicio de la memoria, con digresiones e intervenciones desde el presente en que se enuncia. En él, Williams, junto a su esposa Floss y un grupo de amigos, pasea por sitios emblemáticos de ambas ciudades, desde la Plaza San Jacinto en el centro de El Paso, donde contempla a los lagartos en cautiverio que sirven de atracción a los paseantes; los mercados en los que los tragos de tequila valen 5 centavos de dólar y los puestos donde “indios” que dormitan venden trastes de barro cocido, verduras, dulces y “flores para los santos”, llenando las calles de color; la plaza de toros; las calles donde transitan texanos altísimos, mientras “dedos obscenos” claman un penny por limosna; abundantes bares y prostíbulos, por supuesto. Todo envuelto en el desgañitarse de cientos o miles de gorriones y una “lluvia texana”, el viento arenoso de la región.

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Pero más allá de la anécdota del viaje y el retrato social de la vida en la frontera, Williams formula un manifiesto: la experiencia le sirve para exponer la creación poética como una actividad que se vale de la realidad para gestar una “música” nueva, sin intenciones sociales ni mucho menos morales. Ni la precaria condición de los limosneros, ni el decadente espectáculo de una “puta vieja” americana en el tugurio, y tampoco la imagen principal que abre y cierra el poema, un bulto sin forma ­–casi inhumano– en un rincón debajo del puente internacional, tienen por objetivo cuestionar el porqué de su condición o reprobar su conducta –a pesar de un evidente desagrado en las voces de los compañeros de Williams, que marcan una tajante división entre americanos e “indios”.

“La música del desierto”, traducido por Gerardo Deniz, opone dos posturas frente a las posibilidades de la poesía: o una copia de la “naturaleza” o, como Williams prefiere, su imitación, que consiste en tomar de las cosas su música interna y llevarla al poema como una danza que recrea su existencia. Aquel cuerpo informe entre fronteras, que se asemeja más a un huevo que a la figura de un hombre, tiene sentido en el texto como representación de la realidad que adquiere cuerpo a través de la articulación musical, como una semilla que germina en el texto mediante el artificio sonoro que logre darle el poeta. Y no más, pues a pesar de la relación que esta imagen pueda tener con frecuentes escenas en nuestra o cualquier ciudad, la música se desprende de la realidad como un éxtasis creativo individual que en poco o nada participa con la materia desde donde surge, restringido al espacio del poema.15 Mangan Plaza lagartos.jpg

Héctor González

La ciudad de los sueños

Dosis letradas, antología publicada en el 2008, reúnen textos narrativos y líricos escritos por Roberto Espíndola, Juan Carlos Esquivel y José Ángel Valenzuela, ex becarios del taller literario del INBA en Ciudad Juárez. El compendio, coordinado por José Manuel García García, surgió como un proyecto cultural dentro de los programas académicos de la Asociación de médicos egresados de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (AMEUACJ) en el marco de la celebración de su vigésimo quinto aniversario; no obstante, cuenta con solo una edición, de escasa difusión. El texto del que hablaré a continuación se titula Electreros y Voltanatos, de Esquivel. El protagonista, un joven llamado Crisantemo que vive en el poblado de San Buenaventura, Chihuahua, estudió la preparatoria en Nuevo Casas Grandes, ante la irrevocable decisión del padre, con el propósito de forjarse como técnico electricista, debido a que en su pueblo se había instalado una maquiladora; sin embargo, por dificultades de ubicación, la planta se fue del lugar. Frente a la necedad de una carrera técnica, Don Joaquín financió la instalación de un taller, en donde su hijo podría servir. Allí Crisantemo descubrió su sexualidad y se avocó a autocomplacer su cuerpo, ideando la perfecta combinación entre electricidad y deseo. Por tanto, el tema general del relato consiste en el despertar erótico de un joven, quien manifiesta su amor por personas del mismo sexo.

Después de un tiempo, Crisantemo intenta mudarse a Ciudad Juárez con la intención de estudiar la preparatoria y poder ser libre. En este sentido, resulta interesante la relación pueblo-conservador/ciudad-liberal, debido a que se convierte en una dicotomía entre la aceptación y la negación. El autor construye al lugar como una urbe en donde los individuos pueden revelar su sentido de identidad y pertenencia, expresando su amor sin prejuicios ni ataduras. Aunque su presencia en el cuento es pasajera, me detengo en el espacio citadino debido a su importancia y funcionalidad dentro de la construcción de la narración aludida. A lo largo de la historia, Juárez ha tenido un constante flujo migratorio de diversas partes de la República Mexicana, en especial de pueblos vecinos. Las personas llegan a la frontera con aspiraciones netamente productivas, pues la mayoría proviene de familias pobres y conservadoras. No obstante, cuando se ubican en una zona en donde nadie los conoce, con códigos culturales distintos y habitada por una gran cantidad de personajes, las preocupaciones y limitantes se evaporan, ya que se rodean de gente con la que pueden coincidir y compartir deseos. La confluencia de diferentes personalidades hace de la ciudad un lugar digno de ser contado, pues allí convergen relatos tan conmovedores como singulares.

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Los habitantes de este municipio pueden coincidir en catalogarlo como un violento y sangriento festín, donde si transitas solo por las noches te asaltan o matan. Mi experiencia no ha sido funesta ni tampoco benéfica; no obstante, concuerdo con uno de los motivos que lo caracteriza: la frontera nos insta a pasar nuestra estancia tratando de descubrirnos e intentando averiguar qué nos une a esta tierra. En la narración se presenta como homóloga de libertad; sin embargo, esto no es del todo verídico. A pesar de que Chihuahua es uno de los estados de México que permiten el matrimonio entre parejas homosexuales, la apertura no ha sido completa; pues los crímenes de odio por homofobia no desaparecen (situación que resulta irónica si sabemos que Juan Gabriel es el divo por excelencia de Ciudad Juárez). Aunque cabe resaltar que no existe una represión directa, ya que cada junio se celebra la marcha del orgullo LGBTTTQ, a la cual, por su carácter carnavalesco, asisten diversos jóvenes, adultos, ancianos y niños. Su ubicación como frontera hace de nuestra ciudad un espacio dedicado a la interacción cultural, lingüística e ideológica, en donde las posibilidades para ser libres se abren cada vez más.

Cristian Alexis Muñoz Rubio

 

Palabras como las nubes

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La lectura, más allá de una práctica educativa o profesional, consiste en una necesidad existencial. Las palabras, configuradas en un sinfín de historias, crean la oportunidad de hacernos un poco más dueños de nuestras propias vidas. Por ello, resulta necesario acercar a los nuevos lectores a aquellos textos en donde aprendan a leer el mundo con todos sus sentidos, a descubrirse y reconocerse en el otro; ya que, según la antropóloga Michéle Petit “desde la más tierna edad y a lo largo de toda la vida, la literatura, oral y escrita, y las prácticas artísticas están en estrecha relación con la posibilidad de encontrar un lugar” (Leer el mundo, 2016). Jorge Argueta, reconocido poeta bilingüe en el ámbito de la literatura infantil, es autor de varias obras y proyectos (La Biblioteca de los Sueños en el barrio San Jacinto, El Salvador) que demuestran el poder de la palabra y los libros, sobre todo en poblaciones vulnerables: “La lectura nos hará volar”. Esta frase con la que cierra su discurso de agradecimiento al haber obtenido un homenaje a su trayectoria el año pasado, remite de inmediato al planteamiento ideológico y estético suscrito en el libro-álbum Somos como las nubes / We Are Like the Clouds (2016).

Somos como las nubes, publicación bilingüe con ilustraciones del artista español Alfonso Ruano, cuenta, a través de una serie de poemas, la travesía por la que miles de jóvenes, niños y niñas de Centroamérica han tenido que pasar tratando de conseguir una mejor vida. Ante la crisis social que impera, el tema de la migración se ha convertido, sin duda, en uno de los más importantes y necesarios de abordar desde distintas perspectivas y modalidades, normalmente enfocadas en la visión y recepción adulta. No obstante, la problemática también concierne al mundo infantil, y negar o minimizar dicha realidad solo aumenta la gravedad de la situación. Argueta recrea un contexto donde la niñez es absorbida por la violencia; las imágenes de Ruano ratifican la vulnerabilidad e inocencia con que esta comunidad se enfrenta, por ejemplo, a las pandillas de sus barrios, los peligros del desierto, La Bestia, la migra, la soledad o al miedo de perder a sus padres: “Los pintados / aparecen por las noches, / los pintados / aparecen por la tarde / y por las mañanas. / Los pintados / aparecen a todas horas. / Los pintados / tienen los ojos duros. / En sus brazos, caras, / pechos y espaldas / viven, como culebras, / los tatuajes. / A mí me da miedo que / esas culebras me vayan a picar.”

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El autor salvadoreño compuso su texto basándose en su propia experiencia y en la de otros jóvenes inmigrantes con los que convivió tanto en su país de origen como en un albergue de San Diego, California; los cuales, debido a situaciones de pobreza o violencia, tuvieron que huir de sus barrios y dejar atrás su infancia, esa en donde “hay un perro que puede silbar, / una gata que puede bailar, / un gallo que se mira en el espejo / y en vez de cantar, come paletas de coco / de las que vende / don Silverio.” Somos como las nubes nos muestra lo que dejan atrás estas pequeñas, a qué sueños renuncian, cuáles deseos van creando, qué sienten, piensan y anhelan los niños durante esa dura odisea. Las palabras de cada poema de Argueta, su consonancia y melodía permiten adentrarnos en experiencias sumamente difíciles y críticas de la mano de esa mirada pueril desde y para la cual se escribió el libro-álbum; una mirada que, pese a un sinfín de dificultades, no abandona sueños ni la esperanza de volar como las nubes.

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Crédito de fotografía: José Luis González 

 Amalia Rodríguez

El diario de un muro milagroso

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Margarita Gándara Orona (1929-2018) plasmó su talento y amor por la frontera en diversas esculturas, pinturas y murales. Estos últimos aún forman parte del paisaje urbano y se han vuelto un referente común y necesario en la cotidianidad de cientos de habitantes de Juárez. Por ello, durante el pasado verano, el Museo de Arte de la Ciudad inauguró la exposición “Mago. El Silencio y el tiempo” que reunió sesenta de sus obras. Como parte de las actividades de este homenaje a la artista visual, Juaritos Literario organizó la ruta Tenayokan: la ciudad de Mago, la cual culminó frente a El milagro del Tepeyac, un mural de 20 metros que enmarca la entrada a la casa-estudio CUI. En él no solo se representa la unión y perseverancia de dos razas antiguas, sino todo el esfuerzo y la capacidad de Mago para crear comunidad y generar nuevas perspectivas a partir del arte entre los niños y jóvenes de la colonia La Libertad. Este trabajo también quedó fijado en El muro milagroso (2013), publicación a cargo del Programa de Apoyo para las Culturas Municipales y Comunitarias (PACMyC) que expone una serie de textos personales y bocetos ilustrativos realizados durante el proceso de creación del muro, es decir, entre 1992 y 1995.

 

 

El muro milagroso parte de un diario en donde Gándara liberaba sus emociones, intenciones, dudas, problemas y anécdotas en torno a la creación de su obra dedicada a la Virgen de Guadalupe, con toda la carga simbólica e histórica que esta figura religiosa supone. En sus textos destacan referencias a autores como Herman Hesse; descripciones del espacio, el material y problemas cotidianos de los barrios que rayan en lo poético: “La barda de Cui carga con la cicatriz de batalla, ella se expone sin protección al ataque de los garabatos de vagos, rayadas, y peor aún, apedreada y con soquete”; así como versos de su autoría que complementan gustosamente las fotos y la narración del proceso creativo: “Anteanoche, sentí unas ansias espirituales, y reconozco que esto es típico al comenzar un mural, pero con los primeros impulsos dibujados con un palo largo… Como bailarina, con los / brazos libres formo / líneas curvas, fluidas, / estiradas; para alcanzar / y descubrir las figuras que / buscan su nacimiento; para enamorarme otra vez, con / el acto creativo del arte.” El libro se divide en tres partes, las cuales demuestran el entusiasmo, la colectividad y la sorpresa con que Mago finalizó su trabajo: “1. Al principio”, “2. Comenzamos nuestro mural” y “3. ¡Cumplimos nuestra obra milagrosa!”.

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Sin duda, los esfuerzos que se han realizado para valorar y posicionar en su justo lugar la obra transfronteriza de Mago Gándara resultan necesarios. Igual que otras artistas chicanas, ella creó su propia identidad y espacio; nos toca a nosotros mantener su memoria y no dejar que se desvanezcan los resultados de una lucha que nos demuestra que es posible ser una mujer libre y artista en esa frontera.

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Amalia Rodríguez

Blu: para Joni Mitchell

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Aunque el tiraje fue corto, ya no queda ningún plaquette a la venta de la primera edición de Blu, el único poemario publicado por Antonio Rubio hasta el momento. Apareció este año como parte de la colección de poesía Museo Vivo, de Anverso Editores. El título original del libro era Tachaduras / El ángel que no tiene espalda, el cual recibió mención honorífica en el premio Rogelio Treviño. El cambio del nombre responde a la necesidad del autor por hacer más evidente su homenaje a Joni Mitchell, una cantante canadiense. De su disco Blue tradujo al español varios versos para insertarlos en el poemario, tales como “eres en mi sangre como vino sagrado” y “hey blu, hay aquí una canción para ti”. Es la única compositora con quien Rubio sostiene declaradamente una relación de intertextualidad y a ella dedica la plaquette escribiendo con sencillez “Para Joni”. Cuando se analiza en su totalidad, el poemario funciona como una sola narración. Un joven ha decidido emborracharse en las tabernas, rodeadas por iglesias que repican sus campanas. Es el día de su cumpleaños, pero sufre. Deprimido, recuerda a sus amigos muertos, evoca sus encuentros sexuales, más bien decepcionantes, con algunas mujeres: desea no haber nacido, dejar de existir, aventarse del puente al revés antes de los treinta…

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Casi todos los títulos de los poemas marcan una hora entre las 9:00 de la noche y las 2:00 de la madrugada. Así tenemos 9:30, 10:46, 11:02, 11:24… sin que parezca que haya algún motivo tras su selección más allá de representar esos instantes fortuitos en los que brota un pensamiento, un verso. Aunque algunos poemas se refieren al suelo desértico de esta frontera, sólo 1:15 señala el nombre de un lugar exacto de nuestra ciudad, el ya mencionado Puente al revés (Rotario), de donde sueña suicidarse el personaje. En una entrevista, Antonio me contó que escribe para sobrevivir, porque sufre y sólo así puede hacer valioso su dolor. En esto se parece a su personaje. Para hablarme de la poesía, citó un verso de Nicanor Parra, “Todo es poesía menos la poesía”, y la describió como nuestra forma original de vincularnos con el mundo real y el de las emociones, con las cosas que no sabemos nombrar y metaforizamos, concluyendo con que el deber del ejercicio poético debería ser darle nuevos nombres a las cosas.

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Creo que Blu es un poemario distinto a lo que estamos acostumbrados a leer. Es una obra plástica, Antonio esperaba que cada poema tuviera una forma rectangular; no hay mayúsculas, comas ni puntos que interrumpan el ritmo de lectura y los títulos no son convencionales: las horas, en lugar de las palabras, despiertan la curiosidad, capturan la atención. No es un poemario asfixiante. A las composiciones más largas les suceden poemas que duran uno o dos versos. Por otra parte, el efecto de las diagonales va más allá de marcar un ritmo de velocidad de lectura; desde mi punto de vista, invitan a reflexionar unos versos más tiempo que otros y suman también a la plasticidad de cada pieza. Me da la impresión de que los modelan.191 Puente al revés.jpg

“María Magdalena”

María del Carmen Rascón Castro

El diablo en el Malibú

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Lauro Zavala compila en La ciudad escrita. Antología de cuentos urbanos con humor e ironía (2000), de la editorial Ermitaño, un cuento sucedido en las entrañas de Ciudad Juárez: “Como si fuera un gato” de Juan Rosales. Publicado por primera vez en Al margen en 1995, Zavala lo recupera en un libro destinado a reunir cuentos que exploran el espacio de las ciudades con un tono burlesco y satírico que algunos eventos, en ocasiones traumáticos o políticamente injustos, lo requieren. El autor recurre a la leyenda de la aparición del diablo, travestido en galán, en los salones de baile juarenses, en específico en el Malibú. De esta manera se convierte en uno de los pocos textos literarios fantásticos que han retomado la tradición oral y legendaria de la ciudad.  “Como si fuera un gato” narra la historia de Cecilia, una virgen desobediente que, a pesar de las advertencias de su madre, sale un viernes por la noche con su novio Juan a bailar en un salón antaño famoso. Aprovechándose de un lenguaje particular, Rosales utiliza las voces de personajes sin identificar –testigos– que cuentan externamente lo ocurrido mientras se burlan de la ingenuidad de la protagonista, estableciendo así la cualidad irónica del texto.

Leyenda propia de Ciudad Juárez, de otros lugares en el norte de México y de algunas ciudades dispersas en el resto de América Latina, la aparición del diablo en la discoteca se repite de la misma forma: el demonio, en la piel de un donjuán, selecciona a una de las chicas que asisten a aquel antro que recogerá el estigma de diabólico. Bailando con ella, el lugar se inunda del olor a azufre; la elegida se da cuenta de que su pareja tiene una pata de cabra y otra de gallo, y luego es dejada ahí, en el centro de la pista, con consecuencias graves en su cuerpo y su espíritu. En esta frontera, la historia se ubica en el famoso salón Carrousel, localizado hace años entre las calles Paseo Triunfo de la República y Efrén Ornelas o en el Malibú, antiguamente situado en la curva de San Lorenzo, donde ahora se alza el gigantesco estacionamiento de Soriana Hipermart. Es este lugar el que retoma Rosales en su cuento para llevar a Cecilia, su novio y al lector por famosas calles y lugares de Juárez –Insurgentes y Mérida, Vicente Guerrero, Parque Borunda– y finalmente aterrizar en su destino. La narración imita el ritmo de los cuerpos bailando y opta por no mencionar directamente la leyenda, salvo en una breve ocasión. La protagonista desaparece pronto en el relato juarense, pues para los residentes impera más el recuerdo del recinto, el cual, además de diversión, les procuró la visita del Señor de las tinieblas.

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Desde que era una niña, pequeña y susceptible, mi abuela Aurora me ha contado un sinfín de leyendas de la ciudad. Me habló acerca del misterioso edificio que se mueve, del tesoro perdido de Francisco Villa y de personas aparecidas en estaciones de radio y televisión y, por supuesto, en cementerios. Mi imaginación infantil, poblada por las imágenes de los espectros moviéndose en la ciudad, no pudo nunca deshacerse de la que más le llamó la atención: la aparición del diablo, disfrazado de apuesto muchacho, en los salones de baile. Tal vez me impresionó porque el demonio lucía sus patas de cabra y gallo, porque la joven resultó herida o muerta en la pieza o ,quizá, simplemente porque me conmovía la cercanía de mis ancestros con el relato: mis abuelos habían tenido la oportunidad de asistir a los salones Malibú y Carrousel; en su juventud, la generación de mi madre todavía pudo presenciar las noches de diversión en el primero, aunque no en el segundo, convertido ya para entonces en el Chihuahua Charlie’s. En realidad, la mayoría de los juarenses hemos visitado estos lugares o al menos transitado cerca de ellos, pese a que ahora tengan un disfraz, por lo que obviamos las leyendas que ocurrieron dentro de sus paredes pseudo-sagradas. El cuento de Rosales lo advierte: “Nadie cree, pero desde ese día los vecinos de San Lorenzo cuentan la historia del Salón Malibú, bautizado de diabólico para siempre, aún después de que fue sepultado por un moderno centro comercial”.

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Pamela Torres Martínez

El confín insólito de Darío

En 1910 Rubén Darío visitó México con motivo de la celebración del centenario de la Independencia. Sin embargo, la estadía se redujo a un aprisionamiento en Veracruz bajo órdenes del Gobierno Mexicano. Eso no privó la buena bienvenida que recibió del pueblo, quienes lo alabaron y manifestaron su desacuerdo contra la postura política de Porfirio Díaz por la intervención estadounidense en el país natal del poeta, Nicaragua. En su autobiografía, escribe al respecto: “Por primera vez, después de treinta y tres años de dominio absoluto, se apedreó la casa del viejo cesáreo que había inspirado. Y allí se vio, se puede decir, el primer relámpago de una revolución que trajera del destronamiento”. No sólo entabló una relación con México por su extraordinaria labor literaria, también habló con su gente y escribió sobre ellos. Darío nunca visitó Ciudad Juárez, pero en uno de sus cuentos, “Huitzilopoxtli (Leyenda mexicana)”, el autor, a través de la ficción, se acercó a la frontera. Entre la realidad y lo fantástico configura un espacio mítico desde donde habla sobre la ontología del mexicano a raíz del pasado prehispánico y la Revolución. El autor también escribió novela, cuento, autobiografía, crónica y un gran número de artículos periodísticos. Sin duda, su género predilecto fue el lírico. Algunas características de la poesía del “Príncipe de las letras castellanas” son la importancia del ritmo, el uso de un léxico exótico y refinado, la presencia de figuras retoricas (principalmente la sinestesia), el interés de efectos cromáticos y la recurrencia simbólica del cisne y el color azul, primordialmente. Estos elementos abrirían paso al primer movimiento literario inaugurado en el nuevo mundo. Rubén Darío nació en un país pequeño sin saber que su nombre recorrería toda Hispanoamérica.

“El cantor va por todo el mundo / sonriente o meditabundo”. Los primeros dos versos del breve pero exquisito poema “El canto errante” de Darío ya nos someten a una aventura casi de carácter biográfico. El nicaragüense tal su caballero errante no tuvo límites geográficos: visitó El Salvador, Chile, Perú, Argentina, Costa Rica, Guatemala, México, España, Francia, etc. Y los lugares que no pudo conocer personalmente los conocieron sus versos. Una de las características principales de este poema es la musicalidad: elemento donde reside toda la fuerza. En él se deja ver dos aspectos primordiales de su poesía: lo clásico y lo moderno. Utiliza verso eneasílabo, uno de uso poco frecuente en el español que generalmente se usaba en las canciones de tradición oral. Eso nos remite al título y naturaleza del escrito: un canto. Se reconoce de inmediato por la sonoridad continúa de dos versos pareados con rima consonante. Junto con la poesía, en la edición a cargo de la editorial chilena Amanuta, la imagen complementa fielmente la odisea que Darío va recitando. Las ilustraciones a mano de Eleonora Arroyo abren el fluir imaginativo a través de una gama de colores y el dibujo de paisajes que en complemento con el texto revelan los aspectos centrales del poema: la representación de la biodiversidad y multiculturalidad junto con la travesía del juglar. Se asocian características identitarias de cada espacio por donde transcurre el viaje: los elefantes de la India, el traje tradicional de China, las góndolas de Venecia, los trenes de Londres, los asnos de Jerusalén; así como la descripción de diferentes ecosistemas: el desierto, la selva, la estepa, la pradera. Finalmente describe al cantor como alguien que, sencillamente, va por la humanidad dando armonía y eternidad: la poesía.

Darío no sólo llegó a Juárez con su literatura, también se quedó aquí. Probablemente a los transeúntes poco les importe quién es o qué hizo tal personaje que nominó la calle y, sin embargo, pueden tener más en común con el poeta de lo que imaginan. ¿Cómo podríamos enlazar al magnánimo Rubén Darío con una colonia juarense que en algún momento estuvo hasta al sur de la ciudad y donde apenas algunas calles tiene pavimento y alumbrado público? Darío no nació en cuna de oro. Su padre fue alcohólico y eso desequilibró la relación familiar que entre peleas y reconciliaciones terminó por disolverse. Luego su madre conoció a otro hombre y se trasladó a Honduras. Por tal razón, vivió su infancia con sus tíos abuelos a quienes consideraba como sus verdaderos padres; con los biológicos poco contacto tuvo. Su infancia bien podría asemejarse a una familia juarense donde por una u otra circunstancia de marginalización está ausente el padre, la madre o ambos.

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El vínculo con este espacio se intensifica con su calle contigua: Amado Nervo. La relación entre estos poetas ha sido discutida en los últimos años por unos manuscritos desconocidos (unas cartas) acogidos por la Arizona State University. Ocho cartas tienen fecha del 2 de septiembre al 15 de octubre de 1908 enviadas desde Madrid y la novena carta está fechada del 12 de enero de 1915 desde Nueva York. La más interesante es esta última. En ella Darío habla sobre un poema que le dedica al mexicano, “Ah! Recuerda”, como tributo del amor y la pasión que los unía. Continúa: “Aunque todo esto sea secreto por aquello del qué dirán, pues tú tienes a tu esposa e hijos al igual yo, [¿por?] nuestras preferencias y [¿gustos?] secretos que [¿ricamente?] hemos compartido hasta la sa[-]ciedad. Y es que así debe quedar para ambos, pues si se sabe lo antes referido-dejaría de ser secreto y perdería. . . [cambia de página] todo el encanto y lo especial que nos une como amantes silenciosos y por aquello de aclaración particular.” Aquí se pueden leer las nueve cartas y la investigación de Alberto Acereda. En una primera impresión pareciese que la imagen de esta calle no tiene nada que ver con el nicaragüense, sin embargo, a un par de pasos más se conectan dos momentos de la vida del poeta: el seno familiar y un amor transgresor.

Aldair Meza

El innombrable en la Juárez

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La Biblia de Gaspar, novela “policial-metafísica”, constituye la tercera obra del escritor juarense Rubén Moreno Valenzuela, editada por la editorial Ranchos las Voces a inicios del 2012, posterior a las colecciones de relatos Río Bravo blues (2003) y Coyote viejo coyote (2009), y previa a su cuentario D, publicado hace apenas unos meses. El autor se define como creador de una narrativa fantástica y negra que surge, posiblemente, de un trabajo tanto etnográfico por las calles de la frontera como teológico a través de controversias y debates entre católicos y protestantes. La trama de esta peculiar novela gira en torno a la búsqueda realizada por el detective privado Dimitros Papadakis en la década de los 90’s, contratado para rastrear al teólogo luterano Kaspar Edelweiss, de quien sabemos fue ubicado por última vez en una colonia popular de Ciudad Juárez. Estructuralmente, la narración se entreteje a partir de la (re)escritura de su propia versión de La Biblia, la cual coincide con las acciones retratadas, a manera de aviso o paráfrasis, o aluden a los motivos que orillaron al teólogo alemán a salir de su congregación, por lo que “se ha convertido en un heroinómano, alcohólico, padrote y estafador” que “Vive con sus tres «ovejas» (Shita, Daisy y Sofía)”, después de anunciársele que tendrá un “un encuentro con el Diablo en la avenida Juárez”. ¿Dónde más? Sodoma o Ciudad Juárez, como lo llama el reverendo Kaspar, se vuelve el espacio donde el ente malévolo y tentador se personifica, donde fragua avistamientos de su presencia en varias cantinas, salones de baile y lugares donde se hallan individuos malditos o a los que se les ha negado el acceso al paraíso en vida y muerte. “Sólo algunos serían elegidos por Dios y yo no era uno de ellos”, nos confiesa el protagonista momentos previos a la revelación: “Sentía que yo sólo obtendría la salvación mediante mi libre albedrío y admitirlo equivalía a abjurar de las doctrinas de mi iglesia. […] Mi vida fue entonces un naufragio. Ya nada tenía importancia. Hacer el mal o hacer el bien es lo mismo. Sólo me resta esperar el infierno de mi maldición”.

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“Mire, para llegar a Juárez basta cruzar el río Bravo. Las autoridades mexicanas no le solicitan a uno identificación para entrar a la ciudad. Así que es muy fácil residir ahí y perderse entre el millón y medio de sus habitantes, muchos de ellos procedentes de lugares inimaginables”. Uno de ellos, el innombrable, posee la capacidad de transformar los espacios que habita, aunque sea de forma efímera, y cambiar de rostro para encarnar el mayor temor de cada uno, es decir, el yo interior. Sus distintas caras se dan a conocer en lugares malditos por las acciones ocurridas en ellos y por las personas que los frecuentan; de modo que, por ejemplo, en el Curley’s y en el Hotel Río, se manifiesta como un hombre corpulento con bigotes gruesos, retorcidos y mirada rojiza, similar a la misma atmósfera del club; o como el incentivo para que una joven mujer en su habitación sea arrastrada hacia el suicidio por una sobredosis. La emblemática avenida Juárez se transforma en montículos de arena para probar la lealtad y tentar a sus seguidores hacia el propio abandono, a que se unan a él. Kaspar escribe en su octavo y último libro, a manera de premonición: “Y aquellos hombres (vosotros) entrarán a mi aposento, y hallarán este cuaderno y leerán estas palabras. Y después no podrán encontrarme, jamás; Porque de mí sólo quedará este Verbo”.

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Más adelante, las acciones de La Biblia de Gaspar se trasladan al salón de baile el Carrusel, en donde ocurre uno de los relatos más famosos de las ciudades norteñas, y que constata las múltiples facetas de satanás: “Cierta noche de sábado una pareja que bailaba levitó sobre la pista. La joven vio horrorizada que su compañero tenía una pata de chivo y otra de gallina. Lava en los ojos. El diablo se esfumó. Azufre, hedor flotando en la atmósfera. Sus manos quedaron marcadas en la cintura de la joven. Piel quemada Huellas de su estancia en la frontera”. Esta narración, al igual que la creencia en fuerzas sobrenaturales con incidencia en nuestra vida cotidiana, forma parte de una sociedad que disfruta de los espacios de recreación, así como de leyendas y casos sin resolver que alimentan la imagen de una ciudad que devora, una frontera donde parece normal desaparecer. También es frecuente que declaraciones y pesquisas sean las únicas huellas de la existencia de mujeres, niños y hombres que se ausentan de forma indefinida. El escritor Rubén Moreno Valenzuela parte de esta aura de revelaciones y misterios para ubicarlos en numerosos bares (El Arbolito, Club La Unión, Lux, el Paraíso, Virginia’s, Kentucky Club, El Recreo, entre otros) y prostíbulos de un centro histórico, con su avenida principal, caracterizada por alojar recuerdos de otros tiempos, épocas y cosmogonías. En la Juárez coinciden condenados, excomulgados y malditos destinados a encontrarse consigo mismos, a contemplarse tristemente, en la muerte de una ciudad desamparada por los dioses.

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Diana Varela

Un presidente en Calles

Francisco Plutarco Elías Campuzano, mejor conocido como Plutarco Elías Calles, nació en Guaymas, Sonora, el 25 de septiembre de 1877. Fue político, militar y llegó a ocupar el cargo de presidente de México durante cuatro años, de 1924 a 1928. En el punto más alto de su carrera, fue llamado el “Jefe Máximo de la Revolución”. A consecuencia de la ausencia de sus padres, quedó a cargo de sus tíos maternos a los tres años de edad. En 1912, formó parte de las fuerzas revolucionarias para enfrentar a Pascual Orozco durante el gobierno de Madero. Estuvo bajo el mando de Carranza y Obregón. Ocupó varios cargos políticos, entre ellos el de Secretario de Gobernación, de Educación y de Guerra y Marina. En 1929, después de su periodo como presidente de la República, creó, junto a militares y caudillos de la Revolución, el Partido Nacional Revolucionario, antecesor del PRI. Durante su mandato, ocurrió la Guerra Cristera, que llegaría a su término también en el 29. Calles fue expulsado del país por Lázaro Cárdenas, por lo que fijó su residencia en San Diego, California. Hasta que concluyó la presidencia de Manuel Ávila Camacho, se le permitió regresar a su país, donde murió el 19 de octubre de 1945.24 Inclan PE Calles.jpg

El atentado, obra teatral de la etapa de Jorge Ibargüengoitia como dramaturgo, fue escrita entre 1958 y 1962. Según lo dicho por el mismo autor, se considera un texto cómico que aborda las circunstancias y el momento del asesinato de Álvaro Obregón, presidente electo de México. La obra ganó el Premio Casa de las Américas en 1962. El atentado ha sido montada en, por lo menos, tres ocasiones: en 1975 por Felio Elieil; un año después por Juan José Gurrola; y en 1984 durante el Festival Internacional Cervantino por Rogelio Luévano. La crítica la señala como poseedora de libertad y un humor perfectamente situado en la circunstancia histórica que muestra: 1928, durante el conflicto entre Iglesia y Estado. Dividida en tres actos, la pieza presenta a varios personajes, entre los cuales se encuentra una decena con nombre propio y otros genéricos que cambian de vestuario para representar a periodistas, diputados y miembros de la Secreta. Uno de los caracteres destacados es Vidal Sánchez, con el cual se hace referencia a Plutarco Elías Calles y sus acciones antes, durante y después de ejecutarse el asesinato de Obregón. Ibargüengoitia, preocupado por el montaje y dirección escénica, señala en acotaciones la presencia de proyecciones de trenes y fotografías que ayudarán al espectador a introducirse en ambiente y época. El atentado fue la última obra de teatro escrita por este autor; con ella cerró su ciclo dramático y dio paso al novelístico, en el que produciría Los relámpagos de agosto, que también aborda el tema político.

En Ciudad Juárez, la avenida Plutarco Elías Calles va del boulevard Óscar Flores hasta la avenida Heroico Colegio Militar. Es una calle bastante transitada, ya que conecta dos puntos distantes de la urbe y se puede recorrer en carro de manera relativamente rápida. En forma paralela, y por casi la misma distancia recorrida, pero en sentido contrario, la avenida es acompañada por la Adolfo López Mateos, que lleva el nombre de otro presidente de la República afiliado al PRI. Durante el trayecto que ocupa la Plutarco, cruza la avenida Paseo Triunfo de la República, la Vicente Guerrero, Insurgentes y la Ejército Nacional, entre otras. La ubicación y el nombre de esta calle conectan al personaje histórico con elementos concernientes a su vida: el ejército y la Revolución. También, como si su biografía se contara al atravesar cada una de las calles por las que pasa, tiene un punto de encuentro con la Parroquia Natividad del Señor y el Colegio Teresiano, recordando su influencia y acción durante la Guerra Cristera. Al caminar, o conducir, por esta avenida se puede tener acceso a múltiples lugares como la Rectoría de la UACJ, salones de eventos sociales, tiendas de autoservicio, farmacias y demás. Por la altura de una famosa fotocopiadora, una puede echar un buen vistazo al cauce de la acequia madre. Todo lo anterior recuerda, de una u otra manera, que el “Jefe Máximo de la Revolución” siempre quería tener influencia en todo (otras administraciones presidenciales, cargos políticos) y, aquí, en Juárez, se le dio gusto: la calle que lleva su nombre es una vía principal de esta frontera.

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Fernanda Villalobos Ocón