Villarreal: de La tuna al Mint

La figura de Carlos Villarreal Ochoa encarna ciertas ambigüedades propias del viejo arte –quizá no tan antiguo– de hacer política bajo la bandera del partido tricolor: traficante malhechor, presidente municipal, justiciero vengador, emblema y mártir… dichosa la calle y puente que llevan su nombre. Oriundo de Durango, ocupó el máximo cargo político en Ciudad Juárez a mediados del siglo pasado, de enero de 1947 a finales del 49. Su formación profesional también se la debe a Chihuahua; en Parral adquirió el gusto por el ganado y se desarrolló en materia de comercio. Sabemos que tenía apego al negocio de toda índole y, al llegar a la frontera, pronto supo acomodarse en la aduana. Sus gestiones administrativas en esta oficina y una que otra malversación le costaron una estancia forzada en La Tuna, prisión federal de Nuevo México. ¡Contrabando etílico en época prohibicionista! Pero ya para entonces se había unido al partido que en aquellos tiempos aquí en el norte más que priísmo se llamaba quevedismo, por la influencia ejercida por los hermanos Quevedo. Bajo ese manto protector no había cárceles ni oponente alguno (literal) para llevarse el Municipio. El gobierno de Carlos Villarreal se hizo fama por su mano dura, e incluso se cuenta que practicaba la ley fuga allá por Samalayuca. El orden público como baluarte hizo que los medios para alcanzarlo fuera lo de menos. El escritor Filiberto Terrazas Sánchez, en La voz de los siglos, refiere que la paz era tal que los juarenses dormían con ventanas y puertas abiertas.

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Así como este cronista, existen muchas más plumas que han reconstruido el devenir de la ciudad. La historiografía del antiguo Paso del Norte se lee desde varias voces, según el periodo, los objetivos o la formación de cada historiador. No es la intención dar cuenta de ellas, aunque aprovecho para mencionar a las que suenan más fuerte, ya sea porque gozan de una buena distribución o por el rigor de su trabajo. La monografía de José Manuel García-García sobre la región detalla los textos de su historia y su cultura (2005); no hay quien sepa más sobre Propiedad de la tierra (2002) y urbanismo que Guadalupe Santiago Quijada. Mientras que Martín González de la Vara (2002) y Raúl Flores Simental (2010) sobresalen por el esfuerzo de síntesis en sus breves historias; David Pérez López se ocupa de Los años vividos (2005) en el transcurrir cotidiano. Anterior a todos ellos, destaca la figura de Armando B. Chávez, historiador de la vieja guardia, implicado a fondo con sus sujetos de estudio, cauteloso con su puesto de trabajo. En 1959 imprimió en la Ciudad de México (sin sello editorial y con fondos propios) Sesenta años de gobierno municipal. El libro pasa revista a la gestión y datos biográficos de los jefes políticos del Distrito Bravos y presidentes del municipio de Juárez, 1897-1960.

Para esas fechas, en el tercer centenario de la fundación de la Ciudad, Carlos Villarreal aún se encontraba con vida, y Chávez nos cuenta que “sigue radicado en esta frontera… casado con Josefina Quevedo [¡qué sorpresa de apellido!], viven… en su actual residencia de la avenida 16 de Septiembre Oriente número 1819”, a una cuadra de la de Juan Gabriel. Se dedicaba “a sus negocios ganaderos. Es propietario del rancho Los Ojitos, en el Distrito Galeana, Municipio de Janos, y de otros en el Estado de Chihuahua”. Es decir, iba para gobernador del Estado. Sin embargo, su carrera política fue interrumpida de forma fulminante. La mano de hierro con la que se impuso a sus adversarios le valió la estrecha cercanía de sus enemigos. En febrero del 63 (junto con otro expresidente, Víctor Ortiz) Villarreal fue acribillado por un matón a sueldo en el bar Mint, en la Avenida Juárez. El asesino, Francisco Olivera Castel, fue encarcelado, pero pronto salió libre, y se incorporó a la burocracia en Villa Ahumada, clásica argucia tricolor.

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¿Pero qué hizo el presidente a nivel urbano y de desarrollo social? El balance luce positivo y también por eso deberíamos recordarlo. Durante su mandato inauguró el Cine Plaza en el Centro; se construyó el Auditorio Municipal, “orgullo de la ciudad” y la Estación no. 2 de Bomberos, ambos en torno al Parque Borunda; se pavimentaron 350 mil metros cuadrados de arterias, con lo que algunas de ellas cambiaron su nombre, como la actual Avenida Hermanos Escobar; se tendió el alumbrado público en las calles principales (como la que ahora lleva su nombre en la colonia Las Margaritas); se abrieron varias escuelas, como la Gregorio M. Solís en donde mi hija inició su primaria. A su administración le debemos el Puente Libre, antesala del PRONAF, “que une a la isla de Córdoba con la calzada de las Américas”, y que ahora se llama Carlos Villarreal. Este puente también le hace honor al político, ya que, a riesgo del colapso, no se puede circular por los carriles laterales; o sea, si uno se acerca a sus orillas sobresalen las anomalías. Por último, el presidente municipal “estableció por primera vez el servicio de radiopatrullas con flamantes automóviles bien equipados”, que lamentablemente no rondaban cerca de El Mint aquella noche de febrero.

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Carlos Urani Montiel

Acolhuacan en órbita

Acolhuacan, durante la época prehispánica se encontraba cerca del actual Valle de Texcoco, en la ribera este del casi extinto lago de Texcoco, a poco más de una hora de la Ciudad de México. Ahora se divide en cuatro regiones principales que acogen varios poblados que a su vez cuentan con sus propios gentilicios, topografía y sistemas de gobierno independientes pero, en el pasado, todos se regían por una misma lengua impuesta por el reinado al que pertenecían (el náhuatl) y un mismo nombre dentro de ese gran territorio que ocupaban: acolhuas. El significado que se le atribuye a esta palabra es, casi literalmente, “esos que tienen antepasados que provienen del agua”, aunque también existen otras acepciones: señores o moradores del agua. Son conocidos, principalmente, por su tlatoani Ixtlilxóchitl Ometochtli, quien se casaría con Matlatzihuatzin para convertirse en los padres del poeta prehispánico más leído de todos los tiempos: Nezahualcóyotl. Del poblado se sabe poco; hay menciones poco profundas en los textos de poblaciones vecinas con las que interactuaban, pero de los acolhuas como tal no se tiene información precisa o de primera mano. Fuera de Nezahualcóyotl, no hay otra prueba que perdure sobre los habitantes de la zona.

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Ya que no existe un texto concreto que se refiera a los acolhuas, haré referencia a varios libros que me parecieron interesantes y los mencionan. Para comenzar, Población y sociedad: cuatro comunidades del Acolhuacan, de Marisol Pérez Lizaur, muestra la actualidad de lo que en un pasado fue dicho territorio. En la introducción, la investigadora se ocupa de los habitantes prehispánicos y algunos de sus logros, procurando ubicar al lector con referentes actuales en un plano geográfico de lo que anteriormente fue el señorío de los “señores del agua”, con sus 11 reinos dependientes en la Cuenca de México. Además, en Nezahualcóyotl: vida y obra, José Luis Martínez dedica todo un capítulo a la descripción física del reino que el heredero al trono creó luego de levantarlo una vez más tras la batalla que lo llevó a huir durante años. El historiador hace un recuento de sus palacios, jardines e incluso las escuelas que existieron en aquel entonces. Y como es de esperarse, el nombre de su lugar de origen aparece con frecuencia en sus poemas, tales como: “Comienza ya, / canta ya / entre flores de primavera, / príncipe chichimeca, el de Acolhuacan.”

13 Nezahualcoyotl Ixtlilxochitl

El resto son referencias mínimas en textos que mencionan al pueblo por las guerras floridas. Para muestra, figuran varios de los escritos y traducciones de Ángel María Garibay y su discípulo Miguel León-Portilla. Así, casi todo lo que se encuentra en la literatura referente a estos naturales del México prehispánico son crónicas que relatan lo que ocurría a terceros durante la época de la conquista. Su papel fue más bien de espectadores y no queda mucho, o relativamente nada, de lo que los acolhuas pudieron dejar escrito a su paso.

En Ciudad Juárez, para tristeza de los propios acolhuas, pocos saben la historia detrás del rótulo marcado en la esquina de esa calle. Muchos sólo conocen el sitio porque lo asocian con la estación de radio local, Órbita 106.7 FM, sin imaginarse la cantidad de cosas que se pueden decir respecto a ese simple nombre que nos remite a toda una cultura de nuestro lejano pasado. Actualmente, la calle Acolhuas es un punto de referencia que nos remite a la Perimetral Carlos Amaya, al conocido “Hoyo” para comprar cosas de segunda mano y la descuidada rotonda de Quetzalcóatl. También es un referente geográfico para todo aquel que conoce o vista la colonia Aztecas. Las casas que se asientan en la larguísima calle de Acolhuas se debaten el terreno familiar contra bodegas y lotes baldíos. ¿Cuántos vecinos tendrán idea del origen del nombre que aparece en la reluciente placa del lugar en el que habitan? Para finalizar, dudo que el espacio urbano coincida de alguna manera con el nombre que porta. Los acolhuas fueron guerreros sacrificados en batallas, ciudadanos que cultivaban su propia comida con las manos; el sitio industrializado de calles pavimentadas, vista desértica y pocos árboles no se asemeja al paisaje boscoso y lacustre en mitad de una cuenca, que nunca antes, como en esa época, pudo tener más vida.

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Zaira Selene Montes Guzmán

Destino de errabundos

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Diego Pérez de Luján escribió una relación sobre la expedición al mando de Antonio de Espejo a Nuevo México, en la que sirvió junto con otros militares y un sacerdote. Dicha narración permaneció guardada por un par de decenios; hasta 1602 fue encontrada por Martín de Pedroza, escribano real. Sin embargo, la obra no se publicó, y fue hasta 1929, cuando se tradujo al inglés, que pudo darse a conocer. Luján nos deja un diario de viaje en el que nos relata el día a día de la empresa de Antonio de Espejo en la búsqueda de la expedición de Francisco Sánchez Chamuscado, quien había salido el año anterior (1581). Espejo financió su propia expedición y, con licencia de Juan de Ibarra, gobernador de la Nueva Vizcaya, partió del valle de San Gregorio en noviembre de 1582. Su camino siguió por los ríos Conchos y Grande con dirección norte; el encuentro con los pobladores originarios fue constante, así como con vestigios dejados por expediciones anteriores, al igual que con riquezas naturales de la región que satisficieron las fatigadas ansias. Sorprende que el territorio no aparezca hostil; su paso por nuestra hoy frontera no fue tan penoso para Espejo y compañía como lo fue para Chamuscado.

El camino que recorrió la expedición de Antonio de Espejo estuvo constantemente acompañado de nativos, quienes les servían de guías, traductores y avisaban a sus vecinos del avance de los viajeros. Contrario a lo que Pérez de Luján describe, el tenso recibimiento de los indígenas durante su travesía es notable y parece que su hospitalidad llevaba la esperanza de verlos marcharse pronto o al menos evitar la ira de los forasteros. Así, su avance desde el rio Conchos hasta el Grande los llevaría a encontrarse con el futuro Paso del Norte en donde hallaron a los moradores que serían, años más tarde, sometidos por Juan de Oñate. El cronista describe a unos indígenas denominados tanpachoas de la provincia de los Patarabueyes. Gran parte de su encuentro con los naturales fue pacífico; sin embargo, tuvieron algunos enfrentamientos con ellos, como en su llegada al pueblo de Puala en donde habían sido asesinados los frailes de la expedición de Francisco Sánchez de Chamuscado. A pesar de esos eventos, la expedición no sufrió grandes pérdidas y continúo su avance en el que Antonio de Espejo, movido por la ambición de todo explorador en tierras vírgenes, dejo atrás a algunos de sus acompañantes y salió en búsqueda de riquezas; no obstante, sus esperanzas murieron pronto y, reuniéndose con el resto de sus aliados, regresó a San Bartolomé en 1583.

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Las expediciones al norte tuvieron éxito de forma paulatina y la población de esta área prosperó poco a poco. La frontera ha sido un lugar de encuentro entre culturas y, a pesar del paso del tiempo, continuamos aquí, ya sea para asentarnos o para transitar brevemente por una ciudad que mantiene sus puertas abiertas al viajero. A más de cuatrocientos años de las primeras expediciones, la geografía de la región luce distinta, pero aún conserva algunas de las características descritas por Diego Pérez de Luján y tantos otros expedicionarios y cronistas. Por desgracia, las riquezas naturales de la región cada vez son más escasas, incluso algunas aparecen ya solo como un recuerdo de la belleza antigua de esta tierra, en la que el Río Grande proveía de vida al Paso del Norte. La urbanización desmedida, la explotación de la caza y el descuido del campo han empobrecido la imagen de la región, donde varias especies de plantas y animales están desapareciendo. El recuerdo de esta zona se va desfigurando y quedando atrás, mientras la mancha urbana y el desinterés crecen; de ahí la importancia de textos como el de Luján, pues nos ayudan a imaginar el esplendor natural que tuvo esta tierra.

Sasha Montelongo Castro

¿Bartolomé de las Casas? Sí, por el Monumento

Bartolomé de las Casas, hoy una referencia cartográfica abandonada y triste, inicia su trazo de norte a sur, desde la 16 de septiembre a la 2 de abril. La calle está impresionantemente unida –por el abandono y la destrucción en que se encuentra– a los pensamientos del personaje a quien representa y a su obra más celebre: Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Bartolomé de las Casas, nombre reconocido entre las tantas plumas que escribieron la historia del Nuevo Mundo, llegó en 1502 a La Española: un “Nuevo Mundo” que auguraba una novel realidad y, junto con esta, un botín inmenso. Venir a la Nueva Jerusalén prometía no regresar con las manos vacías. Pero para Las Casas no, a pesar de gozar los mismos privilegios que por encomienda daba la santísima iglesia de Dios y el rey de Castilla, mismo sistema de explotación que otorgaba posesión de nativos a los representantes de la buena nueva. Las Casas por decisión propia, quizá motivado por fray Antonio de Montesinos, y lleno de una conciencia absoluta hacia la vida del hombre, renuncia a este privilegio y se dedica a la defensa de los indígenas. Lo cual lo lleva a presentar en 1542 su Brevísima y controvertida relación, logrando en ese mismo año, por decreto del rey Carlos V, el comienzo de la abolición de la encomienda.

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Las Casas no solo escribió la obra antes citada, también acumuló gran parte de escritos históricos del Nuevo Mundo, en los cuales destacó la forma en que sus narraciones aportaban ideologías defensoras hacia los indígenas y sus tierras. En su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, las Casas, refiriéndose a los naturales, narra: “Son también gente paupérrima y que menos poseen ni quieren poseer de bienes temporales; y por esto no soberbias, no ambiciosas, no codiciosas. Su comida es tal, que la de los santos padres en el desierto no parece haber sido más estrecha ni menos deleitosa ni pobre. Sus vestidos, comúnmente, son en cueros, cubiertas sus vergüenzas”.  En este fragmento se puede ver el gran peso ––un poco exagerado–– que Las Casas pone en torno a la austeridad en que se encuentran y la ventaja que se tiene sobre ellos. Al igual expone que aquellos aborígenes que debían ser evangelizados no eran tan salvajes como se les acusaba. Al decir que tenían cubiertas sus vergüenzas, Las Casas intenta demostrar que así también lo hacían Adán y Eva, exiliados del paraíso y conocedores del Pecado Original. Tales creencias estaban muy incrustadas en la ideología judeocristiana de los españoles en aquella época. Se narra en el Génesis 3:10 que cuando Dios busca a Adán, este se esconde y, al ser encontrado, dice: “Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo porque estaba desnudo”. Por lo tanto, esas tendencias al pudor y a cubrirse sus partes íntimas acortaban la gran brecha que dividía a estas dos civilizaciones.

Hoy, toda la historia yuxtapuesta en ese nombre que, a su vez, sirve de modo pragmático a una calle estrecha y medio deshabitada, trae a esta frontera ––atropellada por la indiferencia cultural de sus propios habitantes––, una pregunta: ¿Quién abogará por ellos ante los que abusan de las encomiendas? Mismas que la Iglesia ya no provee, sino el Estado. Puede que pocos conozcan quién fue Bartolomé de las Casas, pero saben ––y de eso estoy seguro–– el significado de la brevísima destrucción de las indias, pues esta sigue su marcha perenne. Tzvetan Todorov, al escribir La conquista de América, pone como epílogo “La profecía de Las Casas”. Él propone enfocar la condena que Las Casas escribe en su testamento, como si esta fuese un presagio por las guerras y tragedias acaecidas en Europa. “E creo ––escribe Las Casas en su testamento–– que por estas impías y celerosas e ignominiosas obras tan injusta, tiránica y barbáricamente hechas en ellas y contra ellas, Dios a de derramar sobre España su furor e ira, porque toda ella ha comunicado y participado poco que mucho en las sangrientas riquezas robadas y tan usurpadas y mal habidas, y con tantos estragos e acabamientos de aquellas gentes”. Aunque un poco fuera de contexto, cabe mencionar ––porque las riquezas se siguen robando–– que se ha cumplido y aún sigue firme en su camino “la profecía”. A la fecha, el fraile es para esta frontera un nombre más, como tantos otros, que solo sirven de referencia para ubicar a sus habitantes: “Oiga, ¿por dónde queda la Bartolomé de las Casas?” “Allí, joven, casi llegando al monumento”.

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José Manuel Enríquez Muñoz

Fuentes de ciertos Mares

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Hay escritores que se niegan a ajustarse a la agenda de Juaritos Literario por más que nos empeñemos en hablar de ellos. Así que cuando aparece una ligera pista de la figura de un autor o de su obra en relación con Ciudad Juárez, la explotamos a discreción. La casa de Jesús Gardea en la calle Camelias le vino de maravilla al proyecto Odonimus; para Juárez di-verso, una iniciativa en conjunto con Órbita 106.7 FM, grabamos un poema de Aurora Reyes, aprovechando la ambigüedad de una “ciudad esbelta transparente de azules” (Estancias en el desierto, 1952). Toca el turno a otra pluma chihuahuense distante del trajín de la frontera: José Fuentes Mares. ¿Bajo qué pretexto? Hay para escoger, aunque solo me detendré en dos, por ser los más relevantes. Primero, un par de vagas alusiones a nuestra ciudad contenidas en Las mil y una noches mexicanas; y segundo, el Premio Nacional de Literatura, al que le da título (150 mil pesos y una medalla a quien se lo lleve). De este galardón, que actualmente va en su emisión número 33, reflexiono sobre algunos elementos que tristemente se han perdido. Otros motivos de menor valía por ser anecdóticos y que, por tanto, pasaré por alto son: la colección especial José Fuentes Mares, perteneciente al fondo reservado de la Biblioteca Carlos Montemayor, imposible de consultar al no tener un catálogo individual; mi primer acercamiento a su obra a través del teatro, ya sea por la genial puesta en escena de Su alteza serenísima, a cargo de Telón de Arena, o por una tesis de maestría que tuve el agrado de dirigir sobre teatro infantil, en donde Malú estudió a detalle La amada Patidifusa; y, finalmente, una desangelada invitación a la Fiesta de los libros para conmemorar el centenario del natalicio del escritor, de quien admiro el arreglo del bigote.

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Fuentes Mares nació en la capital de Chihuahua el 15 de septiembre de 1919 y falleció en la misma ciudad el 9 de abril de 1986. Fue abogado y doctor en filosofía por la UNAM (1944). Desde 1950 dedicó sus horas a la escritura, sobre todo a la historiográfica, que le ha dado renombre a nivel nacional. So obra es vasta y ha sido analizada a fondo en sus diferentes sendas: historia (Luis Aboites Aguilar) y filosofía (Jorge Ordóñez Burgos). Sin embargo, sus textos de ficción llevan poco tiempo en la mira de círculos académicos (algunos artículos de quien lleva ad æternum la organización del premio y unas cuantas tesis de posgrado). En la licenciatura de la UACJ, nadie lo lee debido a que el programa no cuenta con una materia monográfica sobre literatura regional. Llegará el día en que los relatos reunidos en Las mil y una noches mexicanas sean famosos en las aulas y convoquen a cuantiosos lectores. Precisamente en esta colección, publicada en dos volúmenes (entre el 83 y el año siguiente), aparece Ciudad Juárez, no como espacio protagónico, pero sí como zona íntegra al devenir de Chihuahua, tal como ocurre en “La emboscada”, donde se cuenta el asesinato de Pancho Villa, ocurrido en Parral, “a medio camino entre Chihuahua y Torreón, apenas comunicada por el tren mixto de carga y pasajeros a ciudad Jiménez, entronque sobre la línea férrea de México a Ciudad Juárez. Las llanuras semidesérticas entre Torreón y la frontera norte, oh gran Señor eminentísimo, fueron como sabes teatro de relevantes episodios revolucionarios”.

Así como Scheherezada frente al sultán, un cuenta cuentos se dirige a un gran señor innominado con una triple intención: conservar la vida, distraerlo “con algunos cuentos de mi lejano país”, y volver a “mis llanos y serranías… En ese medio me desenvuelvo, vegeto, vivo al mismo al mismo tiempo. Hablo tanto a solas, conmigo mismo, que termino por cultivar orquídeas en el desierto”. Las mil y una noches mexicanas despojan de la H mayúscula a la historia oficial para entregarnos 40 amenas historias con h minúscula. El ejercicio de reinvención trae consigo altas dosis de escepticismo, humor y una ironía que se torna trágica al percatarnos de que la sorpresa del relato no es parte del artificio literario, sino del pasado nacional. Así ocurre en “Las cabelleras”, que lleva por subtítulo lo cruento del pasaje: “Donde se cuenta cómo los aguerridos chihuahuenses, después de acabar con la próspera industria de matar indios bravos para cobrar por sus cabelleras, se dedicaron a oficios menos redituables. También se deja bien sentado que los indios nunca admitieron de buena gana que les tomaran el pelo”. El protagonista de este episodio, ubicado a mediados del siglo XIX, es Joaquín Terrazas, “gran caudillo cuyas hazañas resultan inseparables del exterminio de la apachería”. La zozobra se adueñó del Paso del Norte cuando empezó a sonar el nombre de Victorio, “hombre blanco, según la conseja popular, robado cuando niño por los apaches y educado al modo de su raza”. Solo a traición pudo ser vencido en Tres Castillo, dando fin a las llamadas guerras indias. Este cuento, confiesa el narrador, es “la historia de mis abuelos, cazadores de cabelleras. Por ella verás cómo, para vivir ellos entonces, ahora nosotros, tuvieron que desaparecer los antiguos dueños del llano”.

 El Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares se instauró el mismo año de la muerte del escritor: 1986. Ese dato me sorprendió debido a la premura burocrática. Buscando las fechas exactas, me fui de espaldas cuando encontré que el 9 de abril murió el escritor, mientras que el 24 del mismo mes, Federico Ferro Gay le entregó al galardón –no sin titubeos y en representación del presidente del jurado, Carlos Montemayor, que fumaba pipa al otro extremo de la mesa–, a Jesús Gardea (quien, según la conseja popular, lo rechazó días después tras una afrenta). Si bien es cierto que la muerte propicia los honores, una quincena sigue siendo una locura para organizar un concurso a nivel nacional. ¿Cómo explicarlo? Ysla Campbell nos recuerda, en Iba a decir que oscurece, que Fuentes Mares llevaba años conversando con maestros y funcionarios de la UACJ con el objeto de impulsar el proyecto. Así que, seguramente, para conmemorar el sentido deceso del historiador, se aprovechó la organización del Primer Encuentro de Escritores de la Frontera Norte para que sirviera de marco a la instauración del premio. Es una pena que ese evento, al que acudía la vanguardia del norte y algunos colados (ver video en el 24:40), haya dejado de existir y solo conservemos la presea.

Para la segunda emisión del premio, en mayo de 1987, el Rector seguía siendo el Ing. Alfredo Cervantes García. Gardea, ahora como presidente del jurado, avaló el empate entre Sergio Galindo y Jaime Labastida. El Segundo Encuentro de Escritores de la Frontera Norte, coordinado por Juan Holguín, reunió la modesta cantidad de 61 creadores. Al final de la ceremonia se invitó a la distinguida audiencia a develar una placa, en la av. de Las Américas, que le daría un nuevo nombre a la calle de El Malecón: José Fuentes Mares. Así fue. ¿Alguien lo recuerda? ¿Se habrán fijado las placas en las esquinas del Rivereño? Jesús Chávez Marín, en “Chulas fronteras del norte”, reconstruye con picardía el suceso. Pronto le dedicaré un post a esta crónica porque bien lo vale. Para 1988, el reconocimiento incluyó la modalidad en letras chicanas, en virtud de la condición fronteriza. Al día de hoy el Fuentes Mares solo es para mexicanos. Muchas pérdidas: un encuentro, una calle, una tradición literaria que se observa desde los edificios de la UACJ. Por último, repito las palabras de Jesús Gardea en 1986: “Voy a ser breve porque estas cosas me asustan… Yo agradezco a la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez la distinción que hoy me han hecho. El premio José Fuentes Mares de literatura es una cosa buena, pero a mí me hizo falta don José, nos hizo falta a todos y… gracias. Es todo”.

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Carlos Urani Montiel

La Quimera norteña de la Corona

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¿Qué motivaría a un veinteañero solicitarle al Rey el permiso de aventurarse en una expedición con rumbo hacia lo desconocido, lo inhóspito, lo inexplorado? Lo que llevaría a Álvar Núñez Cabeza de Vaca a sumarse a la expedición de Pánfilo Narváez no es algo difícil de dilucidar. Porque, claro, ha surgido un nuevo mundo, y se ha dicho que reboza en oro, joyas y grandes tesoros que a cualquier hombre resultaría una riqueza inimaginable. Sin embargo, una vez adentrado en la aventura –narrada por su protagonista años después– podemos ver cómo va cambiando esa pretensión original a punta de naufragios y pérdidas a lo largo del derrotero, hasta que se reforma su ideología, tras ocho años vagando por la parte sur del actual Estados Unidos, para llegar de nuevo a “tierra de cristianos” en la Ciudad de México. Grandes desventuras, detrimentos, muerte siempre al costado, desgaste y desolación, hambre e incluso canibalismo son las provisiones que encontraremos dentro de las páginas de Los naufragios. Esta crónica, editada por Enrique Pupo Walker, viene aderezada de una introducción que ofrece a detalle el contexto con el que habrá de abordarse la lectura. Hablo aquí de la primera obra literaria –así se puede leer–, escrita en un continente inimaginado por los hispanos.

Al observar la tinta impresa sobre un papel a manera de símbolos, esas letras que componen el libro, o las celdas electrónicas que por medio de algoritmos matemáticos generan una imagen en la pantalla para leer las aventuras de Cabeza de Vaca, nos situarnos en un punto conocido por muchos, pero, en algunas ocasiones, inexplorado por quienes en él habitan: la frontera. Ciudad Juárez, a lo largo de la historia, ha sido un punto central. Cuando los expedicionarios “cruzaron el gran rio que venia del norte” se encontraron con la zona que se convertiría en un punto clave para la evolución y construcción del actual Estado mexicano: un río que se tiñe constantemente de rojo –sobre todo en las últimas décadas– y que añoran aquellos que dejaron atrás su tierra por la búsqueda de una mejor vida. Esta historia poco se distingue de penosa travesía que realizan los llamados dreamers, quienes hacen hasta lo imposible por su familia. El sentimiento capaz de mover el espíritu y dotar de fuerza a aquellos aventurados (o desventurados) que cruzan el gran río siempre ha sido el mismo:  la esperanza de encontrar su hogar o mejorar el que ya tienen. Así, Cabeza de Vaca, en su desvarió por el septentrión inexplorado, tiene que moverse y continuar a pesar de los límites para alcanzar su sueño.

145 Gissel Medina Alvar

Esta hazaña, realizada hace poco más de cuatro siglos, se repite, día a día, cientos de veces por quienes cruzan la frontera ¿Qué juarense o paseño se jacta de no haber pisado el otro lado del río? Las razones para hacerlo son tan variadas como la misma población que habita la zona. La diferencia radica en que Cabeza de Vaca no se encontró con una barrera, con un alto, con un oficial que le solicitase sus papers o su visa. Hoy, una persona sin escrúpulos planea hacer impenetrable ese bordo que durante tantos años fue libre; aprehender la libertad que se encuentra implícita en el barro bajo el agua y la tierra perteneciente a las personas que la trabajan. Pero la libertad no se exige, se conquista y, como aquel fuerte expedicionario, haremos frente a la adversidad.

145 Trump puente

 Carlos Andrés Núñez Varela

El Ulises de la Chaveña

Ulises Irigoyen nació en Satevó el 2 de enero de 1894. Salió de la sierra chihuahuense para iniciar sus estudios en el Colegio Palmore de la ciudad capital del mismo estado, luego completó su educación como contador en Estados Unidos. Sus padres fueron juaristas y lerdistas. Ulises heredó la ideología anti porfirista y fue simpatizante de Venustiano Carranza, por lo cual tomó parte activa en el constitucionalismo. Entre los cargos públicos que ocupó están el de jefe de aduana, secretario de la Cámara de Comercio (estos dos en Ciudad Juárez), oficial mayor de Hacienda y director de Ferrocarriles, Tránsito y Tarifas. En el libro Origen de Mexicali (Universidad Autónoma de Baja California, 1991), Adalberto Walther Meade afirma que Irigoyen era “de clara inteligencia y dotado de un entusiasmo poco común”, y que su personalidad “pertenece a la de ese tipo de hombres que […] logran hacer prevalecer sus ideas a pesar de los prejuicios y en contra de los intereses creados”. Una prueba de ello es su insistencia en el perímetro libre, acuerdo comercial que rindió frutos en Tijuana, Ensenada, Mexicali, Tecate y San Luis Río Colorado. Irigoyen también impulsó de manera importante la obra ferrocarrilera, con beneficios para Sonora y Baja California e incursiones notables en la sierra Tarahumara.

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Además de los textos que atañen a las funciones que desempeñó, Ulises Irigoyen se dio tiempo para dejar registro escrito de aspectos cotidianos, episodios biográficos y anécdotas de lo que vio y vivió en México, Estados Unidos y Europa. Su estilo no era de lo más limpio, pues luego de escribir nunca volvía a las hojas para pulir sus palabras. No obstante, se le considera un precursor de la literatura en la frontera. Su obra se compone de Caminos (1934), Anécdotas biográficas del educador chihuahuense Mariano Irigoyen (1941) y El coronel Ahumada: gobernante educador (1942). El Gobierno Municipal de Ciudad Juárez, en la administración 2004-2007 junto con la Dirección General de Educación y Cultura, publicó en 2005 La obra literaria de Ulises Irigoyen y José López Bermúdez, cuya compilación fue realizada por José Manuel García-García. Dicha publicación es el tomo V de la Colección Precursores. Bajo el título Nostalgias (1924-1943) García-García retoma algunos textos de Irigoyen y, rebautizándolos, los reúne en 135 páginas. En ellas, el lector podrá enterarse de episodios de vida infantil, de sus experiencias de viaje, así como de ideas en el terreno de lo filosófico, del tiempo, de la vida y de la muerte entre otros temas. Ejemplo de lo anterior es cuando en “Historias de la abuela” afirma que nuestros años y centurias, con lo que medimos las obras, no son sino “migajas de la eternidad”. En “La visita” se refiere a la muerte y la vida cuando escribe: “llegar al segundo infierno, más benigno que este, al que llegamos sin nuestro consentimiento y del cual después da miedo salir”.

La calle Ulises Irigoyen recorre la popular colonia Chaveña a lo largo de dieciséis cuadras. En sentido sur a norte, inicia en el cruce con bulevar Municipio Libre, cruza “los Herrajeros” y, luego de ocho cuadras, se ve interrumpida en el espacio ocupado por el IMSS; después continúa para terminar en el parque igualmente llamado Chaveña. El grueso de la gente que la transita se concentra en el mercado también llamado de los Cerrajeros, donde compradores y vendedores atienden a una distinta modalidad de lo que Irigoyen entendía por libre comercio. Derechohabientes y trabajadores del IMSS caminan por los cortes, las esquinas donde la vía fue segmentada sin poner mayor interés en las placas. El parque incluso en fin de semana tiene pocos visitantes.

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Ya se ha hablado en este mismo blog de la indiferencia que muchos habitantes tienen respecto a por qué una calle lleva determinado nombre o quién fue tal personaje, pero no siempre se da el caso. Valga como ejemplo el siguiente testimonio: El edificio cuya fachada da a la calle Libertad, y que ahora es la preparatoria “Hermanos Escobar”, sirvió hace décadas como escuela primaria; se llamaba “21 de agosto”. La parte posterior de la construcción tiene un portón cuya salida conduce a la U. Irigoyen, según muestra la placa. En la esquina, un vendedor de raspas se gana el sustento. Los niños salen, compran una de fresa, una de uva… un estudiante de primer grado voltea y lee: “U. Irigoyen”; ¿de qué será la U? Pide su raspa de coco y regresa al patio escolar. Ya en el aula, pregunta a su maestro: “¿Qué es la U?, Pues una letra, Pero la U de afuera que va antes de Irigoyen, Esa U significa Ulises”. El asunto no va más allá, probablemente maestro y niño morirán sin conocer la biografía del de Satevó; a menos que, como en la segunda ley de Newton, exista una fuerza que los haga variar su rumbo. Para algunos mortales, esa fuerza es Juaritos Literario.

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Joel Abraham Amparán Acosta

La ciudad como una rosa

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No tiene página legal, editorial, o cualquiera de esos datos que quienes consultamos una obra y con la finalidad de hacer la ficha, buscamos de inmediato. Por lo impreso en la última hoja sabemos que se produjo en la imprenta Lux (en la Hermanos Escobar), en 1989. La portada contiene una composición geométrica en amarillo, azul y rojo con algunos claros; muestra en tinta negra el título de la obra, el autor y una imagen del mismo. La contraportada está vacía. Así es Cd. Juárez: la rosa de los vientos de Armando Borjón Parga. Luego de pasar el primer folio en blanco, otra imagen, ahora una fotografía de Borjón Parga, serio, de frente y en escala de grises nos da la bienvenida a interiores. Tampoco hay índice. De la página cinco a la siete leemos dos textos introductorios: “Epígrafe” firmado por Ignacio Esparza Marín y “A mis lectores…”. Las diez siguientes páginas en prosa brincan sin previo aviso de un tema a otro: datos biográficos y descriptivos del autor, historia de Ciudad Juárez, disertaciones sobre el hombre, la mujer, la poesía. Avanzados pocos renglones del folio 44, vemos el primero de los poemas líricos seleccionados: “Salutación”. A partir de este punto encontramos casi sin interrupción los versos al estilo tradicional con que el también llamado poeta chaveñero ejercitó la rima, el ritmo y diversas medidas. De vuelta a la prosa, un agradecimiento de Borjón y el “Colofón…” de Jorge Patlán Ruiz finalizan el recorrido, el cual queda impreso sobre hojas de notable calidad.

La ciudad, cual protagonista, llena una gran cantidad de espacio. La narración autobiográfica de Borjón Parga se desarrolla principalmente en esta urbe. Los episodios históricos, también. Los poemas confirman la tendencia, con encabezados como “Mural de Ciudad Juárez”, “Contrastes de mi ciudad”, “Como las lomas de mi ciudad”, “Canto a mi ciudad”, “Trazo de mi ciudad”, “Aleluya de ser juarense”, “El Valle de Juárez”, “Soneto a Ciudad Juárez”, “La cárcel de mi ciudad” o “La Rosa de los Vientos”, que era como el autor llamaba a su tierra natal. La lente por momentos se aleja o se acerca. Hace lo primero al hablar del estado o del país (“Primero soy mexicano” y “Mi suelo chihuahuense”). En cambio, la perspectiva se interioriza cuando sus versos inflamados de orgullo ―mas no por ello exentos de un sentido crítico― hablan de su barrio, de la colonia más popular en este territorio fronterizo. “El Parque de la Chaveña”, “La Chaveña y sus puñales”, “Soy de la Chaveña”, “Así es mi barrio” y “La Pila de la Chaveña” dejan ver el amor, el orgullo y la nostalgia de Armando Borjón Parga. Poemas que fueron inspirados por la figura de Morelos, Villa, Agustín Lara y el lanzador José “Peluche” Peña.

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A diferencia de otros autores que han escrito sobre Ciudad Juárez, Armando Borjón Parga nació y vivió en esta mismísima frontera. Por ello, conocía avenidas, calles y callejones, el devenir cotidiano, la gente con sus usos y costumbres. Vio la luz en 1927 y creció junto con la mancha urbana que se extendía. Observó los cambios y dejó constancia de ello, a través de sus versos, desde los nueve años. No hay duda de que escribió de primera mano y reflejó fielmente lo que vio, con pinceladas de subjetividad identificables con facilidad. Falleció en 2010 y su obra quedó solo en el recuerdo de unos cuantos, pues el número de poetas o reporteros juarenses que lo rememoran es reducido. Incluso los habitantes de la Chaveña, quienes habitan sus domicilios y transitan a diario las vías del barrio bravo, ignoran la existencia del hombre que tanto cariño sintió por su terruño.

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Joel Abraham Amparán Acosta

Rarámuris en la ciudad

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 ¿Qué tanto conocemos y respetamos la cultura de nuestras hermanas tarahumaras? Forman parte de nuestra cotidianidad citadina –caminando despacio entre cientos de carros, esperando la luz roja de los semáforos – y, sin embargo, desconocemos sus tradiciones, sus ideas, creencias, lenguaje y, sobre todo, los problemas que enfrentan. Para solventar esta situación, en el 2012 Lorena Parra Parra (ralámuri) y Luz Belém Martínez Aguilera (chabochi) comenzaron un proyecto que inculca la protección, el rescate y la difusión de sus valores y tradiciones, y que busca minimizar esa mirada estigmatizada para lograr una inclusión y solidaridad a partir del contacto humano. ¿Cómo lograrlo? A través de la memoria y la escritura, pues “hay que recordar lo que platicaban los antepasados, así es como seremos más tarahumaras” (“El consejo de los nietos”, Batista). El resultado fue Cuentos del Álamo, una serie de 13 relatos que abordan la relación de los indígenas con lo urbano y los efectos que produce la modernidad. Por ello, no extraña que el título remita al origen y centro de su etnia, la naturaleza: “El árbol, en el resguardo de su sombra, se da como el punto de encuentro de vida, de la alegría, del compartir, del sufrir y del vivir del ralámuri.”

El proyecto, apoyado por el Programa para el Desarrollo Integral de las Culturas de los Pueblos y las Comunidades Indígenas, se concentra en la comunidad rarámuri de la capital del estado, donde Parra Parra funge como gobernadora. No obstante, el cuento “Mujer de pantalones” –que aborda, precisamente, la vida de esta mujer– se extiende hasta la frontera y, además, la situación de los indígenas en ambas metrópolis resulta bastante similar. La colonia tarahumara en Juárez se localiza, desde hace 20 años, al poniente. La habitan alrededor de 80 familias procedentes de la sierra de Chihuahua, quienes luchan por conservar sus propias formas de participación comunitaria y política, en las cuales sobresale la intervención femenina. Por otro lado, es necesario resaltar que esta comunidad pervive y se desarrolla en medio de la discriminación, la violencia, la pobreza y, de un tiempo para acá, la drogadicción, tal como se narra en “Ramón”: “Nuestra siriame nos dijo que eso de drogarse era una mala costumbre que por desgracia nuestra gente había adoptado de las costumbres del chabochi cuando llegamos a sus ciudades.”

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Estos problemas y particularidades resaltan en “Mujer de pantalones”, relato que visibiliza una serie de discriminaciones en cuanto a género, raza y posición económica. Cuando María –o Lorena–  llegó a la ciudad, con menos de 6 años, su madre se dedicaba a lavar y planchar ropa ajena. En cierta ocasión, la acompañó a entregar un lote bastante grande a una casa de la calle Ponce de León en La Chaveña; como pago, la señora le dio solo un plato de papas. Fue la primera vez que la niña tuvo conciencia de las injusticias que sufriría por ser mujer e indígena. Reclamó, pero solo consiguió que la tacharan de malcriada. Más adelante, la protagonista menciona que el primer asentamiento tarahumara se estableció cerca de la calle Urquidi; sin embargo, un día, al volver de un viaje, ya no encontró a su familia porque el gobierno los movió al lugar que ahora ocupan, donde continúan padeciendo pobreza y hacinamiento. Ahora bien, al hablar de distintos tipos de discriminación hacia una persona entra en juego el concepto de interseccionalidad, el cual se entiende como una herramienta o una perspectiva teórica que nos ayuda a entender la manera en que diferentes conjuntos de identidades influyen sobre el acceso que se pueda tener o no a derechos y oportunidades. En el caso de María entre esas identidades que le posibilitan o le limitan ciertos derechos resaltan la raza, el género y su posición intelectual, social y económica. En la ciudad se le discrimina por ser indígena, en su familia sufrió violencia de género, su misma gente la rechazó por no hablar su lengua materna, y el gobierno la excluyó, junto con todo su grupo, de la participación social. No obstante, a pesar de todo esto, ella alcanzó una posición superior al convertirse en representante de su comunidad y romper paradigmas. Es decir, como consecuencia de sus múltiples identidades, algunas mujeres se ven empujadas a los márgenes, mientras que otras se benefician de posiciones más privilegiadas. La interseccionalidad, más allá de identificar cada forma de opresión, pretende que cada persona sea respetada. Cuentos del Álamo es un paso para lograrlo.

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A manera de posdata, pero en estrecha relación con lo anterior, me detendré en lo que sucedió hace varios meses, cuando el gerente del Kentucky Club le prohibió la entrada a la gobernadora tarahumara Rosalinda Guadalajara, quien había sido invitada a comer por personal del Sedesol. Las críticas resonaron, sobre todo, en las redes sociales; Profeco puso bajo investigación al famoso bar; algunos lo defendieron (el dueño del Asenzo) y otros decidieron no volver a entrar. La discriminación fue clara; las protestas y y la reprimenda completamente justificadas. Sin embargo, como la misma Rosalinda señaló en una entrevista posterior, hay que tener claro que el revuelo creado se debió a que ella es la gobernadora y que iba acompañada por funcionarios del municipio, pues situaciones como esta le suceden a diario a decenas de sus compañeras y ahí nadie dice algo: “Imagínese si le hubiera pasado a un miembro de la comunidad. No creo que ahorita estaría la gente interesada de lo que fuera a pasar.” Es decir, la representante rarámuri evidenció, gracias a su posición, una realidad que viven cientos de mujeres en la ciudad, quienes pocas veces tienen la posibilidad de reclamar o de que alguien interceda a su favor.

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En Juaritos Literario evidentemente estamos en contra de todo sesgo discriminatorio. El caso de Rosalinda Guadalajara ocurrió justo dos semanas antes de nuestra primera ruta literaria en torno a la Mariscal y la Juárez. La decisión de ingresar al Kentucky, tal como se tenía planeado desde antes, fue bastante criticada. No obstante, como proyecto creemos que más allá de entrar o no a un lugar que se reserva el derecho de admisión, nuestra forma de inclusión parte de nuestro propio quehacer profesional, y se dirige hacia el rescate, la difusión y el análisis de los textos que recuperan la memoria, las tradiciones, la identidad, el lenguaje y las disyuntivas de los pueblos indígenas, con quienes compartimos a diario nuestra ciudad.

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Amalia Rodríguez

La Chaveña: una vía pendiente

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Tan lejos del centro, Juárez se ha caracterizado por su multifuncionalidad: misión, villa, presidio, paso del norte, refugio, capital del país, plaza en disputa (y por tanto heroica), sitio idóneo para iniciar campañas. Esta historia de fortaleza que por siglos ha guardado sueños, exilios y esperanzas no puede desprenderse del proceso de reparto y concentración de heredades. La división –y venta– territorial en partidos, luego en ejidos, barrios y colonias, origen de la actual configuración urbana, deviene de elementos estructurales, económicos, políticos y sociales que responden a las particularidades de la región. La distancia respecto a la capital, el carácter fronterizo, la llegada del tren (hacia finales de 1882), la apertura y cierre de la zona libre, la proliferación de cantinas y restaurantes, los movimientos armados, la maquiladora y la expansión de la mancha urbana son las pulsaciones que participaron en la formación de ciudad. Sin duda, la memoria de la propiedad de la tierra y sus vaivenes debe ser contada. Las investigaciones de Guadalupe Santiago Quijada, profesora de la UACJ, esclarecen la evolución, en términos de particiones y posesión, de estos lares. Ella confirma que “El establecimiento de ferrocarril contribuyó, aunque de manera selectiva, por su diseño centralista, a la integración de la economía nacional con la ampliación de los mercados y la rearticulación de los espacios territoriales” (Propiedad de la tierra en Ciudad Juárez, 1888 a 1935).

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¿Qué ofrece la literatura frente al acontecer y ajetreo citadinos? La crónica urbana. Definida como una narración lineal de sucesos, pretende convencer a través de una escritura sencilla y de una experiencia verificable. Recién Antonio nos contaba algo respecto, y agrego que la “literatura ciudadana” cuenta noticias y traza escenarios que se confunden con el espacio, de tal suerte que su lectura nos invita a recorrer la metrópoli real y participar dentro de ella. La pluma del cronista retrata a cada paso costumbres, figuras y anécdotas perceptibles en las mismas arterias y vías. No obstante, fijar por escrito el vértigo de las calles siempre será subjetivo. Juárez cuenta con dignos representantes de este género mutable y movedizo: Ricardo Aguilar Melantzón, Adriana Candia, Emilio Gutiérrez de Alba, Raúl Flores Simental, entre otros. Mención aparte merece la antología Road to Ciudad Juárez: crónicas y relatos de la frontera, de la que hemos tratado en abundancia. En esta ocasión me quiero centrar en la escritura de David Pérez López, periodista zacatecano radicado en la frontera desde 1980, en donde se desempeñó como columnista y caricaturista (bajo el seudónimo de Sax) en El diario. El libro en cuestión se titula Ciudad Juárez: crónicas pendientes, y es toda una joya. Así debe leerse: con cuidado y cierta fascinación ante el destello de lo cotidiano. Fue publicado por el Municipio en el otoño de 2005, pocos meses antes de su muerte.

Los doce capítulos que componen estas crónicas se dedican en exclusivo a la ciudad (calles, puentes, edificios, diversiones, etc.) y funcionan como una segunda parte de un libro anterior: Historias cercanas (relatos ignorados de la frontera). La Chaveña aparece varias veces mencionada, ya sea por las viejas glorias de sus gimnasios de barriada o por alguna que otra rebelión frustrada; sin embargo, en el capítulo sobre “Barrios” tiene un apartado para ella sola. Como ya se mencionó, la llegada del ferrocarril –a finales del XIX– implementó los primeros sesgos urbanos, pues con él arribaron cientos de trabajadores que se instalaron en las nacientes colonias. Así surgió La Chaveña, asentada alrededor de la Casa Redonda (taller ferroviario) y cuyo nombre proviene, según el cronista (65), de la importancia de un par de Chávez durante aquella época. Yo prefiero la versión de la propietaria del rancho, Blasa Almeida de Chávez. Atravesada por las calles Libertad, 5 de febrero y la Velarde (“el mall del pueblo”), con su legendaria Pila (erigida entre 1895 y 1908 por el escultor Julio Corredor de la Torre), la Escuela Revolución (1939, desde entonces en remodelación), el panteón municipal y los famosos Cerrajeros (1950), esta zona guarda memoria del viejo Juárez. Pese a la mala fama adquirida después del fallido traslado de la zona roja, en la década de los 40, sus vecinos se caracterizan por su apego al barrio, hospitalidad y productividad económica.

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David Pérez López también recoge testimonios de viva voz, como el de Carmen Flores de Galaviz (véase la firma del mural del arriba), quien a sus 72 años de residir en la colonia frente a la emblemática fuente recuerda que: “Ya no son las cosas tan bonitas como antes, pero yo de aquí no salgo; es mi barrio, mi colonia. Mis hijos viven en otro lado y me quieren llevar. Pero yo aquí me quiero quedar; todo era más bonito, más tranquilo. Cuando estaba la antigua Pila, mucha gente venía y se sentaba en unas bancas que había; incluso algunos vecinos sacaban sus sillas para descansar y tomar el fresco. Arriba estaban unos leones de cantera que echaban agua. Mi papá llegaba de su trabajo y ponía unos aparatos para que las personas escucharan música de 5 de la tarde a 10 de la noche. Eso ya no se estila”. Si bien es cierto que el Municipio debe reactivar los espacios públicos y solventar pleitos sobre propiedades privadas en ruinas, también queda pendiente la organización vecinal para mantener la armonía y limpieza de sus calles. Cuando pasaba el camión de la basura en el barrio de donde vengo, Valle de Aragón (en Nezahualcóyotl, Estado de México), no había escusa suficiente ni tamaña apatía para que después de bajar las bolsas de mi departamento, no cargara con todas las que me encontrara a mi paso. ¿De qué sirve limpiar de puertas para adentro?

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