De cierta expedición…

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Tras la muerte de don Pedro Moya de Contreras, antiguo arzobispo de México, Juan de Aranda encuentra, en un libro que queda en su poder, la relación de Hernán Gallegos que trata sobre la expedición realizada a inicios de la década de 1580, dirigida por el padre fray Agustín Rodríguez y el capitán Francisco Sánchez Chamuscado, hacia Nuevo México. El propósito principal de la empresa era llevar el evangelio a aquellas tierras no exploradas anteriormente y expandir los dominios de la corona de Castilla. Para ello, solicitaron un permiso al virrey Marqués de la Coruña, ya que se habían prohibido las irrupciones violentas, auspiciadas bajo un halo evangélico, por lo que se tenía especial cuidado con las entradas que se autorizaban. Partieron de Santa Bárbara tres religiosos y nueve soldados el 6 de junio de 1581, llevando a Hernán Gallegos como secretario y escribano, encargado de documentar el viaje a través de una crónica.

Anduvieron varias leguas sobre el Río Conchos, encontrando varios pueblos indígenas, quienes los recibían de buena gana ofreciendo regalos, pues querían evitar la guerra. Gallegos se dedica a describir las características de los naturales de cada pueblo y la disposición en que los encuentran, así como los acontecimientos importantes del viaje… un derrotero por llanuras a las que van nombrando, con poca modestia y mucha esperanza, como el “Valle de los Valientes”. Después de seguir el Conchos durante algunas leguas de viaje, hallaron su desembocadura en el Río del Norte. Al encontrar indios desnudos, quienes les informaron que había otros pueblos más adelante, siguieron el cauce del río, hasta llegar al lugar en el que tomarían posesión del territorio, el 21 de agosto de 1581, nombrándolo San Felipe del Nuevo México, y a la afluente que provenía del norte lo llamaron Guadalquivir –en memoria o nostalgia de su península– “por ser tan grande y caudaloso y muy ancho y con mucha furia”.

125 Anaya expedicion

Y aunque el objetivo era llevar la palabra “adonde dios nuestro señor se fue servido de encaminarles para que su santa fe sea predicada y su evangelio sea sembrado por toda la tierra” el convivio con los pobladores originales es más bien tenso. De repente, Chamuscado enfermó y murió durante el viaje de regreso al punto de partida, al cual se dirigían para informar de todo lo visto. Comenzó a haber una preocupación por parte de los franciscanos hacia sus compañeros que habían partido al Nuevo México, ya que fray Juan de Santa María había sido muerto por los nativos en aquella tierra. Fue enviada una nueva expedición, dirigida ahora por Antonio de Espejo, con el propósito de hallar a la primera (o a sus sobrevivientes). Durante esta travesía, el capitán Espejo pudo notar la riqueza mineral del territorio, y al dar cuenta de ello a la capital novohispana, se dio la orden de colonizar aquellas tierras. A pesar de que hubo quienes comenzaron a incursionar ilegalmente por aquella ruta (en la que El Paso le hacía honor a su actual nombre), la toma y ocupación formal de estas tierras quedó reservada a Juan de Oñate, pero esa es otra historia de otro siglo.

125 Mapa Chamuscado

Daniel Malaquías

La frontera, un viaje sin regreso

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Nadia Villafuerte nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 18 de agosto de 1978. Con estudios en periodismo y música, obtuvo la beca del FONCA en el programa Jóvenes Creadores 2003 y tres años después la de la Fundación para las Letras Mexicanas. Dentro de su producción literaria podemos encontrar títulos como Preludio (2002), Barcos en Houston (2005), ¿Te gusta el látex, cielo? (2008), Palabras mayores. Nuevas Narrativas Mexicana (2015), Presidente, por favor (2005) y la novela Por el lado salvaje. Uno de sus intereses temáticos recae en la cuestión del género, perspectiva que se refleja enBotas Texanas”, relato compilado por Antonio Moreno en Road to Ciudad Juárez (2014). Aquí la autora habla sobre la naturaleza de una ciudad fronteriza que funciona como el escenario perfecto para que una mujer triste, pesimista y melancólica encuentre, aparte de sus botas texanas, un montón de cosas más: un uniforme de mesera, una peluca azul, un libro y un viaje que lo cambiará todo.

Villafuerte muestra una urbe “capaz de recibirte amorosamente y clavarte un cuchillo al dar la espalda”; es decir, el espacio que reconstruye se visualiza bajo una naturaleza dinámica, siempre en movimiento, pero con un aliento trágico insoslayable: “y de hecho, toda Juárez se me había revelado como una barranca en cuyos bordes florecían los buitres de carroña”. La protagonista se traslada por la zona céntrica, pasando por mercados, plazas y tiendas de segunda mano para comprar algunos artículos de interés a precios de oportunidad, entre ellos, el libro Cómo viajar sin mucha plata. Por la mañana, con sus olores, la ciudad se atesta de vida; sin embargo, con el comienzo de la obscuridad llegan sombras palpables de inseguridad, depravación y muerte. Todo esto propicia el escenario para que la protagonista, envuelta en sentimientos de soledad, aburrimiento y monotonía, encuentre el detonante perfecto para tropezar ¿accidentalmente? con su deceso. Irónicamente, la ciudad le ofrece un boleto para viajar de una forma en la que no necesitará plata ni equipaje.

124 Centro día

El escenario del texto se desenvuelve en la zona céntrica. No obstante, considero que la visión de este lugar va acorde con la depresión del personaje, es decir, solo se muestra lo peor de la ciudad. La autora resalta la imagen negativa de Ciudad Juárez (pero se queda un tanto corta con el ambiente real del centro, por ejemplo, no es cosa fácil encontrar pasteles de crema en la vía pública como sí lo sería la rebanada de flan con su fresa y adorno de crema batida enfrente de Catedral) y la complementa con el imaginario social que se ha creado en torno a ella para crear el escenario perfecto en el cual se desarrollará esta fatídica historia. La frontera se convierte, una vez más, en un espacio lleno de muerte y pesadillas, en donde el día de una chica que solo quiere pasar el tiempo y comprarse unas botas vaqueras puede terminar, de un momento a otro, en tragedia; o más bien, convertirse en un viaje sin regreso, como el de cientos de mujeres asesinadas en el desierto, hacia ese lugar en donde “cientos de fantasmas serpenteaban el Río Grande o el llano de Leteo o como se llamase”.

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José Ricardo Medina

Detrás de la cortina

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Sergio González Rodríguez nació en la Ciudad de México en el año de 1950 y tiene apenas unos meses que falleció. El autor es reconocido por sus escritos acerca de los feminicidios en tierra juarense en la década de los 90. Al respecto, su obra principal es Huesos en el desierto, construida a partir de publicaciones en el periódico Reforma. Del libro, una crónica periodística con secuencias narrativas que van develando el proceso de una indagación, me llama la atención el segundo capítulo: “El mapa difícil”. Se dice que la figura patriarcal era la dominante en aquellos años por lo que a la mujer se le tomaba como una criatura dependiente a la cual proteger. Cuando la industria maquiladora comenzó su apogeo en la ciudad y las mujeres eran remuneradas por su trabajo, un rencor masculino surgió dando origen a la antítesis femenina. Ya no eran concebidas como las progenitoras, ni se percibía su estereotipo de pureza, lo que inició su identificación como un objeto que gusta del sexo, así como el desencadenamiento de la violencia en su contra. La imagen de Ciudad Juárez se presentaba en marquesina como la oferta de una vida mejor, pero detrás de esa cortina se desataba el contrabando, la violencia de género y la inmigración. Esta estampa fue pronto internacionalizada.

Ciudad Juárez, para los mismos ciudadanos, es una urbe con calles llenas de baches, terrenos baldíos, con zonas urbanas polarizadas: unas muy pobres y otras opulentas. Por otro lado, la gente que se encuentra fuera de la ciudad la ve como un enlace, un puente hacia el país. En el texto se habla acerca de los soldados de Fort Bliss, cuando cruzaban la frontera con destino a una zona de descanso y distracción del deber durante la Segunda Guerra Mundial. Más tarde se transformó esta zona en el espacio propicio para el intercambio de armas y venta de drogas, sostenido debido a la falta de empleo para la población joven quien buscaba su propio sustento económico. Esta gran frontera fue inspiración para González Rodríguez por todo lo ocurrido en estas tierras; la localidad se divide en distintas zonas que, a su vez, son controladas por diversas figuras dueñas de grandes extensiones y propiedades. A finales del siglo XX la violencia femenina constituía parte de la sociedad juarense, aunque también llegó a afectar a los hombres, sobre todo a la población infantil. La crueldad de estas acciones ha quedado impune, ya que, afirma el autor, las mismas autoridades se vieron envueltas con los criminales y cubrieron los delitos.

123 Virgen monu

Lo que se narra en este capítulo de Huesos en el desierto marca el comienzo de la época en la que aflora el crimen organizado en la ciudad. Vivir en el entrecruce de siglos implicó una preocupación siempre constante debido a la incertidumbre de amanecer al siguiente día. Ser mujer y formar parte de esta sociedad significa desconfiar de todos a tu alrededor pues no adviertes totalmente quién es una amenaza y quién no, una desventaja de género aún vigente en esta franja fronteriza. La existencia de personas provenientes de otras zonas del país, especialmente del sur, fue asociada a estos procesos ilegales. Francisco Javier Llera Pacheco fue citado en el texto como argumento que sustenta el punto anterior: “los problemas de aquella frontera no venían de procesos locales, «sino de fuerzas externas»”. Para poder coincidir plenamente con lo que Sergio González describe, hay que, por una parte, haber experimentado en carne propia el ambiente que retrata y, por otra, desconfiar de los medios de comunicación pues no son objetivos completamente, lo que afecta a los habitantes por la sensación de ser engañados y reprimidos por un temor que ojalá fuera pasajero.

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Lilian Idaly Vigil

El delgado cristal que divide la frontera norte

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Una de las características de la vida de los fronterizos, además de su abundancia cultural, consiste en la ambivalencia de vivir entre el lado nacional y el norteamericano. No es motivo de sorpresa encontrar a mexicanos viviendo en Estados Unidos, en un lugar tan cercano como El Paso, Texas, que han adoptado costumbres ajenas y dicen haber perdido su identidad, negando sus raíces. Este es precisamente uno de los temas que Carlos Fuentes aborda en La frontera de cristal (1995), novela compuesta por nueve cuentos. Aquí abordaré “La capitalina” y “La raya del olvido”, dos textos que, aunque independientes, se encuentran unidos por sus personajes y lugar de desarrollo. Ambas historias giran alrededor de la familia Barroso, perteneciente a la aristocracia de la ciudad de Campazas (representación literaria de Ciudad Juárez) y cuyos integrantes viven atrapados entre las costumbres de los dos países, los cuales, a pesar de su cercanía, están separados por un abismo consolidado, según Fuentes, a lo largo de 200 años.

13 Fuentes frontera

Lee aquí la obra

 

En “La capitalina”, Michelina Laborde, recién llegada a Campazas, describe la ciudad como humilde y austera; sin embargo, le sorprenden los mercados y la gran variedad de artículos que en ellos se oferta, pues no esperaba encontrar tanta abundancia en el desierto. La protagonista del cuento, perteneciente a una familia de linaje venida a menos, visita a su padrino, Leonardo Barroso, y al entrar a su casa se asombra por las enormes rejas que se necesitan para proteger a la familia de la delincuencia. Observa con incredulidad la pérdida de libertad de los fronterizos, los ve como prisioneros dentro de sus propias casas y se cuestiona si ser rico significa condenarse a vivir así, encerrado en enormes residencias con barrotes en las ventanas y con lujosos carros que no se pueden lucir en las calles debido al temor. No obstante, esta forma de vida se compensa con lo monetario. La capitalina conoce a las mujeres adineradas de Campazas, señoras que pretenden parecer “gringas” tiñéndose el cabello rubio y utilizando pupilentes azules y que representan a esa clase social que utiliza la abundancia económica (accediendo a artículos “de marca” y mayor sofisticación) para confundirse con lo que no es.

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Por su parte, en “La raya del olvido” se habla de las carencias de identidad y de igualdad que pueden experimentarse en la frontera. A manera de monólogo, Emiliano Barroso adquiere poco a poco conciencia del porqué se encuentra ahí, varado justo en la línea que divide a los dos países. Después de quedar impedido de sus habilidades físicas y motrices, dependió de los cuidados de sus hijos, lo cuales renegaban constantemente de su padre y de sus raíces. Residentes en Estados Unidos y al igual que muchos otros mexicanos en condiciones similares, los descendientes de Emiliano habían perdido su identidad y menospreciaban a sus paisanos. Además, presumían de sus trabajos mediocres, a pesar de que no les eran suficientes para ayudar a su padre moribundo y continuar con sus vidas sumidas en el consumismo. Por ello, se ven obligados a pedir ayuda a su tío Leonardo, quien les niega el apoyo alegando que su hermano no es su responsabilidad. Finalmente, más preocupados por mantener su “estilo de vida fronterizo”, abandonan a Emiliano Barroso a su suerte en las calles de Campazas.

122 puente internacinal

A través de los cuentos de Carlos Fuentes es posible analizar diferentes perspectivas de Ciudad Juárez: la de unos cuantos juarenses para quienes la frontera significa mayores oportunidades de educación, trabajo y calidad de vida en comparación con otros lugares del país; la de los foráneos sorprendidos ante la abundancia en el desierto; y la de los “mexicanos-americanos”, aquellos que han atravesado el delgado cristal de la frontera. Una parte de los mexicanos que residen en Estados Unidos se sienten enamorados de la cultura americana y buscan ser parte de ella, imitando sus costumbres consumistas y adoptando un amor excesivo por los bienes materiales. Algunos fronterizos huyen de la delincuencia y se refugian en el país del norte, pero en el transcurso dejan sus costumbres, raíces y tradiciones, olvidan su verdadera identidad y piensan que si imitan a los norteamericanos y niegan a los suyos alcanzarán la “falsa libertad” que tanto buscan.

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Diana Ivethe Silva Castro

 

Cuentos únicos y secundarios: nota primera

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Al igual que ciertos autores, hay lectores que piensan sobre el proceso de interpretación y apropiación de lo escrito. Cuando leo por gusto, como ahora, soy esa clase de lector. En mi imaginario, lectura y viaje son sinónimos, de ahí que, como los que viajan e insisten en visitar lugares que podrían conocer a través de las referencias al alcance (mapas, libros, estadísticas fotografías y documentales) yo me aferré a la experiencia de lectura. La relación subjetiva entre el texto y el lector, más allá de la descripción o la crítica, da como resultado lo que una visita en persona, una colección de impresiones particulares, que, aunque intransferibles, son dignas de ser comentadas, porque solo a través de ellas puede expresarse efectivamente lo que ha dejado la lectura: la vivencia de lo escrito en una primera persona que no es la del autor o la de la voz poética. Esta es la relación que he querido mantener con los textos y en este sentido, mi comentario sobre Cuentos únicos y secundarios (2017) no aspira a la reseña, sino a la narración de una experiencia lectora, una crónica de viaje.

El cuentario, editado por la UACJ tras haber merecido el premio Voces al sol, propone una colección de historias que reflexionan sobre los motivos y el proceso de la escritura a través de un ejercicio metatextual donde, de manera más evidente que en otras obras, el lector, que analiza las relaciones presentes en cada historia, las interpreta y ajusta a su contexto; es también creador y, por lo tanto, documentará en su lectura una ruta distinta. En las primeras páginas, Graciano escribe una nota con tres advertencias:

  1. El libro es una antología de cuentos. La primera parte, como el subtítulo adelanta, está compuesta por textos únicos de autores fallecidos antes de poder escribir otra cosa. La segunda la conforman textos de autores vivos que, por alguna razón, no volverán a escribir. En este apartado se incluye un texto de César Graciano.
  2. Todos los autores son ficticios. Las correspondencias con la realidad, si las hubiera, están al servicio de la ficción.
  3. La selección de cuentos no pretende reflejar la realidad de su tiempo, sino únicamente hacer disfrutar, en la medida de lo posible.

Hechas estas previsiones, el lector encuentra al inicio de cada relato una ficha biográfica de quien lo escribió. El origen de los autores-personajes es diverso; hay entre ellos una estudiante extranjera (Mónica Jáuregui), un indocumentado mexicano (Braudel Castro) y un poeta judío estadounidense (Ezra Eldar), todos asesinados en Ciudad Juárez. De igual manera se dibujan distintos perfiles profesionales: un periodista (Ilán Ruvalcaba), quien es, posiblemente, el alter ego de César Graciano en el cuentario; un bolero que antes fue maquinista de trenes (Camilo Eusebio Carranza) y un actor de cine Hollywoodense (Michel Cera), entre otros.

121 César Graciano

César Graciano nació en noviembre de 1994. Su texto asume, de manera natural (aunque no intencional, como él mismo aclara) las características de su tiempo, hecho que lo convierte en una de las primeras representaciones literarias del Juárez posterior a la guerra contra el narcotráfico (2006-2011) desde la perspectiva de un autor cuya infancia transcurrió en los años del conflicto. La visión del momento es interesante porque determina una percepción cinematográfica, estetizada de la violencia y un imaginario donde son frecuentes las sensaciones de confinamiento, espera, desolación e indiferencia. El viaje que emprende el lector a través de la lectura de estas páginas es hacia una ciudad globalizada con ánimo de posguerra. Así en el cuento “Humo”, un personaje de nombre Jack, con ascendencia norteamericana y asentado en Juárez por mal azar del destino, descubre la ciudad como: “la parte más agotadora del camino, un monstruo dentro del que se vive”. Porque según sabemos a través del narrador: “El desierto le ha comido las esperanzas y le ha quemado la piel. Eso nos ha pasado a todos pero estamos acostumbrados al pasar del tiempo lento y terroso, con tolvaneras que se llevan las ganas de estar aquí y se llevan las ganas de no estar aquí, dejándonos indiferentes”.

121 Briseno - Despues tormenta

Crédito fotográfico: Alex Briseño

Sintomática de la aldea global es también la intención de diversidad sobre la que se articula el conjunto y que se deja advertir en las preferencias y la forma de experimentar la sexualidad. En “Algo parecido al amor”, por citar un ejemplo, aparece un personaje bisexual que intenta llenar a través de las relaciones físicas y sentimentales un viejo vacío emotivo. También hay una pareja heterosexual conformada por dos dramaturgos: Carola Lavín y Luis Carlos Mendoza, quienes sostienen una relación tóxica que desencadena en la muerte de él y en el internamiento de ella en un centro psiquiátrico. Otro de los cuentos narra la historia de un joven homosexual de 17 años que, tras ser echado de su casa, se dedica a la prostitución y a la pornografía. Las edades y experiencias de los personajes, sus preocupaciones e intereses varían drásticamente, pero lo que es un hecho, es que cada uno resulta de una detallada construcción psicológica. En un principio me costó imaginar cómo logró descripciones verosímiles de personajes tan distintos. La respuesta, pienso, estuvo en la decisión de entablar un diálogo entre la biografía de los autores ficticios y sus respectivos cuentos. De esta manera, la variedad de voces que resuena en el libro es posible gracias a esa estructura que echa mano, por momentos, del registro lingüístico del periodismo. Así, el cuentario alberga una doble investigación: la del reportero en busca de historias que contar y la del escritor que intenta tender puentes entre las experiencias emotivas de sus personajes y la propia vivencia.

121 Pepe - Christian Torres

Crédito fotográfico: José Luis González 

Entre los temas que se abordan figuran algunos cercanos a la realidad de Ciudad Juárez, urbe a la que, de una u otra manera se vinculan todos los cuentos. Se habla por ejemplo de la migración, el narcotráfico y el feminicidio. Y en cuanto a lo universal, se tocan de manera breve aunque efectiva el miedo de morir y el tedio de estar vivo, el reconocimiento del fracaso y la sensación de vértigo ante la plenitud, la empatía y el perdón, los celos hacia el amigo, el amor que muta en odio y locura. Temas tratados a veces con limpieza impecable, como en “Humo” o desde la convergencia entre una estética cercana al gore y una belleza pictórica, en “Ver nevar”, pero nunca con superficialidad. El cautiverio, la ansiedad y la violencia que resulta de ellos son descritos por Graciano en medio de paisaje blanco, cubierto por la nieve, que en el imaginario convencional remitirían a sensaciones distintas: “En aquel tiempo, así como hoy, todo era blanco. Se veía caer la nieve por días. Llegaba un momento en el cual el encierro ofuscaba las mentes. Fue en una de esas nevadas que se conoció el caso de la mujer que mató a su esposo y descuartizó el cuerpo, miembro a miembro, hasta hacerlo entrar en una bolsa negra de plástico. Cuando le preguntaron por qué lo hizo sólo contestó: «Estaba harta de estar encerrada»”.

121 Nieve capilla

Alguna vez, durante un debate sobre el proceso creativo escuché a César Graciano defender la opinión de que para escribir es necesaria, en primera instancia, una decisión formal, esto es, saber cómo ha de expresarse una idea, incluso antes de su nacimiento, a través de la escritura. También había quienes pensaban lo opuesto: que para escribir era necesario, primero, algo por decir. Yo estuve de acuerdo con esta segunda opinión, sin que dejara de parecerme interesante el comentario de Graciano y, sobre todo, la seguridad con la que sostenía su argumento. Me pregunté, sin embargo, cómo sería posible más allá del discurso. Cómo, en términos concretos, se podría determinar una forma para una materia poética inexistente. Los días pasaron y seguí dudando. Lo único que estaba claro es que existían dos tipos de procesos creativos: los que se gestaban a partir de un cómo, y los que se avenían a un qué. Ahora que he leído su primer libro, creo entender su intención. En este sentido, Cuentos únicos y secundarios puede leerse como un manifiesto en que la estructura es una previsión, una forma de disponer el espacio para una experiencia todavía incomunicada, antes que esta trastoque, por fuerza de su irrupción, el orden. Por eso creo que Graciano, o al menos el autor ficcional, nos ha mentido en su introducción, que el suyo no será un libro de cuentos secundario, ni esta su única nota.

Nabil Valles Dena

 

Presión de la Post Guerra

Es de saberse que un veterano de guerra, es decir, aquella persona que fue partícipe de un ejército armado y que combatió en el campo de batalla, tendrá cierto tipo de traumas, delirios o un comportamiento propio de alguien que asesinó personas a nombre ajeno o que cometió actos éticamente erróneos. Este es el caso mostrado en “Benito”, relato escrito por el juarense Rubén Moreno Valenzuela (1956), quien lanzó esta obra en el 2003 en Rio Bravo Blues junto con dos relatos más, bajo el sello editorial de Rancho las voces, de la cual él mismo es fundador. En el cuento, de corte policial, dos compañeros de combate atraviesan por una cruda etapa en la que el suicidio se perfila como una opción, camino que uno de ellos, el cabo Benito de la guarnición de la plaza, sí decide tomar, y, aunque Germán iba por el mismo sendero, por cuestiones de suerte finalmente no se inmola. Supongo que para quitarse la vida se debe estar pasando por una crisis severa, una gran depresión o experimentando un pesado remordimiento.

Esta narración sucede a mediados de los 70’s en un departamento de una vecindad, donde habitan además otras personas con deberes u ocupaciones muy familiares al entorno de la colonia Bellavista, ubicada en la zona el centro de nuestro Juárez. En lo personal me lleva a pensar en que dentro de cada habitación o departamento existe un mundo o una historia totalmente distinta. En esos espacios tan íntimos se pueden incluso llevar a cabo diversos crímenes o atrocidades, torturas o violaciones, sin que el mundo que está fuera de esas paredes pueda darse cuenta y que, sin duda, son casos que se trascienden las ficciones. Así fue la gran sorpresa que se llevó el soldado Germán, al ver a su compañero Benito, colgado muerto de la regadera, sin que nadie de la vecindad se hubiese enterado. Ahora bien, se sabe que la literatura puede surgir de cualquier lugar, o más bien, ser inspirada por casi cualquier cosa, y este relato no es la excepción, pues se basa en la conversación que tiene un hombre con su compañero ya sin vida.

120 Bellavista - Segura Saavedra

La forma de vivir en una vecindad es la de un pequeño mundo donde todos los residentes de ese lugar conocen la vida o lo que ocurre en la habitación contigua, como suele ocurrir entre las comadres y los imprescindibles chismes, y que bien se demuestra en “Benito”: “El primer cuarto es el de doña Panchita, luego sigue el mío… El tercero corresponde a Mague, la amasia de Benito, enseguida está el del viejo que todas las noches sale a la Avenida Juárez vestido con un traje de pachuco… El otro cuarto es de Yola, la maquiladora, y del huevón que mantiene; y el último pertenece a la maestra jubilada”. La disposición del inmueble muestra que en una vecindad todo es del dominio público. Personalmente, cuando transito las calles del centro y observo los edificios viejos y abandonados, que por cierto abundan en esa zona, me es inevitable pensar que dentro de esas instalaciones ocurre algo que el mundo exterior ignora por completo; quizá esté ahí uno o varios cuerpos que en vida tuvieron malas decisiones y pagaron por esos actos, justamente como el Cabo Benito, quien además de formar parte de masacres en el ejército, tenía en su corazón una vecindad en la que cabía más de una persona.

120 Noche triste 70s

Tomás Saucedo

La luna entre el nuberío

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En junio de 1994, Rosario Sanmiguel, doctora y especialista en novela histórica del siglo XX, publicó una recopilación de cuentos donde plantea la noción del sueño americano de una manera realista y completamente cercana a las vivencias de los inmigrantes dentro de Estados Unidos. En este cuentario se encuentra la obra de la que quiero hablar. “El reflejo de la luna” nos relata la historia de Nicole Campillo, una abogada con firmes principios que vive con su esposo Arturo, un hombre de carácter pasivo y cuya historia familiar se entrelaza con el trabajo de su cónyuge en un caso de intento de abuso hacia una indígena mexicana que buscaba el “sueño americano”, y quien, como muchos inmigrantes, lo que encuentra es el abuso y un terror constante por parte de sus patrones. Sin embargo, Nicole no solo tendrá que enfrentarse a lo antes dicho, sino también a una de las facetas femeninas más importantes, el embarazo. Rosario Sanmiguel nos regala la experiencia que conlleva ser mujer, profesionista e inmigrante dentro de un país que podría resultar amenazador.

“El reflejo de la luna” se ubica en un espacio urbano de diversidad cultural y socioeconómica. Rosario Sanmiguel nos sitúa en el espacio narrativo de El Paso y la frontera con Juárez, especificando algunos lugares como la calle Cooper, donde comienza la historia, la Mesa, el puente que hermana a las dos ciudades, varios puntos memorables del Segundo Barrio como la iglesia del Sacred Heart, donde la protagonista llevará a cabo su trabajo con la inmigrante mexicana a quien busca defender, y, sobre todo, el Memorial Park, que se menciona al inicio y en el desenlace del cuento; de hecho, este parque funciona como el eje de la historia. Estas calles nos traen a la memoria la clase media–baja y trabajadora que vive del otro lado. La iglesia del Sagrado Corazón, donde los inmigrantes encuentran refugio, se ubica en el centro de El Paso, y aun hoy, continúa en funciones. Juárez, dentro del cuento, opera como un mero puente hacia el país del norte, a donde se busca un mejor porvenir, tal como la madre de Nicole lo utilizó, aunque su futuro no coincide siempre con el añorado.

118 Chamizal Memorial

La imagen citadina con la que la autora maneja su texto, refleja un espacio de El Paso, Texas muy acertadamente, desde sus fachadas y las personas que lo habitan hasta la dinámica de la ciudad en su día a día. También queda retratado el papel de las iglesias y su apoyo a inmigrantes en busca de ayuda, además del desconocimiento e ignorancia de ellos mismos. Al caminar por las calles de la cuidad diariamente los transeúntes ven desde fuera los edificios ocupados por sus habitantes, con la diferencia de que dentro de su cotidianidad los más afortunados y mejor asentados dentro del norteño país no ven las situaciones y problemas ajenos. Sin duda, al pararse en la calle Cooper o en Memorial Park luego de leer este texto, no veremos solo calles, semáforos y autos; nos vendrá a la mente la imagen de Nicole caminando por esas zonas. De la misma forma, al pararse en la entrada del Sagrado Corazón veremos a Guadalupe sintiéndose aliviada porque regresará pronto a su tierra. Sin duda, el cuento de Rosario Sanmiguel rebasó mis expectativas como lectora y como juarense.

Sacred Heart Church seen from Fifth Avenue

Merlina Franco

El pachuco que camelló para sus carnales

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Pese a la temprana edad en la que se encontraba Alejandro Páez Varela cuando se publicó Tin Tan, la historia de un genio sin lámpara (1990), presenta una tesis en estado germinal que aún sigue trabajando en sus obras de madurez. La idea de un “país-de-en-medio” da cabida al desarrollo del mítico arquetipo del pachuco: la franja fronteriza, punto de encuentro y “cuna de la cultura que no es totalmente mexicana, y mucho menos norteamericana”. De tal suerte que la visión descentralizadora, característica del trabajo del autor, se cristaliza como un hilo que amalgama sus publicaciones. Este hecho es comprobable en su última novela, Oriundo Laredo (2016), donde se plasma una visión multicultural que constituye esa zona intermedia y que busca explicitar la vastedad de grupos raciales/sociales que coexisten en un mismo espacio.

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Según me parece, lo notable en la historia de un genio sin lámpara, además del esfuerzo que supone esbozar la imagen paradigmática de un personaje fronterizo a través de anécdotas, es el retrato de una Ciudad Juárez de época, donde los espacios se fusionan con la memoria, creando una imagen con tintes melancólicos: “todavía se recuerda las alas de las palomas aplaudiéndole a la Banda Municipal, cuando tocaba en el kiosco frente a la Catedral. Las palomas volaban del suelo a las dos torres y de las dos torres al techo del desaparecido kiosco”. La obra se compone de ocho capítulos y uno último que dedica a la urbe y a su gente. El trabajo documental homenajea a “un auténtico valor hecho en Ciudad Juárez; un arquitecto de grandezas”, como se lee en el prólogo.

“La intención no es biográfica”, advierte Páez Varela. Una observación que nos permite reconocer la auto-conciencia sobre las limitantes de su escrito, al tiempo que se aleja de la deseable objetividad en un texto con nociones biográficas, ya que atiborra el libro de constantes (y algunos verdaderamente innecesarios) enaltecimientos que dejan la sensación de estar leyendo al presidente del club de fans de Tin Tan. Por otra parte, la edición del libro por el H. Ayuntamiento del Municipio de Juárez deja qué desear, sobre todo, cuando se tiene que desandar lo andado porque los signos de puntuación alteran involuntariamente el sentido de las oraciones. Sin embargo, pasando por alto la verborrea y la incómoda distribución de los párrafos (que en realidad corresponden a una oración cada punto y aparte), el acercamiento a la vida del comediante gira en torno a lo sustancial de su figura: su trabajo y el legado que aun figura, no solo dentro del medio artístico, sino del ambiente fronterizo en la vecindad México-Estados Unidos. Hacia el noveno capítulo, la mirada se concentra enteramente en el espacio y quienes lo habitan; el eje central se localiza en monumentos y personajes, revelando la innegable realidad que, latente, conforma la identidad citadina. El armado de algunos pasajes tilda en lo poético sin llegar a lo exacerbado y es que, a fin de cuentas, la propuesta radica en algo más allá de los alcances de una semblanza: “Se intenta tocar, sentir y entender en un respiro, un corazón que palpitó 58 años ininterrumpidos de acción, de alegría, de hartas cosas”.

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Foto de José Luis González 

Un acierto innegable en la estructura del libro es su construcción a partir de anécdotas, rasgo que convierte la lectura en una conversación familiar gracias a la misma fluidez narrativa que ahora se puede leer en sus novelas. A la par que se retrata la personalidad del Pachuco de oro, funciona también como una memoria que reconstruye la infraestructura juarense de 1930-40 y da cuenta de lugares que ya no existen. Un ejemplo de ellos es el restaurante “La gota de leche” que se encontraba en la calle Vicente Guerrero. La anécdota que se refiere en el texto sitúa a Tin Tan como quien invita a comer a sus amigos, independientemente si tiene o no para pagar la comida, de ahí que, en alguna ocasión, se encontró con un niño de la calle y lo invitó a dicho local. Al finalizar los alimentos, Germán Valdés pretextó que el dinero estaba en el carro y debía ir por él; sin embargo, se retiró del lugar sin pagar.

119 Luis Antonio Rivera

Ilustración de Luis Antonio Rivera

La leyenda de este pintoresco personaje no solo se nutrió por su contribución a la época de oro del cine mexicano, sino también por la extrañeza que generaba, misma que fue atrayendo las miradas hacia la estrafalaria figura del pachuco. Para mantener fidelidad a los testimonios que recoge, Páez Varela conserva los registros lingüísticos fronterizos tal cual, por ello, palabras como parquear o guachar solidifican la idea de una personalidad labrada a la orilla del Río Bravo. Para dejar abierta la posibilidad de lectura a cualquier persona, el libro incluye un “pequeño diccionario” de la lengua fronteriza. El conjunto de estos elementos hace de Tin tan, la historia de un genio sin lámpara un texto que ayuda a entender la particularidad del icónico Germán Genaro Cipriano Gómez Valdés Castillo y, además, la de los pachucos de hoy, seres fronterizos “que no solo eran unos desorientados, sino seres con una particularidad: la de ser ellos”.

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Laura Sarahí Robledo

La silueta en el Parque Borunda

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Hay a mi parecer tres facetas creativas de la crítica en la literatura. La primera será la académica y, por tanto, la que menos impacto tiene puesto que quienes la leen son sus mismos miembros. Luego viene el comentario o ensayo de opinión con mayor alcance, pero circundado por el prejuicio, el compadrazgo y la mentira de los mismos reseñistas o “críticos” que, en general, cumplen con el propósito de vender el libro. Al final tenemos la crítica desde la ficción, a mi gusto la más efectiva. Como lector, uno deposita su confianza en la verdad de las palabras. Cuando un libro parodia, ironiza o desestabiliza un discurso literario imperante pone a prueba al mismo lenguaje. De esta manera uno puede darse cuenta si determinada manifestación artística sigue funcionando o no. Esta tarea que parece descomunal y compleja es la que se propone, de manera genial, Garabato (2014), la última y más ambiciosa novela de Willivaldo Delgadillo.

Garabato no solo es la reconstrucción espacial, histórica y social de Ciudad Juárez, sino un retrato sobre su cultura, sobre las peripecias de su literatura y sobre el mismo discurso que la rodea. Esto lo encuentro en su estructura narrativa. La novela se divide en dos partes: las peripecias de Basilio Muñoz en un congreso de literatura celebrado en Berlín donde sobresale la ausencia del novelista juarense más reconocido, Billy Garabato. Sus tres novelas son la efigie de cierta escritura practicada con menos audacia en Ciudad Juárez. No me desengaño del todo y pienso que el autor juega con las discusiones tan efímeras, pero en boga, sobre la cuestión de la literatura del norte y más humildemente la juarense. El mismo nombre de Billy Garabato representa esta unión de dos puntos de vista. Por un lado, existe una escritura más hermética, simbólica si se quiere, ajena al contexto espacial de esta localidad en donde el más claro ejemplo es el mismo Willivaldo Delgadillo en sus novelas anteriores (Garabato será precisamente su primer retrato literario de Juárez). Por otro lado, despunta una producción más vinculada a la literatura del narcotráfico, que sufre este estigma de ser “menos literaria”, que carece de reflexión sobre sí misma, pero que está repleta de acción y otras virtudes más “perezosas”, artísticamente hablando (cuestión de gustos). Del último ejemplo, nuestra frontera puede ofrecer varios ejemplos desafortunados que me ahorro enumerar. Sin embargo, es por ello que el nombre del célebre novelista, Billy, los funde y el narrador se permite parodiar sus discursos. Nace así el “garabato”, fisión entre literatura y periodismo. Hay quien puede ver en el caos de un trazado irregular una suerte de belleza.

117 Escritura violenciaY sobre periodistas trata el primer ejercicio novelístico de Billy Garabato. “De alba roja” narra las desventuras de Pep, quien trabaja como fotógrafo para El diario de la frontera. Luego de una llamada que lo dirige hacia un cadáver en las afueras de Juárez, Pep toma una serie de fotografías que serán el spotlight del día siguiente: Muerte en las dunas. Después vendrá la mala suerte, ya que la policía señala que el cadáver ha “desaparecido”. Esto último traerá como consecuencia una segunda desaparición: la del propio protagonista, que sale de vacaciones (forzadas) y se encuentra a su regreso con la noticia de su desvanecimiento. No cuento más. Lo que pretende explorar Garabato en esta primera propuesta no es el elemento violento, sino una denuncia a ciertas prácticas del periodismo no solo local: el reportero se juega, además de la vida, su identidad. Asimismo, señala esta deshumanización en el quehacer periodístico, su falta de ética. Entonces, “De alba roja” describe a un hombre que contempla su propia desaparición: los medios mismos se encargan de “desaparecerlo”.

117 José Luis González - Walter GarcíaLa ciudad no le perdona a Pep su partida. Los conflictos involuntarios y azarosos lo llevarán a buscar un proceso de “abandono” de sí, pero también de deserción de “los territorios invisibles”. El inicio del capítulo 11 de la primera novela corta incluida en Garabato destaca por su melancolía, puesto que para desprenderse de sí, de su historia, del tiempo y espacio que lo contienen y lo han “desaparecido”, Pep debe trascender su pasado por medio de los recuerdos de la infancia. En su condición de fantasma, la ciudad le abruma con sus murmullos: “Anduvo por las aceras del centro escuchando las voces de las personas. Algunos se dirigían a él para ofrecerle algún servicio o vendimia. Los taxistas murmuraban los nombres de prostíbulos y casas de masaje”. Aquí las cosas han perdido ya su nombre. Tienen ese hálito de espectro, de anonimato, de soledad: “Escuchó la música que salía de tugurios, las risas de las mujeres que pasaban a su lado y las invitaciones de las pupilas a la puerta de los hoteles de mala muerte”. Entonces Pep sigue caminando. Y recuerda. Recuerda una caja que guarda su vida, sus primeros pasos, su día de bautismo, una tarde en el circo, la primera comunión, esa figura infantil en el Parque Borunda que sostiene un algodón de azúcar. Toda su infancia contenida en un libro amarillento. Todos los que fue él y ya no es. Salir de esta cárcel de papel amarillo y viejo es lo que busca Pep para encontrar una trascendencia esperanzadora que ya no será narrada.

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Crédito de fotografía: José Luis González 

Antonio Rubio

Borunda: parque, historia y leyenda

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Reflexionar sobre la identidad juarense implica hablar de lugares que todo miembro de la comunidad reconoce; el Parque Borunda es uno de ellos, pues con más de 70 años de antigüedad continúa albergando cientos de sonrisas a diario. Se inauguró en febrero de 1941 en honor al alcalde José Borunda Escorza, asesinado tres años antes. Y esta es la historia que Blas García Flores nos relata en el cuento “Parque Borunda”, el cual forma parte de Carta del Apóstol San Blas a los parralenses (2010). Aquí, el autor hace un recuento de todo lo sucedido la mañana de la explosión tomando como protagonista no al efímero Presidente Municipal (solo duró tres meses en el gobierno) sino a la otra víctima de este atentado, una, dirían ahora, colateral: el conserje y mensajero de la presidencia, Domingo Barraza.

La narración se divide en tres secciones. La primera describe el paso a paso de la mañana de Barraza hasta el momento en que estalló la bomba en el despacho del alcalde aquel 1º de abril de 1938. De aquí destaco la aparición de su hija, Claudia Delfina, pues existe la leyenda –o al menos así lo cuenta Don Chendo en sus recorridos dominicales por la vieja presidencia– de que esta niña murió de tristeza tiempo después y aún toca la puerta del Centro Municipal de las Artes buscando a su padre, sin soltar la muñeca que este le había regalado por su cumpleaños. Debo confesar que tras leer las líneas iniciales del relato me emocionó pensar que por fin había encontrado esta historia en un registro textual… sin embargo, todo quedo ahí. La segunda parte es una descripción de las dificultades que tuvo el funerario al reconstruir los cuerpos de Borunda y Barraza: “Perches comentaba a sus amigos que Domingo Barraza tenía el funeral que seguramente no merecía, pero que le había tocado”, por aquello de las confusiones al armar de nuevo, pedazo por pedazo, a ambos individuos. Por último, se incluye la declaración de varias personas que vivieron de cerca el atentando y conocían de alguna manera a las víctimas.

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Un aspecto interesante del cuento radica en que el autor va introduciendo, a través de la cotidianidad matutina del conserje y de los relatos de estos últimos personajes, datos específicos e históricos que contextualizan el ambiente –incluso político y nacional– en que se dio este terrible suceso (justo dos semanas antes Lázaro Cárdenas había declarado la expropiación petrolera). Sin embargo, a pesar de todo tipo de suposición política, el asesinato del presidente José Borunda –quien pertenecía al Bloque Izquierdista del Norte, que luego formó parte del Partido de la Revolución Mexicana– jamás se resolvió, o si se hizo nunca se compartió la información. Lo único que nos queda, y con esto termina el relato del García, “es un parque que lleva su nombre donde venden hot dogs y los mejores elotes de la ciudad.” Como se ve, el título del texto resulta un tanto engañoso, pues toda la acción ocurre en el centro de la ciudad y al espacio que aquí nos ocupa en realidad solo le dedica las últimas tres líneas; no obstante, eso que nos quedó representa uno de los lugares más importantes que como juarenses podemos presumir.

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Ahora bien, la verdad es que ya desde la administración de Borunda se estaba trabajando en la emancipación de algunos terrenos para construir un centro recreativo. Su sucesor Octavio Escobar se encargó de completar la tarea y en marzo de 1939 se indemnizó a los propietarios para la edificación del campo deportivo “José Borunda E.” (que inicio con una alberca olímpica) en honor al fallecido personaje y en reconocimiento por haber iniciado la obra. Fue el joven Teófilo Borunda quien lo inauguró oficialmente el 28 de febrero de 1941. Poco a poco los espacios aledaños se fueron construyendo: la Secundara Federal no. 1 se instaló, por ejemplo, en 1947, la Biblioteca Tolentino, la Estación de bomberos no. 2, el Auditorio Benito Juárez, el Jardín de Niños Agustín Melgar y los Burritos Tony, un par de años después. Sin duda, al igual que el Parque Central y el Chamizal, este centro de convivio y recreación constituye uno de los pulmones por los que respira Ciudad Juárez.

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Amalia Rodríguez