César Graciano: La vida leve

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He vuelto ha leer Cuentos únicos y secundarios (2017). Me parecen admirables el empleo de recursos literarios y el ejercicio poli-paródico de cada uno de sus relatos. De entrada, diré que el libro es un laberinto de máscaras y espejos donde el autor real (César Graciano) inventa un autor homónimo. Y este “César Graciano” (el uso de comillas es necesario) nos presenta un prólogo titulado “Para empezar” y un epílogo (“Notas de escritor”) que enmarcan una antología con nueve autores y sus “Notas biográficas”, todo dentro de un mundo de fractalidades ficticias. En ese laberinto literario también habrá una galería de dedicatorias y de epígrafes (de los que no hablaré aquí, pero sin duda son claves referenciales de los juegos paródicos de Graciano). De hecho, este último recurso, al dirigirse hacia el género de la antología, promete otros niveles de lectura, desde el título que parodia la de Javier Marías, hasta la reunión de voces juarenses que no lo son (¿habrá alguna cripto-referencia al libro Narrativa juarense contemporánea?) Cuentos únicos y secundarios es pues, un laberinto de heterónimos (a la manera Fernando Pessoa) que son trozemas ficcionales del autor real… puestas en escena de un repertorio de personajes-autores que por alguna razón “tocaron tierra” juarense.

Comencemos pues. “César Graciano” escribe lo siguiente en su prólogo: “Antologar es tarea de Sísifo: no se ha terminado de reunir los textos cuando ya salieron diez más, luego se descartan cinco y llegan siete, al final son solo corazonadas las que llevan a terminar el trabajo.” Esta voz nos habla del título y de la estructura de su cuentario: “La antología está dividida en dos partes: Cuentos únicos y Cuentos secundarios. Cuentos únicos es la producción cuentística de sus autores, que por diversas razones (la mayoría por fallecimiento) sería imposible que volvieran a escribir. Los cuentos secundarios son, como el nombre lo indica, los segundos cuentos de su respectivo autor, pero con una condición: se aclaró que ya no escribirán más.” Los nueve autores-personajes (si contamos a “César Graciano” serían diez entes ficcionales) vivieron sus propios mega-dramas (resumidos esquemática e irónicamente en fichas de entrada). Por ejemplo: Braudel Castro fue asesinado de un disparo en la cabeza. La poeta Mónica Jáuregui murió “con señas de violencia sexual” (nadie reclamó su cadáver). Osvaldo del Campo fue un transexual que murió de sida en el D. F. Etcétera. En otras palabras, cada anotación biográfica es un verdadero microrrelato disfrazado de asunto bio-bibliográfico.

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Sigo. Si aceptamos el juego literario de Graciano, entonces, tendremos 21 relatos (el prólogo, las 10 fichas biográficas –verdaderos micros–, los 9 relatos y el epílogo). Escojo para comentar, cinco relatos: “Algo parecido al amor” me interesa por su colección de frases aforísticas intercaladas (“con él supe lo hermoso que llega a ser el silencio”; “la vida de todos es igual, de una manera u otra”, etc.). “Humo” destaca por el contraste del tiempo real y el de la narración. El breve lapso que dura recomponer un cigarrillo quebrado (seis rápidos y precisos pasos) se prolonga por varias páginas en reflexiones y flashbacks narrativos.

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El cuento “Ver nevar” de la loca Carola Lavín (“vive recluida en el manicomio municipal”) es, creo, el mejor de los cuentos. Funciona como una colección de microrrelatos dentro del gran relato; todos los micros están unidos bajo el tema de “recordar al ver la nieve caer”. El narrador va recordando su collar de perlas trágicas que le han sucedido durante nevadas pretéritas: ya un personaje se suicida, otro muere horriblemente, etc. Todo es contado por una voz elementalmente neutral, sin empatías hacia los muertos. Una de las microhistorias es acerca de un joven que mira a una chica vestida de rojo; ella le roba un cigarrillo, él la persigue; tienen una noche de juegos de seducción y algún par de besos bajo la nieve, pero al despedirse, ella elige su muerte, y se da al impacto del tren subterráneo. Y así, el narrador va recordando otros eventos que ocurren durante el invierno: la mujer que mata a su marido por estar “harta de vivir encerrada”, el niñín suicida que se cuelga de un árbol, la violación tumultuaria y muerte (con escenas gore de jack-el-destripador) de la esposa del narrador, etc. Todo contado sin aspavientos. En un tono minimalista, neutral, deshumanizante.

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“El funeral”, cuento de Braudel Castro, nos remite a una remota anécdota de primera juventud. Es el chavo que recuerda el día que debió ir a una creepy-funeraria y luego a un jardín-cementerio para despedirse de la siempre buena onda tía Julia. Gracias al poder de observación del narrador, presenciamos los escenarios lúgubre-kitsch de la funeraria, el ambiente construido por féretros, los muertos fletados en la farsa solemne de toda capilla ardiente y los apayasados familiares dolientes. Eso que todos hemos vivido alguna vez. El escenario (la “farsa”, dice el narrador) se divide en dos salas mortuorias: en una, un viejo patriarca sobreactua la tristeza por el desceso de una de sus hijas. En otra sala, una madre joven (previamente madreada por su esposo) ante su hijo recién nacido y muerto, cuyo padre se acaba de colgar, cual macho golpea-esposas arrepentido. Dos momentos me llaman la atención de este cuento: el anuncio de la muerte de la tía Julia y la descripción de su entierro.

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El primer momento ocurre cuando el padre del narrador recibe la noticia de la muerte de la tía Julia; el narrador (Braudel Castro) intercala eventos ajenos al hecho del anunciado fallecimiento. Con esto se evita todo sentimentalismo y nos desfamiliariza la experiencia de la perdida. “Mi madre entró a la cocina con cara de angustia, una rata asomó la cabeza desde un resquicio de la pared, en algún desierto del viejo oeste pasó una rodadora y dos vaqueros se enfrentaron a muerte; mi padre dejó el teléfono, la rata pasó por toda la cocina; las manos puestas aún en el teléfono le temblaban… uno de los vaqueros cayó muerto a mitad de un pueblo fantasma, afuera pasó un camión de bomberos. Rompió en llanto. El perro del vecino comenzó a ladrar”. Tal vez el narrador ve la escena del viejo oeste en la tele o simplemente es una fracción de espacio-tiempo intercalada en el devenir presente de la narración donde los personajes (má y pá) reciben la noticia de la muerte de Julia. El segundo momento ocurre en el entierro a través de una reflexión antisentimentaloide: “el día en que la tía Julia dejaría este lugar para formar parte de los sedimentos del planeta, alimentar bichos y hacer su parte dentro de la cadena alimenticia”. La muerte no es una tragedia, sino el cumplimiento de un ciclo biológico en la inmensa escala de los eventos geológicos. La cavilación resulta interesante pues la separación de alguien querido no se signa como un evento traumático: no hay necesidad de consuelo, es, en el mejor de los casos, un cierre de una etapa, una despedida sin más trámites que un paseo por el fascinante mundo de los decorados funerarios desde la perspectiva juvenil.

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Crédito de fotografía: José Luis González Palacios

Por último, el relato-epílogo “Notas de escritor” (de “César Graciano”) consta de una serie de breves apuntes separados por asteriscos… citas y comentarios de los textos que integran la antología. Llaman mi atención la destreza fragmentaria, el hilado de micro anécdotas y la obsesiva actitud metaficcional del narrador. Metaficción a la manera Salvador Elizondo: “Yo me imagino imaginando a alguien que me imagina. Me convierte de facto en el personaje de mi personaje. Soy solo la ficción de mi ficción. Eso es escribir: ser ficción”. Esa cita sirve de justificación temática del autor, quien nos presenta en su juego de máscaras una identidad hecha de otras tantas. Estamos ante un ejercicio de autoficción: cada personaje tiene algo de mí (unos más, otros menos), pero colectivamente son esa ficción que soy yo: “soy solo la ficción de mi ficción”, diría “César Graciano”, ese ente de ficción (a la manera novelesca de Unamuno) que concluye en un acto de manumisión irónica: “Tengo un montón de notas sueltas y nada terminado. Qué culera es la vida, ¿no?”

JM GARCÍA (NM)

Juan de Oñate: curioso conquistador

Hace más de cuatrocientos años, el adelantado Juan de Oñate llegó a las tierras norteñas de la Nueva España. Autorizado por el virrey don Luis de Velasco, inició su viaje cuya senda sería mejor conocida, a la postre, como Camino Real de Tierra Adentro, con más de 200 soldados, sirvientes chichimecas y esclavos. ¿El objetivo? Descubrir las siete legendarias ciudades de Cíbola de las cuales se escuchaba que atesoraban abundancia de oro y perlas. Juan de Oñate nació en Minas de Pánuco, Zacatecas, alrededor de 1550. Su padre, Cristóbal de Oñate, fue uno de los conquistadores más destacados en la posesión de Nueva Galicia, y su madre, doña Catalina Salazar, era de familia acomodada en Granada, España, lo que le permitió pertenecer a la nueva aristocracia de la plata. Oñate llegó al río Bravo, conocido por los suyos como del Norte, el 20 de abril de 1598 y mandó a sus soldados a establecerse en diez provincias aledañas, tomando como punto de referencia el caudal. Después comenzó la conquista, extendiéndose a Arizona, Kansas, Colorado y California; posteriormente encajó en la tierra una cruz como representación de la religión cristiana por estos lares. A unos kilómetros del ahora territorio estadounidense se llevó a cabo la toma pacífica de la Provincia del Nuevo México.

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Existen textos de autores novohispanos que escribieron acerca de sus expediciones por las tierras de la Nueva España como Gaspar Pérez de Villagrá, quien participó en la expedición bajo la autoridad de Oñate y publicó el poema Historia de la Nueva México en el año 1610. Este capitán poblano dejó expuesta la travesía rumbo al norte de la Nueva España, así como los enfrentamientos que tuvieron los conquistadores con los habitantes de los pueblos nativos. Otro título de corte histórico que revisa estos acontecimientos es Oñate el conquistador de Nuevo México, el cual fue escrito por Concepción López Valles y Humberto Payán Franco en 1998. En el prólogo, los autores especifican que el libro fue publicado con la intención de que los chihuahuenses y habitantes del condado de Nuevo México se apropiaran de la figura protagónica. El ejemplar organiza un interesante relato histórico de la misma aventura de la que habla Pérez de Villagrá, pero con antecedentes y detalles de la vida de Oñate; además de que describe eventos relacionados directamente con Chihuahua. Por último, la UACJ publicó hace cinco años una serie de ensayos escritos por docentes de la institución y compilados por la profesora Margarita Salazar Mendoza en Espejos y realidades de Ciudad Juárez. Cada capítulo contiene información de algún monumento o escultura situada en la frontera. En “Oñate, la frontera y el muro” se proporciona información de la figura que se levantó en honor al conquistador en El Paso Texas.

En la franja fronteriza, Juan de Oñate ha sido un personaje significativo. Por este motivo, en el límite que divide a ambos países se han levantado estatuas y, en el caso de Juárez, también hay una calle que lleva su apelativo. La vía se encuentra en La Chaveña, colonia próxima a la zona centro de la ciudad, rodeada de cierta tranquilidad, pequeños negocios familiares (principalmente segundas). Además, goza de un parque con un quiosco y una cancha de basquetbol, en los cuales se divierten los más jóvenes. Asimismo, desde este espacio es simple ubicar el famoso cerro de la Biblia, que se ha convertido en un icono de la ciudad. En los contornos de la calle Juan de Oñate converge el famoso mercado Los Cerrajeros, en el que se consiguen desde ropa, juguetes hasta productos electrónicos de segunda mano. Junto a este tianguis se sitúa la avenida Paso del Norte, seudónimo que hace referencia al inmemorial nombre del poblado que se dispuso en los bordes del río Bravo, antes conocido como río del Norte por Oñate. Entre dicho mercado y la calle en cuestión se localiza una instalación del Seguro Social, por lo que sitios aledaños se saturan de personas que van a alguna cita o de compras a los Cerrajeros. Así en los barrios más antiguos de Ciudad Juárez el ambiente es singular; deambular por estas vías nos lleva tanto directo al pasado como a las pulsiones de una colonia tranquila pero siempre trabajadora.17 Curios Onate.jpg

Norma Rachel Aguilar Menchaca

Delincuentario

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Delincuentos es una colección de micro narraciones, micro sátiras contra el mundo Narco.


Todo ocurre en el puente-portal que abarca dos ciudades invadidas por las piaras narco-asesinas. Ciudades de puertas giratorias donde entran historias fácticas y salen historias ficcionales. Es el mundo Arjona: todo resulta factoficticio, sucio-maravilloso, noticia de la prensa que acaba en el espacio de una anécdota sorprendente.


De acuerdo, en tiempos del crimen las historias abundan. Por ejemplo: la micro anécdota de una señorita belleza que (cual Círce) convierte a los atolondrados gringos en burros pasa-droga.


O la historia de las chicas desmadre con sabor a Camelia la Texana, dispuestas a cruzar su no-modesta carga de mariyein y todo para un buen acelere (en suspenso) y a paso de rueda, “qué nervio mana, qué ocurrencia” y la carcajada, la revisión de la migra y el final con dosis de cataris feliz.

bajas temperaturas


Otro caso: la anécdota del niño ojete que en la escuela primaria imita a papá (sádico pozolero) amenazando a chiquillos y a chiquillas y de paso infartando a la profa que se atrevió a regañar al narquillo en ciernes.

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Arminé Arjona es una escritora virtuosa, va de la prosa breve a la micro poesía, y no pocas veces ha practicado su Acción Poética (© Armando Alanís Pulido) en las paredes de la ciudad. Sus mensajes son ad hoc: anti-narquistas, pro-feministas, contra-misóginos y (a pesar de los pesares) llenos de humor.


En Delincuentos Arjona incluye uno de sus poema-aforismos que aquí cito: “Mujer prevenida vale por Dios”. Frase de calembouresca irónica teológica: ¿Qué tanto vale Dios por estos rumbos sin Dios?

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JM GARCÍA
Micromentario #3, verano, 2018,
Las Cruces, NM

Avenida Talamás Camandari

Manuel Talamás Camandari nació en la capital de Chihuahua el 16 de junio de 1917; fue el séptimo de un total de trece hijos, frutos de un matrimonio palestino. Comenzó sus estudios en el seminario de la misma ciudad en 1930, trasladándose a Roma, seis años después, debido a los problemas religioso-políticos del país. Obtuvo el título de Licenciado en Filosofía por la Pontificia Universidad Gregoriana y fue ordenado sacerdote en tierras mexicanas en mayo de 1943. Luego de varios años de enseñanza y ocupando el puesto de rector del seminario de Chihuahua, en mayo de 1957 recibió la noticia de haber sido nombrado obispo de la recién creada Diócesis de Ciudad Juárez. El 8 de septiembre del mismo año se celebró su ordenación episcopal. A través de los años de su obispado, fueron construidos en la localidad el Seminario Conciliar de Ciudad Juárez, las oficinas del obispado así como los edificios CEDEC y CECADE, que se ocupan de la evangelización y catequesis del pueblo. El día de su cumpleaños número setenta y cinco en 1992, monseñor Manuel presentó su renuncia. Sin embargo, posterior a su dimisión y conservando el título de Obispo emérito, mantuvo actividad en la vida religiosa de la ciudad hasta su muerte en el 2005.

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La literatura fue uno de los medios a través de los cuales Monseñor Manuel Talamás Camandari logra acercarse a los fieles de forma personal. Hoy día sigue funcionando como vehículo de sus ideas. Durante su vida se publicaron textos de su autoría que pueden ser ubicados en el género del ensayo. ¿Cuál es su excusa?… un sondeo a la conciencia del hombre y Asómese… ¡Asómese a todo usted… a todo lo de usted… a todo lo que tenga que ver con usted… bueno o malo! interpelan directamente al lector en una búsqueda de la reflexión sobre el comportamiento cotidiano del hombre ante cuestiones de fe y de moralidad; no se limita a aspectos meramente religiosas sino que también llama la atención sobre temas políticos. Además se conservan de su autoría otros libros dedicados a razonar temas religiosos, sea en tono formal o cómico, como lo es Buen humor de un obispo con gotitas de sabiduría. En su autobiografía Mi vida en mosaico… historia de una vocación, reúne los episodios más sobresalientes de su vida hasta la fecha en que es publicado (1994) y de donde se extrae el poema titulado “Mi último mosaico”, que conforma la parte final del libro. En él resume su vida a través de versos cortos que se disponen en forma de rima abrazada; parte desde su nacimiento, bautismo, etapa de monaguillo, seminarista, sacerdote y obispo. La pieza está dedicada a la Divina Trinidad a modo de agradecimiento por la vida le fue otorgada.

La avenida homónima se ubica al sur poniente de la ciudad y realiza un corte transversal a través de ella. Lo que se encuentra después en dirección norte a sur son los fraccionamientos que cubren la última mancha urbana de Juárez, creada en años recientes: los confines conformados por Parajes del Sur, Parajes de San Isidro, El Mezquital y Colonial del Sur, entre otros; lugares hacia donde la población se extendió a falta de espacios en el interior de la urbe y donde constructoras vieron terreno fértil para la realización de sus proyectos. Son la periferia, así como era vista Ciudad Juárez respecto a la Diócesis de Chihuahua, desde donde ya no era posible mantener un control de los fieles, y por ello las autoridades eclesiásticas vieron necesaria la erección de una nueva Diócesis que administraría la fe a los creyentes de estas zonas que estaban fuera de alcance, misma que fue puesta en manos de Monseñor. El recuerdo de Talamás Camandari en esta zona muestra la idea de constante expansión a la que está sujeta la sociedad, pero también a la necesidad de no dejar caer en el olvido ni en el descuido estas zonas lejanas que forman parte de una misma localidad.

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Claudia Chacón Bustamante

Un fascinante mundo que se cae a pedazos

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Miguel De la Cruz escribió que el libro Permutaciones para el estertor del mundo (2017) de Diego Ordaz se basa en una estética de la fealdad. De acuerdo. Podría ser también que Permutaciones es un tour de force de un neo-decadentismo, una fascinación por la ultra-violencia y la exhibición de lo grotesco como alegoría de un eco sistema (naturaleza / ciudad) en proceso de inversión evolutiva. Todo esto en un estilo que oscila entre el poema en prosa y el microrrelato posmoderno. Un hibridismo que a pesar de la pequeñez de libro (10×14 centímetros) y el laconismo de estilo, es de una lectura difícil por el uso frecuente de descripciones poético-neobarrocas.

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Son 19 microrrelatos que cabrían cada uno de ellos en una página de un libro de bolsillo. Diego Ordaz los dividió en cuatro secciones, división un tanto artificial, pues todos podrían pertenecer (a escala diversa) de un decadentismo generalizado: la gallinita ciega del fin del mundo, la perrita sacrificada a golpes, la envenenadora de visitantes de un prostíbulo, la muñeca existencialista, etcétera. Además, las abigarradas ilustraciones de Erick Nungaray reafirman y amplían (o amplifican) esa atmósfera de devastación, de violencia que enmarca los diversos registros victimológicos. Escribiré en este micromentario sobre algunos de los relatos más interesantes y que representan el decadentismo señalado.

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“La luz, la luz, la luz”, el mejor de los cuentos en mi opinión, es la reflexión existencial (a la manera de un Roquentin de Sartre) de un personaje autoaislado, drogadicto, que abandonó la carrera de filosofía y que ahora trabaja de afanador en un hospital. En sus reflexiones es conciente de su condición: no puede sentir empatía hacia los enfermos del hospital. Es un ser marginal que odia el ritual del saludo cotidiano, la cortesía, la conversación, el trato social. Se sabe rechazado y sólo le importa su rutinaria dosis de heroína: “Recorro día tras día pisos del hospital en busca de ropa sucia; no sonrío ni a los ancianos ni a los niños enfermos. Así llevo, sin mostrar empatía alguna tampoco a los doctores ni enfermeras, dos, casi tres meses”. Sí, el personaje reflexiona y lo hace de manera lacónica, precisa (palabra que se repite una y otra vez en los cuentos de Ordaz), yo diría, aforística, como al final del cuento, cuando se regodea de su soledad: “Si pronto no muero, si no logro la sobredosis de heroína en las tapias junto a las vías del ferrocarril, estaré aislado de cualquier manera, astuto y expectante, muy solo, tanto como una estrella muerta ya hace siglos”. Estas reflexiones se pueden aplicar al desfile de personajes decadentes del libro. Todos parecieran actuar motivados por un sentimiento del mal, ser la Maldad Misma (latente o manifiesta). La atracción del acto criminal o el inicio causal de futuros actos criminales.

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“La gallina”. Imaginemos que la única sobreviviente de la total destrucción del mundo, es una gallina encerrada en un cuarto sin techo. Es una gallina hambrienta y ciega. Alegoría exacta de una victimología extrema. Y la descripción de Ordaz de ese mundo devastado nos lo deja en su justa dimensión dramática: “Había que tantear las paredes, sentirlas con el eco de sus pasos, con el sonido refractado de los incipientes jadeos: las agujas de los primitos […] habían sido inclementes y precisas.” Sobra decir que la gallinita representa la desesperación humana. El narrador parece indicarnos que el ave doméstica conoce su suerte y entorno. La conciencia de su condición (para eso están el narrador y el lector) nos obliga a empatizar con el ser más inerme de nuestra cultura (culinaria) infestada de tragedias: unos “primitos” le picaron los ojos, aislada en un pequeño cuarto, separado de ese mundo post-apocalíptico para vivir su propia agonía interior.

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“La quiebra”. Ahora imaginemos un momento antes de la destrucción total del mundo, imaginemos a unos niños dedicados a la tarea de sacrificar a una perrita: “los niños son inclementes, precisos, obedientes: la han sujetado bien […] Tiran la bolsa, la rodean, toman la tabla y le dan duro, en turnos, la niña con más fuerza”. El cuadrúpedo es otro animal víctima de la maldad humana. Al igual que en “La gallina”, en este microrrelato hay unos niños dedicados a la tortura de animales (el ser humano ‘deshumanizado’, dedicado a la ‘precisión’ destructiva de la naturaleza).

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Permutaciones para el estertor del mundo nos ilustra sobre un final anunciado por la suma de maldades humanas, las micro canalladas-criminales, las agonías de las víctimas, todo en un ambiente de muladares, baldíos, prostíbulos, cantinas de mala-muerte, callejones donde todo es una amenaza, la vida nocturna habitada por masturbadores, borrachos, prostitutas, seres de un país que (como dice un poeta de Monterrey parodiando a W. M. Branham) se está cayendo a pedazos.

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Crédito de fotografía: Diego Ordaz

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Agregaré que Diego Ordaz intercala en sus relatos frases aforísticas dignas de retomar, son verdaderos minifestos de la decadencia, doy 3 ejemplos: ‖ Reflexiones post-apocalípticas de una muñeca sin piernas. “Los grandes edificios y los pensamientos, más abstrusos serán nada; tampoco quedarán esa poesía trascendente, el escritor genio, la gran obra del dictador, la magnífica democracia ni el amor eterno que se juraron los amantes en la más venturosa de las noches”. ‖ Frases de un antisocial: “La sonrisa, esa manifestación aberrante del ideal romántico es un himno genuino a la estupidez compartida, humana”. ‖ “Se me ocurre que mis silencios son el estado poético de mi ética: no saludo pero obedezco, hago de manera precisa mi trabajo”. Amén.

JM GARCÍA, NMSU
Micromentario # 2 – 6∙20∙18

Juaritos Blues, la epístola

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Juaritos Blues es una alegoría pintada de nostalgias; es una canción plagada de matices localistas que posiblemente fuera de esta mancha urbana no se podría comprender si no se ha vivido la metamorfosis de una ciudad furiosa, ni siquiera camaleónica, porque los camaleones solo cambian la piel, pero las condiciones somatomorfas siguen atendiendo a la naturaleza de su concepto figurativo. La ciudad se canjeó casi de ipso facto, desde sus vestiduras, esqueleto y hasta su perfume; antes era aroma a gobernadoras, ahora hiede a muerte… “ya nada es igual, en nuestra ciudad hoy teñidas de rojo las calles de Juárez están”. En tan solo 30 años la urbe duplicó su población y se colmó de animadores que aplaudían por trabajo y sustento para sus familias, otros tantos que se atoraron en el cedazo de “la migra” y no lograron el american dream; los 500 mil ciudadanos de 1990 se hicieron 1 millón 300 mil, que le han dado forma a la mancha urbana de una incomprensible pintura cubista. Nuevas locaciones y personajes escriben la historia en colonias que se asentaron como salpicadas, que se perciben tan distantes, tanto así que hacen ver a la Vía Láctea menos dispersa y más ordenada.

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Por tales motivos el Juárez de “antes” mereció un sublime blues que retrata los pasajes y aventuras de aquellos que fueron adolescentes y que ahora son padres, profesionistas, poetas y músicos a la vez. Este blues no rebasa las notas desesperadas de John Mayal, ni tampoco emula a Robert Johnson; no obstante, tiene ingredientes endógenos del área: un bajo que figurea mientras una guitarra doliente llora quedito, sin aspavientos, en tanto que la voz narra los años 90’s en color sepia… “vienen cosas a mi mente para recordar”, pareciera que hubieran pasado cien años.

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Aquello que provoca un chispazo con la psique retrotrae a personajes como El Güero Mustang, el señor que tocaba la liga sostenida con la boca y una mano, la Camelia (señora con esquizofrenia que cruzaba al Paso sin papeles), al mutilado de sus piernas que pedía “buena ayudita, mi navidad”, pero luego se le miraba en los tugurios bebiéndose el saldo de lo recolectado. Personajes que ocupaban la zona cero donde todos convergían en un punto central para hacer el mandado; era normal acudir en rutera o camión y salivar el ojo con aquellas luminarias de la calle. Para entonces los centros comerciales no estaban de moda y el punto neurálgico de la diversión era la avenida Juárez; por tal motivo, la canción inquiere con una pregunta energúmena: ¿En dónde quedó el Noa Noa Bar, y las calles tranquilas del centro para caminar? La respuesta es lacónica, sucinta y determinante: se acabó.

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Juaritos Blues nos evoca ese pasado, no tan lejano pero muy disímbolo de lo que hoy es la ciudad… no hay parangón. La canción de Los Lenchos rememora desde las toponimias geográficas de colonias que dejaron de ser las más populares para ser las más viejas. Es un rompecabezas que hay que ir hilvanando con personajes como Niko Liko, y lugares como El Chamizal o el metamorfeado Parque Borunda, al candor narrativo del cantor que también refiere cuando uno podía entretenerse  jugando futbol en la calle, y al “primer amor”, al que hace apenas 30 años aún se le podía llevar serenata. “Ya nada es igual en nuestra ciudad”. Se acabó, no más, la ciudad es un muerto viviente que camina arrastrando su pasado.

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“…una muerte más, una muerte más…”.

 

Ramón Quintana Woodstock

Para invocar una presencia

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Francisco Javier Hernández M. publicó Metáforas perdidas en el 2017. Es un libro de 65 poemas + un prólogo de Enrique Cortazar. Este poeta (ahora prologuista) reduce el libro a una docena de “excelentes versos”. Difiero. Francisco no es sólo un poeta de buenos versos: ‖ “Tu cuerpo bello es el camino prometido, manjar de peregrinos, tesoro oculto en el vestido”. ‖ “la novela inédita del escritor / que todos llevan dentro”. ‖ Es también un poeta de buenas estrofas: ‖ “Que los puntos suspensivos / al final del mi último verso / expliquen con lujo de detalle / lo que se ha quedado oculto / en este corazón.” ‖ “La vida está llena de momentos / inútiles, desechables y fecundos / es un tranvía sin conductor / que siempre llega a la estación final y nunca se detiene a meditar.”

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FJHM escribe a partir de una serie de Epifanías de lo Ausente; es decir, a partir de la súbita nostalgia que produce un detalle que evoca a la figura añorada. Lo Ausente puede darse en un fragmento residual (los puntos suspensivos del texto citado) o en otro de lo efímero (los momentos inútiles de que habla la estrofa arriba mencionada). Nos damos cuenta de “lo perdido” cuando advertimos en un detalle aquello que ya no está más con nosotros y que hay que recuperar en la puesta en escena del poema. ‖ Metáforas perdidas es un todo orgánico, un corpus que no cesa de aludir a una presencia lejana: eso que se desea y ya no es más. Existe en el pensamiento (del poeta) una levedad de lo que fue, y eso basta para iniciar una línea poética: metáfora o simulacro de presencias, ecos o sombras a punto de disolución y que hay que atrapar (con urgencia) en el poema.
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Por esta Epifanía de lo Ausente, Francisco ha creado poemas como:

‖ “Metáforas perdidas”: “Le cierro los ojos a la tarde / y busco versos esparcidos en el aire,” // ‘Mi sonrisa es ordinaria y transitoria / mi llanto suele ser pausado y silencioso / y escucho entre mis dudas y mi soledad / la voz de los poetas olvidados”. ‖ Metáforas esparcidas en el aire, poetas que son figuras ahora en la región del olvido. Al evocar esta realidad de ausencias, Francisco le dará una existencia poética. Por ello su Metáfora es una realidad agregada (no la “verdad” sino la poética, la creación sintáctica) de su no-realidad anhelada.

‖ “Brújulas perdidas”: “La noche de tu pelo / ya no intenta volver a enredarse / con la calidez de dos almohadas / que hoy les nacen espinas / donde alguna vez sembraste / sueños y esperanzas”. ‖ La almohada: pieza evocadora de una relación deshecha, reconstruida en su ápice traumático; el poema: fotografía instantánea del pensamiento.

‖ “Tu fantasma”: “La gente voltea de reojo / hay huellas de lluvia / en el asfalto gastado / y desperfectos / entre las banquetas viejas. // La tarde es benévola / acariciando tu / fantasma.” ‖ Gran evocación de la mujer ausente a partir de la dispersión de la nube en la ciudad y todo bajo el imperio de presencias evocadas.
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Otro de los temas es la figura del poeta creador de presencias y creador de sí mismo: “Estoy lejano, muy lejano de cualquier lugar, voy naufragando entre mis días y escribo poesía.” ‖ Poeta casi ausente que busca en la Palabra su anclaje de realidad. ‖ Francisco no ha inventado la evocación de lo ausente. Es la tarea primordial de todo poeta. Pero sus escenarios (sus metáforas) tienen el sabor agridulce de la celebración irónica del “pecado” (palabra repetida a lo largo de su poemario) y el autoconsciente recurso de lo cursi-pop (composiciones como “Sempiterno” y “Tu belleza”) para “confesar” el gusto por una cierta elegancia erótica de un pasado sexual que se conserva ahora en formato textual. ‖ En poesía, la nostalgia es un tema de doble filo: puede convertirse en una prisión sofocante (como ocurrió precisamente con la lírica de Enrique Cortazar) o puede ser el despegue, el desapego, para tomar otras posibilidades temáticas. Francisco Javier Hernández M. tiene a su favor un arriesgado equilibrio entre la ironía cursi (o lo cursi ironizado) y el poder liberador de la de evocación sutil. Que la poesía le dicte su camino.

 José M. García
Las Cruces (NM)

Una poeta fotógrafa

Carmen Amato Tejeda es una reconocida poeta y promotora cultural independiente. Nació en Aguascalientes, en 1952, pero radica en Ciudad Juárez desde sus cuatro años. Tiene una maestría en Creación Literaria por la Universidad de Texas en el Paso y es doctora en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Estatal de Arizona. Organizó y coordinó durante seis años el Encuentro de poetas en Ciudad Juárez. Ha colaborado con revistas literarias nacionales e internacionales. Algunos de sus poemarios son: Hoy somos del silencio (1992), Ciudad que se restaura (1996), El silencio que se hiela en la blancura de las hojas (1997), Gestación de la luz (2006), Estación Tempe (2008), Ni cincel ni fragua (2009), entre otros. Además de dedicarse al campo de la poesía, también ha participado en el área de la fotografía en distintas exposiciones individuales y colectivas. Entre las primeras destacan El trabajo de las mujeres en Ciudad Juárez, montada en el Museo de Arte de esta ciudad; En un rincón del alma, en el Instituto Tecnológico de Ciudad Juárez; y Repeticiones, en el Museo de Arqueología del Chamizal. En 2010 fue distinguida con la presea Edmeé Álvarez como Chihuahuense Destacada en el área de Literatura, otorgada por el Congreso del Estado, y con el de Mujer Cultura 2006 por el Ayuntamiento de Ciudad Juárez.

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En una entrevista realizada por Gustavo Tisocco, la poeta respondió que escribía por una necesidad de expresar y comunicar lo que veía, pensaba y sentía ante estímulos como la ciudad, la gente y la naturaleza. La poesía, entonces, para Amato, es un vehículo para comunicar aquello que le rodea. Los elementos que logran servir de génesis para sus versos pueden o no ser obvios para los demás; sin embargo, ella los plasma como si de una imagen se tratase. Ya lo decía ella al intentar definir su poesía: “Creo que tiendo a buscar la poesía fotográfica”. En el poema “En ella vivo”, logró captar con su lente poética parte de la violencia y el femicidio que aún persiste en la memoria juarense. Este texto se encuentra reunido en una antología bilingüe: Sangre mía. Poesía de la frontera: violencia, género e identidad en Ciudad Juárez (2013). Cincuenta y dos voces, además de la de Amato, adoptan una posición en contra de la indiferencia social, la deshumanización y el abandono, así como la impunidad.

Sangre mía, título del poemario colectivo, rinde un homenaje a la poeta Susana Chávez, quien fue víctima de lo que severamente denunció en su poesía y actos cívicos: el femicidio. En la composición de Amato, la voz poética no sólo acusa este crimen tan atroz hacia las mujeres, sino que presenta cómo le afecta a la sociedad juarense: gracias a la violencia hacia la ciudadanía, sobre todo a la comunidad femenina, la atmósfera que se desarrolla en las calles es de intranquilidad. La consecuencia más notable de esa angustia es el silencio fúnebre en cada rincón de la ciudad por su desierto geográfico. Dos son las reacciones que los juarenses sienten por tan penoso escenario: “la indignación y el miedo”.

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Por último, existe una pequeña calle, limitada por Soneto 154 y Soneto 156, dentro de la colonia Olivia Espinoza de Bermúdez que tiene el nombre de la poeta. Es interesante que las calles que la limitan remitan a una forma lírica tradicional, ya que en la entrevista de Tisocco ella apunta que desde niña escribe poesía y, tal parece, como especie de presagio, su vocación es presentarles a los demás su visión del mundo a través de la creación de algunos versos. Esa calle obtuvo su nombre, como la propia Amato en una ocasión expresó, por un reconocimiento que le otorgó el Ayuntamiento de Ciudad Juárez.

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Esto hace constar el agradecimiento que la ciudad le concede por su ardua labor como creadora y promotora cultural juarense. Gracias a su “fotografía” poética esta frontera no quedará en el olvido, como lo demuestra “En ella vivo”. Este texto es un ejemplo de la poesía del norte de México. Amato exploró líricamente y recreó/construyó en forma de alegoría a la urbe fronteriza. Al denunciar un problema social que ella ha observado, no sólo alza su voz, sino hace que se escuche el pensamiento contenido de la comunidad. Así lo demuestran los siguientes versos: “En esta ciudad nunca nací… en ella vivo / y es después de mi casa, mi más cercana piel, / por sus poros respiran mis angustias, / por sus venas se drenan mis reductos”.

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Nohemí Damián de Paz

Santa Claus en la frontera

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Existe un personaje que marcó la infancia de muchos y, aunque con el tiempo nos dimos cuenta de su falsedad, se convirtió en un símbolo de tradición navideña: ese regordete ser enfundado en traje (casi siempre en) rojo. Sobre este típico personaje, el escritor e ilustrador de libros infantiles, Xavier Garza, se basó para crear un excelente relato bilingüe: Charro Claus and the Tejas Kid (2008). El libro-álbum fue creado e impreso en la editorial Cinco Puntos Press, sello independiente ubicado con los primos de enfrente (en El Paso). Charro Claus and the Tejas Kid cuenta como personajes principales a un niño llamado Vicente quien pasa la navidad con su tío Pancho y por supuesto a Santa. En este relato, el tío Pancho es pariente de Santa, quien va a su encuentro para pedirle un favor: que reparta regalos por toda la frontera del Río Grande. Así que el tío Pancho se disfraza, colocándose su antiguo traje de mariachi y su vieja guitarra; con algo de magia, Santa lo trasforma en “Charro Claus”, haciendo lo propio con su carreta y los burros (a los cuales les pone máscaras de luchadores) para que puedan volar y que cumplan el cometido. “Yo también quiero ir”, piensa Vicente. El tío descubre a su sobrino escondido en el saco, por lo que contará con un ayudante para la repartición de regalos a los niños que viven a lo largo de la frontera. Vicente asume una identidad: “Tejas Kid”, quien porta una máscara, capa, sombrero y guitarra, como debía de ser.

La obra infantil se desarrolla a lo largo y ancho de la franja fronteriza, aunque no se ubica en un espacio específico de la ciudad. Ahora bien, ¿por qué situarla en la frontera y por qué transformar al emblemático personaje a un “estilo” mexicano? Las respuestas a estas dudas las encontré en una pequeña historia autobiográfica con la que el autor cierra el libro. En ella narra que en Rio Grande City, en el sur de Texas, se encontraba el “primo mexicano” de Santa Claus, alguien tan presente en la comunidad que hasta tenía su propia canción, pues hacía prácticamente lo mismo que el Santa real pero solo para los niños locales. Charro Claus and the Tejas Kid se trata, entonces, de los recuerdos que nos llevamos de nuestro lugar natal a donde sea que tengamos que emigrar, y el protagonista representa a todas las familias que tienen un primo, un tío, un hermano o cualquier ser querido que ha dejado todo en su país para buscar una vida mejor.

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Xavier Garza, autor e ilustrador, creció en la frontera dentro de una familia mexicana-estadounidense. Simpatizante de la lucha libre y el folklore, utilizó estos y otros elementos como inspiración para crear sus personajes, pues, aunque no nació ni vivió en México, quedó fascinado con la cultura que sus padres le mostraron. Una historia que se repite en cientos de familias, cuya única opción al verse obligadas a abandonar todo lo que conocen por una vida mejor, es tratar de inculcar sus viejas costumbres a sus hijos, para que lo bello de sus raíces continúen en la memoria. Las ilustraciones del libro proyectan justo eso, pues la vestimenta que utilizan los personajes, los colores y algunos símbolos como la guitarra y el sombrero charro, logran transmitir parte de nuestra cultura, de México para el mundo.

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Andrea Yareli Salazar

De frente y con orgullo

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Animala y otros destellos de Adriana Candia forma parte del ejercicio continuo de pizcar la palabra al que ya nos tiene habituados una escritora que se distingue por un estilo híbrido, transfronterizo, decolonial. La narrativa que nos ofrece se configura como una especie de vía láctea; sorprende en cuanto a su presencia continua y a la vez se va tornando inabarcable. Su trayectoria como periodista, crítica literaria, estudiosa de las comunicaciones, deriva en esta ocasión en un ejercicio de concentración de la palabra, de cercanía con el principio del ser, de la identidad, de la existencia humana, en el filón de la experiencia femenina. Si bien el texto posee una unidad discursiva, podemos bien destacar la autonomía de cada uno de los apartados que lo integran y que refieren a una mirada fragmentada, polisémica, rizomática de la realidad intra y extratextual de las voces narrativas que confluyen en el texto como una especie de ventanas virtuales en donde cliqueamos de acuerdo a la autonomía del receptor para hallarnos frente a los espejos cóncavos y convexos que nos ofrecen las diversas aristas de nuestra existencia e identidad. Me parece que la obra de Adriana Candia apunta hacia esos dos conceptos que la crítica literaria ha hecho suyos desde los estudios feministas; la sororidad y el empoderamiento de lo que ha sido ubicado en las estructuras de poder patriarcal en el cajón de la subalternidad: lo femenino. Entendiendo como tal la existencia luminosa de las mujeres y aquellos varones que se atreven a explorar el lado oscuro de la luna para hallar la parte de sus identidades que les ha sido negada por un sistema social que apunta hacia las formas del silencio más abyectas.

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“La tersa muñeca de porcelana, de tupidas pestañas, mirada azul y boca de capullito encarnado. Cada vez que sonríe, nace un fantasma”, enuncia una mínima anécdota, un profundo dilema humano de la experiencia del estereotipo que del ser mujer la cultura occidental nos ha impuesto. Las muñecas, metáforas de la feminidad, asumen la responsabilidad de educar en la convención a las mujeres, de refinar su rebeldía innata, de educar en el silencio, de aprender a ser objeto de uso, a la disposición de las manos que decidan asirla sin tomar en consideración su voluntad. El final sorpresivo y abierto de este microtexto, contracuento como los llama su autora, propone un proceso de desmitificación a través de la fina ironía: el nacimiento de un fantasma refiere a la presencia de lo inanimado, lo inerte, lo prescindible. La duda emerge en nosotros como lectores y nos lleva a inquirir respecto a si la sonrisa de la Gioconda con su profunda polisemia sería la única que nos salvase de un destino impuesto: la nada. La voz narrativa interpela al prototipo de feminidad representado en la Barbie, ese prototipo de feminidad que emerge en 1959 (inspirada en la muñeca alemana, Lilli Bild, dirigida a un público masculino que solicita, valida y reproduce el estereotipo de lo femenino en su filón ultrasexualizado y sobre todo subalterno), una década posterior a la publicación de El segundo sexo de Simone de Bouvaire. Candia apela a la intertextualidad para que los receptores completemos los márgenes y reescribamos la historia. Tomemos conciencia de que la inocencia de los juegos infantiles del mundo familiar y de pareja representados por Barbie y Khent dejan de lado la realidad, mantienen la figura del varón hegemónico: “Encantada con sus regalos de cumpleaños, la nenita reproduce la casa, la cocina, los cinco hijitos. Le falta mucho para descubrir que le hicieron trampa. Aprendió a hacerlo todo ella sola, sin ayuda del marido imaginario”.

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Lee aquí el cuento

El segundo apartado de Animala, “Lupita”, no solo interpela los modelos occidentales, sino inquiere a los receptores para retomar la tradición de la literatura chicana; el guiño literario nos conduce a Gloria Anzaldúa, quien anota que “La gente Chicana tiene tres madres. All three are mediators: Guadalupe, the virgin mother who has not abandoned us, la Chingada (Malinche), the raped mother whom we have abandoned, and la Llorona, the mother who seeks her lost children and is a combination of the other two.” La portentosa Coatlicue emerge en este texto de Adriana como lo hizo el 13 de agosto de 1790 después de haber sido enterrada por los conquistadores en 1500. En brevísimas palabras, los textos de Candia recorren la historia de la Conquista hasta la colonización religiosa con Tonatzin. No pierde oportunidad la autora de interpelar las versiones mass media de estas figuras al aludir a “La Rosa de Guadalupe”. La fuerza de esta narrativa se condensa en la enunciación de la autonomía de esas madres de Anzaldúa. Candia reivindica la libertad, autonomía, gozo del cuerpo y la sexualidad de La Llorona, de Lupita y, por supuesto, el poder de la Coatlicue. Estos microrrelatos develan la capacidad de romper con los destinos impuestos: “Las otras hijas de la Coatlicue, las que no urdieron chismes ni planearon el matricidio, las que no perdieron literalmente la cabeza en manos de un hermano mal portado, hicieron atado, cruzaron ríos y montañas para poner distancia a la sangre. Nada las salva. Ahora escriben contra cuentos para defenderse del enemigo”.

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“Hormolandia” me lleva al ensayo de Graciela Hierro, en Me confieso mujer, quien dice: “Compartir la belleza, la pasión, la tristeza, el erotismo, el juego y el dolor. Ahí se halla también la comprensión profunda de lo que sucede”. Esto mismo ocurre aquí; se reivindica el derecho al placer erótico de las mujeres, a la diversidad sexual, al goce de la alteridad sin renuncia a la mismidad: “Usa vibrador, toma hormonas artificiales que sí le funcionan y nos dice muy jocosa que ella mira” choras y papacitos por todas partes […] Al final de cuentas, todo es cuestión de placebos” (43). ¿Cómo no sentirse interpelada en el apartado “Espejo”? El fragmento Animala, comienza así: “me consideraron salvaje por haber nacido con el pelo chino […] ¡Cabeza de leona! ¡Pelos tan feos!, cuántos resortes! […] y cortaron mis cabellos al ras, para educarlos” (46). Sigmund Freud habla del miedo a la castración masculina: “La visión de la cabeza de la Medusa paraliza de terror a quien la contempla, lo petrifica”. Aquí se trasmuta en un pensamiento y praxis machista por la castración de las distintas partes sexualizadas del cuerpo femenino. Se disciplina y castiga, en términos de Foucault, la corporeidad y el deseo. Pero la experiencia de vida de la maternidad y el gozo del cuerpo empodera a la voz femenina, quien cierra el fragmento “Bugambilias” refiriéndose a sus senos: “Van de frente y con orgullo, y a quien le incomoden, que se Joda” (51).

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“Altar” estruja por la intimidad que conlleva. La relación de pareja de los padres, vista desde la alteridad nos conduce a Un hogar sólido de Elena Garro. La hija rememora la distancia continua, el silencio y las buenas costumbres, una vida de apariencias, mientras les coloca el altar de muertos a sus padres. “Las brujas también tenemos hambre” es la frase que cierra el tercer apartado; “Brujas” alude a la imparable fuerza de las transgresoras al sistema heteropatriacal que, sin embargo y a pesar de todo, disfrutan la diversidad, incluso de preparar el desayuno familiar. Si alguna ocasión hemos pasado hambre, el apartado homónimo asemeja transitar un desierto en pleno verano. Las dietas, la bulimia, la anorexia, la indigencia se instauran en la sección denominada “Hambre”; no es una metáfora sino experiencia cotidiana “de un país llamado HAMBRE”. Sección indisoluble de “Sueño americano” en donde la crudeza de la xenofobia, racismo, clasismo, falta de empleo, precarización de la vida cotidiana marca el tic-tac del reloj: “El sueño americano en la frontera sur es muy breve. Apenas es el sueño de que se nos inunde la traila en tiempos de lluvia” (78)149 Cardona Exodus

“Cuentos para dormir bien” favorece desde el humor, la ironía, el trastoque de las historias ficcionales y reales, la posibilidad de que las mujeres se desmarquen de la vida colonizada. Dice Ochy Curiel: “Descolonización como concepto amplio se refiere a procesos de independencia de pueblos y territorios que habían sido sometidos a la dominación colonial en lo político, económico, social y cultural”. Así sucede con el pueblo de las mujeres; se independizan de los sometimientos de todo tipo: “Odio las caperuzas y los sacrificios inútiles. Si me toca ser abuela en el cuento, quiero vestirme de rojo y salir a bailar a la luna” (86). Jesusa Rodríguez alude a lo mismo en su canción, cuando cumpla los ochenta. “Caramelo” nos acerca al periplo de las simulaciones, de la luna de miel, de las relaciones ni siquiera co-dependientes, sino de sumisión de la otredad. La celotipia se enmascara, se diluye, para irse a la yugular de cualquier relación: “Los celos alimentan muchísimo cualquier relación… de odio”. La sentencia feminicida emerge en estos contra cuentos: “Todas las negaciones de aquella tarde fueron inútiles. Afirmo la traición con el último actor: Al salir, azotó la puerta del hotel con una violencia” feminicida.

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Cierra el volumen con la sección: “Piñata”. Si bien tiene su origen en el deseo de acabar con el MAL, encarnado éste en la mujer, constituye la norma social para el golpe directo o indirecto al más de 50% de la población. Incluso los varones progres se abrogan el derecho al maltrato de las mujeres, y no se diga aquellos que se mueven en el ámbito de las artes. Baste correlacionar estos contra cuentos finales con el #Metoo americano: “así tejen sus redes: con sutileza sus telarañas, sus pantallas de nuevos seres, sus trajes de carnaval con los que se visten de sororarios mientras dan la espalda”. Animala ofrece una serie de destellos diminutos que atraviesan el aquí y ahora de quien transita por sus habitaciones; la oscuridad aprisiona al ser en ellos, pero en ese mundo soterrado, abyecto, la palabra empodera a las mujeres, siendo ellas quienes encuentran el fuego que las salva, no como un favorecimiento divino, sino como un acto de concienciación colectivo. Enhorabuena a la literatura de la frontera por estos destellos desde la animalia que nos habita hacia la libertad.

Susana Báez Ayala