La marca de Justo Sierra

Catalogar a Justo Sierra como un educador mexicano limita sus aportaciones de escritor, periodista, poeta, político y filósofo.  Nació en la ciudad de Campeche en 1848 y fue hijo del ilustre Justo Sierra O’Reilly. En 1868 comenzó a publicar ensayos y otros textos a través de los periódicos El Renacimiento, El Monitor Republicano, y, posteriormente, la Revista Azul y la Revista Moderna. Siguiendo los pasos de su padre, obtuvo el título de abogado en 1871. Participó en las célebres Veladas Literarias junto a Manuel Acuña, Luis G. Urbina, Guillermo Prieto y Manuel Altamirano, de quien se volvió discípulo.  A partir de 1877 empezó a laborar como profesor de historia, al mismo tiempo que surge su hacia la sociología y la política. Años después, se convirtió en diputado del Congreso de la Unión, donde lanzó propuestas que denotaron su preocupación por la educación de los mexicanos, por ejemplo, la obligatoriedad a la educación primaria, ley que se aprobó en 1881. Sierra también ocupó los cargos de Ministro y Presidente de la Suprema Corte de Justicia, Subsecretario de Justicia e Instrucción Pública así como de Bellas Artes. Al término del Porfiriato fue nombrado Ministro Plenipotenciario de México en España por el gobierno de Francisco I. Madero.  Murió en Madrid el 13 de septiembre de 1912 poco después de ver consolidada la Universidad Nacional: un proyecto que inició 20 años atrás, cuando propuso la creación de esta institución ante el Congreso en 1881.

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En cuanto a producción literaria, Justo Sierra incursionó en una amplia gama de géneros: poesía, prosa poética, teatro, narrativa, crítica literaria, libros de viaje y ensayos políticos. Una de sus obras más importantes es Evolución política del pueblo mexicano, publicada entre 1900 y 1902, donde aborda la historia política de México desde las civilizaciones precolombinas, la conquista, el periodo colonial, la independencia, hasta la consolidación de la república.  No obstante, el texto en el que me enfocaré pertenece a una recopilación de cuentos escritos durante la juventud de autor, los cuales se sitúan dentro de la corriente romántica. La fiebre amarilla es un relato donde un narrador heterodiegético describe un viaje que realiza de Veracruz a la Ciudad de México, acompañado del alemán Wilhelm, un personaje que sirve de pretexto para remitirse a otra historia que tuvo lugar en la Isla de Cuba en 1492: la presencia de Starei y su poder sobre los hombres.  En el cuento, Sierra se traslada constantemente de la primera voz narrativa a otra que funge como informante de un tercer protagonista que, poco a poco, tomará el hilo argumental. Starei representa a la estrella del Golfo que vuelve a la tierra en forma de una mujer enamorada de un español, y que sufre su rechazo puesto que se trata de un sacerdote. El paso de una historia a otra es temporal y espacial, pero mantiene una conexión esencial para comprender la totalidad del relato

Ahora bien, en Ciudad Juárez existe una arteria que lleva el nombre de este célebre autor. La calle Justo Sierra se encuentra cercana al centro de la urbe; inicia en las cercanías del Eje Vial y termina en Ignacio de la Peña; atraviesa las colonias El Barreal y Partido Romero, y permite el movimiento de autos en un solo sentido (Norte a Sur); corre paralela a la calle Profesora Emilia Calvillo Sur (destacable figura de la educación juarense) y cruza con Jesús Urueta (prolífico político mexicano), lo cual reitera la pasión que el escritor decimonónico demostró hacia el ámbito educativo y político. Además, se encuentra cercana a la Avenida Insurgentes, las calles Niños Héroes, 18 de marzo, 20 de noviembre, Plan de Ayala y la avenida Reforma, nombres que remiten a momentos y personajes imprescindibles para la memoria histórica del México Independiente; es decir, sucesos que marcaron el devenir nacional y se conmemoran año tras año. Al preguntarle a una niña que vive en la Justo Sierra sobre el hombre homenajeado, la respuesta resultó simple pero certera: “Fue un maestro muy importante”. Sin duda, hablamos de un área cuyas arterias guardan un gran significado que debemos comenzar a indagar; pues lo antiguo de su historia remite a la trascendencia de los personajes, lugares y acontecimientos que forjaron una parte importante de la memoria e historia de nuestro país.

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                                               Claudia Chacón Bustamante

De Ciudad Juárez a Canadá, de James Dean a Breaking Bad

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La novela Northern lights, del escritor juarense Ángel Valenzuela, fue publicada en octubre de 2016 bajo el sello de Casa Editorial Abismos, con un corto prólogo (como deberían ser todos), de Alberto Fuguet y un epígrafe de la canción “Half A Person”, de The Smiths. Dos amigos inician un viaje para ver las auroras boreales en Canadá, partiendo desde la zona fronteriza de Ciudad Juárez-El Paso, atravesando Estados Unidos. Los motivos en ambos son diferentes: Demetrio quiere vivir su última gran aventura antes de casarse; Andrés lo acompaña solo para estar cerca de su amigo; a él no le interesa tanto el fenómeno atmosférico, ya que se siente atraído por otra luminiscencia: “Veo el brillo en sus ojos [los de Demetrio] y es como estarlas viendo ahora mismo, las luces del norte”. Como en cualquier road movie, el playlist no puede faltar: M83, Arcade Fire, The Lumineers. Andrés, protagonista y narrador, es un joven homosexual, caviloso, inteligente e incluso romántico, que se ve a sí mismo como al Little Bastard, enfilado hacia la catástrofe, y a Demetrio como a James Dean. Su amigo, por otro lado, es alto, atlético, atractivo para la mayoría, con un carácter más relajado, que guarda la mariguana entre un libro de Lorca y otro de Baudelaire. Mientras Andrés desea visitar Marfa, debido a sus “calles viejas y polvorientas, luces extrañas en medio de la noche oscura, artistas exiliados” y por ser el lugar donde se filmó Giant, donde aparece el ya mencionado actor James Dean; “A Demetrio sólo le interesaba hacer fotos en los sitios de Breaking Bad […]. Parece que el espíritu de Jesse Pinkman se hubiera apoderado de él”.

Durante el viaje van descubriendo, más que lugares inusitados, aspectos desconocidos de ellos mismos, para después reconocerse, milla a milla, de una nueva manera, llevando su amistad a cruzar fronteras en más de un sentido. Así que la frontera juega un papel muy importante en el ensamblaje de la novela; a través de ella, la voz narrativa deambula entre los recuerdos de la niñez y adolescencia con los que vamos conociendo más acerca de los protagonistas. La mayoría de estas evocaciones toman lugar en Ciudad Juárez: “Ocasionalmente nos saltábamos alguna clase y nos íbamos a tomar tecates al Chamizal”; o bien, sobre la vista del cielo en el desierto: “Salimos justo cuando comienza la puesta de sol. Delante de nosotros, la carretera y una vista incomparable: las montañas se recortan contra el cielo que de a poco va adquiriendo tonos magenta y naranja. No hay atardeceres más bonitos que los de este desierto de Chihuahua, me cae”.

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Crédito fotográfico: Oksana Portillo

El mismo paisaje también provoca reflexiones más hondas: “porque esta frontera tan puteada por los gringos, por la maquila, el narco y por el mismo gobierno todavía saca fuerzas de no sé dónde para regalarnos este espectáculo majestuoso”. Sobre los médanos, Andrés dialoga (solo en su consciencia) con su amigo: “Luego, habíamos quedado de ir a las dunas de Samalayuca un fin de semana, ¿recuerdas?”. Y sobre la afluente que divide a las ciudades, también rememora: “Cuando era niño y había día de campo, solía quedarme horas sentado frente al Río Bravo […]. Ahora el río está muy seco”. Antes, lleno de agua y ahora de cemento: “En su lugar hay un triste canal de concreto que sirve de trinchera a los mojados que huyen de la migra”, aunque algunas familias todavía acuden al río los fines de semana como antaño era tan común. Dado que Andrés nos habla de sus recuerdos en Juárez, tan cercanos a nuestro tiempo, y que, con la mención de Facebook y Google, nos damos cuenta de que la historia se ubica, aproximadamente, en la primera década de este siglo.

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Crédito fotográfico: Julio César Aguilar

Los lugares mencionados, por su parte, también corresponden acertadamente con los que nosotros vemos y/o vimos: “La Carretera Panamericana. Así se le conoce también en Juárez, aunque los afanes urbanizadores la hayan transformado en la Avenida Tecnológico”; y el Chamizal, uno de los lugares más visitados para acampar y realizar actividades de ocio. Lo mismo sucede en las dunas de Samalayuca y con el imperecedero cielo de la frontera que nos regala una preciosa vista. Andrés tiene una opinión clara sobre las fronteras: “Qué antinaturales son […]. Las físicas y las metafóricas. Me parecen obscenas. Un atentado contra la humanidad. […]. Pienso que uno mismo construye su patria.” Hacia el final, nuestro narrador se reconoce como una hormiga en un mundo gigantesco, pero a salvo, viendo lasnorthern lights: “Todo parece insignificante ante la magnitud de este espectáculo. Las fronteras, lo prejuicios. El lenguaje, incluso, me parece insignificante y absurdo”. En menos de 120 páginas, el escritor Ángel Valenzuela da espacio a la ternura, la pasión homoerótica, la vitalidad de una historia de carretera, pero, sobre todo, a la amistad de dos jóvenes que están a punto de iniciarse en la vida adulta y encuentran en este viaje la mejor ruta de escape.

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Crédito fotográfico: Oksana Portillo

Gibrán Lucero

Detén tus trémulas manos

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I

Hace cuatro años terminé de leer Detén mis trémulas manos: crónicas de suicidios, del escritor juarense Mario Lugo. Meses después, prometí una entrada de blog para Juaritos Literario. Me resultaba conflictivo hablar sobre el tema sin terminar con una reseña superficial o cercana al morbo, aunque el texto se aleja de esto último. Sin embargo, cada tanto escuchaba o leía sobre los elevados índices de suicidio en nuestro estado, de los más altos en el país, y volvía a recordar el libro de Lugo; pensaba en la vigencia de las crónicas, pero me seguía pareciendo un tanto oportunista vincularlas con las noticias de la ciudad. Aún lo considero un libro difícil de reseñar, de distinguir su valor más allá del asunto que examina. Escribo ahora debido al malestar que sentí al leer en la página de Facebook de El Diario una nota sobre suicidio acompañada con un comentario juzgando como una salida fácil la decisión de quitarse la vida –como si fuese algo sencillo–. Desafortunadamente, ya no logré recuperar la nota de las redes sociales.197 Mario Lugo bio.JPG

Quiero entender la intención detrás del comentario como un intento por generar mayor reacción de los usuarios; no obstante, un prejuicio como ese refleja el menosprecio y la condena a un conflicto que se extiende más allá de lo evidente. Y es que el suicidio adquiere siempre tintes más sombríos en una cultura tan permeada por el cristianismo como la nuestra; aunque no todos lo profesen, su presencia se cuela a través de mitos bíblicos, que terminan por reproducir cierto modo de apreciar la vida y, por ende, la muerte, entendida como un conflicto teológico-metafísico. Pienso en el conocidísimo relato del pecado original y el paraíso perdido –nutrido, como muchos, por mitologías distantes–, que puede llegar a restringir el valor que damos a la vida, reducida a un intermedio entre lo abandonado y lo recuperable; es decir, sin importar quién seas, ya se ha perdido algo: la vida inicia como una carencia.

Para la mitología-ideología cristiana no hay fe en el ser humano por sí mismo; la muerte de Abel a manos de su hermano Caín no resulta muy optimista al entenderse como anuncio de nuestra propia naturaleza. Entonces, el auxilio tiene que venir de fuera. El valor de la vida humana se reduce y aumenta el de la celestial: el suicida renunciará a las dos. Y aquí inicia el punto de contacto de estas –no tan nuevas– reflexiones y el aspecto más interesante de Detén mis trémulas manos. El suicidio no tiene la misma connotación en distintos contextos ideológicos. Su carácter actual, tan negativo, responde directamente a la presencia de creencias de origen religioso; en este mismo tipo de ideas puede encontrar una respuesta menos agresiva. A partir de una cita sobre la cultura maya, Lugo contrasta el consuelo que ofrece esta teología respecto a la imagen de eterno penitente que, a partir del imaginario de La divina comedia, se ha consolidado:

Ixtab, diosa del suicidio, está relacionada con la creencia en la vida póstuma paradisíaca. Aquellos suicidas que mueren por ahorcamiento reciben la protección de esta diosa cuyo nombre se traduce literalmente como ‘la de la cuerda’. Garantiza un paraíso a quienes se quitan la vida de esta manera.

Lugo añade, en contraposición, una imagen tomada de Dante que, aunque bella, registra un destino más cruel:

Cuando Dante, acompañado de Virgilio, atraviesa el valle de los suicidas no atina a ubicar el lugar de tanto lamento. No es sino hasta que, a instancias del maestro, rompe una rama descubriendo que ese trozo gris de madera destila sangre a la vez que el suicida le reprocha su inhumanidad por herirlo.

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Es notoria la diferencia entre ambas percepciones: el reposo ofrecido desde la visión prehispánica frente a la violencia de la judeocristiana. Considera el cronista que el suicidio no solo tiene como consecuencia un castigo, sino que es el castigo mismo:

Si recordamos el papel que ha jugado el ahorcamiento como forma de autocastigo, legitimado por Judas poco después de la crucifixión de Jesús, se puede tomar como un valor entendido y aceptado que el suicidio de Judas fue un autocastigo más que merecido. Ya que a todas luces el causar daño al hijo de Dios condiciona por necesidad hacerse acreedor a un castigo y, por otra parte, no ser digno de misericordia.

II

Sobre el acercamiento al tema, también hay aspectos por revisar. Primeramente, el texto combina elementos periodísticos y literarios con irregular fortuna a través de los fragmentos que integran Detén mis trémulas manos. La estructura recuerda a la utilizada en Delirium tremens por el también juarense Ignacio Solares: casos intercalados que aparecen en solo una ocasión con las crónicas sobre Aristeo o Mauro, así como el testimonio de los suicidios del padre y del abuelo del autor. Pero su historia no se ficcionaliza del todo; no hay trama en la descripción de sus vidas y el modo en que han decidido terminar sus días. Otros casos rescatados en el libro son investigados por Lugo a partir de notas en el periódico, que le llevan a indagar e intentar comprender la inmolación.197 Della Vigna_Suicidio.jpg

Más allá de la trágica familiaridad que el tema tenga sobre el autor, uno de sus aciertos radica en la persecución de una respuesta desde varios enfoques: mitología, sociología, psicología y, por supuesto, literatura. Así, la inserción de pasajes inconexos responde más a la necesidad de ahondar en compresión que a configurar un texto unitario o estético. Sin embargo, creo que Lugo no logra penetrar en el mundo interior de estas personas, de Bernardino, soldador ambulante; de Josefina, que a sus 30 tuvo el coraje de divorciarse a pesar de las críticas para después ser abusada por un supuesto amigo; de José Ángel, quien no soportó ser condenado a 30 años de cárcel; de Don Enrique, un hombre avejentado por la muerte de su esposa y descuidado por sus hijos; de María Luisa, que optó por una sobredosis. Extrañamente, al final, el cronista termina por catalogar al suicidio como una “terrible amenaza” y un “deseo de muerte” y, derrotado, ruega a Dios no nos permita morir por nuestra propia mano.

Héctor González

Puentes y más puentes

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Resulta agradable ir a una biblioteca y encontrarse antologías interesantes; entre ellas, existe una con cierta peculiaridad que vale la pena revisar, Narrativa juarense contemporánea (2008), compilada por Margarita Salazar Mendoza. La actual coordinadora de la licenciatura en Literatura Hispanomexicana de la UACJ comenta en el prólogo que el libro surgió por dos motivos: dejar un registro de la gente que de forma regular escribe en nuestra región, y promover entre estudiantes de preparatoria y universidad el placer por la lectura de diversos textos narrativos juarenses. Además, explica que el título se escogió con fines de inclusión, ya que los diferentes escritores que se encuentran aquí no se limitan a un solo género, todos escriben de distintas maneras y con diversos propósitos, y en ocasiones combinan los géneros literarios. Lamentablemente las cuarenta voces reunidas no son muy conocidas dentro de la ciudad por la falta de circulación de sus obras, así que Narrativa juarense contemporánea, de alguna manera, contrarresta esta situación.

El escritor compilado en el que me detendré es Jorge Alberto López Gallardo, quien, según Salazar, “juarense y paseño, por vida y experiencia, deja excelentes muestras de la vida fronteriza en este cuento”. En “El Puente” encontramos una polifonía de voces, actividades comerciales, puntos de referencia y comportamientos de la gente que se pueden observar en cualquier cruce de Ciudad Juárez; por ello, el título hace referencia no solo a la conexión entre dos países, sino a la variedad de cultura y pensamiento que caracteriza a la frontera. El relato se divide en ocho secciones, las cuales abarcan el espacio de un puente o una calle en específico para desarrollar distintas historias que suceden durante una mañana, en horarios muy cercanos; es decir, ocurren simultáneamente, aunque el narrador se detiene en cada lugar para mostrar al lector cómo se desenvuelve la cotidianidad citadina. Otra característica que le otorga un valor más verosímil al texto de López Gallardo consiste en el raudal de diálogos de un conjunto de personajes carentes de nombre y cuyo lenguaje recae en lo informal y coloquial. Los protagonistas coinciden en ciertos temas, por ejemplo, hablan de sus recuerdos, de los problemas del presente, del clima, de las noticias o simplemente de lo que ven a su alrededor al pasar por esos puentes y calles.196 Puente Carlos Villareal.jpg

Lo particular de este cuento consiste en el retrato de situaciones que actualmente siguen ocurriendo en los puentes internacionales; pues, no solo juarenses, sino personas de distintos lugares de nuestro país y del vecino tienen contacto en esas monumentales construcciones. La diversidad cultural, como bien lo plasmó López Gallardo, se puede percibir perfectamente en estos sitios. Nada ha cambiado, cientos de personas se levantan temprano para tolerar largas filas de autos, cruzar al “otro lado” e ir a su trabajo, escuela o de compras. Estar arriba de un carro que apenas se mueve unos cuantos centímetros, da el tiempo suficiente para reflexionar sobre temas sociales, culturales, históricos o políticos, o simplemente analizar lo que nos deparara el día. Uno de los puentes que el cuento de Gallardo menciona es el Carlos Villarreal. Cada vez que paso por ahí veo lo mismo que uno de los personajes observó a través de su ventanilla mientras esperaba el avance de la línea: los caballos continúan imponentes y El Chamizal sigue en su sitio como representación del “único terreno que ha perdido Norteamérica en toda su historia”.196 Indomables (2).jpg

Nohemí Damián de Paz

 

 

Puestos en las tablas, colgados en los puentes

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Originaria de Villa Ocampo, Durango, Nellie Campobello fue una escritora y bailarina, mayormente conocida por su narración testimonial de la Revolución Mexicana en Cartucho: relatos de la lucha en el Norte de México. Además de esta obra seminal en la literatura del norte, escribió Las manos de mamá y Apuntes sobre la vida militar de Francisco Villa. Sin duda, la estancia en Hidalgo del Parral en su niñez marcó su vida y carrera literaria. La escritura de Campobello es relevante en diversos sentidos: figura como la única mujer en el corpus de la novela de Revolución; retrató el conflicto bélico desde lo vivencial y lo plasmó con innovadoras formas narrativas. La crítica literaria ha hablado de Cartucho como un precedente de Pedro Páramo. Hay incluso quienes dicen que la novela de Juan Rulfo no hubiera existido sin las viñetas de Nellie, así como tampoco Cien años de soledad, heredera directa de Pedro Páramo.

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Cartucho se conforma por una serie de relatos breves, rápidos, poéticos y crueles; se divide en tres partes: “Hombres del norte”, con siete textos, “Fusilados”, con 28, y “En el fuego”, con 21 cuadros. Existen diferentes ediciones del libro que varían en el número de viñetas (solo 33 en la primera de 1931, frente a 56 de la de 1940) y un prólogo que aparece en la prínceps. Además, también se incluye en Mis libros, de 1960, donde la autora compila su obra en prosa y verso. Las historias de Cartucho se entrelazan por diversas situaciones y personajes. La unidad está dada por la temática recurrente de la guerra, la muerte y por ciertos personajes, como Francisco Villa, la madre de la narradora y la misma protagonista. Sin embargo, no hay figuras protagónicas, sino una serie de personas que padecen un destino bélico. Este trance caótico se complementa por una visión infantil del conflicto; Cartucho es violenta e inocente al mismo tiempo.

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Nellie Campobello recorre gran parte de Chihuahua a lo largo de los relatos: la capital, Parral, Villa Ahumada y, por supuesto, Ciudad Juárez. Describe perfectamente el movimiento revolucionario a raíz de la cotidianidad. No hay engrandecimiento, mistificación o dramatismo en los cuadros narrados. Villa aparece como el jefe revolucionario que va de aquí para allá con su gente, fusilando a sus enemigos a cada paso. La ciudad fronteriza figura en diferentes episodios. En “La muerte de Felipe Ángeles”, hay un diálogo entre el general y sus captores: “¿Y llama usted labor pacifica andar saqueando casas y quemando pueblos como lo hicieron en Ciudad Juárez?, dijo el hombre de las polainas, creo que era Escobar. Ángeles negó; el de las polainas, con voz gruesa, gritó: Yo mismo los combatí”.

También se menciona en “La camisa gris”: “Tomás Ornelas iba de Juárez a Chihuahua, y cerca de Villa Ahumada, en la Estación Laguna, el tren fue asaltado por el general Villa y su gente”. Luego, en “La sonrisa de José”: “Después lo mandaron a Ciudad Juárez, allá lo iban a curar, pero no llegó vivo, en el camino unos rancheros americanos lo remataron”. Juárez aparece, pues, como punto de llegada. Dentro de la obra se configura como destino de un viaje al que no todos sobreviven. Junto con las menciones de otras poblaciones, ilustra la realidad territorial de la Revolución. En Chihuahua se libró una gran parte de la agitación civil; en la lejanía, Juárez se destaca como otra ciudad devastada por la guerra, pero, al mismo tiempo, simboliza el paso hacia otra dimensión. Quizá sea posible asociar la revuelta revolucionaria con otro movimiento armado: la llamada guerra contra el narco. Matanzas, sediciones y corridos guardan ecos centenarios, excepto que los villistas, carrancistas, orozquistas luchaban por un propósito colectivo con la intención de ser totalitarios e incluyentes (bien que mal) y no solo en favor de un bando o un capo. En “La sonrisa de José”, se describe una imagen citadina aún vigente. Son diferentes tiempos, distintos escenarios y, sin embargo, el sentimiento de los agresores y del pueblo son los mismos: “En unas tablas los expusieron para que todo el pueblo de Ciudad Juárez los viera”.

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El 7 de noviembre de 2008, el cuerpo decapitado de un individuo “apareció colgado del puente Rotario, mientras su cabeza fue abandonada en la Plaza del Periodista” (La Jornada). Si los paralelismos entre la Revolución y el narcotráfico no son ideológicos, por lo menos sí circunstanciales. Los juarenses no sólo presenciábamos la toma de nuestras calles, sino que revivimos el trauma del cuerpo expuesto. Con la misma intención de incentivar el miedo y bajo el mismo riesgo de existir en medio de una guerra de plazas, asumimos el papel pasivo al acecho de una bala perdida. En Cartucho también se configura en el texto la violencia cotidiana, inscrita a unos pasos del hogar, de la mirada pueril e inocente sostenida en el marco de la ventana.

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Aldair Meza

Calypso: ¿triángulo amoroso o la fuerza de la mujer?

Cíbola, cinco poetas del norte es un poemario colectivo donde Gabriela Borunda, Jorge Humberto Chávez, Joaquín Cosío, Alfredo Espinosa Quintero y Rogelio Treviño plasman una serie de poemas en los cuales, en su gran mayoría, se deja entrever el entorno que contextualiza a estos poetas. Se publicó bajo el sello editorial de la Universidad Autónoma de México dentro de la colección histórica El Ala del Tigre en 1999. En las siguientes líneas me enfocaré en “Calypso”, poema que abre y titula la sección de Gabriela Borunda, escritora nacida en la ciudad de Chihuahua hacia 1973. Esta defensora de los derechos de la mujer egresó de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la Universidad Interamericana de la capital del estado, desde entonces ha participado arduamente en revistas y periódicos del norte y publicado Biografía de la luz, Balada del silencio, Una orquídea estalla y Poemas de ida y vuelta. Ganadora del Premio Nacional de la Juventud (1997), Premio Internacional Dolores Castro (1998), Premio Chihuahua de poesía (1999), entre otros, la poeta rechazó en el 2014 el reconocimiento a Chihuahuense Destacada puesto que lo consideró como una burla hacia la realidad que deben enfrentar las mujeres en su vida cotidiana.

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En este sentido, la escritura de Borunda conlleva imágenes referentes a la mujer, sus modos de existir y relacionarse: “He pasado la infancia memorizando en mi cuerpo  / Todas las fórmulas del dolor / Me enseñaron a pintarme la sonrisa con una navaja.” El poema “Calypso”, al centrarse en la mítica historia de la hija de Atlas, quien vivía sola en una isla para luego enamorarse de Odiseo y mantenerlo cautivo durante más de cinco años, no se concibe en un espacio geográfico determinado, sino que la voz poética se dirige a su enamorado, a los dioses y, en algunas ocasiones, a sí misma. El texto se divide en cinco secciones. En cada una, el yo lírico se encuentra en un punto específico del mito. De esta forma se consigue hacer un recuento de los hechos ocurridos entre Calypso y su amado, el cual podría ser cualquiera, puesto que su nombre nunca aparece. Los versos, a pesar de tener una función narrativa son libres, por lo que se omite cualquier tipo de puntuación; sin embargo, el acomodo de palabras y estrofas permite llevar un ritmo que acompaña el sentido de la lectura.

Calypso fue una ninfa que dio todo lo que estuvo a su alcance para mantener a su amado a su lado, desde ampararlo cuando este agonizaba luego del naufragio, hasta ofrecerle juventud y vida eterna. Borunda retoma la imagen y las hazañas de esta diosa para para reivindicar la figura femenina. En un contexto donde ser mujer resulta un peligro, resaltar su poder y fortaleza, a pesar de auspiciarse en el amor hacia un hombre, se vuelve una proeza necesaria. Los versos de la poeta chihuahuense asumen la tarea, atravesados por una fuerza que se incorpora, pero al mismo tiempo desdeña al sufrimiento amoroso: “Maldito el vientre y el lecho donde hoy olvidas / Que mujer también es imperio / Y delfines volando sobre el mar / Y guerra en los infiernos”. No debemos olvidar que las separaciones forzadas, los engaños o cualquier otro tipo de violencia contra la mujer deja bastantes secuelas, ya sea en el trabajo, la escuela, el gimnasio o en un bar. Por ello, estos versos cobran relevancia en la actualidad.

Tomás Saucedo Baca

Ganamos el Rousset Banda

Nuestra monografía participó en el Premio Chihuahua 2018, en la categoría de Ciencias Sociales y Humanidades, y perdió. Ni el PECDA, ni el PACMyC (en tres ocasiones) han fijado su atención en Juaritos Literario. Las decisiones de estos programas son inapelables y no muestran dictámenes, por más que los solicitamos. El apoyo, reconocimiento y difusión no iba a venir por parte del Estado de Chihuahua. Así que, a mediados de febrero, firmamos contrato con Ediciones y Gráficos Eón, en la Ciudad de México. El convenio estipulaba repartirnos por igual el coste de la edición y el número de ejemplares. La empresa era arriesgada, ya que no contábamos con algún tipo de recurso o subsidio por parte de alguna institución. Queríamos publicar pronto, agilizar el largo proceso editorial (cuando se hace con recursos públicos) y aprovechar el año sabático de Urani; así que asumimos el gasto y, felizmente, nos endeudamos con el banco. La apuesta era sencilla: recuperar la inversión con la venta, y obtener el reconocimiento académico a nivel nacional a partir de la difusión de nuestro libro. Durante la FELIF, el miércoles 29 de mayo, a unas horas del estreno de Fundadores, una ruta literaria que hicimos en trolley, llegó al aeropuerto una caja con 50 ejemplares de la ansiada Cartografía. Con las prisas (y con pocas expectativas de que llegara a tiempo el envío), ese día no hubo presentación formal, aunque sí unas emotivas palabras por parte de la maestra Laura Jiménez, quien ha confiado y seguido al proyecto tanto en las calles como en este blog.

Cuando leímos la convocatoria del premio Rousset Banda, en su emisión número 16, nos dimos cuenta de que este año concursaban obras publicadas en la modalidad de crítica literaria. Un galardón a nivel nacional de este calibre era justo la plataforma que buscábamos, tanto para validar nuestra investigación como para que los intereses no se comieran las finanzas de Urani. Repasamos a detalle uno a uno los doce puntos del documento, y marcamos en el calendario la fecha límite de envío: 14 de junio. Preparamos la documentación a nombre de la coordinadora del premio, la Dra. Margarita Salazar Mendoza, y la llevamos a la Coordinación de la Licenciatura en Literatura Hispanomexicana, de la UACJ, que ella dirige. En tanto, se sucedieron un par de presentaciones: la primera (la que consideramos la oficial), el 15 de agosto, dirigida a la comunidad artística y cultural fronteriza en el Museo de Arte de Ciudad Juárez; y otra, el 11 de septiembre, para un público académico, en el marco del Congreso Internacional de Ciencias Sociales Paso del Norte, celebrado en las instalaciones del ICSA. En ambos eventos, contamos con los comentarios del escritor Willivaldo Delgadillo, la historiadora Guadalupe Santiago (en la primera fecha) y del promotor y activista cultural Leobardo Alvarado.

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Como en cualquier premio, recibimos la noticia con antelación; había que aguardar al domingo 20 de octubre, cuando salió la nota en El Diario, para hacerla pública. La “decisión unánime”, como se lee en el Acta, nos llena de orgullo, y más aún al constatar la trayectoria y credenciales del jurado calificador, presidido por la Dra. Sara Poot Herrera (de la Universidad de California, en Santa Bárbara), el Dr. Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles (de la Universidad Autónoma de Coahuila) como secretario y el Dr. Víctor Saúl Villegas Martínez (de la Universidad Veracruzana) como vocal. En el mismo documento, ellos hablan de los souvenirs y mapas que repartimos en nuestras caminatas. Enseguida, pensamos en acompañar el libro con un nuevo obsequio alusivo al premio. Sin duda, concluye el jurado, “este libro será un bello y bienvenido regalo para los habitantes de esa «frontera creadora», que además brinda un panorama de cómo se logra vincular el trabajo académico con la sociedad; es decir, de qué manera la crítica literaria puede establecer un puente con la colectividad en el que todos salen ganando. Se trata, en fin, de una magnífica aportación a la feliz mezcla entre sociología y literatura, además de una invitación a replicar la experiencia en otras ciudades”.

El día de la premiación, recibimos el diploma acompañados de nuestras familias (unos llegados desde la Ciudad de México), colegas y amigos. En la ceremonia –conjunta con el Fuentes Mares que ganó Darío Zalapa con su novela Perro de ataque–, expresamos nuestra dicha y enlistamos los productos que nos mantendrán ocupados en los próximos años. La felicidad tras haber obtenido el Premio Rousset Banda refuerza y encamina el propósito esencial de Juaritos Literario: difundir la literatura escrita en y sobre Ciudad Juárez. Así que si usted, lector, ha llegado hasta esta línea, le queremos obsequiar nuestro libro. Nos comprometemos a enviar cinco ejemplares a cualquier parte de la República (solo mándanos inbox a través de Facebook) y a regalar otros diez a las primeras personas que nos lo pidan en el foro del Sintonizador Fronterizo (Border Tuner), el próximo lunes, en el Parque Chamizal.

Ganadores-Rousset-Banda

Carlos Urani Montiel
Amalia Rodríguez Isais
Antonio Rubio Reyes

Música del desierto

Juárez-El Paso en la poesía de William Carlos Williams

Alrededor de 1950, William Carlos Williams de ya casi 70 años, aún sin el sólido reconocimiento que la crítica le dará hasta una década después, visita la costa oeste de los Estados Unidos y, concluido el viaje y a pesar de su edad y el derrame cerebral del que se recuperaba, Ciudad Juárez-El Paso se convierte en una parada obligatoria en su retorno a New Jersey desde el sur del país vecino. En aquellos años, la fama de nuestra ciudad como sinónimo de fiesta nocturna comenzaba a crecer; el poeta había publicado ya los primeros tres volúmenes de Paterson, y el cuarto y penúltimo de ellos no tardaría en editarse; la lesión cerebral había confrontado a Williams con una posible muerte repentina y la necesidad de esclarecer los objetivos de su poética antes de que ocurriera. Estas coordenadas llevan a William Carlos Williams a poetizar su experiencia en la frontera un año más tarde, y publicarla en 1955 en el libro The desert music and other poems. Hoy llega a mí a través de la recopilación bilingüe En algún otro lado (1992), en la que Roberto Tejada presenta traducciones hechas por diversos poetas anglófonos del siglo XX que, a su vez, trasladaron la imagen de México hacia otro lado. Precisamente a través del largo poema se manifiesta la relación de dos culturas, a partir de una mirada que nos entiende como el otro desde otro idioma.

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“La música del desierto” es un poema que exhibe el proceso de su escritura: anuncia desde el comienzo hacia dónde se dirige; se muestra como resultado de un ejercicio de la memoria, con digresiones e intervenciones desde el presente en que se enuncia. En él, Williams, junto a su esposa Floss y un grupo de amigos, pasea por sitios emblemáticos de ambas ciudades, desde la Plaza San Jacinto en el centro de El Paso, donde contempla a los lagartos en cautiverio que sirven de atracción a los paseantes; los mercados en los que los tragos de tequila valen 5 centavos de dólar y los puestos donde “indios” que dormitan venden trastes de barro cocido, verduras, dulces y “flores para los santos”, llenando las calles de color; la plaza de toros; las calles donde transitan texanos altísimos, mientras “dedos obscenos” claman un penny por limosna; abundantes bares y prostíbulos, por supuesto. Todo envuelto en el desgañitarse de cientos o miles de gorriones y una “lluvia texana”, el viento arenoso de la región.

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Pero más allá de la anécdota del viaje y el retrato social de la vida en la frontera, Williams formula un manifiesto: la experiencia le sirve para exponer la creación poética como una actividad que se vale de la realidad para gestar una “música” nueva, sin intenciones sociales ni mucho menos morales. Ni la precaria condición de los limosneros, ni el decadente espectáculo de una “puta vieja” americana en el tugurio, y tampoco la imagen principal que abre y cierra el poema, un bulto sin forma ­–casi inhumano– en un rincón debajo del puente internacional, tienen por objetivo cuestionar el porqué de su condición o reprobar su conducta –a pesar de un evidente desagrado en las voces de los compañeros de Williams, que marcan una tajante división entre americanos e “indios”.

“La música del desierto”, traducido por Gerardo Deniz, opone dos posturas frente a las posibilidades de la poesía: o una copia de la “naturaleza” o, como Williams prefiere, su imitación, que consiste en tomar de las cosas su música interna y llevarla al poema como una danza que recrea su existencia. Aquel cuerpo informe entre fronteras, que se asemeja más a un huevo que a la figura de un hombre, tiene sentido en el texto como representación de la realidad que adquiere cuerpo a través de la articulación musical, como una semilla que germina en el texto mediante el artificio sonoro que logre darle el poeta. Y no más, pues a pesar de la relación que esta imagen pueda tener con frecuentes escenas en nuestra o cualquier ciudad, la música se desprende de la realidad como un éxtasis creativo individual que en poco o nada participa con la materia desde donde surge, restringido al espacio del poema.15 Mangan Plaza lagartos.jpg

Héctor González

La ciudad de los sueños

Dosis letradas, antología publicada en el 2008, reúnen textos narrativos y líricos escritos por Roberto Espíndola, Juan Carlos Esquivel y José Ángel Valenzuela, ex becarios del taller literario del INBA en Ciudad Juárez. El compendio, coordinado por José Manuel García García, surgió como un proyecto cultural dentro de los programas académicos de la Asociación de médicos egresados de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (AMEUACJ) en el marco de la celebración de su vigésimo quinto aniversario; no obstante, cuenta con solo una edición, de escasa difusión. El texto del que hablaré a continuación se titula Electreros y Voltanatos, de Esquivel. El protagonista, un joven llamado Crisantemo que vive en el poblado de San Buenaventura, Chihuahua, estudió la preparatoria en Nuevo Casas Grandes, ante la irrevocable decisión del padre, con el propósito de forjarse como técnico electricista, debido a que en su pueblo se había instalado una maquiladora; sin embargo, por dificultades de ubicación, la planta se fue del lugar. Frente a la necedad de una carrera técnica, Don Joaquín financió la instalación de un taller, en donde su hijo podría servir. Allí Crisantemo descubrió su sexualidad y se avocó a autocomplacer su cuerpo, ideando la perfecta combinación entre electricidad y deseo. Por tanto, el tema general del relato consiste en el despertar erótico de un joven, quien manifiesta su amor por personas del mismo sexo.

Después de un tiempo, Crisantemo intenta mudarse a Ciudad Juárez con la intención de estudiar la preparatoria y poder ser libre. En este sentido, resulta interesante la relación pueblo-conservador/ciudad-liberal, debido a que se convierte en una dicotomía entre la aceptación y la negación. El autor construye al lugar como una urbe en donde los individuos pueden revelar su sentido de identidad y pertenencia, expresando su amor sin prejuicios ni ataduras. Aunque su presencia en el cuento es pasajera, me detengo en el espacio citadino debido a su importancia y funcionalidad dentro de la construcción de la narración aludida. A lo largo de la historia, Juárez ha tenido un constante flujo migratorio de diversas partes de la República Mexicana, en especial de pueblos vecinos. Las personas llegan a la frontera con aspiraciones netamente productivas, pues la mayoría proviene de familias pobres y conservadoras. No obstante, cuando se ubican en una zona en donde nadie los conoce, con códigos culturales distintos y habitada por una gran cantidad de personajes, las preocupaciones y limitantes se evaporan, ya que se rodean de gente con la que pueden coincidir y compartir deseos. La confluencia de diferentes personalidades hace de la ciudad un lugar digno de ser contado, pues allí convergen relatos tan conmovedores como singulares.

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Los habitantes de este municipio pueden coincidir en catalogarlo como un violento y sangriento festín, donde si transitas solo por las noches te asaltan o matan. Mi experiencia no ha sido funesta ni tampoco benéfica; no obstante, concuerdo con uno de los motivos que lo caracteriza: la frontera nos insta a pasar nuestra estancia tratando de descubrirnos e intentando averiguar qué nos une a esta tierra. En la narración se presenta como homóloga de libertad; sin embargo, esto no es del todo verídico. A pesar de que Chihuahua es uno de los estados de México que permiten el matrimonio entre parejas homosexuales, la apertura no ha sido completa; pues los crímenes de odio por homofobia no desaparecen (situación que resulta irónica si sabemos que Juan Gabriel es el divo por excelencia de Ciudad Juárez). Aunque cabe resaltar que no existe una represión directa, ya que cada junio se celebra la marcha del orgullo LGBTTTQ, a la cual, por su carácter carnavalesco, asisten diversos jóvenes, adultos, ancianos y niños. Su ubicación como frontera hace de nuestra ciudad un espacio dedicado a la interacción cultural, lingüística e ideológica, en donde las posibilidades para ser libres se abren cada vez más.

Cristian Alexis Muñoz Rubio

 

Palabras como las nubes

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La lectura, más allá de una práctica educativa o profesional, consiste en una necesidad existencial. Las palabras, configuradas en un sinfín de historias, crean la oportunidad de hacernos un poco más dueños de nuestras propias vidas. Por ello, resulta necesario acercar a los nuevos lectores a aquellos textos en donde aprendan a leer el mundo con todos sus sentidos, a descubrirse y reconocerse en el otro; ya que, según la antropóloga Michéle Petit “desde la más tierna edad y a lo largo de toda la vida, la literatura, oral y escrita, y las prácticas artísticas están en estrecha relación con la posibilidad de encontrar un lugar” (Leer el mundo, 2016). Jorge Argueta, reconocido poeta bilingüe en el ámbito de la literatura infantil, es autor de varias obras y proyectos (La Biblioteca de los Sueños en el barrio San Jacinto, El Salvador) que demuestran el poder de la palabra y los libros, sobre todo en poblaciones vulnerables: “La lectura nos hará volar”. Esta frase con la que cierra su discurso de agradecimiento al haber obtenido un homenaje a su trayectoria el año pasado, remite de inmediato al planteamiento ideológico y estético suscrito en el libro-álbum Somos como las nubes / We Are Like the Clouds (2016).

Somos como las nubes, publicación bilingüe con ilustraciones del artista español Alfonso Ruano, cuenta, a través de una serie de poemas, la travesía por la que miles de jóvenes, niños y niñas de Centroamérica han tenido que pasar tratando de conseguir una mejor vida. Ante la crisis social que impera, el tema de la migración se ha convertido, sin duda, en uno de los más importantes y necesarios de abordar desde distintas perspectivas y modalidades, normalmente enfocadas en la visión y recepción adulta. No obstante, la problemática también concierne al mundo infantil, y negar o minimizar dicha realidad solo aumenta la gravedad de la situación. Argueta recrea un contexto donde la niñez es absorbida por la violencia; las imágenes de Ruano ratifican la vulnerabilidad e inocencia con que esta comunidad se enfrenta, por ejemplo, a las pandillas de sus barrios, los peligros del desierto, La Bestia, la migra, la soledad o al miedo de perder a sus padres: “Los pintados / aparecen por las noches, / los pintados / aparecen por la tarde / y por las mañanas. / Los pintados / aparecen a todas horas. / Los pintados / tienen los ojos duros. / En sus brazos, caras, / pechos y espaldas / viven, como culebras, / los tatuajes. / A mí me da miedo que / esas culebras me vayan a picar.”

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El autor salvadoreño compuso su texto basándose en su propia experiencia y en la de otros jóvenes inmigrantes con los que convivió tanto en su país de origen como en un albergue de San Diego, California; los cuales, debido a situaciones de pobreza o violencia, tuvieron que huir de sus barrios y dejar atrás su infancia, esa en donde “hay un perro que puede silbar, / una gata que puede bailar, / un gallo que se mira en el espejo / y en vez de cantar, come paletas de coco / de las que vende / don Silverio.” Somos como las nubes nos muestra lo que dejan atrás estas pequeñas, a qué sueños renuncian, cuáles deseos van creando, qué sienten, piensan y anhelan los niños durante esa dura odisea. Las palabras de cada poema de Argueta, su consonancia y melodía permiten adentrarnos en experiencias sumamente difíciles y críticas de la mano de esa mirada pueril desde y para la cual se escribió el libro-álbum; una mirada que, pese a un sinfín de dificultades, no abandona sueños ni la esperanza de volar como las nubes.

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Crédito de fotografía: José Luis González 

 Amalia Rodríguez