“Ciudad nueva” al Suroriente

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La fábrica del crimen, novela publicada en el 2012 por la periodista Sandra Rodríguez Nieto, va de lo particular a lo general mientras indaga en algunos hechos violentos que tuvieron lugar en Ciudad Juárez a raíz de la guerra contra el narcotráfico. El texto narra la historia de Vicente León, un estudiante del Colegio de Bachilleres número 6, quien en el 2004 planeó y ejecutó el asesinato de su propia familia, les prendió fuego; además inventó un secuestro y pidió 200 mil dólares de rescate por ellos. El delito se consuma con la ayuda de sus compañeros de clase: Eduardo y Osiel (Uziel en la versión literaria). En la escena del crimen, el paisaje urbano emerge como elemento antagónico a la impetuosa situación: “Una camioneta Explorer, sin placas e impactada contra el tronco de un árbol, empezó a consumirse en un fuego que esa madrugada de mayo contrastó con la oscuridad del Camino a Zaragoza, una vereda arcillosa que atraviesa los escasos plantíos de esa parte del valle del Río Bravo, la menos desértica de Ciudad Juárez”. Los tres amigos miden sus actos respecto a la conciencia de impunidad que impera sobre la sociedad fronteriza de la época, por lo que asumen que el triple homicidio difícilmente sería rastreado hasta encontrarlos culpables. La captura y procesamiento de los adolescentes criminales solidifica uno de los puntos que la autora pretende destacar en el libro: que los casos sin resolver regularmente permanecen inconclusos, no por falta de pericia en los elementos de seguridad e investigación judicial, sino debido a cuestiones que obedecen a intereses personales y al tema en general sobre la corrupción.

Sin embargo la historia no reduce su panorama a estos tres personajes. El Saik (Éder Ángel Martínez Reyna) “un joven que vivía en la calle Durango, en el fraccionamiento Bosques de Salvárcar, en el suroriente de Juárez” permea cómo la estructura social y el mismo diseño urbano han incidido de manera negativa en la formación de los sectores jóvenes y desprotegidos de la ciudad: “Cuando El Saik crecía en la década de los 90, en el suroriente no había zonas deportivas ni bibliotecas ni teatros ni ningún otro lugar en el que los chicos de su edad pudieran ampliar su universo. Solo estaban las calles, donde miles de viviendas del tamaño de la suya se multiplicaban como otro producto de manufactura hasta que terminaban abruptamente junto a algún lote baldío o el muro de alguna maquiladora”. Asimismo, su caso funciona para hablar sobre el crecimiento ralo de las zonas habitacionales en la “Ciudad Nueva” o “Ciudad Sur”, como le denominaron a esta zona los investigadores sociales. Estas áreas “se construyeron en torno a las maquiladoras y, con los años, se fueron mezclando con plazas comerciales, otras colonias viejas y escasamente urbanizadas (…). El resultado fueron decenas de barrios fragmentados como islas divididas por un mar de dunas y basura, que, por la inseguridad, hicieron letales los trayectos a pie y eliminaron del espacio público cualquier elemento que pudiera generar cohesión o fortalecer la identidad”.

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La narración desemboca en un espacio que reúne a Vicente y a El Saik, el Centro de Readaptación Social. El relato puntualiza que, si bien la administración del CERESO es responsabilidad del poder legal, su regencia suele estar en manos de las autoridades criminales: “Como uno de los centros de distribución de droga más importantes de la ciudad, el Cereso era asimismo uno de los negocios más seguros —con un mercado literalmente cautivo de más de mil reos adictos— y operaba gracias a un sistema de corrupción que nadie trataba siquiera de ocultar”. La construcción del espacio literario permite ubicar y exponer la corruptela del poder político para establecer un referente que explique distintos fenómenos de depravación en las altas esferas de la ciudad. Esto se encuentra vinculado con la manera en que nuestra sociedad comprende el concepto de justicia, así como lo ejemplifica con Vicente, Eduardo y Uziel, “cuyo caso evidenció que el crimen nos estaba contaminando a todos y que la impunidad, que hasta ese momento había sido planteada como un problema exclusivo de las víctimas, era en realidad un conflicto colectivo: la falta de castigo estaba enviado el mensaje de que todo estaba permitido”.

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Sarahí Robledo

Otras revoluciones: historias desconocidas del movimiento armado

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De la Revolución Mexicana se suela hablar mucho sabiendo poco. Queda la historia romántica de un puñado de hombres –forajidos, marginados y santeras– que decidieron, como por arte de magia, lo imposible: tomar las armas y rebelarse contra un régimen criminal, progresistas (para pocos), deshumanizante, como lo fue el de Porfirio Díaz. El sesgo en la enseñanza de la Historia de nuestro país, así como la postura parcial tomada por las autoridades educativas al momento de enseñar dicha etapa, resulta en una pobre comprensión del evento que marcó un antes y un después en la historia del México democrático. Estos parteaguas necesitan la atención y trabajo de investigadores (ya sean historiadores o narradores) para comprender su hondura, matices y reveses.

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Los procesos, contextos y secuencias causales a partir del escrutinio de fuentes documentales son la materia prima de los historiadores, pero esas narrativas historiográficas están plagadas de vacíos indescifrables; es decir, terreno fértil para los escritores. La novela histórica sigue siendo un género inagotable de ficciones, de posibilidades que encaucen lo ya ocurrido desde el terreno de la consecuencia. Pensemos en las numerosas novelas sobre la Revolución, como las de Martín Luis Guzmán o Mariano Azuela. También figuran las de autores no-testimoniales, lejanos del tiempo convulso pero anclados a sus secuelas, como Carlos Fuentes y Jorge Ibargüengoitia. En el mismo acervo, pero desde otra perspectiva, más íntima y cercana a los que sufrían las balas resguardados desde sus hogares, contamos con la escritura de Nellie Campobello. Sin embargo, me pregunto ¿cuál es el punto medio entre el quehacer científico y el arte de los fabuladores? ¿Se puede hacer Historia desde la anomalía, desde la particularidad que oculta una quebradura en los días comunes? Encuentro algunas respuestas en el libro que me ocupa en este ensayo, el cual se ubica en una factura periodística y testimonial, a manera de crónica.

Historias desconocidas de la Revolución mexicana en El Paso y Ciudad Juárez (Ciudad de México: Era, 2017), de David Dorado Romo, comenzó como la búsqueda exhaustiva, una cacería, de Pancho Villa llevada a cabo por el historiador, oriundo de José California. La casi obsesión que el mismo autor confiesa sentir por la figura del mítico y controversial militar mexicano le llevó a recorrer lugares tan distantes como Washington y la Ciudad de México. Además, optó como método de indagación caminar, es decir, transitar por los lugares que su sujeto de estudio solía frecuentar, y así, de alguna forma, merodear los gustos y costumbres que le ayudaran a reconstruir la vida de aquel hombre admirado por unos y odiado por otros. De esta manera, su recorrido por las calles de las dos ciudades fronterizas, separadas por un nuevo muro e innumerables discursos racistas y carentes de sentido, significó una aventura hostil, sobre todo del lado mexicano en donde un turista y un investigador son indistinguibles para aquellos individuos al margen de la ley. Pese a ello, la información obtenida sobre Villa arroja nuevas luces sobre su personalidad. Acontecimientos como sus encuentros y negociaciones con un espía alemán llamado Maximilian Kloss; su aversión al licor y preferencia por los postres y bebidas azucaradas, así como su gusto por las mujeres, teniendo a dos parejas viviendo a pocos metros una de otra. El objetivo principal Dorado Romo fue crear una psicografía de las dos ciudades, pero su búsqueda resultó en el hallazgo de material apasionante, invaluable, que otorga a la Revolución matices inéditos y da a las dos ciudades hermanas el papel que de verdad les corresponde en la historia binacional.

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Entre los sucesos más interesantes que el autor menciona en su libro publicado originalmente en inglés, bajo el sello de la editorial paseña Cinco Puntos Press, en 2005, destacan las constantes entradas y salidas de prisión de Ricardo Flores Magón y sus aún más constantes publicaciones “tercas”, como las nombra Romo, comenzando con El hijo del ahuizote hasta llegar al Tataranieto del ahuizote. Lo cierto es que los periodistas mexicanos refugiados del otro lado del Bravo desempeñaron su papel de informadores y agitadores, ya que en sus publicaciones motivaban la crítica al gobierno oligárquico que se había apoderado de México en aquel entonces. En El Paso, en vísperas de la Revolución, ser periodista era lo mismo que ser revolucionario. Como en nuestros tiempos, dicha labor no estaba exenta de riesgo, ya que la libertad de expresión tenía un límite y propasarlo implicaba el exilio, como bien lo sabía el célebre anarquista antes mencionado, y todos aquellos que vivieron en carne propia la censura, en ocasiones más implacable en el norte que en el sur de la frontera. Pocas veces concebimos a los periodistas el lugar que les corresponde, no solo como agitadores, sino como removedores de conciencias.

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Igual de interesante resulta la vida y obra de Teresita Urrea, nacida en Sinaloa pero cuyo impacto en El Paso y otros lugares del septentrión resultó importante para el movimiento revolucionario. A ella, La Santa de Cabora, se le atribuía el poder de sanación, la capacidad para realizar milagros y muchos otros prodigios dignos de cualquier beato o santo del panteón judeocristiano. Su voluntad de ayudar a los pobres, sin cobrar un solo peso o dólar, comenzó a hacer ruido en una sociedad que despreciaba a los pobres y los iba recluyendo en barrios, que aún hoy existen y están considerados como sitios históricos como El Segundo Barrio. El Paso Herald comparó a la Santa de Cabora, con el mismísimo Jesucristo, cuando su arribo a la ciudad texana, el 13 de junio de 1896, congregó a cientos de personas quienes acudieron a recibirla. Pensemos que Teresita Urrea también jugó un papel importante en el levantamiento de los tomochitecos contra el gobierno federal. Sus fieles acudían en peregrinaciones al Rancho Cabora, residencia de la Santa, a alabarle. Cuando las tropas de Porfirio Díaz comenzaron la ofensiva contra Tomóchic, el grito de guerra de sus pobladores, a pesar de la masacre, sacudió el devenir de la Historia: “¡Que viva el gran poder de Dios y la santa de Cabora!”

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La Batalla de Ciudad Juárez, ocurrida en marzo de 1911, fue todo un acontecimiento para los paseños, quienes pagaban por un palco en los mejores tejados de las casas cercanas a la frontera para presenciar desde las improvisadas plateas un acontecimiento en el que vidas humanas eran segadas. El recurso de convertir la guerra en un espectáculo tampoco es ajeno a nuestros tiempos, solo que en aquella época no teníamos internet ni redes sociales para transmitir en directo los conflictos desde el lugar en donde ocurrían, pero desde entonces ya existía la capitalización de las tragedias de guerra.

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Igual de interesante es la acción llevada a cabo por un músico local, Trinidad Concha, quien junto con su banda ofreció un concierto en el campamento de Madero en vísperas de la batalla. La música siempre ha sido parte de los movimientos sociales, sonando de fondo como el soundtrack del grupo de personas que toma las armas. Aunque el cantar por excelencia de la gesta revolucionario ha sido el corrido, asociado de manera inmediata a una figura con sombrero, cananas y bigote, al son de “La Adelita”, este estereotipo no concuerda con la banda de Trinidad Concha, quienes ejecutaban polkas, valses, mazurcas y marchas, música en boga en aquellos tiempos. Dorado Romo obtuvo esta información (datos, programas de mano y fotografías) de la mano de los descendientes de los artistas, específicamente de uno de los nietos -el padre Antonio Concha-, sacerdote de la iglesia del Sagrado Corazón, ubicada a unas cuadras del puente internacional Santa Fe.

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Tratar de resumir una obra tan extensa e interesante como Historias desconocidas de la Revolución resulta un ejercicio que inevitablemente dejará al lector de esta reseña a medias. Lo que no ocurrirá con la lectura o consulta del libro. Comencé, líneas arriba, diciendo que de ese movimiento armado se hablaba mucho y se sabía poco, pero para el autor esto no aplica. Supo ver en la cotidianeidad, en las actividades culturales, artísticas y de ocio de las dos ciudades hermanas un testimonio invaluable de aquel tiempo. No solamente fueron balazos, traiciones, campesinos armados y, al final, una bola en la que nadie sabía contra quién dirigía el fusil. También fueron anécdotas y una nutrida microhistoria, la que no se escribe desde arriba, sino de abajo, en el subterfugio del archivo personal. Aseguro la sorpresa de quien se adentre en las páginas de estas historias desconocidas; vaticino la curiosidad de quienes quieran comprobar que la Revolución Mexicana se gestó en el extranjero, a unos pasos de la frontera.

Ulises Guzmán

De Veracruz para el norte

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Crónicas desde el país vecino de Luis Arturo Ramos

Luis Arturo Ramos nació en Minatitlán, Veracruz, descrita en sus propias palabras como una metrópoli instalada en medio de la selva. Su producción literaria, abundante y multipremiada, contribuyó a que en 1992 se mudara a la comunidad fronteriza para ser profesor de escritura creativa en la Universidad de Texas en El Paso, donde continúa dando clases hasta la fecha. Ramos describe a El Paso como una ciudad multirracial y multilingüe, determinada, además, por la convivencia con el desierto y la presencia, presente y pasada, del y lo mexicano; una metrópoli significada por los contrastes, potenciados por la frontera entre dos países desiguales en economía e historia.

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Su obra Crónicas desde el país vecino, publicada en 1998 por la UNAM (a partir de la columna del autor en el semanario Punto y Aparte, en Xalapa), es una colección de textos breves que muestran la manera en que un ciudadano mexicano ve la vida en los Estados Unidos de América y en este territorio binacional que comprende la frontera entre Ciudad Juárez y El Paso. Al preguntarle en una entrevista si este libro podía ser considerado un ejemplo de la literatura chicana, me respondió que no sabría decirlo, porque al igual que otras de sus obras, lo escribió desde una perspectiva literaria y no étnica.

 

 

El tono de las crónicas es poético y pasa con suavidad de las impresiones subjetivas a las referencias históricas. Cuauhtémoc Cárdenas, Carlos Fuentes, Victoriano Huerta, Pancho Villa y Juan Gabriel son algunos de los sujetos reales descritos por Ramos, identificables sin esfuerzo por el mexicano promedio. Es un libro que está en contacto directo con México, aunque la mayoría de las crónicas se desarrollen en territorio estadounidense. Las palabras en inglés se cuelan apenas a través de la letra de una canción, en el habla de alguna mujer angloamericana y en las calcomanías de los coches. A la pregunta de qué efectos suscita en la escritura el bilingüismo, Ramos respondió que la construcción sintáctica del inglés y el uso de vocablos le sirven de recursos técnicos y literarios, pero que quizá más que el bilingüismo, le interesa el biculturalismo: “Todos los mexicanos, de frontera o no, fuimos incluidos y estimulados por la cultura popular, cinematográfica y literaria gringa”.

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Para cruzar al país vecino pasa por Ciudad Juárez. Su perspectiva tiene la frescura chancera y tropical del Istmo de Tehuantepec; en más de una ocasión, provoca en el lector una risotada, producto de la ironía. Cuenta que el Río Bravo o Grande, aunque angostito, ha sido llamado así “gracias a la misma licencia poética (o mercantil) que permitió que Nelson Ned fuera conocido como el gigante de la canción”. Juega con los nombres y las características de los puentes que hay en la ciudad, poniendo especial atención en los internacionales, diciendo que los hay sin sentido de orientación, como el Puente al Revés; con problemas de identidad, como el Puente que de Sur a Norte se llama Lerdo y de Norte a Sur, Stanton; y un Puente Negro que resiente la discriminación del racismo. Como turista, visita la casa de Juan Gabriel y recuerda la narración popular de que el cantante compró esa casa para su madre, quien trabajara en ella durante años como empleada doméstica de la familia Montelongo. Su narración nos ofrece una lectura distinta de lugares conocidos que soportan, tanto para el viajero de paso, como para el ciudadano promedio, una misma experiencia de vida, adquirida en la antesala desértica, despojada y tercermundista de la primera potencia del globo.

María del Carmen Rascón Castro

Blas Lorenzo Alderete, el primer poeta de Paso del Norte, 1761

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  1. Los Alderete

El poeta Blas Lorenzo Alderete fue hijo de don José Antonio Alderete (originario de Paso del Norte) y de Lutgarda Durán (originaria del poblado de San Antonio de la Isleta). Blas Lorenzo fue uno de 6 hermanos. Al morir la madre de Blas Lorenzo, doña Lutgarda, don José Antonio se casó con María Manuela Ruiz (también viuda), y ambos tuvieron 7 hijos. Don José Antonio murió en junio de 1763. La familia Alderete fue una de las fundadoras de Paso del Norte y del pueblo contiguo de Isleta.

  1. Residencia

Blas Lorenzo perteneció a una familia de cierta holgura económica. Al parecer estuvo encargado de asuntos financieros. Vivió en Isleta, Paso del Norte y la villa de Chiguagua.

  1. Datos

Lo poco que sabemos de nuestro poeta, él mismo lo escribió en sus Notas Biográficas: “Año de 1739 [ilegible] nací yo, Blas Lorenzo Alderete en el pueblo de San Antonio de Corpus Christi de la Isleta, un martes tres de febrero”. “En 1759 me esposé con Bárbara María [Romero].” “En 1761 nació mi hijo…”

  1. La obra literaria

Blas Lorenzo hizo una serie de cuadernillos manuscritos (algunos están en el Archivo Municipal de Ciudad Juárez): 1. Las Notas Biográficas, integradas a uno de los cuadernillos. 2. Un manuscrito de poesía religiosa a San Francisco de Asís y a la Virgen de Guadalupe, que llamaré Oraciones y Misterios. 3. El cuadernillo El libro de las Rosas (titulado por sus enemigos como el Libro de Blas Lorenzo) que es una colección de versos amorosos, donde la voz poética se queja del bien perdido (la mujer amada se ha ido de su vida). 4. Por último, un manuscrito adjudicado, de versos satíricos, donde el autor despliega agudas frases ofensivas contra sus enemigos, al cual llamaré Las Sátiras.

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Fotos del Archivo de José Manuel García-García

  1. El litigio

En la villa de Chiguagua Blas Lorenzo acudió a una tertulia donde al parecer cantó unas letrillas satíricas contra algunos chihuahuenses (don Manuel de Estrada y don Lucas de Alcalá), estos iniciaron una querella legal contra el poeta, por difamación. El litigio ocurrió en Paso del Norte en 1761, en los meses de febrero y abril. Para que el juez tuviera pruebas, le fueron decomisados a Blas dos o tres cuadernillos (los arriba citados) para comparar su letra manuscrita con la letra del autor anónimo del ‘libelo infamatorio’. En su defensa Blas Lorenzo escribió media docena de cartas, en ellas argumentaba que esas Sátiras no las había escrito él. Los afectados, por su parte, señalaron que Blas Lorenzo había dicho públicamente en la villa de Chiguagua, que esas sátiras eran de su propiedad; los afectados también argumentaron que Blas Lorenzo podía manipular a su conveniencia las formas de las letras. No sabemos el resultado del reclamo oficial, pero quedó para la historia y para que nosotros supiéramos más del poeta, pues el juez de Paso del Norte le exigió a Blas Lorenzo que presentara sus cuadernillos y estos le fueron incautados y archivados. Así se han conservado algunos fragmentos de ellos hasta nuestros días. El litigio incluyó también una serie de cartas que son los argumentos de ambas partes contendientes e incluidas también en el archivo municipal.

  1. Los cuadernillos (de nuevo)

Don Manuel de Estrada y a don Lucas de Alcalá se refieren a los cuadernillos como ‘libros’ o ‘pasquines’. Blas los llama ‘cuadernos’ o ‘cuadernillos’. Al volver a examinar los microfilmes del Archivo Municipal de Ciudad Juárez, anoté que El libro de las Rosas consta de 12 páginas (incluyendo la portada), y temáticamente se divide en dos partes. Tal vez al final del cuadernillo están las Notas Biográficas, y tal vez, también, allí se incluyan las Oraciones y Misterios o este manuscrito pertenezcan a un cuadernillo aparte. Las Sátiras, por otro lado, son páginas sueltas, que no pertenecen a ningún cuadernillo y son totalmente diferentes a la caligrafía de Blas Lorenzo. Todos los manuscritos están muy dañados por el polvo, el agua, el tiempo y el tipo de tinta utilizado. Sin embargo, hay páginas que pueden leerse fácilmente y ser rescatadas para su publicación. Al hacerlo, preferí hacer una versión moderna usando la gramática actual. Veamos ahora en detalle cada cuadernillo.

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  1. Oraciones y Misterios

Este cuadernillo (o parte de otro más extenso) consta de unas cuantas páginas, fueron dedicadas a Santa María de Guadalupe y a San Francisco de Asís. Al inicio tiene un epígrafe del “seráfico Padre San Francisco”, que Blas Lorenzo dice haber tomado de la versión hecha por “la imprenta mexicana, enfrente del Sr. Agustín, año de 1758”. El cuadernillo es en realidad una serie de oraciones o ‘misterios’, y son siete, dedicados a la Virgen María. La última parte de este cuadernillo religioso tiene por subtítulo ‘Música’, cito un fragmento: “La más vil, más pecadora criatura está a tus plantas [ ] de ofensas tantas. Misericordia, Señora [elevo] a los cielos mi voz, cuando tan bárbaro he sido. Me pesa haberte ofendido, Virgen y Madre de mi Dios…” Este es el tono y el tema, hay algunas variaciones, por ejemplo, la promesa de que él y su familia vivieran cristianamente.

  1. El libro de las Rosas

Es, como ya se dijo, un cuadernillo hecho a mano, la portada presenta un dibujo temático: un jardín (locus amoenus), que tal vez haga referencia a Ovidio, como también la frase que cierra El Libro: ‘Finis coronat opus’ [‘El fin corona el esfuerzo realizado’] que hace eco al mencionado autor latino.

El detalle de la portada presenta una rama frutal con tres pájaros. El primero vuela alrededor de una rama, los otros dos están descansando y se dedican a comer de los frutos de dicho arbusto. En general, la ilustración es un tanto burda o si se quiere, naive; recuerda esas ilustraciones de aves en los bestiarios medievales o en los tapices persas. El tamaño de los pájaros no guarda las proporciones adecuadas y las hojas del árbol dominan en forma abigarrada el espacio del diseño. En la parte inferior de la portada está en letra pequeña la siguiente leyenda: “a la mano y engenio de Don Lorenzo Alderete” y luego con letras grandes: “Libro de Blas Lorenzo” (en el litigio, Blas asegura que lo escrito en la portada fue obra de los acusadores mismos). En las primeras páginas se menciona que los poemas son ‘dézimas’. Desafortunadamente, el manuscrito está en muy malas condiciones, y la fotografía del microfilme tomada de prisa, no ayuda a leer con facilidad los versos. He rescatado algunas de las décimas y algunos otros fragmentos para dar cuenta del contenido de El libro de las Rosas.

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  1. Barroquismos

El tema general del poemario es el amor, la mujer ausente. Al momento de escribir estos versos, Blas Lorenzo tendría 23 o 24 años. La voz poética habla de la figura femenina ausente, es motivo reflexión poética, de lamento y remembranza del placer fugaz.

El texto tiene reminiscencias barrocas (ver fragmentos 9 y 12), cito un par de ejemplos: “Loco estoy cuando más cuerdo”, “siempre estoy alegre y triste [estoy]”. Fuera de estos barroquismos, tan de moda en esos días, vemos también, como ya apuntamos, alguna alusión a Ovidio.

  1. Estrofa por estrofa

Ahora pasemos a los versos rescatados por mí. Luego de la cita, paso a un análisis de estrofa por estrofa. He anotado en cada cita el cuadro o frame del archivo mencionado. Esto para facilitar futuras investigaciones. La enumeración a manera de subtítulo, fue mía.

[1]
Si es que es vivir el día de hoy
Si es que el día de ayer [pasó]
Si vivo en mí, así en mí estoy
Si era o acaso seré
Si [fui], si he sido o si soy…                           [Cuadro 33:A]

Sólo pude rescatar un fragmento. En este, el poeta propone el tema del ser y el tiempo entendidos subjetivamente: “si vivo en mí, así en mí estoy”. Así se inicia el poemario y el argumento poético: el ser sólo importa si es para servir al amor (según alcanzo a entender en los versos mutilados de esta décima). El amor perdido, la nostalgia (el dolor por lo ido, por lo que fue y ya no será) como centro del ser, eco de un erotismo ahora sólo en la imagen del recuerdo en el poema. Recuerda, por demás aquel verso de Quevedo: “soy un Fue, y un será, y un Es cansando”.

[2]
Pues si no hayo culpa alguna
Para tanto padecer
La gloria de mi fortuna
Mas no obstante
No hay ninguna
De la dicha que gocé
Una tras otra se fue…                                         [Cuadro 33:B]

También es un fragmento (7 de 10 versos). La nostalgia tiene su pureza, su no falta, no culpa. Es sólo la confirmación del bien perdido (“la dicha que gocé”), su “presencia” (su eco) ahora en los versos, no en la vida real, no en la cotidianidad del amor y el erotismo carnal que fue compartido.

[3]
En fin, yo no sé si quise
O si fui correspondido
Me dicen que fui querido
Si fue cierto no se dice…                                  [Cuadro 33:B]

Es una estrofa mutilada, pude obtener sólo de ella, cuatro versos. La voz poética declara un momento de frustración o mejor, de confusión. La duda por lo ya vivido: ¿ocurrió así como ahora lo recuerdo? O ¿es todo una fantasía instalada en la memoria?

[4]
Lo bien conozco que fui
Con adorarte cielo [   ]
Pero si no te ofendí
Que ley ingrata has hallado
Para hacer burla de mí.                                      [Cuadro 33:B]

En esta hay un reclamo a la amada. Él la sigue amando, ella con sus desdenes, se burla de él (o así lo siente la voz poética), es la retórica del despecho.

[5]
No niegas la consecuencia
¿Qué pruebas con despreciarme
Pues es más clara evidencia
Que no más para engañarme
Solo has tenido licencia [?]                               [Cuadro 33:B]

Sigue el tono la estrofa anterior; un agregado: la acusación del engaño que es en grado superior al simple desdén.

[6]
Tarde mi discurso advierte
Dais lisonjas al daño
[que] me hizo ya el desengaño.
En el umbral de la muerte
Por ti en él crucé más fuerte,
Hoy cielos, llego a mirarme,
Y […] que a escaparme
De esta angustia no es posible,
[ser] hechizo apetecible
Llega, llega a consolarme.                                [Cuadro 34:B]

Esta es una de las estrofas más completas. Ahora, es el extremo del amor desdichado, quien habla (la personificación del poeta) llama a la muerte y al mismo tiempo a Ella, y ambas (¡oh ambigüedad barroca!) serán en su existencia un consuelo.

[7]
Que sea o no sea con razón
Articularán las voces
Cuando por cierta opinión
No hubo menester los dioses
Para tenerte afición
Supe me dabas la muerte
Por pena de tu apatía
Pero por satisfacerte
Supo amor, que te quería
Aun antes de conocerte.                                    [Cuadro 35:A]

Otra Décima completa. Este poema tiene una variación temática. A pesar de las advertencias (las voces de los demás) él la ama; a pesar de primer desdén, él ya sabía que la amaba, aun antes de conocerla realmente. Es un poema que puede referirse a una vida predestinada a amar a una persona o puede ser simplemente el amor a la figura que después, con la cercanía, de verdad la conocerá. El ser, la vida, el poeta, sobre todo el poeta, gira en torno a un sólo sentimiento que pareciera eterno.

[8]
Mi bien, pues que sabe el cielo
Lo que padezco en tu ausencia
Pues ya no tengo paciencia
Quién pudiera dar consuelo.                            [Cuadro 35:A]

La ambigüedad termina: el cielo no puede darle la paz, sólo la realización del deseo, del amor, puede darle estabilidad (‘paciencia’, ‘consuelo’).

[9]
Vivo con tanta lealtad
En tu ausencia, prenda mía
Que mi mayor compañía
Es mi mayor soledad.                                         [Cuadro 35:B]

Esta estrofa, como en otras más, habla de la lealtad, del no engaño. Él cumple esta regla de oro del amor: ser fiel a lo que no está, a lo que no es, a lo que no ha sido todavía, la presencia amada.

[10]
Ausente de tu beldad
Sólo me acompaña el llanto
Esto es mi bien la verdad
Pues como te quiero tanto
Vivo con tanta lealtad.                                      [Cuadro 35:B]

Es una prolongación del tema de la estrofa anterior.

[11]
Escúchenme plantas y yerbas
Aves, peces y animales,
Pajarillos de estas selvas
Oíd que son tantas mis penas
Tanta mi infelicidad
De la gente la impiedad
Se convierte en tiranía
Huye de mi compañía
[Y de ] questa soledad.                                     [Cuadro 38:A]

De esta estrofa pude rescatar 9 versos. Es mi preferida. Tiene relación con la Estrofa 7, las personas que el poeta conoce no lo comprenden, no sienten piedad por el dolor (la nostalgia del enamorado), son crueles (‘tiranos’), por eso prefiere comunicarse con la naturaleza, hablar con los árboles, los animales. Tiene también que ver esta estrofa, con los motivos temáticos de la portada: aves y plantas.

[12]
Amo, aborrezco y adoro
Y yo propio no me entiendo
Pues sé lo que estoy sintiendo:
Gloria, cantos y penas lloro.

A un tiempo aborrezco y quiero
Siempre estoy alegre y lloro,
No quiero querer y quiero,
Amo, aborrezco y adoro.                                  [Cuadro 39:B]

Son sólo fragmentos de una Décima, pero dan un certero ejemplo, del gusto barroco del poeta, su recurso de la contradicción sostenida, la ambigüedad permanente, la liminalidad en estado puro. Esa indecisión que consume los diversos periodos del amor. Para mí, es también volver a ese poema inmenso titulado “Definiendo el amor”, de Quevedo.

[13]
No te aflijas ni te mates
Con seguir a quien te deja
Si no procura olvidarla
Pues ella es quien te desprecia.
El tiempo todo lo acaba
Y todo es [por él] consumido
Así consumió el amor
Que entre uno y otro mediaba
Ahora sé lo que ignoraba
pues dudaba lo que sé
del amor los nuevos quilates
que ofreció el tiempo enemigo
pero si éste fue quien lo hizo
no te fatigues ni te mates.                                 [Cuadro 40:A]

Es uno de los poemas más interesantes de Blas Lorenzo. Descubrir que el amor es creación del tiempo, de que éste lo consume, lo aplaza, lo transforma, lo destruye y reconstruye. Curiosamente, esta estrofa no está en primera persona, es alguien más que se lo ha dicho. Es un poema que de alguna manera polemiza con el texto inicial: no es el amor el centro, es el tiempo. Todo quedaría perfectamente simétrico si fuese el último de los textos de El Libro de las Rosas, pero en el cuadernillo hay otros textos más (escritos en primera persona) que vuelven a centrar el ritmo de la vida y las cosas en torno al amor.

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  1. Las Sátiras

En cuanto a las hijas de las Sátiras adjudicadas a Blas Lorenzo, como he dicho, son poemas sueltos integrados para el litigio contra el poeta. Blas Lorenzo aseguraba que fueron escritos por un cantante en la villa de Chiguagua, un tal Salvador. Sabemos por el El Libro de las Rosas, que el poeta fue poco apreciado por sus conocidos (a estos los llama ‘tiranos’), pero no llega al insulto sarcástico. En las Sátiras el autor o los autores (pues hay al menos tres tipos de letras diferentes) escribieron versos divertidamente ofensivos, por ejemplo, a don Manuel de Estrada, lo describen como un hombre de ‘cara de coño alquilado’, o bien: ‘cara de zorrillo peído’, etcétera. Ya imaginará el lector el enojo del señor Estrada. Se trata en todo caso de letras de cancioncillas entonadas en las tertulias de aquellas épocas.

  1. Conclusión

Una cosa es clara, el litigio hizo algo importante para Blas Lorenzo: preservó para nosotros su manuscrito, el poemario llamado por él (en una de sus cartas o argumentos de defensa) El libro de las Rosas. Al leer (en lo posible) este cuadernillo (hoy sería llamado plaquette o folleto), nos damos cuenta de que fue escrito por una persona versada en poesía, conocedor del formato popular de la décima, que se da el gusto de agregar algunas frases en latín y hacer referencias eruditas (ver por ejemplo, las citas en el cuadernillo dedicado a las Oraciones y Misterios). Por ello, sin duda, el joven Blas Lorenzo fue un hombre conocido por su poesía en Paso del Norte y la villa de Chiguagua. Así lo testiguan sus contendientes. Escribió décimas para sus cuadernillos y décimas para ser cantadas en las noches de tertulias. Perteneció a una familia acomodada e influyente (incluso, uno de los jueces comparte el parentesco Alderete). Sus versos nos han llegado gracias a sus enemigos, escritos en 1761 y descubiertos en el 2019, es decir, 258 años después de su creación. Quede Blas Lorenzo Alderete como el primer poeta del Paso del Norte. Doy fe.

José Manuel García
Profesor Emérito
New Mexico State University

Para mayor información, consultar la guía de la colección de microfilmes de UTEP:

 

Elegía escolar: precisar el origen antes del canto

Cómo distribuir en un mapa los conceptos e ideas y, sobre todo, las experiencias que te constituyen como individuo. Cómo hacerlo si el ejercicio se limita al estado donde vives –Chihuahua– y este configura tu identidad, tu lenguaje, el entorno y las imágenes que te acompañan. Para mí, la capital del Estado Grande ha sido siempre un viaje pospuesto; Delicias, una desfavorable oferta de trabajo; Nuevo Casas Grandes (NCG), Bocoyna y Parral, anécdotas de mis amigos; mientras que otros municipios, tan solo una parada, una siesta rumbo a otro lugar. En Ciudad Juárez puedo fijar casi todo lo que me es significativo. Este mismo ejercicio, un “Examen de diagnóstico” sin evaluación, abre la primera sección del poemario de Isabel Ruiz Figueroa, Elegía escolar, publicado el año pasado por el Instituto de Cultura del Municipio de la capital. Sus composiciones colocarán en el mapamundi de Chihuahua –sí, mapamundi– a distintos elementos locales y personajes: benériami, la calle 39 y Jesús García, jóvenes que aúllan, un autobús andando por NCG, la abuela, el rayénari o las aves polvo.

Extensos, los paisajes chihuahuenses parecen prolongar el ánimo de la voz lírica entre las olas de arena del desierto y las barrancas de la sierra. Acrecientan la rutinaria sensación de repetir el día despertando con el canto del zorzal y el cielo rojo del amanecer del norte hasta diluirse en un presente constante y el infinitivo de las acciones. Aquí encontramos a alguien sin mucha convicción haciendo el rol de benériami, incómodo –o como Nicanor Parra, “embrutecido por el sonsonete / de las quinientas horas semanales”– entre muchachos que “parecen un zorro esperando dispersarse en un llano rocoso con la campanada / los he visto carcajear   no miento   cuando corren al patio escapando del salón”. Y después del aula, las calles, cafés, supermercados, cantinas y el anonimato en la ciudad, más la constante presencia de polvo y sol entrando a cualquier rincón.

Pero antes de los paisajes y los espacios, lo primero que destaca del poemario es la nomenclatura escolar en la propuesta de Ruiz Figueroa, vinculada a etapas del tránsito por nuestra educación. Las dedicatorias son oficios; en los poemas se aplica un examen diagnóstico, se encuentra la planeación semestral que ofrece los objetivos de las clases y de la Elegía en conjunto; sesiones de español, cálculo y ciencias naturales; más exposiciones, más exámenes, más tareas; una tesis, la graduación y el aprendizaje vital que no se adquiere en una escuela; un docente perdido entre un montón de manos alzadas, en medio de un:

Más allá de “el juego de las memorias / de la arquitectura barroca y los tecnicismos baratos”, la tesis principal del poemario dirige su atención al lenguaje y a la identidad, especialmente en los jóvenes. Existen “Partículas natura”, elementos de una lengua disfrazada, oculta por otra o, dicho de frente, el colonialismo de una lengua sobre otras, que pueden ser aludidas solo como otro tema de clase sin ningún efecto real.

Pero este silencio convertido en interrogante persistirá. En “Necrópolis de la tesis”, la segunda sección del poemario, Broca y Wernicke, neurólogos del siglo XIX que distinguieron dos tipos de afasia conocidas hoy por sus nombres, evidencian la asimilación de sonidos de otra lengua en la propia, aunque estas “partículas” que pueden definir a los padres –aquellas para decir o ser brisa, lluvia, lumbre y piedras– dejen de pronunciarse por unas más prácticas. Estos dos personajes van adquiriendo distintas identidades en los versos de Isabel Figueroa Ruiz; dramatizan el conflicto que envuelve al benériame en su elegía: “¿por qué estudié medicina y no a la brisa lluvia / lumbre piedra? / ¿por qué me dediqué a pararme frente a los jóvenes aullando y no / a beber tecuin?”

La afasia, entendida como una dificultad neurológica que afecta la capacidad de comunicación, trastorna el lenguaje y trastorna la relación del benériami consigo mismo y su mundo. Podemos encontrar en Elegía escolar el deterioro de la comunicación y entramos en el juego al compartir esta complejidad de entender un mensaje bien articulado y fluido, pero introduce expresiones cuyo significado queda sin relación evidente con los elementos del texto. Este conflicto se sugiere a partir del desuso de las “Partículas natura”, las cuales “habían sobrevivido en los campos ocultos / [pero] se disfrazaban con sílabas que Wernicke había traído del otro lado del mar”, vistas después por él mismo solo como un objeto curioso sin llegar a descifrar su sentido, “sin precisar si se trataba de un himno glorioso o de un guajolote”.

El efecto del trastorno se observa también en los vínculos personales. Los jóvenes aparecen en varias ocasiones, pero esbozados desde la carencia de algo: “juventudes confundidas con su origen”, “generaciones que no aprendieron nada en la universidad” y, por supuesto, los “jóvenes que aúllan” fijados –¿por qué?– en Juárez. Su presencia en el poemario no demuestra conexión entre personas, como ocurre con el benériami, transitan aislados o permanecen anónimos o detrás de una ventana. No hay en la Elegía figuras paternas o maternas directas. O sí las hay, pero interpretadas por escritores, artistas y personajes míticos que desfilan por la tercera parte del poemario, en discursos de graduación: Fernanda Melchor impartiendo clase de literatura mexicana, Bolaño en su papel de sinodal, Remedios Varo y dos musas griegas brindando consuelo, Sábato, dos poetas españolas de posguerra, Gloria Fuentes y Celia Viñas, y otros. Solo hacia el cierre del poemario, en “método de enseñanza no oficial”, aparece el recuerdo de la abuela contraponiéndose implícitamente en su rol de owirúame y sus saberes de chamán, un conocimiento práctico que agradece con respeto la comunidad, con el benériami, aislado entre sus clases.

Aún hay más elementos interesantes en el poemario de Isabel: reconocer la construcción de fractal literario anunciado en “Tesis mecánica” y que asoma con claridad en algunas piezas; destacar símbolos como esas aves polvo pasando siempre por las ventanas; preguntarse por qué el ralámuli aparece tan poco en toda la elegía; que alguien que sí conozca Chihuahua capital hable sobre las calles por donde pasea el benériami; cuál es el peso de las influencias literarias referidas y, por cierto, qué hace ahí una cita de César Silva Márquez. Otra cuestión quisiera dejar pendiente: cómo resuelve la autora desde la escritura poética la problemática que plantea en su libro si consideramos que es un texto escrito en su mayoría en español. En uno de sus planteamientos se lee: “si transcribo esta historia es porque la primavera nace / y en la garganta me crece un pájaro”.

Héctor González

Pascual Orozco: distinguido revolucionario

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Pascual Orozco Vázquez fue un general revolucionario nacido el 28 de enero de 1882 en San Isidro, Chihuahua. En 1909, Abraham González lo reclutó a él y a Francisco Villa para la causa revolucionaria, en la que siempre demostró una gran capacidad militar. Participó tanto en la Toma de Ciudad Juárez, como en la firma del Pacto de la Empacadora del 25 de marzo de 1912, en oposición a Francisco I. Madero por incumplir las reformas agrarias prometidas. El 7 de marzo del año siguiente, Orozco se reunió con Victoriano Huerta para llegar a un acuerdo en el que sus tropas pasaran a formar parte de las cuadrillas huertistas. Ese mismo año dirigió un grupo hacia Morelos para negociar con Emiliano Zapata, pero falló, y su padre, quien era prisionero de Zapata, fue fusilado. Asimismo, combatió un par de ocasiones contra los villistas, siendo derrotado en la Batalla de Ojinaga. Al renunciar Huerta, se revela contra las fuerzas federales de Francisco Carbajal, empresa en la cual también fracasa; por lo cual, posteriormente, huye a los Estados Unidos. Las circunstancias de su muerte no son claras: una versión apunta que fue abatido en las montañas Van Horn, cuando huía del rancho de Dick Love; otra menciona que Dick Love lo asesina al resistirse a un robo. De cualquier manera, su muerte fue registrada el 30 de agosto de 1915 en el Condado de Culberson, en El Paso, Texas.

En la novela Se llevaron el cañón para Bachimba, del célebre escritor chihuahuense Rafael F. Muñoz, se relatan las andanzas de un joven en las fuerzas orozquistas en diversos lugares del estado de Chihuahua. De igual manera, se refiere la batalla de Bachimba, donde el ejército de Orozco es fulminado. Además de descripciones de ofensivas (que más bien parecen escaramuzas), también se retratan los enormes paisajes del desierto chihuahuense con sus cadenas montañosas y serranías. Esta novela destaca por el amplio despliegue en la psicología, tanto del protagonista como de los personajes secundarios, otorgando al lector una visión más realista e íntima de lo que fue la Revolución Mexicana, con batallas que se prolongaban días sin tregua, ni cambio alguno. Esta lucha armada dejaba a su paso un rastro de desolación en las poblaciones norteñas.

Lee aquí la novela

La calle que lleva el nombre de Pascual Orozco, en la colonia División del Norte, colinda con otras arterias que llevan el mote de personalidades de la misma gesta armada: Felipe Ángeles, Francisco Villa, Francisco I. Madero, Rodolfo Fierro y Pino Suárez. Como personajes relevantes, en uno de los episodios más importantes de la historia de México, no es de extrañar que calles y avenidas lleven el nombre de estos revolucionarios, ya sea en Ciudad Juárez, Chihuahua capital o la Ciudad de México. ¿Qué recuerda (o debería recordar) el nombre de Pascual Orozco? Quizá, la memoria de un hombre que, siendo muy humilde la mayor parte de su vida, se interesó, influido por los hermanos Flores Magón, en derrocar a un gobierno despótico comandado por Porfirio Díaz; para posteriormente actuar en contra del sucesor de aquel, por no haber cumplido las promesas de campaña. Así como también la memoria de un hombre que murió asesinado como un don nadie, pero cuya participación en la historia sería decisiva para las primeras victorias que anunciaban un cambio anhelado hacía mucho y para muchos. La memoria de un hombre al que no se le ha otorgado un justo merecimiento.

Osiel Adolfo Montiel Maldonado

Nunca Juárez fue JRZ

La zona céntrica es mi parte favorita de Ciudad Juárez, y por mucho. Desde adolescente disfrutaba caminar por esas calles, aunque a mis papás no les gustaba. Cuando iba a la prepa debía tomar dos camiones y trasbordaba justo ahí. Podía bajarme del camión que me traía de la escuela y tomar el siguiente que me llevaría hasta mi casa a una cuadra, pero prefería caminar diez cuadras hasta la terminal. Ahora comprendo a mis padres, pues durante aquellos años (2009-2012) la ciudad se volvió intransitable. Me tocó escuchar disparos y correr, igual que muchas personas más. Sin embargo, nunca terminé de espantarme del centro, de ese lugar que huele horrible y se encuentra completamente maltratado porque jamás ha existido –pese al discurso oficial– un verdadero plan que lo rescate y modernice. Solo se realizan cambios superficiales, se embellece un poco para monetizar su función y después se abandona de nuevo; como se ha desamparado a toda la urbe durante toda su historia.

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El primer cuadro citadino se encuentra en precarias condiciones porque a nadie le interesa. Uno de los edificios más bellos de la frontera, el antiguo Cine Plaza, se ha convertido en una tienda de ropa y en un supermercado. Recuerdo entrar durante mi niñez a este lugar de la mano de mi mamá, me parecía impresionante la escalera casi a la entrada, tan grande con su pasamanos de figuras arabescas, y a un lado una fuente en honor a Afrodita. Ahora, en su nueva etapa, la fuente ha dejado de funcionar y solo queda, igual que el elegante piso, como vestigio de un pasado glamuroso.

En la misma zona, el gobierno municipal derribó cientos de casas y edificios para invertir en una plaza sin árboles a la mitad de nada, con una estatua que, en lugar de enaltecer, menoscaba la imagen de Juan Gabriel. Este espacio representa la dualidad de Juárez de manera simbólica. La plaza, ataviada con animales hechos de llantas usadas, posee como vista, por un lado, un mega mural realizado por artistas locales en las partes traseras de los comercios de la Avenida Juárez; y, por el otro, la mirada se pierde entre edificios a medio derribar, abandonados y completamente tristes. Algo similar ocurre con la Plaza Cervantina, la cual ha sido recuperada poco a poco por los mismos ciudadanos. Diversas agrupaciones trabajan para mantener en este sitio el espíritu artístico que le dio origen.

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Muchas cosas hermosas del Centro Histórico se pierden debido a descuidos y a la mala administración de diferentes gobiernos. Por ello, ese espacio que tanto quiero es el símbolo innegable del estado fallido que ha imperado en nuestra frontera; de una comunidad donde exterminan mujeres en el “corredor seguro”, desaparecen cientos de chicas, amedrentan a quienes salen a exigir justicia, donde nos dejaron a nuestra suerte. Desde finales del siglo pasado abundan las historias de madres cuyo último lugar donde vieron a sus hijas fue precisamente el centro. Hace unos meses, ahí mismo asesinaron a Isabel Cabanillas, mientras las autoridades aseguraban que esas calles rebosaban de protección y vigilancia.

Las élites sociales juarenses solo le hacen mala cara al Centro para demostrar el desprecio que sienten por quienes no merecen la misma ciudad que ellos. Al encontrarse más cercano a la periferia del norponiente que al verdadero centro geográfico de la urbe, han relegado a esa zona la población que no les sirve más que para carne de cañón, mientras ellos viven cómodamente en el núcleo de todo. Durante años esta zona ha albergado el descontento social de la comunidad, y, por ello, la mayoría de las marchas y manifestaciones termina o empieza ahí.

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Crédito de fotografía: El Diablox

El viernes 12 de junio se reunieron diferentes grupos y colectivos de la ciudad para protestar debido a los abusos policiacos y exigir justicia para las víctimas. La violencia y brutalidad de los agentes del orden público no resulta nuevo, ni aquí ni a nivel global. En 2019 se recibieron ante la Contraloría Municipal de Juárez 942 denuncias contra elementos de Seguridad Pública y Vialidad. Nadie se siente seguro y tranquilo ante la policía; no existe persona a quien no le suden las manos al saberse detenido, de día o de noche, incluso sabiéndose un buen ciudadano. Todos conocemos a alguien a quien le sembraron droga o lo levantaron y tiraron en otro lado o le dieron una golpiza o, en peores casos, murió en manos de la autoridad.

Los colectivos que se manifestaron, entre ellos Hijas de su Maquilera Madre y Anarcobrujas del Desierto, además de gritar consignas y mostrar el descontento de la ciudadanía, rayaron e incendiaron un “monumento” localizado en el cruce entre las avenidas 16 de septiembre y Juárez. La estructura afectada se conforma por unas enormes letras, JRZ, de color rojo, montadas sobre una escalinata negra. La jota tiene, en lugar de un punto arriba, un corazón. El monumento, titulado “Yo Amo A Juárez”, se donó al municipio por parte de la empresa Big Media en 2015, como parte de una campaña para ¿mejorar? la imagen negativa de la ciudad.

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Al día siguiente de la protesta, empleados municipales y voluntarios ciudadanos se apresuraron a limpiar y solventar el daño. Así, las exigencias por una justicia social se las llevaron litros de jabón y pintura nueva. Las redes sociales se dividieron. Unos aplaudían las acciones tomadas; otros, los más, defendían apasionadamente a las letras y reprobaban “las formas” de las manifestantes, incluso después de festejar los acontecimientos ocurridos en Minneapolis en mayo pasado, cuando se incendió una comisaría tras el asesinato de George Floyd. Se aseguraba que se debía respetar la esencia de lo juarense, la cual, según sus argumentos, descansa en un monumento puesto arbitrariamente en el espacio público como parte de una campaña de marketing que, sin duda, fracasó.

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Crédito de pintura: Luis Roacho

Con todo lo que se desperdicia y muere en el Centro me resulta ridículo dotarle de un valor a unas letras representantes del arte corporativo, un logo que colocaron para obstruir una plaza pública. Obras más significativas de artistas como Verónica Leitón y Águeda Lozano han quedado en el abandono y nadie se queja por ello, incluso la mayoría desconoce su existencia. Otros monumentos se encuentran en estados completamente deplorables y jamás alguien ha pedido su reparación o uso adecuado.

A Juárez no lo representan unas letras rojas que trataron de posicionarse como su logo. Poco tiene que ver con la zona en que se ubican, abandonada a su propia suerte. Ese JRZ solo personifica a una empresa evasora de impuesto que intentó crear una marca para vender gorras, camisetas y postales y aun gobierno indolente al que solo le importa su imagen. Juárez no es eso, ni su esencia se encuentra en un logo. En todo caso, parafraseando a José Emilio Pacheco, quizá seamos unos cuantos lugares, nuestra gente, un río y una ciudad deshecha, gris, monstruosa.

Ojalá, así como corren a resanar unas letras horribles y carentes de significado, la sociedad se interesara en limpiar la sangre que ensucia a nuestra ciudad, defendiera a cada mujer violentada y asesinada o acompañara a las madres de las y los desaparecidos en los rastreos que realizan solas, sin ayuda del gobierno. Esa rapidez que mostró el Municipio para limpiar su “monumento”, jamás la veremos desbocada hacia los verdaderos problemas que han dejado una mancha imposible de borrar y olvidar. Honramos el metal vacío y no la vida. Ahí está nuestro Juárez. Unas letras rojas. Su JRZ.

César Graciano

Escribir desde el involucramiento. Entrevista a la poeta Micaela Solís

 

         “Para escribirlo me sometí al dolor, al horror.
Me metí en el horror, tenía que ser así.
No es posible de otra manera.
Tenía que meterme en esas oscuridades y
en esos abismos.”
Micaela Solís

¿Cómo escribir sobre el dolor y horror que deja en nosotros el feminicidio desde el ámbito de la poesía? En México, las mujeres corremos peligro en las calles, en la casa, en una relación. Caminar por la vida con un cuerpo femenino significa andar por el lado más vulnerable. El riesgo de ser asesinada, violada, golpeada, “halagada”, humillada o abordada en el espacio público no se compara con el que experimentan los hombres en el mismo territorio. Situación que se comprueba con ñas estadísticas oficiales, las cuales señalan que “solo en los primeros cuatro meses de este año, 1 mil 301 mujeres fueron víctimas de homicidio o feminicidio, un promedio de once mujeres asesinadas todos los días.”

Al leer el poemario Elegía en el Desierto. In memoriam de Micaela Solís sentí cómo se me iba abriendo por dentro una herida. La escritora chihuahuense se inserta de cabeza al desierto donde están las muertas. La temporalidad importa, me dice la poeta, mientras se acerca la mesera ofreciendo piñas coladas al dos por uno. Nos encontramos en un restaurante conocido de Ciudad Juárez ubicado sobre la avenida Paseo Triunfo de la República. Acabo de olvidar mi celular en el Uber que me condujo al lugar donde me reuniría con Micaela, junto con mi trabajo de seis semanas, entrevistas, apuntes y contactos. Me siento frágil. Ella se apresura a llamar a una oficina para intentar localizar mi teléfono. Llega la mesera y me ofrece también marcar a mi número, con la ilusión de que contestara la persona que encontró el aparato lleno de información valiosa para mí. Entra la llamada, pero ninguna voz se escucha del otro lado. Decidimos comenzar la entrevista.

Micaela

Sandra Rosas (SR): ¿Cómo surge Elegía en el desierto. In memoriam?

Micaela Solís (MS): Como texto literario es el primero que surge para hablar de los feminicidios. Comenzó, obviamente, siendo periodístico; porque hay un grupo de mujeres periodistas. Yo veía que no había nada, estábamos en el 96 o 97 y el fenómeno del feminicidio como tal comenzó oficialmente en 1993. Empecé a observar unas coincidencias muy interesantes, históricas. El feminicidio en esta frontera inició al mismo tiempo que el alzamiento del Ejército de Zapatista Liberación Nacional, el Tratado de Libre Comercio entre Canadá, Estados Unidos y México y la apertura total de la industria maquiladora. Identifiqué varios fenómenos contemporáneos que representaban las diversas caras de una sola situación. Estaba Carlos Salinas de Gortari como presidente.

SR: ¿Desde un principio lo pensaste como un poemario?

MS: Estaba en Chihuahua, ya traía la espinita, cuando vi la nota y la puse en un poema. Yo soy muy narrativa. Apareció en el periódico que unos niños en un campo de futbol habían visto una manita, así, saliendo de la tierra. Era una jovencita, Cecilia, y eso me desgarró. Faltaban tres semanas para el 8 de marzo de 1997. Tenía que hacer algo. Lo que más me aterraba era la apatía social. Lo escribí por eso, porque la apatía social resultaba indignante. De ahí que lo llame “Poesía de crisis”, ya que busca provocar, precisamente, una crisis de conciencia. Todavía me pongo chinita nada más de pensar en la indolencia.

Diseñé el poema para presentarlo ante el público. Escribí una parte, luego fui agregándole, por eso ahora me falta un poema que extravié. En un principio lo titulé El Príncipe porque, al ser el feminicidio una cuestión de poder, involucraba a los gobernantes. ¡Lástima que perdí esa última parte! Después, hice el cuerpo, es decir, la parte fundamental del poemario. Me comuniqué con un grupo de danza contemporánea para ver si se animaban a que armamos un ensamble. Inmediatamente dijeron que sí. La idea consistía en que lo recitara yo; por ello, me involucré como actriz. No obstante, resultó algo problemático, porque para mí actuar no significa fingir, al contrario. Soy muy frontal para hablar. En el escenario, una no percibe cómo se ve, pero sí cómo se siente ante el mundo; traes la sensibilidad en la piel. Tengo una concepción distinta del teatro, así que me involucré solo un poco. Haríamos un performance. Diseñamos la coreografía, el escenario, todo bajo la estética minimalista: una malla ciclónica  el suelo lleno de tierra. El texto lo tenía –aún lo tengo– introyectado, y cuando decía “in crescendo, in crescendo” lo acompañaba de un golpe, golpe, golpe, pues el texto es para eso, para no dejar descansar a quien lo lee o escucha.

Presentamos el poema el 8 de marzo durante un evento que organizaron unos grupos feministas de la capital del estado. De ese día recuerdo una cosa muy curiosa que se ha repetido en varias ocasiones. Mientras hablaba del viento misógino, “Está por todas partes, siéntalo bien, percíbalo”, sobrevino un vendaval en plena feria del libro, en la plaza.  Se levantaron las carpas y yo sentía que las ráfagas me arrebataban las palabras. Lo mismo ocurrió aquí en Juárez. Lo escribí para decirlo en público, para machacar la conciencia, para despertar el interés social, para gritar a la comunidad un ¡despierta! La intención consistió en sacudir a las personas en ese momento. Luego, lo fui perfeccionando y me vine a trabajar, a hacer periodismo aquí a la frontera.

SR: ¿Cómo reaccionaron los grupos feministas y las ONG´S con tu propuesta poética?

MS: Las ONG´S no estaban muy interesadas. Para escribirlo me sometí al dolor, al horror. No era posible de otra manera, tenía que meterme y entender esas oscuridades y esos abismos. Por ello, anduve con algunas madres buscando a sus hijas y apoyándolas durante un tiempo. Además, aparte de esta terrible situación, se encontraba todo lo colateral. Aún me queda pendiente una obra de teatro sobre el tema, pues todo esto resulta espeluznante, el engolosinamiento por el foco, por las luces, por las cámaras. Inclusive en el caso de las madres. La situación de las ONG´S, sin duda, es un fenómeno complejísimo con muchas aristas,

SR: ¿Tienen las escritoras un pase directo para entender mejor la violencia contra las mujeres y, por ende, escribir desde el mismo lado?

MS: Los hombres no la han enfrentado todavía o asumido como una problemática propia. Yo los critico duramente, porque muchos lo asumieron como bandera. Éramos compañeros de toda la vida, feministas, pero íbamos a la manifestación y ellos se quedaban en la esquina “porque es cosa de ellas.” Yo no entendía qué les pasaba, pues siempre he considerado erróneo el que solo nosotras asumamos el problema de la violencia de género, como si fuera nuestra bandera o propiedad.

SR: ¿Cuál fue el papel de las ONG´S en esos años?

MS: Sufrí mucho. Viví mucha represión como creadora por parte de estos mismos grupos, al grado de casi callarme o boicotearme. Durante esos años, el tema de las mujeres desaparecidas y encontradas asesinadas se politizó bastante, y ahorita varias integrantes de dichos colectivos están muy puestas en el gobierno. Yo lo digo en los textos, así que a mí me marginaron más. No escribí el poema para lucirme. Después de todo lo que vi, una parte de mí se percibe también en los versos. Porque asumo la voz de la muchacha desaparecida, no de la persona que asiste a sesiones políticas o que busca un premio literario o un viaje de placer. “Mientras en el desierto / las auras se arrebatan a picotazos un corazón / que lacera aún su última humedad”.

Cuando iba a comenzar a escribir, me puse como principio varias cuestiones. Uno, sin denuncia no se vale. Dos, mi objetivo jamás consistiría en utilizar el tema como bandera intelectual. Y, por último, no estetizar la problemática. Sin embargo, al mismo tiempo, buscaba escribirlo con la fuerza literaria suficiente y evitar hacer cualquier cochinada, para dignificar a las muchachas y a sus madres. Cumplí y me siento satisfecha. Una vez le presté a un amigo un CD con uno de mis poemas y de pronto empecé a escuchar mi voz en un programa de radio y en eventos locales y nacionales, pero mi nombre había sido omitido. Entré en un dilema. Eso se tenía que denunciar. Debía moverme y mover mi texto en todos lados. Entonces, lo que hice fue no buscar, pues una parte fundamental de lo que escribo consiste en dar testimonio de mi época, de lo que me afecta y me sacude.

He pasado represiones muy fuertes con algunas ONG´S. En una ocasión me invitaron a un evento de una organización trinacional (Canadá, México y Estados Unidos) sobre el tema de las mujeres en la maquila. Mi presentación sería en Albuquerque. El programa duró varios días, con la nota a todo lujo. Me quedé asombrada, comí a lo bestia y hospedé en un hotelazo, había mucha gente. Ahí descubrí lo que significa el fenómeno de las organizaciones, el cual ha surgido paralelo o más bien a partir de las problemáticas que conlleva la maquila o el feminicidio. Así que opté por rezagarme y dejar de mover tanto mi texto-performance.

SR: ¿Consideras que la violencia más macabra sigue siendo la falta de interés, el no cimbrarse con cada feminicidio?

Creo que si eres escritor y compones algo sobre el tema, resulta muy distinto a escribir de él solo por la posición pública. Es decir, abordarlo no por ser, sino por hacer. En tal caso te distancias de tus temáticas. Pero, respecto a eso, existen perspectivas muy personales. Necesitamos a los poetas, verlos, escucharlos y que se manifiesten también. Pienso que la intelectualidad mexicana no ha asumido el problema, ni ha entendido que la violencia diaria contra niñas y mujeres recae en todos y todas. ¡Es un problema de género que nos atañe a todos por igual! ¡Ellos son los que violan! A veces se me hacía bobalicón, de una superficialidad tremenda lo que algunos escribían. ¿No se dan cuenta que traemos en las manos la tragedia de miles y miles? Si eres abogado no te disfraces de otra cosa, no es teatro. Por eso, lo manejaba como un performance cuando presentaba Elegía en el desierto. In memoriam, pues con mi voz y mi cuerpo asumía mi responsabilidad ante el problema.

Ni siquiera las asociaciones entienden la obligación histórica que los hombres tienen en este panorama. Durante aquella estadía en Albuquerque, en un evento internacional, lo comprobé. Todos se encontraban en variados cursos, mientras yo intentaba acomodar al tiempo asignado mi presentación. En esa ocasión interpreté mi texto como nunca antes lo había hecho. Estaba muy emocionada, aunque me habían puesto a la hora de la comida. Sin duda, no es un texto para ser escuchado mientras se come y convive. La organizadora me cortó antes de que terminara mi intervención, aun cuando ya me habían quitado 10 minutos para presentarlo. Corté, pero los denuncié, ahí mismo, frente a todos. ¡Qué lástima! Me faltaban tres minutos. Yo traía a esas mujeres, a las muertas de Juárez, en la boca. El tema del feminicidio es un tema que se tiene que parir. Los hombres no lo han asumido. A mí me ha servido, porque me puse a trabajar en la maquila durante dos meses. Trabajé en Chihuahua, viajé en el autobús acompañando a las madres de desaparecidas. No sé puede escribir así, nada más. Por eso, con temas sociales, primero me informo. No se puede escribir desde el escritorio, hay que meterse. Soy pasional. Soy activista desde mi juventud. Escribo para cooperar en la sensibilización de lo que nos está afectando tanto. Se trata de dejar un testimonio, un documento de mi época.

Cerramos nuestra charla y le agradezco infinitamente el tiempo que me ha dedicado. Intercambiamos números telefónicos y me despido. Acepto con rabia y dolor que nadie me devolverá mi celular, que lo he perdido y que ninguna oficina Uber se molestará en rastrearlo. Me voy pensando en la vulnerabilidad  a la que mi condición de mujer me somete en estas calles fronterizas.

Sandra Rosas

 

El Diario de Susan Shelby (1846)

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El Diario de Susan Shelby Magoffin registra escenas del antiguo Paso del Norte, previas a una guerra que se convirtió en frontera

La pluma de una joven mujer atestiguó –durante quince meses y casi tres mil kilómetros de viaje en el ahora extinto norte de México– una guerra entre el expansionismo norteamericano y una joven nación que desatendía sus fronteras. Desde las praderas de Missouri hasta el desierto de Chihuahua, las memorias de Susan Shelby Magoffin, compuestas a mediados del siglo XIX, guardan testimonio del paisaje, sus habitantes y la vida cotidiana en medio de una tensión diplomática que cercenó gran parte del territorio mexicano.

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El Diario de Susan Shelby, nacida en Kentucky en 1827, configura una de las primeras obras escritas con intenciones literarias que ocurren en la zona de Ciudad Juárez-El Paso, cuando ambas riberas eran un mismo espacio habitado por mexicanos. Su texto, incluso, es anterior a Cension, un boceto de Paso del Norte (1896), novela escrita por Maude Mason Austin medio siglo después, y de la que pronto me ocuparé en una futura reseña.

La travesía del matrimonio Magoffin comenzó en junio de 1846 cuando una extensa caravana –conformada por sus sirvientes, aparejos, mercancía y animales–, abandona Independence, en Missouri, para emprender la Ruta de Santa Fe (Santa Fe Trail) con fines comerciales. El viaje concluyó en septiembre de 1847, en Cerralvo, Nuevo León. Desde la primera página, la narradora adquiere consciencia de la particularidad de su escrito; ella misma pasaría a la historia con el título de la primera mujer blanca en descender por el antiguo Camino Real de Tierra Adentro. Susan Shelby Magoffin incursionó a nuestro país desde el septentrión continental, al mismo tiempo que el ejército norteamericano ganaba espacio en territorio nacional. “Esta noche, mi diario cuenta una historia esta diferente a lo que se ha hecho antes. Ahora, el telón se levanta con una escena inédita”.

Cuando la caravana cruza el Río Arkansas, una gastronomía distinta y los sonidos del español, incluidos en la propia narrativa, acentúan la entrada a la nación vecina del sur. Los anglófonos arriban a los pueblos con fuertes prejuicios sobre sus habitantes; sorprende que los discursos de racismo y xenofobia, presentes en nuestra actual sociedad, tengan una raíz tan lejana: “Pensé que los mexicanos carecían de refinamiento, sin juicio como los animales, hasta que escuché a uno de ellos decir: «¡Bonita muchacha!» Ahora tengo certeza de que es gente muy ágil e inteligente”.

En el entronque de la Ruta de Santa Fe con el Camino Real de Tierra Adentro, la caravana se enfiló hacia el sur. La estadía de los Magoffin en El Paso del Norte ocurre durante febrero de 1847, a un par de meses de la toma del poblado por parte del ejército estadounidense. Un año después, la firma del tratado de Guadalupe Hidalgo estableció al Río Grande-Río Bravo como la línea divisoria en los nuevos límites de ambos países.

Susan Shelby Magoffin diario

Al igual que otros diarios escritos en tiempos de guerra, la perspectiva de las personas que viven en carne propia el conflicto logra un efecto humanizador en contraste con la visión fría y lejana que registra la Historia oficial. En El Paso del Norte, el matrimonio espera noticias del hermano James, arrestado por autoridades chihuahuenses, y reciben hospedaje con la familia del padre Ramon Ortiz, prisionero del ejército norteamericano. Es época de tensiones cruzadas. La convivencia desarrolla un ambiente de intimidad y comprensión fraternal donde, a pesar de la nacionalidad y la religión, la familia Ortiz y la Magoffin comparten un mismo pesar ocasionado por la guerra. Los días se suceden ante la zozobra de la incertidumbre.

En los momentos más aciagos, Susan abraza al catolicismo (una fe extranjera) en su búsqueda por Dios. Falta de agua, fiebres, noches en vela, un accidente en coche y un aborto espontáneo configuran algunos de los episodios más turbulento física y emocionalmente que atraviesa durante el viaje. Estos pasajes provocan la reflexión sobre su propia fe –la evangélica– y el valor de morir en nombre de su patria. Un amigo cercano al matrimonio, teniente coronel norteamericano muerte en el frente de batalla, “ha dejado un nombre atrás para desaparecer pronto de los anales de nuestro país. ¿De qué le sirve ese nombre ahora? ¿Le ha traído una corona en el cielo, o ganado un asiento a los pies del Salvador? Si no, puede ser que ese mismo nombre lo haya arruinado”.

Carretas Santa Fe trail

El Diario salió a la luz en 1926, gracias al trabajo editorial de la investigadora Stella Drumm, quien recuperó el texto mediante la familia Magoffin y documentó el derrotero geográfico (por la Ruta de Santa Fe y hacia México) e histórico del texto, bajo el título de Down the Santa Fe Trail and into Mexico: The diary of Susan Shelby Magoffin. En la introducción, señala el inusual encanto narrativo que la autora alcanza, pese a las incomodidades del viaje. En relación con otros diarios de la época, afirma la estudiosa, la prosa de Shelby tiene un valor distinto con respecto a la cantidad de detalles contenidos en las descripciones de escenas y eventos. Si bien para la primera mitad del siglo XIX la publicación de esta escritura tan íntima apenas se consolidaba, para cuando la obra fue editada, los diarios ya eran considerados un género arraigado dentro de la literatura.

Además del valor histórico de la pieza, el Diario de Susan Shelby Magoffin puede ser leído en nuestros días más allá de los prejuicios sobre la nacionalidad de quienes se mueven entre sus páginas, ya que, al mismo tiempo, también configura el estereotipo de una mujer bien anclada a su época, religión y máxima convicción: el matrimonio. Para ella, según sus propias palabras, su marido era el mundo entero; no obstante, su ejercicio escritural muestra la inteligencia, determinación y valentía femeninas de una figura para quien la escritura constituyó el único refugio y medio de mantenerse perceptiva y crítica a un entorno inédito –nuestra frontera norte–, que parece soportar, desde antaño, la adversidad.

Susan Shelby Magoffin ELP

Claudia Chacón

Del tata, el western y la batalla de Ciudad Juárez

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Para mi mamá, mi tía y mi mami,
que le regalaron este libro a mi tata en navidad.

 Por años detesté la frase “el libro que marcó mi vida”. Me parecía bastante cliché, de booktuber. Hasta que descubría el porqué. En casa nunca hubo una biblioteca; mis padres jamás leyeron un libro completo. Pero en la de mi abuelo materno sí, el cual proviene de una familia del sur del estado. Su padre, descendiente de un mestizo y una española, se robó de Santa Bárbara a su esposa, quien, como alguna vez afirmó, provenía de una familia de migrantes franceses. Huyeron en un tren. “Me robó”, con esas palabras mi bisabuela me narró parte de su historia una de las últimas navidades que pasé en su casa, cuando ya todos dormían y me encontró en la cocina sirviéndome más pavo. Me contó que esa fue la última vez que vio a su familia; ya que luego, junto con su pareja, recorrió Chihuahua en un vagón hasta llegar a Juárez. Una promesa de vida. El inicio de una familia que se ha extendido hasta el punto de desconocer el total de sus integrantes.

Por su parte, mi tata, como lo he llamado toda la vida, formó parte de la Liga Comunista 23 de septiembre. Por ello, estuvo a punto de no casarse con mi abuela, ya que en 1972 lo detuvieron por secuestrar camiones y ella pensó que la había abandonado. Cuando se escapó juró no volver a esas andadas. Hasta el día de hoy pinta, canta, toca la guitarra, y, sobre todo, lee. Diariamente, al levantarse a las 4 de la mañana, devorara libros durante horas hasta que el desayuno se sirve. De niño pasé muchos días en su casa, tantos que a mi abuela la llamo mami. Una de mis aficiones consistía en buscar entre los libreros algún ejemplar que llamara mi atención. Nunca había conocido un lugar con tantos libros. Había de todo, pero resaltaban los textos sobre historia prehispánica y el viejo oeste. Muchas tardes sorprendí a mi Tata mirando algún spaguetti western después de tomarse un café en la terraza.

03 Batalla Juárez

1911 La batalla de Ciudad Juárez ∕ 1. La historia, lo escribió el doctor Pedro Siller como resultado de una investigación que realizó junto con Miguel Ángel Berumen, autor del segundo volumen dedicado al archivo gráfico de la contienda. Ambos ejemplares se publicaron en 2003 bajo el sello editorial Cuadro por Cuadro, Imagen y Palabra. El primer tomo narra detalladamente el origen y el desarrollo de un acontecimiento histórico determinante para la Revolución Mexicana, el cual, hasta hoy, ha sido menospreciado por la historiografía oficial.

05 Siller 1911

Lee aquí el libro

El 21 de diciembre de 2003, con nueve años de edad, me encontraba en casa de mis abuelos. Por la ventana miraba caer la nieve. Mi mamá me prometió que en Navidad iríamos a ver una película que me gustaría: The Lord of the Rings. En la cocina hacían tamales. Olía a chile colorado cuando llegó mi tata; así que, sorprendidas, mi madre y tía corrieron a esconder su regalo que aún no terminaban de envolver. En Noche Buena, en casa de mi bisabuela, abrimos los presentes. Aún mantengo el recuerdo de la cara de asombro de mi Tata al desenvolver el suyo: 1911 La batalla de Ciudad Juárez ∕ 1. La historia, cuyo autor sería, muchísimos años después, mi profesor en la licenciatura de Historia de la UACJ. El enorme libro contaba la historia de unos pistoleros que habían tomado la ciudad hacía casi cien años, disque para hacer una revolución. Dejé mis obsequios y corrí a ver el libro. Contenía una gran cantidad de fotografías que nunca había visto. “¡Esa es la iglesia del centro, Tata!”, grité. “Sí, mijo, esa es. Este es el mercado que está enfrente, mire.” Mis primos continuaban jugando con sus figuras de Gandalf, Aragorn y Légolas; yo solo quería acabarme el libro. Por semanas, cuando visitábamos su casa, lo primero que hacía era buscarlo, observaba una y otra vez todas las fotos y leía pequeños fragmentos hasta que mucho tiempo después lo terminé.

Joe Siller 1911 dedicatoria

Antes de la investigación de Siller, no existía texto alguno sobre la Casa de Adobe, la cual, durante varias semanas, fungió como oficina presidencial. Tampoco se había ahondado en las figuras de Pascual Orozco, Abraham González y Giuseppe Garibaldi; menos, en la labor de los fotoperiodistas, quienes arriesgaron su vida para dejar un testimonio gráfico de los últimos días del viejo oeste. El libro del historiador oriundo de Chiapas registra de manera escrita y gráfica a los verdaderos responsables de la revolución; pues, como sabemos, después de la Decena Trágica todo se convirtió en una Guerra Civil. A partir de este texto, comenzaron a surgir otros que abordan dicha perspectiva. En ese sentido destaca Del Cerro Bola al Rio Bravo: Soldados de fortuna, forajidos e insurrectos durante la rebelión maderista en la frontera (1910-1911), de Reidezel Mendoza, el cual rescata, nombre por nombre, la identidad de muchos de los personajes, salidos de una película de tiroteos, que lograron la renuncia de Porfirio Díaz.

Abraham escolta

Pasaron los años y, debido a diversas situaciones, dejamos de visitar a mis abuelos. Perdí el interés por los libros. Solo quería escuchar música y ser John Lennon. Detestaba la escuela y juraba que terminando la preparatoria haría una banda y me volvería famoso. ¡JA! En quinto semestre comenzó la presión. “¡Tienes que estudiar! ¡Necesitas ser alguien en la vida!” Me ponía los audífonos y reproducía una y otra vez Nowhere man de los Beatles. No sé qué sucedió después, pero de repente me encontraba en clases de Historia. Aún desconozco porqué elegí eso, pues estaba en contra de los libros, de los discursos oficiales, de todo. 17 años después de aquel 24 de diciembre, el libro que me maravilló en casa de mi Tata, ha vuelto a mí. Ahora, caigo en la cuenta de que ese libro marcó mi vida. Ha sido el responsable de mi constante necesidad por visitar el pasado y conocer el espacio que habito. Debido a él me atreví a cuestionar a mi bisabuela aquella penúltima Noche Buena que pasé a su lado; le preguntaba a mi Tata sobre los días de guerrilla; me quedaba horas mirando las fotografías colgadas en las paredes de las casas a donde iba; deambulaba por el centro de Ciudad Juárez nada más para entrar a la Misión de Guadalupe e imaginar la batalla. Gracias a ese libro estudié historia y sigo escribiendo sobre los rebeldes olvidados.03 Batalla Juárez

A lo largo de un prólogo y nueve capítulos, Siller narra la batalla ocurrida desde el Río Bravo hasta el sur de la ciudad en donde se encontraba el cuartel general de los militares. Asimismo, presenta los antecedentes de la contienda y los previos fracasos al intentar tomar otros poblados como Casas Grandes. De igual forma, reconstruye los días posteriores al triunfo militar y las distintas versiones sobre el altercado entre Madero y Orozco, quien estuvo a nada de derivar al líder en un tiroteo. Sin embargo, el gran valor de esta obra, más allá de la reconfiguración de un suceso prácticamente olvidado e ignorado, radica en la amplia capacidad narrativa y en la sensibilidad del autor. Quien lee 1911 La batalla de Ciudad Juárez no se enfrenta a las dificultades de un texto histórico común de la academia, lleno de citas y referencias teóricas que alejan al lector; sino que encuentra la voz de alguien que, apasionadamente, busca contarnos algo de suma importancia para él. Siller no pretende impresionar a los colegas “expertos”, pues su interés consiste en brindarle un regalo al pueblo fronterizo. Un obsequio envuelto en un libro de gran formato, el cual nos muestra sin tapujos nuestra historia, el rostro de nuestra gente de a pie que en medio de un tiroteo carga con una máquina de coser para entregársela a su pareja; la que aguanta la bravura del clima, el frío que yaga la piel y el calor que seca el cabello; la que convive con la violencia desde que se fundó este pueblo “porque no hay de otra”; la que ante la injusticia se levanta y se manifiesta. Gente que se resiste al olvido desde el desierto.

José Vargas