La infancia a DIARIO

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Julia asiste a la primaria en donde sus compañeras se burlan porque los diarios han pasado de moda: “eso es de viejitas o de señoras aburridas”. A ella poco le importa; escribe porque sí, bajo un solo pacto: “Yo, aquí en este diario, voy a decir la verdad y me voy a oponer a ella. He / di / cho.” A veces solo espera que se acabe la jornada para que, al caer la noche, anote lo acontecido. Pero a veces hay días sin interés, así que cuando abre el diario “creo que no hay de qué escribir y termino escribiendo más que nunca. Es que hay historias que no se planean, salen nomás, salen de tus dedos con energía de rayo y de pronto no puedes parar de escribir. Es como si alguien te dictara párrafos enteros de tu vida y tu escribequetescribe”. La historia contenida en la novela Todo eso es yo, en cambio, se encuentra bien meditada y apunta hacia diferentes niveles o instancias de tránsito: de la infancia a la adolescencia, en el caso de la protagonista, quien pregunta, duda, revienta de coraje, se encierra y experimenta el despertar sexual; de la convivencia en las calles, junto con los vecinos en la cuadra, al temor ciudadano en el que se sumergió (sumergieron) Ciudad Juárez hace apenas unos años; de la inocencia al pánico de heredar cierta dosis de maldad; de la residencia sin sobresaltos en este lado al refugio que algunos juarenses –solo unos pocos– hallaron en El Paso, lugar en donde termina la narración urdida por la escritora sonorense Sylvia Aguilar Zéleny.

Todo eso es yo recibió el Premio Nacional de Novela 2014, otorgado por el Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes. En los prolegómenos, la autora, actual residente del otro lado de la frontera, en El Paso, agradece el apoyo del programa Creadores con Trayectoria otorgado por la Secretaría de Cultura Federal y el Instituto Sonorense de Cultura para poder escribir el texto. La lectura que más me convence y que le da sentido al libro entero es aquella que ubica al propio ejercicio creativo –es decir, a la redacción palabra tras palabra de un discurso que se dirige, en segunda persona, al “Querido diario”– en la médula de la composición literaria. Me parece que, en un contexto de exacerbada violencia, en donde la fatalidad se apila en nuestras calles, lo menos que uno puede hacer es cuestionarse sobre el alcance, respuesta y beneficio de lo que sea que uno haga… empleo, oficio u ocio. A esta simple labor, los narradores de Ciudad Juárez han suscrito novelas de alta complejidad, experimentales, no lineales ni en pos de una fábula secuenciada. Siembra de nubes de Oswaldo Zavala (2011), Los días y el polvo de Diego Ordaz (2011), Garabato de Willibaldo Delgadillo (2014) y El monstruo mundo de Azucena Hernández (2017) han hecho de la escritura –lo metaficcional– un pilar en sus composiciones, dudando de ella, poniéndola en crisis a la par de una realidad que se desmorona. Al inicio del tercer y último capítulo de Todo eso es yo, Julia ha extraviado su diario. “Un año entero perdido. Un año entero en páginas a la basura.” Su madre pensó que era peligroso, algún tipo de evidencia. “Y ahora empiezo esta libreta. Iba a escribirlo todo otra vez, todo lo que pasó. Lo de la colonia, lo de las elecciones [las del 2006]. Lo de Papá, claro, lo de Papá. Pero no tiene caso. No quiero volver a vivirlo. Porque escribir es volver a vivir, o eso decía mi maestra de quinto.”

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La novela corta también explora otros temas y técnicas, recurrentes en la prosa de Aguilar Zéleny, a partir del contacto entre la protagonista y su núcleo familiar y escolar. En la edición física, publicada por el gobierno de Tamaulipas a mediados de 2016, la tipografía se complementa con elementos gráficos –rayones, dibujos, una carta de tarot (la de la estrella) y hasta una fotografía– que ilustran con humor y frescura ciertos pasajes. Por otra parte, los personajes femeninos encarnan obsesiones y padecimientos: la mamá secunda a su marido, vive para él y le duele tanto lo ocurrido que se desentiende de sus hijos; la tía acalla y disimula, es buena con los suyos, pero su práctica del catolicismo coquetea con el fanatismo; la Bis pierde la memoria, sus capacidades disminuyen, día con día parece más una niña, al contrario de su bisnieta que no para de crecer, captar e interpelar a su enmarañado entorno: “¿Qué les hacen a las Muertas de Juárez para que queden sólo sus osamentas?” La relación con su hermano menor es entrañable; aunque ambos sienten miedo, ella no lo exterioriza. “No le digo nada. Acaricio la espalda de Willy y lo acomodo en mis brazos. A veces creo que yo soy su mamá.” La atracción por el mundo masculino queda bien reflejada a través de distintos personajes que le provocan inquietud y deseo: Pedro (amigo de la familia), el primo Jonas y Barry, el chico cool de Wiggs Middle School. La otra figura varonil es el padre de Julia, de quien se sabe poco e imaginamos mucho: “Mi Papá es un fantasma. Un fantasma que flota en la vida de mi Mamá. En la mía. En la de Willy.”

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Ciudad Juárez agoniza en Todo eso es yo, novela de crecimiento o iniciación que vapulea la infancia de una pequeña que lo va perdiendo todo. Aunque su campo de acción es, ciertamente limitado, ya que ocupa el interior de la casa y los espacios escolares, estos aparecen asediados por una fuerza exterior, similar a una bala perdida que silencia cualquier pulsión. Cuando su maestra fallece, “Nos dijeron como en todos lados dicen cuando matan a alguien: se murió. Sólo eso, se murió. En el frente de la escuela pusieron un gran moño negro, la verdad es que en muchos lugares de la ciudad hay moños negros, ¿quién hará esos moños negros? qué negociazo ha de ser.” De un día para otro los vecinos desaparecieron, no hicieron mudanza. “Ni pío hicieron”. Hasta dejaron al Califas, el gato que pronto se convirtió en la nueva mascota de Willy y Julia, hasta que ellos también tuvieron que dejarlo todo.

186 Califas.jpgUrani Montiel

De los cimientos a nuestros días

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Ignacio Esparza Marín no nació en Ciudad Juárez; sin embargo, desde su llegada en los años treinta, sintió un gran cariño y afecto por la frontera, por la manera hospitalaria en que fue recibido, la misma historia biográfica de muchas personas que llegan en busca de mejores oportunidades y ya no regresan a su lugar de origen. Juaritos adopta con premura. Así lo narra el autor en el “Preámbulo”. La Monografía histórica de Ciudad Juárez, publicada por la imprenta Lux, ubicada en la Calzada Hermanos Escobar y Honduras, se conforma por dos tomos; el primero, del que aquí me ocupo, apareció en 1986; y el segundo, cinco años después. Esparza Marín, cronista de la ciudad, nos invita a conocer la raíces de Juárez, todos aquellos sucesos históricos que le llevaron a ser el espacio que habitamos en la actualidad.185 Imprenta Lux Escobar.jpg

En orden cronológico, relata la vida de los primeros moradores, indígenas nómadas de los que resulta difícil rastrear las huellas de su cultura; las primeras expediciones de conquista que se realizaron por el área septentrional de la Nueva España, dirigidas por Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Juan de Oñate, Antonio de Espejo, entre algunos otros; así como el establecimiento de los primeros asentamientos en El Paso del Norte; la presencia del presidente Benito Juárez y su gabinete en 1865; y distintos sucesos relacionados con la Revolución mexicana. Así que el lector podrá localizar en la Monografía información sobre temas diversos: conquista, evangelización, rebeliones de los indios-pueblo, minería (fiebre del oro), ferrocarril, costumbres antiguas, servicios públicos como transporte, electrificación y teléfonos, la depresión económica y varios datos de amplia valía para el acervo histórico de la ciudad.

El centro de la ciudad (y también sus alrededores) es un lugar en el que encontramos vestigios de la historia, como el monumento a Benito Juárez, considerado una joya arquitectónica que data del año 1910, o la Misión de Guadalupe, fundada en 1659 por Fray García de San Francisco. El historiador también nos cuenta los problemas que hubo en Estados Unidos a causa de los irreprimibles deseos de nuestros vecinos que iban más allá de los límites morales, acudiendo a cantinas, casas de juego clandestinas y de asignación. La prohibición en Estados Unidos causó que todas esas actividades se movieran a este lado de la frontera. Así es como empezó a ganar popularidad la avenida Juárez y parte de la 16 de Septiembre, destacando lugares como el cabaret La linterna verde, el Kentucky Bar o el Keno, casa de juego ubicada en la Lerdo. Otro de los espacios que menciona la Monografía es El Chamizal, el cual fue causa de una nutrida controversia entre ambas naciones pues no acordaban a quién pertenecía este territorio, debido a las frecuentes crecientes del Río Bravo, frontera natural y antes movediza. Fue el mismo Benito Juárez quien tomó la iniciativa de reclamar esas tierras, concedidas a México hasta junio de 1962. Actualmente El Chami es el lugar de encuentro de muchas familias, quienes aprovechan los parques para organizar reuniones o festejar algún cumpleaños. El exhipódromo, nos cuenta Esparza Marín, cerró a causa de una orden del Gobierno Federal, que prohibía establecimientos que estuvieran relacionados con las apuestas. El mercado Cuauhtémoc, por su parte, tuvo gran dinámica en la depresión americana pues se vendían artículos de alfarería para los turistas estadounidenses.185 Bazar del Monu.jpg

Actualmente, la plaza Benito Juárez es un espacio que ha sido aprovechado por los ciudadanos como punto de reunión de diferentes expresiones culturales a través de eventos que se realizan cada fin de semana. “La primera piedra fue colocada a la cinco de la tarde del día 15 de octubre de 1909, por el General Porfirio Díaz, quien había llegado a esta población para tener una entrevista con el entonces presidente de los Estados Unidos, Mr. William H. Taft.” El Bazar del Monu es conocido por ofrecer, todos los domingos, artículos de diferente índole que tienen algún significado histórico, desde libros, discos, pinturas, artesanías, etc. La historia de Ciudad Juárez ha sobrevivido a pesar de los malos tiempos, nos da identidad y nos recuerda cómo es que surgió todo lo que conocemos hoy en día. Al caminar por las calles del centro o entrar en un bar siempre encontraremos personas dispuestas a contarnos la historia de aquellos lugares. A pesar del paso de los años (y de los incidentes que han ocurrido en su interior), el mercado Cuauhtémoc, ubicado en el cruce de las calles Vicente Guerrero y Mariscal, sigue en funcionamiento ofreciendo a sus clientes una variedad de productos herbolarios, artesanales, ropa, discos pirata, etc. Muchos de los que vivimos en esta frontera hemos comprado algún platillo en los puestos de comida. Gracias a estos espacios es posible conservar la memoria de tiempos lejanos en los que se establecieron los cimientos de la ciudad.

Daniel Malaquías

Por Ciudad Juárez y Atahualpa

El último soberano Inca durante la época de la conquista fue Atahualpa, quien se cree que nació en 1487 de la unión de Huaina Cápac y de la ñusta Tupa Palla. Su reinado comenzó hacia 1523 en la parte norte del Tahuantinsuyu. Una década después, su reinado llegó al fin cuando el expedicionario Francisco Pizarro lo capturó; el emperador murió ahorcado el 26 de julio 1533. Mientras el Inca aún se encontraba preso, su hermano, quien había sido derrotado por Atahualpa años atrás, creyó que los españoles eran los dioses que venían en ayuda del imperio. La Tragedia del fin de Atau Wallpa presenta estos sucesos como una reivindicación de la visión extranjera sobre lo ocurrido. Aquí las intenciones de los españoles al momento de invadir territorio americano aparecen únicamente como un ejercicio evangelizador, cuando se sabe que realmente lo que buscaban era el oro. Esta misma codicia dio lugar a múltiples mitos y leyendas sobre tierras y tesoros que ocasionaron más de una muerte.

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A diferencia de la mayoría de los estudios realizados sobre la figura de Atahualpa, en el texto dramático aparece una versión dibujada desde de la ficción histórica. La pieza retrata la caída del imperio y el momento en que el emperador inca previno la llegada de los españoles por medio de un sueño. Como toda literatura, dista en varios aspectos de lo que el discurso histórico oficial ha dado a conocer; sin embargo, la obra apunta diversos aspectos que valen la pena destacar. Entre ellos, interesa lo referente a las costumbres y actitudes de españoles y americanos. Además, el contacto y diálogo que se instauró entre ellos fue un factor clave que determinó el resultado final del choque entre dos mundos tan distintos. El texto forma parte de la literatura de conquista, la cual ha permitido la supervivencia de la memoria indígena y darle luz a la voz de los vencidos. La Tragedia del fin de Atau Wallpa, incluida en el libro Más allá del héroe: antología crítica de teatro histórico hispanoamericano (2008), aborda algunos temas históricos respecto a la tradición y a la postura que se tenía sobre los españoles y su tratamiento hacia los nativos durante el periodo de la conquista. Esta obra es un llamado más al rescate de la memoria colectiva que pareció perecer durante la invasión española.

La calle Atahualpa se encuentra ubicada dentro de la colonia El dorado; a su lado, circula la arteria denominada Cuzco. El nombre de este asentamiento remite a la leyenda que se difundió entre los conquistadores españoles respecto a una ciudad repleta de riquezas. Rumor que empezó desde que se dio a conocer uno de los rituales en el que un indio bañaba su cuerpo en polvo de oro y se sumergía en una laguna. La calle contigua a la que lleva el título del del emperador inca hace referencia a un misterio aún sin resolver: cuando Atahualpa fue secuestrado por Pizarro se pidieron, a cambio de su libertad, once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una; las cuales salieron del Cuzco para pagar el rescate, pero nunca llegaron a su destino. En Ciudad Juárez ambas calles quedaron juntas indicando, la primera, el comienzo del camino y la otra el destino que nunca se alcanzó. Las arterias circundantes tienen nombres relacionados con la época de la Independencia y la Revolución Mexicana, por lo que la cohesión de este sector se da mediante un mismo sentir colectivo de lucha ante la opresión. Al caminar por este sector se puede observar una serie de grafittis que de una u otra forma se integran a la temática. El primero consiste en una colección de imágenes en el muro de un parque que fomenta, con diferentes mensajes, la lectura para el empoderamiento e independencia del individuo frente al mundo. El segundo retrata una mujer de tez morena rodeada de naturaleza. Finalmente, el tercero dibuja a dos adelitas junto a las siguientes palabras: “La juventud para ser servida debe servir”. Lo anterior sólo complementa la idea de que esta colonia guarda una idea de libertad y rebelión frente a lo impuesto.

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Katia Moreno Olivas

Sonetos para mi barrio: las reflexiones de Ogaz

Siempre he pensado y explorado Juárez como dos ciudades: el centro histórico y lo demás. Como escribiera Charles Dickens, en estas urbes se suman los mejores tiempos y los peores, la sabiduría y la locura, la historia y el olvido. Contemplo el sur juarense como una zona poco explorada en su literatura. Pareciera no haber historias interesantes qué contar o recordar, en contraste con el centro y sus leyendas. Y es que esta ciudad, este Juárez Nuevo es demasiado reciente. Pero, al ser yo un habitante de por esos lares, puedo confirmar que, si bien no hay historias generales, sí hay varias particulares que permanecen en algunas paredes: las de la ganga. Ese es el tema del poemario Reflexiones de la ganga: sonetos del barrio (2004) de Osvaldo Ogaz. En sus composiciones, la voz lírica reconstruye la identidad del cholo, vándalo, malilla, pandillero, gangsta. Su espacio es particular: la clica. El poemario se divide en dos partes: las reflexiones y los sonetos. Esta estructura me parece innecesaria, pues todos los poemas son reflexiones que me atrevo a denominar ontológicas: el poeta-cholo logra plasmar en su mirada excepcional todo un sentir urbano. Los sonetos de Ogaz consiguen, desde la materia poética, exponer a individuos y sus historias; así como la manera en que esos individuos dotan de identidad al espacio. Para demostrar mis palabras anteriores, analizo dos sonetos. El primero explora a la ganga. El segundo rememora a un personaje del barrio, el Chispi, quien ha muerto.

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No cualquiera puede entrarle a la ganga. Hace falta, para ello, la iniciación, un tiro de a chole, “puro trompo mi loco”… “chingazos” con cariño: “No me aviente, / no corra, no sea culo, ya la prole / gritando se divierte, ya es del barrio, / ha pasado la prueba, ya no llore, / no se raje, disfrute la pachanga”, como versa el “Soneto XIV”. El cholo recién ingresado no tiene nombre aún. Después de haber sido iniciado, se ha vuelto un “hombre” y la espacialidad le da la bienvenida: “Es la ganga / la que fiel lo recibe, tome un facho, / las caguamas no faltan. ¡Ya es muy macho!”. El barrio y los cholos son un mismo cuerpo: él también es ciudad.

Al realizar el poeta una radiografía del barrio, salen a relucir sus personajes. Memoria y muerte serán exploradas en estos sonetos elegíacos. Aparece el Chilas, “gurú chicano”, el más “ruco” y fundador de la clica: “¡Qué belleza / de barrio se ha esculpido!”, dice el “Soneto XVII”. También surge el Chispi: “Era el maclein, era verdura / pal’ caldo de nosotros; nuestro santo / sin él no éramos bules” (“Soneto II”). El Chispi era. El cholo no es humano, recuérdese, sino escoria. La muerte le regresa su humanidad: en la tumba se graban nombre y apellidos: “Pero humano / un día se convierte y una mano / su Carne la mutila y quedan huellas” (12). El Chispi ha fallecido y el poeta confirmará su dolor en otro soneto, el 16: “Ya este bato / se pudre con los días […] el Chispi ha dado el salto al longevo / lugar del infinito”. La voz lírica sufre: “Muy amarga / me sabe la existencia, el Rey hoy se ha ido / el más machín de todos”. Aparece un vacío, un nihilismo pandillero: “Ya dejen desprenderme de esta larga / carrera de vacíos, esto pido / el Chispi me ha llamado, quiere verme” (26). Su muerte reclama la voz del cholo-cronista, pero el poeta sabe que su memoria opera como el germen de la escritura: “Ese mi loco escucha esta canción / que no canto, la escribo en la memoria / de todos los carnales que en la gloria / del barrio se sentaron” (“Soneto VI”). Morir, entonces, será también un encuentro con la gloria: “la victoria / la llevan en su muerte, pues la noria / de donde se embriagaban y el rolón / de las oldies de aquellas se extinguió. / Ahora bailan despacio en los infiernos”. Todo ha desaparecido: las caguamas y las canciones se han terminado. Maldecidos por Dios, los cholos dan su última vuelta en low rider ahí en el barrio del diablo, en esa otra ciudad que no tiene historia.

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Antonio Rubio

El cielo de Juárez

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Cuautla, Morelos, mayo de 1982: José Agustín, termina de escribir Ciudades desiertas, su quinta novela desde La tumba (1964), dentro del movimiento literario denominado la Onda. El argumento es el siguiente: Eligio va a buscar a su esposa Susana, quien se ha escapado sin previo aviso, aceptando una beca en Estados Unidos, en un pequeño lugar llamado Arcadia. Aburrimiento y hartazgo concentran los motivos de Susana, pero, sobre todo, desprendimiento. Eligio vuela al país del norte, para luego trasladarse “hasta el culo de mundo”, como él mismo dice, para buscar la explicación de la misteriosa partida. A su llegada al pueblo, se da cuenta que Susana mantiene una relación con un polaco corpulento y peludo, a quien en ese momento le mienta la madre y da por terminada la aventura con su esposa. Susana, por su parte, parece aceptar relativamente la llegada y el fin de su relación con el europeo. Al fin y al cabo, necesitaba un confidente a quien le podía contar todo lo que le había pasado en los “Estados Hundidos”. En ese peculiar edificio, residen, entre otros, un egipcio, unos chinos, un rumano, el polaco, un islandés y un peruano, todos escritores al igual que Susana. Eligio nos dice qué hace falta: “aunque sea un perro muerto para darle un poco de vida a ese lugar”, refiriéndose a la pulcritud de la urbe. Como en Paris, Texas, Eligio navega en su Chevrolet vega siguiendo la pista de su esposa, quien se ha escapado otra vez, pero ahora acompañada del polaco, rumbo a Chicago. Al ritmo de “Deserted Cities of the Heart” de The Cream, que, además de aparecer en el epígrafe de la obra, sirve de soundtrack, el mexicano arranca su carro entre la tormenta de nieve y se encamina a buscar a Susana. Eligio descubre dónde están y los interrumpe en la cama, en una escena donde se mezcla el amor, la excitación y el odio, para luego sacar a la escritora a punta de pistola y llevarla con él, al menos hasta que ella se vaya de nuevo.

Pero antes de la segunda huida y después de comprar el Chevrolet, la pareja va a las afueras de Arcadia y, ante el asombro de su esposa por el cielo, Eligio, quien es chihuahuense, le dice que ni siquiera lo había notado; por lo tanto, no debía ser nada del otro mundo: “no es el del desierto, carajo, como en Ciudad Juárez, ése sí es cielo, no mamadas”, dice él, como con nostalgia. Recientemente la novela fue adaptada al cine; he decidido no verla. Hay personajes intrínsecamente literarios y enigmáticos, que cuando un cree haberlos conocido del todo, sorprenden… caracteres que dotan de complejidad al entramado narrativo, así como dudas respecto a los elementos que los rodean. Me refiero no solo a la condición enigmática de la mujer, sino a preguntas con profundos ecos sobre la dominación y convivencia. Personajes interesantes no por lo que dicen, sino por lo que hacen, tan bien logrados que no dan ganas de conocer otra versión de ellos. Así es Susana en Ciudades desiertas.

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Por lo menos doce colores distintos –hasta cincuenta me dice un amigo diseñador– son captados en distintas fotografías en un solo atardecer, por la artista visual Oksana Portillo. Provoca cierto orgullo ver esas imágenes, vislumbrar en ellas ese cielo del que habla Eligio: el del desierto, ecosistema que nos mata igual en invierno como en verano. Las ciudades desiertas no son lo mismo aquí que allá, ni tampoco las dunas de Samalayuca se asemejan al Zabriskie Point en el Valle de la Muerte de California. Niego ahora aquella afirmación de Arturo Belano, en Los detectives salvajes, sobre la identidad del cielo: “es igual en todas partes, las ciudades cambian, pero el cielo es el mismo”. Aunque Reyes hablaba del sol de Monterrey, Ciudad Juárez ostenta increíbles puestas de sol y amaneceres. El cielo y los zanates bajando a los cables eléctricos; el azul ahoga si lo miras de frente; por las noches aluza con estrellas sin cuento. Pero… ¿no nos engañamos? ¿Es realmente tan bello como creemos? ¿Será el único consuelo que tenemos en esta tierra de cruces sobre postes? No conozco a nadie, nacido aquí, que diga lo contrario. En la memoria de José Agustín se quedó fijo cuando visitó no solo nuestra tierra, sino también nuestro cielo.

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Crédito de fotografías: Oksana Portillo

Gibrán Lucero

Versos en litigio

En nuestra más reciente ruta literaria, Fundadores, recorrimos el conjunto escultórico ubicado en el Parque Lineal Cuatro Siglos. Para el recorrido, decidimos presentar los eventos históricos según su orden cronológico: reconocimiento (Alvar Núñez Cabeza de Vaca), toma de posesión y evangelización, yendo en contra del acomodo aleatorio (¡no en línea recta!) de cada cuadrante. La estatua ecuestre de Juan de Oñate, realizada en bronce con basamento de mampostería cubierta de piedra de cantera, se inauguró hace casi 20 años, el 21 de septiembre de 2000 por el gobernador del Estado (Patricio Martínez García del PRI), el presidente municipal (Gustavo Elizondo Aguilar del PAN) y autoridades eclesiásticas. La obra fue hecha por Georgina Farías “Gogy”, más reconocida por Los indomables del Chamizal en Av. las Américas, a partir del diseño del artista paseño, José Cisneros, quien dibuja al jinete, no con estandarte ni en posición de alerta, sino con vara de mando y acompañado por un indígena. La ausencia del “otro” y la actitud del caballo quizá sean aspectos menores, pero veremos cómo estos cambios iconográficos expresan la imagen de un pasado con cuentas por saldar.

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Don Juan de Oñate, un nuevo rico nacido en 1550 en Zacatecas, en donde su padre –castellano viejo venido a menos– acuñó una inesperada fortuna tras descubrir minas de plata, con lo que pudo acceder a la vida nobiliaria y así, heredarla. Los conquistadores de finales del siglo XVI, los últimos de su estirpe, se empecinaban con las instrucciones de sus informantes nativos –también llamados nahuatlatos o indios de paz–, quienes les transmitieron la memoria oral y mítica de sus pueblos. Por su parte, los adelantados, título otorgado al general al frente de una expedición por tierras ignotas, buscaban no solo oro, sino también fama en nombre de la cruz y el hábito evangelizador. Imagino el instinto o astucia indígena colmándoles la imaginación con suntuosos bienes y destellantes ciudades localizadas siempre unas jornadas más al norte… aquí nomás tras lomita. Tanto creyó Oñate en los antiguos mitos, que se casó con una noble descendiente de importantes linajes: Isabel de Tolosa Cortés de Moctezuma –biznieta del desventurado tlatoani quien recibió a los españoles y nieta del mismísimo Hernán Cortés–. Cuentan los sabios que las tribus que salieron de las siete cuevas, ubicadas justo en las imprecisas coordenadas de Aztlán-Chicomoztoc, se separaron y siguieron distintos caminos. Tiene sentido que si unos, en dirección austral, liderados por Tenoch bajo el amparo de Huitzilopochtli, fundaron la capital mexica en el Valle de Anáhuac (el contaminado DF), entonces otros, rumbo al norte, tuvieron que fundar un Nuevo México (a un costado de Texas).

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Toda la travesía fue registrada no en una carta que detallara los pormenores de la entrada, ni en una larga crónica o relación, sino en versos endecasílabos, es decir en un poema y, en particular, en uno muy largo, dividido en dos partes y 34 cantos: Historia de la Nueva México, publicada en Madrid en 1609. Su autor, el poblano Gaspar Pérez de Villagrá, escogió la épica para dar testimonio –porque además participó como capitán– de la expedición que partió desde Durango en 1598 y llegó hasta Santa Fe, en Nuevo México, inaugurando, la famosa ruta que se llamó posteriormente Camino Real de Tierra Dentro. La selección del género –la épica– no es gratuita. Las grandes epopeyas (la Ilíada, la Odisea, la Eneida) guardan hazañas y espectaculares batallas protagonizadas por héroes sin par. Tanto Oñate como Pérez de Villagrá enfrentaban, por ese entonces, procesos judiciales debido a crímenes cometidos contra hispanos desertores, en el caso del poeta, y contra la población nativa de Nuevo México, por parte del adelantado. Qué mejor género para ensalzar la figura del general y la de su capitán que el de la épica. Con ese modelo compositivo de fondo, el escritor diseñó a su héroe. No obstante, el género también precisa de un enemigo a quien derrotar, y, lamentablemente, esto último no pertenece solo a la ficción.

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Otro motivo dilecto de la épica se concentra en el viaje y todos los padecimientos para alcanzar un destino, habiendo vencido contrariedades y sorteado accidentes geográficos e inclemencias climáticas. Uno de los pasajes más llamativos de la Historia de la Nueva México resulta ejemplar para nuestro proyecto de GeoPoética chihuahuense. Me refiero al sufrido descubrimiento del caudaloso –ahora ya no tanto– Río del Norte, perteneciente al Canto 14 de la primera parte:

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Ese “Señor”, a quien va dirigida toda la obra, es, Felipe III, rey de España, quien tuvo que haber disfrutado de estos versos, ya que tanto Oñate como Pérez de Villagrá salieron bien librados de los cargos en su contra. Sin duda, Oñate fue un visionario; empeñó todo su capital y fuerza; quemó las naves (por así decirlo) para establecerse en Nuevo México, del que fue primer gobernador. Jamás encontró los poblados que buscaba. Las siete ciudades de oro, entre ellas Cíbola y Quivira, no eran más que un espejismo, el sueño americano forjado desde entonces. Fue Oñate quien tomó posesión de estas tierras y celebró misa por vez primera en Paso del Norte, así como también una obra de teatro, un auto sacramental. Pero también hay que recordarlo como un “héroe” funesto, aciago, falso “PACIFICADOR” de una guerra que él mismo inventó. La batalla de Acoma inició con una escaramuza en la que perdieron la vida unos cuantos españoles, su sobrino entre ellos. En represalia, Oñate puso sitio al pueblo, que resistió menos de una semana. Según los hispanos, Acoma ya había jurado lealtad a la corona, así que el castigo no fue contra una nación enemiga, sino contra súbditos traidores, sediciosos; se habla de 800 indígenas muertos (500 eran guerreros), más otro medio millón capturado; a los niños se les separó de sus familias, quedando al cuidado de los franciscanos, pero a los jóvenes y a los prisioneros “rebeldes” se les cercenó el pie derecho de un tajo. Mutilación como forma de escarmiento, versos en litigo, literatura como absolución. Opino que, para recordar y conmemorar la historia, a la escultura de Juan de Oñate le falta la compañía de alguien de Acoma, o, en su defecto, le sobra todo un pie.

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Urani Montiel

El Bravo no olvida

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La esencia del texto de Jan Reid para la antología Río Grande, publicada en Austin por la Universidad de Texas en el 2004, se infiere desde el comienzo, en un claro principio de construcción. A una greguería de Ramón Gómez de la Serna, traducida al inglés: “Water has no memory, that is why it is so clear”, se opone la voz de Christopher Cessac, que se dirige al poeta español con sobrada familiaridad, para corregirlo y decirle a Ramón que aquí el agua no olvida nada. A la izquierda, se muestra una fotografía en blanco y negro de la ribera apenas bañada por las aguas, tomada por Earl Nottingham. El libro congrega a casi 40 voces para contarnos historias acerca de un cauce que paulatinamente ha ido quedándose sin agua, una afluente disputada por dos países que acabaron por partirlo a la mitad, explotándolo y abusando de su beneficio.183 Cessac Republic Sublime.jpg

¿Dónde inicia el Río Grande? ¿Cuál es el punto de partida elegido por Reid? El acto de nombrarlo, su primer apelativo: Río de las Palmas. Casi toda la expedición hispana en la que viajaba Alvar Núñez Cabeza de Vaca pereció en el intento de reencontrar su norte con dirección austral, después de naufragar cerca de La Florida en 1527. Tras incontables contratiempos, Alvar dio con el enorme caudal, quizá sin reconocerlo realmente, solo comparándolo con el Guadalquivir, sobreviviente convertido en curandero, políglota y amigo de las tribus indígenas asentadas en su litoral. Reid registra en el “Prólogo” por lo menos diecisiete nombres, empezando por P’osoge y Paslápane, que significan “río grande” en lenguas nativas, para concluir dilucidando la diferencia entre el tamaño y la actitud que concilia el cauce en su doble denominación, a partir de que se convirtiera en la frontera política –pero también imaginaria– que separa dos naciones. Grande se le dice dentro de los Estados Unidos, mientras que Bravo se usa en territorio mexicano.

Reid relata una experiencia personal; en el verano de 2002, acudió con ansia a la fuente o embocadura del río (Boca Chica), para encontrarse tan sólo con una pequeña reserva de agua en las afueras de Brownsville. La mayoría de los humedales estaban secos como polvo de gis. Reid escribe su testimonio en tiempo presente, como si fuera hilvanándolo al mismo tiempo que su viaje decrece en expectativas. El antologador describe el estado actual del cauce y los problemas de salud que acarrea para quienes habitan en su valle; de manera simultánea pone sobre la mesa la disputa sobre el origen del río: el deshielo y los rápidos en las montañas rocosas de Colorado y Nuevo México o el Conchos en México. Así que la boca del torrente resultó ser, en realidad, su fin.

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El “Prólogo” antecede una serie de 36 escritos que se aproximan a la historia del Río Grande/Río Bravo desde distintas perspectivas, así como a numerosas imágenes pertenecientes a lo que Reid denomina “la alquimia de la fotografía”. Como compilador de la obra, optó por dejar fuera del libro poesía, dramaturgia, canciones e incluso pintura; de modo que el foco de las narraciones prioriza reconstrucciones de imágenes pretéritas, aun cuando la mayoría de los escritores fueran sus contemporáneos. A su parecer, las fotografías en blanco y negro frente a las de color se repelen mutuamente, por lo que selecciona solo las primeras ya que, además, la desolación de la corriente natural invita a la imaginería en claroscuros. La literatura y leyendas en torno al río están repletas de personas nadando, guardando distancia, temiendo siempre la inmersión definitiva. Pero a medida que el año, las temporadas y el globo entero se calientan, esas imágenes lucen fantásticas. Hemos dejado, concluye Reid, que el Río Grande se convierta en rivera, y que su antigua bravura no le alcance para abrirse camino hacia el mar.

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María del Carmen Rascón Castro

Una misión hacia El Chuco

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Bordeños es una novela corta escrita por Francisco Serratos en 2014, publicada por el Fondo Editorial Tierra Adentro. El texto retrata la historia de dos amigos: Faco y Polo (el primero, estudiante de arte; el segundo, un delincuente) que, después de estar muy unidos en su infancia, cada uno toma caminos diferentes, hasta que la vida los separa por completo. Una noche fría, muchos años después, los dos jóvenes se reencuentran. Polo, que se había convertido en todo un criminal (ayudaba a inmigrantes a cruzar ilegalmente a Estados Unidos), reconoce a su viejo amigo, que ahora era un estudiante de arte con mucha visión. Inmediato al reencuentro, terminan pasando la noche en un hotel con dos mujeres. A la mañana siguiente, se revela el conflicto central de la novela: Polo es amenazado por hombres armados que le exigen dinero que, según él, su jefe había robado; Faco conoce a Isamar, una chica colombiana que llegó a la frontera “de pasada” mientras juntaba dinero para cruzar al otro lado; Polo decide viajar a Seattle para huir de sus deudores, así que les pide ayuda a la improvisada pareja para encontrar un automóvil y escapar; después, Faco regresará a su vida normal e Isamar irá en busca de su prima en Estados Unidos.

La novela tiene lugar en las ciudades vecinas: Juárez y El Paso. Como es costumbre, este tipo de relatos que ocurren entre estos dos espacios siempre incluyen a personajes que cumplen con el estereotipo del inmigrante que llega a Juárez “de pasada” mientras busca cómo cruzar la frontera. También aparece esa  otra cualidad muy visitada en la literatura fronteriza: el cruce ilegal de personas hacia Estados Unidos. En este caso, Polo encarna el papel del “pollero” que tiene contactos en todas partes y, a cambio de una no tan módica cantidad de dinero, puede cruzar personas sin ningún tipo de problema; Isamar, por su parte, adquiere el papel del inmigrante que, debido a su falta de documentos legales, tiene que trabajar en algún bar o haciendo cualquier tipo de actividad lucrativa, no siempre tan lícita, mientras consigue el dinero suficiente para embarcarse de lleno en el american dream. Desde luego, no siempre estos inmigrantes consiguen lo que quieren, al menos no tan fácil como Isamar, quien, finalmente, al ayudar a Polo, termina por beneficiarse a sí misma, aunque estuvo casi dos años trabajando en Juárez, embriagando clientes, “más si son gringos”.

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Bordeños es una novela corta y disfrutable, aunque no deja de contener rasgos estereotípicos de la literatura sobre Ciudad Juárez, la cual, casi como canon, siempre cae en dos tópicos: el narcotráfico y el cruce ilegal a Estados Unidos. Como la mayoría de los habitantes de esta ciudad, he cruzado a El Paso (legalmente, claro) desde muy temprana edad, y en más de una ocasión me ha tocado ver que retengan a alguna persona por no llevar documentos, o que salvajemente alguien irrumpa corriendo, intentando sortear a los oficiales de inmigración. Por ello, quizá la novela resulta tan cliché, porque es la realidad que se vive día a día en la frontera. También estoy seguro de que historias como las de Faco y Polo hay muchas, algunas menos exitosas que otras, pero dignas de ser plasmadas en papel por alguien que simplemente esté dispuesto a escuchar y a encontrar la literariedad en la vida real.

Armando Góngora Moreno
mayo, 2017

 

Desde lo alto de la X

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Entre los principales símbolos urbanos que vemos a diario cuando transitamos por la ciudad se encuentran los monumentos, las esculturas e incluso lugares que por su carga histórica se han convertido en insignia. El acto de recordar y, por lo tanto, cobrar consciencia del personaje o suceso histórico que representan refuerza nuestra memoria colectiva. Sin embargo, a veces desconocemos quién o qué yace detrás de los nombres grabados en placas y, sobre todo, bajo qué criterios se optó colocarlos en un sitio en particular, pues su función no se siempre se limita al simple embellecimiento del espacio que habitan. La mirada ajena, libre de la rutina diaria, guarda la capacidad de asombro ante estos símbolos. En el 2016 Ricardo Vigueras publicó el libro infantil La ciudad donde nunca llueve, el volumen 8 de la Colección Kúrowi-Témari, con ilustraciones de Guillermo Sánchez (GeMó!), donde, desde la mirada de la pequeña Lilí Tarantela, se narra la sorpresa ante una nueva ciudad que se descubre a través de sus paisajes y monumentos.

Tanto el texto escrito como las ilustraciones hacen referencia constante a cada espacio y aspecto descubierto, sobre todo en contraste con el lugar que deja atrás: la Ciudad de México. La pequeña Lilí se muda a la frontera porque su papá ha sido contratado como profesor de literatura en la Universidad. El espacio geográfico en que se encuentra Juárez, el desierto, es lo que hace a su padre creer que en esta ciudad nunca llueve; sin embargo, no tardan en darse cuenta de que no sólo sí llueve, sino que además cuando esto ocurre la ciudad se inunda. Y de entre el asombro ante los nuevos espacios se insinúa la crítica por la mal planeación urbana. La mirada infantil evidencia el mal diseño de la ciudad: las calles colapsan, las casas se anegan, el asfalto se abre, la vegetación –en especial los viejos árboles– peligra, el drenaje no funciona, se va la luz y todos nadan para llegar a su destino. Un vecinito le explica a Lilí que Juárez se inunda porque aquí “nunca llueve, nunca llueve”. El argumento lingüístico se desmorona no solo con las primeras gotas, sino con sus consecuencias que aparecen bien ilustradas: un perro con snorkel, una abuelita flotando sobre su mecedora y una rutera impulsada con remos en plena maniobra náutica.

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Lo primero que llama la atención de Lilí en estas coordenadas es el tamaño del sol. La contaminación no siempre le permitía apreciarlo como sí puede hacerlo en la frontera. Además, éste refuerza la idea que tiene de Ciudad Juárez: el paraje más cercano a las películas del viejo oeste; por ello, viste botas y sombrero, sueña con cabalgar, aprender a tirar el lazo y tener un rancho. Los pasos de la pequeña recorren los principales sitios de la ciudad. El primer lugar en visitar es uno de los espacios más emblemáticos y que hace honor a Germán Valdez en la Plaza de Armas: la estatua interactiva de Tin Tan sentado en la fuente. Otro lugar aludido es la industria maquiladora y sus parques (para nada divertidos). Lilí ve las fábricas perderse en el horizonte. También llama su atención la montaña Franklin, de El Paso: “qué cosa tan curiosa es vivir en una ciudad que en realidad son dos”. Desde su ventana, no alcanza a ver el enorme muro que se levanta entre ambas. Finalmente, una monumental escultura hace a Lilí fantasear con lanzarse en paracaídas: la equis, en la Plaza de la mexicanidad. El texto de Vigueras es quizá el primero en llevar a la literatura la obra de Enrique Carbajal, mejor conocido como Sebastián, que se inauguró en el 2013. A pesar de las irregularidades en torno al presupuesto y tiempo de su edificación, ahora resulta imprescindible como símbolo de la ciudad, pues es difícil ignorar una estructura escarlata de 62 metros de altura.Foto 29-05-19 17 28 26.jpg

Alejandra Gómez

Radioactividad en el yonke

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“La Organización era una especie de sociedad secreta y aunque muchos de sus miembros estaban incrustados en el sistema, habían jurado una prioritaria lealtad a su grupo, aun antes que a su mismo sistema de gobierno”. Dicha sociedad planea y efectúa un proyecto de terrorismo al norte de México: inserción de material radioactivo por medio de una bomba de cobalto 60. El objetivo, según nos cuenta José Areníbar en su novela publicada en 2004 por Ediciones del Azar, era desestabilizar la economía mixta del país entre el socialismo, impulsado por la Unión Soviética, y el imperialismo capitalista de los Estados Unidos. El novelista y profesor originario de Jiménez conjuga el desastre nuclear ocurrido en los 80’s con la ficción, para dibujar a los protagonistas de Cobalto 60: un periodista llamado Carlos y Miranda, un maestro de educación básica. Tampoco podemos olvidar a Manuel de María, opulento importador en la aduana, quien decide, repentinamente, abandonar esa vida plagada de corrupción para convertirse en vagabundo, debido al miedo a que la Organización lo localice y asesine por su salida del proyecto. La trama comienza en Los Ángeles, luego se desplaza a Jiménez, con una parada intermedia –pero determinante– en la frontera Ciudad Juárez-El Paso, para terminar en la Ciudad de México, justo después del terremoto de septiembre de 1985. La CIA, la PGR y el ejército mexicano son algunas de las instituciones relacionadas con los hechos que comienzan a finales de 1983, y que pronto dejan cientos de enfermos de cáncer debido a la radiación emitida por el material de construcción en que fue fundida la máquina de cobalto 60.

Aunque el punto central del libro vaya perdiendo fuerza conforme avanza la narración, terminando incluso con una descripción de veinte páginas sobre la agonía de los personajes; y a pesar de la inconsistencia en el tratamiento de su psicología, como en María, quien al principio no tuvo escrúpulos y luego se arrepiente sin justificación, sirviéndose de la amistad con Miranda y Carlos su camino hacia la redención; así como de situaciones inverosímiles, como la inmediata comunicación entre un vagabundo y un agente de la CIA, Cobalto 60 destaca por su función referencial histórica, y también por salir de los tópicos habituales de la literatura juarense. El motivo que desencadena las acciones de la novela es real: en diciembre de 1983 un empleado del Centro Médico de Especialidades en Ciudad Juárez desarmó una unidad de teleterapia con una fuente de Cobalto-60 de 1003 Ci.

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Al ser extraída la fuente radiactiva de su blindaje principal, la cápsula quedó perforada y se trasladó al Yonke Fénix donde fue vendida como chatarra, iniciándose así la dispersión de los gránulos de Cobalto, ya que se fabricaron productos de acero, varillas principalmente, con la chatarra contaminada. José Areníbar reconstruye bien el ambiente en el que dicha cápsula pudo entrar al país sin cumplir con todos los requisitos de importación vigentes: Ciudad Juárez “es una urbe con crecimiento desmesurado, su poderío económico no es suficiente para satisfacer las necesidades de un flujo constante de inmigrantes que, atraídos por los cercanos dólares, arriban al sur del país. Sólo la creación de maquiladoras, que son de capital extranjero, ofrecen trabajo y nivelan en parte la balanza de una economía tambaleante e insegura”.

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La representación espacial del yonke es otro acierto de la novela: “Es por eso que los yonkes proliferan sobre todo al sur de la ciudad. Imposible controlar con exactitud tanto negocio de este tipo en cuanto a cantidad, calidad y clase de objetos que en ellos se encuentran”. Y es que a la fecha este tipo de establecimientos abundan en la misma zona urbana mencionada por el narrador, donde el crecimiento desmedido y el abandono dejan grandes huecos poblacionales. Bien se puede argumentar que es mejor que haya “algo” construido, en lugar de largos pedazos de llano; no obstante, la planificación urbana afecta a los juarenses del sur, cuadrante descuidado por los discursos simbólicos, poco patrullado por las autoridades y de difícil habitación por falta de servicios de transporte público y de mantenimiento a calles y alumbrado. José Arenívar deja una pregunta al aire sin que nadie dé una respuesta ni aproximación: ¿Alguna vez recibirán su castigo los culpables? La cuestión puede extenderse no solo a los problemas ambientales (como la solución que dieron las autoridades en Samalayuca), sino a todas aquellas operaciones o negocios que utilizan a las personas como carne de cañón para proyectos que generan dinero.

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Gibrán Lucero