El Ulises de la Chaveña

Ulises Irigoyen nació en Satevó el 2 de enero de 1894. Salió de la sierra chihuahuense para iniciar sus estudios en el Colegio Palmore de la ciudad capital del mismo estado, luego completó su educación como contador en Estados Unidos. Sus padres fueron juaristas y lerdistas. Ulises heredó la ideología anti porfirista y fue simpatizante de Venustiano Carranza, por lo cual tomó parte activa en el constitucionalismo. Entre los cargos públicos que ocupó están el de jefe de aduana, secretario de la Cámara de Comercio (estos dos en Ciudad Juárez), oficial mayor de Hacienda y director de Ferrocarriles, Tránsito y Tarifas. En el libro Origen de Mexicali (Universidad Autónoma de Baja California, 1991), Adalberto Walther Meade afirma que Irigoyen era “de clara inteligencia y dotado de un entusiasmo poco común”, y que su personalidad “pertenece a la de ese tipo de hombres que […] logran hacer prevalecer sus ideas a pesar de los prejuicios y en contra de los intereses creados”. Una prueba de ello es su insistencia en el perímetro libre, acuerdo comercial que rindió frutos en Tijuana, Ensenada, Mexicali, Tecate y San Luis Río Colorado. Irigoyen también impulsó de manera importante la obra ferrocarrilera, con beneficios para Sonora y Baja California e incursiones notables en la sierra Tarahumara.

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Además de los textos que atañen a las funciones que desempeñó, Ulises Irigoyen se dio tiempo para dejar registro escrito de aspectos cotidianos, episodios biográficos y anécdotas de lo que vio y vivió en México, Estados Unidos y Europa. Su estilo no era de lo más limpio, pues luego de escribir nunca volvía a las hojas para pulir sus palabras. No obstante, se le considera un precursor de la literatura en la frontera. Su obra se compone de Caminos (1934), Anécdotas biográficas del educador chihuahuense Mariano Irigoyen (1941) y El coronel Ahumada: gobernante educador (1942). El Gobierno Municipal de Ciudad Juárez, en la administración 2004-2007 junto con la Dirección General de Educación y Cultura, publicó en 2005 La obra literaria de Ulises Irigoyen y José López Bermúdez, cuya compilación fue realizada por José Manuel García-García. Dicha publicación es el tomo V de la Colección Precursores. Bajo el título Nostalgias (1924-1943) García-García retoma algunos textos de Irigoyen y, rebautizándolos, los reúne en 135 páginas. En ellas, el lector podrá enterarse de episodios de vida infantil, de sus experiencias de viaje, así como de ideas en el terreno de lo filosófico, del tiempo, de la vida y de la muerte entre otros temas. Ejemplo de lo anterior es cuando en “Historias de la abuela” afirma que nuestros años y centurias, con lo que medimos las obras, no son sino “migajas de la eternidad”. En “La visita” se refiere a la muerte y la vida cuando escribe: “llegar al segundo infierno, más benigno que este, al que llegamos sin nuestro consentimiento y del cual después da miedo salir”.

La calle Ulises Irigoyen recorre la popular colonia Chaveña a lo largo de dieciséis cuadras. En sentido sur a norte, inicia en el cruce con bulevar Municipio Libre, cruza “los Herrajeros” y, luego de ocho cuadras, se ve interrumpida en el espacio ocupado por el IMSS; después continúa para terminar en el parque igualmente llamado Chaveña. El grueso de la gente que la transita se concentra en el mercado también llamado de los Cerrajeros, donde compradores y vendedores atienden a una distinta modalidad de lo que Irigoyen entendía por libre comercio. Derechohabientes y trabajadores del IMSS caminan por los cortes, las esquinas donde la vía fue segmentada sin poner mayor interés en las placas. El parque incluso en fin de semana tiene pocos visitantes.

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Ya se ha hablado en este mismo blog de la indiferencia que muchos habitantes tienen respecto a por qué una calle lleva determinado nombre o quién fue tal personaje, pero no siempre se da el caso. Valga como ejemplo el siguiente testimonio: El edificio cuya fachada da a la calle Libertad, y que ahora es la preparatoria “Hermanos Escobar”, sirvió hace décadas como escuela primaria; se llamaba “21 de agosto”. La parte posterior de la construcción tiene un portón cuya salida conduce a la U. Irigoyen, según muestra la placa. En la esquina, un vendedor de raspas se gana el sustento. Los niños salen, compran una de fresa, una de uva… un estudiante de primer grado voltea y lee: “U. Irigoyen”; ¿de qué será la U? Pide su raspa de coco y regresa al patio escolar. Ya en el aula, pregunta a su maestro: “¿Qué es la U?, Pues una letra, Pero la U de afuera que va antes de Irigoyen, Esa U significa Ulises”. El asunto no va más allá, probablemente maestro y niño morirán sin conocer la biografía del de Satevó; a menos que, como en la segunda ley de Newton, exista una fuerza que los haga variar su rumbo. Para algunos mortales, esa fuerza es Juaritos Literario.

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Joel Abraham Amparán Acosta

La ciudad como una rosa

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No tiene página legal, editorial, o cualquiera de esos datos que quienes consultamos una obra y con la finalidad de hacer la ficha, buscamos de inmediato. Por lo impreso en la última hoja sabemos que se produjo en la imprenta Lux (en la Hermanos Escobar), en 1989. La portada contiene una composición geométrica en amarillo, azul y rojo con algunos claros; muestra en tinta negra el título de la obra, el autor y una imagen del mismo. La contraportada está vacía. Así es Cd. Juárez: la rosa de los vientos de Armando Borjón Parga. Luego de pasar el primer folio en blanco, otra imagen, ahora una fotografía de Borjón Parga, serio, de frente y en escala de grises nos da la bienvenida a interiores. Tampoco hay índice. De la página cinco a la siete leemos dos textos introductorios: “Epígrafe” firmado por Ignacio Esparza Marín y “A mis lectores…”. Las diez siguientes páginas en prosa brincan sin previo aviso de un tema a otro: datos biográficos y descriptivos del autor, historia de Ciudad Juárez, disertaciones sobre el hombre, la mujer, la poesía. Avanzados pocos renglones del folio 44, vemos el primero de los poemas líricos seleccionados: “Salutación”. A partir de este punto encontramos casi sin interrupción los versos al estilo tradicional con que el también llamado poeta chaveñero ejercitó la rima, el ritmo y diversas medidas. De vuelta a la prosa, un agradecimiento de Borjón y el “Colofón…” de Jorge Patlán Ruiz finalizan el recorrido, el cual queda impreso sobre hojas de notable calidad.

La ciudad, cual protagonista, llena una gran cantidad de espacio. La narración autobiográfica de Borjón Parga se desarrolla principalmente en esta urbe. Los episodios históricos, también. Los poemas confirman la tendencia, con encabezados como “Mural de Ciudad Juárez”, “Contrastes de mi ciudad”, “Como las lomas de mi ciudad”, “Canto a mi ciudad”, “Trazo de mi ciudad”, “Aleluya de ser juarense”, “El Valle de Juárez”, “Soneto a Ciudad Juárez”, “La cárcel de mi ciudad” o “La Rosa de los Vientos”, que era como el autor llamaba a su tierra natal. La lente por momentos se aleja o se acerca. Hace lo primero al hablar del estado o del país (“Primero soy mexicano” y “Mi suelo chihuahuense”). En cambio, la perspectiva se interioriza cuando sus versos inflamados de orgullo ―mas no por ello exentos de un sentido crítico― hablan de su barrio, de la colonia más popular en este territorio fronterizo. “El Parque de la Chaveña”, “La Chaveña y sus puñales”, “Soy de la Chaveña”, “Así es mi barrio” y “La Pila de la Chaveña” dejan ver el amor, el orgullo y la nostalgia de Armando Borjón Parga. Poemas que fueron inspirados por la figura de Morelos, Villa, Agustín Lara y el lanzador José “Peluche” Peña.

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A diferencia de otros autores que han escrito sobre Ciudad Juárez, Armando Borjón Parga nació y vivió en esta mismísima frontera. Por ello, conocía avenidas, calles y callejones, el devenir cotidiano, la gente con sus usos y costumbres. Vio la luz en 1927 y creció junto con la mancha urbana que se extendía. Observó los cambios y dejó constancia de ello, a través de sus versos, desde los nueve años. No hay duda de que escribió de primera mano y reflejó fielmente lo que vio, con pinceladas de subjetividad identificables con facilidad. Falleció en 2010 y su obra quedó solo en el recuerdo de unos cuantos, pues el número de poetas o reporteros juarenses que lo rememoran es reducido. Incluso los habitantes de la Chaveña, quienes habitan sus domicilios y transitan a diario las vías del barrio bravo, ignoran la existencia del hombre que tanto cariño sintió por su terruño.

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Joel Abraham Amparán Acosta

Rarámuris en la ciudad

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 ¿Qué tanto conocemos y respetamos la cultura de nuestras hermanas tarahumaras? Forman parte de nuestra cotidianidad citadina –caminando despacio entre cientos de carros, esperando la luz roja de los semáforos – y, sin embargo, desconocemos sus tradiciones, sus ideas, creencias, lenguaje y, sobre todo, los problemas que enfrentan. Para solventar esta situación, en el 2012 Lorena Parra Parra (ralámuri) y Luz Belém Martínez Aguilera (chabochi) comenzaron un proyecto que inculca la protección, el rescate y la difusión de sus valores y tradiciones, y que busca minimizar esa mirada estigmatizada para lograr una inclusión y solidaridad a partir del contacto humano. ¿Cómo lograrlo? A través de la memoria y la escritura, pues “hay que recordar lo que platicaban los antepasados, así es como seremos más tarahumaras” (“El consejo de los nietos”, Batista). El resultado fue Cuentos del Álamo, una serie de 13 relatos que abordan la relación de los indígenas con lo urbano y los efectos que produce la modernidad. Por ello, no extraña que el título remita al origen y centro de su etnia, la naturaleza: “El árbol, en el resguardo de su sombra, se da como el punto de encuentro de vida, de la alegría, del compartir, del sufrir y del vivir del ralámuri.”

El proyecto, apoyado por el Programa para el Desarrollo Integral de las Culturas de los Pueblos y las Comunidades Indígenas, se concentra en la comunidad rarámuri de la capital del estado, donde Parra Parra funge como gobernadora. No obstante, el cuento “Mujer de pantalones” –que aborda, precisamente, la vida de esta mujer– se extiende hasta la frontera y, además, la situación de los indígenas en ambas metrópolis resulta bastante similar. La colonia tarahumara en Juárez se localiza, desde hace 20 años, al poniente. La habitan alrededor de 80 familias procedentes de la sierra de Chihuahua, quienes luchan por conservar sus propias formas de participación comunitaria y política, en las cuales sobresale la intervención femenina. Por otro lado, es necesario resaltar que esta comunidad pervive y se desarrolla en medio de la discriminación, la violencia, la pobreza y, de un tiempo para acá, la drogadicción, tal como se narra en “Ramón”: “Nuestra siriame nos dijo que eso de drogarse era una mala costumbre que por desgracia nuestra gente había adoptado de las costumbres del chabochi cuando llegamos a sus ciudades.”

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Estos problemas y particularidades resaltan en “Mujer de pantalones”, relato que visibiliza una serie de discriminaciones en cuanto a género, raza y posición económica. Cuando María –o Lorena–  llegó a la ciudad, con menos de 6 años, su madre se dedicaba a lavar y planchar ropa ajena. En cierta ocasión, la acompañó a entregar un lote bastante grande a una casa de la calle Ponce de León en La Chaveña; como pago, la señora le dio solo un plato de papas. Fue la primera vez que la niña tuvo conciencia de las injusticias que sufriría por ser mujer e indígena. Reclamó, pero solo consiguió que la tacharan de malcriada. Más adelante, la protagonista menciona que el primer asentamiento tarahumara se estableció cerca de la calle Urquidi; sin embargo, un día, al volver de un viaje, ya no encontró a su familia porque el gobierno los movió al lugar que ahora ocupan, donde continúan padeciendo pobreza y hacinamiento. Ahora bien, al hablar de distintos tipos de discriminación hacia una persona entra en juego el concepto de interseccionalidad, el cual se entiende como una herramienta o una perspectiva teórica que nos ayuda a entender la manera en que diferentes conjuntos de identidades influyen sobre el acceso que se pueda tener o no a derechos y oportunidades. En el caso de María entre esas identidades que le posibilitan o le limitan ciertos derechos resaltan la raza, el género y su posición intelectual, social y económica. En la ciudad se le discrimina por ser indígena, en su familia sufrió violencia de género, su misma gente la rechazó por no hablar su lengua materna, y el gobierno la excluyó, junto con todo su grupo, de la participación social. No obstante, a pesar de todo esto, ella alcanzó una posición superior al convertirse en representante de su comunidad y romper paradigmas. Es decir, como consecuencia de sus múltiples identidades, algunas mujeres se ven empujadas a los márgenes, mientras que otras se benefician de posiciones más privilegiadas. La interseccionalidad, más allá de identificar cada forma de opresión, pretende que cada persona sea respetada. Cuentos del Álamo es un paso para lograrlo.

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A manera de posdata, pero en estrecha relación con lo anterior, me detendré en lo que sucedió hace varios meses, cuando el gerente del Kentucky Club le prohibió la entrada a la gobernadora tarahumara Rosalinda Guadalajara, quien había sido invitada a comer por personal del Sedesol. Las críticas resonaron, sobre todo, en las redes sociales; Profeco puso bajo investigación al famoso bar; algunos lo defendieron (el dueño del Asenzo) y otros decidieron no volver a entrar. La discriminación fue clara; las protestas y y la reprimenda completamente justificadas. Sin embargo, como la misma Rosalinda señaló en una entrevista posterior, hay que tener claro que el revuelo creado se debió a que ella es la gobernadora y que iba acompañada por funcionarios del municipio, pues situaciones como esta le suceden a diario a decenas de sus compañeras y ahí nadie dice algo: “Imagínese si le hubiera pasado a un miembro de la comunidad. No creo que ahorita estaría la gente interesada de lo que fuera a pasar.” Es decir, la representante rarámuri evidenció, gracias a su posición, una realidad que viven cientos de mujeres en la ciudad, quienes pocas veces tienen la posibilidad de reclamar o de que alguien interceda a su favor.

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En Juaritos Literario evidentemente estamos en contra de todo sesgo discriminatorio. El caso de Rosalinda Guadalajara ocurrió justo dos semanas antes de nuestra primera ruta literaria en torno a la Mariscal y la Juárez. La decisión de ingresar al Kentucky, tal como se tenía planeado desde antes, fue bastante criticada. No obstante, como proyecto creemos que más allá de entrar o no a un lugar que se reserva el derecho de admisión, nuestra forma de inclusión parte de nuestro propio quehacer profesional, y se dirige hacia el rescate, la difusión y el análisis de los textos que recuperan la memoria, las tradiciones, la identidad, el lenguaje y las disyuntivas de los pueblos indígenas, con quienes compartimos a diario nuestra ciudad.

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Amalia Rodríguez

La Chaveña: una vía pendiente

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Tan lejos del centro, Juárez se ha caracterizado por su multifuncionalidad: misión, villa, presidio, paso del norte, refugio, capital del país, plaza en disputa (y por tanto heroica), sitio idóneo para iniciar campañas. Esta historia de fortaleza que por siglos ha guardado sueños, exilios y esperanzas no puede desprenderse del proceso de reparto y concentración de heredades. La división –y venta– territorial en partidos, luego en ejidos, barrios y colonias, origen de la actual configuración urbana, deviene de elementos estructurales, económicos, políticos y sociales que responden a las particularidades de la región. La distancia respecto a la capital, el carácter fronterizo, la llegada del tren (hacia finales de 1882), la apertura y cierre de la zona libre, la proliferación de cantinas y restaurantes, los movimientos armados, la maquiladora y la expansión de la mancha urbana son las pulsaciones que participaron en la formación de ciudad. Sin duda, la memoria de la propiedad de la tierra y sus vaivenes debe ser contada. Las investigaciones de Guadalupe Santiago Quijada, profesora de la UACJ, esclarecen la evolución, en términos de particiones y posesión, de estos lares. Ella confirma que “El establecimiento de ferrocarril contribuyó, aunque de manera selectiva, por su diseño centralista, a la integración de la economía nacional con la ampliación de los mercados y la rearticulación de los espacios territoriales” (Propiedad de la tierra en Ciudad Juárez, 1888 a 1935).

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¿Qué ofrece la literatura frente al acontecer y ajetreo citadinos? La crónica urbana. Definida como una narración lineal de sucesos, pretende convencer a través de una escritura sencilla y de una experiencia verificable. Recién Antonio nos contaba algo respecto, y agrego que la “literatura ciudadana” cuenta noticias y traza escenarios que se confunden con el espacio, de tal suerte que su lectura nos invita a recorrer la metrópoli real y participar dentro de ella. La pluma del cronista retrata a cada paso costumbres, figuras y anécdotas perceptibles en las mismas arterias y vías. No obstante, fijar por escrito el vértigo de las calles siempre será subjetivo. Juárez cuenta con dignos representantes de este género mutable y movedizo: Ricardo Aguilar Melantzón, Adriana Candia, Emilio Gutiérrez de Alba, Raúl Flores Simental, entre otros. Mención aparte merece la antología Road to Ciudad Juárez: crónicas y relatos de la frontera, de la que hemos tratado en abundancia. En esta ocasión me quiero centrar en la escritura de David Pérez López, periodista zacatecano radicado en la frontera desde 1980, en donde se desempeñó como columnista y caricaturista (bajo el seudónimo de Sax) en El diario. El libro en cuestión se titula Ciudad Juárez: crónicas pendientes, y es toda una joya. Así debe leerse: con cuidado y cierta fascinación ante el destello de lo cotidiano. Fue publicado por el Municipio en el otoño de 2005, pocos meses antes de su muerte.

Los doce capítulos que componen estas crónicas se dedican en exclusivo a la ciudad (calles, puentes, edificios, diversiones, etc.) y funcionan como una segunda parte de un libro anterior: Historias cercanas (relatos ignorados de la frontera). La Chaveña aparece varias veces mencionada, ya sea por las viejas glorias de sus gimnasios de barriada o por alguna que otra rebelión frustrada; sin embargo, en el capítulo sobre “Barrios” tiene un apartado para ella sola. Como ya se mencionó, la llegada del ferrocarril –a finales del XIX– implementó los primeros sesgos urbanos, pues con él arribaron cientos de trabajadores que se instalaron en las nacientes colonias. Así surgió La Chaveña, asentada alrededor de la Casa Redonda (taller ferroviario) y cuyo nombre proviene, según el cronista (65), de la importancia de un par de Chávez durante aquella época. Yo prefiero la versión de la propietaria del rancho, Blasa Almeida de Chávez. Atravesada por las calles Libertad, 5 de febrero y la Velarde (“el mall del pueblo”), con su legendaria Pila (erigida entre 1895 y 1908 por el escultor Julio Corredor de la Torre), la Escuela Revolución (1939, desde entonces en remodelación), el panteón municipal y los famosos Cerrajeros (1950), esta zona guarda memoria del viejo Juárez. Pese a la mala fama adquirida después del fallido traslado de la zona roja, en la década de los 40, sus vecinos se caracterizan por su apego al barrio, hospitalidad y productividad económica.

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David Pérez López también recoge testimonios de viva voz, como el de Carmen Flores de Galaviz (véase la firma del mural del arriba), quien a sus 72 años de residir en la colonia frente a la emblemática fuente recuerda que: “Ya no son las cosas tan bonitas como antes, pero yo de aquí no salgo; es mi barrio, mi colonia. Mis hijos viven en otro lado y me quieren llevar. Pero yo aquí me quiero quedar; todo era más bonito, más tranquilo. Cuando estaba la antigua Pila, mucha gente venía y se sentaba en unas bancas que había; incluso algunos vecinos sacaban sus sillas para descansar y tomar el fresco. Arriba estaban unos leones de cantera que echaban agua. Mi papá llegaba de su trabajo y ponía unos aparatos para que las personas escucharan música de 5 de la tarde a 10 de la noche. Eso ya no se estila”. Si bien es cierto que el Municipio debe reactivar los espacios públicos y solventar pleitos sobre propiedades privadas en ruinas, también queda pendiente la organización vecinal para mantener la armonía y limpieza de sus calles. Cuando pasaba el camión de la basura en el barrio de donde vengo, Valle de Aragón (en Nezahualcóyotl, Estado de México), no había escusa suficiente ni tamaña apatía para que después de bajar las bolsas de mi departamento, no cargara con todas las que me encontrara a mi paso. ¿De qué sirve limpiar de puertas para adentro?

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Urani Montiel

Del latín re-cordis

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Empiezo esta entrada hablando de palabras para definir la nostalgia. Para los griegos, nostos significa regreso. Algos es dolor, sufrimiento. La nostalgia: el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar. En su novela La ignorancia, Kundera explora este concepto para describir esa sensación de estar lejos de casa debido al exilio. Pero se puede sentir homesick aun aquí, porque los espacios, los lugares y las ciudades cambian como nosotros. Y otros, como yo, nos sentimos incapaces de regresar debido a que nacimos en el “tiempo equivocado”. A los de mi generación (y a los foráneos) nos atacan de forma recurrente con ese monstruo de la nostalgia: textos, reflexiones, estados en Facebook, fotografías. Siempre igual y llegando a la misma conclusión: en otros tiempos, Ciudad Juárez fue mejor. Cuáles tiempos, nunca lo sabré con precisión, pero todos parecen almacenar un tesoro sobre el pasado de esta ciudad, como si guardaran piedras valiosas solo para ellos y unos cuantos curiosos. Antes de la violencia y las desapariciones. Antes de este Juárez convaleciente, deprimido, superviviente, heroico. Así, no hay lectura local en la que no me invadan unas ganas por construir, con mis impresionantes dotes de Licenciado en literatura, una máquina del tiempo para conocer ese Juaritos pasado y hermoso. Lo haría con cierta desconfianza. Quizá ocurra lo mismo que en aquella película de Woody Allen donde en ese trayecto hacia el pasado, los mismos habitantes de aquella ciudad idealizada añoraban tiempos anteriores. Así es esto, un viaje interminable. Menos mal que, sin afanes cientificistas, tenemos la imaginación para recorrer, desde esa suerte de “memoria” que es la literatura, aquella no-ciudad.

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Quizá el género literario que se vincula directamente con el pasado real, tal vez debido a su impacto en el presente, sea la crónica urbana. No busca, entonces, la veracidad de los sucesos descritos, sino su impacto en el lector. Hay algo verosímil y convincente. También reproduce una tendencia por andar, explorar una espacialidad real, la ciudad, en este caso. El cronista urbano desea representar en su escritura la geografía y arquitectura de la urbe, así como sus historias particulares y generales: sus personajes y lugares insignia, sus leyendas y anécdotas curiosas. Pero ante todo el compromiso del cronista está con el pasado. Su propósito es fijar un testimonio, finalmente, aunque sea inmediato y, por lo tanto, efímero. Tal sería el caso de las columnas que se publican en los periódicos que, si se cuenta con algo de suerte y talento para narrar, luego se reunirán en libros. Esto último ocurre con Crónicas del siglo pasado. Ciudad Juárez, su vida y su gente (2013), de Raúl Flores Simental, una colección bastante amplia de textos (y años) cuyo hilo temático esencialmente es Ciudad Juárez.

Desde el subtítulo, se demuestra a Juaritos como una presencia viva y cambiante, contenedora de historias, espacios y personajes dignos de mención. El libro golpea con la nostalgia. Muchas crónicas inician con un “Hace años”, “Muchos años atrás” o “Los días anteriores”. El cronista escribe y recuerda. El pasado impregna cada uno de los textos, en un afán del autor por regresar a aquellos tiempos, aunque sea desde la imaginación. Otra técnica visible en las crónicas reunidas es la forma de destacar, entre un paisaje general, algo particular, literario incluso, que remite al poema en prosa de Baudelaire, propiamente urbano y moderno. El cronista observa un escenario donde los elementos conviven en una paz general hasta que uno de ellos realiza algo maravilloso o es en sí mismo extraordinario.

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Por ejemplo, en la crónica “Sin corazón” se describe primero un panorama donde destacan las “viejas escuelas” de Ciudad Juárez, construidas de adobe y con altos muros. Sabemos que ya no se hacen así. Desde el inicio, Flores Simental nos introduce en un ambiente de antaño, de escenarios irrepetibles. Una vez inmersos, se destaca algo particular de aquellos edificios: un lugar amplio donde se reunían los maestros y alumnos para eventos especiales. No tenían un nombre general. Según el cronista, la sabiduría popular los denominó “salones de actos” y en ellos se realizaban también eventos públicos. Llegaron incluso a fungir como teatros, cines y sitio para graduaciones, entre otros sucesos espectaculares. Estaban situados en el centro de las escuelas, como corazón de piedra. El más espectacular de todos era el de la escuela Revolución Mexicana, ubicada en la legendaria colonia Chaveña. Fundada por Gustavo Talamantes e inaugurada el 17 de mayo de 1939 por Lázaro Cárdenas, cuyo busto destaca en el centro del lugar, de dicha primaria se cuenta que en su inauguración estuvieron grandes figuras chihuahuenses que participaron en el movimiento armado (y de ahí el nombre). También la gente rumora que por sus pasillos se escuchan los rechinidos de zapatos que corren y las risas de los niños de un Juárez espectral que ya no existe. Hoy los patios de las escuelas han prescindido y eliminado de los salones de actos. Se han quedado, afirma el escritor, sin corazón. En el caso de la escuela Revolución, su corazón se llenó de fantasmas.

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Antonio Rubio

Del tránsito el ruido

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La década de 1880 fue por demás convulsa para nuestros suelos, tanto así que la villa se convirtió en ciudad. El elemento detonante, que en estos tiempos también funciona como un símbolo, pesaba toneladas y reducía jornadas. Un enorme armatoste hizo su entrada al Paso del Norte con algarabía y estruendo sobre el crujir de las vías. La antigua aduana, establecida en 1835 a un costado de la catedral y en donde ahora solo se conserva un busto de Benito Juárez, vio superada su capacidad administrativa con la llegada del ferrocarril. En septiembre de 1882 un convoy partió de aquí a la Ciudad de México, al tiempo que la compañía Santa Fe Railroad anunciaba su nueva ruta: de Chicago a Río Grande. Juaritos en medio y don Porfirio con tantas ansias. Bajo el mandato de Díaz se mandó construir un edificio que materializara la posición nuclear de la frontera y ejerciera la labor de registro y cómputo fiscal de mercancías y materia prima. De nuevo en septiembre (mes propicio para encomiar instituciones), pero de 1889, el coronel Miguel Ahumada, alter ego de don Porfirio, inauguró la nueva Aduana. Hubo planes para conectar los poblados fronterizas del lado mexicano, emulando la ruta de la Southern Pacific que corría de las costas de California a El Paso; sin embargo, Ciudad Juárez conservó su cualidad de mero puerto, mientras veía enriquecerse a sus primos paseños. La zona libre fue la reacción para que los capitales se invirtieran en el antiguo Paso del Norte.

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En un panorama de prosperidad y competencia, la entrevista entre Porfirio Díaz y su homólogo gabacho, William Taft, en octubre de 1909, resultaba trascendente. El asunto no podía tener mejor escenario que la aduana, que fue remodelada muy al gusto afrancesado del oaxaqueño. El banquete se celebró con éxito, aunque los acuerdos lucen  inciertos. Dos años después, en la banqueta del mismo inmueble (que serviría como presidencia provisional y luego como cuartel), Francisco I. Madero firmó los Tratados de Paz que cesaba la dictadura porfirista y hacía extensiva la lucha a lo largo del país. ¡Vaya paradoja arquitectónica! A la Ex Aduana le llamamos así porque dejó de operar en 1965. Como todo ladrillo encimado sobre otro en esta urbe, la construcción fue abandonada hasta que en 1983 se firmó un convenio para restaurarla y convertirla en centro cultural. Solo siete años pasaron para que el Museo Histórico de Ciudad Juárez abriera sus puertas. El actual MUREF fue reinaugurado en noviembre del 2010, con motivo del centenario de la Revolución. Hoy en día, la Ex Aduana es emblema del movimiento armado que vio caer a quien la mando construir.140 Chaveñera parada1

Frente a los días festivos, los aniversarios y los prohombres de estampa y monografía, hay quien rescata la experiencia de la calle en torno a esos mismos monumentos que sirven de fondo al acontecer urbano. Tal es el caso del poema, de mediados del siglo pasado, que presento a continuación: “Bondad infinita”, de Lupercio Garza Ramos. El rescate de estos textos juarenses de inicios de la modernidad se lo debemos a la labor filológica del mejor crítico de la literatura local, José Manuel García García, quien apenas hace unos meses presentó una antología de la “primera época de producción literaria que abarca de finales del siglo XIX a principios del siglo XX”. Bajo una línea cronológica, el libro reúne a 18 escritores con obra publicada, distribuidos en dos grupos: oriundos y residentes (los que hicieron de Juárez su hogar), y visitantes de la frontera junto con los avencindados en El Paso. Lupercio Garza Ramos (1897-19??) pertenece al primer conjunto y, al igual que los literatos de aquella época, ejercía otra profesión distinta a la de las letras; “fue abogado y dio su tiempo libre a la creación de prosa y de poesía donde se exalta lo juarense”.

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Dentro de los versos ocurre una alteración en el aparato perceptivo que vive todo transeúnte (en este caso la anciana) en el tráfico de la metrópoli. Ante el estremecimiento, la voz poética otorga una repercusión manifiesta: si el cruce concreto en una esquina aprisiona, entonces un primer plano, en el centro de Juárez, ensancha el espacio y retarda el movimiento al incluir a otra presencia, no solo la del invidente que auxilia sino la de cualquier lector o caminante que, en batalla y lid, haya sufrido para atravesar una avenida. El diseño urbano, al condenar a sus habitantes a la prisa, al anonimato y aislamiento, no deja otra salida que la imaginación poética. De ahí que no pueda entenderse a Juárez sin sus historias, como si esta ciudad fuera más palabra y símbolo que edificios, bares, semáforos y maquilas. Ante el gris visual y anímico con que se identifica a la urbe fronteriza, sus escritores responden con una fascinación que paradójicamente se traduce en amargura y fuga hacia tiempos mejores, siempre los de antaño. Sin embargo, el Juárez que retrata Garza Ramos no es un afuera, repleto de ruido y muchedumbre, sino el adentro que regula el tránsito vehicular con los latidos del peatón y una rima consonante. La reinvención de la ciudad en la escritura permite que la última estrofa ensaye un ejercicio de ciudadanía y convivencia, que bien valdría poner en práctica.140 16 sept muref

Carlos Urani Montiel

Ciudad Juárez: personaje de Revueltas en Los días terrenales

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“Este debía ser el distrito comercial de Tijuana, se dijo Jack. Una ciudad desconocida del todo para él. Tiendas, farmacias, cantinas, al estilo Far West, que daban la impresión de no tener nada por atrás, en efecto como los escenarios de una película del Oeste”.

José Revueltas, Los motivos de Caín.

A partir de un documental llamado “Evocación de José Revueltas”, sabemos que durante sus viajes como militante, el escritor nacido en Santiago Papasquiaro, Durango, conoció casi todo el país, con algunas excepciones como el estado de Chiapas. En sus biografías tampoco hay registros de estancias en Ciudad Juárez; sin embargo, para el autor de El Apando, la frontera tuvo un lugar muy especial en su novela más polémica: Los días terrenales. Veamos el retrato del hombre fronterizo que idealizó Revueltas en esta novela publicada en 1949: “—Era un antiguo obrero metalúrgico de la Fundición de Peñoles, en Chihuahua, nacido en Ciudad Juárez —de ahí su sobrenombre—, cuyo aspecto enfermizo y débil complexión parecían acentuarse con la elevada estatura. Había venido a la capital como delegado a un congreso, pero después, por un cúmulo de circunstancias, ya no le fue posible regresar a su punto de origen y desde entonces vivía con Julia y Fidel en aquella casa”.

Resulta bastante acertado que para Revueltas el personaje haya sido el delegado de un Congreso, ya que por aquellos años, en Ciudad Juárez se organizaba el Partido Comunista Mexicano. Es muy probable que el autor visitara la ciudad por ese motivo, tal como se sugiere en declaraciones citadas anteriormente. En la siguiente descripción se evidencia el conocimiento que este escritor tenía de la ciudad respecto a los valores morales con los que construye al personaje, pues en ese momento, la ciudad ya era dueña de una fama de cantinas y burdeles. Leamos los trazos con los que Revueltas muestra al personaje que habita la novela comentada:

Después de haber entrado, Ciudad Juárez permaneció en la mitad del cuarto, de pie, balanceándose a un lado y otro, mientras sonreía con vergüenza y humildad y mostraba, a guisa de disculpa y argumento de absolución, en la mano derecha, una botella de tequila a medio consumir y en la izquierda un marchito ramo de zempaxúchitl , flor mexicana de los muertos. 

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Los días terrenales causó gran impacto en el público pues se editó en una fecha decisiva para nuestra nación que pasa por el recuento de los daños con posterioridad a la Revolución Mexicana. La novela fue criticada arteramente por Pablo Neruda, a tal punto que por decisión del autor se sacó de circulación. Esta obra ha dejado una huella indeleble en la historia de México y a Ciudad Juárez le pertenece un pedazo de la memoria recreada en este breve espacio por nuestro querido Revueltas. El siguiente fragmento es una bellísima estampa llena de poesía y nostalgia donde abriga el amor a la vida con que Revueltas retrató la figura fronteriza:

Lo miró a los ojos con un impulso elocuente y significativo. Aquello era cierto, y comprendiéndolo así, Julia prorrumpió en llanto por primera vez desde la muerte de Bandera, sin poderse contener. Ciudad Juárez tomó una mano de Julia y le hizo empuñar el ramo del amarillo cempaxúchitl. Miró luego hacia donde estaba el cuerpo de Bandera. —¡Pónselos junto! —dijo con suavidad—. Los traje para la pobrecita. ¿Si no para quién? 

Así termina el segundo capítulo de esta maravillosa novela de José Revueltas, para quien la frontera ocupaba un espacio importante, pues en este personaje se muestra, desde un aspecto sociológico, ese lugar del mundo real llamado Ciudad Juárez.

139 Revueltas - PCM

Carlos Macías Esparza

 

Núñez in love

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Historias de bares, ¿quién no tiene una que contar? Sea o no suya, pero, más importante, ¿a quién no le gustan? Entretienen y sabemos que en algún momento vamos a reírnos de esas tonterías de borrachos tan acordes con estos lugares. Sin embargo, no todas las historias son cómicas, como en el caso del cuento de Rubén Moreno Valenzuela titulado “Ciertas luces”, el cual se incluye en Rio Bravo Blues (2003). El relato, en un ambiente serio, nos muestra a un agente Núñez, enamorado de una jovencita bailarina del bar que frecuentaba. El suceso lo cuenta un tercero en algún bar de Ciudad Juárez. Nos advierte, o a aquel a quien le cuenta la historia, que no es el mismo Núñez sino uno anterior (de 1973): “Un Núñez sagaz, intuitivo, astuto, que exhibe sin prepotencia su autoridad”, uno más joven. Qué maravilla, un relato de cantina que incluye a un periodista y a un policía judicial del estado “adscrito a la Comandancia de Juárez. Homicidios y Lesiones”. ¿Qué pasa con esta “chavalita media loca que era bailarina del Lux”? ¿Por qué trabaja en ese bar? ¿Por qué está con Núñez? Y más importante aún, ¿por qué vale la pena oír Núñez in love, llamada así la anécdota por quien la cuenta? ¿Y por qué lo investigan?

La historia del cuento descubre, poco a poco, una ciudad donde la “leyenda negra” aún se dejaba ver, allá por 1973. El bar Lux aparece, según las palabras del narrador Figuerola, como un lugar de esplendor y siempre atiborrado de clientes. Popularidad que puede explicarse gracias a su ubicación: justo en la esquina que forman la Avenida Juárez y la calle Tlaxcala, a unos pasos del puente internacional, lugar donde hoy se encuentra el Mariachi Bar Restaurant, a un lado del famoso Open Bar. Luzina, la joven bailarina, entrevé, casi a tropiezos y bajo la lluvia, un gran tramo del centro de antaño, pues corre desde la antigua cárcel municipal en la calle Libertad hasta una vecindad de la colonia Bellavista. El relato de Rubén Moreno, siendo el tramado urbano su inspiración, transporta a sus lectores –transeúntes o conductores–  a un espacio que ya solo existe en la memoria de los más viejos, como el mismo Figuerola lo nota; donde el blues acompañaba historias de amor entre bailarinas y agentes de la policía.

138 Bar Lux

Al recorrer a través de la lectura las calles y avenidas de aquel Juárez de antaño, la ciudad que nunca duerme, desearía que no se hubiera terminado su esplendor. Un deseo avivado por los múltiples comentarios de personas conocidas que aún recuerdan con alegría aquellos bares, antros, cabarets, casinos, restaurantes, salones de baile y hoteles donde la noche cobraba vida (¿”Vampiros todos que veneran a su Madre La Noche”?). No obstante, para mí esta sigue siendo una localidad llena de sitios por conocer, los cuales muestran su gran riqueza cultural. Por lo pronto, cuentos como este en los que la memoria apremia, sirven para situarme, siguiendo las palabras del mismo autor, “en la mitad del puente entre la realidad y la irrealidad. Una zona que permite a los textos múltiples lecturas. Un ámbito que comparten el Sueño y la Historia, el Mito y el Hombre.”

138 agente

Crédito de fotografía: José Luis González Palacios

Luis Alonso Gómez García

El corazón de los árboles

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Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Konstantinos Kavafis, “Ítaca”.

I. Eve Gil cuenta en su blog que, según cierto amigo, hay gente que viaja a Ciudad Juárez para preguntar si Rosario Sanmiguel existe. Algunas veces me he planteado la misma cuestión, a pesar de vivir en la misma ciudad y con la misma gente. Quizá habría que imaginar a dos Rosarios: la escritora y el personaje mítico, de ficción. La verdad, una vez escarbada, descubre a una mujer importante, aunque discreta, en el ambiente cultural juarense: direcciones editoriales, revistas literarias (Levrel), talleres (“Rosario Castellanos”, una respuesta al machismo imperante en la escena literaria local de principios de los noventa) y crítica literaria (La representación histórica en Noticias del imperio de Fernando del Paso). Aunque su existencia queda confirmada con este inventario, aún siento que escribo de alguien a quien nunca he visto, a quien imagino como a uno de sus personajes: Andrea, de su impresionante novela Árboles o Apuntes de viaje (2007).

137 Revista Levrel

Rosario Sanmiguel es la protagonista de Juaritos literario. Esta entrada será otra más en la colección de reflexiones en torno a su obra, aunque la primera sobre su novela. Lo anterior debido a una tramposa premisa: Juárez no aparece en ella. Si en Callejón Sucre y otros relatos nuestra ciudad era el escenario protagónico e hilo estructural del cuentario, en Árboles el retrato de la urbe me resulta inquietante debido a su ausencia. Sin embargo, la idea misma del viaje contornea una geografía (imaginaria y real) que vale la pena explorar: del Big Bend, Texas, hasta el pueblo desolado de Malavid (que remite a Manuel Benavides, Chihuahua, de donde es oriunda Sanmiguel) y, finalmente, El Paso-Ciudad Juárez. Asimismo, existe otro viaje de carácter intertextual: la construcción ficcional de Malavid y la dialéctica que ejerce con el emblemático Comala de Juan Rulfo.

II. El viaje desemboca en apropiación del espacio y también de memoria. Como en el poema de Kavafis, Ítaca fue solo el destino, el punto de llegada, el hogar. Todo lo demás, lo que en verdad importa, son las situaciones y peripecias para realizar ese viaje: las experiencias y los conflictos, la memoria y el olvido que se desprenden de la vivencia. En el caso de Árboles, Andrea, por medio de la realización del trayecto y el acto de nombrar (y no hacerlo, como ocurre con Juárez) los lugares visitados, busca apropiarse no solo de los espacios sino de su identidad. Al final de la novela esto concluye en escritura, apuntes de viaje, “retazos de una historia a la que trataba de dar sentido a fuerza de memoria e imaginación”.

137 Chirico Retorno Ulises

Página aparte, pero con relación a la escritura, Gérard Genette en Palimpsestos señala los niveles representativos del intertexto. Uno de ellos, el paratexto, entendido como lo que está fuera del texto (como epígrafes o la fecha y lugar de composición) cumple una función tanto estructural como simbólica. “Alpine – Ciudad Juárez, 2001”, por ejemplo, es la fecha de composición de Árboles. El epígrafe de Gastón Bachelard en la novela, perteneciente a La tierra y los ensueños de la voluntad, resulta significativo porque se une a las palabras finales de Amanda, la madre de Andrea, y que asimismo desarrollan el inicio del viaje intertextual (en dos sentidos, Bachelard y Rulfo). Amanda se dirige así a su hija: “Tú también recuerda esto. Que una tarde de San Juan, o una tarde de viento, o una tarde cualquiera amarré el corazón al corazón de un árbol”. En efecto, la alusión a Bachelard y Rulfo comprenden un nivel interpretativo complejo donde puedo indicar semas que conectan tanto al intertexto como al carácter simbólico de la obra, ya que las palabras finales de Amanda desembocan en el final de la novela y, por lo tanto, del viaje de la lectura.

137 Bachelard poetica

La cita remite de cierta forma a Pedro Páramo a través de dos líneas interpretativas: 1) La referencia a San Juan alude, además de la evidente lectura religiosa, al amor de Pedro Páramo por Susana San Juan, quien, como Amanda, representa la memoria de Comala (y por lo tanto su olvido), así como su concluyente desaparición; 2) La primera indicación de Dolores Preciado a su hijo que desencadena el viaje y su perdición en el trayecto de la vida a la muerte. La última referencia aparece más clara cuando, antes de morir, la madre de Preciado le dice: “El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro”. Ambos personajes (Amanda y Juan) viajan para reclamar justicia a sus recuerdos.

137 Rulfo Arbol

Otro intertexto aludido se refiere a la composición del destino, es decir, los espacios imaginarios: Malavid y Comala. La atmósfera de desolación se contrasta, en ambas espacialidades, con la presencia del árbol que, si bien remite a los mismos personajes en Sanmiguel, también representa la idealización de la memoria: el pasado como asentamiento de una identidad por recuperarse. En Pedro Páramo Dolores Preciado compara a los árboles de Comala con la disposición de sus recuerdos: “Mi pueblo, levantado sobre la llanura. Lleno de árboles y de hojas como una alcancía donde hemos guardado nuestros recuerdos”. De una forma similar, en la novela de Sanmiguel, cuando Galindo muere, Andrea piensa en los árboles de Malavid: “Recordé la arboleda perdida en la memoria de Amanda, que yo guardaba en mi memoria”. La idea del árbol atañe tanto a la espacialidad como a la memoria. A fin de cuentas, el texto literario recibe este nombre.

137 Sanmiguel Arboles07

Quizá por ello, y a manera de contraste, la única mención a la geografía juarense atañe al agua y al cruce fronterizo. Al inicio de Árboles leo: “Del Big Bend a tierras ejidales, en una barca agujereada al mando de un niño, por un cuarto de dólar crucé el río Bravo”. A través de esta primera referencia espacial, se puede trazar imaginariamente el viaje de Andrea:  Inicia desde el parque nacional Big Bend, en Texas; después viaja a través del río Bravo hasta llegar a Lajitas; emprende luego el camino en dirección al sur y llega a Malavid (Manuel Benavides). El regreso a casa lo realiza en camión con Galindo y Jacinta. Arriban a Ojinaga, donde Galindo fallece. Quedan solas Andrea y Jacinta. En este momento, Andrea revela que lo mejor hubiese sido jamás emprender el viaje: haber dejado las cosas como estaba, “ustedes en Malavid y yo en El Paso”. Aquí concluye, en el texto, su viaje. Sin embargo, a través de un proceso de imaginación, quiero reconstruir el trayecto de Andrea hasta El Paso. Aquí no solo se reencontrará con la soledad de su árbol genealógico, sino también con la frontera que divide, gracias a las aguas ausentes del río Bravo, a Estados Unidos de México. Tendrá que cruzar por Ciudad Juárez si quiere entrar a El Paso. Regresar, al fin, a su casa y enterrarle un cuchillo en el corazón al árbol.

137 Lancha Juarez

Antonio Rubio

El lugar de los muertos

La zona arqueológica de Mitla se localiza en el estado de Oaxaca, en el valle de Tlacolula; forma parte del Patrimonio cultural de la humanidad y es uno de los puntos turísticos más importantes de México. El lugar nos remite a nuestro pasado histórico, ya que funcionaba como centro político y religioso de los zapotecas después de la caída de Monte Albán y antes de la llegada de los españoles. La palabra de origen náhuatl proviene de Mictlán, “lugar de los muertos”, y tiene un importante significado dentro de la mitología mexica pues, como su nombre lo indica, era el lugar al que iban a parar los mortales cuando les llegaba su hora, una especie de inframundo compuesto por nueve regiones que eran atravesadas por los difuntos antes de llegar a su destino final. Por otro lado, Mitla es conocida por sus impresionantes construcciones, templos y palacios, las cuales llaman la atención de los viajeros e investigadores principalmente por su arquitectura y decoración basada en greca escalonada. En 1881 comenzaron las primeras tareas de excavación, consolidación y conservación, a partir de las exploraciones de Bandelier. Los edificios se dividen en cinco grupos: el de la Iglesia, el de las Columnas, el del Calvario, el del Arroyo y el del Sur. Cada uno de ellos consta de tres patios rodeados por habitaciones, los cuales se comunican a través de pasajes ubicados en alguna esquina de las habitaciones.

10 Mitla Palacio rojo

Désiré Charnay es considerado un pionero de la fotografía arqueológica. Tenía muy claro su objetivo: quería documentar a través de la fotografía las ruinas y los monumentos de los diferentes sitios arqueológicos mexicanos que recorrió durante el siglo XIX, los cuales eran su objeto de estudio. Ciudades y ruinas americanas. México, 1858-1861. Recuerdo e impresiones de viaje es un libro bastante relevante en el terreno de la fotografía arqueológica, siendo de los primeros en hacer este tipo de recopilaciones, ya que antes los registros arqueológicos se realizaban a través del dibujo. Existe otra edición (que es la que ofrecemos) que solo recoge las crónicas, pero aquí se pueden ver algunas fotos. Charnay relata anecdóticamente sus experiencias en diferentes puntos de México y le dedica un capítulo a Mitla.

En este apartado se describe una geografía agreste e ingrata, con vientos que secan todo y una vegetación casi inexistente, salvo por algunos pitayales, plantas espinosas que apiñan la aridez del lugar. El arqueólogo menciona que, a pesar de que durante los tiempos de conquista Mitla ocupaba un enorme espacio, al momento de su llegada solo encontró un conjunto de tres pirámides y seis palacios en ruinas, los cuales estaban dedicados a la sepultura de personajes importantes. Por su parte, quienes ocupaban un rango menor eran enterrados en unas construcciones rectangulares con recubrimientos de piedra simple. Charnay propone la posible ocupación, tiempo después, de aquellos grandes edificios por una raza menos avanzada que los primeros fundadores, ya que esto explicaría ciertas pinturas imperfectas que contrastan en medio de unos palacios cuya arquitectura –en forma de tau– rondaba en lo asombroso. Sobre los materiales utilizados en su cimentación resalta la tierra aglomerada, revuelta con grandes cantos de piedra.

10 Mitla - Tikal

La calle Palacio de Mitla atraviesa un área extensa de Ciudad Juárez, abarca varias colonias y cruza una de las avenidas más importantes, las Torres; se conoce principalmente por su plaza, la cual, cada fin de semana se convierte en unas segundas donde cientos de familias se reúnen para hacer compras o pasear. Este centro comercial y el de la arteria Palacio de Tikal, a unos cuantos metros de distancia, representan bien el nombre del lugar en el que se ubican, pues la estructura arquitectónica de sus locales simula las ruinas de las dos ciudades referidas, imitando su forma y color. Además, algunos letreros muestran dibujos de pirámides. Las calles contiguas también ostentan rótulos de ruinas arqueológicas: Paquimé, Monte Albán, Uxmal, Bonampak, Tulúm, entre otras. Sin embargo, no existe alguna relación notable entre el espacio citadino con los títulos que lo nombran; salvo dejar clara la intención de preservar la memoria de aquellos lugares que tuvieron gran relevancia en el desarrollo histórico y cultural de nuestro país.

10 Mitla plaza

Daniel Alberto Malaquías Gutiérrez