Estebanico, explorador de calles

Estebanico fue un esclavo norteafricano, originario de Azamor, Marruecos, quien llegó a destacarse como explorador en expediciones españolas en América. Tras la invasión portuguesa a su lugar natal, se convirtió en propiedad de Andrés Dorantes de Carranza y viajó junto a él a La Española. En 1527 participó en la expedición dirigida por Pánfilo de Narváez, en la que Alvar Núñez Cabeza de Vaca estuvo comisionado como tesorero y cuyo objetivo era colonizar Florida. Después de naufragar en Santo Domingo, se dirigieron a Cuba y llegaron a Florida, actual bahía de Tampa, donde la enfermedad y el hambre causaron numerosas muertes a la tripulación. Decidieron abandonar el lugar y terminaron naufragando y arrastrados a la isla del Mal Hado. Entre los pocos sobrevivientes quedó Estebanico, quien, junto a los demás hombres de la embarcación, fue apresado por una tribu del lugar durante seis años. Luego de la dura situación que vivieron con los naturales, solamente sobrevivieron cuatro hombres: Estebanico, Cabeza de Vaca, Andrés Dorantes y Alonso del Castillo. Posteriormente, realizaron una larga travesía hacia el norte de la Nueva España, pasando por las mesetas áridas de lo que ahora conocemos como el estado de Chihuahua, incluso cruzan el Río Bravo a través de la Sierra Madre. Dos años después, fueron rescatados cerca de Culiacán por una patrulla española comandada por Melchor Díaz. Después de esta travesía, el Virrey Antonio compró a Estebanico y lo colocó como guía de una nueva expedición a Cíbola para buscar riquezas.

Estebanico, al ser un esclavo, no tuvo la oportunidad de aprender a leer ni escribir, por lo tanto, no encontramos ningún texto de su autoría; la única forma de conocer sobre su vida es por medio del testimonio de otros. Cabeza de Vaca lo incluyó en su crónica Naufragios, publicada en 1542, en la que narra sus vivencias atravesando el suroeste de lo que actualmente es Estados Unidos y el norte de México. También Antonio de Mendoza, Virrey de Nueva España, se refiere a su persona cuando en una instrucción girada a fray Marcos de Niza, el Virrey se lo otorga como guía. Lo anterior, se puede verificar en El descubrimiento de las siete ciudades, donde el fray escribe sobre la búsqueda que hizo de fabulosas ciudades. Asimismo, habla un poco más sobre “Estebanico, el negro”, quien en su recorrido por Culiacán, hacia abril de 1539, tenía la indicación de obedecer al prelado en todo lo que mandara. Se encargaba de ir hacia la vía del norte para verificar si había algo excepcional, digno de ser visto por De Niza. En caso de encontrar algo razonable, debía enviar una cruz blanca de un palmo; si la cosa era grande, la cruz mediría dos palmos; mas si resultaba un descubrimiento excepcional, mandaría una de gran tamaño. Estebanico envió una de estas últimas, dando pie a seguir en la búsqueda de ciudades con grandiosas riquezas. A lo largo de la travesía, le sirvió al fraile como mensajero, pues adelantándose en el camino le hacía saber si debía continuar o no por tal rumbo. La aparición de Estebanico, en la obra de Marcos de Niza, termina cuando lo da por muerto en alguna de las maravillosas ciudades.

En la colonia Panamericana, a un lado de Soriana Híper, encontramos una gran calle, algo escondida y no muy transitada, la Estebanico. Atravesándola está la De Estebanico, lo que resulta curioso, pues prácticamente ambas vías están enganchadas y llevan el mismo nombre, con la única diferencia de la preposición “de”. Dos cuadras después se encuentra la avenida Fray Marcos de Niza, lo que tiene lógica si consideramos los párrafos anteriores, pues el esclavo mensajero estuvo bajo las órdenes del religioso.

Las arterias contiguas también llevan por nombre el de algún fraile. Llama la atención, que en esta configuración, el explorador se encuentre a la par de los curas, amén de la igualdad. El contraste entre las casas de esta calle resulta evidente, ya que mientras algunas están deshabitadas y deterioradas, otras conservan su colorido y vida. Por ello, habría que seguirle la pista a esta calle que lleva por nombre el del marroquí buscador de maravillas, o mejor, creer que cuando envió aquella cruz grande lo hizo porque en la arena del paisaje desértico encontró la ciudad aurea que tanto buscaba.

Karen Torres Hernández

Planetas y auroras en pos del amor

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Un par de obras dramáticas de la escritora chihuahuense, Valeria Loera, recientemente galardonada con el Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo, se publicaron bajo el auspicio del Consejo Municipal de las Artes de Chihuahua capital. Este libro fue presentado a mediados de febrero de este año en la sala Guirnalda del Museo Sebastián. El Programa Editorial Chihuahua permite que, a través de una convocatoria dividida en tres categorías, participen y expongan su talento los nuevos escritores del llamado estado grande: Soltar las amarras, dirigida a escritores emergentes, Con trayectoria, para quien cuente con por lo menos dos libros publicados e Historias de mi ciudad para todo aquel que aborde temas históricos o culturales de Chihuahua. El premio de los ganadores consiste en la publicación de su obra con un tiraje de medio millar; además, en la búsqueda de un mayor impacto y lectores, las obras se encuentran disponibles para su consulta y descarga en la plataforma digital del organismo.

Bajo estas condiciones, la dramaturga Valeria Loera resultó galardonada en la categoría Con trayectoria, por lo que Planeta Kepler o los datos inútiles y Auroras boreales o nos vemos en Alaska pasaron a la estampa. Ambas ya habían sido montadas y probando fortuna en las tablas, ya sea con la misma escritora como actriz protagónica o como directora. ¡Mujer de teatro!

Como nota aparte, llama la atención que el proyecto editorial del estado haya beneficiado, en la misma categoría, a otras escrituras destinadas para la escena. Me refiero a Dramaturgia doméstica de Raúl Valles, y a Náufragos de la existencia de Adrián Alonso Villegas. Si bien la dramaturgia de Chihuahua cuenta con destacados exponentes (Víctor Hugo Rascón Banda, Manuel Talavera, “Pilo” Galindo o Antonio Zúñiga) resulta necesario voltear la plana a favor de un cambio generacional sobre una misma tradición.

Valeria Edith Loera Gutiérrez es una dramaturga y actriz chihuahuense nacida en 1993, licenciada en teatro por la Universidad Autónoma de Chihuahua. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de dramaturgia; ganadora del premio Municipal de la Juventud y finalista, con mención honorífica, del premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo, que, como ya se dijo, acaba de ganar con su obra ¡Violencia! Como actriz, ha participado en más de veinte obras y espectáculos; ha publicado su trabajo en diversos medios digitales e impresos como: Tierra Adentro, Este País, Pliego 16, Revista Borde, entre otras.

El común denominador del libro en cuestión es la búsqueda del amor. En la primera obra, Planeta Kepler o los datos inútiles, se intuye desde el inicio que cualquier tipo de ser vivo capaz de albergar sentimientos, sea “hombre, mujer, no binario, extraterrestre”, pretende y está en su derecho de encontrar el amor. En cada una de las diez escenas que componen la pieza, se perciben partículas y corpúsculos que al final integran un todo. El proceso de búsqueda del ser amado –después de una decepción amorosa–, lleva a la mujer protagónica a vivir una serie de experiencias intensas y de carácter introspectivo: “¿Qué estoy haciendo aquí?” Para responderse: encontrar el amor; así de convencida se nos muestra, aunque más tarde verá frustrado ese deseo. Tener ideas suicidas y a la vez disfrutar de los atardeceres; padecer de soledad y tristemente constatar que el amor fulgura para todos, pero no para ella. Encontrarse con “él”, al fin, y no tener el valor de decir lo que siente. Tomar las cosas con cierto humor ácido le hace más llevadera la existencia.

Por otra parte, en el siguiente texto dramático, Auroras boreales o nos vemos en Alaska,tenemos ados mujeres en una estación de trenes, desconocidas y diferentes entre sí, pero tan iguales por las circunstancias que las llevaron ahí. Una de ellas comienza la charla, mientras que la otra, indiferente, apenas contesta y parece no prestar atención. Al cabo de unos minutos, ambas, desde su muy particular punto de vista, reflexionan acerca del amor. En plena conversación se sorprenden, pues jamás pensaron que le podían contar a una persona extraña detalles tan íntimos; surge la empatía entre ellas. Pero ¿por qué Alaska? ¿Qué van a buscar allá? Quizá intentan ser testigos de la aparición de un fenómeno natural que aliente y permita creer que existe ese otro ser especial que las complementaría. Se aproxima el tren, pero solo una de ellas lo aborda, porque “yo ya encontré el amor, tú tienes que ir a buscar el tuyo. No puedo acompañarte ahora, debo hacer algo antes, ir por alguien. Nos vemos en Alaska”.

Lo que deslumbra en la escritura de Valeria Loera es la sencillez con la que aborda uno de los temas vitales, por todo lo que representa en el individuo y la sociedad, el amor. Con gran creatividad nos muestra los hechos que le acontecen a sus protagonistas (en este caso féminas, pero puede ser cualquiera, porque así de universal son los apegos), valiéndose de diferentes recursos. Con la intertextualidad, por ejemplo, da origen a nuevos discursos que atrapan al lector/espectadora: el mito de Zeus, la alusión a la cucaracha (no podemos dejar de pensar en Kafka), los zapatos rojos de la protagonista del Mago de oz, Godzilla, su conocimiento de la cultura japonesa. Todas estas referencia son ingredientes que abonan al peso y valía de las obras.

El detalle del planeta Kepler personificado en la portada de este libro es interesantísimo; por mucho tiempo se ha mencionado la posibilidad de que se puedan poblar otros planetas; pues bien, Kepler cumple con las características básicas para que así suceda. “Los datos inútiles” no lo fueron del todo tanto, ya que, consultando la página oficial de la NASA y leyendo la biografía de Tycho Brahe, Johannes Kepler e Issac Newton, constate que sí, sí es posible que el amor pueda llegar a aquel planeta. Asimismo, resulta innegable que al encontrarlo (no me refiero al astro), se puede pelear por él aun yendo en contra de las convenciones sociales y familiares, como ocurre en el caso de la mujer que reconoce haber encontrado el amor en un ser idéntico a ella. Valeria Loera nos regala en este libro una mirada fresca, auténtica y hasta divertida, de un tema tan importante y trascendente, que ha sido visitado desde diferentes aristas a lo largo de todos los tiempos. Pero ella, Valeria Loera, dramaturga chihuahuense, le da un toque diferente, aderezado de los pequeños momentos que orbitan alrededor de sus obras.

Baudelia Armas Cortés

La realidad oculta bromas

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Micromentario

[1] Sorpresa al final del túnel

En el 2010, Blas García Flores publicó Carta del Apóstol San Blas a los parralenses (Ficticia, ICHICULT). Es un cuentario producto de su experiencia talleril. El título es engañoso, juguetón: en realidad no hay cartas, son cuentos juarenses y Blas todavía no es nuestro primer santo. David Ojeda (el gurú de ciertos locales) elogió a Blas por su “alta capacidad para activar desenlaces contundentes”. Y sí, Blas es bueno en materia de sorpresas (que en la microficción es la gratificación instantánea, el gozo del twist antes del punto final. Un vistazo sumario a algunos de sus breves cuentos:

[2] Yo soy otrx

“Ramona Jiménez”. Un personaje que no recuerda nada de la noche anterior (cf. The Hungover) cree haber “cogido con una puta”, que huyó robándole ropa y carro. Encuentra solo trapos dispersos por el piso y una credencial: “Ramona Jiménez”. Su amnesia se prolonga un par de párrafos, pero al mirase al espejo descubre la verdad: “Me puse de pie y descubrí con horror mi verdad: figura delgada, cabello corto, senos pequeños, pezones grandes, sexo rasurado, caderas anchas, nalgas celulíticas. Ramona Jiménez, dije con suave timbre. Soy una puta. Otra vez comencé a llorar”. En la calle, Ramona recupera el recuerdo de sus gustos sexuales (“recordé cómo me gustaban los rancheros gordos que fumaban”) y reafirma su identidad (inestable) y su destino: la amnesia es un efecto de sus vicios: mañana (sin duda) repetirá ese memento patético de apego a la vida.

[3] Con final triste

“Fuego en el Km 27” es un microrrelato que cito completo y sin comentarios: “La relación entre Denisse y Fernando era excelente: más de dieciocho años juntos; infieles discretos, expertos en los desayunos sabatinos; amantes del box. Como todas las parejas, habían tenido sus problemas, nada que el sexo anal no pudiera resolver. Ahora regresaban de su casa de campo, contentos, perfectos. No dejaban de acariciarse, de mirarse profundamente, perdiéndose en los ojos del otro. Por eso chocaron”.

[4] Onán perseguido

“Crápula”. Un adolescente (encerrado en un colegio de monjas) tiene un grave problema: es un masturbador compulsivo. Pero la monja superiora lo vigila (también: compulsivamente). Un día, por accidente, el joven descubre que puede hacer desaparecer las pruebas del delito: aprende a beberse lo que apenas desecha y así, al final de este cuento, es un joven normal y feliz. (Con un poco de ingenio todo tiene solución, diría la moraleja si la hubiera).

[5] Estos eran dos gays…

“Parque Borunda” consta de varios microrrelatos, uno de ellos es el testimonio de Fermín Rebolledo, que en lugar de hablar sobre la muerte del presidente municipal José Borunda (asesinado de un bombazo), decide narrar (¿a la policía?) otra cosa: su experiencia erótica con Juanito. Dice Rebolledo: Borunda “me descubrió en la oficina cuando le estaba despachando mi chorizo a Juanito, el jotito de la empresa. Ya les traía ganas a esas nalguitas. Nos quedamos después de la jornada y hasta se vistió de mujer para mí, se veía espectacular mi Juana”. No estamos ante una narrativa homoerótica, sino ante su parodia; la premisa es machista: la sexualidad gay es ridiculizable.

[6] El neocostumbrista eres tú

Al igual que muchos autxres juarenses de los últimos 20 años, Blas García escribe sobre varios personajes marginales locales. Mencionaré solo a tres: (1) El músico Hombre Liga, que tocaba un imaginario tololoche usando ligas. Se instalaba frente el cine Coliseo y tocaba su imaginaria canción: “Los latigazos en el labio eran fuertes; las heridas se terminaban de abrir. Usaba saliva y solo saliva como remedio. Cantaba con dientes rojos” y “no se iba hasta que todas las ligas que traía eran usadas. Se alejaba en voz baja decía: nací el 18 de marzo. Nunca me dejan entrar a este cine. Exprópiese”. (2) El entrañable Guanayudita. Era un hombre que pedía dinero diciendo “one-ayudita, plis”. (3) El Pintor Sin Brazos, que todos los días, por muchos años, se sentaba en la plaza a hacer sus dibujos en acuarela: “sus pinceles limpísimos; el caballete viejo pero resistente; overol de mezclilla, camiseta blanca, escapulario de la Virgen del Carmen y guaripa de palma”. Personajes entrañables para el juarense de los años 80 o 90.

[7] Risas y trozemas

Blas repite algunas estrategias narrativas en su libro: (a) la fragmentación: en “Ramona Jiménez” es la fractura de la memoria; en el relato del arcángel Miguel, la mutilación del dragón (cada cabeza que cae es un microcuento); y en “Parque Borunda” (el texto más largo) la fragmentación es doble: el bombazo hace imposible la recuperación de los cuerpos mutilados, y a nivel estructural, el cuento mismo es una pedacería de voces narrativas. Otra estrategia: (b) la trama fársica, que incluye el humor sicalíptico y el humor satírico: los personajes “con sabor local” se convierten en parodias de lo pintoresco urbano. Y por último (c): a través de la sorpresa final, Blas acostumbra al lector a un cierto horizonte de expectativas. El riesgo: un fracaso inmediato si la sorpresa no cumple con ellas. Esas tres estrategias, sin embargo, relegan el neocostumbrismo de Blas a segundo término. §

José Manuel García-García

Recorrido lírico por la frontera norte

También yo quería investigar los escondrijos y las grietas desconocidas de mi ciudad, su poesía secreta. Así pues, lo intenté.

David Dorado Romo: Ringside Seat to a Revolution, 2005

Las editoriales universitarias son órganos colegiados, encargados tanto de difundir el quehacer académico de sus profesores, como de promover la vinculación de la casa de estudio con su entorno social. A pesar de que, en ciudades pequeñas, fuera de la Ciudad de México, las publicaciones universitarias sí inciden en el hábito lector de sus habitantes, el empeño de las autoras, editores, correctores y maquetadores, rara vez trasciende la esfera local. La cuestión presupuestal de estas empresas depende de los designios de la institución, lo que afecta directamente tanto al marketing (promoción y difusión) como a los tiempos de edición: recepción de originales, esquema de arbitraje y diseño final.

Ante este panorama, las universidades autónomas han optado por distribuir sus libros electrónicos en portales que reducen costos de producción, agilizan los tiempos de publicación y optan por el acceso abierto para ampliar su radio de lectores. Durante los meses de resguardo, a raíz de la pandemia, hubo una tendencia –que esperamos se vuelva costumbre y tradición– por liberar contenidos, que solo guardaban polvo en discos duros. Ante una oferta desmesurada de obras literarias en formatos electrónicos, el esfuerzo publicitario recae, entonces, en los formatos del material en armonía con los dispositivos, en las campañas promocionales y, claro está, en la relevancia y calidad de los textos.

Con la modalidad virtual de publicación, autoras (entre ellas los docentes investigadores) y promotores tenemos la oportunidad de compartir entre propios y extraños el enlace de los libros que nos mantienen en vela. Así que, sin más, estas líneas tratan sobre el segundo volumen de una antología de carácter divulgativo: Ciudad Juárez en la poesía, compuesta por formas insólitas de habitar la frontera norte del país –51 opciones para ser exactos– de recorrerla con cierto ritmo y meditarla con cadencia. En este punto, bien se podría interrumpir la lectura para trasladarse a la página de descarga: elibros.uacj.mx.

Originalmente, la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez celebraría el evento más importante de su casa editorial, la Fiesta de los Libros, del 23 al 30 de abril del presente año; sin embargo, el confinamiento trastocó nuestra costumbre de marcar o apartar días en el calendario (23 de abril: día mundial del libro). Ante la incertidumbre, Mayola Renova, subdirectora de publicaciones, y Lula Ortiz, jefa de marketing editorial, pensaron primero, en aplazar el evento, pero finalmente, se canceló. Esperamos que el 2021 sea benévolo para que la Fiesta de los Libros de la UACJ se lleve a cabo. A este marco festivo y de difusión, pertenece Lee y sueña, una iniciativa de lectura masiva que distribuye de forma gratuita y a gran escala (de 10 a 20 mil ejemplares, según el presupuesto y el convenio) libros de bolsillo para llevar leyendo.

Al título de Lee y sueña, y gracias a una colaboración entre la editorial universitaria y nuestro colectivo, Juaritos Literario sumó un complemento con el que se especifica una coordenada espacial y una forma de composición determinada. El objetivo es editar, con una periodicidad anual, cinco antologías que lleven como estandarte la difusión y el fomento a la lectura. Las páginas engrapadas de estos librillos se componen por una selección de textos que han plasmado la imagen de Ciudad Juárez en palabras. Calles transitadas por la ficción. Cada volumen está dedicado a un registro o género literario específico: novela, poesía, cuento, teatro y crónica periodística o testimonial.

La colección tiene como base y antecedente el trabajo de Juaritos Literario desarrollado durante casi cinco años, el cual se encarga de promover la lectura a través del vínculo existente entre los espacios de ficción que retratan a la frontera con su equivalente real dentro del trazado urbano. La agenda, desglosada en cinco líneas de acción, como el flyer las enlista, fortalece el patrimonio intangible –cifrado en una larga tradición escritural– a través de su estudio, promoción y puesta en acción a través de diferentes actividades: rutas literarias, talleres infantiles y juveniles de lectoescritura, recomendaciones de lectura en la radio y, por supuesto, antologías. Hoy en día, el sitio web del proyecto (www.juaritosliterario.com) cuenta con cerca de 300 reseñas, 30 mil visitantes y casi 5 mil seguidores en el perfil de Facebook.

Durante la Fiesta de los Libros de 2019, apareció la antología Lee y sueña: Ciudad Juárez en la novela, con un tiraje de 10 mil unidades, destinado no solo a los cientos de visitantes a la sede del evento de la UACJ, el Centro Cultural de las Fronteras, sino también a salas de lectura y centros comunitarios. Ese primer volumen, disponible en este enlace, compila una selección de 41 novelistas.

A continuación, me centro en la antología de este año, también maquetada y diseñada por Karla María Rascón, poniendo entre comillas parte del prólogo, el cual se dirige a un “tú lector” de manera directa, ya que el público que se da cita en la Fiesta es esencialmente juvenil: “Quizá te parezca poca cosa este cuadernillo, pero” entre sus páginas y detrás “de las voces poéticas, se conjuga una sólida voluntad de difusión, asumida por la máxima casa de estudios, con el empeño de los distintos organismos universitarios encargados de que el trabajo documental de sus investigadores llegue hasta tus manos”.

Sugerencias de uso del libro de bolsillo, portátil, fácil de acomodar en cualquier sitio: “Inicia donde te apetezca, lee un poema al azar y si un verso no te cuadra, cámbialo. Palomea tus preferidos. Fotografía el texto que desees compartir. Presume tu souvenir. Recita uno en voz alta, que el poema se hace en el habla. Imagina aquel paraje, los trayectos interminables; recrea los destellos de la calle, porque nuestra ciudad también se lee. El librillo, además, es coleccionable; ponlo junto al del año pasado (el dedicado a la novela); este obsequio también sabe ser paciente, aunque aguarda con ansias tu mirada”.

El año pasado, nuestra monografía Cartografía literaria de Ciudad Juárez (Ciudad de México: Ediciones y Gráficos Eón, 2019) “ganó el Premio Anual de Crítica Literaria Guillermo Rousset Banda, y lo celebramos reafirmando al fomento a la lectura como objetivo primordial del colectivo Juaritos Literario. Nos parece formidable cómo los componentes del entorno citadino –la acequia, el bordo, las grandes avenidas o el calorón, pero también los días aciagos que nos han asolado– se convierten en ficción. Estamos convencidos que la producción escrita en y sobre Juárez debe ser popular, primero, en su lugar de inspiración. A fin de cuentas, tomar conciencia de nuestro territorio nos permitirá apropiarnos de esta frontera por habitar [título que andamos barajeando para una futura compilación]. Si quieres saber más de algún texto o poeta, o te interesa publicar una reseña sobre un poema, contáctanos en nuestras redes o visita nuestro blog”.

“El material de lectura, en esta segunda entrega, se concentra en otro género literario: el poético. 51 voces, acomodadas de forma cronológica (de 1610 a 2019), dan sentido y cuerpo a la presente antología de carácter divulgativo. El criterio de selección de cada poema responde a su pertenencia a un poemario, es decir, a una colección de textos –con título propio– donde la voz autoral construye, pieza a pieza, una particular y única forma de expresión, una poética. Esta decisión excluye poemas publicados de manera suelta en revistas o en antologías colectivas (salvo un par de excepciones, marcadas con asterisco), así como la lírica que acompaña a las canciones. Las 51 composiciones cifran nuestra ciudad entre sus versos”, por lo que se priorizó aquellas piezas en las que el paisaje urbano o las referencias espaciales identificables estelarizan las imágenes poéticas.

Numeralia: Hubo dos diferentes cortes; el primero se refiere a la cantidad total de poemarios consultados. Esta cifra –180 colecciones de poemas escritas por 105 poetas– pertenecen a la fase de la investigación y acopio documental. De ese total de poemarios, 130 fueron compuestos por hombres, 49 por mujeres y uno de autoría anónima. La segunda criba remite a los 51 textos que finalmente llegaron a las páginas del libro: 20 de poetas mujeres, el anónimo de tradición indígena (que copio en su totalidad para cerrar el ensayo) y 30 de escritores varones.

Toda antología es también una ventana a los intereses, agrado y visión de los compiladores. Confiamos en que la pluralidad como parámetro de trabajo transmita nuestro sentir y compromiso como filólogos de oficio, como lectores y académicos que disfrutamos de toda buena fiesta.

El poema inicial de la antología se titula “Canto para la carrera ceremonial de las muchachas en su pubertad”, y pertenece a la tradición oral del grupo étnico apache mezcalero, dueño original de estas tierras, antes de ser frontera:

Correrás hacia los cuatro rincones del universo:

a donde la tierra se encuentra con el agua grande,

a donde el cielo se encuentra con la tierra,

a donde está la casa del invierno,

a donde está la casa de la lluvia.

¡Así correrás! ¡Corre!

¡Ten fortaleza!

Carlos Urani Montiel

Adios, amigos, come back again

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Es difícil encontrar en los estantes de una biblioteca mexicana títulos de autoría chicana como The Last Tortilla & other Stories (University of Arizona Press, 1999), una antología de cuentos escritos por Sergio Troncoso, nacido en Ysleta, Texas, un pequeño pueblo que, con los años, se anexaría a la ciudad de El Paso como un nuevo suburbio. A diferencia de la primera generación de autores chicanos, Troncoso no persigue la reivindicación social de los mexicoamericanos en su literatura y tampoco escribe en spanglish, aunque en ocasiones salpica su inglés con palabras en español como en el título de la antología, The Last Tortilla. En una entrevista que le hiciera Raymundo Elí Rojas declaró que, para él, lo más importante era escribir sin reglas, sin guías, de la forma más sincera posible, sin agentes ni jefes que influyeran en su escritura: “It’s never been about the money. I don´t give a shit about the money. It´s been about writing good work. I don’t care about anything else (…) Honestly, if they let me do what I want to do, I’m happy”.

En cuanto al relato “Angie Luna”, con el que abre el cuentario, escrito primero con papel y lápiz, diríase que pertenece a ese tipo de historias que tienen mucho que ver con la vida, aun si eso significa extraviar el clímax. Víctor, el narrador protagonista, es un joven mexicoamericano que no conoce muy bien el español. Trabaja en La Popular, una tienda de ropa localizada en el centro de El Paso y allí conoce a Angie Luna, una compañera de trabajo que vive en Ciudad Juárez. Es una mujer mayor que él, con un cuerpo espectacular, semejante al de Marilyn Monroe. Entre ellos surge un vínculo amoroso que conecta a Víctor con sus raíces mexicanas, pero no durará mucho, pues él tiene que partir pronto para estudiar en Massachusetts.

Antes de conocer a Angie Luna, Víctor no había explorado Ciudad Juárez verdaderamente. Para llevarla a su casa, cruza por el Puente Libre, siguiendo por la av. 16 de septiembre. Angie vive con dos hermanas más en una pequeña casa que acaban de comprar. Sueñan con ser ciudadanas americanas, aprender a hablar bien inglés y comprarse una casa en El Paso. Gracias a Angie, Víctor conoce el Parque Central, del que sólo había leído en alguna revista. Poco a poco comienza a reconocer las calles principales: avenida Juárez, la Lerdo, la Reforma. Permanecer a salvo en la ciudad lo hace preguntarse si sus padres le habrán advertido que Juárez era un lugar peligroso sólo porque creían que no podría valerse por sí mismo fuera de Gringolandia. Víctor tiene la oportunidad de conocer, incluso, a un poeta de la Universidad de Juárez, quien lee su trabajo después de cenar en una fiesta, poemas sobre amor, aflicción, coraje y la vida en la pobreza. Aunque al principio Víctor se siente desorientado y un tanto fuera de lugar entre espacios que le son desconocidos y personas que, a diferencia de él, son completamente mexicanas, no le toma mucho tiempo sentirse parte de ese mundo; ríe, besa, conversa y canta rancheras y baladas, a pesar de que en un primer momento le resultara difícil comprender la letra en español. 

 

Desde hace mucho los habitantes de El Paso no cruzan a Ciudad Juárez, no la conocen y no tienen ganas de conocerla, les asusta. La nuestra no es una ciudad preparada para recibir a los turistas, los pasos peatonales están despintados, las calles del centro se ven sucias, las fachadas tienen peladuras y, muchas veces, sus ventanas están rotas. Pero eso sí, los botes de basura están recién pintados con el logo del partido Independiente afeando todavía más el centro con su multiplicación. ¿Qué le pasó a la ciudad de las postales de 1970? Daban ganas de caminar entre sus calles, los edificios estaban presentables, había tranvías y hasta un chistoso letrero que despedía a los visitantes norteamericanos diciendo “Adios, amigos, come back again” dispuesto por el Patronato de turismo en Ciudad Juárez. Mi padre solía decir que hay más gente buena que mala; por esa gente buena seguimos habitando en una ciudad que estuvo a punto de destruir la furia. Ojalá pronto las cosas sean diferentes, incluso mejores que antes. 

María del Carmen Rascón Castro

El eterno peregrinaje

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Miguel M. Méndez nació en Bisbee, Arizona, el 15 de junio de 1930. Pasó sus primeros años en su lugar de origen para luego trasladarse con el resto de su familia a una ranchería llamada El Claro, en Sonora. Debido a las penurias económicas en el hogar, su padre le enseña el oficio de albañil, una labor realizada bajo el inclemente sol del norte de México, que luego tomaría un papel fundamental en su obra narrativa. Muchos años después se traslada de nuevo a Arizona, a Tucson, donde continuará desempeñándose como albañil y leyendo literatura de manera autodidacta; gracias a lo cual decidió tomar la pluma, sin ostentar una formación académica que, con su ejemplo y trayectoria, en ocasiones sobra. Por otra parte (y sin metáforas), literalmente, levantó la Universidad de Arizona, con sus propias manos.

Llegué a su obra como no podría ser de otra manera: revisando los saldos de Fondo de Cultura Económica en la ya lejana Feria Internacional de la Lectura Yucatán (FILEY) de 2016 o 2017. Un librillo capturó mi atención por la portada y el título: El circo que se perdió en el desierto de Sonora, una novela divertidísima que muestra las vicisitudes de una compañía cirquera en el inclemente desierto de dicha entidad. Desde entonces, el autor se convirtió en uno de mis favoritos, mucho antes de mi llegada a Ciudad Juárez, así como en el mayor acercamiento hacia la literatura chicana. Pero mi intención en estas líneas no es comentar El circo,si no otra de sus novelas, la más famosa: Peregrinos de Aztlán, la cual, por momentos, tiene destellos de auténtica comedia, pero a diferencia de su otra obra, predomina aquí la desesperanza y la tragedia de los personajes que fluctúan en la línea que divide a dos países, un infame muro que uno tiene que ver para creer.

La novela fue publicada en 1974 bajo el sello editorial Peregrinos. Es importante señalar que fue el único libro editado por ellos, ya que el mismo autor (prácticamente) se publicó solo. La introducción, realizada también por Miguel Méndez, funciona como una declaración de intenciones. Cargada de imágenes poéticas, en ella, el novelista justifica su cometido: dar voz a los desgraciados que no tienen lugar ni en la literatura ni en las instituciones, y que son escupidos por una nación que les explota y los desprecia, pero que no puede prescindir de ellos. El mismo Méndez se asume como uno, un desafortunado heredero de los antiguos pobladores que habitaban el interminable desierto, antes de ser empujados a reservas para así poder llenar ese inmenso espacio con carritos de chilli dogs y patrullas de la migra. “Lee este libro, lector, si te place la prosa que me dicta el hablar común de los oprimidos; de lo contrario, si te ofende, no lo leas, que yo me siento por bien pagado con haberlo escrito desde mi condición de mexicano indio, espalda mojada y chicano”. También afirma que de nada le sirvió hacer un esquema sobre su novela, que ella misma se fue revelando y apareciendo ante sus ojos, ya que su material, el lenguaje, no sigue reglas académicas ni de ningún otro tipo y que, al igual que sus usuarios, toma el control del discurso y exclama las voces de los jodidos sin nombre, ni rostro, nada más un número de registro.

Hablar de una sola trama de Peregrinos de Aztlán no resulta conveniente, más acertado sería hablar de un conglomerado. Loreto Maldonado es el personaje que sirve de hilo conductor para las intervenciones de muchos otros, muy distintos entre sí, pero que comparten la característica ineludible de vivir entre la precariedad y el sufrimiento. Maldonado es un yaqui que luchó en la Revolución, cualidad que lo emparenta con otros personajes de la literatura mexicana como Artemio Cruz, magnate y potentado que logró su fortuna gracias al nuevo orden que la lucha armada trajo, y Filiberto García, de El complot mongol,coronel revolucionario devenido en sicario y enemigo mortal del comunismo. Pero a diferencia de estos personajes, no hay en la vida de Loreto honor ni gloria por participar en la Revolución, sino una cubeta con agua y un pedazo de tela para limpiar los coches a cambio de unos cuantos centavos. Aquí existe una crítica al fracaso que la Revolución representó, solo que desde el punto de vista de un pueblo indígena obligado a luchar en un acontecimiento que no buscaba su beneficio, que no le representaba. El resultado de ello es una generación de tullidos, dementes y miserables que no tienen otra opción más que dedicarse a labores minúsculas para ganarse el sustento. La tragedia de Loreto Maldonado también es la de un país que solo vio surgir otros problemas de lo que supuestamente sería su salvación.

El crisol de personajes que deambulan por las páginas de la novela es amplio. Me parecen notables las intervenciones del matrimonio Dávalos de Cocuch y de Jesús de Belén. La pareja representa a una clase social que pretende ser la salvadora de la gente, magnánimos que se regodean de su asistencia a misa y su generosidad con los menos favorecidos, pero que lograron su fortuna explotando al prójimo. Siempre vistiendo con ropa fina y acudiendo a los mejores eventos de la crema y nata, están demasiado ocupados pretendiendo ser buenas personas como para serlo en realidad. En su primer encuentro con Loreto, intentan regalarle un poco de dinero, que este no acepta por tratarse de caridad. No quería contribuir a que se sintieran buenas personas a costa suya. De Jesús de Belén, cabe señalar que lo único que tiene en común con el mesías es el nombre, ya que sus milagros, a diferencia del primero, son más falsos que los espejismos producidos por el sol. Hábil embaucador, este personaje representa las creencias populares, los muchos cultos que surgen a raíz de supuestos milagros ejecutados por personas ungidas por una divinidad que por su misma naturaleza incompatible con el yermo donde viven no podría ser falsa. Además de estos personajes, existen aquellos que muestran la vida desde el punto de vista de distintos grupos: los empleados ilegales en Estados Unidos que trabajan durante horas por una miserable paga que aun así es mucho más de lo que ganarían en sus lugares de origen, pero de la cual no pueden disfrutar porque les es retenida el tiempo suficiente para que sean deportados; niños que enferman y mueren de la manera más atroz y ridícula posible, de una gripa, por ejemplo; un hombre que ata cintas de colores en su cintura para caminar por las calles, mientras un grupo de niños se dedica a arrancárselas por diversión, generando en él la molestia natural de alguien rodeado de rapaces. Resulta tan numerosa la cantidad de personajes que conviene una lectura sosegada, con pausas y notas, ya que podríamos perdernos en el laberinto de nombres.

Lo chicano está presente en la obra de Miguel Méndez. La búsqueda de una tierra cargada de promesas y oportunidades que, desde épocas virreinales, sedujo a militares, frailes y aventureros. La posibilidad de encontrar ciudades llenas de riquezas imprevistas. Este peregrinar, al igual que el que realizaron los mexicas al fundar la Gran Tenochtitlan, está motivado por ilusiones y esperanzas de una vida mejor.

El lenguaje, cargado de albures y términos en espanglish, también configura la oralidad de este grupo de personas, capaces de moldear la lengua como plastilina para dejarla salir de sus bocas con colores y formas desconocidas. Fue el mismo autor, desafiando convenciones editoriales, quien decidió publicar la novela en español, con plena conciencia del suicidio editorial que ello implicaría: la obra de un hombre adulto, descendiente de mexicanos, sin estudios, ni apoyo institucional, con su ópera prima. Nada podría salir bien de eso y, sin embargo, lo logró, y se abrió camino en un tradición literaria en donde su narrativa resulta señera, indispensable.

Miguel Méndez falleció en Tucson, Arizona, en 2013. Dejó tras de sí una obra compleja, el reflejo de una época, de extraordinaria vigencia aún en nuestros días. Logró ser nombrado profesor emérito de la Universidad de Arizona y ganó el premio José Fuentes Mares, en 1995, por Los muertos también cuentan. En sus textos, escuchamos el hablar del chicano y también se siente el calor del inclemente sol del desierto de Sonora. Uno de sus personajes menciona en un momento: “es muy grande el sol, pesado y caliente, como para llevarlo a cuestas”. Nunca se había dicho verdad más grande.

Ulises Guzmán

Tantos deseos para un destino

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Micromentario 1

[1] Una distopía interior

Miguel De La Cruz, El vestido de la reina Kitsch (Santa Fe, NM: Brown Buffalo Press, 2019). Es una colección de 28 relatos breves. Cada relato exige varias interpretaciones posibles. Todo sucede en un país llamado Juárez (& lugares aledaños). Los personajes comparten la soledad, el desamparo, la desesperanza; abandonados, viven un distopía predestinada, íntima, cotidiana.

[2] Memento erótico

“Domingo”. En este relato dos personajes imaginan una relación sexual inefable, irrealizable. Ella es una hermosa enfermera; él, un hombre inválido, mutilado. Para ambos, el placer radica en la fantasía: sus posibilidades. La realización erótica es sólo un evento pospuesto, un juego de silencios y miradas. Solo importan los pensamientos, el carrusel de caricias dichas a un oído imaginario. Él piensa: “me imagino enterrándome bajo la arena de su tez”. Ella piensa: “Escurre su jugo albino, mi pecho se agita al brotar de su entrepierna abultada”. Pero la realidad es otra: “desde que estoy en el hospicio ella me visita los domingos. La gangrena ha ido carcomiéndome la prudencia, mi enfermera lo sabe, por eso sonríe”. El autoerotismo es también la agonía en el espejo de la Conciencia.

[3] La quimera del deseo

Encerrado en su desesperación, busca la manera de salir de pobre: su método es poco práctico: destruir la casa que alquila. No es nihilismo habitacional, es una búsqueda de un tesoro oculto. Cuando lo encuentre, pagará la renta y buscará a sus hijos. Mientras, afuera, lo vigilan “esculturas humanoides regadas por el patio”. En sus breves momentos de ocio, con ellas conversa. Así es el personaje del relato “La búsqueda”: la pobreza produce el vacío total de la Cordura.

[4] Los rituales sin razón

Los Locos de la gran Ciudad, los dispersos marcados con la letra L, venerados en la memoria literaria: quién no recuerda al loco rompetuberías (relato “La búsqueda”), a la loca llamada Camelia (relato “Velarde”), al loco que se volvió ídem porque su familia se había gastado sus ahorros (relato “Al sol seguía”), al loco que expulsaron de la escuela y ahora vive entre el amor y el autismo (relato “Lengua de caracol”). Literatura museográfica, balance de los daños que el mundo realiza a los Diferentes, a los que andan al margen de la razón y sobreviven como pueden en su Inconducta Social. Después de todo, ellos son la herencia literaria de Erasmo de Róterdam (Elogio de la Locura); son el asombro (efecto del psicoanálisis amateur); son la criba del darwinismo vital. Los locos deambulan por las calles de la Ciudad, desaparecen, y un día regresan como protagonistas de una historia contada desde un observatorio literario. Sin embargo, la perspectiva es gris, como la nostalgia.

[5] Un futuro preestablecido

La otra marca secreta de los marginales: el determinismo inalterable. Ejemplo: un lector de Rayuela bautiza a su hijo con “el nombre maldito” de Rocamadour. Las consecuencias son obvias: muerte prematura del nene. Jugada literaria de consecuencias irónicamente intuidas. Sin embargo, el determinismo del arcano literario es menor al destino divino: es Dios el único poder que fija con su dedo las formas venideras de la muerte. Tal es el caso de “Señal” donde se cuenta lo siguiente: “En aquel tiempo, Dios hizo el surco con su dedo: hoy, el coche de mi hijo se desplomó en el barranco”. En 21 palabras el relato afirma el ciclo humano: horma del capricho de lo Eterno.

[6] Lo triste del kitsch

Los amargos recuerdos de una mujer: su hermosura infantil, su figura en el espejo, su triunfo en un concurso de belleza, la noche en que mamá la dejó prestada a un hombre, sus inicios en la renta de su cuerpo, los beneficios económicos, la pérdida de su esposo, de su hija, sus vicios, sus angustias ante el tiempo que le quita juventud a su figura. Y ese empeño en reproducir a solas aquel concurso, cuando era “La reina kitsch” y vestía de estridente flor del baldío, justo donde comienza el muladar.

[7] Esta distopía interior

También hay relatos del lado De Allá: así conocemos al Despistado que escribe una carta al Batman Chicano; que escribe y sueña con expulsar a los recién llegados (las “sombras” centroamericanas), esos cholos que “arañan las paredes”, “marcan territorio”, comen “comida con grasa excesiva”. Es el Asimilado que imita el ladrido del Supremacista Blanco. Por contraste, el relato “Lucía”, habla de la mujer que va de Juárez a El Paso, a trabajar de empleada doméstica. Un mal día se forma en la fila equivocada: por ello le quitan el pasaporte y pierde la posibilidad de engañar por unos días más a la miseria (esa forma hogareña de vivir en la distopía).

[8] Un chicano fronterizo

Miguel De La Cruz (El Paso, Texas, 1984) tiene en El vestido de la reina kitsch su segunda colección de textos breves. Su primer libro lo publicó en el 2013: Memorias de un camaleón (NMSU, Arenas Blancas). De La Cruz ha sido fiel a la economía verbal y a la idea de que una conclusión feliz es simplemente una falsa certidumbre.

José Manuel García-García

Belascoarán Shayne, un extranjero en la frontera

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En 1990, la editorial Promexa publicó, en el antiguo Distrito Federal, una novela escrita por Paco Ignacio Taibo II, misma que posteriormente sería traducida al inglés por Cinco Puntos Press (2002), en El Paso, y reeditada por Joaquín Mortiz en 2013. Sueños de frontera unifica el intersticio entre dos territorios –México/Estados Unidos– para proyectar una imagen de los espacios limítrofes como uno mismo. El protagonista, un detective cuyo oficio lo ha mutilado en muchos sentidos, recorre la franja fronteriza de ambos lados por cuestiones de negocios. El viaje le permite al defeño comprender “ese nombre extraño que usaban para designar una mezcla de territorios marcados por el dudoso privilegio de estarse sobando con los Estados Unidos”. A su vez, explica lo irracional en el efecto divisorio producido en estas zonas, declarando que el otro lado “es un paisaje televisivo al alcance de la mano. Un enorme supermercado babélico, donde el sentido de la vida puede ser el poder comprar tres planchas de vapor de modelos diferentes el mismo día”. Al observar el territorio norteamericano, Héctor Belascoarán Shayne –el personaje principal que también lo es en otras diez novelas de Taibo II– reconoce que “allí sería extranjero. Qué absurdo, volverse más o menos extranjero por caminar unos metros”.

Lee aquí la novela

La ficción rebasa sus propios límites y, así como su protagonista, el escritor hispano-mexicano también juguetea, en una nota preliminar, acerca de su relación (el toma y daca) con estas tierras: “Este libro le debe mucho al Programa Cultural de las Fronteras, dirigido por Alejandro Ordorica, quien me envió de gira de conferencias al norte, donde pude pescar muchas de estas historias que luego fui cambiando de geografía original. El resultado es esta frontera medio rara, de la que soy tan responsable yo como la realidad, dejémoslo a medias”. La burocracia intelectual termina de bosquejarse con la aparición de personajes reales de aquel mundillo cultural, en plena convivencia con la figura protagónica: “Cortázar, poeta chihuahuense y amigo de los locos que subían del DF para ver la vida en crudo, dejó su estilo británico y se le quedó mirando a Héctor”.

Pese a que el texto enmarque el sentido de Ciudad Juárez como lugar de paso, el carácter evanescente de la urbe se sublima a través de su sola mención, ya que las acciones más relevantes de la historia no tienen lugar en la ciudad fronteriza. Sin embargo, el espacio-tiempo de la novela reúne características similares a las de Juárez, haciendo justicia al arquetipo de frontera sin necesidad de detallarla en sus lindes y extensiones. Los 16 capítulos de la novela, entonces, esclarecen ciertas características, como la hospitalidad de los habitantes, la funcionalidad de la economía en cada una de las áreas limítrofes y hasta la disonancia de la música que se produce a lo ancho de toda la franja norte del país. Me parece llamativo y simbólico que el único momento en el cual aparece el nombre de la ciudad desde donde escribo, de manera explícita y textual, sea para enlazarse directamente con nuestro civilizado vecino. “–¿Me das un aventón a Ciudad Juárez?”, le solicitó el detective al solícito poeta. “–¿Qué carajo hace una actriz de cine cuando uno viene a Chihuahua?” Cortázar responde: “–No sé, supongo que come un buen T-bone y luego se va a El Paso a comprar ropa. Yo qué sé”. Ya de camino, “Cortázar puso en el tocacintas de su carro el último casette de boleros de Tania Libertad. La carretera se había vuelto una recta aparentemente sin fin, con cerros majestuosos, rodeados de cielos azules poco creíbles, marcando el horizonte lejano al frente y a los costados. Tierra de matorrales y límites de verdad, verdaderamente lejanos”.

Así, el libro vislumbra a Ciudad Juárez como un lugar de tránsito (y trasiego) hacia los Estados Unidos, condenándola a ser el backyard del sur texano. Por otra parte, también funciona como un referente para ubicar zonas aledañas a la localidad, como el pueblo fantasma de San Jacinto. “A 17 kilómetros al norte de Villa Ahumada hay una desviación al este que sale de la carretera Panamericana en el tramo de Chihuahua a Ciudad Juárez”. Nadie se enfila hacia allá, “porque ese pueblo no existe, es una serie de ruinas fantasmales”.

Foto de Mauricio Jiménez

Belascoarán Shayne se enfrasca en una tarea que implica un trayecto hacia el pasado: localizar a la actriz Natalia Smith Corona no solo resulta en un esfuerzo detectivesco, sino en uno de evocación. Él la persigue puesto que la hija de Nat –como Héctor se refiere a ella de cariño– desconoce su paradero, y en su viaje de negocios reconoce el estrecho vínculo que los recuerdos trazan con los lugares. El caso “era como tratar de recordar los nombres de todos los personajes de las novelas de Tolstoi que había leído. Era como nadar en la luz pegajosa de ese sol inclemente de Mexicali. Como acordarse de los ganadores de la Vuelta Ciclista a México en las ediciones de los años 60. Era, Héctor descubrió la verdad, no sólo una investigación imposible, también un esfuerzo de memoria”.

De manera progresiva, según las convenciones de la novela negra, el personaje va siguiendo las pistas a través de muchas fronteras que parecen una sola, con la consciencia de encontrarse en un terreno ajeno y preguntándose: “¿Era extranjero aquí? ¿Un poco más de lo que era en el Distrito Federal? Definición de extranjero: aquel que se siente extraño, aquel que cree que los tacos que se consumen en la esquina de su casa son necesariamente mejores que los que pueden comerse aquí, aquel que cuando se despierta a media noche siente un extraño vacío, una relación de no pertenencia con el paisaje visto desde la ventana. Bien, él era extranjero también aquí. No reconocía el paisaje, no se sentía en casa ante el retocado México fronterizo. ¿Y qué? Héctor no creía ser un buen juez en materia de nacionalismo y nacionalidades. Un tipo que no se reconocía frecuentemente cuando observaba su imagen al espejo, no era un buen juez de nada”. Apelo a que la novela no nos sea extraña en la frontera.

Laura Sarahí Robledo Melgar

2666 representaciones del dolor

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José A. Sánchez es, además de profesor e investigador, autor de libros sobre estética y prácticas artísticas contemporáneas en literatura, cinematográficas y, principalmente, artes escénicas, en donde su trabajo ha tenido mucho mayor impacto, tanto en España como en toda Latinoamérica. Es doctor en Filosofía y catedrático de la Facultad de Bellas Artes de Cuenca (Universidad de Castilla-La Mancha). Entre sus publicaciones se encuentran: Brecht y el expresionismo (1992), Dramaturgias de la imagen (1994), La escena moderna (1999), Cuerpos sobre blanco (2003) y Prácticas de lo real en la escena contemporánea (2007). Fundador y director del Archivo Virtual de Artes Escénicas (AVAE) y miembro de Artea, así como director de Cairon: Revista de Estudios de danza (2007-2011) y codirector del Máster en Práctica Escénica y Cultura Visual (2009-2016) en colaboración con el Museo Reina Sofía.

Su libro Ética y representación –publicado en 2016 en la editorial mexicana Paso de Gato, con el auspicio de, por lo menos, una decena de instituciones educativas y culturales–, tiene su antecedente en ideas que José A. Sánchez venía desarrolló desde comienzos de comienzos de la década pasada, gracias a un año sabático, y que culminó a inicios de 2015. Durante ese periodo, el autor fue acumulando lecturas y experiencias que le servirían (y cambiarían) el contenido de su monografía. El contacto con la compañía peruana Yuyachkani fue determinante. Investigadores, académicos y creadores de teatro son quienes más provecho sacarán de esta investigación, material especializado, que, no obstante, se deja leer también por espectadores de teatro o lectores avezados que encontrarán entre las páginas conceptos y argumentos en torno a 43 distintos temas, mucho más allá del par que ostenta en el título.

En el apartado “Historia de este libro”, el crítico nos ofrece un itinerario sobre la composición sintética y (originalmente) sucinta de una publicación de más de 350 páginas. Algo se atravesó en su escritura: “Imagino que la relectura de Los detectives salvajes y, sobre todo, la lectura de 2666 de Roberto Bolaño desbarató los planes. Concluí la lectura en Hamburgo, sin tener ni idea de que el parque por el que paseaba esos días era el mismo en que el viejo Archimboldi conversó con Alexander fürst Pückler mientras saboreaba un helado, y donde Bolaño abandonó a su personaje en la víspera de que tomara un avión rumba a México. Fue sin duda una de las experiencias de lectura más intensas que he tenido en los últimos años” (338).

En el capítulo titulado “Documento y monumento”, en la sección número 19 de Ética y representación, el autor reflexiona en torno a la utilización del dolor real en la representación literaria; él habla, específicamente, del caso de 2666, novela póstuma de Roberto Bolaño, en la que Ciudad Juárez aparece con el nombre de Santa Teresa. Además, la monumental obra contiene un capítulo de más de 300 páginas construido a partir de informes forenses, en donde se identifica a las víctimas de feminicidio: “La parte de los crímenes”. Algunas de las preguntas con las que abre el capítulo son: “¿Representar el dolor consecuencia del mal no constituye una estetización intolerable, que incluso puede llegar a prolongar el crimen mismo? ¿Por qué no actuar en contra del mal en vez de representarlo o representar el dolor de las víctimas? La representación, al mismo tiempo que combate el silenciamiento de los crímenes, ¿no amplía también su potencia simbólica?”

Sánchez escribe acerca de la cuestión que se planteaba Susan Sontag en Ante el dolor de los demás (2003), donde la escritora estadounidense, de origen judío, pregunta sobre los efectos de la reproducción de fotografías de guerra que daban testimonio del horror y la legitimidad de su utilización. Para Sontag: “hay imágenes del horror que sólo deberían ser vistas por aquellos que pueden hacer algo por aliviar o evitar la repetición del dolor que representan”. José A. Sánchez piensa que la práctica artística construida sobre el dolor de otros debería surgir de la afección y no del interés. En este sentido, “Roberto Bolaño decidió que el feminicidio impune y la culpabilidad del Estado en el que se había formado como escritor reclamaban su trabajo de ficción”. Sánchez le reconoce a Bolaño el dar “centralidad literaria” a los hechos que el Estado mexicano se empeñaba en minimizar, además de hacer un “monumento disidente” que representa no una historia oficial, sino una marcada por el feminicidio impune.

Fotografía de José Luis González

En esta ciudad fronteriza, en la que vivo, las representaciones artísticas a partir del dolor real son una constante. No podría decir, como Sánchez, que alguna de ellas constituye un “monumento disidente”, porque ese ya lo ocupa la Cruz de clavos que hay en la Avenida Juárez, así como también las cruces sobre fondo rosa que sobrepuestas en muchos postes de la ciudad. Habiendo tantas representaciones ficcionales que tienen esa misma “centralidad literaria” que le atribuye Sánchez a 2666, no es estoy seguro si la de Bolaño es (o fue) “un reto a la moral imperante”. Tristeza, rabia e impotencia he sentido al ser lector o espectador en estas representaciones del dolor. El feminicidio impune representado en la literatura, el cine o las artes escénicas es duro de contemplar: ha brincado de la realidad a la ficción; uno recorre las páginas o asiste al cine o al teatro sabiendo que se vas a romper. Sin embargo, me gustaría volver a escribir la proposición de Sontag: “hay imágenes del horror que sólo deberían ser vistas por aquellos que pueden hacer algo por aliviar o evitar la repetición del dolor que representan”.

¿Qué sucedería si alguna de las representaciones ficcionales del feminicidio en Ciudad Juárez fuera vista por las autoridades o dependencias a quienes corresponde su solución? Me las imagino como público o lectores de estas obras. ¿Saldrían ilesos o se sentirían afectados? Y si es así, ¿harán algo por aliviar el dolor de la/os demás?

Gibrán Lucero

Frente a una copa de vino, yo me río de mí (2)

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Segunda parte de la reseña de la novela De Obregón… El Recreo (2012) de Mauricio Rodríguez

13. La vida melodramática, arrastra el sinsabor del cliché, pero conserva matices distintivos. Y la vida de Zerk los tiene en buena medida destacados: la novela inicia con el divorcio del protagonista, su reajuste emocional (‘me fragmentaba en la noche llamada something else’), las primeras andanzas de libertad (condicionada al dolor): “hace tres semanas la calle es mi refugio. No he conseguido dormir como cuando estaba al lado de ella, quiero decir, hace tiempo que no cojo”. El poeta va hilando las emociones encontradas en su vagar nocturno-citadino: “En estos días la poesía en mí se resume a meros destellos. Me refugio en las calles porque no hay duda de que si algo hermoso tiene la Ciudad del Crimen, es su horroroso primer cuadro”. Zerk habla de ese otro espacio (opuesto al artificioso lugar ameno de El Recreo) donde encontrará amistades efímeras, conversaciones con personajes excéntricos, relaciones con nuevas amigas, con prostitutas de la calle La Paz. Encontrará sobre todo anécdotas que irán integrando a su narrativa en proceso de llegar a ser novela (la que estamos leyendo y comentando). Escribir del melodrama no es escapar de él, es darle solo el matiz de ser materia poetizable.

14. Los amoríos, según Zerk, deberían iniciarse o acabar en moteles de paso. La sensualidad es una descripción brevísima de maratones sexuales. La sucesión de acostones son, al fin de cuentas, cuerpos mal dibujados de mujeres similares. Zerk renuncia a la descripción minuciosa de las cualidades de aquel manojo de aventuras moteleras. Baste decir que una chica llamada Mina (por ejemplo) “le gustaba que la llamara mi puta, mi perra, en las noches interminables de sexo, pero una noche se fue de mi vida, como muchas otras se han ido”. O los acostones con Bátiz que también, un día, ella se despide: “solo fueron unos segundos, intercambio de miradas, un apretón de manos en el que se marcó un adiós, premeditado y luego volver al mundo que cada uno había decidido para sí”.

Fotografía de Alex Briseño

15. La novela es rica en anécdotas, tanto que algunos han confundido la novela con una serie de relatos. Anoto como ejemplo, un par de estas breves historias: A) La anécdota de los Eternos Sospechosos: “Una camioneta de la policía se detiene para investigar a dos cholos cuyo único delito fue tener tatuado el barrio en el cuello. Los revisan, primero de vista, luego inspeccionan entre sus ropas y les piden sus papeles para transitar por la calle que ya no les pertenece. No encuentran nada. Me observan. Me siento un criminal sin delito”. B) El extraordinario capítulo de los Merolicos, que es uno de los más entretenidos de la obra. Se trata más que del evento narrado, la manera cómo Mauricio lleva a la escritura el lenguaje oral, las expresiones de los pícaros de oficio que entretienen con gestos y voces a la gente para sacarle algunos billetes o (si se pudiera) alguna cartera: “Mira, acércate, no estamos aquí para pedir, estamos para dar querido público”.

Lee aquí el libro

16. Felizmente los logros poéticos abarcan capítulos enteros, además de refugiarse en pequeñas frases incrustadas en la narrativa general. Por ejemplo, hay un momento donde Zerk se mira al espejo (de su casa) y dice o piensa: “al llegar al baño con una estupenda cruda, me doy cuenta que el hombre al utilizar el rastrillo limpia las heridas de los días, esas que va dejando el desengaño. Afuera llueve a cántaros”. Su poesía habita también, la hostilidad de las circunstancias.

17. Fuera y dentro, las calles de Ciudad Juárez o El Recreo no son solo escenarios, sino personajes de múltiples voces. El Espejo de la cantina, el cuadro histórico de la ciudad, llega a representar, como la fila de mujeres sexuadas, suciedad, ebriedad, purgatorio de seres errantes: “por esta calle habitan también una gran cantidad de catarrines trasnochados, amigos todos, guerreros de 24 horas, que por lo general se quedan dormidos donde les da su chingada gana, ahí nomás se tiran y en cuanto despiertan le dan un entre a su botellita de alcohol de caña. Poco les importa el orín o la mierda que se las ha escapado”. La ciudad es una cantina, el ágora de los Miserables, refugio de los sobre-jodidos, casi seres humanos (los une al parecer, la boca de una botella), amigos, etílicos, como los borrachines de El Recreo (aunque estos tienen la mesura de la civilidad, la limpieza y el título de poetas clasemedieros y además se bañan a diario). Afuera domina una atmósfera de angustias a punto de estallas; adentro, en El Recreo, un (falso) oasis que comienza con ‘deme una cerveza’ y termina con el consabido grito parroquiano: ‘¡Ya no le sirvan!’. Fuera de El Recreo todo es enumeración de la miseria; dentro de El Recreo lo conversado acaba en terapia colectiva de consolación que se sabe atrapada en un mundo alterno de fatalidades.

18. Zerk, aquel joven desempacado de Torreón, Coahuila, se transforma en el Poeta Divorciado, el solitario disponible, el que ayer odiaba la ciudad y ahora se deja querer por la parte que ella le brinda: “dándole la vuelta al sector viejo de la ciudad me encuentro por la calle La Paz, donde se vende lo mismo frutas de temporada a grito pelón y en bolsa de plástico, que unos apestosos y tan poco salubres como suculentos tacos de hígado, excepcionales para apaciguar la tripa en tiempos de carestía”. en unos cuantos meses, Zerk conocerá a fondo a la ciudad odiada. Será parte de ella, de su pintoresquismo que huele a sexo, a vómitos y otros desechos. Ciudad en la que solo falta el estallido de una bomba exterminadora (cf. Diego Ordaz, Permutaciones para el estertor del mundo, 2017) o la carrera de zombis en búsqueda del buffet escondido (cf. Juan Carlos Esquivel, ‘La frontera de los muertos vivientes’, en Arenas Blancas 12, primavera 2013).

19. Zerk es el periodista que no pocas veces tiene momentos de gran lucidez profesional. Por ejemplo, cuando reflexiona sobre el papel del periodismo como insensibilizador, dice: “Escribo las historias de otros y me desgasto como una consecuencia, despacio. En una nota periodística siempre falta espacio para contar todas las emociones”, “peor aún, las estructuras informativas impiden por lo general el uso de emociones, todo se resume al hecho”. “Intuyo que esta desensibilización de alguna manera ha afectado al comportamiento del lector, que ya poco le importa si una persona muere o se saca la lotería”. Por ello, Zerk prefiere el oficio de la narrativa cultural, la entrevista que se convertirá en crónica mitificadora de vidas sin importancia. Los entrevistados tienen sueños, palabras que son enumeraciones de una escalada de fracasos. Los entrevistados son losers que habitan los espacios paupérrimos de la vida nocturna juarense o los oficios impuestos a destiempo.

20. De Obregón…El Recreo es el cansancio existencial de un joven que Zerk traduce en una narrativa de conjuntos fragmentados dramáticos, amargos. Es necesario escapar, salir en búsqueda de la ciudad deseada: Obregón. Allí está la promesa del amor (Mina). Pero la huida no ocurre. La pasividad del personaje se convierte en un caso de claustrofobia recurrente. Vivirá en un estado de aguda auto-crítica y de un constante amor-odio hacia la ciudad que no acaba de ser xenofóbica, y loser ella misma: “esta ciudad es la más tranquila del mundo. Lo digo en serio, a pesar de que diariamente la muerte se da sus buenos danzones en las casas, nadie se mueve, todos quietos, quietecitos esperan como vacas sagradas a que la pelona los visite”. El empleo de la ironía profunda es convicción aguda de la desesperanza que habita (que lo habita) en sus conclusiones más pesimistas y justas de la realidad juarense. Después de todo, tal es el estado emocional de miles de juarenses que habitan ‘la hermosa Ciudad del Crimen’.

21. Mauricio Rodríguez en esta novela retoma la herencia de la prosa poética francesa (siglo XIX), la crónica a la manera Poniatowska y la influencia de la escritura local que exalta la magia del antro idealizado (desde la narrativa iniciática de Rosario Sanmiguel, hasta los poemas etílicos de Miguel Ángel Chávez y toda la poesía local que sigue los pasos del abuelo Kerouac y del abuelo Bukowski).

22. Soy optimista cuando se trata de la literatura juarense (debilidad identitaria, fetichismo provinciano): la literatura local goza de buena salud, aunque ciertos imaginarios solitarios (opuestos, si así se quiere, a los imaginarios colectivos de la sociología) continúen con personajes estancados en un círculo vicioso que van del placer etílico a la abulia de la santa cruda, de la primera chela al último trago sangre (el nivel del hartazgo será, sin duda alguna, el tamaño del apocalipsis concebido, consabido).

Fotografía de Alex Briseño

23. Cuando Mauricio Rodríguez publicó esta novela tenía 37 años. Hoy tiene 45, el doble de edad de lxs nuevxs escritorxs que han encontrado el tema del género como idea esperanzadora de (al menos) una nueva visión de las relaciones humanas. También en este renglón soy optimista y autocrítico: no analicé, por ejemplo, el anclaje (o el repertorio) machista del personaje Zerk: sus reclamos unilaterales a la ex pareja, su recuento aparentemente discreto de acostones sin más efecto que la enumeración abúlica, el uso del aparato narrativo como un motivo confesional para autogenerar un discurso de víctima de las ingratas (aclaro que jamás aceptaría como índice de valor a un manual novelado de buena conducta feminista, pero sí el acercamiento explícito a esta sensibilidad que es ya una re-educación sentimental, una re-difinición de los términos de relaciones humanas). No existe en la narrativa de Mauricio una misoginia como ocurre en ciertos poetas juarenses de mediados de los 80, pero sí hay continuidad de la perspectiva que se finge exenta a los avatares de la victimización de género (no así de la victimización xenofóbica que Mauricio-Zerk muy bien describe). Esperemos en sus próximas novelas una transformación emocional de Zerk, el Montecristo.

José Manuel García-García
Profesor Emérito, NMSU