De perras mujeres

Berenice Vázquez, conocida en el mundo literario bajo el sugestivo pseudónimo de Violentta Schmidt, es una poeta y artista juarense formada en los talleres del ICHICULT y la UACJ, cuya poesía puede encontrarse en revistas literarias alrededor del mundo. Nacida en 1981, su escritura se concentra en Pasajes incendiarios de una mujer desnuda, su primera obra poética, publicada en 2018 en la editorial independiente de Mexicali, Pinos Alados. El poemario, carente en su totalidad de cualquier signo de puntuación, parece dividirse en dos: Schmidt ofrece al lector una primera oportunidad al acercarlo a sus textos adolescentes, para luego entrar de lleno en el poemario en sí, donde se percibe, tras la lectura ordenada de la obra, una evolución tanto en técnica como en temas presentados, ligados íntimamente a la vida de la escritora. La selección de 34 piezas se mueve alrededor de un objetivo específico: la necesidad de la voz poética por encontrarse a sí misma y a la identidad femenina dentro de la ciudad violenta que es Juárez, descubriendo imágenes que mutan desde el desencanto amoroso y la maternidad hasta la migración y la tortura, violación y asesinato de los cuerpos femeninos, centrándose en el retrato de reflejos femeninos –mujeres propiamente, aunque también destaca la presencia del agua y los animales– como el medio principal del autodescubrimiento.

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Aunque me centraré en “De a perrita”, destaco otras dos piezas: “Dos Evas mal iluminadas” y “A Ofelia”. En el primero, se retrata la intimidad del yo lírico (quizá Berenice) y un tú extinto (quizá Susana Chávez, poeta y activista asesinada en 2011): “Me incomodó su imagen en mi mente / una deidad tirada en el callejón / con las carnes cenizas y la mano cercenada”; en el segundo se revela que Hamlet “era un rufián vengativo malísimo para coger y para hacer versos”, lo que lleva a Ofelia no a suicidarse, sino a sumergirse en las aguas mujeriles y perderse en sí misma. De escritura indudablemente femenina, la animalización es una imagen que con frecuencia aparece en Pasajes incendiarios: en “Decálogo de mis placeres”, por ejemplo, la voz poética confiesa: “9. Me gusta de a perrito”. Sin embargo, la sexualidad anunciada en “De a perrita”, composición que cierra el poemario, se transfoma en un sadismo violento que explora el lugar de los perros y de las mujeres dentro de las sociedades dominadas por rígidos pensamientos religiosos: mientras que “tener un perro es signo vulgar occidental” para los iraníes, “los musulmanes te matan por usar pantalones apretaditos”. Sin embargo, incluso en el contrario mundo occidental, la situación de los dos grupos abordados se mantiene en desventaja: se denuncia la carencia de alma en perros y mujeres desde la perspectiva católica: “por eso se encargaron de cazarnos / violarnos y quemarnos vivas”. El poderoso poema de Schmidt concluye con los embravecidos ladridos de la femenina voz poética, expresando un discurso cuya fuerza radica en la personalidad brutal de la mujer como muestra última de su resistencia contra un sistema que se esfuerza en someterla como si de su mascota se tratara: “me considero tan impura como un perro / porque voy a seguir ladrádole con mala entraña / a todas las putas religiones”. En una ciudad feminicida el poema se antoja perfecto, con más razón en un lugar donde los perros callejeros se consideran no sólo un problema de salubridad sino una plaga cuya única solución es el asesinato de los animales desamparados.

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Hace poco escuché de los labios de una compañera cómo se divertía mientras manejaba pasando su automóvil encima de gatos negros; los otros animales le agradaban, según ella, pero los gatos negros no. Le daban asco y, de acuerdo con su retorcida lógica, arrollarlos era una solución graciosa. Su anécdota me recordó las múltiples ocasiones en que he estado scrolleando mi muro de Facebook y me he topado con imágenes dolorosamente gráficas mediante las cuales se denuncia el maltrato animal. Entre estos mismos encuentros me enfrenté a la fotografía del cadáver descuartizado de Ingrid Escamilla, una joven un año mayor que yo, asesinada en la Ciudad de México por su pareja; no obstante, estas filtraciones, todavía sin penalidad judicial, no son extrañas, ni para las redes sociales ni los medios de comunicación digitales o impresos. De la misma manera que en nuestros paisajes urbanos se exhiben los cadáveres de animales muertos, las capturas de los últimos momentos de vida y del estado ya perpetuo de la muerte de muchas mujeres se presentan como un espectáculo de lo hórrido, del feminicidio. Las calles de Juárez no se encuentran únicamente repletas de jaurías de canes hambrientos y cansados: en sus arterias se amontonan sus cadáveres podridos, tantos que nuestras autoridades ya no se esfuerzan por identificar cuándo se trata de un perro y cuándo de una mujer.

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Pamela Torres Martínez

Justicia que no llega: Castigos en el aire

Por mucho tiempo, las mujeres han sido relegadas a la sumisión y al silencio. Arminé Arjona siempre lo supo y, desde su producción literaria y otros medios, como las pintas callejeras, alzó la voz en nombre de los sectores más desprotegidos de la sociedad. Su novela Castigos en el aire reúne las historias de un círculo de presidiarias de la cárcel del condado de El Paso, Texas, donde la búsqueda de una pizca de humanidad permea a pesar de la injusticia a la que se les somete. El breve relato, debut de la autora en el género novelístico, se publicó bajo el sello de la editorial Hibrid@s en mayo del 2019, en formato e-book. Igual que sus otras obras, Juárez tan lleno de sol y desolado (2005) y Delincuentos: Historias del narcotráfico (2009), este texto convierte el espacio fronterizo en su escenario de acción y, al mismo tiempo, de reflexión.

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Ortiz, Jackie, Pam, Drew y Adriana padecen la desprotección de un sistema que las rechaza y las ha catalogado como criminales. Acusadas de narcotráfico, violencia intrafamiliar, asesinato y prostitución, esperan sus juicios ante la imposibilidad de pagar una fianza. El trato déspota de las custodias, la deficiente atención médica y el frío de un voraz desierto forman parte de las adversidades cotidianas entre las rejas. Infortunios que responden a situaciones azarosas y malas decisiones que poco tienen que ver con la intención de delinquir. Adriana, por ejemplo, compró un auto en Ciudad Juárez y por recomendación del vendedor lo condujo hacia El Paso para que lo revisara un mecánico; se encontraba cargando con más de cincuenta libras de mariguana y, sin ser consciente de lo que sucedía, la joven perdió su libertad en las inmediaciones del puente internacional.

La disposición de los capítulos de la obra genera un contraste drástico, pues se desarrollan en una dicotomía temporal; es decir, entre los periodos previos y posteriores a los arrestos de cada una de las cinco mujeres en las que se centrará la narración. La vena poética de la autora aflora en su narrativa, el uso constante de anáforas y enumeraciones ahonda en la descripción del espacio y el monótono trascurrir del tiempo: “El pesar de los pesares, el horror de la injusticia, el olor de la venganza, el rencor acumulado, las lágrimas retenidas, las tensiones contenidas. La prohibición de tocarse, los maltratos a mansalva, el menoscabo infinito. La negrura y la amargura, el rigor del frigorífico, la frigidez tan impuesta, el alma siempre en quebranto, la sujeción acuosa del llanto”. El permanente clima gélido de las celdas incrementa la sensación de aprisionamiento, ya que la baja temperatura lastima los músculos y limita aún más la movilidad de las féminas. Además, los diálogos muestran el hablar propio de la zona, ese español agringado lleno de préstamos lingüísticos que genera un recorrido intermitente entre las dos lenguas, a la vez que revela el origen hispano de la mayoría de los habitantes de El Paso: “Si te sueltan mañana, ya no vuelvas, Fuck the court, fuck everything… go back to Mexico. You can’t trust justice. Don’t come back”.

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Durante la década pasada, el nombre de Arminé Arjona resaltó entre la comunidad juarense debido a una serie de breves textos que plasmó en paredes y muros públicos. Aforismos como “no me hallo, estoy desaparecida”, resumían, en brevísimas palabras, esa crítica voraz a la violencia e inseguridad que caracteriza a la autora fronteriza. En el epílogo de Castigos en el aire, Hilda Sotelo se refiere a esta actitud como a una postura “encabronada” y necesaria, pues el compromiso de quien se dedica a las letras es “con el universo y su cuerpo (la consciencia, ética), las escritoras podemos ser libres, escribir sin necesidad imperiosa de ser aceptadas. Podemos crear nuestras propias leyes creativas”. Con los textos de Arminé la lectora reflexionará sobre la culpa o inocencia que recae en los personajes, pero más allá de ese debate, atestiguará que el peor crimen de muchos consiste en pertenecer a un grupo desprotegido: los hispanos, las trabajadoras sexuales, los integrantes de la comunidad LGBTQ+, o simplemente ser mujer.

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Empatizar con aquel al que el sistema llama delincuente no resulta una tarea sencilla. En febrero del 2017, el Papa Francisco visitó el CERESO de Ciudad Juárez y durante su discurso invitó a los reos a perdonar a la sociedad por haberles fallado en su formación y haber dispuesto de alguna forma las condiciones o carencias que los condujeron a delinquir. Poco se habla de la responsabilidad de las instituciones por proveer las herramientas necesarias para la instrucción de ciudadanos íntegros. El enfoque de la problemática criminal que propone Arminé cumple una de las labores más nobles de la literatura: situarnos en los zapatos de alguien cuya realidad nos parece ajena para, desde ahí, sensibilizarnos, volver a nuestra humanidad y, probablemente, también encabronarnos.

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Claudia Chacón

El último hombre dispuesto a todo

El poemario de Jorge Humberto Chávez, La otra cara del vidrio, es muy difícil de conseguir, tanto o más que su opera prima: De 5 a 7 pm (1981), en el caso de que esta exista. Su segundo poemario fue editado en la colección de cuadernillos Praxis/Dos Filos por la Universidad Autónoma de Zacatecas a finales de 1984. Según la introducción, escrita por su maestro, David Ojeda, el texto es producto de la experiencia de Jorge Humberto Chávez en la ciudad, así como de su participación en un taller “lleno de rencor y humorismo”, impartido en el Museo de Arte e Historia de Ciudad Juárez, y de las nuevas lecturas hechas a Borges y a Paz. Llegó a mis manos en una versión escaneada, en la cual se aprecia el intento del autor de alejarse de la “gran poesía”, en busca de una voz propia e irreverente que proponga cosas desconocidas en el saturado mundo del verso libre. No sé con cuánto acierto se haya logrado lo propuesto, pero su lectura deja una extraña sensación agridulce, así como la duda de qué es lo que se quería decir. La propuesta estética recae, según entiendo, en la mujer, pero es aquella figura que se nos ha vendido desde hace mucho tiempo: un cuerpo listo para proporcionar belleza a los ojos del hombre.

El tema de la mujer siempre será delicado, en la literatura y en cualquier disciplina. La concepción romántica del cuerpo femenino como objeto, más propiamente aquel que da placer, es una cuestión que ya debe estar superada. No existe en este poemario una voz que reivindique la figura femenina, más bien se esfuerza en mantener el discurso del sexo débil versus el fuerte. Pareciera ser el fruto del trabajo de un joven poeta, muy hombre, que apenas se acerca a la escritura, mostrando un exacerbado pensamiento machista en donde el yo lírico parece forzado a escribir sobre feminidad para enaltecer escenas confusas y una concepción tergiversada del placer. De hecho, es necesario dejar de ver a la mujer como un tema literario o una fuente de inspiración para que adquiera, sin intermediarios, su verdadera dimensión: la de una persona que día a día se enfrenta con la violencia sistemática de la sociedad en la que vivimos. Si así es la realidad, ¿para qué repetir esos patrones en la poesía, cuando debieran ser medios para subvertir el discurso oficial que no ha hecho más que perjudicar durante tanto tiempo? ¿Se puede justificar una poética solo por haber sido publicada hace más de 30 años?

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Quizá uno de los puntos a resaltar de La otra cara del vidrio es la alternancia entre la prosa con el verso libre, aunque ese mérito no resulta suficiente para decir que se trata de una obra innovadora. E insisto: es de vital importancia dejar de ver a la mujer como ese ser ajeno a nosotros, que deambula bajo un halo de misterio. La voz femenina siempre ha tenido la importancia que apenas hace algún tiempo comenzó a dársele, pero había estado invisibilizada precisamente por creerla un tema propio de la poesía amorosa, romántica, supuestamente erótica. Hay tanto qué decir al respecto, tantos discursos que derribar, tantas imágenes por revisar –como la encumbrada poesía que surgió en la primera generación del Taller Literario del INBA–. ¿Sería adecuado catalogar al poemario como misógino? ¿Qué tanto afecta una lectura contemporánea a los versos de Jorge Humberto Chávez? Aún con el riesgo de la trasposición de contextos y miradas, los poemas sostienen que la belleza en el cuerpo de la mujer existe porque antes ha pasado por el filtro de los ojos (de la pluma) del varón, lo cual me parece lamentable. Por otra parte, reconozco el intento por innovar la forma de expresión poética, por cifrar en verso en el deseo y ubicar la atracción a ras de suelo: “con el amarillo de las calles / el coletazo del partido pez / la humadera del opio y el biciclo anónimo”. Ojalá que se trate del último hombre dispuesto a todo.

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Ulises Adonay Guzmán

Dos conejos blancos: la inocencia de la migración

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“Cuando viajamos yo cuento lo que veo. Cinco vacas, cuatro gallinas y otro animal que no conozco. Un burrito aburrido y cincuenta pájaros en el cielo.” Así comienza Dos conejos blancos (2015), un libo-álbum escrito por el colombiano Jairo Buitrago e ilustrado por el peruano Rafael Yockteng. A través de una serie de bellos cuadros y una narración envuelta en la imaginación de una niña migrante, esta obra nos muestra una mirada inocente, muchas veces ignorada o minimizada por la comunidad, respecto a un problema social que ha afectado a miles de personas.

El tema de la migración nos concierne a todos y todas. Durante los últimos años, la realidad nos ha demostrado que muchas veces quienes más sufren al tener que huir de sus casas, por cualquier razón (violencia, pobreza), son los pequeños. Cada día cientos de familias de todo el mundo, un padre y su hija o una madre con su bebé en brazos, se ven obligados a abandonar sus hogares y enfrentarse a un peligroso viaje sin ningún tipo de seguridad: dos conejos enfrentándose a un terrible coyote, a los peligros del desierto, a La Bestia o la soledad y al miedo de perder lo único que les queda, sus seres queridos.

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Por ello, debemos reflexionar también sobre este problema en torno y desde las miradas infantiles. ¿Qué tantas preguntas dejamos sin contestar a nuestros niños y niñas por miedo a que no lo comprendan o se asusten? El papá del cuento de Buitrago deja muchas veces sin respuestas a la pequeña, por lo que ella crea sus propias historias y explicaciones. En situaciones de crisis, la imaginación ayuda a sobrellevarlas; no obstante, como adultos debemos cuestionarnos si le damos la importancia necesaria a los comentarios, opiniones y temores de nuestros hijos.

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Dos conejos blancos, sin duda es una lectura en la cual las ilustraciones resultan fundamentales para la comprensión de la historia. El conteo de las cosas que la niña ve durante el viaje ayuda a mantener a los pequeños lectores atentos y entretenidos; además las imágenes sin texto invitan a la reflexión y a echar a volar la imaginación. Por esto proponemos una actividad en donde construirán e ilustrarán un final para la aventura de la pequeña y su papá, ¿qué paso con los dos conejos blancos?

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Cinthya Rodríguez
Amalia Rodríguez Isais

Darle asco a los que sí serán recordados

Asistir a congresos, como ponente o asistente, ha perdido valor y se ha convertido en turismo académico; sobre todo los organizados por y para estudiantes. No obstante, ahí encontré esperanza del futuro de las letras en México, conocí a personas que sé que algún día serán referentes en la literatura nacional: Nicté Toxqui, Ilse Daniela Campos, Antonio Miguel Ortíz (Miguel Guerra) y Aziz Córdova. Sobre este último quiero platicarles. Nació en Agua Prieta, Sonora en 1995, aunque se mueve constantemente entre la ciudad fronteriza y la capital del estado, Hermosillo. Del joven escritor aún conocemos poco. Todavía no aparecen tesis de posgrado sobre su vida y obra, pero en Facebook tiene más de “40 likes para un poema”; tampoco identificamos quiénes fueron sus influencias y a qué talleres asistió. Sin embargo, sabemos lo siguiente: que parece un gigante, no de los tenebrosos, sino de aquellos tan adorables que apenas lo ves quieres abrazar; que pocas veces peina su cabello dorado, que recorrió Baja California con un suéter amarillo y en cada parte que pisó dejó buenos recuerdos; y que cuando conversa muestra un tono de voz mantequilloso, pero cuando recita sus poemas se convierte en dragón y sus palabras se vuelven gruesas, roncas, como hechas de una brasa que nunca deja de arder.35 Jose SinEmbargo Aziz.jpg

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Tijuana, octubre de 2017

Dentro de un túnel al que se ingresa por la calle Revolución abundan, en espacios de 3×3 m., locales de comida rápida, vegana y antojitos, también de ropa, nueva y usada, baratijas chinas y casas de cambio. Ahí mismo, aunque parezca extraño, existe una bodega donde se recita poesía. Me sorprendió la cantidad de gente que intentaba acercarse lo más posible a la puerta y conseguir, a la primera posibilidad, un pequeño lugar desde el cual escuchar lo que se estaba leyendo. Un par de chicos conversaban frente a mí. El del mohawk verde bandera y chaqueta de cuero le decía a su compañero, vestido con chinos azul marino, zapatos cafés con un dragón en el empeine y jersey de las chivas: “¿Ya sigues a Aziz, wey? Te vas a cagar.”  “¿Aziz? ¿Es un nombre? Qué raro.” ¿Por qué el muchacho rojiblanco se iba a cagar?

A empujones logré colarme en el reducido lugar con piso de cemento, paredes y techo blanco, del que cuelga un foco de cuarenta watts. Pegadas en los muros y de pie, se encontraban unas veinticinco personas; sentadas o hincadas, había otras cincuenta, más todas las que permanecía afuera esperando un hueco. En el centro del recinto, se encontraba una enorme persona con pantalones caqui, camisa de cuadros cafés y un suéter amarillo con capucha. Debajo de esta se encontraba una cabeza cuyos cabellos dorados dejaban ver unos ojos serenos y una boca que cuando se abre revive muertos. Apenas comenzó a hablar, la bocina y el micrófono que sostenía con su mano derecha dejaron de ser necesarios. Su voz nos silenció a todos. Se me erizó la piel. Todos estábamos hechizados. Cuando Aziz recitó los primeros versos de “What does feel being in love feel like” sentí que entendía lo que quería decir, pues Aziz había encontrado las palabras para expresar cómo se siente mi generación. Porque solo él, ahí en esa bodega en medio de un túnel dentro del corazón de Tijuana, pudo expresarle al mundo el sentir de los ahí presentes cuando amamos y nos aman: “like a cucaracha crawling on your back”.

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Los poemas de Aziz circularon por años en internet; aún hoy, escarbando por Tumblr, Facebook o Youtube, encuentro textos que no conocía. En el 2018 decidió publicar su primer libro titulado Como siempre llego tarde (o me vengo muy pronto). Tuve que viajar hasta Hermosillo para conseguir una copia, aunque, por desgracia, no encontré al autor en la ciudad. El poemario fue “amasado y horneado” por La Panadería Editorial y se imprimió en los talleres gráficos de la Librería Hypathia. Un total de veinticinco poemas de todas formas y colores se divide en cinco partes: “La bataca trae un feel”, “Aquí va esta maroma”, “Mi tristeza es humana”, “Acá todo quiere encandilar” y “Poemas grandes y peludos”, más un  “Prólogo coral” en el que diversas personas, entre amigos, conocidos y anónimos, escriben sobre Aziz y su forma de ser y hacer.

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No redacto esto para juzgar lo bueno o malo del poemario, eso se lo dejo, como dice Aziz, “a los ángeles bonitos de títulos perfumados y maletín pretensioso”. Escribo porque quisiera que todos conocieran este libro y al autor y que,  haya donde lo vean, le den un abrazo de mi parte y un sincero agradecimiento. Podría decir que los poemas se presentan en verso libre, que fueron compuestos entre 2014 y 2017 para leerse en voz alta, y que buscan rescatar las dimensiones orales de la poesía, pero ese tipo de análisis no me interesa por el momento. Más bien me importa que sepan que al leer “Qué será de ti al otro lado del mundo” será inevitable pensar en aquel amigo o pareja imposible cuya ausencia física continua doliendo; que en “Todos somos ollitas quebradas” aparecen esas personas fantasmas que buscamos en las demás; y que en “Que nadie se calle” se encuentra un manifiesto de resistencia y rebeldía tan sincero que los libros de Camus parecen innecesarios. Creerán que exagero, quizá sí, tal vez mi sincera escritura le dé asco a quien sí será recordado,  pero ¿acaso no es esta la mejor forma de expresar y difundir las maravillas de las letras?

José Vargas

Rodolfo Fierro: el Carnicero

Rodolfo Fierro fue un general revolucionario nacido en La Fuente, Sinaloa, en 1880. Ingresó a las filas armadas en 1913 como pagador. Tiempo después fue ascendiendo en sus rangos militares: primero lo nombraron comandante del Cuerpo de Guías; luego, su desatacada participación en la batalla de Tierra Blanca, que le dio a Villa el mando de Ciudad Juárez, le valió el cargo de general, además de convertirlo en la mano derecha del Centauro del Norte, a quien le tenía una enorme lealtad. Le apodaban el Carnicero y se destacaba por ser intrépido. A él se le encomendaba la tarea de fusilar a los prisioneros o desertores. Además de la ya mencionada campaña de Torre Blanca, combatió en las tomas de Torreón y Zacatecas. Sin embargo, su actuación en la lucha contra Carranza falló, siendo derrotado en Guadalajara. En la batalla de León intentó tomar el Cerro de la Cruz sin la orden de su superior, lo que generó pérdidas humanas a Los Dorados. El Centauro lo manda a capturar y fusilar, pero se salva al ser enviado como prisionero a Chihuahua. Cuando se recuperó volvió al ejercito villista ganando batallas en Celaya y León, pero perdiendo, nuevamente, en Salvatierra y Valle de Santiago. Murió ahogado el 13 o 14 de octubre de 1915 al intentar cruzar la laguna artificial de Nuevo Casas Grandes, Chihuahua.

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El cuento “Oro, caballo y hombre” de Rafael F. Muñoz apareció publicado por primera vez en Si me han de matar mañana…, cuentario de 1933 que contiene textos esenciales para comprender la narrativa revolucionaria. En dicho relato se detalla la muerte del villista en aquella laguna. Su modo tosco y grosero queda bien dibujado en esta historia. A pesar de que el retrato está en el terreno de lo ficticio, ofrece un fiel acercamiento a la actitud del caudillo. Otro cuento en que aparece como personaje es en “La fiesta de las balas” del autor Martín Luis Guzmán. Aquí se narra cómo el caudillo libera a 300 hombres en un llano ofreciéndoles la oportunidad de salvarse; mientras huyen, el general dispara sin piedad y advierte al encargado de darle los cartuchos, que si uno de los prisioneros escapa, lo asesinará también a él.

Además de que su muerte ha sido documentada por Rubén Osorio en su libro La familia secreta de Pancho Villa, en una entrevista, Osorio refiere que descubrió la tumba del sinaloense por un acta que le mostró el dueño de un panteón en Chihuahua. Posteriormente, cenando con colegas de una universidad de Texas, les dice que encontró la tumba del Carnicero; sorprendidos por el hallazgo, donan cinco dólares cada uno para ponerle una placa a la tumba. La inscripción se colocó y con el dinero restante (treinta pesos) Rubén Osorio compró un ramo de flores para coronar la lápida.

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La calle General Rodolfo Fierro, en la colonia Pancho Villa, está rodeada de otras cuyos nombres también son personajes revolucionarios: Felipe Ángeles, Pascual Orozco o la que lleva el nombre del mismo Villa. Resulta curioso que el apelativo de un revolucionario con tal reputación haya servido para designar a una calle, pero quizá su sentido venga de la configuración que hace en conjunto con las otras. Como se ha dicho, Felipe Ángeles y Francisco Villa son sus colindantes. Recuérdese que Fierro y Ángeles eran las armas principales y más poderosas de Villa, jefe máximo de los Dorados. Colocar a estos tres personajes realza la idea de las diferentes facciones de un mismo fenómeno: la estrategia de Ángeles, la astucia de Villa y la fuerza de Fierro. Los tres pertenecieron al mismo bando, cada uno aportó lo suyo. Mientras tanto, al transeúnte que recorra estas calles no dejará de parecerle insólito que la Rodolfo Fierro, la Felipe Ángeles y la Francisco Villa parezcan encerrarlo estratégicamente y, que si logra escapar, quizá sea perseguido por el Carnicero.

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Osiel Adolfo Montiel Maldonado

Historia de Ciudad Juárez: Flor de Río

Hace muchos años vivió una niña llamada Flor de Río donde hoy es Ciudad Juárez, cerca del afluente que divide dos países. Sin embargo, el lugar donde nació, creció, lloró y salvó a su pueblo –los comanches– dista mucho de lo que conocemos actualmente. La leyenda de la flor “el conejo” (1983) se basa en una antigua historia oral de Texas que Tomie DePaola recrea e ilustra para mostrarnos cómo el orgullo, la bondad y la inteligencia de una pequeña cambió nuestra historia, paisaje y forma de vida.

Antes de la lectura recomendamos escuchar la canción “Flor de río” del grupo Bandula, ya que retoma la leyenda de la pequeña comanche para enfatizar el potencial de todas las niñas y unirse, así, en la búsqueda de libertad e igualdad de género. Además, uno de los ejercicios propuestos surge a partir de la letra de esta melodía. Sin duda, la historia de la frontera ha pasado por un sinfín de vaivenes; por ello, no debemos olvidar nuestras raíces ni el hecho de que solamente juntos y en armonía podremos sobrellevar cualquier situación (una sequía o una epidemia, por ejemplo).

 

Ejercicio 1: Escritura guiada

“En una botella esta carta yo metí.
La arrojé al océano para que llegara a ti.
Si la estás leyendo tal vez sientas y pienses,
lo que sueña y desea una niña chihuahuense”. Emilio Lome

Vamos a imaginar que escribiremos una carta para que alguien del otro lado del mundo o de un tiempo futuro conozca nuestros sueños y deseos. ¿Qué diríamos? Usemos como ejemplo o referencia la carta-canción de Flor de Río.

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Ejercicio 2: Imaginemos con dibujos 

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Amalia Rodríguez
Cinthya Rodríguez

Mi lugar favorito

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La sangre hermana, incluso la derramada. Ciudad Juárez tiene más en común con ciudades en guerra que con las urbes más cercanas; encontraríamos más similitudes con alguna ciudad en medio oriente que con la que se encuentra saltando el río. Los niveles de violencia lo dejan claro: mientras que nuestra localidad por años estuvo en el top de la inseguridad mundial, El Paso siempre ha sido reconocido como uno de los lugares más seguros de Estados Unidos. Por ello, pese a ciertas cosas que nos unen, solemos acercamos a quienes comparten las mismas cicatrices de violencia y conflicto, como Madera, pues resulta más fácil hablar entre iguales. Normalizamos hablar de balas, de pistolas, de cuerpos que mutilaron, de a quién mataron en la mañana. Cuando visitamos otro espacio, siempre terminamos por contestar, a alguien, quien sea, la misma pregunta: “¿Qué tan feo está allá?”. “Bien”, “Lo normal”, contestamos ante la costumbre; defendemos el terruño incluso si no lo merece.

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Crédito de fotografía: José Luis González

Pertenezco a una de las ciudades más violentas del mundo, crecí y he comenzado a madurar en Ciudad Juárez. Mi lugar favorito en el mundo es también una zona conflictiva, tomada por el narco, dirían algunos. ¿Qué tan feo está Juárez? A veces respondo esta pregunta con otra: ¿Qué tan feo está Madera?”. La cuestión resultaría sencilla si no tuviera un trasfondo más allá de la mera estética. La población serrana tiene la fama (bien ganada) de ser una zona “caliente”, una base importante de operaciones del narco. Basta googlear un poco para encontrar notas sobre episodios de violencia en un municipio en el cual, hace una década, habitaban poco más de 15 mil habitantes. Esta semana hubo varios. Probablemente existen puntos más conflictivos dentro del mismo del estado, como la frontera; sin embargo, esta tiene más de un millón de habitantes, y la lógica matemática indica que, a mayor población la violencia aumenta. Por ello, a veces pesa más la palabra que los hechos, y la letanía “Madera, la violenta” se vuelve una distinción importante en medio del bosque. Con tan pocos habitantes resulta más fácil desaparecer en manos del narco, en poblados pequeñitos pero absolutamente tomados, en Las Varas, por ejemplo.

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Sobre la sección municipal llamada Las Varas existen crónicas que lo narran como el sitio más peligroso del estado, la clásica tierra de nadie. Resulta sencillo imaginárselo idéntico a la imagen hollywoodense del viejo oeste: con sus “saloon”, sus caballos amarrados a vigas de madera y vaqueros esperando a que su adversario saque la pistola para disparar primero. No me atrevería ir a este espacio de día de campo pues la integridad puede más que la curiosidad, pero he pasado por ahí y es exactamente igual a varios pequeños poblados distribuidos por las carreteras de Chihuahua, con nada espectacular más que la mirada de asombro de quienes te ven adentrarte en un vehículo por la noche. Esta idea de la violencia sobre una ciudad hace que Madera y Juárez se hermanen, ya que comparten la espera de la muerte. Aunque no todo recae en la amenaza constante de la posible bala en el pecho; es decir, quizá se normalizó la violencia, pero cuando se vive bajo fuego los cerillos asustan muy poco.34 Las Varas.jpg

La violencia en esta región de Chihuahua no es reciente. Así se muestra en la novela Las Mujeres del Alba (2010) de Carlos Montemayor, donde se narran los hechos ocurridos después del asalto al cuartel de Madera el 23 de septiembre de 1965 por ocho guerrilleros (la primera campaña de guerrilla de inspiración socialista), quienes demandaban tierra y justicia. La obra póstuma del escritor parralense funciona como registro literario de un suceso poco conocido de la historia mexicana, quizá por ocurrir en un sitio tan alejado y pequeño. Aparece también como un brillante acto polifónico de un relato que hurga en nuestros sentimientos e historias. Esta novela podría ser escrita de nuevo, con una nueva dirección, pero con el mismo propósito. En el futuro, alguien se sentirá obligado, así como en su momento le ocurrió a Montemayor, a darle voz a las mujeres que experimentan la violencia como víctimas pasivas. Será la población femenina de Ciudad Juárez, por ejemplo, quien cuente lo que ha sufrido durante años, aguardando noticias sobre su familiar, esperando saber si su esposo murió o está vivo, a que las aguas se calmen para poder salir.

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En Las Mujeres del Alba, los personajes son sometidos a la terrible incertidumbre de no saber qué pasó y quiénes exactamente murieron, ya que el ejército decide ocultar los cuerpos. Dentro del calvario, la idea de la muerte como un acto de heroísmo les ofrece un poco de consuelo: el fin de la vida de sus seres queridos ocurrió en la búsqueda de un cambio que jamás se dio. Para quienes perdieron a un hijo, un marido, un hermano o a un padre durante la continua violencia en Ciudad Juárez resulta complicado pensar que sucedió por un bien o alguna razón, más bien se culpa a la suerte de salir por la calle y estar en el lugar y momento equivocado.  Ya no existe el héroe creado por la idea del cambio; en su lugar se padece el horror del sufrimiento por convicción gubernamental.

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Entre 1965 y la actualidad hay cosas que no cambian: el gobierno es el mismo, indolente frente al sufrimiento de la gente e indiferente a la exigencia política y a la sensibilidad de los deudos ante sus muertos. Acá a nadie se respeta y cualquier cuerpo puede terminar en una fosa común construida por el ejército o por el narco o por la mezcla de ambos, ese narco-ejército que lleva desde el calderonato patrullando el país. Por ello, la reedición de Las Mujeres del Alba el año pasado llega en un momento social y político justo. Nos recuerda, no solo la importancia y la voz de las mujeres, sino también ese horror cotidiano que significa la espera después de la violencia, así sea una sola noche, como en el asalto al cuartel de Madera, o años enteros como ocurre en estas ciudades norteñas que solo han sido carne de cañón de un sistema fallido y a punto de sucumbir. Creo que para quienes viven en la localidad serrana y/o en la frontera de Chihuahua la primera frase de la novela de Montemayor resulta sumamente cercana y propia: «“Son ellos”, pensé desde que oí el primer disparo».

César Graciano

Ciudadanía del desierto

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Carmen Amato Tejeda, poeta, fotógrafa, docente y formadora de poetas, nació el 21 de septiembre de 1952 en Aguascalientes, pero desde los cuatro años se trasladó a Ciudad Juárez. Realizó estudios profesionales en Administración en el Instituto Tecnológico y cursó diferentes diplomados relacionados con esa área. Laboró por diez años en la industria maquiladora hasta que, en 1993, concluyó el diplomado en Redacción y Crítica en Español y Literatura Latinoamericana de la UACJ. Posteriormente, terminó la maestría en Creación Literaria en UTEP y un doctorado en Literatura Hispanoamericana de la Universidad Estatal de Arizona. Ha publicado diferentes poemarios como Hoy somos el silencio (1994), Ciudad que se restaura (1996), Gestación de la luz (2006), Estación Tempe (2010) y El silencio que se hiela en la blancura de las hojas (1996), que fue su tesis de maestría. De este último poemario, se publicó una selección en un folleto a cargo del ayuntamiento de Ciudad Juárez en 1997. El silencio que se hiela en la blancura de las hojas se divide en siete partes –con 62 composiciones en total– que abordan los elementos de la creación y la naturaleza como medio para el autodescubrimiento.

Las composiciones muestran una voz en primera persona no identificable, la cual, mediante el juego de luz y sombras, el olvido, el desencuentro y la memoria, se reconoce en el camino del autoconocimiento. La seriedad y la reflexión se vuelven puntos centrales para su desarrollo. Además, en algunos poemas, el cielo, las plantas y el desierto se convierten en el paisaje referencial del yo poético. “Naturalización”, ubicado en el quinto apartado, se compone por once versos divididos en cuatro estrofas. En él, la voz femenina se asume como perteneciente a un lugar que luego se identifica con el desierto. Este ecosistema funciona como un medio que relaciona la esencia del yo poético con ese mismo espacio geográfico, que posee su propia identidad, historia e, incluso cuerpo: un ente en sí mismo. El lenguaje utilizado es sencillo y no representa un problema para la enunciación ni comprensión.

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Crédito de fotografía: Adrián Caldera

La sola mención del desierto nos remite a sitios y ciudades aledañas a ese espacio que describe la voz poética. Además, tomando en cuenta la biografía de la poeta, esa búsqueda se reduce aún más. Carmen Amato, podría decirse, es “naturalizada” juarense, ya que aunque no nació en la frontera, llegó desde su más tierna infancia. Ese reclamo bien puede identificarse con la voz propia de la autora. ¿Cómo se sostiene la idea de que ese desierto está relacionado con Ciudad Juárez? Además de lo anterior, la mención del sol y la arena recuerda a los veranos en la urbe, extenuantes por el calor que rebasa los grados normales (soportables) de temperatura, y las tolvaneras que cubren las calles y avenidas con una capa de tierra tan gruesa que cualquier transeúnte se da el lujo de practicar su caligrafía con un “lávame” en los vidrios de los vehículos. Ciudad Juárez, a pesar de caracterizarse por el clima extremo, debido a su ubicación geográfica, se ha convertido en los últimos años en un refugio para migrantes que buscan el sueño americano por medio del asilo. En muchos casos, ese ideal no logra concretarse y las personas deciden quedarse en la ciudad para comenzar su nueva vida. Llegan de todas partes del país y de Latinoamérica y, poco tiempo después, se sienten tan juarenses como cualquier individuo que haya nacido aquí. Adoptan la identidad de la frontera y conocen sus secretos. En definitiva, todas esas voces se unen en una sola para pedirle a Ciudad Juárez “declárame / ciudadana de tu cuerpo”.

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Fernanda Villalobos Ocón

Donde trazamos la línea

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Willivaldo Delgadillo nació en Los Ángeles, California en 1960. Quizás aquella ciudad estadounidense con tanta presencia latina anunciaba su relación futura con las fronteras, geopolíticas, lingüísticas y culturales, pues el escritor, periodista, traductor, catedrático y activista ha pasado su vida entre Ciudad Juárez y El Paso. Rescata las historias que han transitado por estos lugares y él mismo se ha vuelto, gracias a sus audaces textos, un referente en el ámbito bifronterizo, incluso un personaje. Su producción novelística se inauguró a finales de los noventa con la publicación de La virgen del barrio árabe (1997) –reeditada diez años después–, luego apareció La muerte de la tatuadora (2013), la cual se antoja una secuela por el espacio ficticio en que se sitúa. Garabato (2014) constituye la última de sus entregas y se diferencia de las anteriores en que tiene por escenarios lugares concretos: Alemania y el norte de México, Ciudad Juárez, el cual se ve como un zoológico o laboratorio experimental desde el extranjero. En esta ocasión me interesa abordar la tercera novela del autor, pues se encuentra motivada por el contexto de inseguridad y militarización que marcó al país entero, especialmente a esta geografía durante el mandato de Felipe Calderón. Recrea el terror que, pese a toda la tristeza y esfuerzo de la ciudadanía, no ha cesado y regresa con nueva piel y brío a infligir heridas.

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Garabato trata sobre la travesía de Basilio Muñoz durante un congreso de literatura mexicana en la nación europea. Lo convoca al evento el Consejo Nacional para la Cultura como sustituto de Billy Garabato, el escritor verdaderamente esperado, cuya ausencia sonora –declinar la invitación le convirtió de pronto en un misterio interesante de comentar–lo incita a sumergirse en la literatura de su coterráneo. En el encuentro se posicionan dos bandos con opiniones previamente formadas que mantenían continuos roces: los finolis del centro de México, quienes objetan que todo lo escrito en el septentrión resulta intrascendente debido a la pobre calidad estilística y líneas argumentales enfocadas en el narcotráfico, la vida de cantina y burdel, el spanglish y el rigor desértico; y los toscos, que, jugando al nomen omen, reclaman el valor de la escritura del entorno como registro histórico y critican la poca capacidad de los otros para apreciar todo lo que salga de provincia. Basilio, al enfrentarse a Maya Taylor (de juicio centralista), teórica “especializada” germana que nunca ha pisado Latinoamérica, no encuentra un lado desde el cuál posicionarse, ya que, si bien comparte lugar de origen con los toscos y Garabato, él mismo no puede negar la “etílica norteña”. Por ello, en pos de formarse una voz propia lee –y nosotros también– la trilogía: De alba roja, Moteles del corazón y Sicario en el jardín del pulpo.

Los referentes de Delgadillo son reales. La discusión tiene años. En el 2004, Eduardo Antonio Parra contesta en el ensayo “El lenguaje de la narrativa del norte de México” a las invectivas dichas por Rafael Lemus en “Balas de salva: Notas sobre el narco en la narrativa mexicana”. El primero explica cómo, efectivamente, estas obras atrajeron cada vez a más clientes, pues los temas de armas, alcohol, drogas, mujeres, etcétera, excitan a las masas; no obstante, señala que existe en estas coordenadas obras que van más allá y continúan una tradición sin dejar de ser innovadores. La continuación del estereotipo ha dibujado la imagen de la sangre con tinta indeleble como único signo que nos conforma; pese a ello, resulta un beneficio que nuevos públicos se adentren en nuestros textos y formen su propio corpus hasta reconocer la existencia de dicha herencia. Sin embargo, no podemos dejar de lado que tanto para ojos de lectores asiduos, curiosos o “especializados” –ejemplificados en Taylor–, así como para los inexpertos –jóvenes o adultos– la sangre fresca pero insensible parece un espectáculo más. La mercancía existe por la demanda. El narco y la frontera aparecen en boca de todos y, en consecuencia, consciente o inconscientemente, los mismos escritores y pensadores lo asumen como un todo.

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Basilio Muñoz, en un inicio, representa a ese escritor que pretendiendo ser muy “consciente” y “crítico”, es más bien escéptico y no se atreve a asumir ni a rechazar alguna de las posturas anteriores. Ajeno, aburrido de leer los textos de sus congéneres, baja la cabeza cuando le señalan aquellos vicios (literarios y de autoría) en los que él también encaja. Sin embargo, el trabajo de reflexión al seguir la obra de Billy, cuya voz no se manifiesta sino a través del símbolo, lo encamina hacia la empatía y a un significado profundo, difícilmente expresable con palabras. La primera novela de Billy Garabato, De Alba Roja, cuenta la historia de un fotógrafo que se desplaza desde Ciudad Juárez hasta Samalayuca para cubrir un asesinato en las dunas; situación que termina convirtiéndolo en objeto de persecución y chivo expiatorio de las mismas instituciones que lo avalan. En la actualidad, la desaparición y otros riesgos experimenta la prensa no se han solucionado, pues los perseguidores a veces son los mismos. Pese a su importancia, esta primera novela no logra cambiar al protagonista.  Moteles del corazón, por su parte, aborda la anécdota de un hombre que circula sobre la Panamericana intentando acostarse con una mujer y encuentra riesgos y muerte en el camino. La segunda entrega de Garabato pone a dormir a Basilio. La prueba definitiva se encuentra en la última pieza, Sicario en el jardín del pulpo, cuyas líneas contaminan las del congreso en Berlín. Esta es la más compleja y rica en registros sociales, lingüísticos y emocionales. Un hombre que trabaja en una menudería junto a un puente citadino, narra el hallazgo de un colgado sobre el cual han dejado un mensaje claro y sin alternativas. El impacto lo saca de su trabajo y lo lleva a vagabundear y vivir la pobreza en las calles del centro urbano, hasta que un día se encuentra al dueño de una tienda de antigüedades y comienza a trabajar para él. La presencia de la violencia en todo su entorno y los consejos de su jefe cambian su perspectiva, aunque no su destino. El final de esta novela lo discuten Maya y Basilio, pero nosotros lo desconocemos. De súbito, un fragmento perdido se inserta en el marco de la acción principal. Somos doblemente mediados, pues no solo nos acercamos a tres novelas insertas en una mayor, sino que lo hacemos gracias a otro personaje.

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Una nueva mirada adquirida a través de la paulatina comprensión de las lecturas cambia a Basilio y lo lleva a tomar una postura clara, aunque con un lenguaje silencioso. La lección queda también para el lector de Garabato: hay que alejarse de esas bocas que “lo único que quieren es tener una escenografía para contar los cuentos que ya traen en la cabeza, a veces hasta le cambian el nombre a las calles y a las cosas”. “El miedo vende”; no obstante, pese al tema, Delgadillo traza una línea con la mercadotecnia, señalando que no está ahí para continuar con ese busssines. La trilogía del autor norteño Billy, la cual habla por él y subraya un cúmulo de referentes con la realidad fronteriza, permite interpretar que el mismo Delgadillo escribe porque tiene que hacerlo y lo hace solo cuando verdaderamente van a escucharlo. El silencio y las ausencias responden con fuerza a la violencia y su promoción y, al mismo tiempo, brindan la oportunidad a otros de descifrar las balas de modo distinto. Leer las pocas más de doscientas páginas vale la pena porque, conozcamos o no a la gente y las calles de Juárez, nuestra realidad exige que empaticemos con el sufrimiento de otros. Sin duda, la editorial Samsara, ubicada en el centro de México, cambió del bando de los finolis con la publicación de Garabato; después de todo, el término budista simboliza la oportunidad de volver a nacer. Finalmente Basilio regresa a su ciudad y nosotros nos reconectamos con las nuestras.

Grecia Márquez García