El purgatorio del norte

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Hugo Salcedo escribió en 1989 El viaje de los cantores. El mismo año ganó el Premio Internacional de Teatro de Tirso de Molina otorgado por el Instituto de Cooperación Iberoamericana. La obra se basa en una tragedia real: el viernes 3 de julio de 1987 el periódico La Jornada publicó la nota “18 mexicanos muertos al intentar pasar a EU”, en donde describía el hallazgo en Sierra Blanca, Texas, de dieciocho cadáveres en un vagón de tren. Los hombres murieron por asfixia, ya que el vagón estaba sellado y la temperatura ambiental rondaba los cuarenta grados centígrados. Sólo se encontró a un sobreviviente. Los migrantes pretendían llegar a Dallas tras atravesar la frontera y abordar el tren en El Paso. El drama inicia con el recuerdo de esta noticia y posteriormente presenta los apartados “Nota para la puesta en escena”, “Escenografía” e “Itinerario del viaje”.  El desarrollo de la acción se divide en diez escenas, las cuales, de acuerdo al autor, se pueden representar en orden o al azar.

El argumento se enfoca desde tres visiones: las mujeres que se quedan en Zacatecas, los migrantes fallecidos y quienes no han podido cruzar al otro lado y por tanto se encuentran varados en la frontera, donde se enteran tiempo después de la tragedia ocurrida. Paralelamente a estas perspectivas de las que parte Salcedo para estructurar su obra, resaltan tres espacios principales: el pueblo zacatecano, el vagón del tren y una plaza en Ciudad Juárez. Precisamente de estos últimos dos elementos quiero hablar aquí. Acotaciones como “En un terreno despoblado en Ciudad Juárez” y “En Ciudad Juárez, una esquina con muy poca iluminación” hacen que la urbe se transforme en un lugar oscuro, tenebroso y profético de la desgracia; en un espacio casi indeterminado y general, aunque más que eso, en un lugar mítico.

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En la primera escena, Rigo, Martín y Lauro discuten sus experiencias pasadas al tratar de cruzar la frontera y la noticia de dieciocho migrantes muertos en un vagón. Durante la plática Rigo pone en la mesa una idea que será la que configure el espacio de la ciudad en el resto de la pieza: “¿Y si ya estamos tronados? […] Si ya, desde el otro día, al querer pasar la línea nos balacearon, y aquí estamos como pagando las culpas”. Juárez no sólo representa el límite con Estados Unidos sino también con la muerte; se ha convertido en un purgatorio, por ello, en la obra aparece como una especie de Comala en la que los muertos desconocen su condición y siguen empeñados en cruzar el Río Bravo. El cual, por cierto, se empareja al Aqueronte, ya que se describe a manera de un caudal inmundo del que muy seguido salen cadáveres flotando. Siguiendo esta analogía, los migrantes, entonces, son acarreados por el pollero/Caronte hacia su muerte definitiva.

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Por otro lado, el tren en Juárez es una figura que lejos de facilitar la comunicación y el transporte, divide. Basta recordar esos días en lo que en plena tarde la enorme bestia de acero se detiene a la entrada del vecino país partiendo el centro de la ciudad en dos partes. Por minutos, que a veces parecen horas, la gente queda atrapada de un lado del tren y pondera si es mejor esperar o arriesgar la vida saltando entre el espacio de los vagones.

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En El viaje de los cantores la llegada de la luz del sol provee a la ciudad de algo de realidad. Por ejemplo, es de día cuando unos policías federales interrogan a Jesús y José. En las escenas que representan esto se encuentran mayores referencias espaciales como una plaza, vendimia de fayuca y un vendedor de paletas. Si tuviera que apostar por un lugar específico, iría por la Plaza de Armas; ya que ahí se pueden encontrar a los migrantes recién deportados y a los que apenas emprenden su camino, siempre armados de tres cosas: una mochila, una cachucha y su dios.

Si bien la obra da para mucho más, esta reseña sólo pretende dar cuenta de la construcción de la urbe en la que la realidad, hablando en este caso sobre migración, siempre puede superar a la ficción. No extraña, por tanto, que incluso el Papa Francisco haya orado a la orilla del Río Bravo por aquellos que cruzan a diario esta frontera arriesgando su vida. En la imagen que se muestra a continuación, el padre Javier Calvillo, encargado de la Casa del Migrante, coloca zapatos usados por migrantes en el sitio de la oración.

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Claudia Fernández Hernández

Dalí en los Herrajeros

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Cuando se habla de literatura juarense uno de los primeros nombres que se menciona es el de Miguel Ángel Chávez Díaz de León, quien además de haber publicado poesía y recientemente una novela, también incursionó en la crónica literaria. En Road to Ciudad Juárez: crónicas y relatos de frontera, compilado por Antonio Moreno, puede leerse un ejemplo de lo último: un texto que raya entre la crónica urbana y el relato breve. “Salvador Dalí en Ciudad Juárez” nos cuenta cómo su narrador, fascinado por la obra del surrealista español, encuentra un par de litografías auténticas a un elevado costo en uno de los escenarios más pintorescos de la ciudad: los Herrajeros. Si bien la voz habla del caminante que recorre grandes distancias con el afán de conseguir un objeto deseado, máquinas de escribir en su caso, resulta más interesante que toque un tema tan extraño como lo es el “Mercado Negro de las Obras de Arte en Ciudad Juárez”.

“Salvador Dalí en Ciudad Juárez” explora uno de los espacios más populares que se pueden encontrar en toda ciudad latinoamericana: los mercados de baratijas, el tianguis mejor conocido por aquí como “segundas”. Es difícil que un habitante de Ciudad Juárez no conozca algunas, puesto que prácticamente en cada sector te encuentras con una que abre solo por un día o toda la semana, como una tradición que se transmite entre las generaciones. De las más famosas en la urbe están las de la Ferrocarril, donde cantidades de comerciantes trabajan diariamente hasta las 11 de la noche; otro mercado segundero, el del bulevar Bernardo Norzagaray, funciona nada más los domingos por la mañana. No obstante, en su crónica Miguel Ángel Chávez ahonda en una de las segundas más célebres de Juárez: el mercado de “Los Herrajeros”. Ahí se puede encontrar cualquier cosa: desde ropa, zapatos, libros, juguetes hasta aparatos de alta tecnología, como celulares, televisiones y computadoras de dudosa procedencia. El narrador ubica a sus lectores en un espacio crucial para su relato, un lugar en el que puede adquirirse de todo, incluso el legítimo trabajo de Dalí. El mercado de “Los Herrajeros” es para el narrador un espacio donde tiene lugar su propia odisea, la búsqueda del objeto preciado, la carpeta de letras doradas con la firma del pintor… el vellocino dorado de Miguel Ángel.

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Resulta difícil pensar en un juarense que no haya pisado “Los Herrajeros” o cuando menos escuchado hablar del lugar. Con frecuencia, entre conocidos y familiares, he escuchado que un punto clave para la compra de televisiones y accesorios de computadoras es dicho mercado: “cómpralo en los Herrajeros, te sale más barato”. Miguel Ángel busca, a través del recurso literario, ofrecer la cercanía a un espacio que resulta familiar, un entorno en el que la comunidad juarense ha visitado en algún momento de su historia, a través de la creación de imágenes llamativas pero ordinarias para la vista del transeúnte local, tales como una calle abarrotada de puestos de venta o una mesa repleta de “chácharas” viejas y curiosas. El texto recrea un espacio mítico de la ciudad, una zona anclada al colectivo imaginario de cada habitante. Juega también con la figura del misterioso comerciante que conoce cada artículo que vende. Miguel Ángel describe hábilmente calles harto conocidas por la comunidad y las convierte en imágenes poéticas, a través de las cuales quien lee puede visualizarse caminando por este mercado donde la Monalisa te sonríe en la esquina que no estás mirando.

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Rafael Leyva Rodríguez

Topografía de la emoción

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En un extraño ejercicio narrativo, a medio camino entre la estampa y la cartografía imaginaria, José Vasconcelos (1882-1959) traza “El mapa estético de América” (1933), relato singular en donde la geografía, el clima y las expresiones artísticas se mezclan para dar lugar a una topografía de la emoción: no Canadá, sino la pintura que puede desprenderse del flujo helado de sus ríos; no Estados Unidos, más bien el far west de Whitman, la arquitectura potencial de la aridez californiana (landscape arquitect); no México, mejor las danzas y ritmos ancestrales de la costa y el Istmo de Tehuantepec. Dentro de este curioso atlas, Vasconcelos también se detiene un momento en la línea fronteriza. Aquí, en estos “desiertos habitados” en los que “el pensamiento y la emoción todavía no se expresan”, puntualiza, pero “es de esperarse que el día que se produzca la cristalización nos vendrá de por allá un deslumbramiento”. ¿A qué se refieren estas sentencias que rayan en lo mesiánico?, ¿acaso son el equivalente diplomático de “La cultura termina donde comienza la carne asada”? O, por el contrario, ¿se trata de una apreciación auténtica, fruto de su educación familiar y los innumerables viajes que, sin duda, lo pusieron en contacto directo con la realidad del norte?

96 Vasconcelos librosCiertas respuestas pueden encontrarse en Ulises criollo, esa otra “topografía de la emoción” que, a partir de los vaivenes del recuerdo y una prosa fecunda de sensaciones e imágenes, da cuenta de dos tipos de historia, dos corrientes que en ocasiones se confunden: la vivencial, con las evocaciones de la infancia y adolescencia —las batallas de niños yanquis y mexicanos—, los amores clandestinos —María, la ardorosa de juventud; Adriana, el reemplazo de matrimonio—, las preferencias literarias —¿cuántos, al igual que el ex secretario de Educación, han odiado a Stendhal, Flaubert, Proust y Mallarmé, y renegado de los consejos de Alfonso Reyes?—; y la cronológica, mediante la remembranza de acontecimientos políticos —especialmente, la caída del porfirismo y el inicio de la Revolución— y la descripción de pueblos y ciudades —por ejemplo, Piedras Negras, Sásabe, Tlaxiaco, Campeche, Durango, Ciudad Juárez o Tacubaya, del lado mexicano; Eagle Pass, Washington, Nueva Orleans, Arizona, El Paso, Texas, del norteamericano..

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Considerada como una especie de “autobiografía novelada”, Ulises criollo es el primer volumen de la tetralogía Memorias, la cual se compone de La tormenta (1936), El desastre (1938) y El proconsulado (1939). Escrita dos años después de que perdiera en las elecciones presidenciales de 1929 (¿Cárdenas amañó los votos?), mientras residía en España, fue publicada en forma de libro en 1935 por la editorial Botas, a cargo de Andrés Botas, residente de Austin, Texas. Éxito de ventas inmediato —Pitol le da el título de best-seller— y de clara influencia en autores de la época o posteriores —Octavio Paz, por ejemplo—, el texto está dividido en 111 pequeños capítulos, cada uno encabezado según el motivo que vaya a conducir la narración. En cuanto al título general de la obra, llama la atención el cambio que sufrió: de Odiseo en Aztlán, nombre que ostentó cuando se publicaba por entregas en la revista Bohemia, de Cuba, al moderno Ulises criollo, giro semántico que, aunque conserva la alusión al viaje, también incorpora un discurso estamentario e ideológico: ¿indicio, quizá, de su concepción poco afortunada hacia los grupos indígenas, a quienes suele tachar de “el elemento salvaje de su población”, o su polémica dirección de Timón, revista de orientación pronazi? Como quiera que sea —dejemos estas elucubraciones a los especialistas, colectivos y demás gremios sofisticados—, y amén de su extraordinaria riqueza en distintos planos, aquí solo me interesa destacar la manera en que Vasconcelos concibe a la frontera desde finales del siglo XIX hasta las primeras décadas del XX y, muy particularmente, el papel que le asigna a Ciudad Juárez y su relación con El Paso, Texas.

Aunque Vasconcelos suele establecer una distinción entre la ruralidad del lado mexicano (“La cocina fronteriza era muy primitiva”, “nuestras pobres antiguas tabernas del territorio mexicano”, “la libertad, la sonrisa, que eran la regla en el lado anglosajón, y la miseria, el recelo, el gesto policiaco que siguen siendo regla del lado mexicano”) y el urbanismo del norteamericano (“era un vértigo de construcciones, comercio, tráfico”, “la metrópoli del desierto, llamaban a El Paso las guías turísticas”, “calles asfaltadas, tranvías eléctricos, hoteles de viajeros, espaciosos y flamantes”), hay pasajes en donde se borran las diferencias sociales, como en “Siglo nuevo”, en el que la Misión de Ciudad Juárez es el foco que une “a los dos Pasos del Norte, el antiguo y el yanqui”. Asimismo, en “Hacia la independencia”, Vasconcelos describe que el “lujo de las cervecerías” de El Paso, próximas a imponerse en toda la franja, constituían ya el divertimento de “los ricachos de Juárez y aun los empleados”. Por otra parte, celebra, durante el Plan de San Luis, la autonomía y fuerza de trabajo de los mexicanos que entonces residían en Texas, pues “gracias a las libertades yanquis, se regían por sí solos y prosperaban”. Finalmente, me detengo en “Biblioteca del Congreso” y “Los arreglos de Ciudad Juárez”, capítulos en los que esta ciudad toma protagonismo por su importancia decisiva en los “rumbos de la Revolución”. Así, Vasconcelos, quien a la postre fue delegado maderista en Washington y recibía información del corresponsal Hopkins, escribe que “en Juárez ocurrían sucesos que rápidamente transformaban la historia patria. Una vieja dictadura caía…”. En contra de bandoleros como Orozco y Villa, insatisfechos con la conmiseración de Madero hacia los prisioneros de guerra, relata que la ciudad, escenario de los pactos, tuvo repercusión en el mundo.

96 Mision fotomontaje

A pesar de que la visión que Vasconcelos tiene sobre la realidad fronteriza pareciera muchas veces negativa, por sus prejuicios de clase, también contiene detalles que reivindican, e incluso enaltecen, ciertos aspectos de la región, esparcidos a lo largo de todo Ulises criollo, desde lo gastronómico hasta el flujo demográfico y comercial. En este sentido, casi un siglo después, todavía cabe preguntarse, ¿hemos deslumbrado lo suficiente?

Jesús Gamboa

Caminos a Ciudad Juárez

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Tras la pista de todo texto literario que haga referencia a la ciudad, un buen domingo de hace un par de años, en el Bazar del Monu, dimos con Road to Ciudad Juárez: crónicas y relatos de frontera. A este libro ya le hemos dedicado varias entradas en el blog (¡y las que faltan!). Así que ahora quiero detenerme en la concepción del mismo proyecto editorial que tenía como premisa la construcción de una imagen citadina a partir de una escritura colectiva que plasma historias sobre una escenografía compartida: Juaritos. La tarea no fue sencilla: conjugar en un solo libro a 33 escritores de diferentes latitudes agrupados en dos secciones, los extranjeros y los locales. Esta distinción inicial es un punto de partida para acceder a las crónicas y los relatos. Coincidencias y rupturas. Por medio de la ficcionalización de un yo cronista o a través de personajes que recorren las calles aledañas a la frontera, la prosa de los autores se apropia del territorio representado, en ocasiones limitándolo en un estrecho horizonte, pero en otras, multiplicándolo al grado de que al lector le surgen las ganas de experimentarlo.

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Las “Coordenadas…” con las que el antologador, Antonio Moreno, sitúa al lector de las crónicas y relatos de frontera sustentan que “Latinoamérica empieza en Ciudad Juárez”. Esta idea fue expuesta en el ensayo “Nuestra América” por el último de los grandes libertadores, José Martí, al cartografiar, en 1891, la misma zona cultural que se extiende “del Bravo al Magallanes”. La percepción del vasto territorio geográfico de uno a otro extremo de la América hispana y en donde suenan al unísono varias familias lingüísticas se ha visto, dice Moreno, “contaminada por el estereotipo, la indiferencia y la ignorancia”. Las representaciones de Latinoamérica dan por hecho la mezcla y convivencia, pero en ellas también “cabe desafortunadamente la barbarie y el horror”. El diseño de la antología, explica su orquestador, buscaba emular la compilación Oriente empieza en el Cairo, aparecida en el entronque de siglos en la Colección Año Cero, donde ocho escritores en lengua castellana dieron testimonio, a través de “crónicas calidoscópicas o diarios de viaje”, de su visita a distintas capitales mundiales. En el 2008, Antonio Moreno comenzó las gestiones en UTEP de un proyecto similar. Desde ahí entró en contacto con varios escritores sudamericanos para imponer un carácter nómada al libro –a una mitad– con la inclusión de autores extranjeros, “trotamundos y pasajeros”, que estuvieran de paso por la frontera. El criterio de selección del otro 50% de “paseantes y trotacalles” lo componen mexicanos oriundos o residentes de Juárez. La superposición de mapas de la misma mancha urbana no busca “confrontar miradas para deducir posteriormente que la ajena es, en estos casos, más certera que la mirada autóctona”. Llama la atención esta advertencia unilateral, cuando normalmente el extranjero se lleva consigo, tras una corta estadía en cualquier lugar, una imagen citadina más cercana a la postal o al recuerdo que se fija con imán al refri.

El llamado a la escritura me parece loable e inteligente: “Dejamos de lado el revólver humeante y el cuchillo entre los dientes para explorar otros horizontes menos hostiles”. La convocatoria trae consigo una simple exhortación, difícil de malinterpretarse: “la violencia no podía ser en esta ocasión la protagonista”. El acento debía recaer hacia la manera simbólica con la cual el hombre a través de sus caminatas transforma el paisaje urbano a cada paso de un viaje (walkscapes, lo llaman por ahí). No obstante, las treinta y tantas voces que se dan cita en el libro de crónicas y relatos sobrepasan el limitado número de autores de la publicación modelo. Quizá esta cantidad provocó que las condiciones de participación fueran tan laxas y fácilmente eludibles. Muy pronto, el editor se dio cuenta “que cada quien hablaba de una ciudad distinta” y que el resorte emocional hacía que el paisaje urbano, colmado de lugares insignia o emblemáticos, se revistiera “de un ánimo alimentado por una imaginación puramente literaria”. Las miradas, evaluaciones y “varios de los rostros posibles de la ciudad” que promete Antonio Moreno son de corto alcance. No todos los escritos se ajustan a su buena voluntad ni a sus propósitos. Según él, dejó fuera las crónicas que exploraban perfiles “que ya han sido investigados como la violencia feminicida y la violencia entre narcos y militares”. De hecho, no todos los textos compilados fueron preparados ex profeso; algunos ya habían visto la luz en otros medios. Esto no tendría por qué ser reprochado, siempre y cuando se nos avisara cuáles son anteriores al esfuerzo de la edición y en qué momento fueron escritos.

74 Vías caminata

En Road to Ciudad Juárez la pluma de cada autor hace uso de un paisaje urbano para echar a andar el móvil de sus escritos. Sin duda, la antología debe ser leída en sus dos secciones, pero recomiendo evitar (o recorrer como en campo minado) sus “Coordenadas…”. El libro promueve la convivencia de una miríada de perspectivas espaciales marcadas por la discontinuidad, la subjetividad y la fragmentación que posibilita el pasaje constante de un territorio, el propio de cada autor, a otro específico, Ciudad Juárez, independientemente del país del que procedan. Los textos en conjunto permiten una lectura a partir de las relaciones de dominio y apropiación del espacio. Este ejercicio de poder a través de la escritura debe ser entendido en sentido amplio, desde la constatación de efectos materiales más concretos hasta la fuerza más estrictamente simbólica. El andar dibuja un trazo en movimiento que va a la par con franjas y contornos definibles solo al momento en que transitamos por ellos. Caminar a través de una urbe pone también de manifiesto las fronteras interiores de la ciudad, así como la visión sesgada de quien la recorre y exhibe, al mismo tiempo, sus propios límites y fronteras imaginarias.

Carlos Urani Montiel

Sueños estacionados en el desierto

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“La cámara” de Eduardo Lizalde, publicado por la UNAM en el cuentario homónimo en 1960, relata la historia de tres personajes que se encuentran atrapados en la cajuela de un carro después de tratar de cruzar la frontera de México hacia Estados Unidos. Un chofer desconocido se da a la fuga luego de que un oficial le preguntara sobre su carga. La ubicación donde reposa el auto es ignorada tanto por los tres hombres encerrados como por el lector. Hay una sugerencia geográfica mediante recuerdos, aunque nada queda concreto. Son interesantes las reflexiones y peripecias que sufren en la cámara para combatir los estragos de la sed y el hambre, además de los delirios y la muerte. Esto ocurre de manera gradual al transcurrir las horas y bajo el sol del desierto. El diálogo se transforma en un monólogo interno: el narrador pasa de tercera persona a una voz testigo. La cápsula hedionda se convierte, a la vez, en casa, tumba y libertad. La incapacidad del último superviviente para cometer suicidio en un espacio tan reducido demuestra al final que la muerte es “un oro que no se puede gastar”.

Uno de los tópicos recurrentes en “La cámara” es el tema del hambre. Cuando “el hombre de en medio” está en uno de sus sueños, imaginando y fantaseando sobre la comida, menciona un restaurante en Ciudad Juárez (sin nombrar cuál). En dicho establecimiento se le acerca un negro norteamericano a pedirle pan como limosna. Se reviste la escena con la segregación racial que imponía Estados Unidos sobre los afroamericanos durante los años 60. El narrador describe los camiones que llegaban los sábados a Ciudad Juárez con gente de color, igual que si la urbe fuera un vertedero de personas. Y así, consciente Lizalde de los problemas migratorios con el vecino país, señala sutilmente la problemática extranjera. Asimismo, critica la percepción que los estadounidenses tienen sobre la ciudad: “Somos su salón de fumar, su escupidera. Claro está que nos pagan bien por recoger su basura”. El sistema económico es el principal motivo de las muertes donde se verán involucrados los famosos polleros; pero también el motor y la esperanza que alarga la vida de estos personajes: la búsqueda de una ilusión. Mientras en ciudades como El Paso no se permite el escándalo, algunos sueños quedan sepultados en la cámara de un coche.

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Lizalde se vale de los problemas que aquejaban a la población fronteriza hace más de 40 años: migración e inmigración, el sistema político y económico, la percepción de la mayoría sobre ambos países (una de progreso frente a otra tercermundista). No obstante, estamos en pleno 2017 y esto aún permanece en el imaginario de ambas culturas. Se aproxima una época donde las circunstancias sociales no esconden su raigambre. Las reformas de Donald Trump parecen plantear una nueva, o más extensa, segregación racial. La frontera comienza a volverse una columna peligrosa y la densidad demográfica ha llenado con carreteras los espacios desérticos. Sin embargo, lo que ha cambiado, más que una mejor calidad de vida para el país, es la seguridad de ambos estados para evitar estos conflictos repletos de escándalos. Se ha disipado la muerte del dólar pero se ha anunciado la del peso. Los sueños ahora no mueren asfixiados en el desierto, solo descansan bien estacionados en cualquier esquina.

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Óscar Sánchez Torres

Magia al neón de la medianoche

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I. Imagino que todos tenemos una anécdota de magos relacionada con los bares. Yo tengo una que sucedió hace unos cinco años aquí en El Open. Mi mejor amigo tocaba la batería en Tetas Lazzer y nos invitó a un toquín. Era la primera vez que errábamos por el centro. Tardamos cerca de una hora en encontrar el bar. Primer acto de magia: A veces los espacios se mueven o desaparecen y se ocultan también. Una vez ahí, sin dinero, pero con muchas ganas de escuchar a las bandas, nos abandonamos a la noche. Segundo acto de magia: Hace aparición un hombre borracho a más no poder. Alegre, se encargaba de aplaudir y elogiar a los guitarristas de cada una de las bandas que tocaban aquella vez y cuyo nombre no puedo recordar. Tercer acto de magia: Seducido por su éxtasis alcohólico, el hombre empieza a pichar las caguamas. Aquella noche en El Open solo dos personas terminaron sobrios: el baterista amigo y tal vez el cantinero, quien fue cómplice del último acto de magia. Nadie supo quién rayos era ese feliz borracho, ni cuándo se fue ni hacia dónde en esa velada por la Juárez. Tampoco supimos si pagó la cuenta.

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II. El escritor Enrique Cortazar participa en Road to Ciudad Juárez, un libro de crónicas del que en Juaritos Literario ya se ha escrito. Destacan en este conjunto los temas vinculados al recuerdo y, pese a que uno de los objetivos era ofrecer crónicas en las que la violencia no se tratara, lo cierto es que en varios de los textos esta protagoniza o se entromete en las palabras del escritor. Hecho que sucede en la primera parte de “Sucedió en un baldío” donde un cholito “filerea” a un sujeto que le hacía bullying años atrás para luego enterrarlo en un lote abandonado.

Quisiera, sin embargo, enfocar este texto en “Nada por aquí, nada por allá (Bar Virginia’s, por la Mariscal)” segunda historia de la crónica. Cortazar describe aquí la figura de un cantinero, don Lalo, experto en desaparecer y aparecer cosas. La destreza con la que ejecutaba sus actos de magia hizo del cantinero una de las principales atracciones de la cantina para ebrios nihilistas. Porque don Lalo, además, conocía desde el silencio más sabio las historias personales de la gente que acudía al bar a embriagarse. Ahí el vato vaguillo que nada más daba el rol por la ciudad, el hombre que se casó sin saber ni cómo, pobrecito, el otro casado que nomás no se aliviana, otro que da el rol pero no rola el chivo, chinga’o, aquel cabrón que golpea a su mujer por puros celos y sigue pistiando, imaginando fantasmas, el que se pone bien locote y ya anda viendo a los elefantes rosas de la película de Dumbo, cuánto trauma de la niñez. Finalmente, el que llega y grita: “¡Don Lalo! Aparézcame a mi vieja que hace tres días que me dejó”.

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Hoy don Lalo y el bar han desaparecido. Desafortunadamente no por medio de un acto de magia. El Virginia’s estaba en la calle Santos Degollado, esquina con El Begonias, sobre la legendaria Mariscal. Ya conocemos esa historia. El gobierno decidió demoler la zona en un intento desesperado por contrarrestar la prostitución y el narcomenudeo. El Open, quien acogió por un tiempo los restos de El Virginia’s, durante la época de violencia, se cambió de lugar a la avenida Juárez, donde hoy sigue recibiendo a dioses del alcohol y guerreros shaolín. Don Lalo realizó su acto último de magia y se fue con la muerte: quién sabe cuántos tragos le habrá servido. Hoy no nos queda sino asumir que en un futuro los bares y espacios que visitamos de forma cotidiana tal vez desaparezcan y conformen este cementerio de cáscaras.

Antonio Rubio

La tienda de la esquina

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Quien no ha recorrido las calles del centro histórico de El Paso, no conoce por completo Ciudad Juárez, ya que no es más que una extensión territorial juarense: cientos de habitantes mexicanos invadiendo las calles, locales de comida mexicana por doquier. Por momentos pareciese que el español es el idioma natal. Eso sí, hay una gran diferencia: calles libres de los montones de basura acumulados por los transeúntes inconscientes a los que se les hace fácil dejar alguna basurilla por donde caminan, seguros de no recibir ningún tipo de castigo. Recorrer las calles de la vecina ciudad es vagar por las calles de Juárez teniendo que cruzar antes por un puente que esconde debajo un extinto río, para luego afirmar ante un malhumorado y prepotente oficial de migración: “No traigo nada que declarar. Únicamente voy de compras aquí al centro y me devuelvo rápido”. Cuando se habla de una tienda ubicada en el centro de El Paso, se puede imaginar con facilidad a alguna de las tantas tiendas ubicadas sobre la avenida 16 de Septiembre, como sucede en “De última moda” de Rubén Moreno Valenzuela, historia publicada en Río Bravo Blues (2003) y que se centra en una tienda de ropa para mujeres, The Popular, ubicada en la avenida Mesa, esquina con San Antonio.

En particular para alguien, como yo, que vive en Ciudad Juárez, tierra marcada por la ola de violencia que azotó a la frontera en los años 90, un cuento en donde el tema central es la desaparición repentina de una mujer en la ciudad de El Paso invita a asociar este hecho con el fenómeno de las desaparecidas de la región. Si bien las causas son totalmente distintas, el resultado es el mismo: una mujer de la cual se desconoce su paradero. De un momento a otro su ausencia está ya en boca de todos, la noticia corre rápido. Sin embargo, su ubicación no ocurre de la misma forma, al contrario, se desenvuelve con una inquietante lentitud. Nadie parece tener información que pueda ayudar a localizarla. Los motivos de la desaparición parecen ser provocados por un elemento sobrenatural, advertida previamente por una serie de pesadillas que en apariencia dictan su futuro: terminar atrapada en uno de los oscuros sótanos de The Popular.

94 Moreno V – The Popular

Luis Caraveo, esposo de Mónica, pasa de tener una vida de ensueño al ser propietario de una exitosa empresa, poseedor de una casa en un fraccionamiento exclusivo y pareja de una atractiva mujer, a dejar la comodidad en la que se encuentra para buscar a su esposa, quien se halla en una situación de inestabilidad emocional provocada por las pesadillas en donde ella misma se convierte en un maniquí. Luis emprende la búsqueda de su pareja con la esperanza de encontrarla en un lapso corto de tiempo y sin ningún rastro de daño. No obstante, su aventura terminará por dar un giro inesperado. Esta situación me hace pensar en la cantidad de familiares de las desaparecidas de Juárez que han visto estos sucesos como una pesadilla y cuántas veces no han dudado sobre si sus extravíos no son provocados por un factor sobrenatural, a raíz de sus múltiples visitas con las autoridades, quienes incompetentes en el desempeño de su labor son incapaces de brindar cualquier tipo de información. No queda más que pensar que una fuerza extraña se las ha llevado consigo y pueden encontrarse en cualquier tienda de la esquina.

94 Moreno V - Maniquí

Alejandro Estrada

De arenales, desiertos y parques

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Verónica Grossi, poeta originaria de Guadalajara y actual profesora de lenguaje, cultura y literatura en la Universidad Greensboro del Norte de Carolina, deja una aportación de imágenes narrativas en la antología Road to Ciudad Juárez. “Paso del norte” es el título de su contribución, la cual puede ser descrita como un conjunto de lugares, colores, cuadros, momentos y personajes que habitan esta ciudad-desierto; y en donde puede apreciarse un desfile de memorias significantes surgidas a través de la visita de la autora a Ciudad Juárez. Así, entre la poesía y la narrativa, Grossi crea una imagen plástica de lo vivido durante lo que parece una corta estancia en la ciudad.

En este relato, la cronista describe una de las zonas emblemáticas de la ciudad: el parque frente a la catedral. Allí, en la Plaza de Armas, existe un gran kiosco habitado por excéntricos personajes, tales como un hombre gordo de sucia barba pidiendo limosna debido a que su hinchada pierna enferma le impide trabajar, una señora embozada contando su triste historia, parejas besándose, niños jugando o escritores declamando sus poemas (la misma Grossi y sus compañeros forman parte de este último grupo). También se habla del desierto y de las conocidas “rodadoras” que lo distinguen, así como de sus colores característicos: café, rojo y amarillo ocre. Por otro lado, Juárez representa para Grossi el hogar de su abuela, a la cual describe sonriente sobre almohadas blancas bordadas; de esta manera, la ciudad toma una significación cálida, amena. Finalmente, aparece el puente, imagen acompañada por adolescentes cruzándolo a diario para ir a la escuela y olvidar las flaquezas de su ciudad.

93 Plaza Armas-nacla

La autora se detiene en la Plaza de Armas, un sitio que ha significado varias cosas a lo largo de mi vida.  De niña simbolizaba una zona de peligro, pues el “robachicos” siempre acechaba por ahí; como adolescente era el lugar idóneo para escabullirme cuando me iba de pinta con amigos de secundaria; ahora representa, de alguna manera, todo lo anterior, pero además un espacio para la cultura. Me identifico con la imagen dibujada por la autora al describir los personajes que habitan esta zona y la diversidad de propósitos a los que ha servido por tantos años la plaza: pedimentos de limosnas, organización y promoción de eventos religiosos, culturales y artísticos, interacción social, instalación de comercios, por mencionar solo algunos. Ciertamente es un lugar clave en la ciudad, el cual, al parecer, nunca cambia. Incluso los personajes que lo habitan parecen siempre los mismos: el evangelista predicando de salvación, el mendigo de barba larga pidiendo limosna en la banca junto a la fuente de “Tin tan”, las señoras caminando apresuradas para tomar “la ruta”, el vendedor de juguetes “chinos” traídos de El Paso, los niños corriendo y algún escritor regalando folletos de poesía.

93 Plaza Armas-TinTan

Esmeralda Vaquera

Chamizal: mil días de campo y uno que otro fantasma

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“Al que tiene mujer hermosa, / o castillo en frontera, / o viña en carretera, / nunca le falta guerra”. Este es el refrán popular que abre el cuentario Trivium fronterizo, escrito por Míkel F. Deltoya y publicado por la Editorial Chimichurri en 2016. El primer cuento (y en el que me centraré) se titula simplemente “Chamizal”. Al escuchar (o en este caso, leer) este nombre, no pude evitar pensar en días de campo con toda la familia: niños jugando, perros corriendo, pero no es de eso de lo que trata este cuento. El protagonista es un sujeto sin nombre que no nos habla a nosotros sino a su amada Griselda. De inmediato nos damos cuenta de la realidad: él está muerto. Le dice a “Griseldita” que deambula por las calles de la ciudad y que la observa mientras tiene sexo con otros hombres. Le cuenta también del día en que murió, debajo de un árbol en el Chamizal, y que desde entonces, ha ido vagando por Ciudad Juárez, visitando lugares emblemáticos como la Avenida 16 de Septiembre y la Catedral (“la cate”, como la llama). Amor, celos y muerte se mezclan en este espléndido, aunque corto cuento.

La acción de “Chamizal” se desarrolla mayormente en la casa de Griselda mientras nuestro protagonista sin nombre le habla. Es durante ese momento en el que nos encontramos con otros espacios (como algunos que ya mencioné). Noto que el personaje, al inicio del cuento, describe la ciudad como “plagada de espejismos y muerte”. Sabemos que tristemente nuestra bella frontera siempre ha tenido calificativos de este tipo. Por último, sirviendo como lugar ceremonial en el que el protagonista se separó de la vida, tenemos el parque que da nombre al cuento. Será recordando el lugar la manera en la que esta alma en pena descubre cuál es la deuda, la cuenta pendiente que lo mantiene atado a este plano existencial. Como nota personal, en más de una ocasión he escuchado a alguien decir que tiene ganas de “ponerse una peda” en el Chamizal a media noche para llorar a un viejo amor. Esto es justamente lo que hace el protagonista. Quizás sea el hecho de estar apartado de todos o el misticismo que involucra estar rodeado de la naturaleza (bien podríamos decir que es una de las zonas más verdes de la ciudad), o alguna otra razón, pero el hecho es que Deltoya eligió este ambiente no solo para titular su ficción, sino para que también funcionara –como ya dije– a manera de lugar ceremonial.

92 Chamizal cruz

Antes de concluir, describo una escena en específico en la que el protagonista habla a Griselda acerca de “las muchachas, esas que me topo de repente en la plaza”. Me parece interesante la manera en la que describe, según mi entender, a las mujeres víctimas de feminicidios en la ciudad. No es mi intención hacer una reflexión basada en la posible existencia de los fantasmas de estas muchachas vagando por la ciudad, pero me parece una forma muy cruda y triste de plasmar una realidad en la que todos hemos sido afectados (especialmente, claro, estas muchachas y sus familias). En fin, la ciudad seguirá albergando miles de historias que están ahí, esperando ser contadas. ¿Quién sabe si en algún momento, en algún lugar de esta ciudad, ronda el fantasma de un hombre que llora por su muerte y el destino de su amada? No puedo dejar de invitar a escuchar a estos lugares, estas historias que van tejiendo a base de amores, desamores, borracheras, pasiones y, ¿por qué no?, uno que otro fantasma.

92 Parque Chamizal

Armando Góngora Moreno

Los mil y un expedientes de odio

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“El odio racial no es la naturaleza humana;
el odio racial es el abandono de la naturaleza humana”.
Orson Wells

La historia podría resumirse como la inminente lucha del hombre contra la otredad. La diferencia (de raza, de género, de estatus socioeconómico, de lengua, de nacionalidad, etc.) ha generado la hostilidad desde los primeros momentos de la conciencia humana, ignorando el hecho de que son los matices lo que nos enriquecen como especie. Esta infinita guerra contra la otredad es el tema central de Expedientes de odio, de la escritora Selfa Chew. A lo largo de esta obra dramática somos testigos de distintos cuadros, imágenes que reflejan la dura realidad de las personas liminales, aquellos entes alosemióticos (fuera de una esfera significativa) a quienes la sociedad les muestra la espalda. Estos cuadros están numerados e inician por el 37, en el que una joven estadounidense, Katherine, le pide a su profesor que firme sus asistencias pues de lo contrario tendrá que estudiar en un terrible lugar llamado Ciudad Juárez; sus ideas al respecto de esta comunidad, aunque acertadas de cierta manera, reflejan el estigma negativo desde el cual una sociedad estadounidense interpreta en su imaginario a una urbe mexicana disminuida, pobre, diferente; en tanto que su profesor, de origen latino, termina por asumir el rol sumiso (quizá protector, desde su punto de vista), para evitar que la joven estadounidense llegue a la ciudad de la perdición

Sin embargo, Chew no se limita al ámbito local, pues extiende estos expedientes de odio más allá de las fronteras de ambos países para indagar en las vidas de personas en Los Ángeles, en Nueva York e incluso se preocupa por mencionar las guerras de Medio Oriente. Las fronteras no son territoriales, sino mentales. Así, los números de los cuadros ascienden hasta llegar a mil, número-sinécdoque a través de cual nos damos cuenta que las escenas son una ínfima parte de la historia contemporánea del odio. La constante de estos cuadros, fácilmente representables por separado, es el odio generado por la diferencia entre el sujeto y su sociedad. Entre los más destacables cabe señalar aquel en el que un niño llamado Jonny, quien vive en El Paso, teme por su familia después de que le propinan varios golpes de este lado de la frontera por considerarlo pocho; él cree que si alguna institución de servicios domésticos se entera de su situación culparán a su familia y le prohibirán visitar a su abuela en Ciudad Juárez. En este caso el tema de la violencia no solamente circunda en los moretones de Jonny, sino en la impotencia de proteger a su familia de una institución que paradójicamente busca su bienestar. Destaco esta escena por el hecho de mostrar los temas de la violencia y la liminalidad desde un punto de vista ambiguo, casi amoral, donde no es posible diferenciar los matices negros y oscuros de una compleja sociedad.

91 Selfa Chew

La crítica social hacia las instituciones está presente todo el tiempo, como en el cuadro donde se ponen en tela de juicio las ambiciones de los Zaragoza respecto a los terrenos de Lomas de Poleo, uno de los pablados más pobres y abandonados de la zona. En cuanto a El Paso, Chew levanta la voz por los habitantes latinos del Segundo Barrio, uno de los más antiguos de la ciudad y que en 2016 fue calificado como un lugar en peligro de extinción en Texas; en favor del progreso económico, un hombre llamado Bill (nombre por demás acertado) les promete a sus habitantes empleos y condiciones aceptables de vida si ceden sus hogares para la construcción de un Walmart y otras cadenas comerciales, pues les explica que a través del comercio local no podrán progresar. Todo sea por el bien del progreso y de Bill.

91 Segundo Barrio murales

El último cuadro, el número mil, refleja a un muchacho, muerto en condiciones extrañas, llamado Pedro. Su hermana nos revela que su origen es chino-latino-americano: es el representante de aquellos hombres y mujeres que se encuentran al margen por sus condiciones diversas. No obstante, Pedro es el resultado de una multiculturalidad que convive en mejor o peor medida, constituyendo él mismo el núcleo de la humanidad: Pedro es la prueba de que todos podemos coexistir juntos a pesar de nuestras diferencias.

Jaime Cano Mendoza