Pausas torvas

Gracias a su labor como muralista –la primera en el país– y poeta, Aurora Reyes (1908-1985) se ha colocado en el pedestal de las grandes mujeres chihuahuense. Nació en Parral, pero su estancia ahí duró poco, pues su familia tuvo que mudarse al centro cuando su abuelo, don Bernardo, murió acribillado frente al Palacio Nacional en el inicio de la Decena Trágica. La vida de “La cachorra” (hija de León Reyes) está marcada por sucesos y personajes fundamentales en la historia nacional de principios del siglo XX: la Revolución, Alfonso Reyes, la militancia del partido comunista, el muralismo, Diego Rivera, Frida Kahlo, la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), la lucha de los maestros rurales, la defensa del voto femenino. Al inmiscuirse en este panorama intelectual y político, sus obras reflejan cierto sabor nacionalista y una crítica social latente en imágenes y metáforas que ponen al descubierto las entrañas de su realidad, la cual, sin duda, comienza con su lugar de origen. “Estancias en el desierto”, unos de sus primeros textos concebidos hacia 1952, rememora el espacio chihuahuense desde la óptica del recuerdo y la imaginación. Por ello, las sensaciones, el color, la naturaleza y la ensoñación conforman la fuerza expresiva que caracterizan los versos que hablan de su “primera patria de infinito, / en el Norte de México”.

Los desiertos de Chihuahua aparecen en voz de Aurora Reyes como el punto de encuentro de los cuatro elementos que posibilitan el comienzo de la vida: “epidermis de arena”, “adolescente sol”, “vórtice en el aire”, “¡Agua! palabra linfa”. El yo poético vuelve a su origen, “Renace adulta la infantil mirada”; cede el paso a la naturaleza, “Escucho cómo el sueño desliza su silencio. / Ya siento las corrientes de sed hasta mis huesos”; y solo hasta el final (poema IX), resurge integrado plenamente al paisaje, “De pie sobre su planta prisionero, / –creatura de la sed– ronda su imagen: / contorno humano ¡vertical desierto!”. Los nueve poemas de “Estancias”, publicados por primera vez en Humanos paisajes (1953), contienen la idea del infinito, un principio y un final que se regeneran constantemente, atravesados por largas pausas capaces de estremecer la vida yacente. El calor, la ausencia de agua, tormentas de polvo, vientos de lumbre, dunas desgarradas, son esos elementos que, según los recuerdos de la autora, forjan la fuerza y resistencia de las personas; el medio día desnudo puede crear “pies de vidrio”, pero también “el sabor de la angustia y la ceniza / y la sed… y la sed… y el espejismo.”

Habitar un lugar como Juárez, rodeado por el desierto, la frontera, la violencia y la mala fama, no resulta sencillo. Aunque llevo más de veinticinco años sorteando sus vaivenes, todavía existen días en que la ciudad, principalmente su clima, me vence. Si, como en el poema de Reyes, “la mañana, vencida, se derrama” generando una lenta pausa en la vitalidad de cualquiera, las tardes de la canícula resultan interminables, solo soportables con un potente aire acondicionado. Los medios días, cuando el sol alcanza su punto más álgido, nos hacen ver con fuerza “su reinado inmóvil”; todo parece quieto o flotando en una nube de fuego. Sin embargo, estos momentos de sopor y quietud, a veces, son los ideales para volver al inicio. Cada cierto tiempo se necesita sentir el vacío, el silencio, la soledad o la pequeñez que implica estar en medio del desierto, pues ante esa inmensidad, los problemas o, en ocasiones, el mismo ego, retoman su tamaño real, para bien o para mal. Una ida a Samalayuca nunca está de más… o viajar de vez en cuando a Ciudad Universitaria. Ahí conocí las verdaderas tormentas de arena, los vientos que quemaban o calaban hasta los huesos y el agua negada. El recorrido que hacía a diario, una hora de ida y otra de vuelta, en verdad significaba una pausa en mi día. Los pensamientos generados por el paisaje desértico deambulaban entre lo agradable y lo ingrato. Incluso una amiga me advirtió: “Mejor duérmete, es peligroso todo lo que puedes reflexionar o imaginar en ese tiempo.” Por desgracia, me resulta imposible desligar la problemática del feminicidio con la imagen del desierto, el polvo, el calor y “los senos incendiados / en oleaje convulso y enemigo”.

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Amalia Rodríguez

Juárez fantástico

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Nacido en León, Guanajuato, Eduardo Antonio Parra es un autor mexicano mayormente conocido por sus cuentos, muchos de los cuales han sido publicados como colaboraciones en antologías. Lo relevante sobre su escritura, al menos para mí porque fue la manera en que lo descubrí, llegó en el año del 2000 cuando ganó el Premio Internacional de cuento Juan Rulfo con Nadie los vio salir. Dicho relato (o noveleta) trata sobre una sexoservidora durante una noche de trabajo cualquiera, o eso parece. La narración nos adentra en “los barrios bajos” de nuestra ciudad, mientras nos describe un día cualquiera dentro de una cantina donde el amor se vende barato. Su tema, en general, puede aparentemente ser eso mismo, lo que me llevó en un primer momento a encasillarla como una novelle cercana al thriller, pero lo cierto es que, conforme se desarrolla la trama, uno se da cuenta que pertenece por completo al género fantástico. Como lo leen, ¡fantástico! ¿Quién decía que Ciudad Juárez no podía contener algo sobrenatural? Pues Eduardo Antonio Parra lo recrea con diferentes imágenes cotidianas para los fronterizos, con esos sitios emblemáticos de los que todos hablan pero que pocos se atreven a visitar. Así, de la mano de esta prostituta cuyo nombre jamás queda claro, conocemos el bajo mundo de los congales juarenses.

Si bien algunos aspectos mencionados por la narradora pueden ocurrir en cualquier ciudad, su parecido con la imagen de Juárez vuelve casi imposible que se trate de una simple coincidencia. El lector puede imaginar fácilmente, por ejemplo, a los trabajadores de las maquilas saliendo en tropel hacia los camiones que los llevarán a sus casas un viernes por la tarde, a pocas horas de que se oculte el sol ardiente sobre sus cabezas. No se necesita avanzar demasiado para vislumbrar el panorama. Unas cuantas páginas son suficientes para plasmar el entorno aludido: ese congal, una cantina de mala muerte con humos espesos de cigarros extintos y olor a cerveza rancia por el paso de los días. Parra no menciona, en ningún momento, el sitio concreto, pero todo aquel que conoció o escuchó algo sobre la Mariscal, tiene una idea de cómo era el interior. El establecimiento en el que la protagonista y sus conocidos se encuentran puede ser cualquier bar o cantina; por ello, los personajes y sus diálogos se vuelven fundamentales, pues son el factor que da el “efecto Juárez” a la noveleta.

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Al releer el libro (en un viaje hacia el Centro), me vi en la necesidad de regresar a la calle, pues aunque no se mencione de forma textual, la imagen descrita por Parra posee ese aire misterioso y lleno de morbo que provocaba en el instinto materno alejar rápidamente a sus hijos de la zona y así evitar que hicieran contacto visual con quienes ahí laboraban. Lo que queda de la antigua Mariscal aún resalta por sus paredes gastadas que encierran humos y secretos, y contiene esa magia que Nadie los vio salir muestra. Todavía en la Juárez resulta sencillo ver a un par de extraños, unos “gringos”, entrar y salir por las mórbidas puertas en busca de diversión momentánea y cervezas baratas. El ambiente es el mismo pese a que los años han pasado. Sin importar las reestructuraciones que el gobierno haga a la zona, siempre estará poblada de cantinas, bares y calles en las que tropezamos al mínimo descuido. Este espacio, el cual se ha configurado como un emblema de la ciudad, no dejará en ningún momento de ser parte de nuestras vidas, de los recuerdos que tenemos del centro histórico, y de ese imaginario que, sobre todo en autores foráneos, continúa permeando la idea de un Juárez fantástico.

Zaira Selene Montes Guzmán

Tierra canija

Agua tatuada recibió el Premio Chihuahua de literatura de 1986. El mismo gobierno del estado se encargó de imprimir el poemario de Guillermo Hernández Orozco, dividido en tres partes (“Raíces”, “Vamos” y “Espejismos”) ilustradas por fotografías y viñetas a blanco y negro. Me parece una buena idea iniciar esta iniciativa, Geopoética chihuahuense (revisen nuestro manifiesto), con esta joya bibliográfica, hallada en la Librería Logos, ya que los diferentes espacios del estado grande, tan disímiles como el desierto o el interior de un camión de transporte público, permiten una lectura lineal a través de las dos primeras secciones. La “Introducción” del libro invita a escuchar las voces de los fragmentos de nuestra propia realidad. Agua tatuada “despliega paisajes montañosos, pinos, peñas, soles, soledades, silencios, en agudo contraste con los desdibujados espacios urbanos” (Rico Bovio). La versatilidad del verso de Hernández Orozco se descubre no sólo en las descripciones espaciales (quizá abundantes), sino en la espontaneidad del yo lírico que nos acompaña ahí mismo en la lectura; mientras uno desciende la mirada en cada verso, él va “contando lo que cuento”.

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Curiosamente, el poema que más me ha llamado se encuentra casi fuera del libro, y no figura en el índice debido a que aparece en la contraportada. Sus cuatro estrofas funcionan como epílogo… como una despedida por donde se asoma el perfil biográfico del poeta, quien nos confiesa no ser chihuahuense, sino de Jalisco (donde justo ahora escribo). Destaco, además, otros aspectos significativos del poema referentes a la simbiosis entre el entorno y quienes lo habitan, incluido todo ser… vuele, ande, repte o verse. La interlocución con la tierra ocurre “quieras o no”, al grado de que el paisaje “acaba formando parte de ti mismo”. Porque el rostro de Chihuahua no solo se delinea con sus cálidos y escarpados ecosistemas; de los rescoldos del aire emanan aves que anidan en nuestros días, “y así acabas siendo eso”, proclama el verso, “desierto, bosque, sol y alas / cara blanca que pasta en la estepa / en las nevadas”.

Sí. “Aquí estamos”. Mi sistema respiratorio batalló con esta “tierra canija / que se mete por los poros”. Antes de avecindarme en Juárez, hacia finales del 2011, venía de un sitio húmedo en donde el sol se nubla durante casi medio año. En la balanza del calor/frío, declino por las bajas temperaturas, ya que se pueden combatir tanto en la intemperie como en interiores, pero una simple caminata de 10 minutos a 40º sobre el asfalto tiende a lo inclemente. ¿Qué más me podría quitar para sentir frescura? La combustión urbana vence y no aclimata. Por último, aclaro que en la grabación me di licencia de modificar la referencia geográfica. En la ambigüedad de “cualquier parte” cabemos todos los inmigrantes. Así que Memo, perdóname. En Ciudad Juárez nació Ixtla, mi hija más pequeña… el ajuste me resultó vital.

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Urani Montiel

Geopoética chihuahuense

A pesar de ser vista en ocasiones como una exaltación íntima, la poesía recurre continuamente a la recreación de extensos espacios como proyección de aquello que la voz lírica desea expresar. De esta manera, el paisaje representado adquiere múltiples significados que le son provistos mediante la configuración de cada verso que, a su vez, añaden sentido a los sitios que recorremos día a día. Estos lugares, ya sean de paso, descanso o destino, transitan también por la poesía como si de personajes colectivos se tratase; en tales composiciones, su presencia revela la profunda relación que mantienen con sus moradores. Por estos motivos, consideramos importante estudiar cómo el espacio poético expone a quienes lo habitan y viceversa.00 Raul Urias Chihuahua.jpgDelimitada la forma de expresión, trataremos ahora del criterio de selección. Chihuahua destaca por sus grandes espacios, ya sean citadinos, desérticos, serranos, e incluso fronterizos. Cada uno de ellos contiene una carga simbólica propia que genera una visión más o menos conocida por todo aquel que habita o visita la entidad, mirada que comparte una interpretación general de sus paisajes. Sin embargo, la imagen que de ellos recoge la poesía multiplica su significado; cada estrofa que recurre a la geografía del estado ofrece al escucha una representación diferente –quizá contraria a su noción previa–, que aporta interpretaciones inusitadas del lugar que bien conoce y, al mismo tiempo (apostamos por ello), nuevos modos en que convive y se relaciona con él. Al atender la representación de los ecosistemas (incluido el urbano) que el norte nos ofrece, ahondaremos en la apropiación que la voz lírica hace de Chihuahua a través de sus paisajes, su efecto en la composición de la producción en verso, así como la suma de sentidos que obtiene el lector o escucha para crear nuevos referentes en su diario transitar.

Juaritos Literario

El Duque Job en Ciudad Juárez

Plasmar el nombre de grandes autores en arterias urbanas es paradigmático y puede funcionar como eje que cristalice la literatura. Algunos han explorado más una vía, la culta; otros, en cambio, se han decantado por la parienta un tanto menospreciada, la popular. Las llamadas alta y baja cultura, en términos de composición imaginaria, han pervivido a lo largo de los siglos, incluso han existido genios que lograron la convivencia entre ambas tradiciones para crear la propia como Rabelais, Cervantes, Federico García Lorca, Manuel Puig, o más cerca, en el norte, Ricardo Elizondo Elizondo. Me refiero, en este íncipit, a la calle Manuel Gutiérrez Nájera que cruza con el eje vial Juan Gabriel. Como del divo de Juárez se ha hablado bastante, me abocaré en señalar algunos puntos que sugiere la nomenclatura de una vía con la figura del Duque Job.

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Una de las grandes proyecciones que impulsa Gutiérrez Nájera es la del cosmopolitismo. Si bien es cierto que Ignacio Manuel Altamirano había intentado ya cierta relación con la literatura mundial, la empresa de nuestro primer modernista explora otras vías y expresiones nacionales con miras al diálogo internacional. En este sentido, la Revista Azul (1894-1896) se erige como un medio para presentar distintas expresiones artísticas alejadas de las discusiones políticas que habían dominado la escena cultural de lustros anteriores. A pesar de la breve duración, esta empresa se volvió referente de las publicaciones periódicas en México, ya que se buscaba no sólo el cosmopolitismo, sino el deleite estético. Es decir, hay una apuesta por el arte como una expresión elevada del espíritu humano. Los proyectos posteriores a menudo tuvieron en cuenta la labor de este medio; así lo recordaron en su momento la Revista Moderna (1898-1903), la Revista Moderna de México (1903-1911), Plural (1971-1994) y, sobre todo, Vuelta (1977-1998), la cual lleva, bajo la dirección de Octavio Paz, la misma misión a otras dimensiones.

Uno de los estandartes del modernismo que proyectará Azul es el valor de la palabra —no de forma moral como en las comunidades tradicionales—, la expresión estética lingüística buscada en cada poema, cada ensayo y escrito publicado. Esta valorización rompe los esquemas genéricos que apuntalan con una mirada positivista la literatura, o al menos la crítica literaria hasta nuestros días. Gutiérrez Nájera no pensaba en estancos compositivos, sino en expresiones poéticas de la palabra y por eso la hibridación sobresale en sus textos. En la crónica-ensayo-poema “Los amores del cometa”, por ejemplo, se da cuenta de un fenómeno meteorológico tan vistoso y espectacular como puede ser el paso de un cometa que se aprecia desde la Tierra. Lo mismo puede apreciarse en “Antes de ir a la ópera”, suerte de crónica, crítica operística y ensayo. Es decir, Gutiérrez Nájera no se limitaba a un género literario para plasmar sus ideas y su apreciación estética que siempre apuntaba al arte como meta. De la misma forma, Eduardo Wilde, autor hispanoamericano de la misma época, mostró dicha hibridez en Prometeo y Cía (1899), libro compuesto por ficciones que deambulan entre cuento, ensayo, nota, crónica y poesía. Un ejemplo más es el de Julio Torri con “La conquista de la luna” o “Circe”, textos breves, fusión de poemas, ensayos, minificciones y crónicas utópicas, incluidas en Ensayos y poemas (1917).

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Tenemos, entonces, una buena excusa para revisitar esta literatura. Una calle atravesada en el Eje Vial que le corta el paso al Vivebús resulta la mejor invitación para volver al Modernismo, a esa búsqueda afanosa por la escritura elegante, expresiva y que no repara en formas encorsetadas, sino que apunta a la hibridez, a la fusión, a un arte literario que le vendría de maravilla a las producciones literarias locales.

Marlon Martínez Vela

¡Fiesta en la 16 y Madero!

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“Mauricio Rodríguez, un autor coahuilense nacido en 1975, ha publicado en varias revistas compilaciones y antologías poéticas alrededor del norte del país”. Estos son parte de los datos que uno puede conseguir en la solapa del libro De Obregón… El Recreo, obra que trata sobre uno de los lugares más representativos de todo Juárez, uno que ha sabido sobrevivir al tiempo y a las circunstancias en la ciudad: El Recreo. Cercano al género lírico (por mostrar el mundo subjetivo del autor), el texto funciona como memoria y como testimonio de lo que se vivía en ese entonces en el centro, en un establecimiento a donde cualquier individuo va para ahogar las penas, así que el tema central que maneja Mauricio Rodríguez es el bar como un lugar de recreación. La obra trata de la vida del mismo autor, desarrollando su día a día en la frontera. Para fortuna de los lectores de este blog, ahora presentamos el libro digitalizado completo. Es una hazaña conseguirlo y, a pesar de no ser un hit editorial, lo cierto es que se aprecia la calidez del norte en cada página. Tras la lectura, comprendo ahora toda la carga histórica que tiene uno de los bares más antiguos y apreciados del primer cuadro de la ciudad, que supo resistir el auge de la violencia del 2008, y que sigue recibiendo los afanes (o afanados) del alcohol.

La función de este sitio como espacio literario dentro de la obra tiene un papel predominante. Por desgracia, tuve la infeliz fortuna de nacer millennial, así que lo que sé sobre él resulta mínimo y lejano a la realidad. Digo esto sin la intención de atacar a quienes desconocen –como yo–  las raíces del lugar en que nacieron. ¿Por qué es tan famosa una barra en el centro de Juárez? ¿Por qué he escuchado hablar de El Recreo como un lugar de reemplazo de antros para aquellos que no podían costearse bebidas en otro lugar? Este tipo de preguntas y comentarios que rondan por mi generación me demuestran lo poco que conocemos sobre nuestra ciudad y que en los juicios solemos irnos a los extremos. Por ello, textos como el de Mauricio Rodríguez resultan imprescindibles para comprender, por ejemplo, que este mítico bar representa más que el “cinco minutos Milky Way”; es un hogar en momentos de debilidad, un centro de reunión y desasosiego para cientos de juarenses.

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Después de la lectura tuve que ir a conocer en persona la emblemática barra, y claro que volveré a ir, pues a diferencia de lo que muchos buscan un sábado por la noche, El Recreo se caracteriza por su poco “desmadre”, sin caer en un ambiente soñoliento, al cual los jóvenes suelen rehusarse. De hecho, la música abarca distintos gustos, ya que, aparte de una excelente mesa de billar, el bar tiene una rockola con los más grandes éxitos de Los Beatles, U2, The Who, etc. A partir de esta experiencia, ahora sé que quienes lo visitan son personas que buscan un descanso antes de llegar a casa, dispuestas a contarte sus historias y compartir una cerveza. Sin duda, vale la pena buscar estacionamiento cerca del Mercado Juárez, caminar hasta la esquina de la 16 de Septiembre y Francisco I. Madero, cruzar las grandes puertas y sentarte a disfrutar una bebida en medio del ajetreado centro. Similar a lo que ocurre en los relatos de Mauricio Rodríguez, cada uno debe crear su propia imagen y significado de El Recreo. Por tanto, la invitación para formar parte de esta fiesta en la 16 y Madero es doble: ve y genera tu propia experiencia, sin olvidar a quienes ya la han contado en líneas tan amenas como De Obregón… El Recreo.

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Pablo David Ortiz Ruíz

 

César Graciano: La vida leve

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He vuelto ha leer Cuentos únicos y secundarios (2017). Me parecen admirables el empleo de recursos literarios y el ejercicio poli-paródico de cada uno de sus relatos. De entrada, diré que el libro es un laberinto de máscaras y espejos donde el autor real (César Graciano) inventa un autor homónimo. Y este “César Graciano” (el uso de comillas es necesario) nos presenta un prólogo titulado “Para empezar” y un epílogo (“Notas de escritor”) que enmarcan una antología con nueve autores y sus “Notas biográficas”, todo dentro de un mundo de fractalidades ficticias. En ese laberinto literario también habrá una galería de dedicatorias y de epígrafes (de los que no hablaré aquí, pero sin duda son claves referenciales de los juegos paródicos de Graciano). De hecho, este último recurso, al dirigirse hacia el género de la antología, promete otros niveles de lectura, desde el título que parodia la de Javier Marías, hasta la reunión de voces juarenses que no lo son (¿habrá alguna cripto-referencia al libro Narrativa juarense contemporánea?) Cuentos únicos y secundarios es pues, un laberinto de heterónimos (a la manera Fernando Pessoa) que son trozemas ficcionales del autor real… puestas en escena de un repertorio de personajes-autores que por alguna razón “tocaron tierra” juarense.

Comencemos pues. “César Graciano” escribe lo siguiente en su prólogo: “Antologar es tarea de Sísifo: no se ha terminado de reunir los textos cuando ya salieron diez más, luego se descartan cinco y llegan siete, al final son solo corazonadas las que llevan a terminar el trabajo.” Esta voz nos habla del título y de la estructura de su cuentario: “La antología está dividida en dos partes: Cuentos únicos y Cuentos secundarios. Cuentos únicos es la producción cuentística de sus autores, que por diversas razones (la mayoría por fallecimiento) sería imposible que volvieran a escribir. Los cuentos secundarios son, como el nombre lo indica, los segundos cuentos de su respectivo autor, pero con una condición: se aclaró que ya no escribirán más.” Los nueve autores-personajes (si contamos a “César Graciano” serían diez entes ficcionales) vivieron sus propios mega-dramas (resumidos esquemática e irónicamente en fichas de entrada). Por ejemplo: Braudel Castro fue asesinado de un disparo en la cabeza. La poeta Mónica Jáuregui murió “con señas de violencia sexual” (nadie reclamó su cadáver). Osvaldo del Campo fue un transexual que murió de sida en el D. F. Etcétera. En otras palabras, cada anotación biográfica es un verdadero microrrelato disfrazado de asunto bio-bibliográfico.

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Sigo. Si aceptamos el juego literario de Graciano, entonces, tendremos 21 relatos (el prólogo, las 10 fichas biográficas –verdaderos micros–, los 9 relatos y el epílogo). Escojo para comentar, cinco relatos: “Algo parecido al amor” me interesa por su colección de frases aforísticas intercaladas (“con él supe lo hermoso que llega a ser el silencio”; “la vida de todos es igual, de una manera u otra”, etc.). “Humo” destaca por el contraste del tiempo real y el de la narración. El breve lapso que dura recomponer un cigarrillo quebrado (seis rápidos y precisos pasos) se prolonga por varias páginas en reflexiones y flashbacks narrativos.

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El cuento “Ver nevar” de la loca Carola Lavín (“vive recluida en el manicomio municipal”) es, creo, el mejor de los cuentos. Funciona como una colección de microrrelatos dentro del gran relato; todos los micros están unidos bajo el tema de “recordar al ver la nieve caer”. El narrador va recordando su collar de perlas trágicas que le han sucedido durante nevadas pretéritas: ya un personaje se suicida, otro muere horriblemente, etc. Todo es contado por una voz elementalmente neutral, sin empatías hacia los muertos. Una de las microhistorias es acerca de un joven que mira a una chica vestida de rojo; ella le roba un cigarrillo, él la persigue; tienen una noche de juegos de seducción y algún par de besos bajo la nieve, pero al despedirse, ella elige su muerte, y se da al impacto del tren subterráneo. Y así, el narrador va recordando otros eventos que ocurren durante el invierno: la mujer que mata a su marido por estar “harta de vivir encerrada”, el niñín suicida que se cuelga de un árbol, la violación tumultuaria y muerte (con escenas gore de jack-el-destripador) de la esposa del narrador, etc. Todo contado sin aspavientos. En un tono minimalista, neutral, deshumanizante.

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“El funeral”, cuento de Braudel Castro, nos remite a una remota anécdota de primera juventud. Es el chavo que recuerda el día que debió ir a una creepy-funeraria y luego a un jardín-cementerio para despedirse de la siempre buena onda tía Julia. Gracias al poder de observación del narrador, presenciamos los escenarios lúgubre-kitsch de la funeraria, el ambiente construido por féretros, los muertos fletados en la farsa solemne de toda capilla ardiente y los apayasados familiares dolientes. Eso que todos hemos vivido alguna vez. El escenario (la “farsa”, dice el narrador) se divide en dos salas mortuorias: en una, un viejo patriarca sobreactua la tristeza por el desceso de una de sus hijas. En otra sala, una madre joven (previamente madreada por su esposo) ante su hijo recién nacido y muerto, cuyo padre se acaba de colgar, cual macho golpea-esposas arrepentido. Dos momentos me llaman la atención de este cuento: el anuncio de la muerte de la tía Julia y la descripción de su entierro.

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El primer momento ocurre cuando el padre del narrador recibe la noticia de la muerte de la tía Julia; el narrador (Braudel Castro) intercala eventos ajenos al hecho del anunciado fallecimiento. Con esto se evita todo sentimentalismo y nos desfamiliariza la experiencia de la perdida. “Mi madre entró a la cocina con cara de angustia, una rata asomó la cabeza desde un resquicio de la pared, en algún desierto del viejo oeste pasó una rodadora y dos vaqueros se enfrentaron a muerte; mi padre dejó el teléfono, la rata pasó por toda la cocina; las manos puestas aún en el teléfono le temblaban… uno de los vaqueros cayó muerto a mitad de un pueblo fantasma, afuera pasó un camión de bomberos. Rompió en llanto. El perro del vecino comenzó a ladrar”. Tal vez el narrador ve la escena del viejo oeste en la tele o simplemente es una fracción de espacio-tiempo intercalada en el devenir presente de la narración donde los personajes (má y pá) reciben la noticia de la muerte de Julia. El segundo momento ocurre en el entierro a través de una reflexión antisentimentaloide: “el día en que la tía Julia dejaría este lugar para formar parte de los sedimentos del planeta, alimentar bichos y hacer su parte dentro de la cadena alimenticia”. La muerte no es una tragedia, sino el cumplimiento de un ciclo biológico en la inmensa escala de los eventos geológicos. La cavilación resulta interesante pues la separación de alguien querido no se signa como un evento traumático: no hay necesidad de consuelo, es, en el mejor de los casos, un cierre de una etapa, una despedida sin más trámites que un paseo por el fascinante mundo de los decorados funerarios desde la perspectiva juvenil.

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Crédito de fotografía: José Luis González Palacios

Por último, el relato-epílogo “Notas de escritor” (de “César Graciano”) consta de una serie de breves apuntes separados por asteriscos… citas y comentarios de los textos que integran la antología. Llaman mi atención la destreza fragmentaria, el hilado de micro anécdotas y la obsesiva actitud metaficcional del narrador. Metaficción a la manera Salvador Elizondo: “Yo me imagino imaginando a alguien que me imagina. Me convierte de facto en el personaje de mi personaje. Soy solo la ficción de mi ficción. Eso es escribir: ser ficción”. Esa cita sirve de justificación temática del autor, quien nos presenta en su juego de máscaras una identidad hecha de otras tantas. Estamos ante un ejercicio de autoficción: cada personaje tiene algo de mí (unos más, otros menos), pero colectivamente son esa ficción que soy yo: “soy solo la ficción de mi ficción”, diría “César Graciano”, ese ente de ficción (a la manera novelesca de Unamuno) que concluye en un acto de manumisión irónica: “Tengo un montón de notas sueltas y nada terminado. Qué culera es la vida, ¿no?”

JM GARCÍA (NM)

Juan de Oñate: curioso conquistador

Hace más de cuatrocientos años, el adelantado Juan de Oñate llegó a las tierras norteñas de la Nueva España. Autorizado por el virrey don Luis de Velasco, inició su viaje cuya senda sería mejor conocida, a la postre, como Camino Real de Tierra Adentro, con más de 200 soldados, sirvientes chichimecas y esclavos. ¿El objetivo? Descubrir las siete legendarias ciudades de Cíbola de las cuales se escuchaba que atesoraban abundancia de oro y perlas. Juan de Oñate nació en Minas de Pánuco, Zacatecas, alrededor de 1550. Su padre, Cristóbal de Oñate, fue uno de los conquistadores más destacados en la posesión de Nueva Galicia, y su madre, doña Catalina Salazar, era de familia acomodada en Granada, España, lo que le permitió pertenecer a la nueva aristocracia de la plata. Oñate llegó al río Bravo, conocido por los suyos como del Norte, el 20 de abril de 1598 y mandó a sus soldados a establecerse en diez provincias aledañas, tomando como punto de referencia el caudal. Después comenzó la conquista, extendiéndose a Arizona, Kansas, Colorado y California; posteriormente encajó en la tierra una cruz como representación de la religión cristiana por estos lares. A unos kilómetros del ahora territorio estadounidense se llevó a cabo la toma pacífica de la Provincia del Nuevo México.

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Existen textos de autores novohispanos que escribieron acerca de sus expediciones por las tierras de la Nueva España como Gaspar Pérez de Villagrá, quien participó en la expedición bajo la autoridad de Oñate y publicó el poema Historia de la Nueva México en el año 1610. Este capitán poblano dejó expuesta la travesía rumbo al norte de la Nueva España, así como los enfrentamientos que tuvieron los conquistadores con los habitantes de los pueblos nativos. Otro título de corte histórico que revisa estos acontecimientos es Oñate el conquistador de Nuevo México, el cual fue escrito por Concepción López Valles y Humberto Payán Franco en 1998. En el prólogo, los autores especifican que el libro fue publicado con la intención de que los chihuahuenses y habitantes del condado de Nuevo México se apropiaran de la figura protagónica. El ejemplar organiza un interesante relato histórico de la misma aventura de la que habla Pérez de Villagrá, pero con antecedentes y detalles de la vida de Oñate; además de que describe eventos relacionados directamente con Chihuahua. Por último, la UACJ publicó hace cinco años una serie de ensayos escritos por docentes de la institución y compilados por la profesora Margarita Salazar Mendoza en Espejos y realidades de Ciudad Juárez. Cada capítulo contiene información de algún monumento o escultura situada en la frontera. En “Oñate, la frontera y el muro” se proporciona información de la figura que se levantó en honor al conquistador en El Paso Texas.

En la franja fronteriza, Juan de Oñate ha sido un personaje significativo. Por este motivo, en el límite que divide a ambos países se han levantado estatuas y, en el caso de Juárez, también hay una calle que lleva su apelativo. La vía se encuentra en La Chaveña, colonia próxima a la zona centro de la ciudad, rodeada de cierta tranquilidad, pequeños negocios familiares (principalmente segundas). Además, goza de un parque con un quiosco y una cancha de basquetbol, en los cuales se divierten los más jóvenes. Asimismo, desde este espacio es simple ubicar el famoso cerro de la Biblia, que se ha convertido en un icono de la ciudad. En los contornos de la calle Juan de Oñate converge el famoso mercado Los Cerrajeros, en el que se consiguen desde ropa, juguetes hasta productos electrónicos de segunda mano. Junto a este tianguis se sitúa la avenida Paso del Norte, seudónimo que hace referencia al inmemorial nombre del poblado que se dispuso en los bordes del río Bravo, antes conocido como río del Norte por Oñate. Entre dicho mercado y la calle en cuestión se localiza una instalación del Seguro Social, por lo que sitios aledaños se saturan de personas que van a alguna cita o de compras a los Cerrajeros. Así en los barrios más antiguos de Ciudad Juárez el ambiente es singular; deambular por estas vías nos lleva tanto directo al pasado como a las pulsiones de una colonia tranquila pero siempre trabajadora.17 Curios Onate.jpg

Norma Rachel Aguilar Menchaca

Delincuentario

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Delincuentos es una colección de micro narraciones, micro sátiras contra el mundo Narco.


Todo ocurre en el puente-portal que abarca dos ciudades invadidas por las piaras narco-asesinas. Ciudades de puertas giratorias donde entran historias fácticas y salen historias ficcionales. Es el mundo Arjona: todo resulta factoficticio, sucio-maravilloso, noticia de la prensa que acaba en el espacio de una anécdota sorprendente.


De acuerdo, en tiempos del crimen las historias abundan. Por ejemplo: la micro anécdota de una señorita belleza que (cual Círce) convierte a los atolondrados gringos en burros pasa-droga.


O la historia de las chicas desmadre con sabor a Camelia la Texana, dispuestas a cruzar su no-modesta carga de mariyein y todo para un buen acelere (en suspenso) y a paso de rueda, “qué nervio mana, qué ocurrencia” y la carcajada, la revisión de la migra y el final con dosis de cataris feliz.

bajas temperaturas


Otro caso: la anécdota del niño ojete que en la escuela primaria imita a papá (sádico pozolero) amenazando a chiquillos y a chiquillas y de paso infartando a la profa que se atrevió a regañar al narquillo en ciernes.

154 Historias de narcotrafico
Arminé Arjona es una escritora virtuosa, va de la prosa breve a la micro poesía, y no pocas veces ha practicado su Acción Poética (© Armando Alanís Pulido) en las paredes de la ciudad. Sus mensajes son ad hoc: anti-narquistas, pro-feministas, contra-misóginos y (a pesar de los pesares) llenos de humor.


En Delincuentos Arjona incluye uno de sus poema-aforismos que aquí cito: “Mujer prevenida vale por Dios”. Frase de calembouresca irónica teológica: ¿Qué tanto vale Dios por estos rumbos sin Dios?

154 - Arjona-balazo

JM GARCÍA
Micromentario #3, verano, 2018,
Las Cruces, NM

Avenida Talamás Camandari

Manuel Talamás Camandari nació en la capital de Chihuahua el 16 de junio de 1917; fue el séptimo de un total de trece hijos, frutos de un matrimonio palestino. Comenzó sus estudios en el seminario de la misma ciudad en 1930, trasladándose a Roma, seis años después, debido a los problemas religioso-políticos del país. Obtuvo el título de Licenciado en Filosofía por la Pontificia Universidad Gregoriana y fue ordenado sacerdote en tierras mexicanas en mayo de 1943. Luego de varios años de enseñanza y ocupando el puesto de rector del seminario de Chihuahua, en mayo de 1957 recibió la noticia de haber sido nombrado obispo de la recién creada Diócesis de Ciudad Juárez. El 8 de septiembre del mismo año se celebró su ordenación episcopal. A través de los años de su obispado, fueron construidos en la localidad el Seminario Conciliar de Ciudad Juárez, las oficinas del obispado así como los edificios CEDEC y CECADE, que se ocupan de la evangelización y catequesis del pueblo. El día de su cumpleaños número setenta y cinco en 1992, monseñor Manuel presentó su renuncia. Sin embargo, posterior a su dimisión y conservando el título de Obispo emérito, mantuvo actividad en la vida religiosa de la ciudad hasta su muerte en el 2005.

16 Talamás Camandari

La literatura fue uno de los medios a través de los cuales Monseñor Manuel Talamás Camandari logra acercarse a los fieles de forma personal. Hoy día sigue funcionando como vehículo de sus ideas. Durante su vida se publicaron textos de su autoría que pueden ser ubicados en el género del ensayo. ¿Cuál es su excusa?… un sondeo a la conciencia del hombre y Asómese… ¡Asómese a todo usted… a todo lo de usted… a todo lo que tenga que ver con usted… bueno o malo! interpelan directamente al lector en una búsqueda de la reflexión sobre el comportamiento cotidiano del hombre ante cuestiones de fe y de moralidad; no se limita a aspectos meramente religiosas sino que también llama la atención sobre temas políticos. Además se conservan de su autoría otros libros dedicados a razonar temas religiosos, sea en tono formal o cómico, como lo es Buen humor de un obispo con gotitas de sabiduría. En su autobiografía Mi vida en mosaico… historia de una vocación, reúne los episodios más sobresalientes de su vida hasta la fecha en que es publicado (1994) y de donde se extrae el poema titulado “Mi último mosaico”, que conforma la parte final del libro. En él resume su vida a través de versos cortos que se disponen en forma de rima abrazada; parte desde su nacimiento, bautismo, etapa de monaguillo, seminarista, sacerdote y obispo. La pieza está dedicada a la Divina Trinidad a modo de agradecimiento por la vida le fue otorgada.

La avenida homónima se ubica al sur poniente de la ciudad y realiza un corte transversal a través de ella. Lo que se encuentra después en dirección norte a sur son los fraccionamientos que cubren la última mancha urbana de Juárez, creada en años recientes: los confines conformados por Parajes del Sur, Parajes de San Isidro, El Mezquital y Colonial del Sur, entre otros; lugares hacia donde la población se extendió a falta de espacios en el interior de la urbe y donde constructoras vieron terreno fértil para la realización de sus proyectos. Son la periferia, así como era vista Ciudad Juárez respecto a la Diócesis de Chihuahua, desde donde ya no era posible mantener un control de los fieles, y por ello las autoridades eclesiásticas vieron necesaria la erección de una nueva Diócesis que administraría la fe a los creyentes de estas zonas que estaban fuera de alcance, misma que fue puesta en manos de Monseñor. El recuerdo de Talamás Camandari en esta zona muestra la idea de constante expansión a la que está sujeta la sociedad, pero también a la necesidad de no dejar caer en el olvido ni en el descuido estas zonas lejanas que forman parte de una misma localidad.

16 Av. Manuel Talamas

Claudia Chacón Bustamante