En orden riguroso

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“Botas texanas” es una crónica urbana; dentro de ella se encuentran inmersos los temas del cruce de fronteras y el feminicidio. La narradora y articulista Nadia Villafuerte, autora del texto, nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas en 1978. Fue becaria del FONCA y de la Fundación para las Letras Mexicanas en el 2003 y 2006 respectivamente. La crónica se narra desde una voz femenina en primera persona; la protagonista ronda los 30 años de edad y vive en El Paso, Texas. La trama se va formando mediante una visita que realiza a Ciudad Juárez con el motivo de conseguir unas botas vaqueras: “cuando me sentía sola –que era la mayor parte de las veces– me acordaba de la frase de Wilde: las mujeres tontas lloran, las inteligentes van de compras”. Luego de adquirir las dichosas botas “rústicas color chocolate” y otras cosas (un uniforme de mesera, una peluca, un libro de viaje) y de detenerse a comer cualquier cosa, cae la noche y se dispone a regresar en ruta a su casa, pero tras quedarse dormida en el autobús habría de sufrir “en orden riguroso la violación y la muerte” a manos del chofer.

La voz narrativa parece familiar, aunque va adquiriendo tintes dramáticos al final de la crónica. La acción determinante para que inicie la historia es el cruce fronterizo. Y aunque no establece a ciencia cierta si la entrada a México se hace en algún puente en especial, sí nos delinea imágenes y juicios precisos: “La frontera, no solo el traspatio en que la ciudad vecina arrojaba su escoria, sino el fundo que elegía el país para mostrar su quemadura extensa, la prueba de que las geografías revientan por las costuras”. Aparece también el centro de Juárez como otro lugar insignia en el cuerpo del relato. La caminante narra la disposición espacial a partir de su recorrido (“Recorrí el mercado, los sitios de pulgas, las plazas con mercancía de segunda”), las sensaciones producidas por varios aromas y sus predilecciones: “Prefería estar en México, prefería su sonrisa acechante en vez de quedarme en un edificio gringo cuyo orden y progreso solo conseguían deprimirme”. Sin duda, el feminicidio cae con todo su peso sobre la lectura, e ilustra el peligro en la ciudad, sobre todo a altas horas de la noche para una mujer. “El siseo del motor me extendió sus brazos y cuando me tuvo rendida, me despertó para advertirme que estaba frente a la vastedad silenciosa y bajo la noche lacada en negro”.

103 Ruta Juárez

Al tener poco menos de un mes radicando en esta ciudad y no contar con el dominio de su geografía urbana, me ha sido difícil relacionar tangiblemente los espacios que describe Villafuerte en su texto, pero por otra parte me ha servido para ubicar dichos lugares. Desde antes de llegar a Juárez, uno ya conoce la forma en la que se ha estereotipado la urbe, tanto a nivel nacional como internacional, y dentro de los porqués aparece el feminicidio, tema que una corriente literaria ha hecho suyo. “Botas texanas” ostenta la peculiaridad e impacto que produce el giro de una crónica urbana hacia lo fantástico, al menos en el plano narrativo (y ojalá esto ocurra solo en la ficción), de un personaje que nos cuenta su experiencia juarense más allá de la muerte.

103 Cruz cruces

Mario Balderrama
septiembre, 2016

Caminhando pela Juárez

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É impressionante o quão longe nossa mente pode nos levar durante uma longa caminhada. A canção “Caminando por la Juárez”, escrita e interpretada pelo cantor Miguel Balboa, constitui um belo exemplo de algumas das poucas caminhadas que tive a sorte de realizar pela Avenida Juárez e por algumas outras ruas do centro histórico de Ciudad Juárez. Embora o videoclipe exiba alguns flashes das ruas adjacentes à Juárez, a canção não se propõe a descrever ou mencionar aspectos da paisagem local, levando-nos ao melancólico trajeto de um amante desiludido. Ao som do violão, Balboa nos brinda com uma história de amor que poderíamos considerar frustrada pela geografia. Dois amantes separados por uma fronteira que, mesmo em tempos de uma globalização que promete um mundo plenamente integrado, é capaz de barrar uma série de fluxos e trocas. O título da canção parece se referir ao mesmo tempo a uma condição e a um desejo do eu lírico. Nos primeiros versos, temos a impressão de que se encontra caminhando rumo ao norte, com a certeza de que não será capaz de ultrapassar o limite que o divide de seu amor. Nos refrões, o repetido clamor por uma caminhada, ainda que curta, pela Juárez nos deixa claro o anseio do poeta pelo reencontro.

101 Balboa – Caminando Juárez

Na história contada pela música, alguns aspectos gerais da fronteira são sinalizados. Um deles é a seletividade de sua permeabilidade: enquanto as cartas vindas do Norte são admitidas, a travessia do autor em direção a seu amor é barrada por sua condição de ilegal. Além disso, as referências a componentes da paisagem como ‘el puente’ ou ‘el muro’, que são inicialmente contrastantes, uma vez que, via de regra, o primeiro costuma conectar e o último separar, tendem a aproximá-los: neste caso, ambos são impeditivos do reencontro entre os amantes. As metáforas se mantêm no campo das generalidades, sem referências aos aspectos particulares à Avenida Juárez ou à zona centro, o que nos leva a reforçar a ideia de que a condição deste eu lírico é a de andarilho que, ao longo de sua jornada é levado por seus pensamentos a lugares ‘más allá’ de onde pisam seus pés. Mas não tão longe. A poesia nos leva e nos traz repetidamente, sem muita regularidade, para onde o poeta está e para onde este gostaria de estar, um movimento que faz todo sentido se pensarmos nas vezes que praticamos o envolvente e dialético exercício de pensar-caminhando/caminhar-pensando.

101 Puente Diana Riva

Créditos: Diana de la Riva

O poeta brasileiro Paulo Leminski, nascido no estado sulista de Curitiba, também costumava tecer pensamentos a partir de suas andanças pelo mundo. É sua a frase: “Andar e pensar um pouco, que só sei pensar andando. Três passos e minhas pernas já estão pensando”. Os temas destes pensamentos, no caso de Leminski, foram dos mais variados e seguramente ultrapassaram os lugares onde seus pés pisavam, mas dificilmente deixaram de contemplá-los em alguma medida. Nossos pensamentos têm a capacidade incrível de voar longe durante uma caminhada qualquer, porém são dificilmente capazes se descolar inteiramente de nosso trajeto. Enquanto caminhamos e pensamos, a paisagem grita, especialmente quando estamos longe de casa, passando por terras que não conhecemos bem, que não nos pertencem. “Caminando por la Juárez” é um convite a olhar para esta porção da fronteira desde uma experiência completamente dinâmica que, no fluxo de pensamentos do andarilho lírico, constrói uma paisagem onde a passagem redentora do amante em direção a seu amor é vetada. O convite é feito por um ‘foráneo’ que, assim como eu, parece ter experimentado caminhar-pensar pela emblemática Avenida Juárez e se deixar inspirar por uma paisagem que já presenciou muitos encontros e desencontros.

101 Facebook Por la Juarez

Larissa Santos

El Jardín de las granadas o la ciudad reflejada en un espejo roto

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En junio de 2011 El Jardín de las granadas, de Guadalupe de la Mora, apareció en La persistencia de la memoria, libro que reúne los trabajos escritos durante un taller de dramaturgia hipertextual impartido por Enrique Mijares en Ciudad Juárez. Lo primero que llamó mi atención al llegar a esta pieza (y por lo que decidí escribir sobre ella) fue el tono intimista que desde los primeros diálogos consigue la autora al ubicar la acción dramática en un interior frente a un espejo. Soy lectora voyerista y el hecho de que la trama se desarrolle en un espacio cerrado me predispone a una confrontación íntima con la historia, aunque esa experiencia no se produzca en todas las obras que la insinúan. En El Jardín… este estado emocional es simbólico y literalmente un descenso a los infiernos. De la Mora se vale del lenguaje poético para contar la historia de varias generaciones de mujeres pertenecientes a una misma familia. Tal como ocurre en el mito de Core-Perséfone, ellas enfrentan un conflicto que involucra un cambio de destino y una transformación interna. De ahí la metáfora del jardín de granadas y la pertinencia de un espejo que refleja, a la par, la vida interior de los personajes y el tiempo-espacio que habitan.

La diferencia es que el descenso se produce lejos del campo mítico. Aquí, bajo las arenas del desierto, bajo las calles de concreto de la ciudad, la abuela Amada se resigna a un matrimonio y maternidad forzados; Marga, su amante, enfrenta el estigma del amor lésbico y el fracaso de la carrera religiosa; Esperanza e Iris ─hijas de Amada─ reflexionan sobre la pobreza, los favores sexuales a cambio de regalos y el aborto clandestino; por último, Amanda y Claudia, los frutos más jóvenes en el árbol genealógico, resienten el abandono de su madre y el peso de la historia familiar. En esta versión, tal vez preliminar de la que se puso en escena (al haberse publicado como ejercicio de taller, quizá el texto sufriera cambios luego de su primera publicación) De la Mora me conduce a un estado de reflexión más o menos grave y gana terreno, independientemente de las vaguedades que pudiera encontrar en su propuesta. Me interesa más, por ejemplo, la concepción de una urbe que no solo adquiere identidad a través de espacios públicos, o sea, calles, monumentos y parques (referentes comunes de la sociedad que la habita), sino también a través del espacio privado y de las formas de relación humana que, desde los interiores, constituyen un rasgo particular de la metrópolis.

102 Facebook TelonEjemplos de esto son los objetos familiares que subsisten a las épocas, ocupando un lugar en la casa de generación en generación, sin importar que sean funcionales o no. Curiosa característica de las provincias donde el significado patrimonial y a veces mágico de las cosas se antepone a su valor y a la tendencia a preferir lo desechable que se impone en las grandes ciudades. Tal es el caso del espejo, elemento problemático en sí mismo por considerarse un lugar común en la literatura de mujeres. Sin embargo, en el drama desempeña una función difícil de trasladar a otro objeto: la de reflejar la introspección de la protagonista, además de los fantasmas familiares que perviven en ella. También la forma en que el ecosistema y las condiciones climáticas establecen maneras de relación con el espacio aporta elementos a la construcción de la identidad de la urbe. Así, el polvo que recubre las superficies y objetos —el polvo de Juárez que lo invade todo— aparece como rasgo de la vida interior de la ciudad:

Claudia: No me gusta esta casa.
Amanda: A mí sí, su luz es maravillosa.
Claudia: El color me marea.
Amanda: Podemos pintarla, vas a tener tu propia recámara, ¿No te entusiasma? Si quieres, puedes abrir tus cajas primero.
Claudia: Hay polvo por todas partes.
Amanda: Eso que flota en los rayos de luz son las hadas.

En otro momento, Amada describe a su nieta cómo era la vida matrimonial, no en una casa, sino en un vagón abandonado del ferrocarril. Partiendo de la que es quizá la imagen poética mejor lograda de la pieza, De la Mora evoca un espacio urbano sin construcciones fijas: familias pobres que habitaban en las viejas vías del tren, sin luz eléctrica, ahí donde verano e invierno se dejan sentir en toda su potencia y la ciudad se conoce de verdad.

102 Granadas Cartel

Nabil Valles Dena

Arminé Arjona: la memoria hecha poesía

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Una de las metas principales de Juaritos Literario ha sido la lucha contra los artilugios del olvido. De ahí la importancia y urgencia de la materialización de la memoria, la cual concretamos desde la misma búsqueda, digitalización y reproducción de los textos literarios, hasta la aprehensión y transmisión de las distintas situaciones, sentimientos, espacios, críticas, etc. que en ellos se retratan. ¿Por qué nos interesa esto? Porque pertenecer a una comunidad, más allá de cuestiones geográficas, lingüísticas y religiosas, tiene que ver con el hecho de compartir –y por tanto conocer y transmitir– un pasado común y a partir de él cimentar el presente con miras al porvenir. Aunque no siempre signifique que queramos recordar ese pasado que nos caracteriza. Varias entradas atrás Antonio, hablando justamente del tema que aquí nos concierne, señaló el sentimiento que a muchos de nosotros nos recorre al escribir este tipo de líneas: “mis dedos desfallecen cuando ahora me toca describir, a partir del escalofrío, el miedo de aquellos territorios trágicos”. No por esto hay que dejar de hacerlo.

100 lluvia balas

Ahora bien, la imagen de Juárez se ha fijado desde hace tiempo en un discurso que gira en torno a la violencia. Por ello, existe un gran debate alrededor del tema de la literatura que se erige sobre este aspecto de la frontera, acusándola, en ocasiones, de tremendismo, oportunismo o amarillismo. Ciertamente, durante la primera década del presente siglo surgió un alza considerable en la producción de este tipo de obras, lo que representa uno de los puntos a criticar; sin embargo, también habría que cuestionar el otro extremo: la cantidad de años que pasaron para que alguien –no solo desde el ámbito literario– levantara la voz en contra de los múltiples y cada vez más constantes asesinatos de mujeres en la ciudad, los cuales iniciaron –oficial y literariamente– en 1993. El silencio que la voz de todas quiebra apareció en noviembre del 99, mismo año en que se publicó Mujeres de la brisa de Joaquín Cosío. Por su parte, los poemarios de Micaela Solís y Arminé Arjona se editaron ya entrado el nuevo milenio; no obstante, fueron las primeras en abordar, con un tono bastante desgarrador y crítico, la temática que volvió famosa a la ciudad. Aquí me centraré solo en esta última poeta.

100 Arminé Arjona

Juárez, tan lleno de sol y desolado (2005) reúne una serie de poemas escritos entre septiembre de 1997 y el 2002. En ellos, la crítica de la autora se vuelca no solo hacia el feminicidio, sino –y esta es la parte que considero más importante– hacia la apatía e indolencia de la sociedad ante esta situación: “Y todos nos vamos / volviendo asesinos / con la indiferencia / con el triste modo / en que las juzgamos”. La autora mezcla aquí –al igual que en sus producciones posteriores– su talento y perspicacia literaria con un quehacer social bastante activo. Arjona se involucró en Voces sin Eco desde su surgimiento (1998), uno de los primeros grupos integrado por madres directamente afectadas que alzó la voz debido a la falta de respuestas convincentes por parte de las autoridades. Es decir, la poeta no se limita a criticar y juzgar, desde un discurso de resistencia, la problemática que percibe y sufre a su alrededor, sino que participa en la búsqueda de soluciones, de justicia…o al menos de un respiro.

Arminé Arjona describe una ciudad violentada “bajo un sol cubierto de vergüenza”; una vergüenza que, sin embargo, nos concierne a todos como sociedad; por eso, ante el hecho de que “La ciudad está descuartizada: / cada quien su trozo de violencia”. Como acabo de mencionar, lo que a la poeta le interesa resaltar es la indiferencia o insensibilidad de las personas ante sucesos tan atroces: “Hay miserias que cierran / nuestros ojos / y los ciegan brutal / como candados / Hay silencios que ahogan / lentamente / callando gritos / y reclamos”. Todo esto lo hace a partir de una apropiación, tanto del espacio como de una voz colectiva en cuanto a víctimas y victimarios; es decir, habla desde un “nosotros”, lo que permite que la crítica social emitida no se sienta tan lejana ni abyecta. Por otro lado, Arjona no se conforma con apropiarse de su ciudad a través de las palabras, sino que interviene en ella directamente con las “pintas” que realiza en paredes y murales. De esta manera, por medio de breves frases poéticas, la artista nos hace percibir –o ver desde otra perspectiva– la terrible cotidianidad de la violencia en la que estamos inmersos y los mecanismos que la permiten.

100 pinta-Juárez-desolado

Como juarenses pertenecemos a una comunidad cuyo contexto –lamentablemente– se encuentra sumergido desde hace muchos años en un ambiente de violencia. No obstante, Ciudad Juárez se puede definir tanto por esos bellos atardeceres que lo caracterizan como por lo que significa el caer de la noche: representa un lugar lleno de sol y de vida y al mismo tiempo un espacio desolado, impregnado por la oscuridad, el miedo y la muerte. Aquí uno puede enamorarse, divertirse, trabajar, estudiar, vivir; sin embargo, lo que no deberíamos permitirnos como sociedad es dejar de escuchar, olvidar o ser indiferente a esos gritos que desgarran día a día nuestra ciudad, pues hacerlo implica negar una parte importante de la realidad. No dejemos que la memoria se haga polvo, ni que el olvido ponga bajo tierra nuestro duelo.

Amalia Rodríguez

¿Una frontera nos hace diferentes siendo lo mismo?

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Antonio Moreno reúne en Road to Ciudad Juárez textos cuya selección se fundamenta bajo un filtro vivencial, que supone la condensación de experiencias en torno a “una ciudad con nombre de ciudad”, como escribe Luis Arturo Ramos en la solapa del libro. “Entre el miedo y la esperanza” es una crónica relatada por el poeta duranguense José Ángel Leyva, asiduo asistente al encuentro de escritores Literatura en el Bravo, en un tono que delata abiertamente el perfil de visitante concienzudo y comprometido socialmente. Mediante un acercamiento al comportamiento humano, expone los puntos ciegos de la imagen sobre la frontera que el colectivo guarda en su acervo de significación. Le revela al lector dos vías para interactuar con el texto: el reconocimiento propio dentro del american dream, que supone la pérdida parcial de la personalidad juarense (aunque este proceso ocurra solo cuando el individuo cruza la franja fronteriza) o bien, la perspectiva del sujeto que analiza la situación desde fuera, como es el caso del narrador. Así pues, Leyva resignifica la imagen del individuo fronterizo a través de una visión que proviene del exterior, pero viaja por la experiencia introspectiva de quien observa. Este juego de perspectivas es lo que particulariza a la crónica y mantiene un registro muy propio del escritor que visita. Un momento clave que cristaliza lo anterior es la metamorfosis que sufre quien cruza la frontera, el simple fenómeno que ocurre al pararse del otro lado. Es decir, el acto de ser otra persona en un lugar donde viven los que nada tienen que perder, los que no confían en su patria pues fue ella quien les ha quitado todo, los que han perdido la esperanza y se han acostumbrado a la violencia, pobreza, injusticias, al hurto y a la muerte, el hogar de los que han aceptado el miedo y lo han asumido como parte de su vida.

La periodista Ada Castells da continuidad a este carácter dual del ser fronterizo “¿Por qué si sois la misma gente, acá sois distintos, os comportáis de otro modo?”. Quizá en el fondo del absurdo, la justificación resida en la construcción propia de la persona. Desde el establecimiento de una ley fácilmente corruptible: “«Allá he tenido que pagarle a las autoridades por haber cometido o no una infracción, me han detenido para pedirme mordida», dice entre risas Irene. «Acá la policía no es lo mismo, si intentas sobornarla te llevan a la cárcel, si cometes una infracción pagas multas muy elevadas; aquí la ley es la ley», remata Irene con su español fronterizo”. Hasta las conductas sociales que evaden las reglas de convivencia y civilidad, pues en El Paso “nadie tira basura en las calles, nadie se pasa los semáforos en rojo, se detienen para dejar pasar al peatón, y numerosas conductas que la misma gente desecha al llegar a Ciudad Juárez. Una frontera nos hace diferentes siendo los mismos”. Y de todo, lo más preocupante es que la mayoría no son citadinos, sino latinos que se han quedado a vivir en ese lugar. Es una pena que nuestros propios hermanos se hayan ido de su patria, pero lo es más que regresen a desobedecer la ley. De cualquier manera, el autor también plasma la contraparte carnavalesca que, en cierta medida, funciona como una vía alternativa catártica para la población violentada. El escenario juarense se presta también para la liberación: un lugar donde se viene a divertir, a bailar, a cantar, a leer poesía en un festival cultural, a ser libre, ser quien en verdad se quiere ser y no aquello que la sociedad por nombre impuso.

99 Festival 2009 Ysleta

Hasta ahora se ha hablado del cruce en un sentido unidireccional: de Ciudad Juárez a El Paso. Leyva plasma su asombro por el indiscriminado acceso de norte a sur, es decir que “cualquiera puede entrar a México, nuestra frontera está abierta a todo lo que venga de allá, sin requisitos, sin registro; estamos abiertos y expuestos a lo que entre del otro lado” ¿Acaso será esta ciudad tan insignificante que cualquier persona puede llegar y habitarla sin verse obligados a pensar en la ley? De cualquier manera, es esta la ruta que traza el recorrido del narrador, quien llega a todas estas reflexiones a raíz de su participación en el encuentro de escritores Literatura en el Bravo. En Ysleta Highschool, el 5to. Festival Internacional Chihuahua se llevó a cabo conforme a los planes del ICHICULT, dejando en claro el papel que juega la literatura dentro de una región socialmente inestable. Frente al cuestionamiento sobre “¿Cómo se puede mezclar la literatura, la cultura con las armas? ¿Cuál ganará esta batalla?” se evidencia la función que concilia a las letras con las circunstancias. El panorama de nuestra ciudad necesita ser reformulado: exige una sensibilización que, sin duda, se potencia a través de las artes. Debemos encontrar una reconexión con nuestra parte más humana que traslade a la nación del miedo a la esperanza.

Escucha a continuación un poema sobre una “imagen terrible” también referida en la crónica:

99 Leyva - Alicia Ciudad JuarezKenia Iturralde

¿Otra simple historia de narcos?

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Coctel margarita de Antonio Zúñiga aparece en la antología Cinco dramaturgos Chihuahuenses, compilada por Guadalupe de la Mora en el 2005. En la obra el autor remite a una Ciudad Equis, que si no fuera porque el texto lo escribió en 1994 bien podríamos pensar que su nombre ficticio fue en honor a la gran X roja que se ubica al norte de Ciudad Juárez. La trama se desarrolla entre un hotel de paso y un bar en el centro de dicha urbe. Este último, casualmente se llama igual que el establecimiento ubicado sobre la Avenida Juárez y que en la entrada, antes de la remodelación de las fachadas de la zona, ostentaba el dibujo de un Gato Félix, aquel famoso personaje animado del cine mudo. Aquí, según el drama de Zúñiga, se sirven las mejores margaritas del mundo, hechas por su propio inventor, un hombre gordo con mal del pinto al que apodan Batman y que no se cansa de decir, cada vez que los prepara, que él es el padre de estos tragos.

Lo interesante de esta obra radica en la forma en la que Zúñiga cuenta una simple historia de traición entre narcos, ya que, tal como lo afirma De la Mora en la introducción de su compilación, “su mayor atractivo está en la alteración del orden cronológico, de otra manera no sería más que la historia de un célebre narco perseguido…” Esta alteración temporal se ha vuelto un recurso sumamente utilizado en el cine; sin embargo, en teatro significa un reto para el director, tal vez por eso Coctel margarita no se ha representado nunca.  La obra se basa en un suceso central: Rubén traiciona a su jefe el Cuaco. El primero trabaja como guarura del segundo, el traficante de droga más buscado de la zona. Para desarrollar la trama, el dramaturgo oriundo de Parral la estructura a partir de distintas perspectivas, es decir, desenvuelve un mismo acontecimiento desde diferentes ángulos.
99 Don Felix Bar2

Otro aspecto que llama la atención reside en la composición de los personajes, pues a pesar de que se sacan de la vida cotidiana, las características que el autor les da los aleja del estereotipo común de las historias de violencia y narcotráfico.  Nos encontramos, por ejemplo, a un narco, rudo y peligroso, recitando poemas del persa Omar Khayyan y que se distingue por ser “un hombre sensible, un ser humano que se estremece a la primera”. Está también la bailarina, host o prostituta del bar, quien lejos de representar al prototipo de la chica de barra, aparece a manera de esperpento; por eso le llaman la Chueca, ya que tiene todas sus extremidades torcidas y se antoja escuálida, flaca y fea, con risa burda y escandalosa.  Blanca y Rosa, por su parte, son amantes de los sicarios; mujeres “buenotas” que desempeñan faenas rudas como llenar de cocaína las llantas de una camioneta, pero ataviadas con minifalda y tacones, y cuyas preocupaciones recaen en que sus medias de marca no se manchen o que sus zapatos caros no se raspen. Ambas intentan huir de sus hombres, traicionarlos y robarles la mercancía.
99 Don Felix Bar Aunque el tema del narco se ha convertido en una constante en la literatura del norte, la concepción del tiempo y la caracterización de los protagonistas hacen de Coctel margarita una obra interesante. No obstante, a pesar de lo atípico de los personajes, en ocasiones Zúñiga cae en diálogos largos y repetitivos, además de utilizar frases trilladas y sentimentaloides, que rompen con la estética del texto. Lo rescatable, como afirma De la Mora, se encuentra en la novedosa forma en la que el autor juega con el tiempo y las perspectivas de un hecho que se ha vuelto cotidiano en esta parte del país.

Patricia Arellano

La nacionalidad del cíbolo

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La cuarta novela de Alejandro Páez Varela publicada por Alfaguara vio la luz en noviembre del año pasado, y no, esta tampoco busca inscribirse dentro de los márgenes de la narcoliteratura –deo gratias. Oriundo Laredo sigue el modelo quijotesco y presenta a un protagonista que se mueve a lo largo de la frontera norte de México junto a su escudero, Gamboa Las Vegas. Ambos recorren la franja fronteriza y caminan decididamente sobre la discriminación racial. De manera más abrupta, el discurso del personaje Marentes parece imprimir más fuerza sobre la pisada, como quien busca apagar un cigarrillo sobre la acera. El complejo mundo que retrata –ese país-de-en-medio– se compone de personas simples que avistan la cotidianeidad fronteriza, una gama multicultural que crea una sensación de confluencia en continuidad a la imagen del bordo como un punto de convergencia. Estratégicamente se dirige a un público que desea entender la era Trump, una sociedad que se encuentra expectante frente al horizonte incierto que bosqueja el panorama estadunidense. Esto no apunta a la exigencia de un lector ideal en el proceso receptivo (como si la única forma de significar el texto sea mediante la lectura del individuo fronterizo), sino a un síntoma más en la narración que delata la esencia periodística en la obra de Páez Varela. La incipiente intención de reconocer en el presente la semilla que lo generó todo evoca a su labor como periodista: las genealogías, los antecedentes históricos y la consciencia de su estar en el mundo a partir de lo que ya fue y que él se encarga de dar fe. Aparte, el tono que acompaña a toda la narración sigue recordando al oficio del autor -y el de su familia-. Uno puede encontrar el rescoldo de su estilo narrativo entre las columnas que publica en SinEmbargo.

El sistema educativo estadunidense sostiene su verdad única e irrefutable: El país se compone de 50 estados. ¿Y a quién le importa el antecedente poblacional?, si de cualquier modo los gringos “rehicieron la historia con puras mentiras. Les da vergüenza quedar como lo que son: puros culeros. Les da vergüenza decir que se robaron todo esto”. Así explica el Marentes la ausencia de una intención visible por recuperar los cimientos sobre los que se construyó su país. Esta miopía deliberada que invisibiliza las voces rurales y da crédito al desmedido populismo al que se ha entregado Estados Unidos es un ápice delator de una nación que no se acepta a sí misma. No se sabe -ni quiere saberse- conformada por un sinfín de personas provenientes de diversas culturas, de Oriundos, Larrys Y Marentes, pero también de Quarentines, rancheros negreros y sujetos inadecuadamente puristas (como El Gordo). El catálogo de personajes que son víctimas del american way of life, gozado por los güeros y realizado por los supuestos extranjeros, se presenta como una cristalización de la dinámica económica que sigue el vecino país.

98 Silver City NM

Estas modalidades son encarnadas por individuos sumamente humanos, construidos a partir de experiencias, como demuestra Larry Preston, dueño de unos acres cerca del Río Grande, donde tenía un plantío de nogales y que fue el espacio de encuentro entre él y el protagonista. “Trabaja Juan, que las piedras te darán pan” les recordaba Larry Preston a sus trabajadores en memoria de David Thal, quien en sus últimos días se dio cuenta que “las piedras son piedras. Siempre, hasta el final”. David le enseñó a su hijo John, que se hacía llamar Juan en honor a su herencia, el valor del trabajo. Posteriormente, Juan le transmitiría este conocimiento a Larry y este se lo entregaría a Oriundo. Al padre de Juan se le recuerda por el uso de su recurrente frase y por el estado irónico que padeció previo al deceso: el día en que la espalda ya no pudo con tantas piedras se dio cuenta que estas “un día te darán pan, pero no debes olvidar que al siguiente pueden partirte la espalda sin remordimiento”, porque “los hombres y las plantas cambian; o tienen la posibilidad de cambiar con el tiempo. Pero las piedras siempre son piedras”.

98 Alamogordo NM

Aunque las acciones de la novela no ocurran en Ciudad Juárez y el referente concreto más cercano sea El Millón, se sabe que está ahí latente, desde Aurelio hasta Oriundo; de Carmela a la dinastía Quarantine del Segundo Barrio. Generaciones de desconocidos, que pueden llegar a ser antitéticos unos a otros, han sido vinculadas por un rasgo en común: su ubicación espacial. Si bien el argumento está construido alrededor de la movilidad de los personajes, no hay un cambio en el protagonista que esté ligado a sus viajes: a Oriundo no parece importarle si está en el Millón o en Tornillo porque se reconoce en una indeterminación geográfica que le exime de ataviarse a una bandera. Pese a ser una novela del sur (de Estados Unidos), la tesis sobre la que se construye Oriundo Laredo propone desdibujar las líneas geopolíticas. Es así que, idealmente, el mexicano no debería aparecer como extranjero o migrante en el país vecino porque esos dominios le pertenecen. El Marentes concreta el sentido del argumento: “Yo no soy migrante. Que ellos hayan partido esto en dos, es otra cosa. Pero yo no soy migrante. No migré de ningún lado. Éstas son mis tierras aunque no tenga título de propiedad. Todos nosotros que estamos aquí hemos ayudado a construir este país, ¿y qué tenemos a cambio? Nada. Los chinos que construyeron el ferrocarril fueron enterrados debajo de los durmientes. Los prietos que levantamos sus cosechas también dejamos la vida aquí y no tenemos nada”.

98 Segundo Barrio 1949

Laura Robledo

El purgatorio del norte

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Hugo Salcedo escribió en 1989 El viaje de los cantores. El mismo año ganó el Premio Internacional de Teatro de Tirso de Molina otorgado por el Instituto de Cooperación Iberoamericana. La obra se basa en una tragedia real: el viernes 3 de julio de 1987 el periódico La Jornada publicó la nota “18 mexicanos muertos al intentar pasar a EU”, en donde describía el hallazgo en Sierra Blanca, Texas, de dieciocho cadáveres en un vagón de tren. Los hombres murieron por asfixia, ya que el vagón estaba sellado y la temperatura ambiental rondaba los cuarenta grados centígrados. Sólo se encontró a un sobreviviente. Los migrantes pretendían llegar a Dallas tras atravesar la frontera y abordar el tren en El Paso. El drama inicia con el recuerdo de esta noticia y posteriormente presenta los apartados “Nota para la puesta en escena”, “Escenografía” e “Itinerario del viaje”.  El desarrollo de la acción se divide en diez escenas, las cuales, de acuerdo al autor, se pueden representar en orden o al azar.

El argumento se enfoca desde tres visiones: las mujeres que se quedan en Zacatecas, los migrantes fallecidos y quienes no han podido cruzar al otro lado y por tanto se encuentran varados en la frontera, donde se enteran tiempo después de la tragedia ocurrida. Paralelamente a estas perspectivas de las que parte Salcedo para estructurar su obra, resaltan tres espacios principales: el pueblo zacatecano, el vagón del tren y una plaza en Ciudad Juárez. Precisamente de estos últimos dos elementos quiero hablar aquí. Acotaciones como “En un terreno despoblado en Ciudad Juárez” y “En Ciudad Juárez, una esquina con muy poca iluminación” hacen que la urbe se transforme en un lugar oscuro, tenebroso y profético de la desgracia; en un espacio casi indeterminado y general, aunque más que eso, en un lugar mítico.

98 Vías-Briseño

En la primera escena, Rigo, Martín y Lauro discuten sus experiencias pasadas al tratar de cruzar la frontera y la noticia de dieciocho migrantes muertos en un vagón. Durante la plática Rigo pone en la mesa una idea que será la que configure el espacio de la ciudad en el resto de la pieza: “¿Y si ya estamos tronados? […] Si ya, desde el otro día, al querer pasar la línea nos balacearon, y aquí estamos como pagando las culpas”. Juárez no sólo representa el límite con Estados Unidos sino también con la muerte; se ha convertido en un purgatorio, por ello, en la obra aparece como una especie de Comala en la que los muertos desconocen su condición y siguen empeñados en cruzar el Río Bravo. El cual, por cierto, se empareja al Aqueronte, ya que se describe a manera de un caudal inmundo del que muy seguido salen cadáveres flotando. Siguiendo esta analogía, los migrantes, entonces, son acarreados por el pollero/Caronte hacia su muerte definitiva.

98 Puente Negro-cruz

Por otro lado, el tren en Juárez es una figura que lejos de facilitar la comunicación y el transporte, divide. Basta recordar esos días en lo que en plena tarde la enorme bestia de acero se detiene a la entrada del vecino país partiendo el centro de la ciudad en dos partes. Por minutos, que a veces parecen horas, la gente queda atrapada de un lado del tren y pondera si es mejor esperar o arriesgar la vida saltando entre el espacio de los vagones.

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En El viaje de los cantores la llegada de la luz del sol provee a la ciudad de algo de realidad. Por ejemplo, es de día cuando unos policías federales interrogan a Jesús y José. En las escenas que representan esto se encuentran mayores referencias espaciales como una plaza, vendimia de fayuca y un vendedor de paletas. Si tuviera que apostar por un lugar específico, iría por la Plaza de Armas; ya que ahí se pueden encontrar a los migrantes recién deportados y a los que apenas emprenden su camino, siempre armados de tres cosas: una mochila, una cachucha y su dios.

Si bien la obra da para mucho más, esta reseña sólo pretende dar cuenta de la construcción de la urbe en la que la realidad, hablando en este caso sobre migración, siempre puede superar a la ficción. No extraña, por tanto, que incluso el Papa Francisco haya orado a la orilla del Río Bravo por aquellos que cruzan a diario esta frontera arriesgando su vida. En la imagen que se muestra a continuación, el padre Javier Calvillo, encargado de la Casa del Migrante, coloca zapatos usados por migrantes en el sitio de la oración.

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Claudia Fernández Hernández

Dalí en los Herrajeros

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Cuando se habla de literatura juarense uno de los primeros nombres que se menciona es el de Miguel Ángel Chávez Díaz de León, quien además de haber publicado poesía y recientemente una novela, también incursionó en la crónica literaria. En Road to Ciudad Juárez: crónicas y relatos de frontera, compilado por Antonio Moreno, puede leerse un ejemplo de lo último: un texto que raya entre la crónica urbana y el relato breve. “Salvador Dalí en Ciudad Juárez” nos cuenta cómo su narrador, fascinado por la obra del surrealista español, encuentra un par de litografías auténticas a un elevado costo en uno de los escenarios más pintorescos de la ciudad: los Herrajeros. Si bien la voz habla del caminante que recorre grandes distancias con el afán de conseguir un objeto deseado, máquinas de escribir en su caso, resulta más interesante que toque un tema tan extraño como lo es el “Mercado Negro de las Obras de Arte en Ciudad Juárez”.

“Salvador Dalí en Ciudad Juárez” explora uno de los espacios más populares que se pueden encontrar en toda ciudad latinoamericana: los mercados de baratijas, el tianguis mejor conocido por aquí como “segundas”. Es difícil que un habitante de Ciudad Juárez no conozca algunas, puesto que prácticamente en cada sector te encuentras con una que abre solo por un día o toda la semana, como una tradición que se transmite entre las generaciones. De las más famosas en la urbe están las de la Ferrocarril, donde cantidades de comerciantes trabajan diariamente hasta las 11 de la noche; otro mercado segundero, el del bulevar Bernardo Norzagaray, funciona nada más los domingos por la mañana. No obstante, en su crónica Miguel Ángel Chávez ahonda en una de las segundas más célebres de Juárez: el mercado de “Los Herrajeros”. Ahí se puede encontrar cualquier cosa: desde ropa, zapatos, libros, juguetes hasta aparatos de alta tecnología, como celulares, televisiones y computadoras de dudosa procedencia. El narrador ubica a sus lectores en un espacio crucial para su relato, un lugar en el que puede adquirirse de todo, incluso el legítimo trabajo de Dalí. El mercado de “Los Herrajeros” es para el narrador un espacio donde tiene lugar su propia odisea, la búsqueda del objeto preciado, la carpeta de letras doradas con la firma del pintor… el vellocino dorado de Miguel Ángel.

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Resulta difícil pensar en un juarense que no haya pisado “Los Herrajeros” o cuando menos escuchado hablar del lugar. Con frecuencia, entre conocidos y familiares, he escuchado que un punto clave para la compra de televisiones y accesorios de computadoras es dicho mercado: “cómpralo en los Herrajeros, te sale más barato”. Miguel Ángel busca, a través del recurso literario, ofrecer la cercanía a un espacio que resulta familiar, un entorno en el que la comunidad juarense ha visitado en algún momento de su historia, a través de la creación de imágenes llamativas pero ordinarias para la vista del transeúnte local, tales como una calle abarrotada de puestos de venta o una mesa repleta de “chácharas” viejas y curiosas. El texto recrea un espacio mítico de la ciudad, una zona anclada al colectivo imaginario de cada habitante. Juega también con la figura del misterioso comerciante que conoce cada artículo que vende. Miguel Ángel describe hábilmente calles harto conocidas por la comunidad y las convierte en imágenes poéticas, a través de las cuales quien lee puede visualizarse caminando por este mercado donde la Monalisa te sonríe en la esquina que no estás mirando.

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Rafael Leyva Rodríguez

Topografía de la emoción

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En un extraño ejercicio narrativo, a medio camino entre la estampa y la cartografía imaginaria, José Vasconcelos (1882-1959) traza “El mapa estético de América” (1933), relato singular en donde la geografía, el clima y las expresiones artísticas se mezclan para dar lugar a una topografía de la emoción: no Canadá, sino la pintura que puede desprenderse del flujo helado de sus ríos; no Estados Unidos, más bien el far west de Whitman, la arquitectura potencial de la aridez californiana (landscape arquitect); no México, mejor las danzas y ritmos ancestrales de la costa y el Istmo de Tehuantepec. Dentro de este curioso atlas, Vasconcelos también se detiene un momento en la línea fronteriza. Aquí, en estos “desiertos habitados” en los que “el pensamiento y la emoción todavía no se expresan”, puntualiza, pero “es de esperarse que el día que se produzca la cristalización nos vendrá de por allá un deslumbramiento”. ¿A qué se refieren estas sentencias que rayan en lo mesiánico?, ¿acaso son el equivalente diplomático de “La cultura termina donde comienza la carne asada”? O, por el contrario, ¿se trata de una apreciación auténtica, fruto de su educación familiar y los innumerables viajes que, sin duda, lo pusieron en contacto directo con la realidad del norte?

96 Vasconcelos librosCiertas respuestas pueden encontrarse en Ulises criollo, esa otra “topografía de la emoción” que, a partir de los vaivenes del recuerdo y una prosa fecunda de sensaciones e imágenes, da cuenta de dos tipos de historia, dos corrientes que en ocasiones se confunden: la vivencial, con las evocaciones de la infancia y adolescencia —las batallas de niños yanquis y mexicanos—, los amores clandestinos —María, la ardorosa de juventud; Adriana, el reemplazo de matrimonio—, las preferencias literarias —¿cuántos, al igual que el ex secretario de Educación, han odiado a Stendhal, Flaubert, Proust y Mallarmé, y renegado de los consejos de Alfonso Reyes?—; y la cronológica, mediante la remembranza de acontecimientos políticos —especialmente, la caída del porfirismo y el inicio de la Revolución— y la descripción de pueblos y ciudades —por ejemplo, Piedras Negras, Sásabe, Tlaxiaco, Campeche, Durango, Ciudad Juárez o Tacubaya, del lado mexicano; Eagle Pass, Washington, Nueva Orleans, Arizona, El Paso, Texas, del norteamericano..

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Considerada como una especie de “autobiografía novelada”, Ulises criollo es el primer volumen de la tetralogía Memorias, la cual se compone de La tormenta (1936), El desastre (1938) y El proconsulado (1939). Escrita dos años después de que perdiera en las elecciones presidenciales de 1929 (¿Cárdenas amañó los votos?), mientras residía en España, fue publicada en forma de libro en 1935 por la editorial Botas, a cargo de Andrés Botas, residente de Austin, Texas. Éxito de ventas inmediato —Pitol le da el título de best-seller— y de clara influencia en autores de la época o posteriores —Octavio Paz, por ejemplo—, el texto está dividido en 111 pequeños capítulos, cada uno encabezado según el motivo que vaya a conducir la narración. En cuanto al título general de la obra, llama la atención el cambio que sufrió: de Odiseo en Aztlán, nombre que ostentó cuando se publicaba por entregas en la revista Bohemia, de Cuba, al moderno Ulises criollo, giro semántico que, aunque conserva la alusión al viaje, también incorpora un discurso estamentario e ideológico: ¿indicio, quizá, de su concepción poco afortunada hacia los grupos indígenas, a quienes suele tachar de “el elemento salvaje de su población”, o su polémica dirección de Timón, revista de orientación pronazi? Como quiera que sea —dejemos estas elucubraciones a los especialistas, colectivos y demás gremios sofisticados—, y amén de su extraordinaria riqueza en distintos planos, aquí solo me interesa destacar la manera en que Vasconcelos concibe a la frontera desde finales del siglo XIX hasta las primeras décadas del XX y, muy particularmente, el papel que le asigna a Ciudad Juárez y su relación con El Paso, Texas.

Aunque Vasconcelos suele establecer una distinción entre la ruralidad del lado mexicano (“La cocina fronteriza era muy primitiva”, “nuestras pobres antiguas tabernas del territorio mexicano”, “la libertad, la sonrisa, que eran la regla en el lado anglosajón, y la miseria, el recelo, el gesto policiaco que siguen siendo regla del lado mexicano”) y el urbanismo del norteamericano (“era un vértigo de construcciones, comercio, tráfico”, “la metrópoli del desierto, llamaban a El Paso las guías turísticas”, “calles asfaltadas, tranvías eléctricos, hoteles de viajeros, espaciosos y flamantes”), hay pasajes en donde se borran las diferencias sociales, como en “Siglo nuevo”, en el que la Misión de Ciudad Juárez es el foco que une “a los dos Pasos del Norte, el antiguo y el yanqui”. Asimismo, en “Hacia la independencia”, Vasconcelos describe que el “lujo de las cervecerías” de El Paso, próximas a imponerse en toda la franja, constituían ya el divertimento de “los ricachos de Juárez y aun los empleados”. Por otra parte, celebra, durante el Plan de San Luis, la autonomía y fuerza de trabajo de los mexicanos que entonces residían en Texas, pues “gracias a las libertades yanquis, se regían por sí solos y prosperaban”. Finalmente, me detengo en “Biblioteca del Congreso” y “Los arreglos de Ciudad Juárez”, capítulos en los que esta ciudad toma protagonismo por su importancia decisiva en los “rumbos de la Revolución”. Así, Vasconcelos, quien a la postre fue delegado maderista en Washington y recibía información del corresponsal Hopkins, escribe que “en Juárez ocurrían sucesos que rápidamente transformaban la historia patria. Una vieja dictadura caía…”. En contra de bandoleros como Orozco y Villa, insatisfechos con la conmiseración de Madero hacia los prisioneros de guerra, relata que la ciudad, escenario de los pactos, tuvo repercusión en el mundo.

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A pesar de que la visión que Vasconcelos tiene sobre la realidad fronteriza pareciera muchas veces negativa, por sus prejuicios de clase, también contiene detalles que reivindican, e incluso enaltecen, ciertos aspectos de la región, esparcidos a lo largo de todo Ulises criollo, desde lo gastronómico hasta el flujo demográfico y comercial. En este sentido, casi un siglo después, todavía cabe preguntarse, ¿hemos deslumbrado lo suficiente?

Jesús Gamboa