Una poeta fotógrafa

Carmen Amato Tejeda es una reconocida poeta y promotora cultural independiente. Nació en Aguascalientes, en 1952, pero radica en Ciudad Juárez desde sus cuatro años. Tiene una maestría en Creación Literaria por la Universidad de Texas en el Paso y es doctora en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Estatal de Arizona. Organizó y coordinó durante seis años el Encuentro de poetas en Ciudad Juárez. Ha colaborado con revistas literarias nacionales e internacionales. Algunos de sus poemarios son: Hoy somos del silencio (1992), Ciudad que se restaura (1996), El silencio que se hiela en la blancura de las hojas (1997), Gestación de la luz (2006), Estación Tempe (2008), Ni cincel ni fragua (2009), entre otros. Además de dedicarse al campo de la poesía, también ha participado en el área de la fotografía en distintas exposiciones individuales y colectivas. Entre las primeras destacan El trabajo de las mujeres en Ciudad Juárez, montada en el Museo de Arte de esta ciudad; En un rincón del alma, en el Instituto Tecnológico de Ciudad Juárez; y Repeticiones, en el Museo de Arqueología del Chamizal. En 2010 fue distinguida con la presea Edmeé Álvarez como Chihuahuense Destacada en el área de Literatura, otorgada por el Congreso del Estado, y con el de Mujer Cultura 2006 por el Ayuntamiento de Ciudad Juárez.

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En una entrevista realizada por Gustavo Tisocco, la poeta respondió que escribía por una necesidad de expresar y comunicar lo que veía, pensaba y sentía ante estímulos como la ciudad, la gente y la naturaleza. La poesía, entonces, para Amato, es un vehículo para comunicar aquello que le rodea. Los elementos que logran servir de génesis para sus versos pueden o no ser obvios para los demás; sin embargo, ella los plasma como si de una imagen se tratase. Ya lo decía ella al intentar definir su poesía: “Creo que tiendo a buscar la poesía fotográfica”. En el poema “En ella vivo”, logró captar con su lente poética parte de la violencia y el femicidio que aún persiste en la memoria juarense. Este texto se encuentra reunido en una antología bilingüe: Sangre mía. Poesía de la frontera: violencia, género e identidad en Ciudad Juárez (2013). Cincuenta y dos voces, además de la de Amato, adoptan una posición en contra de la indiferencia social, la deshumanización y el abandono, así como la impunidad.

Sangre mía, título del poemario colectivo, rinde un homenaje a la poeta Susana Chávez, quien fue víctima de lo que severamente denunció en su poesía y actos cívicos: el femicidio. En la composición de Amato, la voz poética no sólo acusa este crimen tan atroz hacia las mujeres, sino que presenta cómo le afecta a la sociedad juarense: gracias a la violencia hacia la ciudadanía, sobre todo a la comunidad femenina, la atmósfera que se desarrolla en las calles es de intranquilidad. La consecuencia más notable de esa angustia es el silencio fúnebre en cada rincón de la ciudad por su desierto geográfico. Dos son las reacciones que los juarenses sienten por tan penoso escenario: “la indignación y el miedo”.

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Por último, existe una pequeña calle, limitada por Soneto 154 y Soneto 156, dentro de la colonia Olivia Espinoza de Bermúdez que tiene el nombre de la poeta. Es interesante que las calles que la limitan remitan a una forma lírica tradicional, ya que en la entrevista de Tisocco ella apunta que desde niña escribe poesía y, tal parece, como especie de presagio, su vocación es presentarles a los demás su visión del mundo a través de la creación de algunos versos. Esa calle obtuvo su nombre, como la propia Amato en una ocasión expresó, por un reconocimiento que le otorgó el Ayuntamiento de Ciudad Juárez.

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Esto hace constar el agradecimiento que la ciudad le concede por su ardua labor como creadora y promotora cultural juarense. Gracias a su “fotografía” poética esta frontera no quedará en el olvido, como lo demuestra “En ella vivo”. Este texto es un ejemplo de la poesía del norte de México. Amato exploró líricamente y recreó/construyó en forma de alegoría a la urbe fronteriza. Al denunciar un problema social que ella ha observado, no sólo alza su voz, sino hace que se escuche el pensamiento contenido de la comunidad. Así lo demuestran los siguientes versos: “En esta ciudad nunca nací… en ella vivo / y es después de mi casa, mi más cercana piel, / por sus poros respiran mis angustias, / por sus venas se drenan mis reductos”.

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Nohemí Damián de Paz

Santa Claus en la frontera

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Existe un personaje que marcó la infancia de muchos y, aunque con el tiempo nos dimos cuenta de su falsedad, se convirtió en un símbolo de tradición navideña: ese regordete ser enfundado en traje (casi siempre en) rojo. Sobre este típico personaje, el escritor e ilustrador de libros infantiles, Xavier Garza, se basó para crear un excelente relato bilingüe: Charro Claus and the Tejas Kid (2008). El libro-álbum fue creado e impreso en la editorial Cinco Puntos Press, sello independiente ubicado con los primos de enfrente (en El Paso). Charro Claus and the Tejas Kid cuenta como personajes principales a un niño llamado Vicente quien pasa la navidad con su tío Pancho y por supuesto a Santa. En este relato, el tío Pancho es pariente de Santa, quien va a su encuentro para pedirle un favor: que reparta regalos por toda la frontera del Río Grande. Así que el tío Pancho se disfraza, colocándose su antiguo traje de mariachi y su vieja guitarra; con algo de magia, Santa lo trasforma en “Charro Claus”, haciendo lo propio con su carreta y los burros (a los cuales les pone máscaras de luchadores) para que puedan volar y que cumplan el cometido. “Yo también quiero ir”, piensa Vicente. El tío descubre a su sobrino escondido en el saco, por lo que contará con un ayudante para la repartición de regalos a los niños que viven a lo largo de la frontera. Vicente asume una identidad: “Tejas Kid”, quien porta una máscara, capa, sombrero y guitarra, como debía de ser.

La obra infantil se desarrolla a lo largo y ancho de la franja fronteriza, aunque no se ubica en un espacio específico de la ciudad. Ahora bien, ¿por qué situarla en la frontera y por qué transformar al emblemático personaje a un “estilo” mexicano? Las respuestas a estas dudas las encontré en una pequeña historia autobiográfica con la que el autor cierra el libro. En ella narra que en Rio Grande City, en el sur de Texas, se encontraba el “primo mexicano” de Santa Claus, alguien tan presente en la comunidad que hasta tenía su propia canción, pues hacía prácticamente lo mismo que el Santa real pero solo para los niños locales. Charro Claus and the Tejas Kid se trata, entonces, de los recuerdos que nos llevamos de nuestro lugar natal a donde sea que tengamos que emigrar, y el protagonista representa a todas las familias que tienen un primo, un tío, un hermano o cualquier ser querido que ha dejado todo en su país para buscar una vida mejor.

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Xavier Garza, autor e ilustrador, creció en la frontera dentro de una familia mexicana-estadounidense. Simpatizante de la lucha libre y el folklore, utilizó estos y otros elementos como inspiración para crear sus personajes, pues, aunque no nació ni vivió en México, quedó fascinado con la cultura que sus padres le mostraron. Una historia que se repite en cientos de familias, cuya única opción al verse obligadas a abandonar todo lo que conocen por una vida mejor, es tratar de inculcar sus viejas costumbres a sus hijos, para que lo bello de sus raíces continúen en la memoria. Las ilustraciones del libro proyectan justo eso, pues la vestimenta que utilizan los personajes, los colores y algunos símbolos como la guitarra y el sombrero charro, logran transmitir parte de nuestra cultura, de México para el mundo.

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Andrea Yareli Salazar

De frente y con orgullo

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Animala y otros destellos de Adriana Candia forma parte del ejercicio continuo de pizcar la palabra al que ya nos tiene habituados una escritora que se distingue por un estilo híbrido, transfronterizo, decolonial. La narrativa que nos ofrece se configura como una especie de vía láctea; sorprende en cuanto a su presencia continua y a la vez se va tornando inabarcable. Su trayectoria como periodista, crítica literaria, estudiosa de las comunicaciones, deriva en esta ocasión en un ejercicio de concentración de la palabra, de cercanía con el principio del ser, de la identidad, de la existencia humana, en el filón de la experiencia femenina. Si bien el texto posee una unidad discursiva, podemos bien destacar la autonomía de cada uno de los apartados que lo integran y que refieren a una mirada fragmentada, polisémica, rizomática de la realidad intra y extratextual de las voces narrativas que confluyen en el texto como una especie de ventanas virtuales en donde cliqueamos de acuerdo a la autonomía del receptor para hallarnos frente a los espejos cóncavos y convexos que nos ofrecen las diversas aristas de nuestra existencia e identidad. Me parece que la obra de Adriana Candia apunta hacia esos dos conceptos que la crítica literaria ha hecho suyos desde los estudios feministas; la sororidad y el empoderamiento de lo que ha sido ubicado en las estructuras de poder patriarcal en el cajón de la subalternidad: lo femenino. Entendiendo como tal la existencia luminosa de las mujeres y aquellos varones que se atreven a explorar el lado oscuro de la luna para hallar la parte de sus identidades que les ha sido negada por un sistema social que apunta hacia las formas del silencio más abyectas.

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“La tersa muñeca de porcelana, de tupidas pestañas, mirada azul y boca de capullito encarnado. Cada vez que sonríe, nace un fantasma”, enuncia una mínima anécdota, un profundo dilema humano de la experiencia del estereotipo que del ser mujer la cultura occidental nos ha impuesto. Las muñecas, metáforas de la feminidad, asumen la responsabilidad de educar en la convención a las mujeres, de refinar su rebeldía innata, de educar en el silencio, de aprender a ser objeto de uso, a la disposición de las manos que decidan asirla sin tomar en consideración su voluntad. El final sorpresivo y abierto de este microtexto, contracuento como los llama su autora, propone un proceso de desmitificación a través de la fina ironía: el nacimiento de un fantasma refiere a la presencia de lo inanimado, lo inerte, lo prescindible. La duda emerge en nosotros como lectores y nos lleva a inquirir respecto a si la sonrisa de la Gioconda con su profunda polisemia sería la única que nos salvase de un destino impuesto: la nada. La voz narrativa interpela al prototipo de feminidad representado en la Barbie, ese prototipo de feminidad que emerge en 1959 (inspirada en la muñeca alemana, Lilli Bild, dirigida a un público masculino que solicita, valida y reproduce el estereotipo de lo femenino en su filón ultrasexualizado y sobre todo subalterno), una década posterior a la publicación de El segundo sexo de Simone de Bouvaire. Candia apela a la intertextualidad para que los receptores completemos los márgenes y reescribamos la historia. Tomemos conciencia de que la inocencia de los juegos infantiles del mundo familiar y de pareja representados por Barbie y Khent dejan de lado la realidad, mantienen la figura del varón hegemónico: “Encantada con sus regalos de cumpleaños, la nenita reproduce la casa, la cocina, los cinco hijitos. Le falta mucho para descubrir que le hicieron trampa. Aprendió a hacerlo todo ella sola, sin ayuda del marido imaginario”.

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Lee aquí el cuento

El segundo apartado de Animala, “Lupita”, no solo interpela los modelos occidentales, sino inquiere a los receptores para retomar la tradición de la literatura chicana; el guiño literario nos conduce a Gloria Anzaldúa, quien anota que “La gente Chicana tiene tres madres. All three are mediators: Guadalupe, the virgin mother who has not abandoned us, la Chingada (Malinche), the raped mother whom we have abandoned, and la Llorona, the mother who seeks her lost children and is a combination of the other two.” La portentosa Coatlicue emerge en este texto de Adriana como lo hizo el 13 de agosto de 1790 después de haber sido enterrada por los conquistadores en 1500. En brevísimas palabras, los textos de Candia recorren la historia de la Conquista hasta la colonización religiosa con Tonatzin. No pierde oportunidad la autora de interpelar las versiones mass media de estas figuras al aludir a “La Rosa de Guadalupe”. La fuerza de esta narrativa se condensa en la enunciación de la autonomía de esas madres de Anzaldúa. Candia reivindica la libertad, autonomía, gozo del cuerpo y la sexualidad de La Llorona, de Lupita y, por supuesto, el poder de la Coatlicue. Estos microrrelatos develan la capacidad de romper con los destinos impuestos: “Las otras hijas de la Coatlicue, las que no urdieron chismes ni planearon el matricidio, las que no perdieron literalmente la cabeza en manos de un hermano mal portado, hicieron atado, cruzaron ríos y montañas para poner distancia a la sangre. Nada las salva. Ahora escriben contra cuentos para defenderse del enemigo”.

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“Hormolandia” me lleva al ensayo de Graciela Hierro, en Me confieso mujer, quien dice: “Compartir la belleza, la pasión, la tristeza, el erotismo, el juego y el dolor. Ahí se halla también la comprensión profunda de lo que sucede”. Esto mismo ocurre aquí; se reivindica el derecho al placer erótico de las mujeres, a la diversidad sexual, al goce de la alteridad sin renuncia a la mismidad: “Usa vibrador, toma hormonas artificiales que sí le funcionan y nos dice muy jocosa que ella mira” choras y papacitos por todas partes […] Al final de cuentas, todo es cuestión de placebos” (43). ¿Cómo no sentirse interpelada en el apartado “Espejo”? El fragmento Animala, comienza así: “me consideraron salvaje por haber nacido con el pelo chino […] ¡Cabeza de leona! ¡Pelos tan feos!, cuántos resortes! […] y cortaron mis cabellos al ras, para educarlos” (46). Sigmund Freud habla del miedo a la castración masculina: “La visión de la cabeza de la Medusa paraliza de terror a quien la contempla, lo petrifica”. Aquí se trasmuta en un pensamiento y praxis machista por la castración de las distintas partes sexualizadas del cuerpo femenino. Se disciplina y castiga, en términos de Foucault, la corporeidad y el deseo. Pero la experiencia de vida de la maternidad y el gozo del cuerpo empodera a la voz femenina, quien cierra el fragmento “Bugambilias” refiriéndose a sus senos: “Van de frente y con orgullo, y a quien le incomoden, que se Joda” (51).

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“Altar” estruja por la intimidad que conlleva. La relación de pareja de los padres, vista desde la alteridad nos conduce a Un hogar sólido de Elena Garro. La hija rememora la distancia continua, el silencio y las buenas costumbres, una vida de apariencias, mientras les coloca el altar de muertos a sus padres. “Las brujas también tenemos hambre” es la frase que cierra el tercer apartado; “Brujas” alude a la imparable fuerza de las transgresoras al sistema heteropatriacal que, sin embargo y a pesar de todo, disfrutan la diversidad, incluso de preparar el desayuno familiar. Si alguna ocasión hemos pasado hambre, el apartado homónimo asemeja transitar un desierto en pleno verano. Las dietas, la bulimia, la anorexia, la indigencia se instauran en la sección denominada “Hambre”; no es una metáfora sino experiencia cotidiana “de un país llamado HAMBRE”. Sección indisoluble de “Sueño americano” en donde la crudeza de la xenofobia, racismo, clasismo, falta de empleo, precarización de la vida cotidiana marca el tic-tac del reloj: “El sueño americano en la frontera sur es muy breve. Apenas es el sueño de que se nos inunde la traila en tiempos de lluvia” (78)149 Cardona Exodus

“Cuentos para dormir bien” favorece desde el humor, la ironía, el trastoque de las historias ficcionales y reales, la posibilidad de que las mujeres se desmarquen de la vida colonizada. Dice Ochy Curiel: “Descolonización como concepto amplio se refiere a procesos de independencia de pueblos y territorios que habían sido sometidos a la dominación colonial en lo político, económico, social y cultural”. Así sucede con el pueblo de las mujeres; se independizan de los sometimientos de todo tipo: “Odio las caperuzas y los sacrificios inútiles. Si me toca ser abuela en el cuento, quiero vestirme de rojo y salir a bailar a la luna” (86). Jesusa Rodríguez alude a lo mismo en su canción, cuando cumpla los ochenta. “Caramelo” nos acerca al periplo de las simulaciones, de la luna de miel, de las relaciones ni siquiera co-dependientes, sino de sumisión de la otredad. La celotipia se enmascara, se diluye, para irse a la yugular de cualquier relación: “Los celos alimentan muchísimo cualquier relación… de odio”. La sentencia feminicida emerge en estos contra cuentos: “Todas las negaciones de aquella tarde fueron inútiles. Afirmo la traición con el último actor: Al salir, azotó la puerta del hotel con una violencia” feminicida.

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Cierra el volumen con la sección: “Piñata”. Si bien tiene su origen en el deseo de acabar con el MAL, encarnado éste en la mujer, constituye la norma social para el golpe directo o indirecto al más de 50% de la población. Incluso los varones progres se abrogan el derecho al maltrato de las mujeres, y no se diga aquellos que se mueven en el ámbito de las artes. Baste correlacionar estos contra cuentos finales con el #Metoo americano: “así tejen sus redes: con sutileza sus telarañas, sus pantallas de nuevos seres, sus trajes de carnaval con los que se visten de sororarios mientras dan la espalda”. Animala ofrece una serie de destellos diminutos que atraviesan el aquí y ahora de quien transita por sus habitaciones; la oscuridad aprisiona al ser en ellos, pero en ese mundo soterrado, abyecto, la palabra empodera a las mujeres, siendo ellas quienes encuentran el fuego que las salva, no como un favorecimiento divino, sino como un acto de concienciación colectivo. Enhorabuena a la literatura de la frontera por estos destellos desde la animalia que nos habita hacia la libertad.

Susana Báez Ayala

 

Un Nobel español en nuestras calles: Benavente

Jacinto Benavente, un prolífico y reconocido escritor de teatro en su época, nació el 12 de agosto de 1866 en Madrid. Desde muy pequeño, fue aficionado a asistir a puestas en escena. Su interés en la dramaturgia llegó a ser tan grande que su padre le prohibió seguir con sus juegos teatrales; sin embargo, nunca renunció a ellos. Años después, en 1892, publicó su primer libro, Teatro fantástico, compuesto por ocho piezas cuyo objetivo final no era la representación. Ya para 1894, fue considerado una de las figuras importantes de las nuevas tendencias en letras españolas del momento. Tuvo relación con José Echegaray y Eizaguirre, premio Nobel de Literatura de 1904. En 1912, fue elegido miembro de la Real Academia Española, ocupando el sillón L. Nunca escribió su discurso de ingreso a la Academia y renunció a su puesto en 1939, quedando como académico de honor. En 1922, recibió un telegrama, durante su estancia en Argentina, notificándole haber obtenido el Premio Nobel de Literatura por su obra Los intereses creados. Después de ser galardonado con ese premio, se volvió una celebridad; fue centro de múltiples homenajes dentro y fuera de su país natal. Durante la Guerra civil española, se refugió en Valencia, de donde salió a proclamar, en 1939, el triunfo de Franco. Siguió estrenando y viajando hasta su muerte el 15 de julio de 1954, cerrando consigo una época del teatro español. Su presencia en tierras mexicanas se limita a su nombre en calles y centros educativos.

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La malquerida, una de las obras más reconocidas de Benavente, se estrenó el 12 de diciembre de 1913 con una excelente recepción entre los asistentes, quienes, al finalizar la función, se pusieron de pie y aplaudieron sin pausa. El éxito se debió, tal vez, a que aquella puesta en escena fue un reflejo de la afirmación del teatro de España. ¿De qué trata esta historia? Después de enviudar, Raimunda, quien debe hacerse cargo de su hija, Acacia, se casa con Esteban más que por amor, con el motivo de tener un hombre que ponga orden en su casa y acalle las habladurías de la gente que la conoce, y así mantener tanto su honor como el de su hija. No obstante, Esteban y la joven, a espaldas de la madre, viven un amor pasional que no quieren aceptar. Él lo resuelve asesinando a los pretendientes de Acacia y por ello comienzan a llamarle “La malquerida”. El drama –llamado así por su autor, pero considerado como tragedia por la tensión progresiva a lo largo del argumento–  se divide en tres actos y su tema principal radica en la lucha del amor y la pasión contra lo establecido por los lazos parentales, acompañado por el tópico del incesto. Otro de los aspectos que se destaca en esta obra es el desarrollo del habla rural que Benavente logra en ella. Su éxito llegó al punto de suscitar traducciones y adaptaciones cinematográficas, tres en vida el autor; las cuales, sin embargo, no fueron de su agrado.

La calle Jacinto Benavente inicia en Camino Viejo a San José, pasa por la reconocida avenida Ejército Nacional y culmina en Canal, donde se encuentra un arroyo. ¿Qué hace una calle con el nombre de un dramaturgo peninsular en Ciudad Juárez? Resulta extraño encontrar a un ganador del Nobel que ha sido olvidado en las lecturas de los propios españoles en un espacio juarense. No obstante, varias arterias de esa zona también se denominaron en honor a otros reconocidos escritores extranjeros como Gabriel García Márquez y Pedro Calderón de la Barca; aunque cabe destacar que la Jacinto Benavente resulta considerablemente más grande. Cerca de ella está Plaza Juárez Mall, centro comercial que recibe diariamente a cientos de familias juarenses, y en el cruce con la Ejército Nacional destaca el restaurante mexicano “Cielito Lindo”, el cual, unos meses atrás, servía comida china. Tal vez esa indecisión de identidad nacionalista respecto a la comida que prefiere la comunidad muestra la paradoja de tener a un Nobel español olvidado como parte del entramado de la ciudad. Además, el dramaturgo, quien mostraba en sus textos a una sociedad rural, su habla y sus costumbres, representa ahora una de las partes más transitadas de la urbe juarense. ¡Vaya ubicación!

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Fernanda Villalobos Ocón

Juárez dinamita: entre historia y fantasía

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La historia del antiguo Paso del Norte ha estado envuelta en un halo legendario, misterioso y, en ocasiones, muy cercano a lo fantástico. No podía ser de otra forma, pues la lejanía del centro, su carácter fronterizo y transeúnte desde su fundación, la proliferación de cantinas y prostíbulos, los movimientos revolucionarios, la maquiladora y la expansión de la mancha urbana, todo ello con sus consecuentes desbordes de violencia, son parte de las pulsaciones que participaron en la formación de la ciudad. Una memoria que sin duda debe ser contada. Así como lo hicieron, en 1994, un trío de periodistas, Raúl Flores Simental, Efrén Gutiérrez Roa y Óscar Vázquez Reyes al publicar Crónica en el desierto: Ciudad Juárez de 1659 a 1970. Este texto, cuyo objetivo consiste en “ofrecer a todo tipo de lector una panorámica general de la historia de esta ciudad”, se conforma por varias cápsulas informativas en las que los autores muestran determinados momentos o circunstancias que definieron el rumbo y la esencia de lo que hoy es Juárez. Uno de ellos fue la muerte del presidente José Borunda.

El Parque Borunda (del que ya he hablado en otra entrada) se inauguró en febrero de 1941 en honor al alcalde asesinado tres años antes. Un suceso que cimbró a toda la ciudad, por lo que Flores Simental y su equipo le dedican un par de páginas entre sus crónicas. La explosión en la antigua Presidencia, ocurrida el 1º de abril de 1938, aparece en el capítulo titulado “Años violentos”, donde se contextualizan los grandes cambios y tensiones que sufrió México durante los años 30, así como las consecuencias que trajeron a esta frontera la depresión estadounidense junto con su Ley Seca. Eran tiempos de gran pasión política y disputas por el poder; la expropiación petrolera acababa de suceder (marzo de 1938), y en Juárez este ambiente se reflejó en graves problemas económicos, sociales y políticos que cerraron la década con el homicidio de dos figuras públicas. El 12 de marzo de 1938, el senador Ángel Posada fue asesinado en un hotel por el exgobernador Rodrigo M. Quevedo. Días después, el Presidente Municipal José Borunda murió debido al estallido de una bomba que le fue enviada por correo desde Chihuahua, aparentemente, por la misma familia Quevedo.

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Ahora bien, la disposición textual del libro me resulta algo complicada, aunque cumple su función de ofrecer cápsulas informativas. Hay un par de columnas principales donde se narra la información general, y en ellas se insertan cuadros (a manera de notas periodísticas pero que rompen drásticamente la lectura principal) que abarcan sucesos específicos. Por ejemplo, en “La bomba en el paquete” nos enteramos, a través de los recuerdos del entonces secretario presidencial Humberto Robles, de todo lo sucedido durante los momentos previos y posteriores a la explosión: la llegada del conserje Domingo Barraza con el bulto, la posición en la que quedó el alcalde, sus últimas palabras, etc. Más abajo, en otro apartado, se describen las actividades luctuosas, pues al imponente funeral asistió “prácticamente toda la población de Juárez”.

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Sin duda, la pluma del cronista resulta fundamental para forjar la identidad de una comunidad. Todos conocemos el Parque Borunda, pero pocos somos conscientes de la línea de sucesos que subyace detrás de él y de su nombre, y que por momentos pareciera sacada de una película del viejo oeste donde hay que lidiar con “Barras y balas” o enfrentarse a “La ciudad más perversa” –otros títulos de Crónica en el desierto –. Solo a través de textos como el de estos autores podemos llenar, poco a poco, ciertos vacíos de nuestra memoria colectiva (aunque a veces resulten bastante violentos), y ver “que a pesar de lo árido del paisaje –o justamente por eso– Ciudad Juárez tiene una historia cercana a la fantasía”.

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Amalia Rodríguez

Villarreal: de La tuna al Mint

La figura de Carlos Villarreal Ochoa encarna ciertas ambigüedades propias del viejo arte –quizá no tan antiguo– de hacer política bajo la bandera del partido tricolor: traficante malhechor, presidente municipal, justiciero vengador, emblema y mártir… dichosa la calle y puente que llevan su nombre. Oriundo de Durango, ocupó el máximo cargo político en Ciudad Juárez a mediados del siglo pasado, de enero de 1947 a finales del 49. Su formación profesional también se la debe a Chihuahua; en Parral adquirió el gusto por el ganado y se desarrolló en materia de comercio. Sabemos que tenía apego al negocio de toda índole y, al llegar a la frontera, pronto supo acomodarse en la aduana. Sus gestiones administrativas en esta oficina y una que otra malversación le costaron una estancia forzada en La Tuna, prisión federal de Nuevo México. ¡Contrabando etílico en época prohibicionista! Pero ya para entonces se había unido al partido que en aquellos tiempos aquí en el norte más que priísmo se llamaba quevedismo, por la influencia ejercida por los hermanos Quevedo. Bajo ese manto protector no había cárceles ni oponente alguno (literal) para llevarse el Municipio. El gobierno de Carlos Villarreal se hizo fama por su mano dura, e incluso se cuenta que practicaba la ley fuga allá por Samalayuca. El orden público como baluarte hizo que los medios para alcanzarlo fuera lo de menos. El escritor Filiberto Terrazas Sánchez, en La voz de los siglos, refiere que la paz era tal que los juarenses dormían con ventanas y puertas abiertas.

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Así como este cronista, existen muchas más plumas que han reconstruido el devenir de la ciudad. La historiografía del antiguo Paso del Norte se lee desde varias voces, según el periodo, los objetivos o la formación de cada historiador. No es la intención dar cuenta de ellas, aunque aprovecho para mencionar a las que suenan más fuerte, ya sea porque gozan de una buena distribución o por el rigor de su trabajo. La monografía de José Manuel García-García sobre la región detalla los textos de su historia y su cultura (2005); no hay quien sepa más sobre Propiedad de la tierra (2002) y urbanismo que Guadalupe Santiago Quijada. Mientras que Martín González de la Vara (2002) y Raúl Flores Simental (2010) sobresalen por el esfuerzo de síntesis en sus breves historias; David Pérez López se ocupa de Los años vividos (2005) en el transcurrir cotidiano. Anterior a todos ellos, destaca la figura de Armando B. Chávez, historiador de la vieja guardia, implicado a fondo con sus sujetos de estudio, cauteloso con su puesto de trabajo. En 1959 imprimió en la Ciudad de México (sin sello editorial y con fondos propios) Sesenta años de gobierno municipal. El libro pasa revista a la gestión y datos biográficos de los jefes políticos del Distrito Bravos y presidentes del municipio de Juárez, 1897-1960.

Para esas fechas, en el tercer centenario de la fundación de la Ciudad, Carlos Villarreal aún se encontraba con vida, y Chávez nos cuenta que “sigue radicado en esta frontera… casado con Josefina Quevedo [¡qué sorpresa de apellido!], viven… en su actual residencia de la avenida 16 de Septiembre Oriente número 1819”, a una cuadra de la de Juan Gabriel. Se dedicaba “a sus negocios ganaderos. Es propietario del rancho Los Ojitos, en el Distrito Galeana, Municipio de Janos, y de otros en el Estado de Chihuahua”. Es decir, iba para gobernador del Estado. Sin embargo, su carrera política fue interrumpida de forma fulminante. La mano de hierro con la que se impuso a sus adversarios le valió la estrecha cercanía de sus enemigos. En febrero del 63 (junto con otro expresidente, Víctor Ortiz) Villarreal fue acribillado por un matón a sueldo en el bar Mint, en la Avenida Juárez. El asesino, Francisco Olivera Castel, fue encarcelado, pero pronto salió libre, y se incorporó a la burocracia en Villa Ahumada, clásica argucia tricolor.

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¿Pero qué hizo el presidente a nivel urbano y de desarrollo social? El balance luce positivo y también por eso deberíamos recordarlo. Durante su mandato inauguró el Cine Plaza en el Centro; se construyó el Auditorio Municipal, “orgullo de la ciudad” y la Estación no. 2 de Bomberos, ambos en torno al Parque Borunda; se pavimentaron 350 mil metros cuadrados de arterias, con lo que algunas de ellas cambiaron su nombre, como la actual Avenida Hermanos Escobar; se tendió el alumbrado público en las calles principales (como la que ahora lleva su nombre en la colonia Las Margaritas); se abrieron varias escuelas, como la Gregorio M. Solís en donde mi hija inició su primaria. A su administración le debemos el Puente Libre, antesala del PRONAF, “que une a la isla de Córdoba con la calzada de las Américas”, y que ahora se llama Carlos Villarreal. Este puente también le hace honor al político, ya que, a riesgo del colapso, no se puede circular por los carriles laterales; o sea, si uno se acerca a sus orillas sobresalen las anomalías. Por último, el presidente municipal “estableció por primera vez el servicio de radiopatrullas con flamantes automóviles bien equipados”, que lamentablemente no rondaban cerca de El Mint aquella noche de febrero.

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Carlos Urani Montiel

Acolhuacan en órbita

Acolhuacan, durante la época prehispánica se encontraba cerca del actual Valle de Texcoco, en la ribera este del casi extinto lago de Texcoco, a poco más de una hora de la Ciudad de México. Ahora se divide en cuatro regiones principales que acogen varios poblados que a su vez cuentan con sus propios gentilicios, topografía y sistemas de gobierno independientes pero, en el pasado, todos se regían por una misma lengua impuesta por el reinado al que pertenecían (el náhuatl) y un mismo nombre dentro de ese gran territorio que ocupaban: acolhuas. El significado que se le atribuye a esta palabra es, casi literalmente, “esos que tienen antepasados que provienen del agua”, aunque también existen otras acepciones: señores o moradores del agua. Son conocidos, principalmente, por su tlatoani Ixtlilxóchitl Ometochtli, quien se casaría con Matlatzihuatzin para convertirse en los padres del poeta prehispánico más leído de todos los tiempos: Nezahualcóyotl. Del poblado se sabe poco; hay menciones poco profundas en los textos de poblaciones vecinas con las que interactuaban, pero de los acolhuas como tal no se tiene información precisa o de primera mano. Fuera de Nezahualcóyotl, no hay otra prueba que perdure sobre los habitantes de la zona.

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Ya que no existe un texto concreto que se refiera a los acolhuas, haré referencia a varios libros que me parecieron interesantes y los mencionan. Para comenzar, Población y sociedad: cuatro comunidades del Acolhuacan, de Marisol Pérez Lizaur, muestra la actualidad de lo que en un pasado fue dicho territorio. En la introducción, la investigadora se ocupa de los habitantes prehispánicos y algunos de sus logros, procurando ubicar al lector con referentes actuales en un plano geográfico de lo que anteriormente fue el señorío de los “señores del agua”, con sus 11 reinos dependientes en la Cuenca de México. Además, en Nezahualcóyotl: vida y obra, José Luis Martínez dedica todo un capítulo a la descripción física del reino que el heredero al trono creó luego de levantarlo una vez más tras la batalla que lo llevó a huir durante años. El historiador hace un recuento de sus palacios, jardines e incluso las escuelas que existieron en aquel entonces. Y como es de esperarse, el nombre de su lugar de origen aparece con frecuencia en sus poemas, tales como: “Comienza ya, / canta ya / entre flores de primavera, / príncipe chichimeca, el de Acolhuacan.”

13 Nezahualcoyotl Ixtlilxochitl

El resto son referencias mínimas en textos que mencionan al pueblo por las guerras floridas. Para muestra, figuran varios de los escritos y traducciones de Ángel María Garibay y su discípulo Miguel León-Portilla. Así, casi todo lo que se encuentra en la literatura referente a estos naturales del México prehispánico son crónicas que relatan lo que ocurría a terceros durante la época de la conquista. Su papel fue más bien de espectadores y no queda mucho, o relativamente nada, de lo que los acolhuas pudieron dejar escrito a su paso.

En Ciudad Juárez, para tristeza de los propios acolhuas, pocos saben la historia detrás del rótulo marcado en la esquina de esa calle. Muchos sólo conocen el sitio porque lo asocian con la estación de radio local, Órbita 106.7 FM, sin imaginarse la cantidad de cosas que se pueden decir respecto a ese simple nombre que nos remite a toda una cultura de nuestro lejano pasado. Actualmente, la calle Acolhuas es un punto de referencia que nos remite a la Perimetral Carlos Amaya, al conocido “Hoyo” para comprar cosas de segunda mano y la descuidada rotonda de Quetzalcóatl. También es un referente geográfico para todo aquel que conoce o vista la colonia Aztecas. Las casas que se asientan en la larguísima calle de Acolhuas se debaten el terreno familiar contra bodegas y lotes baldíos. ¿Cuántos vecinos tendrán idea del origen del nombre que aparece en la reluciente placa del lugar en el que habitan? Para finalizar, dudo que el espacio urbano coincida de alguna manera con el nombre que porta. Los acolhuas fueron guerreros sacrificados en batallas, ciudadanos que cultivaban su propia comida con las manos; el sitio industrializado de calles pavimentadas, vista desértica y pocos árboles no se asemeja al paisaje boscoso y lacustre en mitad de una cuenca, que nunca antes, como en esa época, pudo tener más vida.

13 Acolhuas Orbita

Zaira Selene Montes Guzmán

Destino de errabundos

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Diego Pérez de Luján escribió una relación sobre la expedición al mando de Antonio de Espejo a Nuevo México, en la que sirvió junto con otros militares y un sacerdote. Dicha narración permaneció guardada por un par de decenios; hasta 1602 fue encontrada por Martín de Pedroza, escribano real. Sin embargo, la obra no se publicó, y fue hasta 1929, cuando se tradujo al inglés, que pudo darse a conocer. Luján nos deja un diario de viaje en el que nos relata el día a día de la empresa de Antonio de Espejo en la búsqueda de la expedición de Francisco Sánchez Chamuscado, quien había salido el año anterior (1581). Espejo financió su propia expedición y, con licencia de Juan de Ibarra, gobernador de la Nueva Vizcaya, partió del valle de San Gregorio en noviembre de 1582. Su camino siguió por los ríos Conchos y Grande con dirección norte; el encuentro con los pobladores originarios fue constante, así como con vestigios dejados por expediciones anteriores, al igual que con riquezas naturales de la región que satisficieron las fatigadas ansias. Sorprende que el territorio no aparezca hostil; su paso por nuestra hoy frontera no fue tan penoso para Espejo y compañía como lo fue para Chamuscado.

El camino que recorrió la expedición de Antonio de Espejo estuvo constantemente acompañado de nativos, quienes les servían de guías, traductores y avisaban a sus vecinos del avance de los viajeros. Contrario a lo que Pérez de Luján describe, el tenso recibimiento de los indígenas durante su travesía es notable y parece que su hospitalidad llevaba la esperanza de verlos marcharse pronto o al menos evitar la ira de los forasteros. Así, su avance desde el rio Conchos hasta el Grande los llevaría a encontrarse con el futuro Paso del Norte en donde hallaron a los moradores que serían, años más tarde, sometidos por Juan de Oñate. El cronista describe a unos indígenas denominados tanpachoas de la provincia de los Patarabueyes. Gran parte de su encuentro con los naturales fue pacífico; sin embargo, tuvieron algunos enfrentamientos con ellos, como en su llegada al pueblo de Puala en donde habían sido asesinados los frailes de la expedición de Francisco Sánchez de Chamuscado. A pesar de esos eventos, la expedición no sufrió grandes pérdidas y continúo su avance en el que Antonio de Espejo, movido por la ambición de todo explorador en tierras vírgenes, dejo atrás a algunos de sus acompañantes y salió en búsqueda de riquezas; no obstante, sus esperanzas murieron pronto y, reuniéndose con el resto de sus aliados, regresó a San Bartolomé en 1583.

147 Antonio Espejo Lea

Las expediciones al norte tuvieron éxito de forma paulatina y la población de esta área prosperó poco a poco. La frontera ha sido un lugar de encuentro entre culturas y, a pesar del paso del tiempo, continuamos aquí, ya sea para asentarnos o para transitar brevemente por una ciudad que mantiene sus puertas abiertas al viajero. A más de cuatrocientos años de las primeras expediciones, la geografía de la región luce distinta, pero aún conserva algunas de las características descritas por Diego Pérez de Luján y tantos otros expedicionarios y cronistas. Por desgracia, las riquezas naturales de la región cada vez son más escasas, incluso algunas aparecen ya solo como un recuerdo de la belleza antigua de esta tierra, en la que el Río Grande proveía de vida al Paso del Norte. La urbanización desmedida, la explotación de la caza y el descuido del campo han empobrecido la imagen de la región, donde varias especies de plantas y animales están desapareciendo. El recuerdo de esta zona se va desfigurando y quedando atrás, mientras la mancha urbana y el desinterés crecen; de ahí la importancia de textos como el de Luján, pues nos ayudan a imaginar el esplendor natural que tuvo esta tierra.

Sasha Montelongo Castro

¿Bartolomé de las Casas? Sí, por el Monumento

Bartolomé de las Casas, hoy una referencia cartográfica abandonada y triste, inicia su trazo de norte a sur, desde la 16 de septiembre a la 2 de abril. La calle está impresionantemente unida –por el abandono y la destrucción en que se encuentra– a los pensamientos del personaje a quien representa y a su obra más celebre: Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Bartolomé de las Casas, nombre reconocido entre las tantas plumas que escribieron la historia del Nuevo Mundo, llegó en 1502 a La Española: un “Nuevo Mundo” que auguraba una novel realidad y, junto con esta, un botín inmenso. Venir a la Nueva Jerusalén prometía no regresar con las manos vacías. Pero para Las Casas no, a pesar de gozar los mismos privilegios que por encomienda daba la santísima iglesia de Dios y el rey de Castilla, mismo sistema de explotación que otorgaba posesión de nativos a los representantes de la buena nueva. Las Casas por decisión propia, quizá motivado por fray Antonio de Montesinos, y lleno de una conciencia absoluta hacia la vida del hombre, renuncia a este privilegio y se dedica a la defensa de los indígenas. Lo cual lo lleva a presentar en 1542 su Brevísima y controvertida relación, logrando en ese mismo año, por decreto del rey Carlos V, el comienzo de la abolición de la encomienda.

12 Fray Bartolome

Las Casas no solo escribió la obra antes citada, también acumuló gran parte de escritos históricos del Nuevo Mundo, en los cuales destacó la forma en que sus narraciones aportaban ideologías defensoras hacia los indígenas y sus tierras. En su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, las Casas, refiriéndose a los naturales, narra: “Son también gente paupérrima y que menos poseen ni quieren poseer de bienes temporales; y por esto no soberbias, no ambiciosas, no codiciosas. Su comida es tal, que la de los santos padres en el desierto no parece haber sido más estrecha ni menos deleitosa ni pobre. Sus vestidos, comúnmente, son en cueros, cubiertas sus vergüenzas”.  En este fragmento se puede ver el gran peso ––un poco exagerado–– que Las Casas pone en torno a la austeridad en que se encuentran y la ventaja que se tiene sobre ellos. Al igual expone que aquellos aborígenes que debían ser evangelizados no eran tan salvajes como se les acusaba. Al decir que tenían cubiertas sus vergüenzas, Las Casas intenta demostrar que así también lo hacían Adán y Eva, exiliados del paraíso y conocedores del Pecado Original. Tales creencias estaban muy incrustadas en la ideología judeocristiana de los españoles en aquella época. Se narra en el Génesis 3:10 que cuando Dios busca a Adán, este se esconde y, al ser encontrado, dice: “Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo porque estaba desnudo”. Por lo tanto, esas tendencias al pudor y a cubrirse sus partes íntimas acortaban la gran brecha que dividía a estas dos civilizaciones.

Hoy, toda la historia yuxtapuesta en ese nombre que, a su vez, sirve de modo pragmático a una calle estrecha y medio deshabitada, trae a esta frontera ––atropellada por la indiferencia cultural de sus propios habitantes––, una pregunta: ¿Quién abogará por ellos ante los que abusan de las encomiendas? Mismas que la Iglesia ya no provee, sino el Estado. Puede que pocos conozcan quién fue Bartolomé de las Casas, pero saben ––y de eso estoy seguro–– el significado de la brevísima destrucción de las indias, pues esta sigue su marcha perenne. Tzvetan Todorov, al escribir La conquista de América, pone como epílogo “La profecía de Las Casas”. Él propone enfocar la condena que Las Casas escribe en su testamento, como si esta fuese un presagio por las guerras y tragedias acaecidas en Europa. “E creo ––escribe Las Casas en su testamento–– que por estas impías y celerosas e ignominiosas obras tan injusta, tiránica y barbáricamente hechas en ellas y contra ellas, Dios a de derramar sobre España su furor e ira, porque toda ella ha comunicado y participado poco que mucho en las sangrientas riquezas robadas y tan usurpadas y mal habidas, y con tantos estragos e acabamientos de aquellas gentes”. Aunque un poco fuera de contexto, cabe mencionar ––porque las riquezas se siguen robando–– que se ha cumplido y aún sigue firme en su camino “la profecía”. A la fecha, el fraile es para esta frontera un nombre más, como tantos otros, que solo sirven de referencia para ubicar a sus habitantes: “Oiga, ¿por dónde queda la Bartolomé de las Casas?” “Allí, joven, casi llegando al monumento”.

12 Casas abandonado

José Manuel Enríquez Muñoz

Fuentes de ciertos Mares

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Hay escritores que se niegan a ajustarse a la agenda de Juaritos Literario por más que nos empeñemos en hablar de ellos. Así que cuando aparece una ligera pista de la figura de un autor o de su obra en relación con Ciudad Juárez, la explotamos a discreción. La casa de Jesús Gardea en la calle Camelias le vino de maravilla al proyecto Odonimus; para Juárez di-verso, una iniciativa en conjunto con Órbita 106.7 FM, grabamos un poema de Aurora Reyes, aprovechando la ambigüedad de una “ciudad esbelta transparente de azules” (Estancias en el desierto, 1952). Toca el turno a otra pluma chihuahuense distante del trajín de la frontera: José Fuentes Mares. ¿Bajo qué pretexto? Hay para escoger, aunque solo me detendré en dos, por ser los más relevantes. Primero, un par de vagas alusiones a nuestra ciudad contenidas en Las mil y una noches mexicanas; y segundo, el Premio Nacional de Literatura, al que le da título (150 mil pesos y una medalla a quien se lo lleve). De este galardón, que actualmente va en su emisión número 33, reflexiono sobre algunos elementos que tristemente se han perdido. Otros motivos de menor valía por ser anecdóticos y que, por tanto, pasaré por alto son: la colección especial José Fuentes Mares, perteneciente al fondo reservado de la Biblioteca Carlos Montemayor, imposible de consultar al no tener un catálogo individual; mi primer acercamiento a su obra a través del teatro, ya sea por la genial puesta en escena de Su alteza serenísima, a cargo de Telón de Arena, o por una tesis de maestría que tuve el agrado de dirigir sobre teatro infantil, en donde Malú estudió a detalle La amada Patidifusa; y, finalmente, una desangelada invitación a la Fiesta de los libros para conmemorar el centenario del natalicio del escritor, de quien admiro el arreglo del bigote.

146 Fuentes Mares retrato

Fuentes Mares nació en la capital de Chihuahua el 15 de septiembre de 1919 y falleció en la misma ciudad el 9 de abril de 1986. Fue abogado y doctor en filosofía por la UNAM (1944). Desde 1950 dedicó sus horas a la escritura, sobre todo a la historiográfica, que le ha dado renombre a nivel nacional. So obra es vasta y ha sido analizada a fondo en sus diferentes sendas: historia (Luis Aboites Aguilar) y filosofía (Jorge Ordóñez Burgos). Sin embargo, sus textos de ficción llevan poco tiempo en la mira de círculos académicos (algunos artículos de quien lleva ad æternum la organización del premio y unas cuantas tesis de posgrado). En la licenciatura de la UACJ, nadie lo lee debido a que el programa no cuenta con una materia monográfica sobre literatura regional. Llegará el día en que los relatos reunidos en Las mil y una noches mexicanas sean famosos en las aulas y convoquen a cuantiosos lectores. Precisamente en esta colección, publicada en dos volúmenes (entre el 83 y el año siguiente), aparece Ciudad Juárez, no como espacio protagónico, pero sí como zona íntegra al devenir de Chihuahua, tal como ocurre en “La emboscada”, donde se cuenta el asesinato de Pancho Villa, ocurrido en Parral, “a medio camino entre Chihuahua y Torreón, apenas comunicada por el tren mixto de carga y pasajeros a ciudad Jiménez, entronque sobre la línea férrea de México a Ciudad Juárez. Las llanuras semidesérticas entre Torreón y la frontera norte, oh gran Señor eminentísimo, fueron como sabes teatro de relevantes episodios revolucionarios”.

Así como Scheherezada frente al sultán, un cuenta cuentos se dirige a un gran señor innominado con una triple intención: conservar la vida, distraerlo “con algunos cuentos de mi lejano país”, y volver a “mis llanos y serranías… En ese medio me desenvuelvo, vegeto, vivo al mismo al mismo tiempo. Hablo tanto a solas, conmigo mismo, que termino por cultivar orquídeas en el desierto”. Las mil y una noches mexicanas despojan de la H mayúscula a la historia oficial para entregarnos 40 amenas historias con h minúscula. El ejercicio de reinvención trae consigo altas dosis de escepticismo, humor y una ironía que se torna trágica al percatarnos de que la sorpresa del relato no es parte del artificio literario, sino del pasado nacional. Así ocurre en “Las cabelleras”, que lleva por subtítulo lo cruento del pasaje: “Donde se cuenta cómo los aguerridos chihuahuenses, después de acabar con la próspera industria de matar indios bravos para cobrar por sus cabelleras, se dedicaron a oficios menos redituables. También se deja bien sentado que los indios nunca admitieron de buena gana que les tomaran el pelo”. El protagonista de este episodio, ubicado a mediados del siglo XIX, es Joaquín Terrazas, “gran caudillo cuyas hazañas resultan inseparables del exterminio de la apachería”. La zozobra se adueñó del Paso del Norte cuando empezó a sonar el nombre de Victorio, “hombre blanco, según la conseja popular, robado cuando niño por los apaches y educado al modo de su raza”. Solo a traición pudo ser vencido en Tres Castillo, dando fin a las llamadas guerras indias. Este cuento, confiesa el narrador, es “la historia de mis abuelos, cazadores de cabelleras. Por ella verás cómo, para vivir ellos entonces, ahora nosotros, tuvieron que desaparecer los antiguos dueños del llano”.

 El Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares se instauró el mismo año de la muerte del escritor: 1986. Ese dato me sorprendió debido a la premura burocrática. Buscando las fechas exactas, me fui de espaldas cuando encontré que el 9 de abril murió el escritor, mientras que el 24 del mismo mes, Federico Ferro Gay le entregó al galardón –no sin titubeos y en representación del presidente del jurado, Carlos Montemayor, que fumaba pipa al otro extremo de la mesa–, a Jesús Gardea (quien, según la conseja popular, lo rechazó días después tras una afrenta). Si bien es cierto que la muerte propicia los honores, una quincena sigue siendo una locura para organizar un concurso a nivel nacional. ¿Cómo explicarlo? Ysla Campbell nos recuerda, en Iba a decir que oscurece, que Fuentes Mares llevaba años conversando con maestros y funcionarios de la UACJ con el objeto de impulsar el proyecto. Así que, seguramente, para conmemorar el sentido deceso del historiador, se aprovechó la organización del Primer Encuentro de Escritores de la Frontera Norte para que sirviera de marco a la instauración del premio. Es una pena que ese evento, al que acudía la vanguardia del norte y algunos colados (ver video en el 24:40), haya dejado de existir y solo conservemos la presea.

Para la segunda emisión del premio, en mayo de 1987, el Rector seguía siendo el Ing. Alfredo Cervantes García. Gardea, ahora como presidente del jurado, avaló el empate entre Sergio Galindo y Jaime Labastida. El Segundo Encuentro de Escritores de la Frontera Norte, coordinado por Juan Holguín, reunió la modesta cantidad de 61 creadores. Al final de la ceremonia se invitó a la distinguida audiencia a develar una placa, en la av. de Las Américas, que le daría un nuevo nombre a la calle de El Malecón: José Fuentes Mares. Así fue. ¿Alguien lo recuerda? ¿Se habrán fijado las placas en las esquinas del Rivereño? Jesús Chávez Marín, en “Chulas fronteras del norte”, reconstruye con picardía el suceso. Pronto le dedicaré un post a esta crónica porque bien lo vale. Para 1988, el reconocimiento incluyó la modalidad en letras chicanas, en virtud de la condición fronteriza. Al día de hoy el Fuentes Mares solo es para mexicanos. Muchas pérdidas: un encuentro, una calle, una tradición literaria que se observa desde los edificios de la UACJ. Por último, repito las palabras de Jesús Gardea en 1986: “Voy a ser breve porque estas cosas me asustan… Yo agradezco a la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez la distinción que hoy me han hecho. El premio José Fuentes Mares de literatura es una cosa buena, pero a mí me hizo falta don José, nos hizo falta a todos y… gracias. Es todo”.

146 FuentesM - Mil y una noches2

Carlos Urani Montiel