Frente a una copa de vino, yo me río de mí (1)

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Reseña de la novela De Obregón… El Recreo de Mauricio Rodríguez. Sediento Editores, 2012

  1. Novela donde un personaje (narrador) llamado Zerk Montecristo nos cuenta una parte de su vida. Zerk tiene tres estilos: el del narrador de una historia personal (drama + sexo); el estilo del periodista entrevistador de personajes locales (y promotor de un tugurio llamado El Recreo); y por último, el estilo de un vate que gusta del cuaderno-poemario en prosa hermética. Es una novela a tres manos, a tres niveles narrativos
  2. De Obregón… El Recreo es la novela intermedia: pertenece a otras dos más en proceso de creación. En la primera novela, Zerk será un joven dedicado a crearse una identidad pre-juarense; en la tercera, llegará posiblemente al lugar Anhelado: Ciudad Obregón (Who knows?). Tal es la promesa, no escrita, del escritor Mauricio Rodríguez (proyecto que alguna vez me comentó).
  1. Para entrar de lleno a De Obregón… El Recreo daré un resumen: a Zerk lo acaban de divorciar y está de un humor de todos los diablos (si me permiten comenzar con un cliché). Estamos en el momento en que anota fragmentos de su pasado (remoto), de su pasado cercano y de su presente de poeta en crisis (no es lo mismo un personaje en el límite de la angustia a uno en el inicio de su viaje a la Interzona Preapocalíptica). Como ya he anotado, Zerk, además de contarnos su vida, es el narrador-periodista que debe escribir una sección cultural con entrevistas a personajes de interés local. Y es el poeta que medita y anota frases que van del lugar común paródico-existencial al intento de una filosofía de vida (¿existe la felicidad por encima del determinismo provinciano?).
  2. Zerk se vale de un par de símbolos para evaluar su vida: Ícaro y Obregón. El primero consiste en el símbolo del Gran Fracaso: volar hacia el sol con alas de cera, etcétera. Así, Zerk es el loser que lo acepta, que intenta varios proyectos y fracasa, queda del lado de un sorpresivo divorcio, de un desengaño vital y de una poesía que se no se recupera del silencio etílico. El segundo es el de un lugar llamado Obregón, el lugar anhelado, el paraíso (auto)prometido (iré a “un lugar que en mi deseo se ha llamado Obregón”: On The Road / Over Gone / Obregón, dice el poeta Zerk). Allí lo espera (supuestamente) su amada, la felicidad, la segunda oportunidad sobre la tierra. Mientras eso ocurra, Zerk seguirá fiscalizando su actitud de vida: “no sé si fue mi imperante espíritu de ser poeta, escritor, escrutador de la noche, anacoreta, misántropo fracasado, lo que prevaleció en esa infructuosa relación [con su ex] o si en realidad simplemente no valgo madre como pareja”. Ícaro, como buen referente (ahora) posmoderno, sigue atento su caída, eligiendo las alternativas de vida, las (a largo plazo) desfavorables para sí mismo: “abandoné la posibilidad de estar con Mina a quien amaba, por seguir el estúpido ideal del matrimonio con una mujer que nunca me quiso de verdad. Fue un auto de formal prisión a voluntad”. Zerk-Ícaro: auto-reclamo que lleva la penitencia: dispersión existencial, errancia emocional, todo en una atmósfera que reclama ya un apocalipsis terapéutico.
  3. La novela carecer de una secuencia cronológica (¿Cuál la tiene y para qué?). Leemos fragmentos donde el pasado y el presente aparecen intercalados. Si recuperásemos una breve cronología, anotaríamos que el protagonista viaja de Torreón a Ciudad Juárez. Ahí se enfrenta a la xenofobia de los juarenses, por eso anota amargado: “nadie es de aquí, sin embargo, todos se sienten con el derecho de amedrentar a los demás, causándoles la pena de sentirse despreciados, humillando sus ilusiones de progreso”. “He vivido sorteando calumnias, voces altaneras, bromas de pésimo gusto y la carga de defender una tierra de origen que ya no me reconoce como su hijo”. Tal es la suerte de este migrante: despreciado aquí, despreciado allá. Zerk es una identidad en crisis, vive un divorcio de ciudad, así su integridad simbólica es dolorosamente liminal: ya no es lo que fue, pero todavía no es lo que será. A la nueva ciudad la comienza a conocer a partir de paseos literalmente compulsivos: “Hallándome solo entre el hedor que se desprendía de las alcantarillas mezclado con los estanquillos que ofrecen colitas de pavo y demás fritangas, terminé por volver el estómago más de una ocasión”. Así, el joven Zerk se crea a sí mismo como un joven Flâneur de una ciudad grotesca, ciudad telón del crimen organizado, víctima de la cleptocracia política y la narcocracia autodestructiva (¿o cuánto dura el reinado de un narco?).

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  1. De las calles de Juárez pasa a su formación educativa. Recuerda la universidad, las corruptelas de profesores y estudiantes de la institución por la que pasa. Pero evoca también a maestros excepcionales: “recuerdo entre ellos al Doctor García… un tipo que pasaba de los 60 años, con una personalidad que asemejaba a Sean Conney interpretando al padre de Indiana Jones, pero versión gay”. De estudiante brinca a trabajar como periodista y a participar luego en un taller literario para cumplir su deseo de ser escritor, poeta (me refiero al Taller Laesta, coordinado por aquel joven que ahora escribe esta reseña).
  2. La filosofía zerkiana se establece a medida que sus fracasos se multiplican. El Narrador recuerda: “siempre he dicho que ante lo inevitable –para bien o para mal–, no hay nada mejor que una sonrisa y una mentada de madre”. También reflexiona en un tono poético: “Qué culero sabe la cerveza cuando alguien llamado Nadie te hace compañía y solo para acrecentar la secuela de dolor y terminar platicando en voz alta con las paredes”. Y sobre las decisiones vitales equivocadas, dice: “de haber admitido que me había enamorado, las cosas en ese entonces hubieran sido distintas, pero en estas cuestiones el tiempo no se detiene y el cauce de la inexperiencia nos lleva por donde le da su rechingada gana”. Y volviendo al tono poético, reflexiona: “ya no estoy joven, estoy perdido en mis días de madurez inmadura, siempre voy en busca de no buscar, mejor me callo, esto de hablar es extender una serpiente para que a su propia voluntad le crezcan alas”. Su filosofía es práctica y al mismo tiempo, se ajusta a las formas de una narratividad poética propia.

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  1. La vida emocional de Zerk resulta el tema dominante de la novela. Él es un personaje dolido, gris y miserable. En medio de una crisis social (narcoviolencia generalizada en juaritos), “justo en este bello instante caótico, la muy cabrona de mi esposa, decidió mandarme a la chingada”. El divorcio también significa una fractura de identidad (que se suma a la separación de su terruño, más las narco-balaceras de aquellos días. Su drama, en más de un sentido, es la situación colectiva de los jóvenes que vivieron de cerca la ultra-violencia social y el abandono de proyectos personales que quedaron en el basural de los sueños. Pura nostalgia en presente continuo, como si el pasado fuese un purgatorio avasallante, ni modo, naciste del lado loser y eso significa (al menos en esta narrativa) aceptar de antemano cualquier pecado que mañana se cometa, así, hay páginas que te llevan directo a las catacumbas de la asfixia emocional.
  2. El narrador tiene como Lugar Privilegiado el antro llamado El Recreo, un lugar (en realidad) sobrevaluado por la amistad entre el cantinero (don Tony) y algunos de los poetas locales dedicados al alcoholismo semanal. Es un establecimiento claustrofóbico, de mesas pequeñas y una hermosa barra y un gran espejo que ayuda a entretener la idea de falsa amplitud. No es el Lontananza de David Toscana, pero sí un bar que ayuda al turista cultural a sentir un vago toque de misticismo estético: aquí estuvo Etcétera, el poeta mayor. Consiste en la oferta bohemia de una provincia plagada de antros ruidosos o de cantinas exclusivas donde la clase media avejentada se reúne para escuchar boleros de (apenas) hace 30 años.

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  1. El Recreo es el paradero de la Nostalgia, el lugar para sufrir en grupo con música de rockola de los años noventa. Las tristezas del protagonista se desarrollan ahí, frente al gran espejo que va dibujando a los parroquianos, a sus gestos de película sin voz. Pareciera que ese espejo es la pantalla perfecta donde todos los personajes secundarios existen, encerrados ellos también en una múltiple prisión: El Recreo, el espejo de El Recreo y las imágenes recordadas por el narrador de la novela: “aquellos personajes observados en la barra de El Recreo, donde a través de una sola voz, el personaje principal, es uno con muchas voces. Dentro de él se escuchan sus compañeros de bohemia”. Zerk dixit.
  2. En nombre de la bohemia, Zerk se va creando para sí un yo ideal: el poeta errante, herido de amores, siempre cachondo y nostálgico soñador de un futuro llamado Obregón, ese lugar incierto de una incierta cita con la felicidad. La bohemia es (en todo caso) la actitud del poeta que imita la cercana (nomás a un siglo de distancia) imagen del Flâneur parisiense modernista: vagar por una ciudad apocalíptica, paupérrima. Zerk la llama (con todo el poder de síntesis que tiene) la Ciudad del Crimen. En este sentido, Ciudad Juárez es una especie de Limbo cercano al Infierno, una Isla de Circe, y Obregón será el espacio que la poesía le he prometido: su Ítaca, su deseo postegrado. Zerk-Ulises en permanente búsqueda de su destino; Zerk liminal (ser liminal).

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  1. La novela de Zerk se puede leer también como un texto de autoficción. Mauricio Rodríguez se empeña en decir que no es una obra autobiográfica, y tiene razón, pues resulta mejor un texto donde la biografía real del autor se mezcla con la vida del narrador ficticio. Recordemos que la autoficción es el enmascaramiento de los trazos fáctico-biográficos del autor real de la obra. Trazos de realidad demostrables: Zerk, al igual que el autor real (Mauricio Rodríguez) viene de Torreón, desde joven radica en Ciudad Juárez, donde estudia, se casa, se divorcia y trabaja. Tanto el autor como el personaje ficticio sufrieron la xenofobia local, ambos (además) son asiduos parroquianos de El Recreo, y los amigos son los mismos: los miembros del taller literario Laesta (esto no se menciona, solo sus nombres de ellos): Antonio Flores Shroeder, Jorge López Landó, Juan Pablo Santana (Jean Paul), Susana Chávez, y otros conocidos autores locales. Mauricio Rodríguez y Zerk Montecristo son periodistas, sostienen la sección El Puente donde entrevistan a personajes atípicos locales (Harold Edmonds y los Merolicos). Hay una parte memorable, cuando Zerk-Mauricio, busca a una amiga (que ahora es un mito feminista): “le pregunto al cantinero [de El Recreo] por mi carnalita Susana [Chávez], la vaga, la poeta, y me dice que estuvo aquí un par de noches, pero después de ponerse una buena juerga, terminó cantando canciones de Chavela Vargas y después de pelearse y mentarle la madre a media barra, salió y desde entonces no ha vuelto. Ya regresará”. Sabemos tristemente, que Susana no iba a regresar ya más. Resulta un acierto esta prolepsis cifrada para los iniciados en las biografías de lxs mártires de la misoginocracia.

José Manuel García-García
Profesor Emérito, NMSU

“Hay cosas que no se olvidan, que no se olvidan, de nuestra vida”

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Barlovento, “costado de un buque que está hacia
el lado de donde viene el viento…”
Guido Gómez de Silva

Son las diez en una fría mañana de noviembre, un hombre se pone el casco y los guantes, va ataviado con una chamarra de cuero, botas y bufanda, acaba de terminar su clase de literatura en la universidad de Ciudad Juárez. Colmado de la satisfacción que le dan sus alumnos con preguntas, amabilidad y necesidad de aprender, se dirige a su clase de las once en El Paso a bordo de su motocicleta Suzuki 450 por el puente de las Américas. Muchos pensamientos rondan su mente: la clase del Chuco le estresa, pero es la que paga las cuentas; sus colegas increpándole cómo puede vivir en un país tan corrupto y la larga fila que le espera para cruzar. La relajante canción que tocan en la 92 F.M. junto con el cigarro logran tranquilizarlo al llegar al puente. El frío le congela la cara, entonces decide pasarse por entre los carros de la fila entre rayadas de madre para llegar al otro lado de la frontera. Este hombre es Ricardo, el yo narrativo autoficcional de Ricardo Aguilar Melantzón en la novela A barlovento, publicada en 1999 por la Universidad Iberoamericana Laguna, en la colección Papeles de Familia, que le viene ad hoc, por describir algunos pormenores de los allegados al protagonista: Rosi, su esposa, y sus hijas Rosita y Gabi, que a lo largo de la novela van creciendo y vemos cambiar. Esta evolución ocurre, sobre todo, en Ricardo, narrador en la mayor parte de la obra. Dividida en cuatro partes, la narrativa de Aguilar Melantzón toma vuelo conforme las páginas se suceden y cuando uno menos se da cuenta, atestigua que la novela va empujada por la fuerza de los silfos.

Los cuatro rumbos en que se secciona la novela cuentan con capítulos, pocas veces titulados y, a veces, sin continuidad evidente, ya que se intercalan en distintas unidades temporales. Durante una parte, hay una visita a países europeos donde nuestro protagonista no termina de sentirse a gusto: Portugal, España, Italia. Hay un trajinar entre estos viajes y episodios en Ciudad Juárez donde el ojo de Aguilar Melantzón es su mejor herramienta a la hora de narrar la cotidianidad: una bolería por la Plaza Cervantina, las dunas de Samalayuca con descripciones que alcanzan lo poético: “el desierto me había puesto contento, las arenas de los médanos de Samalayuca son de una belleza extraordinaria muy parecida a la de la piel humana”. O bien, comparando aquellas ciudades con la suya: “Nos decíamos asombrados que Atenas se parecía mucho a Juaritos, medio mal trazada y como que desparpajada y a cierta hora como el tráfico es exactamente el mismo que te encuentras por la Vicente Guerrero y Mariscal”. Aunque el profesor y escritor Ricardo Aguilar Melantzón fuera estadounidense de nacimiento (El Paso, 1947), no cabe duda de que jamás se identificó como tal (chicano en todo caso), y de eso su novela sirve de testimonio, en donde más que como mexicano, se deja ver como juarense y lo que eso implica: ser fronterizo.

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Lo suyo es el ir y venir, pero por las últimas páginas cuando debe establecerse en los Estados Unidos, su vida se vuelve monótona y ni siquiera puede escribir: “Me da mucho miedo pensar que ya no puedo o que ya se me olvidó cómo. Acá no hay nadie por ninguna parte. La raza no camina por la calle. Se sube a su ranfla y jala para cualquier lado que vaya”. Añora este lado de la frontera: “las blancas sonrisas de los compas, que se avientan tacos de barbacoa, burritos, chicharrones, […], unos refrescos de óranch o manzanita california, […]. Acá no hay nada de eso. La Rosi me pregunta que qué ondas, que si la raza acá está muerta o qué”. Y a ratos, volver a Juaritos: “En un acto de desesperación, de artero exilio, agarramos el carro y salimos corriendo a todo lo que daba, cruzamos la frontera y llegamos rechinando llanta hasta donde están las señoras que hacen gorditas frente a la iglesia de la Insurgentes sólo para sentir que no se habían perdido, que no habían desaparecido para siempre”.

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El arraigo que tiene nuestro narrador por Ciudad Juárez no le impide ver que el espacio y las condiciones están cambiando constantemente en la urbe, en su mayoría para mal: el narcotráfico deja ver sus estragos… delincuencia y destrucción del patrimonio cultural: “Hoy me metí a las dos tiendas que están donde era el lobby de Cine Plaza, quería ver qué les habían hecho a las estatuas de mármol blanco de hombres y mujeres desnudos”; “mi Rosi chica me dice que por furia o porque ya ni las películas pornográficas atraían a la clientela morbosa, lo cierto es que ya el Cine Victoria está en ruinas”. Imágenes que bien coinciden con nuestra actualidad. Y nos dejan esta importante reflexión: “pero nunca sale uno a su propia ciudad a tomarle fotos a su propia geografía, […] a lo que lo define a uno, el Monumento a Juárez, el Cine Alameda, el Puente Internacional, las calles de acá, de allá. Luego desaparece algún edificio, algún lugar importante y uno se queja de que ya no está y de que ya no se acuerda cómo era”.

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Marco Ojeda: calle Constitución, a mitad de la cuadra, entre Insurgentes y 18 de marzo

También retrata el cambio en espacios donde guarda preciados recuerdos: “Hoy entré a la casa de la Constitución, donde viví de niño. […]. Aquí a la mitad de la cuadra entre insurgentes y 18 de Marzo, es ahora una peletería, entré después de cuarentaitrés años”. Si el personaje y/o la persona de Ricardo Aguilar Melantzón volvió para querer recordar, regresar y encontrar “alguna huella” de lo que allí vivió, yo volví motivado por la lectura de una novela que habla de un hombre de letras que viaja en moto, que habla de su ciudad, que también es la mía. Volví unos veinte años después que el personaje, aun a sabiendas de la bruma que hay entre realidad y ficción, recordando los versos de Tropicalísimo Apache que dicen que hay cosas que no se olvidan en esta vida, como Ricardo Aguilar Melantzón no olvidó nunca Ciudad Juárez cuando se encontró lejos.

Gibrán Lucero

Memorias de Pancho Villa de Martín Luis Guzmán

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Según íbamos dejando atrás las calles de Chihuahua,
me brotaban las lágrimas, pues desde la noche que vi de lejos
la casa donde velaban a mi madre, nunca me habían venido
tantas ganas de llorar. Y es lo cierto que con trabajo acallaba
yo unos gritos que me subían hasta la garaganta. Porque yo
hubiera querido gritar, para que mis compañeros me contestaran:
¡Viva el bien de los pobres! ¡Viva don Abraham González!
¡Viva Francisco I. Madero!
Martín Luis Guzmán, Memorias de Pancho Villa

 

Martín Luis Guzmán (1887) nace, como la Revolución, en Chihuahua, tierra a donde volvió solo para ver fallecer a su padre, coronel del ejército porfirista, a manos de los alzados en 1910. Antes de morir, su progenitor le hizo ver los errores del gobierno federal y le sembró la semilla revolucionaria que floreció tiempo después. Desde muy joven sus intereses literarios lo llevaron por el camino de las letras permitiéndole fundar, a los 14 años, la revista Juventud. Sus primeros años transcurrieron entre la ciudad de México y Veracruz, hasta que ingresó a la Escuela Preparatoria Nacional y posteriormente a la carrera de Leyes en la Escuela Nacional de Jurisprudencia en 1909 en la capital del país. Luego, interrumpió sus estudios para ocupar la cancillería del consulado de México en Phoenix, Arizona.

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En 1912 se unió al Ateneo de la Juventud, donde al lado de personalidades como José Vasconcelos, Antonio Caso, Alfonso Reyes y su mentor, Pedro Henríquez Ureña, se replanteó el sentido en que la literatura y el arte se acercan a los obreros en comparación con la clase dominante. Esta generación se propuso reivindicar el papel de la educación dotándola de rasgos humanistas; además se preocupó por el amor a lo nacional y por alejarse de las ideas porfiristas que apuntaban a lo extranjero para encontrar y resolver un mejor futuro mexicano.

Esta visión y las palabras ante mortem de su padre, llevaron a Martín Luis Guzmán a enfilarse en el movimiento revolucionario. En 1914 llegó a Chihuahua por órdenes de Carranza, quien lo envió con el propio Villa para anunciarle la fundación de un periódico que defendiera los ideales insurgentes. Así comenzó una travesía nacional, sobre todo por el septentrión y esencialmente villista, alejado de la vía carrancista que le había facilitado el acercamiento con el caudillo. Guzmán fungió como agente de negocios del Centauro del Norte en Estados Unidos, reforzando de esta manera su lealtad y cercanía al personaje.

En 1923 el escritor, obligado por el presidente Álvaro Obregón, se exilió durante 13 años hasta que, gracias al presidente Lázaro Cárdenas, retornó a México. Poco tiempo antes, en 1937, su paisana, Nellie Campobello puso en sus manos los manuscritos de El general Pancho Villa, memorias que el propio Villa había dictado al periodista y militar Manuel Bauche Alcalde y que estaban en poder de la última de las viudas del caudillo, Austreberta Rentería. Guzmán retomó el legajo y comenzó a trabajar en Memorias de Pancho Villa. En 1938 se publicaron los primeros capítulos seriados y fue hasta 1951 que el chihuahuense concluyó la obra.

El texto posee una extensión aproximada de 850 páginas. Aunque la magnitud pueda resultar abrumadora, los capítulos resultan cortos y el lenguaje permite una lectura rápida y amena. La historia se sujeta a la dimensión humana de Villa, pues adopta una narración en primera persona en la que sorprenden los modismos y el tono casi bondadoso en el que se presenta al líder de la defensa de los pobres, recordado por su bravura y tosquedad, al que aún se le ve como analfabeta. En el prólogo se percibe la misión del libro: deconstruir la imagen del Centauro injuriado y calumniado y mostrarlo como un hombre sencillo, poseedor de una sabiduría moral de ranchero, militar sin formación escolar, pero responsable con el pueblo y la legalidad de la Revolución. La obra de Guzmán le da voz no solo al caudillo sino al movimiento insurrecto para hacer de él un bastión ético, capaz de confrontar y evidenciar los intereses que amenazaron la integridad del movimiento.

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 Memorias de Pancho Villa se divide en cinco libros: El hombre y sus armas, Campos de batalla, Panoramas políticos, La causa del pobre y Adversidades del bien. Cada uno sigue la cronología desde el surgimiento del héroe hasta el fracaso de la Convención de Aguascalientes, madurando en cada uno la figura insurgente que se convirtió en leyenda. Al recorrer las páginas, no insertamos en una especie de diario tanto militar como personal, pues nos entrega un hombre que llora, lucha y venga, que es fiel a sus ideales, aunque estos lo lleven a la reclusión en la serranía o lo orillen a robar. Durante mucho tiempo el mito negro de Villa bandido, roba vacas, se apoderó de la historia nacional. Aún en su biografía se percibe la sombra de su crueldad, la pesadilla sanguinaria que esparcía por donde pasaba y en eso radica precisamente lo que alienta la lectura de este libro; pues aunque no niega la templanza del hombre, a quien no le tembló la voz para reclamar su fusilamiento ni la mano para cometer un homicidio, nos lo entrega en un papel empático y simpático en el que resulta fácil confiar.

Memorias de Pancho Villa es un referente ante la incredulidad de aquellos lectores que ven en el relato las impresiones políticas del escritor mexicano, quien después dirigió la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos en 1959 y llegó a la Cámara de Senadores una década después por parte del Partido Revolucionario Institucional, lo cual le permitió llevar al Congreso de la Unión el nombre de Francisco Villa, inscrito en letras oro entre los héroes de la Revolución y el correspondiente traslado de sus restos al monumento homónimo. Sin duda, la crónica militar engrandeció por el talento literario del escritor chihuahuense que consolidó el relato gracias a su papel de testigo, el cual le permitió adoptar el tono real de Villa y completar lagunas con la información que él conocía.

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En el norte del país, en Chihuahua desde donde escribo, se conserva una tradición villista en la que se le enaltece y se le recuerda cada año con una cabalgata que parte de Ciudad Juárez hasta Hidalgo del Parral, donde los espera el festejo de las Jornadas Villistas con presentaciones musicales, la escenificación de su muerte y un homenaje. Un contingente nunca menor a 300 caballerangos inicia el recorrido desde el Portal del Milenio, y a través de su paso por el estado se integran hasta 4,000 jinetes más, sin contar a los miembros de sus familias que los siguen para establecer los campamentos, regaderas y corrales en donde pasarán la noche. Una vez desmontados y a punto de despedir el día, se escuchan corridos, alguna declamación villista y anécdotas, pues todos conocen a alguien que conoció a otro que luchó con el general o lo vio de cerca. A los montados los dirige el organizador de la cabalgata y otro hombre personificado con el atuendo militar con que aparece Villa en variadas fotografías. La tradición inició en 1995, 25 años después de la labor de Guzmán, lo que me hace cuestionar si fue la importancia que cobró la literatura revolucionaria que inauguró el ateneísta o la existencia de una tradición oral que ameritaba ser escuchada, lo que intervino para dotar de tal fuerza el recuerdo del revolucionario. En cualquier caso, su valor es insondable.

Venimos de una cepa de hombres valientes, que incluso en la lejanía de las montañas norteñas, continuaron sus sueños de justicia y libertad, por los que lucharon con suma astucia estratégica desvelando traiciones, enfrentando sus personalidades y dando el innegable paso a la modernidad mexicana. Pocas veces lo hicieron pacíficamente; sin embargo, los frutos de la Revolución aún son tangibles y nos hacen herederos de la valentía que se reafirma ante cada acto de injusticia y nos anima a la toma de acciones decisivas para encarar los problemas. Por ello, vale la pena cuestionarnos si nuestra posición inquisidora ante situaciones, llámense manifestaciones feministas o la propia defensa del agua en nuestro estado, consiste realmente en el problema.

 

En pleno siglo XXI volvemos a la espiral histórica donde se concibe la idea del progreso desde una visión porfirista que poco se encara con la lucha de los ideales nacionales y homogéneos, los cuales infortunadamente, no distan mucho de la pelea revolucionaria. Por lo que, en tiempos de aislamiento voluntario, vale la pena tomar en nuestras manos este texto que confina el pasado a una lección historiográfica que, de no conocerse, se repetirá inevitablemente.

Graciela Armendáriz Chávez

Camino a la utopía

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No estoy seguro si los hombres tengan mucho más qué decir en la literatura. Pienso que la mayoría siguió los patrones que ciertas figuras de finales de los sesenta pusieron como estándar. En Ciudad Juárez, fue en la década de los ochenta que la voz masculina se impuso como un canon forzado, más con poder que con calidad literaria; ni hablar de la crítica. En cambio, a nivel global han sido las mujeres quienes desde hace un par de décadas marcan los rumbos de la literatura, de la narrativa, de la poesía, del ensayo. No solo la forma, sino el contenido. Esos temas que han quedado durante años rezagados, casi invisibles para el hombre que escribe, se volvieron poco a poco los temas que las mujeres han comenzado a tratar.

Pienso, centrándome en México, en Fernanda Melchor, cronista y narradora veracruzana. En su primera novela, Falsa liebre, toma el horror del trópico (porque, contrario a lo que se cree, el horror es global y no solo un asunto del desierto), para narrarlo sin mucho artificio, más con una cadencia decimonónica que con el muchas veces petulante estilo del siglo XXI. En poesía, recuerdo un largo listado de mujeres que han tomado la forma y el fondo en función de la literatura, para subvertirlo todo y volverse, ellas, la base de la poética mexicana de inicio de siglo. Juana Adcock, con un diálogo entre varios idiomas, encuentra fosas que trazan la anatomía de la violencia en Manca, editado por la FETA en 2013; Yolanda Segura, en O reguero de hormigas, se apropia de un color para desdoblar gradualmente todos los rostros que la sangre puede tener; Iveth Luna, por ejemplo, hizo un trazo diferente para mostrar, con metáforas soterradas, la violencia que se vive siendo mujer: desde lo más íntimo hasta lo global. Sería fácil alargarme con nombres, pero lo que busco en estas líneas es re-entender una parte de la literatura juarense. En el ámbito local, hay mujeres que han venido delineando, de maneras diversas, una poética diferente de la forma común en que se había convertido la poesía. Ya no son los congales, ni las copias a los ya de por sí misóginos manifiestos nalgaístas; percibo ahora en la poesía juarense una mirada mucho más interior a la mujer misma; dos ejemplos de esta nueva poética, ambos con aciertos y errores: Nabil Valles y Karen Cano. Entre el “Tengo veinticuatro años y la edad matinal de los ancianos / que ven amanecer, en las lindes del tiempo, / cada día más temprano” y el “Nací en el 90 / empecé a llorar a las 6 en punto / a los 26 no descubro cómo dejar de hacerlo”, respectivamente.

El horror de la violencia en Juárez se volvió, de cierta forma, en un asunto que los hombres “aprendieron” (así, entre comillas) a manejar en sus textos. No es tanto el deber-ser del poeta, si es que podemos –que se puede– hablar de una ética poética, sino un ansia de no quedarse fuera de la narrativa de los hechos que influían en la sociedad: la violencia puede ser un circo y vender con tanta avidez como se quiera. De esto ya ha escrito Antonio Rubio en su ensayo sobre la antología Desierto en escarlata. Si hablamos de poesía, no son solo un intento, hallaremos los de un gran porcentaje de escritores que buscaron tomar esa bandera para generar versos, que no siempre fueron su mejor producción.

La otra poética que las mujeres han explorado es la del horror, como en “Rento casa” de Arminé Arjona: “Zona Residencial / cochera electrónica / 4 recámaras  3 baños / jacuzzi  alfombrada / amplio patio / donde fácilmente caben / l5 a l8 muertos”. Esta escritora juarense ha sido una de las que, desde una poética del horror, ha generado su propia línea literaria. El escarnio con el que se narra la violencia se vuelve el epicentro de un andar poético y artístico, sumado a una denuncia social. Otras dos mujeres de las que podría hablar en relación con la violencia y el horror en la literatura local son Jazmín Cano y Micaela Solís. La primera se acerca sin tabús a la violencia, tanto como mito fundador como eclosionador de la sociedad y de la propia persona, lo cual se puede ver en Miedo (Sangre Ediciones, 2018).

Micaela Solís, por otro lado, no solo conjuga la denuncia social con la poesía, sino que sus hallazgos con el lenguaje son más que destellos de una lírica pura y luminosa. Creo que localmente no se ha puesto a la altura necesaria a la literatura escrita por mujeres. En cambio, se ha alimentado a la poesía juarense con los mismos clichés que existen desde finales de los ochenta. Micaela Solís escribió Elegía en el desierto: in memoriam en 1997, poemario pensado como un performance, o para enunciarse en voz alta, poesía en crisis, escribe ella misma al inicio del libro. En el 99, salió de imprenta El silencio que la voz de todas quiebra, libro colectivo que me parece toral para comprender el horror de la frontera. Ambas publicaciones toman como eje el feminicidio y el infanticidio, temas que, a pesar de ser esta zona geográfica la de mayor estigma, pareciera casi eliminado de la literatura; en cambio, la misoginia de ciertos versos ya rancios, que no lograron sobrevivir ni una década, son lo que representa a la poética juarense.

El trabajo de Micaela es una costura invisible. Eduardo Milán, poeta uruguayo, conceptualiza que cierta poesía latinoamericana está marcada por el signo de la utopía, sobre todo en la década de los setenta y ochenta. Milán asegura que en la década anterior al cambio de milenio se perdió ese anhelo, convirtiéndose en la poesía del después: la pos-utopía. Sin embargo, Elegía del desierto no va hacia ella, ni tampoco es poesía del después, sino de un presente horroroso. Poesía que escrita en el 97 (y publicada hasta el 2004 por la UACJ), podría estar hecha diez años después, en el 2007, o justo ayer, y seguiría teniendo esa lamentable frescura. De no ser por la narrativa del horror, sería de festejarse que algunos versos logren tener una presencia viva en cualquier época. La poesía de amor y muerte lo logran, pero a su favor tiene la universalidad del tema. En Elegía no es solo que el feminicidio siga siendo un tema en la frontera; sino que esos descubrimientos de verdadera poesía le dan una vitalidad envidiable con relación a sus coetáneos. Reconozco que dentro del trabajo de Micaela Solís hay una contra-utopía, una suerte de denuncia. La utopía traza el camino, pero la realidad quizá marca el de la poesía.

Ignoro el proceso de creación de esta poesía en crisis. Lo que veo, desde una mirada a la forma, es una repetición de versos: “A su cumbre infernal / alzábanse mis gritos como llamas / y todos los oídos fueron sordos; / les era necesaria la escala de mi sueño / a él / y al otro / y al otro / y al otro / y a todos…, / para cumplir exacto mi designio, / tanto más hondo como frágil la escala de mi cuerpo. / Al peso de la culpa no volverán a ver la luz, / su patria es el abismo”. Como performance, la duplicación genera una serie de fonemas que el espectador comienza a reconocer, incluso sin su significado. Los sonidos se vuelven parte de la atmósfera. Las mismas sílabas generan no solo un ritmo interno, sino que dotan de reconocimiento lo que se dicen. Interpreto la repetición en el poemario como un símil a la violencia. Se repite y se repite y se repite…

Traspasar la realidad al texto no siempre es afortunado. Un feminicidio debería pertenecer al campo de la imaginación y no a una triste realidad que se vuelve verso, y después denuncia y después catarsis. Darle visibilidad a libros como Elegía en el desierto, a sus temas, no solo nos reabre un eterno debate como sociedad, sino que desde el ámbito literario, sobre todo en la frontera, nos plantea una duda, que lleva cierto tiempo dando vueltas. ¿Realmente se le dio la voz y la batuta de la literatura a quien se lo merecía? Necesitamos, y merecemos, repensar la tradición escrita en Ciudad Juárez, para entender los caminos, y, ahora sí, encaminarnos a la utopía, al menos literaria.

César Graciano

Texto publicado originalmente en Sinembargo,mx 

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Contra la pretensión del olvido

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Uno: Contra la pretensión del olvido

  1. Candia es la precursora de la crónica breve fronteriza desde la perspectiva femenina.
  2. Sus crónicas (publicadas en los periódicos de los años 80) unen literatura y periodismo; estilo personal y giros idiomáticos juarenses; unen el ensayo y la descripción (a veces lírica) de un evento o de un personaje alegórico.
  3. El libro Mujeres eternas: crónicas de Adriana (2016), se puede leer como el archivo de una época y como la perspectiva literaturizada de una realidad. Dualismo textual: relatos literarios y literalidad testimonial.

  1. El artículo periodístico es útil y efímero: tiene fecha de caducidad; al cumplir su papel informador pasa a ser archivo para el antropólogo social y para el historiador.
  2. El texto literario, en cambio, busca trascender a través de un personaje memorable: una escena debe ser breve y perfecta. Un texto literario si es malo se olvida pronto; si es bueno (como son las crónicas de Adriana), se queda en la atmósfera interior de sus lectores.
  3. Leemos la crónica urbana para enterarnos de un suceso clave o de un personaje emblemático que representa una época, y para disfrutar de una perspectiva estética (lo que todavía llamamos ‘el estilo literario’) que ha sabido condensar un momento real en palabras precisas.
  4. Recordemos: en Ciudad Juárez hubo varios cronistas importantes que publicaron sus artículos en libros: Armando B. Chávez (El pensamiento y obra de ilustres chihuahuenses, 1976; Riqueza cultural y artística de Ciudad Juárez, Chihuahua, 1985); Ignacio Esparza Marín (Historia de la imprenta, 1978; Monografía histórica de Ciudad Juárez, 1986-1991); David Pérez López (Historias cercanas, 2004; Los años vividos, 2005), Raúl Flores Simental (Crónica en el desierto, 1994; Crónicas del siglo pasado, 2013), así como otros periodistas que escribieron sobre la vida nocturna juarense.
  5. Raúl Flores Simental es el que le da a la crónica juarense la categoría de excelencia literaria, con un estilo conciso, ameno, didáctico, y una propuesta emocional precisa: podemos ver el pasado a través del prisma de su nostalgia y su humor irónico.
  6. Adriana Candia escribió en su prólogo a Crónicas del siglo pasado lo siguiente: Flores Simental nos regala: un “tesoro de instantáneas’, ‘cápsulas de información’, ‘retratos de los juarenses en determinado momento o circunstancia’, ‘donde aparece la esencia de lo que hemos sido y somos’, con un dominio de ‘la frase, la palabra y la imagen exacta’, con ‘una gran dosis de nostalgia’, y ‘el toque lúdico’, ‘con su particular uso del lenguaje y la elección de una imagen especial arrancada del mismo pueblo’, son retratos de ‘personajes, costumbres, rituales y pasajes urbanos.”

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  1. Con las crónicas de Flores Simental, apunta Adriana, “podíamos suspirar, sonreír, emocionarnos o simplemente vernos reflejados en unos cuantos pincelazos que pocas veces alcanzaron la extensión de dos cuartillas’. Su obra es ‘un compendio para la sociología o la microhistoria’ y un ‘cofre literario’, ‘una gran herencia, nuestro espejo.”
  2. En el libro de Adriana los personajes femeninos son alegorías de la víctima social: la sirvienta que cruza todos los días a El Paso, la mujer que vive las falsas oportunidades del subempleo, la que se renta para el baile, la luchadora, la que vende ropa usada, la indígena indigente, la soñadora que vive en la miseria absoluta.
  3. Adriana se enfoca en un personaje para hablarnos del ‘tejido social’ general; sus protagonistas son partes de un todo y ese todo es un contexto ‘disfuncional’: el irónico ‘mejor de los mundos posibles’ volteriano, el lugar que nos tocó vivir y dar un testimonio literario.
  4. Las crónicas de Adriana ejerce la crítica cultural femenina: literatura ‘de género’, feminismo de facto, sí, pero desde la sátira: da gusto leer la mofa que Adriana ejerce contra la misoginia, la hipocresía oficial y el lenguaje encrático adocenado (esa gramática de lo mediocre celebrado por el poder). La sátira exige un lenguaje carnavalesco (a la manera Monsiváis), la literaturización de la palabra cotidiana revirada contra el enemigo cultural.

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  1. Subrayo una estrategia literaria de Adriana: la brevedad. Son textos breves porque así lo exigía el formato periodístico: la media cuartilla o una cuartilla y media es la medida, el espacio que ‘generosamente’ ofrecen los diarios locales. Adriana logró hacer de ese problema la solución: en un mínimo de palabras, darle un máximo de significados. La economía obligó a la precisión, a la concisión, sobre todo a la densidad de ideas y comentarios.
  2. De las 42 crónicas, sólo dos exceden las 800 palabras: “Las tropas de entonces” con 863 palabras, y “Pasajeros con destino…” con 891 palabras. En cambio, la mayoría de las micro-crónicas constan de 300/350 palabras, las más breves: “Canto, sudor y lágrimas” tiene 265 palabras, “Descubrió la espera”, 303 palabras, y “Una de vaqueros”, 313 palabras.
  3. Otras características son la precisión de frases y uso de parodias contra el lenguaje dominante (el lenguaje tevecrático de la época). El riesgo consiste en parodiar en un país donde apenas se conocen las referencias culturales-literarias (las referencias intertextuales, las citas (o)cultas que aparecen en cada una de las crónicas de Adriana. Hay que tener un conocimiento de la cultura de la época para gozar de las sátiras propuesta por la autora, esto lo sabe ella, de allí su glosario incluido en la última sección del libro).
  4. La crónica breve es un estilo, un género, y también un vehículo para expresar una ideología personal: la crítica social. La mayoría de las crónicas de Adriana son denuncias de una forma de injusticia; los personajes sirven de alegorías de la condición marginal. Detrás del humor literario está la responsabilidad de tratar temas serios en formatos breves, de anécdotas pensadas para hablar de lo que los sociólogos llaman ‘la subalternidad fronteriza’.
  5. No es un humor ‘facilista’, es un humor que a veces se vale de la retórica subtextual (escondida, ya lo mencioné) y extratextual (relacionada con otro texto de la época). Son crónicas breves donde se condensa la simpatía por las víctimas sociales, la admiración por el ingenio de la sobrevivencia y contra la apatía de los que han originado esta condición sociopolítica.
  6. También son crónicas de una fuerte emoción nostálgica. La nostalgia es una forma de sentir el pasado, lo vivido como una forma exclusiva y a la vez compartida. Entendemos la nostalgia de Adriana en sus imágenes de (por ejemplo) un amanecer cubierto de nieve. Nieve que de una pincelada eliminó la fealdad de la ciudad construida a retazos, con las sobras del país vecino. La nostalgia es también literariamente selectiva y colectiva.
  7. Los recuerdos de Adriana son ahora nuestros.

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Dos: Las voces de nuestra ciudad

  1. Hablaré brevemente sobre algunas de las crónicas de Adriana, las que reflejan crítica social y las que hablan de una profunda emoción nostálgica.

A) La micro crónica “Mazahua”, es la historia de una mujer indígena que llegó a Juárez huyendo de la miseria del campo mexicano; ahora vive en la miseria de la urbe juarense. Pobre y nostálgica “se acordó de aquel paisaje de Toluca que miraba cada mañana al despertarse. Un cielo amplio y limpio bordeando el cerro y sus verdores, confundiéndose con el humo de las casitas recién despiertas.” Su vida en Juárez es la de un personaje invisible, presencia ignorada, vida anclada en lo más amargo de la agonía social.

B) La micro crónica “Las que se van” es la historia de una joven que decide irse a Estados Unidos; sus planes, el suspenso sostenido del viaje, el cruce al otro país y su trabajo rutinario, cumplen el ciclo de un destino emblemático. La vida del personaje es la vida de millones de mujeres emigrantes: “Escribe de vez en cuando, llora alguna ocasión, trabaja diez horas diarias y piensa poco en volver porque ahora ya lo sabe: Como ilegal nunca tendrá la fortuna con la que una vez soñó regresar.” Es otro personaje más que vive más allá de la marginalidad: ella es el resultado de una sociedad que necesita esclavos desechables o deportables si acaso exigen algo tan remoto como es una existencia humanamente decorosa.

C) La micro crónica “Ranazos, y quebradoras” es la descripción lúdica, humorística y también lírica de las reinas del costalazo, las luchadoras: “¡Chíngala! ¡Chíngala!’, silbidos, aplausos, ‘¡Mátala Canalla!’, ‘¡Mátala para que aprenda!’. Silbidos, piedritas, cáscaras de cacahuate, pedazos de naranjas, semillas y toda una colección de restos de comida masticables reciben a las mujeres luchadoras en la escena.” El ambiente adecuado para el espectáculo de lo estrafalario que los culturalmente pobres tienen por desfogue: “Suenan los ranazos, las planchas y las quebradoras; la asistencia aúlla, el réferi también patea y lucha, pero ellas siguen fingiendo sin hacerse daño; un último maromeo acaba con la pelea, los que pagaron se quejan y protestan con otra lluvia de cascarazos, pero ya hay vencedora y las dos sonríen mientras se encaminan al vestidor. Adentro se dan la mano, reciben sus 30 mil y el espectáculo sigue afuera.” Gracias a la descripción, la enumeración de acciones rápidas que ocurren en el cuadrilátero, los que conocemos ese espectáculo recordamos otros momentos del pancracio épico, y al mismo tiempo, gracias a la destreza literaria de la cronista, apreciamos haber presenciado un momento grave y patético del Arte del Costalazo.

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  1. Ahora cito y comento tres ejemplos de las crónicas de la nostalgia literaria de la autora:

A) La primera, tal vez la más representativa del estilo de Adriana, se llama “Huele a lluvia”, es una crónica que se aleja del comentario social y se sumerge en los recuerdos personales, los recuerdos de niñez, que (entendámoslo así) es un recuerdo colectivo, un recuerdo ‘que hace comunidad’, como dijeran los sociólogos. ¿Qué juarense (de los años anteriores a la invasión a los cerros del poniente) no disfrutó de la lluvia de los veranos, sus olores a campo? “El inconfundible perfume a gobernadora y tierra húmeda eran el único, pero feliz anuncio de aquellas lluvias de verano repentinas; aroma de milagro sobre la tierra reseca, moribunda, ya para finales de junio; sólo unos momentos antes de los chaparrones que llenaban de alegría, aunque sea unos minutos, el lomerío y el desierto de Ciudad Juárez.” A unos el sabor, el olor a una magdalena les da para la búsqueda del tiempo perdido, a otros un olor a tierra mojada les da para recordar lo mejor de los tiempos de ayer.

B) “Casa con pájaros” es otra crónica o microrrelato que habla de aquellos ancianos que llegaron a Ciudad Juárez con sus costumbres campiranas, viviendo en casas con patios llenos de flores y tardes de conversaciones pausadas, y el constante escándalo de las aves en sus amplias jaulas: “La pareja gastaba las horas cuidando gorriones de plumaje simple, pero hermoso canto; cotorros habladores que sabían silbar y decir dos o tres palabras; loros, pajaritos de amor amarillos, azules y verdes y muchas aves más con plumajes bellos que comían frutas y semillas.” Momentos que muchos juarenses vivimos, pero de los que sólo una autora guarda en la memoria colectiva de la crónica.

C) “A la puerta” es micro crónica dedicada a los vendedores ambulantes, los que ofrecían con sus gritos (gama de estilos) las yerbas medicinales, la golosinas, los tamales: “Todos estos hombres hacían un alto en nuestras sencillas vidas por unos minutos cada día; pero se quedaron en los recuerdos de aquellas calles polvorientas. ¿A dónde habrán ido ellos y cómo habremos quedado en su memoria?” La memoria es una imagen poblada con frases que describen momentos, esos que Adriana vivió, que ahora vivimos a través de sus palabras.

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  1. Las características de una crónica perfecta fueron descritas por Adriana en su prólogo al libro de Flores Simental. Puedo decir que sus palabras se aplican también a Mujeres eternas, su propia obra: brevedad, literaturización, elección de personajes y eventos claves que perfilan en su microcosmos una ciudad y su interminable duplicación de destinos paralelos, similares, agónicos y nostálgicos.
  2. Ante la gravedad de la vida efímera (parece decirnos Adriana) sólo nos queda dejarla bien escrita. Tales son nuestras memorias, al fin y al cabo: juarenses.

José Manuel García García
(Profesor Emérito, NMSU)

“Pero si casi no hay juarenses”

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De entre los recuentos bibliográficos realizados por José Manuel García, llamó mi atención un libro escrito por una periodista juarense y publicado en la frontera en 1991, imposible de conseguir, pero bien resguardado en Colecciones especiales de la UACJ (Fondo Chihuahua). Además, la columna de Juaritos Literario en SinEmbargo.mx de este sábado, escrita por el mismo profesor emérito de NMSU, tratará sobre la escritura de otra autora fronteriza, Adriana Candia, quien colmó los diarios juarenses desde la década de los 80’s con sus crónicas literarias. Ambas noticias me sirven de contexto y pretexto para reseñar, y, sobre todo, para ofrecer algunas de las entrevistas incluidas en el libro titulado Juarenses, de Cecilia Ester Castañeda, dedicado “A todos los que dan vida a la frontera donde he crecido…”. La publicación, impresa por la editorial El Labrador, “que se encontraba en la Ave. Malecón frente a donde ahora están las oficinas del Gobierno del Estado” (me aclara la escritora), se compone de una sugerente “Introducción” y 33 entrevistas que muestran un abanico de distintos perfiles, oficios e intereses de los residentes de Ciudad Juárez.

En la parte preliminar, Cecilia Ester Castañeda recuerda la respuesta que recibía cuando comentaba el tema del libro en que estaba trabajando: “Pero si casi no hay juarenses”. Razón suficiente para que se empeñara en sacar a la luz “la divergencia de opiniones respecto al significado del gentilicio local. ¿Exactamente qué es un juarense?” Ella entiende que si el actual millón y medio “de personas que respiran, comen, trabajan y duermen en Cd. Juárez no entra en esa categoría estamos ante un caso de desarraigo”. La misma condición geopolítica de una ciudad de paso, de asilo momentáneo o de resguardo durante el camino genera que el concepto de población sea tan variado y oscile entre la “frontera más fabulosa y bella del mundo” y un paraje cubierto por “cantinas y maquilas”. La periodista, locutora, traductora y socióloga también comparte parte del proceso de investigación y la metodología para retratar la vida fronteriza a través de diferentes voces en ambos lados del Bravo. “El resultado es este libro, un capítulo en la búsqueda de mis raíces”, una invitación para actuar desde la apropiación y el afecto.

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Bienvenida esta obra, escribió a inicios de la década los 90 el arquitecto José Diego Lizárraga (debajo de un retrato de Cecilia tomado por Carmen Amato), “para quienes amamos a este terruño polvoriento, de clima extremoso, de penetración basural (que no cultural) de su vecino del norte”. Los héroes de esta “estructura inarmónica, antiestética, heterogénea” que llamamos nuestra casa, continúa el antiguo director del Museo de Arte de Ciudad Juárez, “no están en bronces, tal vez sólo en adobes”. Retomo esta última referencia para cerrar la reseña con mi entrevista favorita, la de la artista plástica bifronteriza Mago Gándara, quien se preciaba de utilizar en sus obras la materia prima de la zona, y añoraba que: “Si hay plantas gemelas para el negocio, ¿por qué no puede haber plantas gemelas de galerías o centros culturales?” La Casa Estudio Cui, en donde concluye nuestra ruta literaria Tenayokan: la ciudad de Mago (coorganizada con el mismo Museo de Arte), aún conserva las piezas y la fuerza intacta de ese anhelo, “el legado de una lucha solitaria por impulsar la vida artística en la frontera”.

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Urani Montiel

Boreal: sala de lectura

El trabajo documental y de archivo del colectivo nos ha llevado a textos destinados (o que pueden ser adaptados) para un público infantil. Desde septiembre de 2019, y gracias a la incorporación de la psicóloga infantil Cinthya Rodríguez Herrera, hemos puesto en acción ese material a través de talleres en los que compartimos con niñas y niños el placer por la lectura a partir de la vinculación y arraigo con la tierra del norte, una zona boreal en donde jugar y experimentar con señas de identidad.

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La iniciativa Boreal: sala de lectura es una serie de videos en donde los y las pequeñas compartirán sus textos favoritos. El objetivo de la sala virtual es doble. En primer lugar, promueve el ejercicio de la lectura, al tiempo que difunde el patrimonio literario del norte mexicano. Como residimos en Ciudad Juárez, nos interesa sobremanera la frontera, sus dinámicas y los discursos que la atraviesan, por lo que también incluimos las letras del suroeste norteamericano. En este punto, no habría novedad en cuanto a los cometidos de Juaritos Literario.

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En segundo lugar, entendemos la sala de lectura como un laboratorio de autopercepción en el que los participantes gestionan, en la medida de lo posible, la selección de los textos, teniendo control sobre el espacio o set de grabación, vestuario y demás detalles que los hagan sentirse verdaderamente autores de los contenidos. La interacción en redes sociales –controlada tanto por los miembros de Juaritos Literario y asistida por los tutores de los menores– promoverá la autoestima de nuestras pequeñas lectoras, al tiempo que incrementarán sus habilidades comunicativas, como la expresión corporal y las aptitudes lingüísticas.

¡Ser norteña desde pequeña!
¡Lecturas breves pa’ puro plebe!

Juaritos Literario

 

Nadie me lo dijo, yo lo viví: la Toma de Ciudad Juárez en perspectiva

Leer Ciudad Juárez, versiones de una toma: 1911 resulta una experiencia diferente, ya que pocas veces se tiene la oportunidad de escuchar diversas voces sobre un mismo evento. Continuamente oímos que se dice “¿qué voy a saber yo? No conozco la otra parte de la historia”; por ello, este libro, publicado en 2011, resalta al ofrecer una variedad de testimonios que retratan los antecedentes, el inicio, desarrollo y el final de un evento decisivo para la Revolución Mexicana: la Toma de Ciudad Juárez, efectuada entre el 8 y 10 de mayo de 1911. Los dos días y medio que duró la batalla significaron el principio del triunfo del movimiento maderista.

La compilación de las dieciséis versiones, perspectivas o historias la realizó José Manuel García-García, juarense nacido en 1957 y autor de otros libros con temática histórica como Don Rómulo Escobar: Selecciones de artículos y ensayos 1896-1946 y el poemario Guardamemorias y Paso del Norte: Ciudad Juárez: Textos de su historia y su cultura (1535-1899). Ciudad Juárez, versiones de una toma: 1911 viene acompañado por una selección de imágenes de Rubén Mejía, las cuales muestran a los involucrados y algunos momentos relevantes de la batalla. Además, cuenta con una introducción a cargo del propio antologador y, al final, con una bibliografía de las fuentes consultadas. García-García divide los textos de los dieciséis hombres que, de una u otra manera, estuvieron involucrados en la Toma, en cuatro grupos. Primero se encuentran los periodistas: Gonzalo G. Rivero, T.F. Serrano, Timothy Turner y Alberto Heredia; luego, los civiles: los médicos Ira Bush y Francisco Vázquez Gómez, Roque Estrada y Francisco I. Madero; el tercer grupo lo conforman militares de ambos bandos: el general Juan Navarro, Rafael Aguilar, Francisco Villa, Giuseppe Garibaldi, Máximo Castillo, Heliodoro Olea Arias y Marcelo Caraveo; por último, en un grupo aparte, el investigador incluye al cronista Armando B. Chávez.

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Este emblemático acontecimiento, según el historiador Pedro Siller (cuyo libro 1911. La batalla de Ciudad Juárez/ I. Historia se reseña en la introducción), decidió el destino de la Revolución, ya que puso a prueba a personajes reconocidos en la cultura popular como Pnacho Villa y Pascual Orozco y llevó al poder a Francisco I. Madero. A través de estas versiones descubrimos actitudes, decisiones y microhistorias que muestran las raíces que impulsaron el enfrentamiento y las condiciones que permitieron el triunfo de los insurrectos. Si duda, leer dieciséis veces sobre el mismo hecho resulta un tanto abrumador, pero solamente así podemos contrastar las perspectivas y vislumbrar los diferentes objetivos que cada uno de los participantes tenía, dependiendo de sus intereses y de su bando. Por ejemplo, las cartas de Madero buscaban reafirmar su autoridad, tan cuestionada por otros, y demostrar que siempre persiguió la paz. El informe del general Navarro, en cambio, escrito casi un mes después, deja constancia de su lucha para obtener la victoria y que si no la consiguió se debió a que las condiciones de los federales se encontraban en clara desventaja en cuanto a número de hombres.

            Las versiones abarcan diferentes momentos de la Toma, desde los antecedentes que cuentan el periodo de armisticio hasta lo que ocurrió después de la victoria de los revolucionarios. A continuación, resaltaré cuatro puntos que me parecieron interesantes o divertidos por sí solos o al contrastar las diferentes visiones. El primero recaen en el inicio del combate, un hecho bastante contradictorio y confuso. Serrano y Heliodoro Olea Arias apuntan que las hostilidades comenzaron debido a unas declaraciones del coronel Manuel Tamborrel, dadas a la presa extranjera, donde injuriaba a los revolucionarios llamándolos “roba gallinas”, esto aunado a los bajos ánimos que circulaban entre los bandos porque todos querían atacar. En la misma línea se encuentra el doctor Francisco Vázquez Gómez, pues afirma que los federales los insultaron diciéndoles miedosos, lo que provocó el ataque de forma intempestiva. Gonzalo G. Rivero y Manuel Caraveo ofrecen distintas perspectivas. Según el primero, una amiga de los revolucionarios cruzó el río al amanecer y los federales trataron de detenerla, por lo que sus amigos acudieron a ayudarla y así iniciaron los tiros. Caraveo, en cambio, asegura que Orozco y Villa planearon el comienzo del ataque sin las órdenes de Madero, ya que este insistía en un acuerdo de paz.

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En segundo lugar, destaco los testimonios de Alberto Heredia y Rafael Aguilar que describen las condiciones de los federales y cómo se diferenciaban de la actitud revolucionaria. Heredia compara la capacitación y las fortificaciones de los militares, quienes se limitaban a acatar órdenes, con la perspicacia y el arrojo de los insurrectos, los cuales demostraban con sus acciones el interés por ganar. Aguilar, por su parte, señala el descontento de algunos soldados y oficiales federales respecto al general Navarro, situación que refleja el desencanto entre los combatientes. Incluso en otros textos se menciona que, al caer capturados como prisioneros, los soldados gritaban “Viva la Constitución” mostrando su apoyo a la causa maderista.

            Asimismo, resaltan aquellos que utilizaron la pluma para describir su experiencia personal durante los días de la Toma y dejar constancia de sus aportaciones a cuento a la victoria revolucionaria. Máximo Castillo relata que siempre estuvo del lado de Madero, incluso en momentos de tensión y enfrentamiento, por lo cual recibió felicitaciones y agradecimientos de parte de los padres del presidente provisional. Villa también se declaró, con orgullo, fiel seguidor de las órdenes del líder. Para el Centauro del Norte lo importante consistía en seguir al pie de la letra sus palabras y declara que si lo desobedeció en algún momento (como en el enfrentamiento que protagonizó junto a Orozco) fue porque su inocencia permitió que los demás se aprovecharan. Por otro lado, Roque Estrada deja ver su descontento con Madero, pues, según él, su actitud de dirigente reflejaba cierto aire de fingimiento, por lo cual lo califica como indeciso y con una severa falta de autoridad. El doctor Ira Bush relata su propia aventura sobre cómo y por qué detonó sus primeros disparos para defenderse de los ataques de los federales con sus dos armas, apodadas “Tom” y “Jerry”.

            El último punto que me interesa señalar tiene que ver con la rendición de Navarro. Giuseppe Garibaldi relata que los federales intentaron en varias ocasiones izar una bandera blanca para oficializar la derrota, pero los disparos de los revolucionarios cortaban la soga con la que la sostenían y por ello la batalla no culminaba. Armando B. Chávez, en cambio, declara que el vencimiento del bando federal se debió al hambre, la sed, la falta de refuerzos y el agotador combate al que fueron sometidos los soldados. Esto último también lo afirma Navarro en su reporte y agrega que decidió rendirse para no abusar injustificadamente de las fuerzas de sus hombres.

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            Finalmente, menciono a Timothy Turner, quien aportó microhistorias que, más allá de las grandes figuras de la batalla, se centran en los revolucionarios sin nombre, ni rostro conocido. Narra, por ejemplo, la anécdota de un hombre quien, en medio de la cruzada, se encontró con un acordeón y comenzó a tocarlo, dejando de lado, por un momento, su arma. También habla sobre un combatiente que, además de su rifle, llevaba una máquina de coser, la cual resguardaba para poder disparar. El testimonio de Turner sobre este tipo de situaciones tan humanas nos muestra, en dicho caso, que el empeño en el cuidado de la máquina consistía en el anhelo de llevársela a su mujer, quien lo esperaba en Villa Ahumada.

            Como puede apreciarse, cada una de las Versiones de una toma: 1911 persiguen distintos objetivos y se cuentan desde un particular punto de vista. Esta compilación permite el contraste entre testimonios y, además, deja ver que quienes escribieron fueron personas de carne y hueso, presentes en esos momentos tan lejanos para nosotros. La compilación de José Manuel García-García nos invita a reflexionar que aquí, en Ciudad Juárez, se libró una batalla decisiva, la cual no fue alentada y ganada únicamente por el interés del triunfo revolucionario, sino por motivos tan respetables como la lealtad a la causa y a sus líderes, y otros más humanos como el simple gusto por la música de acordeón o el empeño de guardar un regalo especial obtenido del botín para mantener la ilusión de volver a ver a la persona amada. Al desentrañar estas historias entendemos más de cerca la complejidad, humana, táctica y política, que atravesó y caracterizó a la Revolución Mexicana

Fernanda Villalobos Ocón

“Ciudad nueva” al Suroriente

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La fábrica del crimen, novela publicada en el 2012 por la periodista Sandra Rodríguez Nieto, va de lo particular a lo general mientras indaga en algunos hechos violentos que tuvieron lugar en Ciudad Juárez a raíz de la guerra contra el narcotráfico. El texto narra la historia de Vicente León, un estudiante del Colegio de Bachilleres número 6, quien en el 2004 planeó y ejecutó el asesinato de su propia familia, les prendió fuego; además inventó un secuestro y pidió 200 mil dólares de rescate por ellos. El delito se consuma con la ayuda de sus compañeros de clase: Eduardo y Osiel (Uziel en la versión literaria). En la escena del crimen, el paisaje urbano emerge como elemento antagónico a la impetuosa situación: “Una camioneta Explorer, sin placas e impactada contra el tronco de un árbol, empezó a consumirse en un fuego que esa madrugada de mayo contrastó con la oscuridad del Camino a Zaragoza, una vereda arcillosa que atraviesa los escasos plantíos de esa parte del valle del Río Bravo, la menos desértica de Ciudad Juárez”. Los tres amigos miden sus actos respecto a la conciencia de impunidad que impera sobre la sociedad fronteriza de la época, por lo que asumen que el triple homicidio difícilmente sería rastreado hasta encontrarlos culpables. La captura y procesamiento de los adolescentes criminales solidifica uno de los puntos que la autora pretende destacar en el libro: que los casos sin resolver regularmente permanecen inconclusos, no por falta de pericia en los elementos de seguridad e investigación judicial, sino debido a cuestiones que obedecen a intereses personales y al tema en general sobre la corrupción.

Sin embargo la historia no reduce su panorama a estos tres personajes. El Saik (Éder Ángel Martínez Reyna) “un joven que vivía en la calle Durango, en el fraccionamiento Bosques de Salvárcar, en el suroriente de Juárez” permea cómo la estructura social y el mismo diseño urbano han incidido de manera negativa en la formación de los sectores jóvenes y desprotegidos de la ciudad: “Cuando El Saik crecía en la década de los 90, en el suroriente no había zonas deportivas ni bibliotecas ni teatros ni ningún otro lugar en el que los chicos de su edad pudieran ampliar su universo. Solo estaban las calles, donde miles de viviendas del tamaño de la suya se multiplicaban como otro producto de manufactura hasta que terminaban abruptamente junto a algún lote baldío o el muro de alguna maquiladora”. Asimismo, su caso funciona para hablar sobre el crecimiento ralo de las zonas habitacionales en la “Ciudad Nueva” o “Ciudad Sur”, como le denominaron a esta zona los investigadores sociales. Estas áreas “se construyeron en torno a las maquiladoras y, con los años, se fueron mezclando con plazas comerciales, otras colonias viejas y escasamente urbanizadas (…). El resultado fueron decenas de barrios fragmentados como islas divididas por un mar de dunas y basura, que, por la inseguridad, hicieron letales los trayectos a pie y eliminaron del espacio público cualquier elemento que pudiera generar cohesión o fortalecer la identidad”.

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La narración desemboca en un espacio que reúne a Vicente y a El Saik, el Centro de Readaptación Social. El relato puntualiza que, si bien la administración del CERESO es responsabilidad del poder legal, su regencia suele estar en manos de las autoridades criminales: “Como uno de los centros de distribución de droga más importantes de la ciudad, el Cereso era asimismo uno de los negocios más seguros —con un mercado literalmente cautivo de más de mil reos adictos— y operaba gracias a un sistema de corrupción que nadie trataba siquiera de ocultar”. La construcción del espacio literario permite ubicar y exponer la corruptela del poder político para establecer un referente que explique distintos fenómenos de depravación en las altas esferas de la ciudad. Esto se encuentra vinculado con la manera en que nuestra sociedad comprende el concepto de justicia, así como lo ejemplifica con Vicente, Eduardo y Uziel, “cuyo caso evidenció que el crimen nos estaba contaminando a todos y que la impunidad, que hasta ese momento había sido planteada como un problema exclusivo de las víctimas, era en realidad un conflicto colectivo: la falta de castigo estaba enviado el mensaje de que todo estaba permitido”.

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Sarahí Robledo

Otras revoluciones: historias desconocidas del movimiento armado

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De la Revolución Mexicana se suela hablar mucho sabiendo poco. Queda la historia romántica de un puñado de hombres –forajidos, marginados y santeras– que decidieron, como por arte de magia, lo imposible: tomar las armas y rebelarse contra un régimen criminal, progresistas (para pocos), deshumanizante, como lo fue el de Porfirio Díaz. El sesgo en la enseñanza de la Historia de nuestro país, así como la postura parcial tomada por las autoridades educativas al momento de enseñar dicha etapa, resulta en una pobre comprensión del evento que marcó un antes y un después en la historia del México democrático. Estos parteaguas necesitan la atención y trabajo de investigadores (ya sean historiadores o narradores) para comprender su hondura, matices y reveses.

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Los procesos, contextos y secuencias causales a partir del escrutinio de fuentes documentales son la materia prima de los historiadores, pero esas narrativas historiográficas están plagadas de vacíos indescifrables; es decir, terreno fértil para los escritores. La novela histórica sigue siendo un género inagotable de ficciones, de posibilidades que encaucen lo ya ocurrido desde el terreno de la consecuencia. Pensemos en las numerosas novelas sobre la Revolución, como las de Martín Luis Guzmán o Mariano Azuela. También figuran las de autores no-testimoniales, lejanos del tiempo convulso pero anclados a sus secuelas, como Carlos Fuentes y Jorge Ibargüengoitia. En el mismo acervo, pero desde otra perspectiva, más íntima y cercana a los que sufrían las balas resguardados desde sus hogares, contamos con la escritura de Nellie Campobello. Sin embargo, me pregunto ¿cuál es el punto medio entre el quehacer científico y el arte de los fabuladores? ¿Se puede hacer Historia desde la anomalía, desde la particularidad que oculta una quebradura en los días comunes? Encuentro algunas respuestas en el libro que me ocupa en este ensayo, el cual se ubica en una factura periodística y testimonial, a manera de crónica.

Historias desconocidas de la Revolución mexicana en El Paso y Ciudad Juárez (Ciudad de México: Era, 2017), de David Dorado Romo, comenzó como la búsqueda exhaustiva, una cacería, de Pancho Villa llevada a cabo por el historiador, oriundo de José California. La casi obsesión que el mismo autor confiesa sentir por la figura del mítico y controversial militar mexicano le llevó a recorrer lugares tan distantes como Washington y la Ciudad de México. Además, optó como método de indagación caminar, es decir, transitar por los lugares que su sujeto de estudio solía frecuentar, y así, de alguna forma, merodear los gustos y costumbres que le ayudaran a reconstruir la vida de aquel hombre admirado por unos y odiado por otros. De esta manera, su recorrido por las calles de las dos ciudades fronterizas, separadas por un nuevo muro e innumerables discursos racistas y carentes de sentido, significó una aventura hostil, sobre todo del lado mexicano en donde un turista y un investigador son indistinguibles para aquellos individuos al margen de la ley. Pese a ello, la información obtenida sobre Villa arroja nuevas luces sobre su personalidad. Acontecimientos como sus encuentros y negociaciones con un espía alemán llamado Maximilian Kloss; su aversión al licor y preferencia por los postres y bebidas azucaradas, así como su gusto por las mujeres, teniendo a dos parejas viviendo a pocos metros una de otra. El objetivo principal Dorado Romo fue crear una psicografía de las dos ciudades, pero su búsqueda resultó en el hallazgo de material apasionante, invaluable, que otorga a la Revolución matices inéditos y da a las dos ciudades hermanas el papel que de verdad les corresponde en la historia binacional.

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Entre los sucesos más interesantes que el autor menciona en su libro publicado originalmente en inglés, bajo el sello de la editorial paseña Cinco Puntos Press, en 2005, destacan las constantes entradas y salidas de prisión de Ricardo Flores Magón y sus aún más constantes publicaciones “tercas”, como las nombra Romo, comenzando con El hijo del ahuizote hasta llegar al Tataranieto del ahuizote. Lo cierto es que los periodistas mexicanos refugiados del otro lado del Bravo desempeñaron su papel de informadores y agitadores, ya que en sus publicaciones motivaban la crítica al gobierno oligárquico que se había apoderado de México en aquel entonces. En El Paso, en vísperas de la Revolución, ser periodista era lo mismo que ser revolucionario. Como en nuestros tiempos, dicha labor no estaba exenta de riesgo, ya que la libertad de expresión tenía un límite y propasarlo implicaba el exilio, como bien lo sabía el célebre anarquista antes mencionado, y todos aquellos que vivieron en carne propia la censura, en ocasiones más implacable en el norte que en el sur de la frontera. Pocas veces concebimos a los periodistas el lugar que les corresponde, no solo como agitadores, sino como removedores de conciencias.

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Igual de interesante resulta la vida y obra de Teresita Urrea, nacida en Sinaloa pero cuyo impacto en El Paso y otros lugares del septentrión resultó importante para el movimiento revolucionario. A ella, La Santa de Cabora, se le atribuía el poder de sanación, la capacidad para realizar milagros y muchos otros prodigios dignos de cualquier beato o santo del panteón judeocristiano. Su voluntad de ayudar a los pobres, sin cobrar un solo peso o dólar, comenzó a hacer ruido en una sociedad que despreciaba a los pobres y los iba recluyendo en barrios, que aún hoy existen y están considerados como sitios históricos como El Segundo Barrio. El Paso Herald comparó a la Santa de Cabora, con el mismísimo Jesucristo, cuando su arribo a la ciudad texana, el 13 de junio de 1896, congregó a cientos de personas quienes acudieron a recibirla. Pensemos que Teresita Urrea también jugó un papel importante en el levantamiento de los tomochitecos contra el gobierno federal. Sus fieles acudían en peregrinaciones al Rancho Cabora, residencia de la Santa, a alabarle. Cuando las tropas de Porfirio Díaz comenzaron la ofensiva contra Tomóchic, el grito de guerra de sus pobladores, a pesar de la masacre, sacudió el devenir de la Historia: “¡Que viva el gran poder de Dios y la santa de Cabora!”

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La Batalla de Ciudad Juárez, ocurrida en marzo de 1911, fue todo un acontecimiento para los paseños, quienes pagaban por un palco en los mejores tejados de las casas cercanas a la frontera para presenciar desde las improvisadas plateas un acontecimiento en el que vidas humanas eran segadas. El recurso de convertir la guerra en un espectáculo tampoco es ajeno a nuestros tiempos, solo que en aquella época no teníamos internet ni redes sociales para transmitir en directo los conflictos desde el lugar en donde ocurrían, pero desde entonces ya existía la capitalización de las tragedias de guerra.

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Igual de interesante es la acción llevada a cabo por un músico local, Trinidad Concha, quien junto con su banda ofreció un concierto en el campamento de Madero en vísperas de la batalla. La música siempre ha sido parte de los movimientos sociales, sonando de fondo como el soundtrack del grupo de personas que toma las armas. Aunque el cantar por excelencia de la gesta revolucionario ha sido el corrido, asociado de manera inmediata a una figura con sombrero, cananas y bigote, al son de “La Adelita”, este estereotipo no concuerda con la banda de Trinidad Concha, quienes ejecutaban polkas, valses, mazurcas y marchas, música en boga en aquellos tiempos. Dorado Romo obtuvo esta información (datos, programas de mano y fotografías) de la mano de los descendientes de los artistas, específicamente de uno de los nietos -el padre Antonio Concha-, sacerdote de la iglesia del Sagrado Corazón, ubicada a unas cuadras del puente internacional Santa Fe.

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Tratar de resumir una obra tan extensa e interesante como Historias desconocidas de la Revolución resulta un ejercicio que inevitablemente dejará al lector de esta reseña a medias. Lo que no ocurrirá con la lectura o consulta del libro. Comencé, líneas arriba, diciendo que de ese movimiento armado se hablaba mucho y se sabía poco, pero para el autor esto no aplica. Supo ver en la cotidianeidad, en las actividades culturales, artísticas y de ocio de las dos ciudades hermanas un testimonio invaluable de aquel tiempo. No solamente fueron balazos, traiciones, campesinos armados y, al final, una bola en la que nadie sabía contra quién dirigía el fusil. También fueron anécdotas y una nutrida microhistoria, la que no se escribe desde arriba, sino de abajo, en el subterfugio del archivo personal. Aseguro la sorpresa de quien se adentre en las páginas de estas historias desconocidas; vaticino la curiosidad de quienes quieran comprobar que la Revolución Mexicana se gestó en el extranjero, a unos pasos de la frontera.

Ulises Guzmán