Ruiz de Alarcón: verdad y sospecha

Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza nació en el año 1580 o uno después. No se sabe a ciencia cierta si el lugar donde vio la luz por primera vez fue la actual Ciudad de México o Taxco. En España dicen que es indiano (americano); en México, que español. Algunos críticos de teatro lo señalan como un gran dramaturgo; por el contrario, otros indican que no es para tanto. Era corcovado y pelirrojo, y su conversación resultaba atrayente. Denostado por algunos escritores de su época, favorecido en menesteres políticos… El hecho es que el creador de la comedia de caracteres (aquella en donde la personalidad del protagonista determina la acción y no los azares, enredos o apariencias) alcanzó a posicionarse entre los principales autores de los Siglos de Oro. Lo relevante de su producción dramática se contrapone a la escasez de la misma, pues veinte obras es un número pequeño si se le compara, por ejemplo, con las cerca de dos mil que supuestamente escribió otro aurisecular: Lope de Vega. La Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, tras una iniciativa presentada y luego dirigida por Ysla Campbell, se ha dado a la tarea de editar, completa, la escritura teatral del novohispano. Hasta el momento de escribir esta entrada, han sido publicados 10 volúmenes con sendas obras.

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El trabajo más representativo de Alarcón (así suele llamársele, haciendo a un lado tanto el nombre de pila como el primer apellido) es La verdad sospechosa, una comedia de caracteres en tres actos, publicada originalmente en 1643. Sospechosamente, el texto aparece atribuido a Lope de Vega en otra publicación; sin embargo, fue el mismo Alarcón quien se encargó de aclarar la autoría. García, personaje protagónico, tiene la costumbre de mentir; Beltrán, padre de García, considera la falsedad un vicio deleznable. García conoce a una mujer de quien se enamora, pero incapaz de refrenar su tendencia a mentir, y en el afán por conquistarla, inventa situaciones extrañas, apenas creíbles. Por un error de comunicación (aspecto recurrente en la literatura de la época), García llama Lucrecia a Jacinta, cuando la primera es una amiga-de, y la segunda, quien le atrae. Someros enredos aparecen conforme avanzan las escenas. El tono suave se mantiene en los diálogos, y solo García da muestras (pocas) de gravedad. Al fin Siglos de Oro; en los últimos versos Beltrán concierta los matrimonios y, al fin comedia, el vicioso protagonista no consigue lo perseguido y es “castigado” de una forma que se antoja tan ligera como suficiente: casándolo con una mujer a quien no ama. Mientras tanto, el galán honesto es premiado con un enlace donde existe amor de por medio. Pese a que la sentencia final (“… en la boca / del que mentir acostumbra / es la verdad sospechosa”) apunta más a un axioma que a una moraleja, algunos especialistas han clasificado a La verdad sospechosa como una obra moral.

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Lee aquí la comedia

En Ciudad Juárez, algunos habitantes de las zonas aledañas a la clínica y hospital del IMSS mejor conocidos como “Seguro nuevo”, se consideran afortunados, específicamente por la calle Juan Ruiz de Alarcón. Primera ventaja: hay tranquilidad, ningún extraño, a pie o en automóvil, pasa por allí. Segunda: gracias a la poca distancia que los separa de avenidas principales, tienen cerca todo o casi todo: cine, gasolinera, plazas comerciales, escuelas (desde kínder a universidad), el dicho hospital, tienditas de esquina y de conveniencia. Tercera: cruzando la acera hay un parque donde poner en práctica el ocio. Cuarta: es geográficamente céntrica. Quinta: aunque una avenida principal es aledaña, no se percibe ruido.

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Yo: cuando veo las placas con el nombre de la calle, sé que en verdad es la que busco para escribir esta entrada. El problema es que luego surge una sospecha… Andando unas cuadras más hacia el poniente, paralela a la calle ya mencionada, se encuentra otra importante avenida: “la” Valentín Fuentes Varela. Los pasos me conducen, la vista me guía, y esta me lleva a fijar la mirada en una placa domiciliar de la acera norte. Dice claramente: “Calle Juan Ruiz de Alarcón”. Luego descubro que no es la única, sino que hay cinco más, y a sumar otras tres de la acera sur. Y a preguntar, a los historiadores de la ciudad, a los vecinos del sector, a los libros de la biblioteca. Una señora dice que ella llegó en el 80, que luego construyeron el Seguro y después el señor Fuentes se aferró a que le cambiaran el nombre a la calle. Un señor: que él tiene muchos años viviendo allí, como desde el 75, y siempre ha sido igual: la calle tiene el nombre del agricultor, no del escritor. Miguel García Sáenz, de la Sociedad de Historiadores de Ciudad Juárez, recuerda que el cambio vino en la administración del Ing. Bernardo Norzagaray; esto es, entre 1968 y 1971. Qué ocurrió desde entonces y cómo se vive ahora sobre “la Valentín”, no es tema de esta entrada. De cualquier manera, entre las dos opciones, es mejor vivir sobre la pequeña Juan Ruiz de Alarcón.

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Joel Abraham Amparán Acosta

Ciudad Juárez desde el búnker

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En el pabellón de las dieciséis cuerdas es el primer libro de Josué Sánchez, escritor de Córdoba, Veracruz, publicado por el Fondo Editorial Tierra Adentro, y ganador del premio Nacional de Cuento Joven Comala 2014. El boxeo, Street Fighter II, Metal Slug, David Bowie, sin mencionar muchas más referencias de la cultura pop, sirven de trasfondo a los cuentos y nos remiten al contacto y convivio entre lo extranjero y lo nacional. En el caso de “No se trata del hambre II”, la historia trata de un personaje cuyo nombre no sabemos y que parece estar infectado por una extraña enfermedad. Él menciona los antecedentes de un virus que surgió en Ciudad Juárez; también habla de su esposa y su primo, y de todas las historias que salieron a flote solo cuando el virus lo afectó (su hijo, su boda, los videojuegos, las peleas, etcétera). La figura literaria del zombi se aborda de una manera en la que ser infectado no significa necesariamente la muerte cerebral, así que mientras nuestro protagonista espera ver qué van a hacer con él, recuerda todo lo que pasó en su vida. Al filo de la muerte tiene visiones, como memorias que se coagulan hasta que el virus se aferra a sus neuronas… espera un certero disparo, pero los suyos ofrecen un giro inesperado.

En este cuento, Josué Sánchez construye una imagen espacial muy tenue, puesto que hay pocas menciones de Juárez y zonas aledañas: los búnkeres en Samalayuca, Santa Teresa y Palomas. Las imágenes sensoriales que genera el texto surgen cuando el lector medita sobre las respuesta colectiva ante un apocalipsis zombi. De esta forma, imaginamos la frontera llena de gente putrefacta, que obliga a los sobrevivientes a ver su realidad y en lo que se convertirán. Esta historia nos deja en la boca un sabor agrio y amargo, pues el cuento solo habla de lo que le acontece a un solo personaje, no de un posible futuro o una esperanza de cura. Puede que en cualquier momento Xalapa desaparezca como lo hizo el puerto de Veracruz y muchas otras ciudades. Aunque quizá lo que parezca ser una pandemia, no es más que una descripción disfrazada de un Juárez que está repleto de gente que vive a expensas de los demás, y que no puede salir de la monotonía cotidiana para darse cuenta de lo podría beneficiar a la ciudad y, por lo tanto, a sus habitantes. También se puede especular que los infectados son, de hecho, la gente curada, aliviada de la humanidad que los subyugaba bajo los vicios propios de una sociedad industrializada.

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Tras haber leído “No se trata del hambre II” (¿y el I?) uno puede imaginarse a Samalayuca como el último bastión. Estas dunas, actualmente, son un espacio de recreación donde la gente puede divertirse y apreciar el ecosistema del desierto. Muchos ven a los médanos, cercanos al pueblo homónimo, como a la zona natural más próxima para apreciar la naturaleza. Tras leer el cuento del narrador veracruzano, imagino a zombis en cuatrimoto, deslizándose en la arena, riendo, comiendo, aparentando que nada pasó en una ciudad deshecha, pues o son apáticos a ella o saben que ya nada se puede hacer. La imagen literaria de Samalayuca como punto infranqueable de retención refuerza la idea de Juárez como un laboratorio que experimenta toda clase de calamidades listas para exportar. El narrador del texto lo confirma: “por los videos de YouTube nos enteramos de que Ciudad Juárez fue la primera zona infectada: paredones de fuego devorando edificios y casas; gente con la mirada rabiosa en las calles.”

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Oscar Daniel Hernández Acosta

Alí Chumacero y el destierro apacible

La participación de Alí Chumacero (Acaponeta, Nayarit, 1918-Ciudad de México, 2010) en uno de los ambientes culturales más importantes que ha sucedido en la historia nacional solo resulta comparable a la labor de los ingenieros de sonido en la música, los trabajos de escenografía e iluminación en el teatro y los de producción en el cine: un trabajo discreto, pero fundamental. En una entrevista, el poeta define su quehacer “como una constante, como una labor que no ha tenido nunca un día de descanso: de día o de noche, uno vive con el oficio al que uno se dedica”. Fue de los primeros editores de un reciente proyecto editorial que hoy se reconoce mundialmente: el Fondo de Cultura Económica. También es famosa la anécdota de su trabajo sobre Pedro Páramo, en la cual ciertos chismes atribuyen la limpieza del estilo rulfiano al editor riguroso. Ante el asunto, el último siempre desmintió tales comentarios, aunque en algún momento dijo: “Lo que sí le quité fueron las comas, que Rulfo ponía como si le estuviera echando maíz a las gallinas, además de algunos guiones de diálogos que no estaban en su lugar”. Sus reseñas críticas formaron parte de la renovación de la literatura mexicana de mediados de siglo. José Emilio Pacheco escribe que, después de arremeter contra el abuso del enclítico, “nadie volvió a poner nunca atóle, condújole, paróse”. En cuanto a su producción poética, escueta cuanto precisa, publicó solo tres poemarios: Páramo de sueños (1944), Imágenes desterradas (1948) y Palabras en reposo (1956, aumentado diez años después). Poemas desconocidos en un principio, quizá debido a su complejidad, progresivamente la admiración hacia el poeta de Nayarit adquirió fuerza en las generaciones posteriores, culminando su carrera con múltiples galardones y homenajes en todo el país.

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Palabras en reposo pareció anunciar, desde el título, el silencio donde se sumergió el poeta: un lenguaje sin movimiento, solitario, en fin, efigie del silencio mismo. Se trata de un poemario ambicioso —en el buen sentido— donde la voz lírica propone conjugar el tiempo del ser y las ciudades modernas, su hastío y ruido, sus veneraciones a las estatuas de ídolos olvidados, sus tendencias suicidas y sus monólogos a la pérdida, con el tiempo de los responsos y la mística, del amor igual a tempestad, de la soledad semejante a un epitafio o a un nombre. Es también una colección de referencias cultas y herméticas, gracias ante todo a un verso respetuoso a los ritmos y métricas tradicionales. Quizá otra de las propuestas de Chumacero fue establecer una dialéctica con los temas explorados por Xavier Villaurrutia en Nostalgia de la muerte (1938), preferentemente hacia la idea del orden de las estatuas, los sueños y el vacío en vinculación simbólica con la muerte del lenguaje, y después con la obra de su amigo Octavio Paz.

Desde el poema introductorio, “El orbe de la danza”, la voz poética establece un tono que prevalecerá en los textos por venir. En un primer acercamiento, resulta interesante que los versos estén compuestos por nueve sílabas, metro sumamente extraño en la tradición lírica, aunque explorado por los modernistas, especialmente Rubén Darío. La imagen recreada es la de un instante: una mujer baila y es contemplada. La belleza y el esfuerzo corporal de la bailarina son representados por los objetos que componen el orbe: mármol que solloza su orden recobrado, río de ceniza que gime. En contraste, hay un “nadie” que no respira, que no piensa, pero que contempla: “sólo / el ondear de las miradas / luce como una cabellera”. Durante la segunda estrofa, se imagina el clímax de la danza, descrito como “cuerpo de acontecer”. Sin embargo, el resultado final expone la enfermedad en aquellos que observaron el instante sublime. El hastío urbano, producto de la incomprensión o de la más profunda muestra de indiferencia. La escena inmediata es una muestra del fracaso de la bailarina y en sí del momento poético: “Muestras de oprobio, en el espacio / dormitan las familias, tristes / como el tahúr aprisionado”. Quizá el final comprenda una sensación algo paradójica: “Bajo la luz, la bailarina / sueña con desaparecer”. Por un lado, el deseo de la bailarina parece una demostración de otro tipo de indiferencia, ahora al desinterés del público ignorante. Por otro, su desaparición representa el fracaso del momento sublime, expuesto en la incomprensión del otro orbe, uno común. Así pues, el sueño con desaparecer tiene dos caras: una irónica y otra avergonzada.

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En la obra de Alí Chumacero están depositados diversos hallazgos poéticos que, como tesoros por desenterrar, buscan la complicidad de lectores dispuestos a tomar una pala y llenarse de tierra. Fue precisamente en el bar La Brisa donde Chumacero alguna vez leyó sus versos en Ciudad Juárez, invitado por los miembros de la llamada generación de Nod, un grupo de poetas que empezó a publicar durante mediados de los años 80 y quienes encontraron en su poesía una guía –o profecía– para versar los elementos cotidianos de su urbe. Nunca llegaron a la maestría poética de Palabras en reposo, pero obras como la de Jorge Humberto Chávez o Agustín García contienen referencias inmediatas a los hallazgos expuestos en la obra del creador de “Poema de amorosa raíz”. La calle que lleva su nombre en Ciudad Juárez tiene una disposición geográfica que remite un poco a uno de los subtítulos del libro citado: “Destierro apacible”. Detrás de la avenida Ejército Nacional, la encontramos colindando con la Rafael Arrieta (poeta argentino) y la Ignacio Dávila (historiador), lejos, muy lejos del lugar en donde las calles guardan los nombres de otros poetas mexicanos.

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Antonio Rubio Reyes

Juaritos commuters

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El prefijo trans sirve a la perfección para estudiar el “a través” de todo lo que cruza en ida y vuelta la frontera, de tal forma que la integración regional puede ser alcanzada por medio de individuos pasaporteados que literalmente viven en ambos países, sosteniendo, de pasada en pasada, su economía. Los fenómenos transfronterizos (cross-border, también llamados) contemplan la continua interacción de actores e instituciones en torno a dos o más núcleos de asentamientos colindantes a un límite internacional. La mirada bifronteriza desacredita toda visión que respete las jurisdicciones, que omita la porosidad entre municipios y condados, y que intente dar cuenta de una problemática desde su propio lado de la frontera, sin atravesarla. La franja ampliada atiende características y procesos particulares en contextos en donde la interrelación trasnacional, la diplomacia y la negociación reducen su escala de análisis, para hacer de la materia civil su objeto de estudio.

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No obstante, la asimetría de poder también es una variable que refleja las diferencias entre dos sistemas económicos. La legibilidad de los contrastes sienta las bases para que una región transfronteriza supere obstáculos ideológicos convencionales: “invasión subrepticia”, “reconquista silenciosa” o “bomba demográfica”. La eventual correlación de las fuerzas de mercado genera una dinámica trans, que a nivel de migración y economía induce evoluciones, solidaridades y convergencias tales, que se crea un espacio de transición entre ambos o, mejor dicho, sobre ambos lados de la frontera. El movimiento pendular de los commuters (gente que duerme en una ciudad distinta de donde trabaja o estudia) resulta un caso ejemplar.

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El esfuerzo cruzado promueve cambio y riqueza sobre una extensión territorial que fertiliza una identidad cultural heterogénea. El escritor juarense Alejandro Páez Varela así entiende la región Chihuahua-Texas: un todo orgánico con la disposición y vigor de ser núcleo, eje y nodo central para el negocio, el cruce y reingreso de poblaciones, el juego lingüístico, las compañías hermanas, el interés académico, la división de clases y el establecimiento de conflictos culturales. La novela Oriundo Laredo (2016) recrea este escenario por el que circulan habitantes y trabajadores temporales, migran tenacidades y una que otra tragedia, así como un cúmulo de historias interconectadas por el arraigo a la tierra desde antes que fuera frontera. Las continuas referencias al Camino Real de Tierra Adentro, al Ferrocarril Central Mexicano y a la Revolución patentan la tradición del cruce de una zona permeable durante más de cinco siglos.

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Anteriormente, en su trilogía Los libros del desencanto, Páez Varela ya había prefigurado la dinámica del mismo espacio. Liborio Labrada, protagonista de El reino de las moscas (2012), experimenta en el cuerpo de su pareja, Ana, este territorio: “Le desabroché la camisa y me dejó ver, desde la montaña Franklin, que el valle de Nuevo México es el mismo que el de Chihuahua, hasta Palomas y Columbus; que se funden, que tienen las mismas nubes, las mismas depresiones a las que sólo pega el sol de mediodía”. Curiosamente, en Corazón de Kaláshnikov (2009), que inicia la trilogía, el narrador dejó fuera un pequeño texto sobre otra experiencia orgánica: la de comer. Para el 2014, una vez publicadas las tres novelas, Alfaguara reedita la primera y compila al final, con título propio, cuatro pasajes inéditos. Una nota a pie aclara que “Scrap es un término muy común en la maquiladora; se refiere a desechos industriales. Así decidió el autor llamar a los siguientes textos, piezas aisladas que se quedaron –por decisión suya– fuera de la primera edición de Corazón de Kaláshnikov”.

Entiendo a la perfección por qué Páez Varela desechó estos cuatro fragmentos en la versión original. No añaden nada a la trama central, ni abonan para la construcción de los protagonistas. “Así era en esos años” quizá tenga mayor valor debido a las noticias sobre los orígenes de El Sheik. Además, afirmar que “Juárez es una ciudad de desechos. Desechos se viste, desechos se come: se es un desecho”, seguro podría alejar simpatías y desviar la imagen que delinea sobre su ciudad natal. Así que una vez leída la trilogía y con el prefijo trans a cuento, bien vale la pena leer “Colitas de pavo”, primer texto añadido que rememora los orígenes y la receta de este peculiar lonche (aún me cuesta no decirle torta), a finales de los 70 “En la esquina de Ramón Corona y Galeana, en el centro de la ciudad”. Las “colas del cócono en la salmuera que sobra de las latas de los chiles curtidos” ejemplifican a la perfección una dinámica transfronteriza que hace de los entresijos (a peni o a daime la libra) un manjar en tierras juarenses. Lo mismo ocurre con los neumáticos que cimientan casas en los barrancos, la ropa de las segundas, los “cerrajeros”, “enmendadores profesionales de la chatarra”, o con los pasajes inéditos de una injustificada segunda edición.

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Carlos Urani Montiel

Con raíz en la tierra

Si uno merodea por la colonia Cuauhtémoc, sobre todo si la trayectoria es de sur a norte, podrá ubicar, paralela a la Agustín Melgar, la calle dedicada al personaje prehispánico que hoy nos ocupa. De la calle Coyoacán a la David Herrera hay un pequeño trecho dedicado a Nezahualcóyotl, asignado –aparentemente– de la manera más arbitraria posible. En un ejercicio de imaginación que exija reelaborar el trazado urbano a partir de un sistema cronológico o, por lo menos, semántico, estas tres cuadras y media podrían embonar mejor en la colonia Aztecas, donde además se dedican algunos espacios a la conmemoración de la tradición prehispánica a través de murales. El escultor y pintor zacatecano, Raúl Ayala Arellano, realizó un homenaje al emperador poeta en el 2000, un mural minuciosamente constituido por pedazos de losetas y cemento blanco ubicado en la glorieta de Avenida de los Aztecas y Boulevard Zaragoza. La mítica figura, cuyo nombre significa coyote hambriento, poseía grandes aptitudes en el campo del arte, las letras y la ciencia. Después de hacer frente a la invasión tepaneca encabezada por Tezozómoc, señor de Azcapotzalco, Nezahualcóyotl se dedicó al progreso de su tierra en sentido multidireccional. Además de convertir su ciudad desde el papel de gobernante, su inteligencia y visión supuso una apertura al estudio filosófico del vínculo entre el universo la mortalidad y la divinidad.

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Nezahualcóyotl, El coyote hambriento es un libro álbum que relata la vida del emperador desde el momento de su nacimiento hasta que se prepara para morir. Uno de los aspectos interesantes del texto es la propuesta de lectura, ya que se dirige a un público infantil por lo que la estrategia a la que se apuesta tiene que ver con la movilidad: la recopilación de poemas se presenta con distinta disposición, de tal forma que para leer un verso dispuesto en espiral hay que girar el libro o a la pequeña lectora. Además, en la contraportada hay una serie de actividades en las que se procura recoger el conocimiento adquirido durante la lectura. En el plano del contenido, las autoras, Ave Barrera y Estelí Meza, retratan un origen del protagonista que refuerza la imagen que se ha creado sobre él, donde la verosimilitud de sus aptitudes se sustenta en la educación que recibió de sus padres. La habilidad que más se acentúa a lo largo de la obra es la poética; la observación detenida de la vida le permite esbozar profundas reflexiones sobre la naturaleza humana y su condición ante los dioses. Además, da cuenta de los ámbitos a los que como gobernador atendía, como el urbanismo (mediante el relato de la construcción del dique que separaba el agua dulce de la salada en el lago de Texcoco) o la botánica (a través del pasaje sobre el jardín que sembró en el cerro de Tetzcontzinco), siempre con un trasfondo de ansia de inmortalidad.

Sin embargo, el sector donde se encuentra la glorieta dedicada a este gobernante no suele vincularse conscientemente a la tradición prehispánica, puesto que hay elementos inscritos dentro de la cultura popular que tienen más peso y remiten a un solo símbolo: el crimen organizado. Pese a la purga que se encargó de diezmar la colonia Los Aztecas, el negocio del narcotráfico sigue funcionando como un elemento característico de esta problemática. La mayor parte de mi vida la he pasado a unos dos metros de esa zona; en un plano urbano, mi casa se ubica en la Aztecas, aunque geográficamente se encuentre en la otra acera. Además de los nombres y murales que evocan a los antiguos mexicanos, la manera de habitar este espacio en continuidad con la conciencia de la cultura precolombina se ha adaptado a tatuajes, danzas y barrios.

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Del mercado del narcotráfico en Chihuahua se ocupan dos organizaciones criminales: el Cártel de Juárez y el de Sinaloa. A su vez, estos se ramifican en ocho subgrupos encargados del narcomenudeo en varias partes de la ciudad, aunque la mayor parte, según las investigaciones de la FGE, se encuentra controlada por las organizaciones Gente Nueva y La Línea y sus pandillas correspondientes: Mexicles y Aztecas. El ingreso de jóvenes al mundo del narco aparece cada vez más normalizado, incluso difundido por series y redes sociales, bajo la promesa de una solución económica inmediata y sencilla. La infravaloración de la vida es uno de los pilares implícitos que sostienen este discurso; ante esto, la cuestión existencialista sobre la trascendencia humana en la tierra atiza diariamente el paisaje urbano juarense para recordarnos que “aunque sea de jade se quiebra, / aunque sea de oro se rompe, / aunque sea plumaje de quetzal se desgarra”.

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Laura Sarahí Robledo

Rompiendo el cristal

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En 1995, Alfaguara publicó una novela conformada por nueve cuentos, La frontera de cristal, del celebre escritor, intelectual y diplomático Carlos Fuentes. El autor de novelas como Aura y Terra Nostra nació en Panamá (de padres mexicanos),y fue criado en diferentes lugares de América como Santiago de Chile y Buenos Aires. Más tarde, a la edad de 16 años, llegaría a la Cuidad de México donde haría gran parte de su vida y carrera hasta su fallecimiento en 2012. La frontera de cristal, traducida al inglés, francés y hasta al polaco, tiene como personajes principales a Michelina Laborde, una muchacha acostumbrada a la buena vida y a realizar cualquier cosa por mantenerla, a don Leonardo Barroso, padrino de Michelina a la que quiere emparentar con su hijo Marianito, el futuro heredero. Es don Leonardo el encargado de mover el negocio en la frontera, lo que le ha generado una gran fortuna que comparte con su esposa doña Lucila Barroso, dedica, en exclusivo, a despilfarrar el dinero en lujos y placeres. En esta familia, que ha sabido hacer un imperio sobre las incidencias fronterizas, se centra la gran parte del entramado narrativo, ya que conforme las historias siguen su curso vemos cómo nuevos personajes se vinculan con el magnate. No obstante, en el relato final, “Río grande, río Bravo”, existe un trasfondo histórico, y diferenciado en cursivas, que goza de cierta autonomía. Las historias que lo integran dan cuenta de una personalidad única: la espacial, demarcada por la línea divisoria entre países pero conectada por el devenir de varios siglos.

En este cuento en específico, el espacio donde confluyen las anécdotas centrales se sitúa en el puente fronterizo, en la zona desértica en donde colindan las dos ciudades (Juárez y El Paso) y a lo largo del cauce del Río Grande, río Bravo por donde fluyen sueños y esperanzas. Se omiten las localizaciones específicas más allá de la frontera, pero cada una de las diferentes historias termina o logra cruzar la franja. El narrador no menciona el nombre de algún puente o su ubicación exacta, pero sí recalca el papel fundamental que ejerce en los personajes que van apareciendo, ya que cada uno intenta franquearlo por las buenas o de forma ilegal. La meta sigue siendo la misma… pasar al otro lado en donde parece que se pueden cumplir los sueños. Desde cierta distancia, este escenario resulta atractivo y hasta místico; pronto fue materia prima para la literatura, ya que siendo un borde atravesado por cientos y cientos de personas con múltiples aflicciones, alguien supo escucharlas para convertirlas en relatos de ficción.

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La atmósfera que construye Carlos Fuentes no está muy alejada a la realidad de nuestros días, y aunque la novela fue publicada hace más de 20 años refleja la vitalidad que confluye a ambos lados del río. Vivir en la frontera en medio del trajín de personas yendo y viniendo es algo normal para nosotros; de alguna manera todos estamos conectados con ese vaivén; tenemos familiares viviendo en El Paso, ejerciendo algún empleo; o simplemente cruzamos con fines de ocio o buscando las rebajas. Un sinfín de personas sobre sus carros esperan horas en la línea sin importar las inclemencias del clima… un rito de paso que llega a su clímax bajo la mirada y cuestionamiento del agente aduanal. De igual forma, los que atraviesan ese tramo a pie a veces corren con suerte y esperan apenas unos minutos, aunque lo normal es controlar el ansia de una larga fila para que al final revisen los papeles y pertenencias. Caminamos por la calles, ya sean de Juárez o de El Paso, aledañas a los puentes fronterizos y observamos a lo lejos gente acarreando cosas de aquí a allá, un negocio interminable de intercambio que ni la noche lo detiene. A la cotidianidad de la frontera también se le unen otros aspectos que desconocen su dinamismo: discriminación, xenofobia y el proyecto de un dichoso muro. Si este se levantara, ¿de qué lado quedaría el Río Grande, río Bravo?

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Andrea Yareli Salazar Castro

Hermanos Escobar: Un día de playa

Rómulo y Numa hoy significan para la ciudad una avenida, biblioteca y parque. La escultura de bronce A los hermanos Escobar, hecha por el artista Ignacio Asúnsolo en 1954, exalta desde su pedestal de cantera el compromiso y fraternidad de cada uno de sus proyectos que, a la postre, se convertían en acción, como bien se lee en el lema del escudo: saber, poder, querer. Sin embargo, a veces los monumentos extravían su valor y referencia. En el “Sicario en El Jardín del Pulpo”, novela corta incluida en Garabato de Willivaldo Delgadillo (2014), un fotógrafo canadiense deambula por varios parques de Juárez de la mano de Goyo, su guía local, quien resuelve toda interrogante con recuerdos culinarios: “Puso la mirada en la panadería que estaba del otro de la acera y hacia donde los hermanos Rómulo y Numa miran desde su eterno abrazo, como diciendo, ¿cómo ves hermano, si nos echamos una concha de chocolate?” Lo curioso es que resulta inevitable impregnarse del aroma de la Pastigel al pasar por la avenida. 54 años lleva el negocio dando sabor a la atmósfera que circunda la escultura.

03 Parque Hnos Escobar

La acción más celebrada del par de personajes fue la fundación, a inicios de 1906, de la Escuela Superior de Agricultura, primera institución de enseñanza superior en la frontera, con apenas 45 alumnos y varias hectáreas asumidas con el encargo jurídico de volverlas productivas. Sin embargo, su compromiso con el empuje agrario en la ciudad se manifestó diez años antes, con El Agricultor Mexicano, una revista independiente (sin ningún tipo de subsidio) y especializada sobre la vida campirana juarense, que contó con su propia imprenta a los tres años de haber salido a la estampa y se mantuvo en prensa por más de tres decenios. La publicación El Hogar funciona como la versión femenina de este empeño de divulgación, solo que esta revista estaba al mando de Adelina Zerman de Escobar, madre de los célebres hermanos. El tiraje mensual de El Agricultor, constaba de varias secciones, como la de consultas en la que los lectores interactuaban de forma directa con los autores. En términos literarios los Eslabonazos, son los artículos de opinión que presentan mayor valía. Estos pequeños cuadros de costumbres recurrían frecuentemente al aviso o a la moraleja, y venía firmados por el ingeniero Rómulo bajo el pseudónimo de Proteo, como aquel que avizora el futuro y cambia de forma (de agricultor a ensayista) para transmitir conocimiento. Un eslabón es un pedazo de fierro del que saltan chispas al chocar con un pedernal. Justo eso buscaba nuestro Proteo juarense: provocar la llama de la lectura y con ella sus consecuencias: razonamiento e inteligencia.

“¡Viva el atole!” es un eslabonazo que exalta tradiciones, guarda un dejo de nostalgia y no oculta su patriotismo; de hecho fue escrito con “tinta verde, blanca y colorada”. El texto se estructura a partir de opuestos: el tiempo antiguo (mediados del XIX) responde a la hospitalidad del fronterizo, a la plática pausada y a la tranquilidad de día a día que se ve enfrentado a lo moderno con la llegada de las prisas, el ferrocarril y tanto fuereño. Por otro lado, el régimen alimenticio de los norteamericanos aparece como antagonista de “los nacionales frijoles”. El ejemplo concreto recae en “los buenos jarros de atole” en duelo a muerte contra “el pecado venial, carnal y corporal de tomar café aguado”. Los argumentos abundan: “¡El agua con que se lava una taza de atole es más nutritiva que una taza de café y sin embargo, ahora el café es el que ha vencido! ¿Será posible?”. El atole es substancioso (alimenta el cuerpo y no excita los nervios) y más barato (no necesita azúcar, “nuevo gasto para nuestra gente pobre”, pero Proteo también detecta la desventaja: “la razón de la flojera”, ya que el trabajo y la lenta preparación del atole no compiten contra una bebida que se hace sola en la lumbre. Así que allá nosotros si queremos andar “más ligeritos y más temblorosos”.

03 Agricultor mexicano

En tiempos de Revolución, las instalaciones de la Escuela Superior fueron tomadas, lo que provocó el exilio momentáneo de sus fundadores, así como una pausa de El Agricultor Mexicano. “El nuevo provincialismo”, perteneciente al segundo tomo de la revista, ilustra precisamente esta estadía en El Paso, en donde un grupo de intelectuales y empresarios de la clase media se daban cita “en una plaza a comentar las mentiras de la prensa y a discutir sobre las actividades revolucionarias de los políticos de puro: dos tonteras más grandes que Texas”. En una de esas reuniones se suscitó una acalorada discusión sobre qué ciudad de la República era la mejor. El amor al terruño se expresa con pasión. Un juarense defiende su ciudad como la clave de la política mexicana: “La prueba es que cada vez que cae Ciudad Juárez cae el Gobierno de México”. Y critica al cura Hidalgo por no abandonar el Bajío, pero exalta a Benito Juárez y a Francisco I. Madero quienes dominaron la estrategia. Y concluye: “Ya verán ustedes si ciudad Juárez es importante o no lo es. Por eso hablarle de Ciudad Juárez a un presidente de la república es tanto como mentarle la madre”, en el sentido de origen o principio de la patria. No obstante, Proteo, quien está a favor de un provincialismo más racional y producto de la labor de la tierra, presenta las palabras de un oaxaqueño, detractor del fronterizo. Para él, “la historia de Chihuahua es un borrón y su Ciudad Juárez no vale nada. Lo único que puede decirse de ella es que es el pueblo infeliz que está más cerca del río que tiene nombre más grande y menos agua, o que es el lugar de la tierra donde, estando uno parado, ve más lejos sin ver nada”.

03 Notas Escobar

La apuesta agropecuaria de la ciudad dio un giro completo a mediados del siglo pasado, perfilando a la industria como el nuevo motor laboral. Es curioso que la misma avenida sea el mejor testigo del cambio: antes se llamó Camino Cordobeño, Camino de la Playa (que es mi favorito y el utilizado por los hermanos) y Calzada Agricultura. Al pavimentarse en 1949, se fijó su actual denominación. La arteria que honra a los hermanos Escobar termina paradójicamente, hacia el lado oriente, en un pequeño parque industrial. Rómulo y Numa Pompilio se retorcerían en sus tumbas y más si supieran el estado en el que se encuentran las instalaciones de su Escuela; no obstante, las ruinas del proyecto de los hermanos continúan ahí, esperando impacientes ser restauradas, para no olvidar lo que antes fuimos.

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Urani Montiel

A las dunas

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En 1994, Ediciones del Azar publicó Callejón Sucre y otros relatos, una serie de textos que abordan la realidad de la vida en Ciudad Juárez. El libro, escrito por Rosario Sanmiguel, quien también ha ejercido como traductora, editora, docente y directora de talleres literarios y de revistas, actualmente se encuentra en la colección Paso del Norte, bajo el sello de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, Ediciones Eón, el Colegio de la Frontera Norte y Center for Latin American Studies. En el 2008 apareció su edición en inglés, a cargo de John Pluecker, con el título Under the bridge: stories from the border.  La autora nació en el pueblo Manuel Benavides, Chihuahua; no obstante, desde pequeña vivió en la frontera, donde la actividad nocturna forma parte de la cotidianidad de su gente, tal como se muestra en “Un silencio muy largo”. En este cuento los bares representan el escenario principal, y desde ellos se narra la historia de Francis, una chica que decide terminar su larga relación con Alberto. Así, Las Dunas y el Coco-Drilo aparecen como aquellos lugares que siempre tienen algo que contar.

132 Bar Dunas

El relato gira en torno a un bar, sitio que en muchas ocasiones llega a verse de manera negativa. En lo personal se me dificultó imaginar que este lugar fuera la fuente de inspiración para muchos escritores juarenses, entre ellos Sanmiguel. No obstante, la autora toma de esta ciudad un espacio común y sencillo –ese en donde las personas pueden olvidar su día a día o simplemente matar el tiempo– y lo convierte en el escenario idóneo para desarrollar sus personajes y anécdotas, tal como ella misma lo señala en una entrevista: “la frontera es, en mi escritura, una condición inseparable de la vida que imagino para mis personajes […] Me considero una escritora realista, una que se nutre de la realidad verdadera para construir otra, que aunque ficticia no es menos real que la que palpita más allá de las páginas que escribo.” Las Dunas y el Coco-Drilo, por ejemplo, concentran el espíritu que por muchos años predominó en Ciudad Juárez, tanto en hombres como en mujeres.

Quizá el ambiente nocturno en esta frontera haya tomado algunos giros respecto a la última década del siglo pasado; sin embargo, las salidas a bares y cantinas continúan siendo comunes no solo para los juarenses, sino para gente de todas partes que busca pasar el rato. Si bien en un principio me extrañó que el bar se erigiera como punto principal del relato, su uso resulta bastante evidente y eficiente en cuanto a la empatía que el lector pueda lograr con los personajes. Esto debido a que los momentos que pasamos en estos sitios suelen enmarcarse en la idea de olvidar lo que está afuera, de sentir que te desconectas del mundo, aunque sea solo por unas horas y se sepa que tarde o temprano hay que regresar de Las Dunas y plantarse de nuevo en la realidad.

132 Av Juarez

Mayra Fabiola Mendoza Muñiz

Un cínico de aquellos

Sabes mucho de meteoros, ¿hace
cuánto tiempo que llegaste tú del cielo?

Diógenes de Sínope, “el Cínico”, nació en el año 412 a. C. Fue desterrado de su ciudad natal pues se le acusó de complicidad con su padre, el banquero Hicesias, quien falsificó monedas por cuestiones más políticas que económicas. En Atenas fue discípulo de Antístenes; se cuenta que éste lo aceptó luego de que Diógenes estuviera dispuesto a aceptar un golpe a cambio de una enseñanza. Entre los aspectos de su vida más conocidos se encuentran su “vivienda” (una tinaja), sus escasas propiedades, una masturbación pública, la entrevista con Alejandro Magno y, sobre todo, la búsqueda de hombres de verdad, a quienes no encontraba siquiera a plena luz del día y con la ayuda de un candil. El mote de cínico (el vocablo griego kynicós significa “perruno”) fue en principio un insulto del cual Diógenes sacó ventaja, pues entendió que los perros llevan una forma de vida más cercana a la virtud (o a su idea de virtud) que los seres humanos. A pesar de que existen varias versiones acerca de su muerte y el destino de sus restos, solo es posible establecer con pocas dudas que esta acaeció en Corinto, en el año 323 a. C.

02 Diógenes

Juan Rivano, filósofo chileno, publicó en 1991 el libro Diógenes: los temas del cinismo (Santiago: Bravo y Allende Editores). En dicha obra, el autor retoma la vida del de Sínope, principalmente según lo dicho por otro Diógenes (el Laercio) en Vida de los filósofos más ilustres. Luego analiza, desmenuza cada pequeña historia y la dota de una nueva dimensión, tanto en cantidad de palabras como en volumen de pensamiento. Por ejemplo, del encuentro con Alejando Magno, escribe: “En la escala del poder, decir «Diógenes y Alejandro» es como decir «el cero y el infinito». Pero, el elogio de Alejandro alienta una idea atrevida: Sobre si no se apunta también aquí hacia una inversión formidable del modo que decir «Diógenes y Alejandro» no sea como decir «el cero y el infinito» sino «el infinito y el cero». ¡Cómo desprecia Diógenes a Alejandro! («Déjame el sol» le dice). ¡Cómo ensalza Alejandro a Diógenes! («Me gustaría ser Diógenes», dice. Claro, siempre que no fuera Alejandro)”. De manera similar, Rivano enumera 45 anécdotas con un estilo ni pretencioso ni pedestre. Justo medio, pues, que el lector encontrará agradable.

Del escultor Juan Carlos Canfield y sobre un pedestal de mampostería, un Diógenes de bronce (casi del color de los Indios Verdes en la Ciudad de México), eleva la linterna. Sobre la esquina suroriente de Avenida Tecnológico y Bulevar Teófilo Borunda, junto al Parque Central, el Cínico se apoya en el báculo y entre ríos de automóviles y de gente busca, veinticuatro siglos después, al hombre que no encontró en Atenas. En el crucero es posible ver algunos peatones, pero la inmensa mayoría de quienes por allí transitan, lo hace en automóvil. Son personas con prisa por llegar al trabajo, a la escuela o a su casa. Ignoran al hombre-perro; si reflexionan sobre algún elemento cercano, dirigen sus pensamientos a la publicidad desplegada en un puente, a Las Misiones, a una jirafa, a algún hotel, o incluso a cualquiera de las otras estatuas que están en el mismo sector. Dudo mucho que Diógenes se revolcara en su tumba al ver la condición de su imagen en este asentamiento urbano: podrá ser ignorado, pero nadie le quita el sol.

02 Placa Diogenes

Joel Amparán

La Revolución como espectáculo desde “El Monu”

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 “El Monu” concretiza –a base de mármol y con 2.5 metros de altura– la presencia histórica y simbólica de Benito Juárez en el Paso del Norte, cuando en 1865 estableció en la frontera el gobierno nacional, por lo que ahora lleva su “Heroica” etiqueta. En 1910, el gobernador Enrique Creel inauguró el monolito para celebrar el centenario de la Independencia. Un año antes, Porfirio Díaz sostuvo la famosa entrevista con el presidente estadounidense Willian Taft; así que se aprovechó la visita del general para que colocara la primera piedra. A pesar del peso histórico del Benemérito de las Américas en la ciudad, existen pocas obras literarias que retraten o hablen de su monumento, como en una breve escena de Los ilegales de Rascón Banda. Así que seré flexible con la localización específica y me abocaré a los hechos ocurridos en el cuadrilátero que forman las calles Vicente Guerrero, 20 de Noviembre, Constitución y Ramón Corona. Para lo cual servirán de eje un par de obras del escritor juarense Edeberto “Pilo” Galindo, aunque la acción dramática no ocurra justamente a los pies del dichoso “Monu”.

130 Caminata-monumento

El 15 de octubre de 1909, Porfirio Díaz, un día antes de congregarse con Taft, participó en el evento solemne que iniciaría la construcción de una de las efigies más representativas del supuesto triunfo del partido liberal. ¿Por qué el presidente de la República eligió esta frontera para la reunión? Existen varias versiones, pero todas dan cuenta de la importancia de este lugar como punto estratégico para el gobierno nacional: vino para demostrar su poder ante la gran cantidad de opositores que había aquí; la ciudad simpatizaba con su gestión debido a los progresos alcanzados y su llegada fue, entonces, un gesto de agradecimiento; o pretendía poner en la mesa la cuestión del Chamizal. Sea como sea, su arribo demostró, una vez más, la importancia de Ciudad Juárez como punto determinante en la historia del país, aunque a veces no se le tome en cuenta como tal.

130 Entrevista Días-Taft

Oficialmente la Revolución Mexicana inició el 20 de noviembre de 1910, cuando Francisco I. Madero convocó a tomar las armas en contra del gobierno porfirista, y terminó con la promulgación de la Constitución el 5 de febrero de 1917. No obstante, fue la Batalla de Ciudad Juárez, librada entre el 8 y 10 de mayo de 1911, la que significó el final del antiguo régimen con la firma del Acuerdo de Paz (21 de mayo) y la subsecuente renuncia del dictador. Por otro lado, figuró como una advertencia de los conflictos que se avecinaban y que, realmente, muy pocos lograron comprender. Además, aquí comenzaron a forjar su leyenda personajes como Pascual Orozco y Pancho Villa.  Por ello, el desdén que la historiografía oficial ha mostrado respecto a este suceso ha conllevado graves consecuencias en cuanto a las interpretaciones de una de las guerras civiles más importantes y confusas del país.

130 Villa en Juárez

Frente a esta situación comenzaron a surgir investigaciones (como las de Miguel Ángel Berumen y Pedro Siller) y textos literarios que posicionan al combate en su justo lugar. El teatro no se quedó atrás. Además de El fulgor de la batalla, de Guadalupe Balderrama, resaltan un par de obras escritas por Pilo Galindo que retoman este tema: En un tren militar, Garibaldi y Rendir la plaza. La primera se estrenó, con la compañía Teatro Bárbaro, en el 2011; un año después el mismo autor la dirigió con su grupo 1939 Teatro Norte. Sobre esta puesta en escena cabe destacar que el lugar de la representación fue el idóneo, pues las instalaciones de la Ex aduana, espacio principal de la batalla real, ahora el MUREF, se acondicionaron para dar vida al montaje, ganador del 31 Festival de Teatro de la Ciudad. Garibaldi forma parte –junto con la anterior– del segundo tomo de Antología teatral (2017).  Rendir la plaza se presentó, bajo la dirección de Abraxas Trías, en el 2012.

Ahora bien, la idea de desenfocar o tratar de entender todas las partes inmiscuidas en la Revolución se ha dado, sobre todo, desde el ámbito literario. Nellie Campobello, por ejemplo, rescata la mirada infantil; misma que Antonio Zúñiga presenta en Pancho Villa y los niños de la bola. Respecto a la visión femenina resaltan, una vez más, los relatos de Campobello, pues su protagonista es una niña; por su parte, “Un disparo al vacío”, cuento de Rafael F. Múñoz, muestra cómo gran parte de la fuerza y energía revolucionaria se encontraba en las mujeres, a pesar de negarles un nombre propio. Con esta misma idea comienza En un tren militar: “pero pos el nombre pa´qué es. Ese sobra, ¿qué no? Pero, pos si pa´ algo le sirve, me llamo Adela. Todas aquí, las viejas, nos llamamos Adela, pa´ casi todo lo que usté guste mandar, mi sargento”. Sin embargo, al final el propósito de la obra consiste en redimir los nombres y hazañas de algunas de las “adelitas” más importantes: Carmen Serdán, María Villarreal González “La Juana de arco mexicana”, María Arias Bernal, Belén Gutiérrez de Mendoza, Adoración Ocampo, Trinidad Ontiveros, María Pistolas, La Coronela, La Generala, La Borrada, entre otras.

130 En un tren militar

Crédito de fotografía: Alex Briseño

En sí, el objetivo de las tres piezas radica en descentralizar este movimiento armado, desde el aspecto geográfico, de género y de las posiciones políticas. Garibaldi representa los recuerdos del italiano Guiseppe “Pepino” Garibaldi, quien participó activamente en la batalla de Ciudad Juárez junto al lado de Orozco y Villa; es decir, en esta obra, Galindo expone la mirada extranjera sobre la Revolución, enmarcada en una serie de guerras latinoamericanas. Rendir la plaza, por su parte, aborda la perspectiva de las vencidas tropas del coronel Juan N. Navarro, responsable de la guardia federal juarense, horas antes de caer. Ahora bien, otro aspecto que resalta es la ambivalencia o confusión a la hora de seguir a un bando o dirigente: ¿Cuáles eran los objetivos de los participantes? ¿Qué causas se estaban defendiendo? ¿Quién tenía la razón? ¿A quién había que obedecer? El inicio de la batalla de Ciudad Juárez, aquel 8 de mayo, por ejemplo, fue bajo las órdenes de Orozco, contradiciendo la palabra de Madero, quien insistía en las negociaciones. Esta contienda representa, entonces, el primer triunfo maderistas, pero también el inicio de su caída como líder; por ello, resulta tan importante para comprender la esencia de la Revolución –o “esta cosa que ustedes nombran revolución”.

130 Rendir la plaza

Finalmente, el 30 de mayo de 1911 Madero, desde la escalinata del monumento a Benito Juárez –símbolo, una vez más, de libertad y justicia– se despidió de la ciudad que lo había visto triunfar. Este momento fue retenido en una fotografía, lo cual destaca otro aspecto fundamental de la batalla: su alcance mediático, pues cerca de 40 reporteros estadounidense llegaron para aprehender cada uno de sus vaivenes. 1911: La toma de Ciudad Juárez en imágenes y otros ejemplares iconográficos en el MUREF lo confirman. Miguel Ángel Berumen  considera el retrato mencionado como un homenaje al oficio del fotoperiodismo, ya que registra el momento en que cuatro colegas capturan el triunfo revolucionario en “El Monu”. Un espacio que ha recibido e inmortalizado a varios de los personajes responsables de forjar la historia (oficial) de nuestro país.

Madero- Monu

Amalia Rodríguez