La tienda de la esquina

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Quien no ha recorrido las calles del centro histórico de El Paso, no conoce por completo Ciudad Juárez, ya que no es más que una extensión territorial juarense: cientos de habitantes mexicanos invadiendo las calles, locales de comida mexicana por doquier. Por momentos pareciese que el español es el idioma natal. Eso sí, hay una gran diferencia: calles libres de los montones de basura acumulados por los transeúntes inconscientes a los que se les hace fácil dejar alguna basurilla por donde caminan, seguros de no recibir ningún tipo de castigo. Recorrer las calles de la vecina ciudad es vagar por las calles de Juárez teniendo que cruzar antes por un puente que esconde debajo un extinto río, para luego afirmar ante un malhumorado y prepotente oficial de migración: “No traigo nada que declarar. Únicamente voy de compras aquí al centro y me devuelvo rápido”. Cuando se habla de una tienda ubicada en el centro de El Paso, se puede imaginar con facilidad a alguna de las tantas tiendas ubicadas sobre la avenida 16 de Septiembre, como sucede en “De última moda” de Rubén Moreno Valenzuela, historia publicada en Río Bravo Blues (2003) y que se centra en una tienda de ropa para mujeres, The Popular, ubicada en la avenida Mesa, esquina con San Antonio.

En particular para alguien, como yo, que vive en Ciudad Juárez, tierra marcada por la ola de violencia que azotó a la frontera en los años 90, un cuento en donde el tema central es la desaparición repentina de una mujer en la ciudad de El Paso invita a asociar este hecho con el fenómeno de las desaparecidas de la región. Si bien las causas son totalmente distintas, el resultado es el mismo: una mujer de la cual se desconoce su paradero. De un momento a otro su ausencia está ya en boca de todos, la noticia corre rápido. Sin embargo, su ubicación no ocurre de la misma forma, al contrario, se desenvuelve con una inquietante lentitud. Nadie parece tener información que pueda ayudar a localizarla. Los motivos de la desaparición parecen ser provocados por un elemento sobrenatural, advertida previamente por una serie de pesadillas que en apariencia dictan su futuro: terminar atrapada en uno de los oscuros sótanos de The Popular.

94 Moreno V – The Popular

Luis Caraveo, esposo de Mónica, pasa de tener una vida de ensueño al ser propietario de una exitosa empresa, poseedor de una casa en un fraccionamiento exclusivo y pareja de una atractiva mujer, a dejar la comodidad en la que se encuentra para buscar a su esposa, quien se halla en una situación de inestabilidad emocional provocada por las pesadillas en donde ella misma se convierte en un maniquí. Luis emprende la búsqueda de su pareja con la esperanza de encontrarla en un lapso corto de tiempo y sin ningún rastro de daño. No obstante, su aventura terminará por dar un giro inesperado. Esta situación me hace pensar en la cantidad de familiares de las desaparecidas de Juárez que han visto estos sucesos como una pesadilla y cuántas veces no han dudado sobre si sus extravíos no son provocados por un factor sobrenatural, a raíz de sus múltiples visitas con las autoridades, quienes incompetentes en el desempeño de su labor son incapaces de brindar cualquier tipo de información. No queda más que pensar que una fuerza extraña se las ha llevado consigo y pueden encontrarse en cualquier tienda de la esquina.

94 Moreno V - Maniquí

Alejandro Estrada

De arenales, desiertos y parques

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Verónica Grossi, poeta originaria de Guadalajara y actual profesora de lenguaje, cultura y literatura en la Universidad Greensboro del Norte de Carolina, deja una aportación de imágenes narrativas en la antología Road to Ciudad Juárez. “Paso del norte” es el título de su contribución, la cual puede ser descrita como un conjunto de lugares, colores, cuadros, momentos y personajes que habitan esta ciudad-desierto; y en donde puede apreciarse un desfile de memorias significantes surgidas a través de la visita de la autora a Ciudad Juárez. Así, entre la poesía y la narrativa, Grossi crea una imagen plástica de lo vivido durante lo que parece una corta estancia en la ciudad.

En este relato, la cronista describe una de las zonas emblemáticas de la ciudad: el parque frente a la catedral. Allí, en la Plaza de Armas, existe un gran kiosco habitado por excéntricos personajes, tales como un hombre gordo de sucia barba pidiendo limosna debido a que su hinchada pierna enferma le impide trabajar, una señora embozada contando su triste historia, parejas besándose, niños jugando o escritores declamando sus poemas (la misma Grossi y sus compañeros forman parte de este último grupo). También se habla del desierto y de las conocidas “rodadoras” que lo distinguen, así como de sus colores característicos: café, rojo y amarillo ocre. Por otro lado, Juárez representa para Grossi el hogar de su abuela, a la cual describe sonriente sobre almohadas blancas bordadas; de esta manera, la ciudad toma una significación cálida, amena. Finalmente, aparece el puente, imagen acompañada por adolescentes cruzándolo a diario para ir a la escuela y olvidar las flaquezas de su ciudad.

93 Plaza Armas-nacla

La autora se detiene en la Plaza de Armas, un sitio que ha significado varias cosas a lo largo de mi vida.  De niña simbolizaba una zona de peligro, pues el “robachicos” siempre acechaba por ahí; como adolescente era el lugar idóneo para escabullirme cuando me iba de pinta con amigos de secundaria; ahora representa, de alguna manera, todo lo anterior, pero además un espacio para la cultura. Me identifico con la imagen dibujada por la autora al describir los personajes que habitan esta zona y la diversidad de propósitos a los que ha servido por tantos años la plaza: pedimentos de limosnas, organización y promoción de eventos religiosos, culturales y artísticos, interacción social, instalación de comercios, por mencionar solo algunos. Ciertamente es un lugar clave en la ciudad, el cual, al parecer, nunca cambia. Incluso los personajes que lo habitan parecen siempre los mismos: el evangelista predicando de salvación, el mendigo de barba larga pidiendo limosna en la banca junto a la fuente de “Tin tan”, las señoras caminando apresuradas para tomar “la ruta”, el vendedor de juguetes “chinos” traídos de El Paso, los niños corriendo y algún escritor regalando folletos de poesía.

93 Plaza Armas-TinTan

Esmeralda Vaquera

Chamizal: mil días de campo y uno que otro fantasma

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“Al que tiene mujer hermosa, / o castillo en frontera, / o viña en carretera, / nunca le falta guerra”. Este es el refrán popular que abre el cuentario Trivium fronterizo, escrito por Míkel F. Deltoya y publicado por la Editorial Chimichurri en 2016. El primer cuento (y en el que me centraré) se titula simplemente “Chamizal”. Al escuchar (o en este caso, leer) este nombre, no pude evitar pensar en días de campo con toda la familia: niños jugando, perros corriendo, pero no es de eso de lo que trata este cuento. El protagonista es un sujeto sin nombre que no nos habla a nosotros sino a su amada Griselda. De inmediato nos damos cuenta de la realidad: él está muerto. Le dice a “Griseldita” que deambula por las calles de la ciudad y que la observa mientras tiene sexo con otros hombres. Le cuenta también del día en que murió, debajo de un árbol en el Chamizal, y que desde entonces, ha ido vagando por Ciudad Juárez, visitando lugares emblemáticos como la Avenida 16 de Septiembre y la Catedral (“la cate”, como la llama). Amor, celos y muerte se mezclan en este espléndido, aunque corto cuento.

La acción de “Chamizal” se desarrolla mayormente en la casa de Griselda mientras nuestro protagonista sin nombre le habla. Es durante ese momento en el que nos encontramos con otros espacios (como algunos que ya mencioné). Noto que el personaje, al inicio del cuento, describe la ciudad como “plagada de espejismos y muerte”. Sabemos que tristemente nuestra bella frontera siempre ha tenido calificativos de este tipo. Por último, sirviendo como lugar ceremonial en el que el protagonista se separó de la vida, tenemos el parque que da nombre al cuento. Será recordando el lugar la manera en la que esta alma en pena descubre cuál es la deuda, la cuenta pendiente que lo mantiene atado a este plano existencial. Como nota personal, en más de una ocasión he escuchado a alguien decir que tiene ganas de “ponerse una peda” en el Chamizal a media noche para llorar a un viejo amor. Esto es justamente lo que hace el protagonista. Quizás sea el hecho de estar apartado de todos o el misticismo que involucra estar rodeado de la naturaleza (bien podríamos decir que es una de las zonas más verdes de la ciudad), o alguna otra razón, pero el hecho es que Deltoya eligió este ambiente no solo para titular su ficción, sino para que también funcionara –como ya dije– a manera de lugar ceremonial.

92 Chamizal cruz

Antes de concluir, describo una escena en específico en la que el protagonista habla a Griselda acerca de “las muchachas, esas que me topo de repente en la plaza”. Me parece interesante la manera en la que describe, según mi entender, a las mujeres víctimas de feminicidios en la ciudad. No es mi intención hacer una reflexión basada en la posible existencia de los fantasmas de estas muchachas vagando por la ciudad, pero me parece una forma muy cruda y triste de plasmar una realidad en la que todos hemos sido afectados (especialmente, claro, estas muchachas y sus familias). En fin, la ciudad seguirá albergando miles de historias que están ahí, esperando ser contadas. ¿Quién sabe si en algún momento, en algún lugar de esta ciudad, ronda el fantasma de un hombre que llora por su muerte y el destino de su amada? No puedo dejar de invitar a escuchar a estos lugares, estas historias que van tejiendo a base de amores, desamores, borracheras, pasiones y, ¿por qué no?, uno que otro fantasma.

92 Parque Chamizal

Armando Góngora Moreno

Los mil y un expedientes de odio

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“El odio racial no es la naturaleza humana;
el odio racial es el abandono de la naturaleza humana”.
Orson Wells

La historia podría resumirse como la inminente lucha del hombre contra la otredad. La diferencia (de raza, de género, de estatus socioeconómico, de lengua, de nacionalidad, etc.) ha generado la hostilidad desde los primeros momentos de la conciencia humana, ignorando el hecho de que son los matices lo que nos enriquecen como especie. Esta infinita guerra contra la otredad es el tema central de Expedientes de odio, de la escritora Selfa Chew. A lo largo de esta obra dramática somos testigos de distintos cuadros, imágenes que reflejan la dura realidad de las personas liminales, aquellos entes alosemióticos (fuera de una esfera significativa) a quienes la sociedad les muestra la espalda. Estos cuadros están numerados e inician por el 37, en el que una joven estadounidense, Katherine, le pide a su profesor que firme sus asistencias pues de lo contrario tendrá que estudiar en un terrible lugar llamado Ciudad Juárez; sus ideas al respecto de esta comunidad, aunque acertadas de cierta manera, reflejan el estigma negativo desde el cual una sociedad estadounidense interpreta en su imaginario a una urbe mexicana disminuida, pobre, diferente; en tanto que su profesor, de origen latino, termina por asumir el rol sumiso (quizá protector, desde su punto de vista), para evitar que la joven estadounidense llegue a la ciudad de la perdición

Sin embargo, Chew no se limita al ámbito local, pues extiende estos expedientes de odio más allá de las fronteras de ambos países para indagar en las vidas de personas en Los Ángeles, en Nueva York e incluso se preocupa por mencionar las guerras de Medio Oriente. Las fronteras no son territoriales, sino mentales. Así, los números de los cuadros ascienden hasta llegar a mil, número-sinécdoque a través de cual nos damos cuenta que las escenas son una ínfima parte de la historia contemporánea del odio. La constante de estos cuadros, fácilmente representables por separado, es el odio generado por la diferencia entre el sujeto y su sociedad. Entre los más destacables cabe señalar aquel en el que un niño llamado Jonny, quien vive en El Paso, teme por su familia después de que le propinan varios golpes de este lado de la frontera por considerarlo pocho; él cree que si alguna institución de servicios domésticos se entera de su situación culparán a su familia y le prohibirán visitar a su abuela en Ciudad Juárez. En este caso el tema de la violencia no solamente circunda en los moretones de Jonny, sino en la impotencia de proteger a su familia de una institución que paradójicamente busca su bienestar. Destaco esta escena por el hecho de mostrar los temas de la violencia y la liminalidad desde un punto de vista ambiguo, casi amoral, donde no es posible diferenciar los matices negros y oscuros de una compleja sociedad.

91 Selfa Chew

La crítica social hacia las instituciones está presente todo el tiempo, como en el cuadro donde se ponen en tela de juicio las ambiciones de los Zaragoza respecto a los terrenos de Lomas de Poleo, uno de los pablados más pobres y abandonados de la zona. En cuanto a El Paso, Chew levanta la voz por los habitantes latinos del Segundo Barrio, uno de los más antiguos de la ciudad y que en 2016 fue calificado como un lugar en peligro de extinción en Texas; en favor del progreso económico, un hombre llamado Bill (nombre por demás acertado) les promete a sus habitantes empleos y condiciones aceptables de vida si ceden sus hogares para la construcción de un Walmart y otras cadenas comerciales, pues les explica que a través del comercio local no podrán progresar. Todo sea por el bien del progreso y de Bill.

91 Segundo Barrio murales

El último cuadro, el número mil, refleja a un muchacho, muerto en condiciones extrañas, llamado Pedro. Su hermana nos revela que su origen es chino-latino-americano: es el representante de aquellos hombres y mujeres que se encuentran al margen por sus condiciones diversas. No obstante, Pedro es el resultado de una multiculturalidad que convive en mejor o peor medida, constituyendo él mismo el núcleo de la humanidad: Pedro es la prueba de que todos podemos coexistir juntos a pesar de nuestras diferencias.

Jaime Cano Mendoza

A buen Puerto

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“Es una posta a mitad de la nada, El Paso del Norte, condenada a remendarse perpetuamente las cicatrices del acoso de las tolvaneras”. Esta es la descripción de una ciudad que en algún momento se encontró entre la vida y la muerte y de la cual ahora solo quedan los vestigios de la desaparición. Bajo esta premisa, el escritor Yuri Herrera compone crónica publicada originalmente en junio de 2009 en El malpensante. “La alcurnia extraviada” de un Juárez que actualmente sólo existe en el pasado de dos paseños-mexicanos (“The law is the law is the law”) y en los recuerdos de una sociedad perdida entre el progreso y el estancamiento, entre lo que fue la vida nocturna de la Juárez y lo que es hoy en día su atmósfera diurna: espacios que se mueven en medio de los remolinos de polvo levantados por el viento y el olvido. Tal extravío surge como consecuencia de la conocida guerra del narcotráfico acontecida durante los años que transcurrieron entre 2008-11, sucesos a los que alude el escritor, doctor en Lengua y Literaturas Hispánicas, en varias de sus obras, como los Trabajos del reino, y por las cuales se le ha posicionado como luminaria dentro de la narco literatura mexicana contemporánea.

Yuri Herrera alude a la Juárez transitoria entre el progreso y el pasado en que el método más efectivo para la recuperación de la memoria es el alcohol (“Pistear en lunes. Los viernes son para los maricas”). Para ello el espacio se constituye como lugar de encuentro donde los bares y cantinas más representativos del centro fungen como depositarios de recuerdos de una época dorada e imaginada que se pierde frente a la consciencia de espacios casi ajenos al cronista. El Bombín no es más el “paradero de bato hebilludo” donde “servían carne asada y charros a la segunda copa”; El 15 sirve de punto de reunión para puros “ingenieros y licenciados”. Aunque el tiempo les ha cobrado factura (y a pesar de no estar segura si ese Bombín es el que frecuento), esos locales conservan sus barras y rockolas. En el Club 15 aún conviven en armonía la “estética de taller mecánico” con “El cantinero, un hombre que borda los sesenta y viste corbata”.

90 Cafe Bombin sobreros

Algunos elementos simbólicos en la Avenida Juárez parecen retar al caminante y apelar a la memoria de seres apartados violentamente de la vida: “rebasamos la instalación que recuerda a las mujeres muertas y que a mí, aunque la mire de lleno, siempre me hace sentir como si mirara hacia otra parte”. El cronista plantea una férrea oposición centrada en la configuración de ambientes a partir de su fachada y la experiencia al entrar en ellos. Así que por un lado, se inclina por “Los antros [que] afirman su carácter más claramente cuando no simulan esplendor y es posible verles el cansancio en las paredes y en las sucias luces entubadas y en su silencio”. El Yankees Bar, El puerto y El Buen tiempo encierran el secreto de un lejano abolengo y la confidencia entre el Bacardí terciado y unos sedientes labios; en tanto que, en el otro extremo, existen bares que apuestan por el anzuelo del maquillaje: “(¿Han ido al Kentucky? Perfume, teles con cable, cocteles caros. ¡Por Dios, quemen ese lugar!)”. Sin duda, cada cual ostenta “una pátina distinta frente a la inclemencia de los días”90 El buen tiempo

Tal como en “La alcurnia extraviada”, la Juárez diurna es el espacio donde se reúne la “Vieja Guardia” que bebe tanto de día como de noche; sin embargo, aun cuando en ella se concentra una sociedad del pasado, ahora también alberga a una juventud en búsqueda de reconectarse con su ciudad perdida, con espacios que acogen al verdadero corazón de la ciudad, sin importar que sea a inicios de semana, justo cuando “Los bares del centro en Ciudad Juárez se dejan ver mejor”. La imagen que plasma Herrera es la de un hombre nostálgico ante sociedad arrebatada por el viento, pero más que nada la de un recorrido marcado por los recuerdos y el olvido, el cual se encuentra entre la transitoriedad del pretérito y el presente y la añoranza de sucesos gloriosos. Para mí la Juárez es el lugar donde el alcohol evidencia que la compañía es la mejor evocación de tiempos remotos, pues aun cuando el espacio solo es el espectador de encuentros ocultos, amorosos y confidencias recónditas, estas duran lo que la noche y se pierden, de manera que los bares –por siempre ahí, sean renovados o remotos– ceden al alcohol un sitio privilegiado de placer momentáneo.

Diana Varela

Hermes en el desierto

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Guillermo Prieto dedicó su vida, desde la infancia, a realizar las labores del mismísimo Hermes: ir y venir por todas partes para transmitir el mensaje confinado. En este caso, Prieto, gracias a las diferentes labores que realizaba como persona pública (secretario, redactor de diferentes diarios, integrante de la Academia de Letrán, inspector, diputado, senador, incluso, negociante para concluir la guerra de los Tres años), pudo transmitirnos su mensaje por medio de su poesía. Fue en 1864, cuando fungía como administrador de correos para el presidente Juárez, que llega a Chihuahua a causa de los conflictos que tienen al país en completo caos. Una vez que el poeta se establece en el estado grande, se dispone a compilar su Cancionero, el cual ha llegado hasta nosotros por ser parte de la colección “Clásicos mexicanos” de la Universidad Veracruzana (1995) y editado por la doctora (maestra de casi todos) Ysla Campbell. La mayor parte de la obra incluida en el Cancionero —conformado por 51 poemas— fue escrita durante la estancia en varios lugares del estado de Chihuahua, por lo cual hay que mencionar que su poesía está marcada por las características específicas de la región. Así pues, un desierto, el brindis por la noche entre amigos, la flora y fauna, un clima bastante extremo o simplemente una región en donde nada se conoce y todo se duda, se convierten en temas principales para el poeta y su creación.

Aunque no todos los poemas hablan de la frontera y su ciudad —en realidad solamente uno fue escrito en honor al Paso del Norte (“Romance 1”)—, sí se puede destacar que el tema principal es la región. “Silencio y paz” habla de un pobre marinero —el poeta quizá— que está lejos de su puerto remando cada vez más hacia la misteriosa mar: “Por qué buscas audaz otras regiones, / cuando en la playa Dios te dio contento”, se pregunta el poeta quizá al darse cuenta de lo mucho que se adentra en este mar de arena que rodea no solo al Paso del Norte, sino a todo Chihuahua. Por otro lado, en “Bendito clima” se puede observar cómo todo extranjero (cualquier persona que no pertenezca al estado) sufre por las dificultades, extremidades y locuras que se viven en el clima de cualquier día en el desierto: “Bendito mil veces sea / un clima que, en sus extremos /, es la propuesta perpetua / contra los términos medios; / clima de pasión abierta, / o es la gloria o el infierno”. En fin, un sol medio despierto o dormido siempre te quema igual; un aire amargo con olor a muerte siempre toca tus cabellos y, sobre todo, un frío que mata lentamente en el desierto te hace dar cuenta que aún estás vivo. Guillermo Prieto se percató de esto a sus pocos días de convivir con un desierto: aquí nada es a medias.

89 Ocaso

Toda persona que pisa, aunque sea un poco esta ciudad, se da cuenta de lo hermosa que es por su diversidad. En Juárez hay zonas verdes para cultivar o lugares en donde solo se ve desierto en el horizonte. Escribe Prieto: “Por guardia tengo al desierto, / tengo por cerrojo el Bravo”. Dentro de la ciudad misma, Prieto descubre toda la variedad que existe por el simple hecho de ser una frontera. Un inesperado por aquello que puede ocurrir en un día con respecto al clima: “Si asoma el sol, estoy frito, / si hay hielo me agarrabato; / […] y cada gota es un charco / cuando pasajera nube / lanza la lluvia de tránsito”. Un lugar donde las diferentes culturas conviven todos los días. Están los extranjeros descansando para continuar su viaje, los que se quedan por poco o los que vivimos aquí, esperando cada sorpresa que brinda la ciudad. Guillermo Prieto probablemente se dio cuenta de la infinidad de cosas que se pueden hacer una vez que se está dentro de la ciudad, aunque no nos lo dice, quizá para que las hagamos nosotros mismos. Lo que sí hace es darnos indicios de lo que hay aquí: “Iba hablarte del invierno, / de la presa, del mercado, / de unos bailes primordiosos / en inglés y en castellano”.

89 Inundación av Juárez

Marcos Carrillo

De Juaritos… El Recreo

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Para quienes nacimos en Ciudad Juárez se ha normalizado el escuchar que alguien nos cuente que viene de Durango, Veracruz, Puebla o algún otro estado del país. Resulta sencillo suponer las razones de su mudanza a la frontera: hay más oportunidades de trabajo y facilidad para obtener una casa propia después de algunos años de laborar, claro; además es probable que en algún momento nuestros padres o abuelos lleguen buscando esas mismas disposiciones. De esta manera arriba a la ciudad Mauricio Rodríguez en 1990, a quien le costó adaptarse “No pocas lágrimas y no menos chingadazos”, en sus propias palabras. Oriundo de Torreón, Coahuila, ejerce de periodista aquí, donde sabemos que dar testimonio de lo ocurrido implica un riesgo a morir. El cuentario De Obregón… El Recreo se publicó bajo el sello editorial Sediento Ediciones dentro de la colección “Lengua de gato” en diciembre de 2012. En él nos topamos con breves anécdotas, relatos o testimonios, en los cuales el conflicto parece estar dentro del yo-narrador habitante de la ciudad. Por ello, es este último quien tiene el mayor protagonismo pues aun cuando deja que otros personajes hablen, su voz siempre resalta: “estoy aquí y así –sobre– vivo en esta frontera”. El Recreo surge como un lugar seguro (¿qué lugar con cerveza no lo es?) para observar todo con el ojo “de hormiga, con que me mantengo alerta del acontecer del bar”.

La nocturnidad de Juárez se caracteriza por hombres dormidos en las bancas del centro y mujeres que salen a la calle a trabajar con el mismo fin que todos tenemos: buscar el sustento diario. Imágenes normales para quienes han caminado por el centro de noche, las cuales, sin embargo, no dejan de ser vistas con desconfianza. Mauricio Rodríguez lanza con pasividad estas polaroids cotidianas: “Vuelvo la vista a la calle y me encuentro a uno de ellos que se aferra a limpiar un vidrio y sólo recibe como pago un claxonazo y el arrancón del automovilista. Percibo en su rostro de ojos vacíos, la mirada desesperanzada, ellos son la puerta del hambre y la violencia, a un callejón por donde Dios ya no quiso volver a pasar”. En el cuento “The homeless blues” Harold, un hombre que como muchos otros viene de fuera, nos deja algunos epígrafes dedicados a la ciudad: “Al menos voy a morir feliz, así quise mi vida, cuando tienes un cigarro, tienes que ponerlo en tu boca y con tus manos activas tienes que cuidar con los dedos que el viento no apague tu cerillo, porque el diablo a veces puede ser el viento”. Para él y para la mayoría de los personajes que deambulan por la zona céntrica –incluyendo al autor– El Recreo funciona no solo como su checkpoint sino también como su hogar, por ello “al entrar al bar me reconforto al encontrarme con rostros conocidos”, rostros que pueden representar a sus hermanos o primos de otra parte del país. Incluso, a veces llegan desconocidos que se convierten en tus verdaderos amigos por un par de horas.

88 El recreo - google

“Eso ya pasó a la historia” fue lo que le dijeron a Paco hace un mes en El Recreo, cuando indagamos si tenían Juárez Whiskey. La pregunta la hicimos llevados por la curiosidad de probar aquel licor producido y añejado en tierra juarense que durante años sació la sed provocada por el prohibicionismo estadounidense. La gente cuenta que cuando la D.M. Distillery cerró definitivamente sus puertas el propietario de El Recreo compró botellas, pero no para venderlas como tal, sino para ofrecerlas como tragos dentro del establecmiento. Nos quedamos con las ganas pero tranquilos, bebiendo cerveza y satisfechos de poder escuchar las historias que, como “detectives salvajes”, nos llevaron a este conocido lugar. De igual manera, Mauricio Rodríguez en De Obregón… El Recreo, alcoholizado y oliendo a cigarro, nos cuenta sus vivencias y las de otros, la cuales, como la mayoría, fluyen mejor si hay cerveza de por medio. Afortunadamente, este bar sigue guardando historias entre sus paredes, aquí, donde parece que derribar edificios históricos es deporte local.

88 Zona-el Recreo

Gibrán Alejandro Lucero Loera

Mujeres al borde de un ataque de brisa

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Tenía quince años cuando empecé a leer poesía motivado por una intuición escolar. Mis lecturas pasaron a la sana obsesión que conlleva imitar registros, ese germen creativo que algunos iluminados contagian, como apuntaba Aristóteles: quería escribir poesía amorosa igual que Benedetti, Sabines, Neruda, Acuña. Con el paso del tiempo me amargué. No es que dejase de encontrar el shock estético en algunos versos amorosos de Juan Gelman o de Salvador Novo. Pero hoy son otras mis lecturas —que algunos compañeros han acusado de severas— y al regresar a los primeros poetas he encontrado más decepciones inocentes que verdadera trascendencia. Poca poesía amorosa y erótica para recordar. Esto último, creo, convierte al género en el más complejo y tramposo.

87 Plaza del periodista

Dentro de esa tradición difícil e intensa se encuentra el poemario Mujeres de la brisa de Joaquín Cosío, a quien conocí primero como el Cochiloco, y que se publicó en la mítica antología Cíbola: cinco poetas del norte (1999). Cosío fue de los primeros —el primero de su generación— en abordar de forma magistral el tema del feminicidio en Ciudad Juárez que cinco años después sería una de las poéticas de identidad en autores recientes. Son dos poemas que conforman la parte oscura en la estructura temática del libro donde la ausencia trágica de lo femenino afecta de manera sintomática a la urbe que las ve desaparecer: “aquella que pasa bajo los cimientos está muerta / más aún que esta ciudad que cruza”.

“La muerta”, título del poema anterior, englobará en la siguiente composición a 120 muchachas y la voz lírica se encargará de elidir el elemento violento para reconstruir imágenes: mujeres vestidas para una fiesta o con el uniforme del trabajo, chicas que “relucen más que nunca en su ausencia”. Luego, aventura una severa y sutil crítica a la deshumanización del espectáculo periodístico —que ha existido desde allende los tiempos— donde se exponen estas mujeres ahora despojadas: “las mencionan las llaman y las exponen con el rostro extinguido y unánime”. De nueva cuenta, Cosío apunta esta vinculación trágica con los elementos de su espacio citadino, ahora grotesco, ruidoso y despiadado: “no podrían ser otras las ruinas de esta ciudad hincada ante el polvo y el aire pútrido / ruido de orines ruido de balas hedor de saliva animal y murmullos”. Sin delirios de panfletos moralistas, su denuncia no se encuentra en elucubrar situaciones sino en humanizar a las mujeres desde el aspecto simbólico: describir quiénes fueron, traerlas otra vez a la vida a través del recuerdo pasional del rostro.

87 Cosio UACH

¿Qué ocurre con la construcción espacial? En los poemas citados la ciudad innombrable, que puede contener en sí a cualquier otra ciudad pareciera ser invisible. Hay, eso sí, enumeraciones de espacios más bien relacionados a lo cotidiano y lo íntimo —y siempre referidos en los títulos: el baño, la habitación, el bar, la escalera. A través de la complementación con el ser amado, femenino, en Mujeres de la brisa la voz se apropia de la espacialidad sin describirla: el lector imagina los espacios que el poema solo intuye, un destello construido. Por lo tanto, el elemento de la ubicación queda abierto a la interpretación siempre cuestionable de quien lee o escucha. Un ejemplo es la pieza que da título al poemario. Si bien el tema del texto es el deseo en el acto de nombrar a la mujer, es prudente anotar que en el bar La Brisa leía el grupo de poetas al que perteneció Joaquín Cosío. La casa de la poesía La Brisa se incendió en 1999 y tanto Jorge Humberto como Miguel Ángel Chávez homenajearon en diversas ocasiones al inmueble con sus poemas. Esto, finalmente, nunca se menciona, pero, como todo en los versos, se quedará para siempre cifrado en la duda.

87 La Brisa Jorge Humberto Jose Agustín

Otro caso parecido es el de “Los amantes de la avenida Insurgentes”, donde jamás se hacen referencias de la ubicación salvo la que está en el título. El autor deja otra vez que nosotros imaginemos y reconstruyamos el espacio íntimo, de encuentro: una descripción del erotismo de los cuerpos sagrados, como quería Bataille. Puesto que el espacio solo importa cuando no está, lo que le interesa al poeta es asir el instante del encuentro donde “tomo tu mano / porque dormida me proteges”.

Antonio Rubio

Julio Cortázar, casi esquina con la Mejía

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El Mago Septién afirmaba que “el boxeo es toda la vida retacada en apenas tres minutos”. Una nota en La Jornada de julio del 2009, uno de los años más violentos en Juárez, daba noticia de que el campeón mundial de boxeo, el Mantequilla Nápoles, residía en esta frontera y que tenía un gimnasio en la calle Ignacio Mejía, en donde ahí y en los alrededores empezaban a escasear los jóvenes. En esa misma entrevista el púgil comentaba con dejo de nostalgia: “Yo ya no existo… Yo ya no soy nadie”. Ese reportaje se convirtió en hallazgo ante los ojos del director y dramaturgo Jorge A. Vargas, quien fue armando un proyecto colectivo para que su compañía de teatro, Línea de Sombra, vinera a la ciudad a documentar el destino y el estado del atleta cubano, desde la perspectiva del hombre que era en ese entonces porque sólo desde el ahora es posible construir la historia. Esa búsqueda encaminada hacia un viejo boxeador dio un viraje y se dirigió, de forma introspectiva, hacia cada uno de los actores, quienes hicieron una residencia en Juárez.

Baños Roma from Teatro Linea de Sombra on Vimeo.

El Mantequilla Nápoles llegó a la capital mexicana a sus 21 años y se hospedó cerca de Salto del Agua en un antiguo Hotel, el Virreyes. Hay críticos deportivos que rankean a la “pantera negra” entre los 10 mejores de toda la historia. Para sus vecinos de la Costa Rica, él es el número uno. Tras vapulear a Curtis Coke en junio de 1969, y obtener el título mundial en peso welter, el presidente Gustavo Díaz Ordaz lo felicitó y le dijo que pidiera lo que quisiera. Y el Mantequilla obtuvo su mayor anhelo: la nacionalidad mexicana, con lo se ganó la fama y el aprecio popular mucho más allá del ring. Incluso grabó La venganza de la Llorona, junto a El enmascarado de plata. El boxeador vino a Ciudad Juárez invitado por el Canal 44 para entrenar a la Cobra Soto, un peleador local, y decidió quedarse. Le gusta tomarse fotos y fumar puros con todo y el celofán (según los actores).

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Hace más de 40 años, en 1974, el cubano enfrentó al argentino Carlos Monzón en París. A ese encuentro, en donde el Mantequilla Nápoles perdió el desafío por el campeonato mundial de pesos medios, asistieron famosas figuras, amantes del boxeo, como los actores Alain Delon (quien además montó el espectáculo en su calidad de promotor) y la despampanante Brigitte Bardot. Pero hubo otro espectador al filo de su butaca, un escritor compatriota del vencedor, Julio Cortazar, quien nos relata la pelea en “La noche de Mantequilla” (publicado en Alguien que anda por ahí, libro prohibido durante la dictadura argentina hacia finales de los 70’s). El cuento, alabado por Gabriel García Márquez, utiliza las gradas como un punto seguro para que dos mafiosos argentinos intercambien un maletín lleno de dinero sin llamar la atención. Uno de ellos, Estévez, no puede evitar ver la pelea y entusiasmarse por la victoria de Monzón. Pero el otro, extrañamente, le iba al Mantequilla. Algo andaba mal. La operación falló. Estévez entregó el dinero a un policía encubierto y tendrá que pagar. Un ajuste de cuentas… Julio Cortázar… París… Ciudad Juárez… Baños Roma… el excampeón.

El proyecto teatral de Línea de Sombra consistió en documentarse, en intercambiar palabras alrededor de las calles del gimnasio, remodelar el inmueble, entrevistarse con los allegados del entrenador (como con su esposa, Berta) y acercarse a la experiencia del mundo del boxeo. Para los promotores del deporte, el que usa los guantes es solo la masa corporal y de ahí la importancia a la ceremonia del pesaje. Todo su gramaje se vuelve patente al acercarse violento a la lona. En este “espectáculo del desplome” la carrera (o más bien, la caída) del boxeador inicia desde el primer round y hasta su retiro, siempre pegado contra las cuerdas. Como si la vida fuera, opina mi amigo Marlon Martínez, “un constante pleito contra un contrincante del que se conoce apenas su peso pero no sus fortalezas ni debilidades y mucho menos la sospecha de una dimensión humana detrás”.

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El espectáculo multimedia de Jorge A. Vargas también escenifica la experiencia de la compañía durante su residencia en Juárez: noches de bares por la Guerrero y la Juárez, experiencias personales y uno que otro incidente con la policía. El montaje reflexiona sobre el fenómeno ocurrido en la Mariscal: su derrumbe sin rehabilitación, un proyecto urbano trazado, como lo hace una actriz, con las patas. Con la pérdida del espacio público, con las banquetas desoladas, varias cantinas fueron cerrando y la música fue paulatinamente perdiendo su volumen. Los habitantes se guardaban el saludo, evitaban las calles y trasladaron la fiesta a sus casas, de lleno hacia lo privado, “pero en el espacio íntimo floreció el canto”. Prueba de ello es el karaoke, tan de moda en este norte, como también lo es el teatro que no ha bajado la guardia ni el telón. El mejor testigo fue el montaje de Baños Roma que aplaudí en el Teatro experimental Octavio Trías en el 2013. Hay un sinfín de contrafuerzas, como la de quienes en esta esquina hacen su propia lucha.

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Urani Montiel

Make Aztlán Great Again

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Después de culminar la licenciatura en literatura, entre diversas lecciones aprehendidas e ignoradas, llegué a la siguiente conclusión: toda la literatura remite a Don Quijote. Incluso las obras clásicas grecolatinas: Homero era un tipo manco y hambriento con mucha imaginación; así como la literatura porvenir: aquel futuro narrador que todavía balbucea la primera sílaba infantil ya está perfilando de forma inconsciente la obra cervantina de la próxima generación. No resulta sorprendente entonces que la literatura juarense tenga su propia versión de la obra maestra de Cervantes —para gozo de algunos académicos—: Las aventuras de Don Chipote o Cuando los pericos mamen, de Daniel Venegas, considerada por la crítica —escasa pero segura— como la primera novela chicana (aparecida en Los Ángeles en 1928). En realidad, don Chipote es fundacional en diversas temáticas abordadas: la migración a Estados Unidos, el cruce legal e ilegal, el racismo, el espanglish, la explotación de los mexicanos que viven su peculiar American dream… No obstante, hay dos temas que destacan en esta novela: el trayecto mítico y la construcción histórica de Ciudad Juárez durante los años 20 del siglo pasado.

La conciencia chicana surge gracias al establecimiento de las ciudades modernas fronterizas, las cuales protagonizarán un complejo momento histórico donde monstruos como Juárez empiezan a cargarse de significado simbólico, guardando relación con mito e identidad. Múltiples ensayos que abordan la cuestión (Alejandro Lugo o Gloria Anzaldúa), además de algunos novelistas (el mismo Venegas y Alejandro Páez Varela) indican que al chicano lo define la desubicación existencial vinculada a cuestiones identitarias: no se consideran mexicanos pero tampoco estadunidenses. De ahí que los teóricos y críticos, pertenecientes o no a esta comunidad, durante los años 60 encuentran su origen —el mito como identidad— en una ubicación imaginaria: Aztlán. Es importante mencionarlo ya que el trayecto mítico de don Chipote recorre precisamente esta zona que no existió, soñada pero también impuesta: es el pasado divino de los Aztecas, según invento de Tlacaélel. Lo último será un conflicto importante en la novela de Venegas: el abandono del espacio real-rural en búsqueda del mítico, ficticio, el Aztlán-USA que buscaban los españoles y después los mexicanos, o sea, las tierras de la riqueza y el bienestar donde “se barre el oro de las calles”.

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El investigador Alejandro Lugo intuye que la identidad del chicano se asume más allá del espacio que lo reserva. Está más allá de toda la geografía: “We are Aztlán”. Imaginando entonces que don Chipote —los migrantes, obreros y braceros representados en él— es Aztlán, su identidad no será definida por su ubicación espacial sino por el trayecto mítico que ha realizado: antes de asumir costumbres gringas en Los Ángeles, lleva en su corazón y memoria lo que es: el recuerdo de su familia, la comida que su esposa le preparó para el trayecto, el dinero que gana labrando la tierra, su perro Sufrelambre y el español. Todo esto, progresivamente, se pierde desde su llegada a Ciudad Juárez.

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Es la torrecita de la Misión —imagino, pues no se precisa este dato— lo primero que observa don Chipote al llegar a la urbe: un elemento religioso que remite sensaciones familiares y por eso desconoce que ha llegado a la frontera. No obstante, será el narrador quien construya, a manera de contraste, la imagen poderosa y real de Juárez a inicios del siglo pasado, aventurando así uno de los primeros vestigios en la literatura de la leyenda negra, la ciudad del pecado, la fiesta y el exceso que en Juaritos ya hemos explorado:

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Debajo de esta intervención de connotaciones moralistas y aleccionadoras, encuentro el retrato obscuro e interesante de una construcción espacial simbólica e imaginaria: si el sur de Estados Unidos será la divina Aztlán, Ciudad Juárez —la frontera en sí— es el rostro maldito (verdadero) de este sueño: la pesadilla, pues. Una vez que don Chipote y Sufrelambre arriban a nuestra ciudad, sus conflictos y descalabros no se detendrán: lo discriminan en el puente, lo meten a la cárcel por dormir en las bancas de los parques, no entiende el espanglish y lo condenan a barrer… pero la basura de las calles. A fin de cuentas el American dream es solo eso: un montón de polvo que recorre los sueños de los incrédulos.

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Antonio Rubio