Avenida Talamás Camandari

Manuel Talamás Camandari nació en la capital de Chihuahua el 16 de junio de 1917; fue el séptimo de un total de trece hijos, frutos de un matrimonio palestino. Comenzó sus estudios en el seminario de la misma ciudad en 1930, trasladándose a Roma, seis años después, debido a los problemas religioso-políticos del país. Obtuvo el título de Licenciado en Filosofía por la Pontificia Universidad Gregoriana y fue ordenado sacerdote en tierras mexicanas en mayo de 1943. Luego de varios años de enseñanza y ocupando el puesto de rector del seminario de Chihuahua, en mayo de 1957 recibió la noticia de haber sido nombrado obispo de la recién creada Diócesis de Ciudad Juárez. El 8 de septiembre del mismo año se celebró su ordenación episcopal. A través de los años de su obispado, fueron construidos en la localidad el Seminario Conciliar de Ciudad Juárez, las oficinas del obispado así como los edificios CEDEC y CECADE, que se ocupan de la evangelización y catequesis del pueblo. El día de su cumpleaños número setenta y cinco en 1992, monseñor Manuel presentó su renuncia. Sin embargo, posterior a su dimisión y conservando el título de Obispo emérito, mantuvo actividad en la vida religiosa de la ciudad hasta su muerte en el 2005.

16 Talamás Camandari

La literatura fue uno de los medios a través de los cuales Monseñor Manuel Talamás Camandari logra acercarse a los fieles de forma personal. Hoy día sigue funcionando como vehículo de sus ideas. Durante su vida se publicaron textos de su autoría que pueden ser ubicados en el género del ensayo. ¿Cuál es su excusa?… un sondeo a la conciencia del hombre y Asómese… ¡Asómese a todo usted… a todo lo de usted… a todo lo que tenga que ver con usted… bueno o malo! interpelan directamente al lector en una búsqueda de la reflexión sobre el comportamiento cotidiano del hombre ante cuestiones de fe y de moralidad; no se limita a aspectos meramente religiosas sino que también llama la atención sobre temas políticos. Además se conservan de su autoría otros libros dedicados a razonar temas religiosos, sea en tono formal o cómico, como lo es Buen humor de un obispo con gotitas de sabiduría. En su autobiografía Mi vida en mosaico… historia de una vocación, reúne los episodios más sobresalientes de su vida hasta la fecha en que es publicado (1994) y de donde se extrae el poema titulado “Mi último mosaico”, que conforma la parte final del libro. En él resume su vida a través de versos cortos que se disponen en forma de rima abrazada; parte desde su nacimiento, bautismo, etapa de monaguillo, seminarista, sacerdote y obispo. La pieza está dedicada a la Divina Trinidad a modo de agradecimiento por la vida le fue otorgada.

La avenida homónima se ubica al sur poniente de la ciudad y realiza un corte transversal a través de ella. Lo que se encuentra después en dirección norte a sur son los fraccionamientos que cubren la última mancha urbana de Juárez, creada en años recientes: los confines conformados por Parajes del Sur, Parajes de San Isidro, El Mezquital y Colonial del Sur, entre otros; lugares hacia donde la población se extendió a falta de espacios en el interior de la urbe y donde constructoras vieron terreno fértil para la realización de sus proyectos. Son la periferia, así como era vista Ciudad Juárez respecto a la Diócesis de Chihuahua, desde donde ya no era posible mantener un control de los fieles, y por ello las autoridades eclesiásticas vieron necesaria la erección de una nueva Diócesis que administraría la fe a los creyentes de estas zonas que estaban fuera de alcance, misma que fue puesta en manos de Monseñor. El recuerdo de Talamás Camandari en esta zona muestra la idea de constante expansión a la que está sujeta la sociedad, pero también a la necesidad de no dejar caer en el olvido ni en el descuido estas zonas lejanas que forman parte de una misma localidad.

16 Av. Manuel Talamas

Claudia Chacón Bustamante

Un fascinante mundo que se cae a pedazos

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Miguel De la Cruz escribió que el libro Permutaciones para el estertor del mundo (2017) de Diego Ordaz se basa en una estética de la fealdad. De acuerdo. Podría ser también que Permutaciones es un tour de force de un neo-decadentismo, una fascinación por la ultra-violencia y la exhibición de lo grotesco como alegoría de un eco sistema (naturaleza / ciudad) en proceso de inversión evolutiva. Todo esto en un estilo que oscila entre el poema en prosa y el microrrelato posmoderno. Un hibridismo que a pesar de la pequeñez de libro (10×14 centímetros) y el laconismo de estilo, es de una lectura difícil por el uso frecuente de descripciones poético-neobarrocas.

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Son 19 microrrelatos que cabrían cada uno de ellos en una página de un libro de bolsillo. Diego Ordaz los dividió en cuatro secciones, división un tanto artificial, pues todos podrían pertenecer (a escala diversa) de un decadentismo generalizado: la gallinita ciega del fin del mundo, la perrita sacrificada a golpes, la envenenadora de visitantes de un prostíbulo, la muñeca existencialista, etcétera. Además, las abigarradas ilustraciones de Erick Nungaray reafirman y amplían (o amplifican) esa atmósfera de devastación, de violencia que enmarca los diversos registros victimológicos. Escribiré en este micromentario sobre algunos de los relatos más interesantes y que representan el decadentismo señalado.

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“La luz, la luz, la luz”, el mejor de los cuentos en mi opinión, es la reflexión existencial (a la manera de un Roquentin de Sartre) de un personaje autoaislado, drogadicto, que abandonó la carrera de filosofía y que ahora trabaja de afanador en un hospital. En sus reflexiones es conciente de su condición: no puede sentir empatía hacia los enfermos del hospital. Es un ser marginal que odia el ritual del saludo cotidiano, la cortesía, la conversación, el trato social. Se sabe rechazado y sólo le importa su rutinaria dosis de heroína: “Recorro día tras día pisos del hospital en busca de ropa sucia; no sonrío ni a los ancianos ni a los niños enfermos. Así llevo, sin mostrar empatía alguna tampoco a los doctores ni enfermeras, dos, casi tres meses”. Sí, el personaje reflexiona y lo hace de manera lacónica, precisa (palabra que se repite una y otra vez en los cuentos de Ordaz), yo diría, aforística, como al final del cuento, cuando se regodea de su soledad: “Si pronto no muero, si no logro la sobredosis de heroína en las tapias junto a las vías del ferrocarril, estaré aislado de cualquier manera, astuto y expectante, muy solo, tanto como una estrella muerta ya hace siglos”. Estas reflexiones se pueden aplicar al desfile de personajes decadentes del libro. Todos parecieran actuar motivados por un sentimiento del mal, ser la Maldad Misma (latente o manifiesta). La atracción del acto criminal o el inicio causal de futuros actos criminales.

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“La gallina”. Imaginemos que la única sobreviviente de la total destrucción del mundo, es una gallina encerrada en un cuarto sin techo. Es una gallina hambrienta y ciega. Alegoría exacta de una victimología extrema. Y la descripción de Ordaz de ese mundo devastado nos lo deja en su justa dimensión dramática: “Había que tantear las paredes, sentirlas con el eco de sus pasos, con el sonido refractado de los incipientes jadeos: las agujas de los primitos […] habían sido inclementes y precisas.” Sobra decir que la gallinita representa la desesperación humana. El narrador parece indicarnos que el ave doméstica conoce su suerte y entorno. La conciencia de su condición (para eso están el narrador y el lector) nos obliga a empatizar con el ser más inerme de nuestra cultura (culinaria) infestada de tragedias: unos “primitos” le picaron los ojos, aislada en un pequeño cuarto, separado de ese mundo post-apocalíptico para vivir su propia agonía interior.

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“La quiebra”. Ahora imaginemos un momento antes de la destrucción total del mundo, imaginemos a unos niños dedicados a la tarea de sacrificar a una perrita: “los niños son inclementes, precisos, obedientes: la han sujetado bien […] Tiran la bolsa, la rodean, toman la tabla y le dan duro, en turnos, la niña con más fuerza”. El cuadrúpedo es otro animal víctima de la maldad humana. Al igual que en “La gallina”, en este microrrelato hay unos niños dedicados a la tortura de animales (el ser humano ‘deshumanizado’, dedicado a la ‘precisión’ destructiva de la naturaleza).

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Permutaciones para el estertor del mundo nos ilustra sobre un final anunciado por la suma de maldades humanas, las micro canalladas-criminales, las agonías de las víctimas, todo en un ambiente de muladares, baldíos, prostíbulos, cantinas de mala-muerte, callejones donde todo es una amenaza, la vida nocturna habitada por masturbadores, borrachos, prostitutas, seres de un país que (como dice un poeta de Monterrey parodiando a W. M. Branham) se está cayendo a pedazos.

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Crédito de fotografía: Diego Ordaz

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Agregaré que Diego Ordaz intercala en sus relatos frases aforísticas dignas de retomar, son verdaderos minifestos de la decadencia, doy 3 ejemplos: ‖ Reflexiones post-apocalípticas de una muñeca sin piernas. “Los grandes edificios y los pensamientos, más abstrusos serán nada; tampoco quedarán esa poesía trascendente, el escritor genio, la gran obra del dictador, la magnífica democracia ni el amor eterno que se juraron los amantes en la más venturosa de las noches”. ‖ Frases de un antisocial: “La sonrisa, esa manifestación aberrante del ideal romántico es un himno genuino a la estupidez compartida, humana”. ‖ “Se me ocurre que mis silencios son el estado poético de mi ética: no saludo pero obedezco, hago de manera precisa mi trabajo”. Amén.

JM GARCÍA, NMSU
Micromentario # 2 – 6∙20∙18

Juaritos Blues, la epístola

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Juaritos Blues es una alegoría pintada de nostalgias; es una canción plagada de matices localistas que posiblemente fuera de esta mancha urbana no se podría comprender si no se ha vivido la metamorfosis de una ciudad furiosa, ni siquiera camaleónica, porque los camaleones solo cambian la piel, pero las condiciones somatomorfas siguen atendiendo a la naturaleza de su concepto figurativo. La ciudad se canjeó casi de ipso facto, desde sus vestiduras, esqueleto y hasta su perfume; antes era aroma a gobernadoras, ahora hiede a muerte… “ya nada es igual, en nuestra ciudad hoy teñidas de rojo las calles de Juárez están”. En tan solo 30 años la urbe duplicó su población y se colmó de animadores que aplaudían por trabajo y sustento para sus familias, otros tantos que se atoraron en el cedazo de “la migra” y no lograron el american dream; los 500 mil ciudadanos de 1990 se hicieron 1 millón 300 mil, que le han dado forma a la mancha urbana de una incomprensible pintura cubista. Nuevas locaciones y personajes escriben la historia en colonias que se asentaron como salpicadas, que se perciben tan distantes, tanto así que hacen ver a la Vía Láctea menos dispersa y más ordenada.

152 Lenchos Song

Por tales motivos el Juárez de “antes” mereció un sublime blues que retrata los pasajes y aventuras de aquellos que fueron adolescentes y que ahora son padres, profesionistas, poetas y músicos a la vez. Este blues no rebasa las notas desesperadas de John Mayal, ni tampoco emula a Robert Johnson; no obstante, tiene ingredientes endógenos del área: un bajo que figurea mientras una guitarra doliente llora quedito, sin aspavientos, en tanto que la voz narra los años 90’s en color sepia… “vienen cosas a mi mente para recordar”, pareciera que hubieran pasado cien años.

152 Quintana Cine Premier

Aquello que provoca un chispazo con la psique retrotrae a personajes como El Güero Mustang, el señor que tocaba la liga sostenida con la boca y una mano, la Camelia (señora con esquizofrenia que cruzaba al Paso sin papeles), al mutilado de sus piernas que pedía “buena ayudita, mi navidad”, pero luego se le miraba en los tugurios bebiéndose el saldo de lo recolectado. Personajes que ocupaban la zona cero donde todos convergían en un punto central para hacer el mandado; era normal acudir en rutera o camión y salivar el ojo con aquellas luminarias de la calle. Para entonces los centros comerciales no estaban de moda y el punto neurálgico de la diversión era la avenida Juárez; por tal motivo, la canción inquiere con una pregunta energúmena: ¿En dónde quedó el Noa Noa Bar, y las calles tranquilas del centro para caminar? La respuesta es lacónica, sucinta y determinante: se acabó.

152 Quintana Traje

Juaritos Blues nos evoca ese pasado, no tan lejano pero muy disímbolo de lo que hoy es la ciudad… no hay parangón. La canción de Los Lenchos rememora desde las toponimias geográficas de colonias que dejaron de ser las más populares para ser las más viejas. Es un rompecabezas que hay que ir hilvanando con personajes como Niko Liko, y lugares como El Chamizal o el metamorfeado Parque Borunda, al candor narrativo del cantor que también refiere cuando uno podía entretenerse  jugando futbol en la calle, y al “primer amor”, al que hace apenas 30 años aún se le podía llevar serenata. “Ya nada es igual en nuestra ciudad”. Se acabó, no más, la ciudad es un muerto viviente que camina arrastrando su pasado.

152 Quintana Plaza

“…una muerte más, una muerte más…”.

 

Ramón Quintana Woodstock

Para invocar una presencia

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Francisco Javier Hernández M. publicó Metáforas perdidas en el 2017. Es un libro de 65 poemas + un prólogo de Enrique Cortazar. Este poeta (ahora prologuista) reduce el libro a una docena de “excelentes versos”. Difiero. Francisco no es sólo un poeta de buenos versos: ‖ “Tu cuerpo bello es el camino prometido, manjar de peregrinos, tesoro oculto en el vestido”. ‖ “la novela inédita del escritor / que todos llevan dentro”. ‖ Es también un poeta de buenas estrofas: ‖ “Que los puntos suspensivos / al final del mi último verso / expliquen con lujo de detalle / lo que se ha quedado oculto / en este corazón.” ‖ “La vida está llena de momentos / inútiles, desechables y fecundos / es un tranvía sin conductor / que siempre llega a la estación final y nunca se detiene a meditar.”

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FJHM escribe a partir de una serie de Epifanías de lo Ausente; es decir, a partir de la súbita nostalgia que produce un detalle que evoca a la figura añorada. Lo Ausente puede darse en un fragmento residual (los puntos suspensivos del texto citado) o en otro de lo efímero (los momentos inútiles de que habla la estrofa arriba mencionada). Nos damos cuenta de “lo perdido” cuando advertimos en un detalle aquello que ya no está más con nosotros y que hay que recuperar en la puesta en escena del poema. ‖ Metáforas perdidas es un todo orgánico, un corpus que no cesa de aludir a una presencia lejana: eso que se desea y ya no es más. Existe en el pensamiento (del poeta) una levedad de lo que fue, y eso basta para iniciar una línea poética: metáfora o simulacro de presencias, ecos o sombras a punto de disolución y que hay que atrapar (con urgencia) en el poema.
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Por esta Epifanía de lo Ausente, Francisco ha creado poemas como:

‖ “Metáforas perdidas”: “Le cierro los ojos a la tarde / y busco versos esparcidos en el aire,” // ‘Mi sonrisa es ordinaria y transitoria / mi llanto suele ser pausado y silencioso / y escucho entre mis dudas y mi soledad / la voz de los poetas olvidados”. ‖ Metáforas esparcidas en el aire, poetas que son figuras ahora en la región del olvido. Al evocar esta realidad de ausencias, Francisco le dará una existencia poética. Por ello su Metáfora es una realidad agregada (no la “verdad” sino la poética, la creación sintáctica) de su no-realidad anhelada.

‖ “Brújulas perdidas”: “La noche de tu pelo / ya no intenta volver a enredarse / con la calidez de dos almohadas / que hoy les nacen espinas / donde alguna vez sembraste / sueños y esperanzas”. ‖ La almohada: pieza evocadora de una relación deshecha, reconstruida en su ápice traumático; el poema: fotografía instantánea del pensamiento.

‖ “Tu fantasma”: “La gente voltea de reojo / hay huellas de lluvia / en el asfalto gastado / y desperfectos / entre las banquetas viejas. // La tarde es benévola / acariciando tu / fantasma.” ‖ Gran evocación de la mujer ausente a partir de la dispersión de la nube en la ciudad y todo bajo el imperio de presencias evocadas.
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Otro de los temas es la figura del poeta creador de presencias y creador de sí mismo: “Estoy lejano, muy lejano de cualquier lugar, voy naufragando entre mis días y escribo poesía.” ‖ Poeta casi ausente que busca en la Palabra su anclaje de realidad. ‖ Francisco no ha inventado la evocación de lo ausente. Es la tarea primordial de todo poeta. Pero sus escenarios (sus metáforas) tienen el sabor agridulce de la celebración irónica del “pecado” (palabra repetida a lo largo de su poemario) y el autoconsciente recurso de lo cursi-pop (composiciones como “Sempiterno” y “Tu belleza”) para “confesar” el gusto por una cierta elegancia erótica de un pasado sexual que se conserva ahora en formato textual. ‖ En poesía, la nostalgia es un tema de doble filo: puede convertirse en una prisión sofocante (como ocurrió precisamente con la lírica de Enrique Cortazar) o puede ser el despegue, el desapego, para tomar otras posibilidades temáticas. Francisco Javier Hernández M. tiene a su favor un arriesgado equilibrio entre la ironía cursi (o lo cursi ironizado) y el poder liberador de la de evocación sutil. Que la poesía le dicte su camino.

 José M. García
Las Cruces (NM)

Una poeta fotógrafa

Carmen Amato Tejeda es una reconocida poeta y promotora cultural independiente. Nació en Aguascalientes, en 1952, pero radica en Ciudad Juárez desde sus cuatro años. Tiene una maestría en Creación Literaria por la Universidad de Texas en el Paso y es doctora en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Estatal de Arizona. Organizó y coordinó durante seis años el Encuentro de poetas en Ciudad Juárez. Ha colaborado con revistas literarias nacionales e internacionales. Algunos de sus poemarios son: Hoy somos del silencio (1992), Ciudad que se restaura (1996), El silencio que se hiela en la blancura de las hojas (1997), Gestación de la luz (2006), Estación Tempe (2008), Ni cincel ni fragua (2009), entre otros. Además de dedicarse al campo de la poesía, también ha participado en el área de la fotografía en distintas exposiciones individuales y colectivas. Entre las primeras destacan El trabajo de las mujeres en Ciudad Juárez, montada en el Museo de Arte de esta ciudad; En un rincón del alma, en el Instituto Tecnológico de Ciudad Juárez; y Repeticiones, en el Museo de Arqueología del Chamizal. En 2010 fue distinguida con la presea Edmeé Álvarez como Chihuahuense Destacada en el área de Literatura, otorgada por el Congreso del Estado, y con el de Mujer Cultura 2006 por el Ayuntamiento de Ciudad Juárez.

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En una entrevista realizada por Gustavo Tisocco, la poeta respondió que escribía por una necesidad de expresar y comunicar lo que veía, pensaba y sentía ante estímulos como la ciudad, la gente y la naturaleza. La poesía, entonces, para Amato, es un vehículo para comunicar aquello que le rodea. Los elementos que logran servir de génesis para sus versos pueden o no ser obvios para los demás; sin embargo, ella los plasma como si de una imagen se tratase. Ya lo decía ella al intentar definir su poesía: “Creo que tiendo a buscar la poesía fotográfica”. En el poema “En ella vivo”, logró captar con su lente poética parte de la violencia y el femicidio que aún persiste en la memoria juarense. Este texto se encuentra reunido en una antología bilingüe: Sangre mía. Poesía de la frontera: violencia, género e identidad en Ciudad Juárez (2013). Cincuenta y dos voces, además de la de Amato, adoptan una posición en contra de la indiferencia social, la deshumanización y el abandono, así como la impunidad.

Sangre mía, título del poemario colectivo, rinde un homenaje a la poeta Susana Chávez, quien fue víctima de lo que severamente denunció en su poesía y actos cívicos: el femicidio. En la composición de Amato, la voz poética no sólo acusa este crimen tan atroz hacia las mujeres, sino que presenta cómo le afecta a la sociedad juarense: gracias a la violencia hacia la ciudadanía, sobre todo a la comunidad femenina, la atmósfera que se desarrolla en las calles es de intranquilidad. La consecuencia más notable de esa angustia es el silencio fúnebre en cada rincón de la ciudad por su desierto geográfico. Dos son las reacciones que los juarenses sienten por tan penoso escenario: “la indignación y el miedo”.

15 Carmen amato pinta

Por último, existe una pequeña calle, limitada por Soneto 154 y Soneto 156, dentro de la colonia Olivia Espinoza de Bermúdez que tiene el nombre de la poeta. Es interesante que las calles que la limitan remitan a una forma lírica tradicional, ya que en la entrevista de Tisocco ella apunta que desde niña escribe poesía y, tal parece, como especie de presagio, su vocación es presentarles a los demás su visión del mundo a través de la creación de algunos versos. Esa calle obtuvo su nombre, como la propia Amato en una ocasión expresó, por un reconocimiento que le otorgó el Ayuntamiento de Ciudad Juárez.

15 Amato Amato

Esto hace constar el agradecimiento que la ciudad le concede por su ardua labor como creadora y promotora cultural juarense. Gracias a su “fotografía” poética esta frontera no quedará en el olvido, como lo demuestra “En ella vivo”. Este texto es un ejemplo de la poesía del norte de México. Amato exploró líricamente y recreó/construyó en forma de alegoría a la urbe fronteriza. Al denunciar un problema social que ella ha observado, no sólo alza su voz, sino hace que se escuche el pensamiento contenido de la comunidad. Así lo demuestran los siguientes versos: “En esta ciudad nunca nací… en ella vivo / y es después de mi casa, mi más cercana piel, / por sus poros respiran mis angustias, / por sus venas se drenan mis reductos”.

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Nohemí Damián de Paz

Santa Claus en la frontera

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Existe un personaje que marcó la infancia de muchos y, aunque con el tiempo nos dimos cuenta de su falsedad, se convirtió en un símbolo de tradición navideña: ese regordete ser enfundado en traje (casi siempre en) rojo. Sobre este típico personaje, el escritor e ilustrador de libros infantiles, Xavier Garza, se basó para crear un excelente relato bilingüe: Charro Claus and the Tejas Kid (2008). El libro-álbum fue creado e impreso en la editorial Cinco Puntos Press, sello independiente ubicado con los primos de enfrente (en El Paso). Charro Claus and the Tejas Kid cuenta como personajes principales a un niño llamado Vicente quien pasa la navidad con su tío Pancho y por supuesto a Santa. En este relato, el tío Pancho es pariente de Santa, quien va a su encuentro para pedirle un favor: que reparta regalos por toda la frontera del Río Grande. Así que el tío Pancho se disfraza, colocándose su antiguo traje de mariachi y su vieja guitarra; con algo de magia, Santa lo trasforma en “Charro Claus”, haciendo lo propio con su carreta y los burros (a los cuales les pone máscaras de luchadores) para que puedan volar y que cumplan el cometido. “Yo también quiero ir”, piensa Vicente. El tío descubre a su sobrino escondido en el saco, por lo que contará con un ayudante para la repartición de regalos a los niños que viven a lo largo de la frontera. Vicente asume una identidad: “Tejas Kid”, quien porta una máscara, capa, sombrero y guitarra, como debía de ser.

La obra infantil se desarrolla a lo largo y ancho de la franja fronteriza, aunque no se ubica en un espacio específico de la ciudad. Ahora bien, ¿por qué situarla en la frontera y por qué transformar al emblemático personaje a un “estilo” mexicano? Las respuestas a estas dudas las encontré en una pequeña historia autobiográfica con la que el autor cierra el libro. En ella narra que en Rio Grande City, en el sur de Texas, se encontraba el “primo mexicano” de Santa Claus, alguien tan presente en la comunidad que hasta tenía su propia canción, pues hacía prácticamente lo mismo que el Santa real pero solo para los niños locales. Charro Claus and the Tejas Kid se trata, entonces, de los recuerdos que nos llevamos de nuestro lugar natal a donde sea que tengamos que emigrar, y el protagonista representa a todas las familias que tienen un primo, un tío, un hermano o cualquier ser querido que ha dejado todo en su país para buscar una vida mejor.

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Xavier Garza, autor e ilustrador, creció en la frontera dentro de una familia mexicana-estadounidense. Simpatizante de la lucha libre y el folklore, utilizó estos y otros elementos como inspiración para crear sus personajes, pues, aunque no nació ni vivió en México, quedó fascinado con la cultura que sus padres le mostraron. Una historia que se repite en cientos de familias, cuya única opción al verse obligadas a abandonar todo lo que conocen por una vida mejor, es tratar de inculcar sus viejas costumbres a sus hijos, para que lo bello de sus raíces continúen en la memoria. Las ilustraciones del libro proyectan justo eso, pues la vestimenta que utilizan los personajes, los colores y algunos símbolos como la guitarra y el sombrero charro, logran transmitir parte de nuestra cultura, de México para el mundo.

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Andrea Yareli Salazar

De frente y con orgullo

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Animala y otros destellos de Adriana Candia forma parte del ejercicio continuo de pizcar la palabra al que ya nos tiene habituados una escritora que se distingue por un estilo híbrido, transfronterizo, decolonial. La narrativa que nos ofrece se configura como una especie de vía láctea; sorprende en cuanto a su presencia continua y a la vez se va tornando inabarcable. Su trayectoria como periodista, crítica literaria, estudiosa de las comunicaciones, deriva en esta ocasión en un ejercicio de concentración de la palabra, de cercanía con el principio del ser, de la identidad, de la existencia humana, en el filón de la experiencia femenina. Si bien el texto posee una unidad discursiva, podemos bien destacar la autonomía de cada uno de los apartados que lo integran y que refieren a una mirada fragmentada, polisémica, rizomática de la realidad intra y extratextual de las voces narrativas que confluyen en el texto como una especie de ventanas virtuales en donde cliqueamos de acuerdo a la autonomía del receptor para hallarnos frente a los espejos cóncavos y convexos que nos ofrecen las diversas aristas de nuestra existencia e identidad. Me parece que la obra de Adriana Candia apunta hacia esos dos conceptos que la crítica literaria ha hecho suyos desde los estudios feministas; la sororidad y el empoderamiento de lo que ha sido ubicado en las estructuras de poder patriarcal en el cajón de la subalternidad: lo femenino. Entendiendo como tal la existencia luminosa de las mujeres y aquellos varones que se atreven a explorar el lado oscuro de la luna para hallar la parte de sus identidades que les ha sido negada por un sistema social que apunta hacia las formas del silencio más abyectas.

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“La tersa muñeca de porcelana, de tupidas pestañas, mirada azul y boca de capullito encarnado. Cada vez que sonríe, nace un fantasma”, enuncia una mínima anécdota, un profundo dilema humano de la experiencia del estereotipo que del ser mujer la cultura occidental nos ha impuesto. Las muñecas, metáforas de la feminidad, asumen la responsabilidad de educar en la convención a las mujeres, de refinar su rebeldía innata, de educar en el silencio, de aprender a ser objeto de uso, a la disposición de las manos que decidan asirla sin tomar en consideración su voluntad. El final sorpresivo y abierto de este microtexto, contracuento como los llama su autora, propone un proceso de desmitificación a través de la fina ironía: el nacimiento de un fantasma refiere a la presencia de lo inanimado, lo inerte, lo prescindible. La duda emerge en nosotros como lectores y nos lleva a inquirir respecto a si la sonrisa de la Gioconda con su profunda polisemia sería la única que nos salvase de un destino impuesto: la nada. La voz narrativa interpela al prototipo de feminidad representado en la Barbie, ese prototipo de feminidad que emerge en 1959 (inspirada en la muñeca alemana, Lilli Bild, dirigida a un público masculino que solicita, valida y reproduce el estereotipo de lo femenino en su filón ultrasexualizado y sobre todo subalterno), una década posterior a la publicación de El segundo sexo de Simone de Bouvaire. Candia apela a la intertextualidad para que los receptores completemos los márgenes y reescribamos la historia. Tomemos conciencia de que la inocencia de los juegos infantiles del mundo familiar y de pareja representados por Barbie y Khent dejan de lado la realidad, mantienen la figura del varón hegemónico: “Encantada con sus regalos de cumpleaños, la nenita reproduce la casa, la cocina, los cinco hijitos. Le falta mucho para descubrir que le hicieron trampa. Aprendió a hacerlo todo ella sola, sin ayuda del marido imaginario”.

149 Candia Animala otros destellos

Lee aquí el cuento

El segundo apartado de Animala, “Lupita”, no solo interpela los modelos occidentales, sino inquiere a los receptores para retomar la tradición de la literatura chicana; el guiño literario nos conduce a Gloria Anzaldúa, quien anota que “La gente Chicana tiene tres madres. All three are mediators: Guadalupe, the virgin mother who has not abandoned us, la Chingada (Malinche), the raped mother whom we have abandoned, and la Llorona, the mother who seeks her lost children and is a combination of the other two.” La portentosa Coatlicue emerge en este texto de Adriana como lo hizo el 13 de agosto de 1790 después de haber sido enterrada por los conquistadores en 1500. En brevísimas palabras, los textos de Candia recorren la historia de la Conquista hasta la colonización religiosa con Tonatzin. No pierde oportunidad la autora de interpelar las versiones mass media de estas figuras al aludir a “La Rosa de Guadalupe”. La fuerza de esta narrativa se condensa en la enunciación de la autonomía de esas madres de Anzaldúa. Candia reivindica la libertad, autonomía, gozo del cuerpo y la sexualidad de La Llorona, de Lupita y, por supuesto, el poder de la Coatlicue. Estos microrrelatos develan la capacidad de romper con los destinos impuestos: “Las otras hijas de la Coatlicue, las que no urdieron chismes ni planearon el matricidio, las que no perdieron literalmente la cabeza en manos de un hermano mal portado, hicieron atado, cruzaron ríos y montañas para poner distancia a la sangre. Nada las salva. Ahora escriben contra cuentos para defenderse del enemigo”.

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“Hormolandia” me lleva al ensayo de Graciela Hierro, en Me confieso mujer, quien dice: “Compartir la belleza, la pasión, la tristeza, el erotismo, el juego y el dolor. Ahí se halla también la comprensión profunda de lo que sucede”. Esto mismo ocurre aquí; se reivindica el derecho al placer erótico de las mujeres, a la diversidad sexual, al goce de la alteridad sin renuncia a la mismidad: “Usa vibrador, toma hormonas artificiales que sí le funcionan y nos dice muy jocosa que ella mira” choras y papacitos por todas partes […] Al final de cuentas, todo es cuestión de placebos” (43). ¿Cómo no sentirse interpelada en el apartado “Espejo”? El fragmento Animala, comienza así: “me consideraron salvaje por haber nacido con el pelo chino […] ¡Cabeza de leona! ¡Pelos tan feos!, cuántos resortes! […] y cortaron mis cabellos al ras, para educarlos” (46). Sigmund Freud habla del miedo a la castración masculina: “La visión de la cabeza de la Medusa paraliza de terror a quien la contempla, lo petrifica”. Aquí se trasmuta en un pensamiento y praxis machista por la castración de las distintas partes sexualizadas del cuerpo femenino. Se disciplina y castiga, en términos de Foucault, la corporeidad y el deseo. Pero la experiencia de vida de la maternidad y el gozo del cuerpo empodera a la voz femenina, quien cierra el fragmento “Bugambilias” refiriéndose a sus senos: “Van de frente y con orgullo, y a quien le incomoden, que se Joda” (51).

149 Adriana Candia

“Altar” estruja por la intimidad que conlleva. La relación de pareja de los padres, vista desde la alteridad nos conduce a Un hogar sólido de Elena Garro. La hija rememora la distancia continua, el silencio y las buenas costumbres, una vida de apariencias, mientras les coloca el altar de muertos a sus padres. “Las brujas también tenemos hambre” es la frase que cierra el tercer apartado; “Brujas” alude a la imparable fuerza de las transgresoras al sistema heteropatriacal que, sin embargo y a pesar de todo, disfrutan la diversidad, incluso de preparar el desayuno familiar. Si alguna ocasión hemos pasado hambre, el apartado homónimo asemeja transitar un desierto en pleno verano. Las dietas, la bulimia, la anorexia, la indigencia se instauran en la sección denominada “Hambre”; no es una metáfora sino experiencia cotidiana “de un país llamado HAMBRE”. Sección indisoluble de “Sueño americano” en donde la crudeza de la xenofobia, racismo, clasismo, falta de empleo, precarización de la vida cotidiana marca el tic-tac del reloj: “El sueño americano en la frontera sur es muy breve. Apenas es el sueño de que se nos inunde la traila en tiempos de lluvia” (78)149 Cardona Exodus

“Cuentos para dormir bien” favorece desde el humor, la ironía, el trastoque de las historias ficcionales y reales, la posibilidad de que las mujeres se desmarquen de la vida colonizada. Dice Ochy Curiel: “Descolonización como concepto amplio se refiere a procesos de independencia de pueblos y territorios que habían sido sometidos a la dominación colonial en lo político, económico, social y cultural”. Así sucede con el pueblo de las mujeres; se independizan de los sometimientos de todo tipo: “Odio las caperuzas y los sacrificios inútiles. Si me toca ser abuela en el cuento, quiero vestirme de rojo y salir a bailar a la luna” (86). Jesusa Rodríguez alude a lo mismo en su canción, cuando cumpla los ochenta. “Caramelo” nos acerca al periplo de las simulaciones, de la luna de miel, de las relaciones ni siquiera co-dependientes, sino de sumisión de la otredad. La celotipia se enmascara, se diluye, para irse a la yugular de cualquier relación: “Los celos alimentan muchísimo cualquier relación… de odio”. La sentencia feminicida emerge en estos contra cuentos: “Todas las negaciones de aquella tarde fueron inútiles. Afirmo la traición con el último actor: Al salir, azotó la puerta del hotel con una violencia” feminicida.

149 Mujer ciudad

Cierra el volumen con la sección: “Piñata”. Si bien tiene su origen en el deseo de acabar con el MAL, encarnado éste en la mujer, constituye la norma social para el golpe directo o indirecto al más de 50% de la población. Incluso los varones progres se abrogan el derecho al maltrato de las mujeres, y no se diga aquellos que se mueven en el ámbito de las artes. Baste correlacionar estos contra cuentos finales con el #Metoo americano: “así tejen sus redes: con sutileza sus telarañas, sus pantallas de nuevos seres, sus trajes de carnaval con los que se visten de sororarios mientras dan la espalda”. Animala ofrece una serie de destellos diminutos que atraviesan el aquí y ahora de quien transita por sus habitaciones; la oscuridad aprisiona al ser en ellos, pero en ese mundo soterrado, abyecto, la palabra empodera a las mujeres, siendo ellas quienes encuentran el fuego que las salva, no como un favorecimiento divino, sino como un acto de concienciación colectivo. Enhorabuena a la literatura de la frontera por estos destellos desde la animalia que nos habita hacia la libertad.

Susana Báez Ayala

 

Un Nobel español en nuestras calles: Benavente

Jacinto Benavente, un prolífico y reconocido escritor de teatro en su época, nació el 12 de agosto de 1866 en Madrid. Desde muy pequeño, fue aficionado a asistir a puestas en escena. Su interés en la dramaturgia llegó a ser tan grande que su padre le prohibió seguir con sus juegos teatrales; sin embargo, nunca renunció a ellos. Años después, en 1892, publicó su primer libro, Teatro fantástico, compuesto por ocho piezas cuyo objetivo final no era la representación. Ya para 1894, fue considerado una de las figuras importantes de las nuevas tendencias en letras españolas del momento. Tuvo relación con José Echegaray y Eizaguirre, premio Nobel de Literatura de 1904. En 1912, fue elegido miembro de la Real Academia Española, ocupando el sillón L. Nunca escribió su discurso de ingreso a la Academia y renunció a su puesto en 1939, quedando como académico de honor. En 1922, recibió un telegrama, durante su estancia en Argentina, notificándole haber obtenido el Premio Nobel de Literatura por su obra Los intereses creados. Después de ser galardonado con ese premio, se volvió una celebridad; fue centro de múltiples homenajes dentro y fuera de su país natal. Durante la Guerra civil española, se refugió en Valencia, de donde salió a proclamar, en 1939, el triunfo de Franco. Siguió estrenando y viajando hasta su muerte el 15 de julio de 1954, cerrando consigo una época del teatro español. Su presencia en tierras mexicanas se limita a su nombre en calles y centros educativos.

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La malquerida, una de las obras más reconocidas de Benavente, se estrenó el 12 de diciembre de 1913 con una excelente recepción entre los asistentes, quienes, al finalizar la función, se pusieron de pie y aplaudieron sin pausa. El éxito se debió, tal vez, a que aquella puesta en escena fue un reflejo de la afirmación del teatro de España. ¿De qué trata esta historia? Después de enviudar, Raimunda, quien debe hacerse cargo de su hija, Acacia, se casa con Esteban más que por amor, con el motivo de tener un hombre que ponga orden en su casa y acalle las habladurías de la gente que la conoce, y así mantener tanto su honor como el de su hija. No obstante, Esteban y la joven, a espaldas de la madre, viven un amor pasional que no quieren aceptar. Él lo resuelve asesinando a los pretendientes de Acacia y por ello comienzan a llamarle “La malquerida”. El drama –llamado así por su autor, pero considerado como tragedia por la tensión progresiva a lo largo del argumento–  se divide en tres actos y su tema principal radica en la lucha del amor y la pasión contra lo establecido por los lazos parentales, acompañado por el tópico del incesto. Otro de los aspectos que se destaca en esta obra es el desarrollo del habla rural que Benavente logra en ella. Su éxito llegó al punto de suscitar traducciones y adaptaciones cinematográficas, tres en vida el autor; las cuales, sin embargo, no fueron de su agrado.

La calle Jacinto Benavente inicia en Camino Viejo a San José, pasa por la reconocida avenida Ejército Nacional y culmina en Canal, donde se encuentra un arroyo. ¿Qué hace una calle con el nombre de un dramaturgo peninsular en Ciudad Juárez? Resulta extraño encontrar a un ganador del Nobel que ha sido olvidado en las lecturas de los propios españoles en un espacio juarense. No obstante, varias arterias de esa zona también se denominaron en honor a otros reconocidos escritores extranjeros como Gabriel García Márquez y Pedro Calderón de la Barca; aunque cabe destacar que la Jacinto Benavente resulta considerablemente más grande. Cerca de ella está Plaza Juárez Mall, centro comercial que recibe diariamente a cientos de familias juarenses, y en el cruce con la Ejército Nacional destaca el restaurante mexicano “Cielito Lindo”, el cual, unos meses atrás, servía comida china. Tal vez esa indecisión de identidad nacionalista respecto a la comida que prefiere la comunidad muestra la paradoja de tener a un Nobel español olvidado como parte del entramado de la ciudad. Además, el dramaturgo, quien mostraba en sus textos a una sociedad rural, su habla y sus costumbres, representa ahora una de las partes más transitadas de la urbe juarense. ¡Vaya ubicación!

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Fernanda Villalobos Ocón

Juárez dinamita: entre historia y fantasía

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La historia del antiguo Paso del Norte ha estado envuelta en un halo legendario, misterioso y, en ocasiones, muy cercano a lo fantástico. No podía ser de otra forma, pues la lejanía del centro, su carácter fronterizo y transeúnte desde su fundación, la proliferación de cantinas y prostíbulos, los movimientos revolucionarios, la maquiladora y la expansión de la mancha urbana, todo ello con sus consecuentes desbordes de violencia, son parte de las pulsaciones que participaron en la formación de la ciudad. Una memoria que sin duda debe ser contada. Así como lo hicieron, en 1994, un trío de periodistas, Raúl Flores Simental, Efrén Gutiérrez Roa y Óscar Vázquez Reyes al publicar Crónica en el desierto: Ciudad Juárez de 1659 a 1970. Este texto, cuyo objetivo consiste en “ofrecer a todo tipo de lector una panorámica general de la historia de esta ciudad”, se conforma por varias cápsulas informativas en las que los autores muestran determinados momentos o circunstancias que definieron el rumbo y la esencia de lo que hoy es Juárez. Uno de ellos fue la muerte del presidente José Borunda.

El Parque Borunda (del que ya he hablado en otra entrada) se inauguró en febrero de 1941 en honor al alcalde asesinado tres años antes. Un suceso que cimbró a toda la ciudad, por lo que Flores Simental y su equipo le dedican un par de páginas entre sus crónicas. La explosión en la antigua Presidencia, ocurrida el 1º de abril de 1938, aparece en el capítulo titulado “Años violentos”, donde se contextualizan los grandes cambios y tensiones que sufrió México durante los años 30, así como las consecuencias que trajeron a esta frontera la depresión estadounidense junto con su Ley Seca. Eran tiempos de gran pasión política y disputas por el poder; la expropiación petrolera acababa de suceder (marzo de 1938), y en Juárez este ambiente se reflejó en graves problemas económicos, sociales y políticos que cerraron la década con el homicidio de dos figuras públicas. El 12 de marzo de 1938, el senador Ángel Posada fue asesinado en un hotel por el exgobernador Rodrigo M. Quevedo. Días después, el Presidente Municipal José Borunda murió debido al estallido de una bomba que le fue enviada por correo desde Chihuahua, aparentemente, por la misma familia Quevedo.

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Ahora bien, la disposición textual del libro me resulta algo complicada, aunque cumple su función de ofrecer cápsulas informativas. Hay un par de columnas principales donde se narra la información general, y en ellas se insertan cuadros (a manera de notas periodísticas pero que rompen drásticamente la lectura principal) que abarcan sucesos específicos. Por ejemplo, en “La bomba en el paquete” nos enteramos, a través de los recuerdos del entonces secretario presidencial Humberto Robles, de todo lo sucedido durante los momentos previos y posteriores a la explosión: la llegada del conserje Domingo Barraza con el bulto, la posición en la que quedó el alcalde, sus últimas palabras, etc. Más abajo, en otro apartado, se describen las actividades luctuosas, pues al imponente funeral asistió “prácticamente toda la población de Juárez”.

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Sin duda, la pluma del cronista resulta fundamental para forjar la identidad de una comunidad. Todos conocemos el Parque Borunda, pero pocos somos conscientes de la línea de sucesos que subyace detrás de él y de su nombre, y que por momentos pareciera sacada de una película del viejo oeste donde hay que lidiar con “Barras y balas” o enfrentarse a “La ciudad más perversa” –otros títulos de Crónica en el desierto –. Solo a través de textos como el de estos autores podemos llenar, poco a poco, ciertos vacíos de nuestra memoria colectiva (aunque a veces resulten bastante violentos), y ver “que a pesar de lo árido del paisaje –o justamente por eso– Ciudad Juárez tiene una historia cercana a la fantasía”.

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Amalia Rodríguez

Villarreal: de La tuna al Mint

La figura de Carlos Villarreal Ochoa encarna ciertas ambigüedades propias del viejo arte –quizá no tan antiguo– de hacer política bajo la bandera del partido tricolor: traficante malhechor, presidente municipal, justiciero vengador, emblema y mártir… dichosa la calle y puente que llevan su nombre. Oriundo de Durango, ocupó el máximo cargo político en Ciudad Juárez a mediados del siglo pasado, de enero de 1947 a finales del 49. Su formación profesional también se la debe a Chihuahua; en Parral adquirió el gusto por el ganado y se desarrolló en materia de comercio. Sabemos que tenía apego al negocio de toda índole y, al llegar a la frontera, pronto supo acomodarse en la aduana. Sus gestiones administrativas en esta oficina y una que otra malversación le costaron una estancia forzada en La Tuna, prisión federal de Nuevo México. ¡Contrabando etílico en época prohibicionista! Pero ya para entonces se había unido al partido que en aquellos tiempos aquí en el norte más que priísmo se llamaba quevedismo, por la influencia ejercida por los hermanos Quevedo. Bajo ese manto protector no había cárceles ni oponente alguno (literal) para llevarse el Municipio. El gobierno de Carlos Villarreal se hizo fama por su mano dura, e incluso se cuenta que practicaba la ley fuga allá por Samalayuca. El orden público como baluarte hizo que los medios para alcanzarlo fuera lo de menos. El escritor Filiberto Terrazas Sánchez, en La voz de los siglos, refiere que la paz era tal que los juarenses dormían con ventanas y puertas abiertas.

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Así como este cronista, existen muchas más plumas que han reconstruido el devenir de la ciudad. La historiografía del antiguo Paso del Norte se lee desde varias voces, según el periodo, los objetivos o la formación de cada historiador. No es la intención dar cuenta de ellas, aunque aprovecho para mencionar a las que suenan más fuerte, ya sea porque gozan de una buena distribución o por el rigor de su trabajo. La monografía de José Manuel García-García sobre la región detalla los textos de su historia y su cultura (2005); no hay quien sepa más sobre Propiedad de la tierra (2002) y urbanismo que Guadalupe Santiago Quijada. Mientras que Martín González de la Vara (2002) y Raúl Flores Simental (2010) sobresalen por el esfuerzo de síntesis en sus breves historias; David Pérez López se ocupa de Los años vividos (2005) en el transcurrir cotidiano. Anterior a todos ellos, destaca la figura de Armando B. Chávez, historiador de la vieja guardia, implicado a fondo con sus sujetos de estudio, cauteloso con su puesto de trabajo. En 1959 imprimió en la Ciudad de México (sin sello editorial y con fondos propios) Sesenta años de gobierno municipal. El libro pasa revista a la gestión y datos biográficos de los jefes políticos del Distrito Bravos y presidentes del municipio de Juárez, 1897-1960.

Para esas fechas, en el tercer centenario de la fundación de la Ciudad, Carlos Villarreal aún se encontraba con vida, y Chávez nos cuenta que “sigue radicado en esta frontera… casado con Josefina Quevedo [¡qué sorpresa de apellido!], viven… en su actual residencia de la avenida 16 de Septiembre Oriente número 1819”, a una cuadra de la de Juan Gabriel. Se dedicaba “a sus negocios ganaderos. Es propietario del rancho Los Ojitos, en el Distrito Galeana, Municipio de Janos, y de otros en el Estado de Chihuahua”. Es decir, iba para gobernador del Estado. Sin embargo, su carrera política fue interrumpida de forma fulminante. La mano de hierro con la que se impuso a sus adversarios le valió la estrecha cercanía de sus enemigos. En febrero del 63 (junto con otro expresidente, Víctor Ortiz) Villarreal fue acribillado por un matón a sueldo en el bar Mint, en la Avenida Juárez. El asesino, Francisco Olivera Castel, fue encarcelado, pero pronto salió libre, y se incorporó a la burocracia en Villa Ahumada, clásica argucia tricolor.

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¿Pero qué hizo el presidente a nivel urbano y de desarrollo social? El balance luce positivo y también por eso deberíamos recordarlo. Durante su mandato inauguró el Cine Plaza en el Centro; se construyó el Auditorio Municipal, “orgullo de la ciudad” y la Estación no. 2 de Bomberos, ambos en torno al Parque Borunda; se pavimentaron 350 mil metros cuadrados de arterias, con lo que algunas de ellas cambiaron su nombre, como la actual Avenida Hermanos Escobar; se tendió el alumbrado público en las calles principales (como la que ahora lleva su nombre en la colonia Las Margaritas); se abrieron varias escuelas, como la Gregorio M. Solís en donde mi hija inició su primaria. A su administración le debemos el Puente Libre, antesala del PRONAF, “que une a la isla de Córdoba con la calzada de las Américas”, y que ahora se llama Carlos Villarreal. Este puente también le hace honor al político, ya que, a riesgo del colapso, no se puede circular por los carriles laterales; o sea, si uno se acerca a sus orillas sobresalen las anomalías. Por último, el presidente municipal “estableció por primera vez el servicio de radiopatrullas con flamantes automóviles bien equipados”, que lamentablemente no rondaban cerca de El Mint aquella noche de febrero.

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Carlos Urani Montiel