Por un puñado de enanas

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En muchos lugares se escribe la Historia: calles, plazas, monumentos y, sobre todo, en los límites de las ciudades o en los confines de los países. Cierto es que también se plasma en los libros de historia. Y parece que aquí –para el gusto de unos y el enfado de otros– se encuentra más vulnerable; incluso pierde la mayúscula. Ignacio Solares, nacido en esta frontera el 15 de enero de 1945 es, además de narrador, dramaturgo. En 1996 publica Columbus, donde reescribe la Historia desde el terreno de la ficción. Esta novela narra la invasión de Francisco Villa a Estados Unidos en 1916. Osadía a la que solamente se habían atrevido los ingleses, poco más de cien años antes. Luis Treviño cumple la función de narrador. A través de su diálogo, atiborrado de recuerdos y bebidas alcohólicas, conocemos, no solo los pormenores del ataque a Columbus, sino también detalles biográficos, como su intento de vocación religiosa en el seminario jesuita, su empleo en el hotel Versalles y un prostíbulo (¿en dónde más?) en Ciudad Juárez. Donde la Historia registra burdeles fronterizos visitados por norteamericanos, Solares agrega un detalle particular: “Se habían puesto de moda entre los gringos las enanas”. Cuando la Historia traza en el imaginario colectivo el perfil del Centauro del Norte, Columbus nos cuenta cómo Luis Treviño se disculpa con Villa por haberlo visto haciendo del baño, entre matorrales.

Recién llegado de Chihuahua, Luis Treviño, comienza su vida laboral en un hotel de Juárez, otro lugar prototípico de la ciudad de paso. Complementa este trabajo con otro más, casi del mismo giro, durante los fines de semana, ubicado en la zona roja: “El burdel se conocía como el del Chino Ruelas en la Dieciséis, pero en realidad no estaba en la Dieciséis sino unas cuadras más adentro, en la Mariscal”. Las polkas norteñas, el humo del cigarro, la pianola o el fonógrafo, las bebidas y las sexoservidoras de corta estatura eran los ingredientes que hacían de aquel prostíbulo un lugar neutro entre diversos grupos, normalmente enfrentados a muerte. “Luego empezaban a llegar los clientes, en su mayoría gringos, aunque había de todo: villistas, carrancistas, colorados, pelones, campesinos, policías, comerciantes o estudiantes que convivían pacíficamente”. Conforme avanza su relato, el viejo Treviño va cayendo en el vicio que muchos juarenses practicamos (unos desde el recuerdo nítido y otros a partir de la imaginación) de recordar a una frontera que fue mucho mejor: “Aquel Juaritos sí que era entrañable, aunque te doliera en el alma verlo en manos de los gringos. Por eso lo empezaron a llamar La Babilonia pocha o el dump de los norteamericanos”.

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Además de los placeres ofrecidos en aquellos locales, a los que hay que sumar las casuchas de la calle Cobre, la ciudad ostenta en la novela otros atractivos para los norteamericanos: “corridas de toros con Gaona y Silveti, carreras de caballos estupendas, peleas de gallos a todas horas, casinos de juego.” Un Juárez que también se vende como escenario de la gresca civil: “La revolución también les divertía y les parecía folclórica… Los paseños se amontonaban en las riberas del Río Bravo para observar las batallas lo más cerca posible, aun con riesgo de su propia vida porque nunca faltaba una bala perdida que llegaba por ahí… una compañía de bienes raíces de El Paso promocionaba sus terrenos en venta como fuera de la zona de peligro y al mismo tiempo con una excelente vista del Juárez revolucionario”. ¿Y qué hacían nuestros paisanos? “De manera semejante, y aún con mayor riesgo, los juarenses nos congregábamos en las colinas del lado oeste de la ciudad, especialmente en un cerro que nos resultaba una atalaya ideal. Hasta niños y comida llevaban, como a un picnic.”

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Lejos del Juárez mítico y dorado de muchas décadas, la ciudad no ha podido recuperar su fama, aunque se ha hecho de otra… la Mariscal tampoco supo sobrevivir para perpetuar el oficio más antiguo del mundo. “Si me dejo llevar por el recuerdo, hasta la luz que veo es otra, totalmente otra, como depositándose más suavemente en la tierra y en el cielo”. Quizá hoy pasemos por ahí, no sin recordar ese pasado de fiestas y algarabía; pero, sobre todo, resulta imposible trazar ese recorrido sin pensar en el presente que vivimos. La imagen que plasmó Ignacio Solares de la Mariscal y sus cercanías hacia principios del siglo XX aún goza de cierta vigencia en la memoria colectiva de nuestro año, cosa que no sabemos si cambiará en algunas décadas. La tregua de la interminable noche juarense quién sabe a dónde se habrá ido; tal vez se regresó para la 16 de septiembre, como en un principio estaba el lugar del Chino Ruelas, o quizá se mudó de coordenada.

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Gibrán Lucero

José en el Mictlán

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¿Existe alguna relación entre la mitología azteca y la devastadora guerra del narcotráfico de nuestro país? ¿Acaso Xólotl camina entre nosotros? Estas son dos cuestiones, entre algunas otras, que nos surgirán al leer Los perros del fin del mundo de Homero Aridjis, publicado por Alfaguara en el 2012. La novela cuenta cómo José Navaja (quien va de los 66 a los 75 años), escritor de obituarios, después de leer sobre la supuesta muerte de su hermano sale en su búsqueda a pesar de tener que viajar a Ciudad Juárez, ciudad del terror, del narcotráfico y de la muerte. Antes de aventurarse, decide rondar por la Ciudad de México, igualmente llena de malvivientes, corruptos, asesinos y una plaga de perros; camina por las calles infestadas de personas y soldados, visita el Centro histórico y barrios de mala muerte. Se encuentra e interactúa con buchonas, sicarios, emos, punketos, narcopunketos y prostitutas (presencia la rifa de una virgen); sin embargo, en todas partes vislumbra a Alis, su esposa muerta.

Su estancia en Ciudad Juárez es una travesía por la corrupción, asesinatos, secuestros, violaciones y narcotraficantes; muestra el desastre y lugar de mala muerte que fue. La búsqueda de su hermano, Lucas, le permite entrar al mundo del Señor de la frontera o de la Narcorrealidad. La ciudad donde la muerte camina por las calles e inclusive salta de carro en carro por cada balacera resulta una representación del óbito, ese camino hacia el inframundo donde, acompañado de un perro tanto en vida como en el deceso, José Navaja ve atrocidades comparables a su camino al Mictlán: se encuentra con víctimas de los crímenes y conoce ese mundo bajo que cohabita en Ciudad Juárez. Hace una relación asombrosa sobre el camino al inframundo y lo vivido en México (centrado en nuestra ciudad) y logra unificarlos en una sola realidad: “Si un perro ladra a un fantasma y cien perros repiten el ladrido, el fantasma se convierte en una realidad”.

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Ciudad Juárez es el espacio clave para una ficción de narcotráfico. Vivimos un ambiente que desoló a la ciudad: violencia en las calles, toques de queda, inseguridad y falta de confianza en las autoridades (en ocasiones eran parte del problema que nos invadió y que aún seguimos viviendo). José teme buscar a su hermano en el norte, por tanto que ha escuchado, por las noticias que ha leído y por las muertes que ha trabajado, al ser un escritor de obituarios. La primera locación es el aeropuerto, ya que realiza su viaje en avión, con sólo dos pasajeros. Se aloja en un hotel, Edén, ubicado cerca del aeropuerto, con un precio accesible. El siguiente lugar reconocible es el cementerio de San Rafael, donde busca a su hermano entre las tumbas. También se describe la situación de los cuerpos al ser enterrados con prisa, la intervención de sicarios que en el intento de matar a la familia impiden su entierro o su destino en la fosa común. El desierto de Samalayuca es el lugar donde se localiza la mansión del Señor de la frontera. Un recorrido ofrecido por dos policías en las calles del centro, la Mariscal, Mina, Globo, Grijalva y Noche Triste, da la oportunidad de mostrar lugares representativos de la ciudad: el hotel (al ser un lugar de paso), los bares (huella de su esplendor pasado), fábricas y terrenos baldíos. Otros lugares que aparecen son el antiguo cine Paso del Norte y una variedad de bares y calles que describen el ambiente de la ciudad.

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Como víctima de la violencia en Juárez, al igual que muchos otros, veo en Los perros del fin del mundo una realidad que, aunque queramos negar, forma parte de nuestras vidas. El gran salvajismo y realismo con que se relatan las escenas perpetuadas, aunque ficticias pero tomadas de hechos verdaderos, me traen esos recuerdos y situaciones vividas. Cuando era niño, alrededor de los once años, abandoné Juárez con la ilusión continua de volver, pero no sin llevarme mis experiencias. Al tener mis padres un comercio sufrieron de la dichosa “cuotaˮ y amenazas de muerte; viví balaceras cerca de mi escuela mientras estaba en clases, vi negocios llenos de agujeros por las balas y un día los soldados fueron por mí a la escuela, estaba en peligro de muerte porque mi padre activó la alarma en una visita de los recaudadores de la “cuotaˮ. Así como a mí me rememoró esos momentos a muchos más les pasará; seguimos en una ciudad violenta, aunque no igual que antes. Ahora es Cuauhtémoc, lugar al que me mudé, un campo de batalla del narcotráfico. La obra es en ocasiones repetitiva y se centra más en dejar una imagen de lo que fue (y es) Juárez que la historia en sí; sin embargo, al final combina muy bien esta descripción con la anécdota. Es recomendable leerla por el misticismo, la comedia y cierto morbo de entrar en ese mundo bajo; sin olvidar la visión de una cosmovisión azteca que perdura hasta nuestros días más cercanos.

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Luis Alonso Gómez García

Memorias sin rostro

En el manifiesto que inaugura la sección de Geopoética, se apuesta por la importancia de estudiar el espacio debido a la relación entre habitantes con su entorno, que consolida la producción lírica para ambas partes (ver más detalles acá). No es así para Jorge Aguilar Mora, no al menos en “No hay lugar para el pronombre”, donde el paisaje urbano parece diluir las voces, los recuerdos e historias de sus ocupantes. O eso pienso mientas cruzo, una vez más, la ciudad (noroeste-suroeste, 110 minutos, dos camiones) y veo los diferentes panoramas ajenos a toda esa gente que transita sin pausa, como cuerpos con nombre –pero ¿cuál? O es, quizá, esa misma prisa constante en la urbe la que ha marcado y ahora refleja nuestra dinámica en otros aspectos.

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En el poema de Aguilar Mora, la ciudad funciona como un filtro que contiene y después borra los lazos interpersonales, dejando solo una memoria sin rostro donde no hay lugar para el pronombre, el vínculo con el o la otra que permita nombrar y distinguir la historia individual. Precisamente, los personajes que cruzan el poema parecen desvanecerse frente a las imágenes cotidianas de la urbe: el ir y venir por calles sin fin deslizándose entre gente que aparece y desaparece como un rumor; el encuentro expuesto en la segunda estrofa, que no ocurre sino desde el recuerdo, pasa aceleradamente de la intimidad al éxtasis y luego a la certeza de una relación que concluye. De inmediato, aparece la ciudad como un espacio –contrario a la casa– en que los tus desembocan al nosotros, una aglomeración donde no se distingue uno del otro.

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Sin embargo, con la voz lírica en segunda persona, el poema rescata la historia de uno y la integra a la memoria de la ciudad que pertenece a todos; la segunda persona permite establecer un vínculo entre ese observador en que nos convertimos frente a aquellos que comparten su transitar por las calles. Así, desde la escritura cesa momentáneamente la aparente indiferencia de la dinámica urbana, dejando registro de alguien cuya historia –cualquiera de nosotros– se irá diluyendo como la voz menguante del amor que se perdió.

Héctor González

Un viento que se lleva la vida

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Desde hace un par de años, Elpidia García se ha colocado en un alto escalón de la narrativa juarense, irrumpiendo con éxito en la escena mexicana. Ellos saben si soy o no soy (2014) reúne sus primeros cuentos, los cuales la posicionan como la autora más importante y prolífica en cuanto a la temática de la maquiladora. Ese mismo año obtuvo el premio Voces al Sol, gracias a otra serie de relatos que conforman Polvareda (2015), donde aún predomina la cuestión de la industria ensambladora, ya sea de fondo o directamente en el desarrollo de sus personajes. En el 2018 gana el premio Bellas Artes de Cuento Amparo Dávila por El hombre que mató a Dedos Fríos y otros relatos. Hace un par de días se presentó el libro bajo el sello editorial de Lectorum y el INBA. Los quince cuentos, afirma Ricardo Vigueras en la contraportada, “hilvanan un tapiz de la vida cotidiana en la frontera entre México y Estados Unidos. En ese recurrente territorio mítico (desde el Western que preside las dos primeras historias), feminicidios, desaparecidos, delincuencia y tráfico de drogas quedan retratados.” En esta ocasión me enfocaré en “Peregrinos”, narración que trasciende la cotidianidad hacia un espacio más allá de la vida y muerte.

 

 

“Las tolvaneras no cesan”

Ciudad Juárez, por mucho tiempo, ha sido azotada por la violencia. Miles de casas abandonadas lo demuestran. El Valle, por ejemplo, quedó poco a poco reducido a la miseria y el desamparo debido a una incesante lucha de grupos delictivos. Las noticas lo pregonan; quienes vivimos aquí lo experimentamos, sufrimos y entendemos más a fondo. Elpidia García recurre a su experiencia como habitante de esta frontera para expresar las consecuencias –emocionales y corporales– de una guerra que al parecer no tiene fin. ¿Los culpables? “Los uniformados, los trajeados, o los otros, sus dizque enemigos: los de los cárteles.” ¿Las víctimas? “Cientos de hombres y mujeres [que] avanzan con pasos torpes en la misma dirección. La mirada, errante, pero fija en el extremo opuesto del sendero, empecinada en llegar a alguna parte.” Isaura, su hija Yolanda, Josefina y Arturo representan a ese tumulto de personas que por una u otra razón han sucumbido ante los estragos de una estructura política y social que no permite tiempos de calma: la madre que nunca dejará de buscar a su hija, incluso en la muerte; la joven que forma parte de un grupo interminable de mujeres desaparecidas, violadas, asesinadas; la activista que no se cansará de exigir justicia, ni aun cuando le arrebaten su último aliento; la víctima colateral, cuyo único error fue ayudar o estar en el momento equivocado.

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“El viento amainó de pronto”

“Peregrinos” comienza con la descripción de un ambiente por completo desértico y desolado: “El color del cielo, ultrajado, muestra la pérdida de azul convertido a pardo. Las casas están solas, sus habitantes, huidos.” A lo largo de toda la narración hay una semántica que impera: palabras y frases referentes al viento y polvo aparecen constantemente como síntomas de “un sueño de pesadilla”. Si bien desde el inicio se menciona el Valle de Juárez, creo que la cuestión del espacio excede la especificación de cualquier lugar. Es decir, aunque esta zona en especial se haya caracterizado por un paulatino abandono, el cuento de Elpidia conjuga a toda una ciudad y sus habitantes que se han acostumbrado a traer polvo en las orejas y la boca, ver rodadoras cruzando las calles, sortear los fuertes coletazos de aire y escuchar el inquietante golpeteo de la violencia. Ahora bien, esta cotidianidad aparente, de pronto trasciende nuestro contexto, pues los peregrinos, a los que finalmente se unen Isaura y Josefina, recorren una especie de río Leteo para alcanzar la paz que les habían robado: “El viento amainó de pronto. El polvo se asentó en los caminos y las rodadoras dejaron de huir y se quedaron quietas.” De  manera bastante explícita se esclarece el panorama: un mundo fantasmal, que no por ello deja de contener reminiscencias reales y concretas, como el homenaje a Josefina Reyes, Susana Chávez, Marisela Escobedo y tantas otras mujeres que han sido asesinadas solo por exigir humanidad, respeto y justicia.

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Te vas ángel mío”

Otro aspecto que resalta en el cuento es el musical, sobre todo, al escuchar la versión narrada y cantada por la misma autora, acompañada de Mónica Guerra. “Te vas ángel mío”, de Cornelio Reyna, aparece como la pieza que impregna de un tono aún más desesperanzador el relato: “Oiga, qué canción más triste. Y con este clima, como que se siente una peor, ¿no?” No obstante, también sirve de aliciente para que Yolanda vuelva a los brazos de su madre. El mensaje que deja entonces “Peregrinos” es claro: existe una esperanza pero solo alcanzable en un espacio irreal. Quienes murieron pueden seguir su camino y encontrar la paz; sin embargo, aquí solo queda silencio, obscuridad y tumbas –en el mejor de los casos– a donde ir a llorar nuestras pérdidas:

Pero ay cuando vuelvas
no me hallarás aquí,
irás a mi tumba
y allí rezarás por mí.
Verás unas letras escritas ahí
con el nombre y la fecha
y el día en que fallecí.

Amalia Rodríguez

Introspección en manada

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“¡Hay novelas que impactan hondo!”, grité a mitad del callejón. No obtuve respuesta y a nadie convencí, pero insisto y lo confirmo ahora que escribo la misma sentencia en silencio. Quizá el impacto sea incuestionable para el autor, sobre todo cuando explora el género autobiográfico, lugar idóneo para modelar, componer y ensayar versiones de un “yo” que coincide y se desdobla en el narrador protagonista, portavoz de la materia prima de su propio ser ficticio. La novela del estrafalario y polémico abogado chicano Óscar Zeta Acosta viene a cuento y sirve de ejemplo. Sobra decir que La autobiografía de un búfalo prieto, publicada originalmente en inglés en 1972, me gustó sobremanera; podría extenderme en palabras y horas para que todos la lean. Así que en estas líneas me ciño a la agenda de nuestro proyecto y de paso ofrezco unas notas en torno de la obra. ¿Cómo se construye la espacialidad juarense y qué funciones cumple en el entramado narrativo?

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Lo primero a contextualizar es que estamos frente a una novela de viaje que ocurre específicamente a lo largo de la carretera (road novel). Inicio: San Francisco. Punto de llegada: El Paso/Ciudad Juárez. Motivo: hallar las raíces de la “pinche identidad”. Durante el trayecto, e incluso antes de que comience la travesía sobre el Plymouth verde modelo 65, Óscar va dejando al descubierto su personalidad, al grado de desnudarla por completo. Por medio de interlocuciones que sostiene consigo mismo, con un par de exóticas figuras que lo acompañan como sombras o con otros personajes, el Búfalo prieto da cuenta de su condición presente bajo el filtro de las circunstancias pretéritas. Pareciera que todo impulso a sus 33 años –tiempo de revelaciones y catarsis– fuera una reacción en cadena de sus primeros pasos en el Segundo Barrio, en El Paso, o de la transición de niño a adolescente vivida en Riverbank, California. “Con la cabeza llena de drogas estimulantes, el pene marchito y una lata en la mano, mis nudillos enrojecen a causa de la firmeza con la cual sostengo el volante mientras conduzco a toda prisa a través de las montañas y el desierto en busca de mi pasado…”.169 Plymouth 65 belvedere.jpg

Aún falta algo más para entender a este “indio salvaje que corre destruyendo frenéticamente todo lo que encuentra a su paso”. Los años 60’s, la década de la droga (dope decade) y sus ávidos consumidores: beatniks, hippies y snobs, a quienes nuestro bisonte remeda y desprecia. No así a los estupefacientes, o a cualquier tipo de sustancia que lo incite a continuar con el viaje, tanto el que se mide en millas como el que experimenta con anfetaminas y budweiser. De hecho, La autobiografía de un búfalo prieto vio la luz solo unos meses después que Miedo y asco en Las Vegas, del escritor Hunter S. Thompson, quien aparece como el personaje de King en la novela del chicano; mientras que la desaliñada figura de Óscar Zeta Acosta, con el alias del abogado Dr. Gonzo, recorre Las Vegas junto con el periodista Raoul Duke. Cuando la palabra escrita transmite el efecto o alcance de un psicotrópico debe afinar el punto de vista de quien cuenta, así como ajustar a detalle los referentes, ya que la correlación entre el significado y su imagen se desestabiliza y zarandea a merced del alucín. Todos los personajes secundarios en La autobiografía de un búfalo prieto sirven de retén y perspectiva para asimilar un mundo que se construye sobre sus propias referencias a medida que uno avanza en la lectura.

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La versión al español, a cargo de Argelia Castillo Cano, apareció 22 años después del original, en la colección Paso del Norte, del sello editorial Grijalvo, la cual publicaba “libros representativos de una minoría étnica que busca una expresión propia… un lenguaje inédito, una forma de resistencia cultural a través de la literatura”. Existen otras traducciones al castellano que ahora cuentan con buena distribución en línea, pero con escaso tino al momento de las equivalencias de sentido. La editorial Traficante de sueños, por ejemplo, titula al libro como Autobiografía de un búfalo pardo. Esta selección sobre la paleta de color marrón deja fuera la etiqueta racial del brownie y, por tanto, el sentido crucial de la obra, el cual se evidencia cuando el protagonista cruza la frontera y entra a Ciudad Juárez. En cambio, ser prieto en México aún conserva el desprecio socarrón, cuando no la designación ofensiva.

Al final del camino, en el capítulo 16, Óscar llega en autobús a El Paso, “el lugar donde nací, para ver si podía encontrar ahí lo que estaba buscando. Aún quería saber quién era realmente yo”. Sale de la céntrica estación y deambula por una topografía emocional que apenas alcanza a distinguir. El viejo cine de barrio había cedido el predio para varios establecimientos de baratijas. Las calles Durango y San Francisco cambiaron su fisonomía. Tras contener el llanto frente a la casa donde alguna vez vivió, decide abordar el tranvía con destino a Ciudad Juárez. La experiencia del cruce es fenomenal, no sólo porque todos los sentidos del narrador se aguzan, sino por los nervios que experimenta al no traer papeles para entrar al país. Cuando el agente aduanal entra al vagón, supone lo peor: “me arrestaría… por el hecho de fingir ser mexicano. ¿Existía acaso ese cargo?” El uniformado pasa de largo. Ese 9 de enero de 1968, la populosa avenida Juárez recibió al Búfalo con los brazos abiertos. “Todas las caras eran oscuras. La gama iba desde la tez morena clara hasta la piel prieta”. Música, bellas mujeres en la zona roja, bares, proxenetas y hoteles. Sin embargo, el idilio del reencuentro concluye cuando se acaban las monedas, “justo cuando creía que me había vuelto mexicano en la cama de unas rameras”. Juaritos entonces, le da un duro revés. “La ciudad del pecado y de las luces multicolores” muestra otra faceta: cárcel, escarmiento y corrupción.

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Tras la faena para regresar a su país de origen, Óscar, bajo una letal pesadumbre, recurre a su hermano y le confiesa su fracaso: “un hijo de puta afirmó que yo no era mexicano, mientras que otro dijo que tampoco era norteamericano… por tanto, no tengo raíces en ninguna parte”. Durante esa llamada telefónica, en el vestíbulo el Grand Hotel del centro de El Paso, escuchó hablar del Brown Power, del poder mestizo de La Raza en East L.A., su próximo destino. “La bomba explota en mi cabeza”. Epifanía. Óscar Acosta está a punto de convertirse en Zeta, “el abogado chicano más famoso del mundo que había contribuido a dar inicio a la última revolución”, de la cual, por cierto, hay novela: La revuelta del pueblo cucaracha. El búfalo “es el animal que todo el mundo ha masacrado. Tanto los vaqueros como los indios”. El examen dentro del foro interno de la conciencia ha arrojado resultados: “me doy cuenta de que no soy mexicano ni norteamericano. Ni católico ni protestante. Soy chicano por estirpe y Búfalo Prieto por elección”. El narrador entonces, hace un llamado: “Esto es, damas y caballeros, lo que quería plantearles. A menos que permanezcamos unidos, los búfalos prietos nos extinguiremos”. Y ahora sí, a temer a las manadas.

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Carlos Urani Montiel

Esto es Juárez, amigo

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“Después de todo otra persona había sido ejecutada en Ciudad Juárez”. Todos los que vivimos aquí tenemos un conocido o un familiar que estuvo en contacto con los estragos sufridos tras la ola de violencia que azotó a nuestra ciudad hace apenas unos cuantos años. Israel Terrón Holtzeimer conoce muy bien esta situación y decidió reflejarla en su primera novela Artemisa café, la cual fue publicada en 2012 por el Fondo Editorial Tierra Adentro. El autor egresó de la carrera de psicología en la UACJ; es músico, fotógrafo y dibujante de cómics. La historia se desarrolla en dos escenarios: la Ciudad de México y la frontera. El país está de cabeza tras el surgimiento de un grupo terrorista denominado Los Leopardos, que tiene como líder a una tal Artemisa. A pesar de que se mantienen activos a través de las redes sociales, enviando mensajes tanto a seguidores como a detractores, nadie tiene claro quiénes son. La identidad de Artemisa se mantiene oculta; sin embargo, el objetivo es claro: acabar con la corrupción política y la impunidad de las autoridades mexicanas a través de asesinatos y atentados a determinados puntos estratégicos. Paralelo a esto, la novela cuenta la historia de Federico Rascón y Diana, un policía federal y una adicta a la heroína, quienes llevan una vida desordenada bajo el lema: “El dolor lo justifica todo”.

Hace algunos años, caminar por las calles de Ciudad Juárez causaba a sus habitantes una gran incertidumbre. Con el alto índice de asesinatos, secuestros y asaltos a mano armada, resultaba complicado moverse por la ciudad. Muchos preferían quedarse en casa. Los enfrentamientos entre bandas delictivas y la policía afectaban colateralmente a personas inocentes. La urbe se hallaba en profunda crisis. Artemisa Café representa e ilustra este tema de una manera cruda y directa. Distingo tres espacios en donde se desarrolla la acción referente a la frontera: una pizzería, la avenida Tecnológico y el aeropuerto. Federico dice que la pizzería tiene un nombre formado por tres palabras que parece trabalenguas, por lo que creo que se refiere a Peter Piper Pizza. En este espacio ocurre una balacera que acaba con la vida de tres agentes federales que acompañaban al protagonista, mientras él se había regresado al local a dejar propina a la chica del otro lado del mostrador; “nunca había visto unos ojos tan lindos en toda mi vida”. Fuera de la ficción, esto aún ocurre en nuestra ciudad (incluso recientemente). Los enfrentamientos se dan en espacios públicos, familiares, a plena luz del día, lo que ha provocado que algunas personas se hayan desensibilizado al punto de verlo como algo normal… otro muerto más. “Esto es Juárez, amigo”, como se titula el capítulo cinco. El otro espacio, la avenida Tecnológico, es una de las arterias más concurridas, ya que conecta de norte a sur varios puntos de la ciudad. Es probable que Israel Terrón haya ubicado las acciones sobre estas coordenadas para reflejar el poco miedo de los grupos delictivos ante las autoridades y cómo la ciudadanía convive con estas situaciones de manera cotidiana.

 

Cuando los espacios literarios son descritos por un autor que convive y se siente identificado con ellos, logra transmitir a sus lectores sensaciones que persiguen el consenso. Al leer Artemisa Café es inevitable la empatía, no solo respecto al contexto social, sino a los espacios y la manera en que los habitamos. Es frecuente en Juárez encontrar calles que en algún punto cambian de nombre. El agente Aura, por ejemplo, le pregunta a Federico si “Montes Urales era la misma calle que Avenida Jilotepec”. Otro de los elementos que podemos identificar en nuestra ciudad es la pinta de mensajes o imágenes en los cerros, como en algún momento lo fue Benito Juárez o la famosísima frase: “La biblia es la verdad, léela”. También resulta común escuchar hablar sobre los proyectos que el Gobierno Municipal echa a andar, como el Camino Real, para pronto abandonarlos, o el transporte semimasivo que, al final, sí recorre la ciudad, con visos de extender sus rutas. Todos estos espacios nos dan identidad ciudadana; al identificarlos en alguna obra literaria los sentimos un poco más nuestros.

  Daniel Malaquías

Ciudad abyecta

El poemario Juárez, tan lleno de sol y desolado, de Arminé Arjona, se fraguó, a juzgar por las fechas que la escritora consignó al final de cada composición, en cinco años. Lo conforman diez poemas: abre con “Elegía”, escrito en septiembre de 1997, y cierra con “Páramo”, compuesto en el mismo mes, pero del 2002. El espacio evocado en cada una de las piezas poéticas es, como el título lo señala, Ciudad Juárez, mismo lugar en donde nació la autora en 1958. Un año después de su composición, en el 2003, el poemario fue presentado en el VI Encuentro de Poetas en Ciudad Juárez: “Ires y venires: la frontera en la poesía”. Ese mismo año, Chihuahua Arde Editoras compiló las memorias del encuentro; después, en el 2005, realizó la segunda edición del libro.

Abrir el poemario con “Elegía” no es banal. En las diez composiciones hay una unidad evidente: el sentimiento elegíaco ante el asesinato de mujeres y la impunidad e indiferencia que le acompaña. “Elegía” no enuncia el tema; se limita a la representación de la ciudad como un espacio de violencia. La voz poética se vale de los verbos para crear la imagen: la ciudad nos pudre, al tiempo que se asfixia y muere. Funciona no sólo como víctima, sino también como victimaria. Sin embargo, paradójicamente, su papel activo surge de la violencia producida por quien la habita. También recurre a los adjetivos, mas no los limita a la descripción; hay un tono imperativo en ellos: “fría y cruel esta cacería humana”. No se trata de un recurso aislado, sino que aparece a lo largo del poemario. “Páramo”, por ejemplo, consiste en un desfile de calificativos que va más allá de la simple imagen evocada en el título: “fábricas / ávidas / cómplices / frívolas / tóxicas”. Este recurso también está presente en el título del libro. Llamar al poemario Juárez, tan lleno de sol y desolado muestra el esfuerzo por remarcar el significado que el espacio adquiere en cada poema.

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“Por un grito que desgarró el silencio de la noche”, dice el epígrafe de “Elegía”. Al leerlo me recordó aquellas ocasiones en que me veía obligada a quedarme callada para asegurarme de que el sonido que había interrumpido mi calma no era un disparo o, peor aún, alguien pidiendo ayuda. Con el tiempo, lamentablemente, terminé normalizando la violencia. No, con esto no pretendo decir que no me indigne ante el asesinato. Se trata, más bien, de llevar a mi cotidianidad las notas rojas, las unidades policiacas transitando a diario por las calles, los cordones amarillos que constantemente me desvían y el sonido de las balas. Una aprende a vivir en Ciudad Juárez. En esta “Ciudad abyecta”, como la llama Arminé Arjona.

Alejandra Gómez

Solo quedan las fachadas

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Después de publicar la serie (que todos citan, pero nadie compila) Relatos al vacío en revistas de México y España, Carmen Galán Benítez enfocó su interés en el norte de México para construir su primera novela. Con Tierra marchita (2000), la escritora aborda distintas problemáticas citadinas en un periodo que va de los años treinta hasta poco antes del año de publicación, y que tiene incidencias desde Tijuana hasta Oaxaca. Según la solapa de la edición a cargo del Fondo Editorial Tierra Adentro (del CONACULTA), de este texto también existe un guion cinematográfico; sin embargo, la obra de Carmen no goza de difusión ni el mundo virtual ni en el de papel. Me parece que en este libro la transición es uno de los elementos más remarcables, ya que la lectura obliga a realizar un recorrido cronológico a través de una genealogía que inicia con el nacimiento de las hermanas Rivas, Isabel y Aurora, quienes dieron sus primeros pasos en La Lagunilla, barrio histórico de la Ciudad de México, para asentarse, ya en su madurez en la zona El Paso-Ciudad Juárez. Al mismo tiempo, el lector deberá seguir a los personajes a lo largo de sus peripecias por la República. Por último, los caracteres retratados en la historia también reflejan un desarrollo psicológico conforme avanza la trama: ninguno de ellos permanece estático, hecho comprobable al final del texto. Los temas que trata la escritora se centran en las consecuencias a las que se enfrentan las esferas sociales, desde las más altas hasta las marginales, mediante estampas de individuos y puntos geográficos implicados en circunstancias impetuosas o “procesos conflictivos”, como dice Carlos Montemayor.

Entiendo este concepto de estampa como una especie de fracción del todo que se elige para acentuar aspectos específicos y minimizar elementos circundantes con la finalidad de realzar personajes y espacios determinados. El ejercicio no mutila, sino que concentra la atención del lector en detalles que se ajustan a la mirada de quien fabricó la ficción. Si bien esta idea resulta una propuesta de lectura interesante, en algunas ocasiones dichas estampas dejan la sensación de estar inconexas con su entorno. Una muestra de ello es la incidencia de Joel y Elena (alter ego de la autora), una pareja de periodistas que solo entran en contacto con el resto de los personajes en dos ocasiones. Su mayor aportación a la historia central es una disertación que él sostiene con Cuca, la cual comienza como una reflexión en torno a las desapariciones de mujeres en la ciudad, pero termina a manera de debate sobre la desmitificación del discurso oficial acerca de las drogas (y su consumo). Por otra parte, las estampas de lugares retratados en la novela aparecen delineados por quienes los habitan: la periferia a donde Toño huye está cohabitada por personas de su calaña, drogadictos que posteriormente terminan viviendo en la colonia Altavista. En esa misma zona, Luz encuentra afinidades con su vecina y compañera en la maquiladora RCA, Georgina. Lo interesante de la novela reside en la variedad de ciudades implicadas, así como también la forma en que Carmen voltea hacia las áreas urbanas que menos presencia tienen dentro de la narrativa local, para mostrar que la tierra marchita se extiende sobre paisaje teñido de sangre.

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Pese a esta estructura de pasajes intercalados y con saltos temporales, el relato sitúa su coordenada clave en Ciudad Juárez; la visión sobre la frontera oscila entre concebirla como un lugar de oportunidades, no siempre hacia el progreso. Además, existe un retrato de los espacios aledaños al citadino que son emblemáticos para los juarenses, como Samalayuca. Resultan igualmente importantes las zonas de la periferia metropolitana, las cuales —tanto en la realidad como en la ficción— son escenario de numerosos crímenes por la desprotección de las autoridades, como sucede en Anapra y la Carbonífera. Esta misma perspectiva se refuerza a partir de la ciudad vecina y contraparte, El Paso. Los personajes que tienen acceso al territorio norteamericano figuran dentro de la hegemonía del mundo literario descrito: profesionistas (como el abogado y el administrador que trabajan para una de las mafias protagónicas), empresarios internacionales, narcotraficantes y, desde luego, esposas e hijos de todos los anteriores. El tema de la migración se problematiza a través de Cuca, quien es auxiliada por los Bencomo cuando Isabel, mujer bien posicionada gracias a las diligencias de su marido, la observa de la mano de su hija “en la esquina de Montana Avenue y el freeway”, sabiendo que “en cualquier momento pasaría la migra y esa mujer sería deportada al lugar en el que todos aprendieron a vivir sin ella aún antes de que se marchara”.

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Laura Sarahí Robledo

El cuerpo de una ciudad desmoronada

Irma Chávez es una de las voces más representativas de la poesía femenina chihuahuense. Estudió dos licenciaturas, la maestría en English Creative Writing en UTEP, y el doctorado en Filosofía en Florida (FSU). Comenzó su carrera literaria con la composición de la pieza dramática Día de victoria (1995), y tras culminar sus estudios en El Paso se editó su primer poemario, Viento eclipsado (1998), en Lima, Perú. Un par de años después, El Tucán de Virginia –editorial ubicada en el centro del país, y que también ha difundido textos de Dolores Dorantes– publicó Amanecer de agua / Dawn of water (2000), dentro de su colección bilingüe. Los poemas de la autora juarense han aparecido en varias revistas y periódicos mexicanos y latinoamericanos, así como en la antología Agualluvia de letras (2008), y en el estudio de José Luis Domínguez El jardín del colibrí, ambos libros enfocados en recuperar la poesía escrita por mujeres de Chihuahua. En este sentido, la lectura y análisis de los textos de Irma Chávez resultan necesarios para configurar el panorama completo de una poética regional, en la que las figuras masculinas parecen cubrirlo todo.

Una de las características predominantes de los poemas de Amanecer de agua es su estructura en prosa. En pequeñas estrofas (23 en total, con su reproducción en inglés), Irma intercala una serie de imágenes cuya poética gira en torno al cuerpo femenino, su cercanía con otros seres y su estancia en espacios determinados. El texto que le presta el nombre al poemario define una sensualidad palpable: “Adivinaste mis ojos y escribiste un poema sobre mis pezones y mi muslo izquierdo. En vigilia te conté tus sueños. Toqué la profundidad de tu espacio y despertaste al amanecer del agua”. Ahora bien, aunque la mayor parte de su vida la pasara al otro lado de la línea fronteriza, el canto a la metrópolis juarense resuena entre líneas. Temas como el amor-desamor, la familia o la misma escritura se encuentran inmersos en las calles de una ciudad desmoronada, que se encuentra “día y noche en vela, como una puta entre las piernas de su amante”. La autora dota así de un cuerpo a Juárez (“Tu dermis es una costra de asfalto y brea”), el cual se funde con el suyo (“El silencio se esconde bajo mi axila”), solo para evidenciar el dispendio y la degradación de la que son parte: “No hay lugar para las aves, ni para las risas preescolares. Maquilas envuelven mentes y cuerpos sudorosos…Niños inmóviles frente a un televisor comen y lamen mentiras”.

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En los fragmentos del poema anterior, “La ciudad”, parece evidente la crítica hacia un Juárez debilitado por el progreso y la globalización. No obstante, la contraparte de esta penumbra delinea también el espacio idóneo para colmarse de imágenes llenas de sensualidad y luz; es decir, donde “nace la conciencia de una rama seca, nace la luz de la oscuridad y le nacen flores al manzano de mi patio. Muero cada noche por ver el sol”. La voz femenina presta su cuerpo a un espacio citadino, que, al igual que ella y cientos de mujeres, se debate entre el placer sensual y su vulnerabilidad que poco a poco la va consumiendo; por ello, “No quiero vivir fuera de mi cuerpo, no quiero vivir en él”. Ante un panorama en el que la poesía masculina ha predominado, los cuadros dibujados por Irma Chávez –mezcla del sentir corporal con una experiencia geográfica– son un fuerte aliciente para comprender un contexto donde el cuerpo femenino es constante y brutalmente agredido. Como habitante de Ciudad Juárez, considero que pensar y definir a la mujer a partir de su propia apreciación y vivencia, y no de la visión de alguien ajeno a ella,  resulta un primer paso –necesario y urgente– para diseñar espacios seguros donde nuestra voz y cuerpo tengan una verdadera fuerza y libertad de movimiento y expresión.

Amalia Rodríguez

Madero: dos veces evocado, dos veces asesinado

Es significativo que en Ciudad Juárez tengamos dos calles grandes con el nombre del denominado “Apóstol de la democracia”, aunque bien es cierto que no se trata de vías principales: la primera, en el centro de la ciudad, con dirección del Malecón –sin mar– hacia la plaza Benito Juárez; la segunda, mucho más larga, entre las colonias Santa María y Pánfilo Natera. He pensado, a menudo, que la profusión de uno o varios elementos, indica el desajuste de la armonía de un pueblo, de una ciudad, de un país o del mundo. Por ejemplo, si constantemente ingresan alumnos y egresan profesionistas de la carrera de Derecho, es un signo de que nuestra sociedad se encuentra en una terrible condición, en la cual necesitamos tantos abogados para que nos defiendan de un sistema grotesco y monstruoso.

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En ese sentido, si hay una rúa con el nombre de quien liderara su campaña presidencial bajo el lema: “Sufragio efectivo, no reelección”, eso sería suficiente para recordar y procurar una vida democrática en la política local. No obstante, al ubicarla como calle no principal, su importancia se demerita, o bien se relega a una posición menor. Entenderemos, de esa manera, que la Independencia, la República, la Tecnológico, el poder concentrado en una persona escondida detrás de prestanombres (Plutarco Elías Calles), lo guapo y paseador (Adolfo López Mateos) o Juan Gabriel son más importantes que la democracia. Consignar dos veces el nombre de un personaje para una calle secundaria es subrayar el carácter insignificante que tiene en esta ciudad, antes que pensar en lo contrario.

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Crédito de fotografía: Charles Scanlon

“Deja que los muertos entierren a sus muertos”, dijo Jesucristo a uno de sus discípulos. Por eso, vayamos a lo que nos convoca este sitio. Podría citar alguno de los varios pasajes en que aparece la figura de Madero en las letras, como en El águila y la serpiente (1928) de Martín Luis Guzmán; Madero, el otro (1989) del juarense Ignacio Solares o Temporada de zopilotes (2009) del nuevo director —designación en medio de una polémica— del FCE, Paco Ignacio Taibo II, entre otros. Sin embargo, quiero citar otra fuente que da cuenta, de manera incidental, como en nuestra ciudad se hace, de este personaje histórico. Los recuerdos del porvenir (1963) de Elena Garro, novela narrada por el pueblo, cuenta su historia y se detiene en el periodo de la guerra cristera (1926-1929); empero se alude a este paladín de la Revolución Mexicana:

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Este pasaje resume de forma magistral las motivaciones y resultados de la guerra civil mexicana. Algunas propiedades cambiaron de manos, pero al final todo quedó “en familia”. Así están trazadas las calles, una democracia que inicia en un sitio que alude a la cercanía del mar que no existe y desemboca en una plaza nombrada por un gobernante del que se ha dicho: “si no muere de mal de pulmón, hubiera permanecido décadas en el poder”. Por otro lado, está la democracia ceñida por la música popular de Juan Gabriel y por la Av. de los Aztecas, grupo indígena que se caracterizó por prácticas imperialistas, el arrasamiento de la memoria y la extorsión de los grupos vecinos. Hoy día un grupo criminal ostenta el mismo nombre orgullosamente, llevando a la práctica fines parecidos.

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La novela de Garro es una de las obras cumbres, no sólo de la narrativa de la Revolución, sino de la hispanoamericana. Al final de la primera parte deja en suspenso la trama, apoyada en la plasticidad mediante el recurso del tiempo en su detenimiento; dicha pausa permite apreciar las partículas de polvo iluminadas por la luz lunar a media noche. Esa suspensión es la maravilla del ejercicio lector. Las calles sirven como pretexto, entonces, para acercarnos a la lectura de la ficción, sin duda, más gratificante que los datos históricos a los que puedan remitir la traición, la derrota y la injusticia concomitante de nuestra sociedad.

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Marlon Martínez Vela