Una balada para Juaritos

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César Silva Márquez (Ciudad Juárez, 1974) publicó su última novela, La balada de los arcos dorados, en la Editorial Almadia; la cual trata la historia del periodista Luis Kuriaky, quien debe lidiar con su adicción a la cocaína al mismo tiempo que se ve envuelto, de manera personal, en los homicidios que trata de resolver. Mientras la policía y el reportero investigan los crímenes, la prensa crea varias hipótesis de los posibles responsables, que incluyen zombis, vampiros y héroes justicieros. El texto no ha sido abordado por la academia de manera formal, pero en ciertos programas académicos de la Licenciatura en Literatura y la Maestría de Estudios Literarios de la UACJ, la ubican en el género de Literatura del Norte y, posiblemente, en el subgénero de la novela negra.

Cesar Silva

En La balada de los arcos dorados, la ciudad subyace como personaje secundario, ya que interactúa con los protagonistas de una manera menos macabra y violenta; se deja recorrer y canta las canciones que salen en la radio, come comida chatarra y baila baladas pegaditas con sus habitantes. Al igual que en la Edad Media se empleó este género musical para contar hazañas y aventuras de los héroes de la época; por ello, César Silva narra la historia de un periodista, el cual, por el simple hecho de ejercer su profesión, se convierte en una especie de héroe moderno.  Sin embargo, lo mismo que si se tratara de una “balada moderna”, también encontramos la dialéctica del amor y  el desamor en una danza casi imperceptible entre la vida y la muerte, siempre en romance; hay un baile entre los fantasmas del pasado y el presente que se mueven al compás de una tonada triste. De igual forma, aparece una danza melancólica entre la realidad y la ficción, en la que ambas bailan tan pegaditas que llegan a confundir al espectador y por un momento no sabemos cuál es cuál.

Silva esboza un pequeño homenaje a la cultura pop, esa cultura moderna de consumo que permite que sus productos se vuelvan ídolos de una sociedad ávida de ser rescatada de las garras oscuras de la realidad.  Así, Juárez se convierte en una suerte de Ciudad Gótica, donde sus más valientes habitantes juegan el papel de héroes nocturnos que, como el hombre murciélago, se encuentran dispuestos a vengarse de aquellos que los han dañado.  Los personajes de esta balada, el detective, la muchacha (porque siempre debe haber una en las historias) y el mismo periodista, sustituyen a esos sujetos con capa que combaten el mal; cada uno desde su trinchera, camuflajeados de tal forma que puedan confundirse con vampiros, zombis o tigres.188 McDonalds-Triunfo.png

Mientras César Silva narra las historias de esos vengadores  de carne y hueso que actúan desde las sombras y que comen hamburguesas de McDonald´s,  al mismo tiempo lleva al lector de paseo por las calles de Juaritos. Una ciudad convertida en un emblema de polis violenta y que engrosará, si no es que ya lo hace, la lista iconográfica contracultural de occidente, como  la  caída de las torres gemelas o la muerte de Sharon Tate a manos de Charles Manson, sucesos que, dicho sea de paso, son mencionadas en esta baladita.  En ese ride que Cesar ofrece, uno pasea por los lugares imprescindibles de la vida nocturna. De esta manera,  el Bar 15 con sus afiches de encueratrices, el Recreo y su Don Tony, el Bar Kentuky e incluso el Yankees parecen ser ya personajes urbanos en las novelas, cuentos o charras que se han escrito sobre esta frontera. La balada de los arcos dorados, en su homenaje oculto al pop, no pudo dejarlos pasar de largo y hacerlos parte de una lugar donde de pronto y de la nada pueden aparecer vampiros, zombies o ejecutados. Como música de fondo, para ambientar ese paseíto y para no desentonar en lo pop, se antoja que Frank Sinatra cante “Strangers in the night” o que Javier Solís entone “Sombras nada más”.

Patricia Arellano

Columna sin sur

Nacido en Ciudad Juárez el 6 de octubre del 1962, Miguel Ángel Chávez Díaz de León es un escritor y periodista que egresó como Licenciado en Comunicación de la UACJ. En cuanto al ámbito de la literatura, es un escritor mayormente inclinado a la poesía de verso libre, la cual, en algunos casos, pareciera que se trata de una nota periodística con forma distinta a la tradicional. Como periodista, en el 2008 ganó el Premio Nacional de Periodismo de México por su crónica “El dulce encanto de mi embolia”. Entre algunas de sus publicaciones se encuentran En este rincón duerme la duquesa (1984), Este lugar sin sur (1987), Vhala blues para saxofones (1989), Los ángeles también van de cacería (2005) y Poemas incompletos de libros inconclusos (2009). Sus versos libres poseen tintes de romance, comedia, rutina venida a menos y erotismo, por lo que se ha hecho acreedor del Premio Binacional de Poesía Frontera-Ford Pellicer Frost (2000) y de una mención honorífica en el Premio Chihuahua, 1999. El poemario Este lugar sin sur se divide en cinco apartados y, aunque el primero de ellos carece de título, comienza con un poema que funciona como introducción para todo el libro.

Dentro de algunos de los poemas de Este lugar sin sur aparecen imágenes descritas al estilo periodístico, como se si tratase de una nota informativa que tuvo lugar en ciertos puntos de la ciudad como la Avenida Juárez, la 16 de septiembre y las calles López Velarde y Mina. “Norte”, al ser el primero de los poemas en aparecer, es el encargado de otorgarle una orientación al lector sobre la temática que desarrollarán gran parte de los versos posteriores. La cotidianeidad de las personas es uno de los cuadros más representativos al que alude la voz poética: el hombre de la casa como encargado de sustentar a una familia, una mujer deseosa de una muestra de cariño y una vacía vida nocturna que solo sirve para borrar malos recuerdos de la memoria; incluso, utiliza aquella tradición de la cabalgata que año con año se realiza a lo largo del estado de Chihuahua. Sin embargo, la temática no prevalece en su totalidad dentro de Juárez, pues también acude a temáticas universales como el amor y la muerte: “Siete trabajos de Romeo para olvidar una Julieta muy ardiente”, “Pesada carga es este amor” e “Historia de un pájaro de cuenta” son algunos de los poemas que se desenvuelven fuera del contexto fronterizo, lo cual no implica que, en ciertos casos, el yo lírico no utilice expresiones típicas de nuestra ciudad en los ochentas. Versos libres, quebrados y sin puntuación fungen como los recursos a los que Miguel Ángel acude en la configuración de un poemario, que podría resultar ajeno para quienes no habiten estas latitudes o a quienes hayan nacido en los últimos 25 años, pero que brinda un norte asible a través del cual se puede seguir un rumbo.

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Se trata más bien de un ambiente íntimo, rutinario, de costumbre forjando tradición, pensamiento individual y no de una situación fronteriza como la que conocemos hoy: emigración internacional masiva, abusos, violaciones y baja economía. Así que, como tal, Este lugar sin sur puede ser usado hasta cierto punto como una columna periodística que le permite al lector acercarse a una Ciudad Juárez ochentera donde, si bien las mismas problemáticas de hoy ya existían, no eran expuestas de una manera tan amarillista como ahora. No obstante, si quien lee se mantiene en una postura objetiva, podrá darse cuenta de que algunas prácticas o situaciones mencionadas en el libro siguen teniendo presencia, aunque ahora en otros puntos geográficos, con una cultura diferente del blues y el saxofón. Aunque durante un tiempo prolongado, hubo una gran cantidad de escritores versolibristas y bohemios en las calles y cantinas juarenses, Miguel Ángel Chávez Díaz de León, puede ser considerado, por lo menos por este poemario, como uno de los más sobresalientes gracias a su habilidad como cronista sumada a la sensibilidad norteña de poeta.

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Tomás Saucedo Baca

Frontera camaleón

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Hay un desierto sin dueño con una malla que divide, en un punto de espacio y tiempo sin razón. El cerco es ancho y alto. Con sencillez podríamos llamarle “muro impenetrable”. No lo atraviesan personas, ni ideas, discursos, reclamos, quejas, historias o vidas perdidas en un sueño casi imposible. Lo único que consigue traspasar esta barrera son, por un lado, sentimientos de orgullo, superioridad y, por otro, de anhelo. Porque podemos, desde distintos medios artísticos, lograr que ese muro tenga una falla, un hueco, una ruptura que lo franquea por completo. Ambos lados se llenan de historias, personas, ideas y discursos. Me refiero a una incisiva mirada escrita que, en esta ocasión, corresponde a Memorias de un Camaleón (2013), de Miguel de la Cruz, un ingeniero en Computación, estudiante a su vez de Literatura Hispanoamericana. Desde la primera historia, llamada “Fronteras”, hasta la última, “Ciudad-panteón”, el autor te toma de la mano para llevarte de paseo a conocer a personajes, fruto de culturas y vivencias singulares, que deambulan entre el día a día en ambos lados del charco. Nos acercamos aquí a una serie de micro ficciones que aparecen como golpes de sorpresa y cierto sentimiento de que resguardan algo más que la palabra escrita. Abordar toda clase de personajes mantiene al lector al borde del renglón para terminar cada párrafo, cada historia.

El tema común de estas microficciones es la migración y sus participantes entre dos extremos. Miguel de la Cruz pinta este suceso de múltiples maneras, algunas más ingeniosas que otras, y acaban —en su mayoría— con tintes efímeros e inocentes. El autor se da el lujo de pasear por la frontera, cruzarla imaginando y describiendo personajes que aparecen y desaparecen en esta ciudad. Tal es el caso del tan recordado Güero Mustang. Cada trama y personaje aderezan a lo largo del transcurso de los micro relatos que componen este libro, de los cuales, no importa el orden de lectura, siempre el desenlace te llevará al mismo sitio: la frontera y sus alrededores. Algunos relatos hacen reír, como “Remedio”; otros te dejan un extraño sabor de boca: “Desaparecido”; algunos mueven hacia las lágrimas, como “Esa Madrugada”; pero todos te dejan un pensamiento distinto. Cada renglón te arroja a las calles del confín, y a entrever figuras que, queramos o no, los conocemos de algún modo, ya sea de vista o porque hemos tratado con seres semejantes en nuestra realidad. Ciudad Juárez no protagoniza las historias, sino sus poblados, sucesos y habitantes. A estos elementos hay que añadir la sensación de encontrarse del lado mexicano y permanecer como un espectador más, gracias a que el muro impenetrable es traslúcido y deja ver todo lo que ocurre del otro lado.

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Juárez, nuestra frontera, nuestro sitio, es un camaleón. Las cosas se vuelven seres y estos, a su vez, se cosifican. Nos encontramos sitiados en un lugar al cual centenares de personas llegan en busca de sentirse cada vez más libres. En la frontera hallamos el principio de un sueño hacia la libertad. Es un espacio infinito, un lugar sobrenatural lleno de misterios, de historias, de memorias de un camaleón que pasa inadvertido entre numerosos aconteceres. Muchos le han dedicado tanto a ese objetivo: cuántas vidas se han sacrificado, perdido y arrebatado. Si el precio de la ciudad se midiera en sangre, nuestra frontera habría sobrexcedido el pago, por más que detrás corra el consuelo de una tranquilidad en un lugar utópico. En las colindancias de Juárez y El Paso abunda el miedo y la incertidumbre provocada por ideales de superioridad racial. El desierto se mancha de derrotas que son fácilmente borradas con el próximo soplido del viento. Algunas pesadillas se plasman en Memorias de un camaleón, libro que asume una conciencia norteña y, a cada página, genera un fortalecimiento de identidad. Todos somos uno en la frontera. También soñamos de este lado.

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Carlos Andrés Nuñez Varela

La infancia a DIARIO

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Julia asiste a la primaria en donde sus compañeras se burlan porque los diarios han pasado de moda: “eso es de viejitas o de señoras aburridas”. A ella poco le importa; escribe porque sí, bajo un solo pacto: “Yo, aquí en este diario, voy a decir la verdad y me voy a oponer a ella. He / di / cho.” A veces solo espera que se acabe la jornada para que, al caer la noche, anote lo acontecido. Pero a veces hay días sin interés, así que cuando abre el diario “creo que no hay de qué escribir y termino escribiendo más que nunca. Es que hay historias que no se planean, salen nomás, salen de tus dedos con energía de rayo y de pronto no puedes parar de escribir. Es como si alguien te dictara párrafos enteros de tu vida y tu escribequetescribe”. La historia contenida en la novela Todo eso es yo, en cambio, se encuentra bien meditada y apunta hacia diferentes niveles o instancias de tránsito: de la infancia a la adolescencia, en el caso de la protagonista, quien pregunta, duda, revienta de coraje, se encierra y experimenta el despertar sexual; de la convivencia en las calles, junto con los vecinos en la cuadra, al temor ciudadano en el que se sumergió (sumergieron) Ciudad Juárez hace apenas unos años; de la inocencia al pánico de heredar cierta dosis de maldad; de la residencia sin sobresaltos en este lado al refugio que algunos juarenses –solo unos pocos– hallaron en El Paso, lugar en donde termina la narración urdida por la escritora sonorense Sylvia Aguilar Zéleny.

Todo eso es yo recibió el Premio Nacional de Novela 2014, otorgado por el Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes. En los prolegómenos, la autora, actual residente del otro lado de la frontera, en El Paso, agradece el apoyo del programa Creadores con Trayectoria otorgado por la Secretaría de Cultura Federal y el Instituto Sonorense de Cultura para poder escribir el texto. La lectura que más me convence y que le da sentido al libro entero es aquella que ubica al propio ejercicio creativo –es decir, a la redacción palabra tras palabra de un discurso que se dirige, en segunda persona, al “Querido diario”– en la médula de la composición literaria. Me parece que, en un contexto de exacerbada violencia, en donde la fatalidad se apila en nuestras calles, lo menos que uno puede hacer es cuestionarse sobre el alcance, respuesta y beneficio de lo que sea que uno haga… empleo, oficio u ocio. A esta simple labor, los narradores de Ciudad Juárez han suscrito novelas de alta complejidad, experimentales, no lineales ni en pos de una fábula secuenciada. Siembra de nubes de Oswaldo Zavala (2011), Los días y el polvo de Diego Ordaz (2011), Garabato de Willibaldo Delgadillo (2014) y El monstruo mundo de Azucena Hernández (2017) han hecho de la escritura –lo metaficcional– un pilar en sus composiciones, dudando de ella, poniéndola en crisis a la par de una realidad que se desmorona. Al inicio del tercer y último capítulo de Todo eso es yo, Julia ha extraviado su diario. “Un año entero perdido. Un año entero en páginas a la basura.” Su madre pensó que era peligroso, algún tipo de evidencia. “Y ahora empiezo esta libreta. Iba a escribirlo todo otra vez, todo lo que pasó. Lo de la colonia, lo de las elecciones [las del 2006]. Lo de Papá, claro, lo de Papá. Pero no tiene caso. No quiero volver a vivirlo. Porque escribir es volver a vivir, o eso decía mi maestra de quinto.”

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La novela corta también explora otros temas y técnicas, recurrentes en la prosa de Aguilar Zéleny, a partir del contacto entre la protagonista y su núcleo familiar y escolar. En la edición física, publicada por el gobierno de Tamaulipas a mediados de 2016, la tipografía se complementa con elementos gráficos –rayones, dibujos, una carta de tarot (la de la estrella) y hasta una fotografía– que ilustran con humor y frescura ciertos pasajes. Por otra parte, los personajes femeninos encarnan obsesiones y padecimientos: la mamá secunda a su marido, vive para él y le duele tanto lo ocurrido que se desentiende de sus hijos; la tía acalla y disimula, es buena con los suyos, pero su práctica del catolicismo coquetea con el fanatismo; la Bis pierde la memoria, sus capacidades disminuyen, día con día parece más una niña, al contrario de su bisnieta que no para de crecer, captar e interpelar a su enmarañado entorno: “¿Qué les hacen a las Muertas de Juárez para que queden sólo sus osamentas?” La relación con su hermano menor es entrañable; aunque ambos sienten miedo, ella no lo exterioriza. “No le digo nada. Acaricio la espalda de Willy y lo acomodo en mis brazos. A veces creo que yo soy su mamá.” La atracción por el mundo masculino queda bien reflejada a través de distintos personajes que le provocan inquietud y deseo: Pedro (amigo de la familia), el primo Jonas y Barry, el chico cool de Wiggs Middle School. La otra figura varonil es el padre de Julia, de quien se sabe poco e imaginamos mucho: “Mi Papá es un fantasma. Un fantasma que flota en la vida de mi Mamá. En la mía. En la de Willy.”

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Ciudad Juárez agoniza en Todo eso es yo, novela de crecimiento o iniciación que vapulea la infancia de una pequeña que lo va perdiendo todo. Aunque su campo de acción es, ciertamente limitado, ya que ocupa el interior de la casa y los espacios escolares, estos aparecen asediados por una fuerza exterior, similar a una bala perdida que silencia cualquier pulsión. Cuando su maestra fallece, “Nos dijeron como en todos lados dicen cuando matan a alguien: se murió. Sólo eso, se murió. En el frente de la escuela pusieron un gran moño negro, la verdad es que en muchos lugares de la ciudad hay moños negros, ¿quién hará esos moños negros? qué negociazo ha de ser.” De un día para otro los vecinos desaparecieron, no hicieron mudanza. “Ni pío hicieron”. Hasta dejaron al Califas, el gato que pronto se convirtió en la nueva mascota de Willy y Julia, hasta que ellos también tuvieron que dejarlo todo.

186 Califas.jpgUrani Montiel

De los cimientos a nuestros días

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Ignacio Esparza Marín no nació en Ciudad Juárez; sin embargo, desde su llegada en los años treinta, sintió un gran cariño y afecto por la frontera, por la manera hospitalaria en que fue recibido, la misma historia biográfica de muchas personas que llegan en busca de mejores oportunidades y ya no regresan a su lugar de origen. Juaritos adopta con premura. Así lo narra el autor en el “Preámbulo”. La Monografía histórica de Ciudad Juárez, publicada por la imprenta Lux, ubicada en la Calzada Hermanos Escobar y Honduras, se conforma por dos tomos; el primero, del que aquí me ocupo, apareció en 1986; y el segundo, cinco años después. Esparza Marín, cronista de la ciudad, nos invita a conocer la raíces de Juárez, todos aquellos sucesos históricos que le llevaron a ser el espacio que habitamos en la actualidad.185 Imprenta Lux Escobar.jpg

En orden cronológico, relata la vida de los primeros moradores, indígenas nómadas de los que resulta difícil rastrear las huellas de su cultura; las primeras expediciones de conquista que se realizaron por el área septentrional de la Nueva España, dirigidas por Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Juan de Oñate, Antonio de Espejo, entre algunos otros; así como el establecimiento de los primeros asentamientos en El Paso del Norte; la presencia del presidente Benito Juárez y su gabinete en 1865; y distintos sucesos relacionados con la Revolución mexicana. Así que el lector podrá localizar en la Monografía información sobre temas diversos: conquista, evangelización, rebeliones de los indios-pueblo, minería (fiebre del oro), ferrocarril, costumbres antiguas, servicios públicos como transporte, electrificación y teléfonos, la depresión económica y varios datos de amplia valía para el acervo histórico de la ciudad.

El centro de la ciudad (y también sus alrededores) es un lugar en el que encontramos vestigios de la historia, como el monumento a Benito Juárez, considerado una joya arquitectónica que data del año 1910, o la Misión de Guadalupe, fundada en 1659 por Fray García de San Francisco. El historiador también nos cuenta los problemas que hubo en Estados Unidos a causa de los irreprimibles deseos de nuestros vecinos que iban más allá de los límites morales, acudiendo a cantinas, casas de juego clandestinas y de asignación. La prohibición en Estados Unidos causó que todas esas actividades se movieran a este lado de la frontera. Así es como empezó a ganar popularidad la avenida Juárez y parte de la 16 de Septiembre, destacando lugares como el cabaret La linterna verde, el Kentucky Bar o el Keno, casa de juego ubicada en la Lerdo. Otro de los espacios que menciona la Monografía es El Chamizal, el cual fue causa de una nutrida controversia entre ambas naciones pues no acordaban a quién pertenecía este territorio, debido a las frecuentes crecientes del Río Bravo, frontera natural y antes movediza. Fue el mismo Benito Juárez quien tomó la iniciativa de reclamar esas tierras, concedidas a México hasta junio de 1962. Actualmente El Chami es el lugar de encuentro de muchas familias, quienes aprovechan los parques para organizar reuniones o festejar algún cumpleaños. El exhipódromo, nos cuenta Esparza Marín, cerró a causa de una orden del Gobierno Federal, que prohibía establecimientos que estuvieran relacionados con las apuestas. El mercado Cuauhtémoc, por su parte, tuvo gran dinámica en la depresión americana pues se vendían artículos de alfarería para los turistas estadounidenses.185 Bazar del Monu.jpg

Actualmente, la plaza Benito Juárez es un espacio que ha sido aprovechado por los ciudadanos como punto de reunión de diferentes expresiones culturales a través de eventos que se realizan cada fin de semana. “La primera piedra fue colocada a la cinco de la tarde del día 15 de octubre de 1909, por el General Porfirio Díaz, quien había llegado a esta población para tener una entrevista con el entonces presidente de los Estados Unidos, Mr. William H. Taft.” El Bazar del Monu es conocido por ofrecer, todos los domingos, artículos de diferente índole que tienen algún significado histórico, desde libros, discos, pinturas, artesanías, etc. La historia de Ciudad Juárez ha sobrevivido a pesar de los malos tiempos, nos da identidad y nos recuerda cómo es que surgió todo lo que conocemos hoy en día. Al caminar por las calles del centro o entrar en un bar siempre encontraremos personas dispuestas a contarnos la historia de aquellos lugares. A pesar del paso de los años (y de los incidentes que han ocurrido en su interior), el mercado Cuauhtémoc, ubicado en el cruce de las calles Vicente Guerrero y Mariscal, sigue en funcionamiento ofreciendo a sus clientes una variedad de productos herbolarios, artesanales, ropa, discos pirata, etc. Muchos de los que vivimos en esta frontera hemos comprado algún platillo en los puestos de comida. Gracias a estos espacios es posible conservar la memoria de tiempos lejanos en los que se establecieron los cimientos de la ciudad.

Daniel Malaquías

Por Ciudad Juárez y Atahualpa

El último soberano Inca durante la época de la conquista fue Atahualpa, quien se cree que nació en 1487 de la unión de Huaina Cápac y de la ñusta Tupa Palla. Su reinado comenzó hacia 1523 en la parte norte del Tahuantinsuyu. Una década después, su reinado llegó al fin cuando el expedicionario Francisco Pizarro lo capturó; el emperador murió ahorcado el 26 de julio 1533. Mientras el Inca aún se encontraba preso, su hermano, quien había sido derrotado por Atahualpa años atrás, creyó que los españoles eran los dioses que venían en ayuda del imperio. La Tragedia del fin de Atau Wallpa presenta estos sucesos como una reivindicación de la visión extranjera sobre lo ocurrido. Aquí las intenciones de los españoles al momento de invadir territorio americano aparecen únicamente como un ejercicio evangelizador, cuando se sabe que realmente lo que buscaban era el oro. Esta misma codicia dio lugar a múltiples mitos y leyendas sobre tierras y tesoros que ocasionaron más de una muerte.

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A diferencia de la mayoría de los estudios realizados sobre la figura de Atahualpa, en el texto dramático aparece una versión dibujada desde de la ficción histórica. La pieza retrata la caída del imperio y el momento en que el emperador inca previno la llegada de los españoles por medio de un sueño. Como toda literatura, dista en varios aspectos de lo que el discurso histórico oficial ha dado a conocer; sin embargo, la obra apunta diversos aspectos que valen la pena destacar. Entre ellos, interesa lo referente a las costumbres y actitudes de españoles y americanos. Además, el contacto y diálogo que se instauró entre ellos fue un factor clave que determinó el resultado final del choque entre dos mundos tan distintos. El texto forma parte de la literatura de conquista, la cual ha permitido la supervivencia de la memoria indígena y darle luz a la voz de los vencidos. La Tragedia del fin de Atau Wallpa, incluida en el libro Más allá del héroe: antología crítica de teatro histórico hispanoamericano (2008), aborda algunos temas históricos respecto a la tradición y a la postura que se tenía sobre los españoles y su tratamiento hacia los nativos durante el periodo de la conquista. Esta obra es un llamado más al rescate de la memoria colectiva que pareció perecer durante la invasión española.

La calle Atahualpa se encuentra ubicada dentro de la colonia El dorado; a su lado, circula la arteria denominada Cuzco. El nombre de este asentamiento remite a la leyenda que se difundió entre los conquistadores españoles respecto a una ciudad repleta de riquezas. Rumor que empezó desde que se dio a conocer uno de los rituales en el que un indio bañaba su cuerpo en polvo de oro y se sumergía en una laguna. La calle contigua a la que lleva el título del del emperador inca hace referencia a un misterio aún sin resolver: cuando Atahualpa fue secuestrado por Pizarro se pidieron, a cambio de su libertad, once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una; las cuales salieron del Cuzco para pagar el rescate, pero nunca llegaron a su destino. En Ciudad Juárez ambas calles quedaron juntas indicando, la primera, el comienzo del camino y la otra el destino que nunca se alcanzó. Las arterias circundantes tienen nombres relacionados con la época de la Independencia y la Revolución Mexicana, por lo que la cohesión de este sector se da mediante un mismo sentir colectivo de lucha ante la opresión. Al caminar por este sector se puede observar una serie de grafittis que de una u otra forma se integran a la temática. El primero consiste en una colección de imágenes en el muro de un parque que fomenta, con diferentes mensajes, la lectura para el empoderamiento e independencia del individuo frente al mundo. El segundo retrata una mujer de tez morena rodeada de naturaleza. Finalmente, el tercero dibuja a dos adelitas junto a las siguientes palabras: “La juventud para ser servida debe servir”. Lo anterior sólo complementa la idea de que esta colonia guarda una idea de libertad y rebelión frente a lo impuesto.

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Katia Moreno Olivas

Sonetos para mi barrio: las reflexiones de Ogaz

Siempre he pensado y explorado Juárez como dos ciudades: el centro histórico y lo demás. Como escribiera Charles Dickens, en estas urbes se suman los mejores tiempos y los peores, la sabiduría y la locura, la historia y el olvido. Contemplo el sur juarense como una zona poco explorada en su literatura. Pareciera no haber historias interesantes qué contar o recordar, en contraste con el centro y sus leyendas. Y es que esta ciudad, este Juárez Nuevo es demasiado reciente. Pero, al ser yo un habitante de por esos lares, puedo confirmar que, si bien no hay historias generales, sí hay varias particulares que permanecen en algunas paredes: las de la ganga. Ese es el tema del poemario Reflexiones de la ganga: sonetos del barrio (2004) de Osvaldo Ogaz. En sus composiciones, la voz lírica reconstruye la identidad del cholo, vándalo, malilla, pandillero, gangsta. Su espacio es particular: la clica. El poemario se divide en dos partes: las reflexiones y los sonetos. Esta estructura me parece innecesaria, pues todos los poemas son reflexiones que me atrevo a denominar ontológicas: el poeta-cholo logra plasmar en su mirada excepcional todo un sentir urbano. Los sonetos de Ogaz consiguen, desde la materia poética, exponer a individuos y sus historias; así como la manera en que esos individuos dotan de identidad al espacio. Para demostrar mis palabras anteriores, analizo dos sonetos. El primero explora a la ganga. El segundo rememora a un personaje del barrio, el Chispi, quien ha muerto.

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No cualquiera puede entrarle a la ganga. Hace falta, para ello, la iniciación, un tiro de a chole, “puro trompo mi loco”… “chingazos” con cariño: “No me aviente, / no corra, no sea culo, ya la prole / gritando se divierte, ya es del barrio, / ha pasado la prueba, ya no llore, / no se raje, disfrute la pachanga”, como versa el “Soneto XIV”. El cholo recién ingresado no tiene nombre aún. Después de haber sido iniciado, se ha vuelto un “hombre” y la espacialidad le da la bienvenida: “Es la ganga / la que fiel lo recibe, tome un facho, / las caguamas no faltan. ¡Ya es muy macho!”. El barrio y los cholos son un mismo cuerpo: él también es ciudad.

Al realizar el poeta una radiografía del barrio, salen a relucir sus personajes. Memoria y muerte serán exploradas en estos sonetos elegíacos. Aparece el Chilas, “gurú chicano”, el más “ruco” y fundador de la clica: “¡Qué belleza / de barrio se ha esculpido!”, dice el “Soneto XVII”. También surge el Chispi: “Era el maclein, era verdura / pal’ caldo de nosotros; nuestro santo / sin él no éramos bules” (“Soneto II”). El Chispi era. El cholo no es humano, recuérdese, sino escoria. La muerte le regresa su humanidad: en la tumba se graban nombre y apellidos: “Pero humano / un día se convierte y una mano / su Carne la mutila y quedan huellas” (12). El Chispi ha fallecido y el poeta confirmará su dolor en otro soneto, el 16: “Ya este bato / se pudre con los días […] el Chispi ha dado el salto al longevo / lugar del infinito”. La voz lírica sufre: “Muy amarga / me sabe la existencia, el Rey hoy se ha ido / el más machín de todos”. Aparece un vacío, un nihilismo pandillero: “Ya dejen desprenderme de esta larga / carrera de vacíos, esto pido / el Chispi me ha llamado, quiere verme” (26). Su muerte reclama la voz del cholo-cronista, pero el poeta sabe que su memoria opera como el germen de la escritura: “Ese mi loco escucha esta canción / que no canto, la escribo en la memoria / de todos los carnales que en la gloria / del barrio se sentaron” (“Soneto VI”). Morir, entonces, será también un encuentro con la gloria: “la victoria / la llevan en su muerte, pues la noria / de donde se embriagaban y el rolón / de las oldies de aquellas se extinguió. / Ahora bailan despacio en los infiernos”. Todo ha desaparecido: las caguamas y las canciones se han terminado. Maldecidos por Dios, los cholos dan su última vuelta en low rider ahí en el barrio del diablo, en esa otra ciudad que no tiene historia.

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Antonio Rubio

El cielo de Juárez

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Cuautla, Morelos, mayo de 1982: José Agustín, termina de escribir Ciudades desiertas, su quinta novela desde La tumba (1964), dentro del movimiento literario denominado la Onda. El argumento es el siguiente: Eligio va a buscar a su esposa Susana, quien se ha escapado sin previo aviso, aceptando una beca en Estados Unidos, en un pequeño lugar llamado Arcadia. Aburrimiento y hartazgo concentran los motivos de Susana, pero, sobre todo, desprendimiento. Eligio vuela al país del norte, para luego trasladarse “hasta el culo de mundo”, como él mismo dice, para buscar la explicación de la misteriosa partida. A su llegada al pueblo, se da cuenta que Susana mantiene una relación con un polaco corpulento y peludo, a quien en ese momento le mienta la madre y da por terminada la aventura con su esposa. Susana, por su parte, parece aceptar relativamente la llegada y el fin de su relación con el europeo. Al fin y al cabo, necesitaba un confidente a quien le podía contar todo lo que le había pasado en los “Estados Hundidos”. En ese peculiar edificio, residen, entre otros, un egipcio, unos chinos, un rumano, el polaco, un islandés y un peruano, todos escritores al igual que Susana. Eligio nos dice qué hace falta: “aunque sea un perro muerto para darle un poco de vida a ese lugar”, refiriéndose a la pulcritud de la urbe. Como en Paris, Texas, Eligio navega en su Chevrolet vega siguiendo la pista de su esposa, quien se ha escapado otra vez, pero ahora acompañada del polaco, rumbo a Chicago. Al ritmo de “Deserted Cities of the Heart” de The Cream, que, además de aparecer en el epígrafe de la obra, sirve de soundtrack, el mexicano arranca su carro entre la tormenta de nieve y se encamina a buscar a Susana. Eligio descubre dónde están y los interrumpe en la cama, en una escena donde se mezcla el amor, la excitación y el odio, para luego sacar a la escritora a punta de pistola y llevarla con él, al menos hasta que ella se vaya de nuevo.

Pero antes de la segunda huida y después de comprar el Chevrolet, la pareja va a las afueras de Arcadia y, ante el asombro de su esposa por el cielo, Eligio, quien es chihuahuense, le dice que ni siquiera lo había notado; por lo tanto, no debía ser nada del otro mundo: “no es el del desierto, carajo, como en Ciudad Juárez, ése sí es cielo, no mamadas”, dice él, como con nostalgia. Recientemente la novela fue adaptada al cine; he decidido no verla. Hay personajes intrínsecamente literarios y enigmáticos, que cuando un cree haberlos conocido del todo, sorprenden… caracteres que dotan de complejidad al entramado narrativo, así como dudas respecto a los elementos que los rodean. Me refiero no solo a la condición enigmática de la mujer, sino a preguntas con profundos ecos sobre la dominación y convivencia. Personajes interesantes no por lo que dicen, sino por lo que hacen, tan bien logrados que no dan ganas de conocer otra versión de ellos. Así es Susana en Ciudades desiertas.

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Por lo menos doce colores distintos –hasta cincuenta me dice un amigo diseñador– son captados en distintas fotografías en un solo atardecer, por la artista visual Oksana Portillo. Provoca cierto orgullo ver esas imágenes, vislumbrar en ellas ese cielo del que habla Eligio: el del desierto, ecosistema que nos mata igual en invierno como en verano. Las ciudades desiertas no son lo mismo aquí que allá, ni tampoco las dunas de Samalayuca se asemejan al Zabriskie Point en el Valle de la Muerte de California. Niego ahora aquella afirmación de Arturo Belano, en Los detectives salvajes, sobre la identidad del cielo: “es igual en todas partes, las ciudades cambian, pero el cielo es el mismo”. Aunque Reyes hablaba del sol de Monterrey, Ciudad Juárez ostenta increíbles puestas de sol y amaneceres. El cielo y los zanates bajando a los cables eléctricos; el azul ahoga si lo miras de frente; por las noches aluza con estrellas sin cuento. Pero… ¿no nos engañamos? ¿Es realmente tan bello como creemos? ¿Será el único consuelo que tenemos en esta tierra de cruces sobre postes? No conozco a nadie, nacido aquí, que diga lo contrario. En la memoria de José Agustín se quedó fijo cuando visitó no solo nuestra tierra, sino también nuestro cielo.

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Crédito de fotografías: Oksana Portillo

Gibrán Lucero

Versos en litigio

En nuestra más reciente ruta literaria, Fundadores, recorrimos el conjunto escultórico ubicado en el Parque Lineal Cuatro Siglos. Para el recorrido, decidimos presentar los eventos históricos según su orden cronológico: reconocimiento (Alvar Núñez Cabeza de Vaca), toma de posesión y evangelización, yendo en contra del acomodo aleatorio (¡no en línea recta!) de cada cuadrante. La estatua ecuestre de Juan de Oñate, realizada en bronce con basamento de mampostería cubierta de piedra de cantera, se inauguró hace casi 20 años, el 21 de septiembre de 2000 por el gobernador del Estado (Patricio Martínez García del PRI), el presidente municipal (Gustavo Elizondo Aguilar del PAN) y autoridades eclesiásticas. La obra fue hecha por Georgina Farías “Gogy”, más reconocida por Los indomables del Chamizal en Av. las Américas, a partir del diseño del artista paseño, José Cisneros, quien dibuja al jinete, no con estandarte ni en posición de alerta, sino con vara de mando y acompañado por un indígena. La ausencia del “otro” y la actitud del caballo quizá sean aspectos menores, pero veremos cómo estos cambios iconográficos expresan la imagen de un pasado con cuentas por saldar.

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Don Juan de Oñate, un nuevo rico nacido en 1550 en Zacatecas, en donde su padre –castellano viejo venido a menos– acuñó una inesperada fortuna tras descubrir minas de plata, con lo que pudo acceder a la vida nobiliaria y así, heredarla. Los conquistadores de finales del siglo XVI, los últimos de su estirpe, se empecinaban con las instrucciones de sus informantes nativos –también llamados nahuatlatos o indios de paz–, quienes les transmitieron la memoria oral y mítica de sus pueblos. Por su parte, los adelantados, título otorgado al general al frente de una expedición por tierras ignotas, buscaban no solo oro, sino también fama en nombre de la cruz y el hábito evangelizador. Imagino el instinto o astucia indígena colmándoles la imaginación con suntuosos bienes y destellantes ciudades localizadas siempre unas jornadas más al norte… aquí nomás tras lomita. Tanto creyó Oñate en los antiguos mitos, que se casó con una noble descendiente de importantes linajes: Isabel de Tolosa Cortés de Moctezuma –biznieta del desventurado tlatoani quien recibió a los españoles y nieta del mismísimo Hernán Cortés–. Cuentan los sabios que las tribus que salieron de las siete cuevas, ubicadas justo en las imprecisas coordenadas de Aztlán-Chicomoztoc, se separaron y siguieron distintos caminos. Tiene sentido que si unos, en dirección austral, liderados por Tenoch bajo el amparo de Huitzilopochtli, fundaron la capital mexica en el Valle de Anáhuac (el contaminado DF), entonces otros, rumbo al norte, tuvieron que fundar un Nuevo México (a un costado de Texas).

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Toda la travesía fue registrada no en una carta que detallara los pormenores de la entrada, ni en una larga crónica o relación, sino en versos endecasílabos, es decir en un poema y, en particular, en uno muy largo, dividido en dos partes y 34 cantos: Historia de la Nueva México, publicada en Madrid en 1609. Su autor, el poblano Gaspar Pérez de Villagrá, escogió la épica para dar testimonio –porque además participó como capitán– de la expedición que partió desde Durango en 1598 y llegó hasta Santa Fe, en Nuevo México, inaugurando, la famosa ruta que se llamó posteriormente Camino Real de Tierra Dentro. La selección del género –la épica– no es gratuita. Las grandes epopeyas (la Ilíada, la Odisea, la Eneida) guardan hazañas y espectaculares batallas protagonizadas por héroes sin par. Tanto Oñate como Pérez de Villagrá enfrentaban, por ese entonces, procesos judiciales debido a crímenes cometidos contra hispanos desertores, en el caso del poeta, y contra la población nativa de Nuevo México, por parte del adelantado. Qué mejor género para ensalzar la figura del general y la de su capitán que el de la épica. Con ese modelo compositivo de fondo, el escritor diseñó a su héroe. No obstante, el género también precisa de un enemigo a quien derrotar, y, lamentablemente, esto último no pertenece solo a la ficción.

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Otro motivo dilecto de la épica se concentra en el viaje y todos los padecimientos para alcanzar un destino, habiendo vencido contrariedades y sorteado accidentes geográficos e inclemencias climáticas. Uno de los pasajes más llamativos de la Historia de la Nueva México resulta ejemplar para nuestro proyecto de GeoPoética chihuahuense. Me refiero al sufrido descubrimiento del caudaloso –ahora ya no tanto– Río del Norte, perteneciente al Canto 14 de la primera parte:

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Ese “Señor”, a quien va dirigida toda la obra, es, Felipe III, rey de España, quien tuvo que haber disfrutado de estos versos, ya que tanto Oñate como Pérez de Villagrá salieron bien librados de los cargos en su contra. Sin duda, Oñate fue un visionario; empeñó todo su capital y fuerza; quemó las naves (por así decirlo) para establecerse en Nuevo México, del que fue primer gobernador. Jamás encontró los poblados que buscaba. Las siete ciudades de oro, entre ellas Cíbola y Quivira, no eran más que un espejismo, el sueño americano forjado desde entonces. Fue Oñate quien tomó posesión de estas tierras y celebró misa por vez primera en Paso del Norte, así como también una obra de teatro, un auto sacramental. Pero también hay que recordarlo como un “héroe” funesto, aciago, falso “PACIFICADOR” de una guerra que él mismo inventó. La batalla de Acoma inició con una escaramuza en la que perdieron la vida unos cuantos españoles, su sobrino entre ellos. En represalia, Oñate puso sitio al pueblo, que resistió menos de una semana. Según los hispanos, Acoma ya había jurado lealtad a la corona, así que el castigo no fue contra una nación enemiga, sino contra súbditos traidores, sediciosos; se habla de 800 indígenas muertos (500 eran guerreros), más otro medio millón capturado; a los niños se les separó de sus familias, quedando al cuidado de los franciscanos, pero a los jóvenes y a los prisioneros “rebeldes” se les cercenó el pie derecho de un tajo. Mutilación como forma de escarmiento, versos en litigo, literatura como absolución. Opino que, para recordar y conmemorar la historia, a la escultura de Juan de Oñate le falta la compañía de alguien de Acoma, o, en su defecto, le sobra todo un pie.

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Urani Montiel

El Bravo no olvida

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La esencia del texto de Jan Reid para la antología Río Grande, publicada en Austin por la Universidad de Texas en el 2004, se infiere desde el comienzo, en un claro principio de construcción. A una greguería de Ramón Gómez de la Serna, traducida al inglés: “Water has no memory, that is why it is so clear”, se opone la voz de Christopher Cessac, que se dirige al poeta español con sobrada familiaridad, para corregirlo y decirle a Ramón que aquí el agua no olvida nada. A la izquierda, se muestra una fotografía en blanco y negro de la ribera apenas bañada por las aguas, tomada por Earl Nottingham. El libro congrega a casi 40 voces para contarnos historias acerca de un cauce que paulatinamente ha ido quedándose sin agua, una afluente disputada por dos países que acabaron por partirlo a la mitad, explotándolo y abusando de su beneficio.183 Cessac Republic Sublime.jpg

¿Dónde inicia el Río Grande? ¿Cuál es el punto de partida elegido por Reid? El acto de nombrarlo, su primer apelativo: Río de las Palmas. Casi toda la expedición hispana en la que viajaba Alvar Núñez Cabeza de Vaca pereció en el intento de reencontrar su norte con dirección austral, después de naufragar cerca de La Florida en 1527. Tras incontables contratiempos, Alvar dio con el enorme caudal, quizá sin reconocerlo realmente, solo comparándolo con el Guadalquivir, sobreviviente convertido en curandero, políglota y amigo de las tribus indígenas asentadas en su litoral. Reid registra en el “Prólogo” por lo menos diecisiete nombres, empezando por P’osoge y Paslápane, que significan “río grande” en lenguas nativas, para concluir dilucidando la diferencia entre el tamaño y la actitud que concilia el cauce en su doble denominación, a partir de que se convirtiera en la frontera política –pero también imaginaria– que separa dos naciones. Grande se le dice dentro de los Estados Unidos, mientras que Bravo se usa en territorio mexicano.

Reid relata una experiencia personal; en el verano de 2002, acudió con ansia a la fuente o embocadura del río (Boca Chica), para encontrarse tan sólo con una pequeña reserva de agua en las afueras de Brownsville. La mayoría de los humedales estaban secos como polvo de gis. Reid escribe su testimonio en tiempo presente, como si fuera hilvanándolo al mismo tiempo que su viaje decrece en expectativas. El antologador describe el estado actual del cauce y los problemas de salud que acarrea para quienes habitan en su valle; de manera simultánea pone sobre la mesa la disputa sobre el origen del río: el deshielo y los rápidos en las montañas rocosas de Colorado y Nuevo México o el Conchos en México. Así que la boca del torrente resultó ser, en realidad, su fin.

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El “Prólogo” antecede una serie de 36 escritos que se aproximan a la historia del Río Grande/Río Bravo desde distintas perspectivas, así como a numerosas imágenes pertenecientes a lo que Reid denomina “la alquimia de la fotografía”. Como compilador de la obra, optó por dejar fuera del libro poesía, dramaturgia, canciones e incluso pintura; de modo que el foco de las narraciones prioriza reconstrucciones de imágenes pretéritas, aun cuando la mayoría de los escritores fueran sus contemporáneos. A su parecer, las fotografías en blanco y negro frente a las de color se repelen mutuamente, por lo que selecciona solo las primeras ya que, además, la desolación de la corriente natural invita a la imaginería en claroscuros. La literatura y leyendas en torno al río están repletas de personas nadando, guardando distancia, temiendo siempre la inmersión definitiva. Pero a medida que el año, las temporadas y el globo entero se calientan, esas imágenes lucen fantásticas. Hemos dejado, concluye Reid, que el Río Grande se convierta en rivera, y que su antigua bravura no le alcance para abrirse camino hacia el mar.

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María del Carmen Rascón Castro