Desnudista de una sola pierna

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El riesgo de cualquier antología que cite a más de una decena de voces recae siempre en la disparidad de escrituras, en el compromiso y tiempo que cada implicado haya tenido para fijar su voz y adecuarla a la del resto. Asumido este riesgo –incluso dando por hecho la imposibilidad de sortearlo– el examen de este tipo de creaciones colectivas se dirige a la línea temática, capaz de convocar, conjugar miradas y alojar notas de disidencia sin romper una lectura orgánica. En estas líneas me detengo en la antología Querido: homenaje a Juan Gabriel, publicada bajo el sello editorial Mantarraya en junio de 2010, es decir, cuando el Divo de Juárez aún cantaba entre nosotros. La idea original del libro y la selección de textos corrió a cargo de Luis Felipe Fabre, Inti García Santamaría y Karen Plata; mientras que la edición, del promotor cultural Antonio Calera-Grobet. Veintidós poetas rinden homenaje, no siempre en verso, a la figura y trayectoria del ídolo y cantautor.

El poeta Fabre confiesa que “una tertulia y una rocola detonaron este proyecto editorial”, entendido como “un acto de justicia” que presume el objetivo de “difuminar las fronteras entre el espectáculo y la poesía; entre el arte y el diálogo culto”. La Academia Sueca, encargada de otorgar el Premio Nobel de Literatura, ya lo demostró hace un par de años con la nominación de Bob Dylan, quien también le ha cantado a esta frontera. En Querido: homenaje a Juan Gabriel, los textos incorporan el título de las canciones del Divo, desde sus grandes hits hasta otras menos sonadas: “El Noa Noa” de Dolores Dorantes, “El corazón del norte (Querida)”, “He venido a pedirte perdón” de Ulises Nazareno, “F word. Balada rítmica (La frontera)” de Julián Herbert, “Si quieres” de Ofelia Pérez-Sepúlveda, “Glamour eterno (Amor eterno)”, entre otros temas. Por mi parte, destaco y recomiendo cinco o seis composiciones –no más–, justo las que acabo de nombrar, así como el “Postfacio” de Erik Castillo, quien indaga en la figura del homenajeado, dejando de lado “el tesoro de la pura reivindicación de lo marginal… o el gesto ejemplar que nos hereda quien sí pudo compensar los estigmas existenciales y sociales”. El tributo se centra en la catarsis prodigada por el canto que cimbra los lugares interiores. Tal efecto se desborda “desde el inconsciente canción tras canción al abrigo de la versificación directa, urgida y, cuando más perfecta, devastadora”.

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“Juan Gabriel se llama una estrella, me lo dijo mi madre / JG es una estrella escrita por una máquina que escribe estrellas” (Yaxkin Melchy). Fue en quien primero pensamos al momento de diseñar nuestra última caminata, Luminarias. Aunque detrás de una celebridad existe una producción cultural respaldada por potentes medios de comunicación que promueven la figura/estilo/voz de una individualidad, para que el artista alcance la aceptación popular más allá de una coordenada específica debe existir una incidencia social, así como una emotividad que impacte de lleno en el sentir de las personas. Diversas lecturas y apropiaciones giran en torno a la entrañable efigie del Divo de Juárez, desde las que culminan con la publicación de una antología poética hasta el repentino nombramiento de la Gran Plaza Juan Gabriel, inaugurada a finales de septiembre del 2016, a tan solo un mes del sensible fallecimiento. La rehabilitación de la calle Mariscal, frente al Gimnasio Neri Santos, a un costado del Museo de Tin Tán, incluyó la pavimentación de arterias aledañas, murales monumentales, iluminación, juegos infantiles, cruces peatonales, sombras y bancas para pasar el rato, así como una desafortunada escultura en bronce del hijo predilecto de la ciudad. A pesar de que el día de la ruta tuvimos que realizar la parada unos metros más adelante debido al concierto de una banda local liderada por una joven cantante, nos da gusto que la reactivación de la plaza incluya la expresión musical.

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Urani Montiel

Vestigios del esplendor

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Gracias a su posición geográfica y a las consecuencias de la segunda guerra mundial, Ciudad Juárez se convirtió en la meca de la vida nocturna de los años posteriores al medio siglo. La llamada época de oro recuperó la famosa leyenda negra característica de la frontera. Varios espacios dan cuenta de ello. La Fiesta, uno de los más importantes y del cual todavía tenemos sus vestigios –ya en plena recuperación–, guarda en sus muros el esplendor –real o imaginado– de lo que un día fue la frontera, así como un sinfín de memorias que posicionan al edificio como el espacio más elegante y fantástico que tuvo la ciudad en el último siglo. En La Fiesta: recuerdos de una alegre y luminosa Ciudad Juárez del siglo XX, por ejemplo, el escritor y periodista Emilio Gutiérrez de Alba, a lo largo del prólogo, 77 secciones y un epílogo recrea a detalle y con un tono bastante nostálgico todos los pasajes y personajes que gestaron, elevaron y, finalmente, terminaron con la vida de este emblemático lugar.

El 9 de octubre de 1954, cuenta Gutiérrez de Alba, “en medio del resplandor de anuncios con luces de neón… La Fiesta brillaba como un faro”. Era el día de su inauguración. Tras más de 4 años de iniciar su construcción, los hermanos Efrén y Mariano Valle –propietarios del inmueble, así como también del Guadalajara de Noche– abrieron las puertas de su lujoso teatro y cabaret, el cual se caracterizaba por ofrecer espectáculos con estrellas de gran renombre internacional, solo comparables a los shows de las Vegas. La réplica del calendario azteca y el apremiante sonido de las campanas que presidia cada función, atestiguaron el paso del Kingston Trio, Los Churumbeles de España, el famoso quinteto los Vagabundos, Frank Sinatra, Earl Grant, Don Cornell, Linda Darnell, el saxofonista Rar Rodríguez, Luisito Rey, María Félix, Reina Vélez y David de Montecarlo, entre muchos otros grupos y artistas. En cuanto a la construcción y el diseño, fue el ingeniero zacatecano Manuel Cardona el responsable de ejecutar en una obra colosal la idea de los hermanos Valle. El trabajo de los acabados de cantera estuvo a cargo de Jacinto “El bizco Chinto” Castro, quien también había trabajado en el Cine Victoria. Por su parte, Pablo Montalvo se encargó del trabajo de pintura y acabado de la estructura. Resaltan en el diseño del edificio, además del calendario mencionado, una fuente tallada que replica la localizada en el Palacio del Conde Santiago de Calimaya, lo pilares estilo barroco, los azulejos de talavera española de las escaleras, la réplica de la entrada de la Real y Pontificia Universidad de México, las ventanas con remate de cantera, y tres relieves que muestran la evolución del Zócalo capitalino y al mismo tiempo tres años imprescindibles de la historia nacional: 1519 por la conquista española; 1810, año en que inició la Independencia; y 1954, fecha en que se inauguró La Fiesta. Tanto así era el orgullo que los propietarios y visitantes sentían por el lugar.

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Por desgracia, La Fiesta cerró sus puertas en 1974. La razón, según cuenta la esposa de Mariano Valle, radicó en los problemas que empezaron a tener con las autoridades, las excesivas multas que pedían y la caza incesante a los asistentes. El turismo extranjero comenzó a disminuir notablemente y, junto al él, los recursos económicos, lo cual provocó tensión con los sindicados de meseros y de músicos. “El negocio ya no daba para nada… Aquel gobierno corrupto aceleró el fin de la época de oro de los espectáculos en Ciudad Juárez”, afirmaba la viuda de Valle a Gutiérrez de Alba. Poco tiempo después, el local se rentó como mueblería por más de 30 años, hasta que en el 2008, debido al  Plan Maestro de Desarrollo Urbano del Centro Histórico de Ciudad Juárez, La Fiesta se encontró al borde de la demolición. Gracias a la organización de varios grupos de maestros y civiles, entre ellos el presidido por José Luis Hernández y su página El Juárez de Ayer, se logró salvar el edificio. Hoy es propiedad de Francisco Yepo, dueño de la Nueva Central, cuyo objetivo consiste en remodelarlo, pero conservando el concepto original. El nuevo proyecto implica, según el nuevo dueño, abrir un restaurante-cabaret o salón de eventos “para que, las nuevas generaciones conozcan un poco de la Época dorada de Juárez”. Probablemente suceda en julio del próximo año.

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Los vestigios que aún conservamos de La Fiesta y, sobre todo, el afán de un grupo de personas que se niegan a perder parte de su historia como juarenses y que intentan adecuarla a la época actual, se configuran como elementos imprescindibles (y loables) para mantener una identidad comunitaria. En lo personal, agradezco la oportunidad de poder compartir y comparar con mi padre la experiencia de pisar aquellos lugares que hace bastantes años fueron testigos de su juventud y alegría. Los recuerdos de quienes vivieron la época de oro fronteriza, transmitidos de forma oral o puestos en papel, como el caso de Gutiérrez de Alba, nos ayudan a recrear un tiempo pasado lleno de gloria, pero también a imaginar un futuro igual o mejor.

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Amalia Rodríguez

El último oasis

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Uno de los incentivos de Juaritos Literario consiste en la remembranza de sitios que han visto crecer a nuestra ciudad; lugares cargados de una gran historia que conservan alguna huella, desde el mismo nombre, que da cuenta de los andares de Juárez y, en muchos casos, de toda la nación. La nostalgia entra aquí en juego, pues representa la respuesta común a cualquier tipo de cambio. Aunque comúnmente se relacione este sentimiento con un aspecto negativo, no siempre es así. La misma terminología del concepto indica que se refiere a un “dolor o anhelo” (algos) por “regresar a casa” (nostos) o, en general, al pasado. El hecho de experimentar nostalgia, entonces, no siempre resulta doloroso, también puede ser agradable y conmovedor, ya que a partir de recordar y reflexionar sobre lo que teníamos antes, se abre la posibilidad de encontrar la confianza y la manera para enfrentarnos a lo que hay ahora o lo que se avecina, así como aumentar la autoestima y el arraigo social. Por ello, nos es apremiante rememorar aquellas vivencias significantes que compartimos con otros como sociedad. En nuestro caso, dichas experiencias se basan en espacios determinados y textos que los retratan y llenan de vitalidad.

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En 1847 –un año antes de la firma del tratado Guadalupe-Hidalgo– se publicó en Inglaterra Aventuras en México de George F. Ruxton. Cien años después apareció la primera traducción, quizá porque la idea del connacional no quedaba muy bien parada, y así se justificaba lo que sucedería unos meses después de su escritura: “Si los mexicanos poseen una sola virtud, y espero que así lo sea, deben tenerla guardada en algún secreto rincón de su “sarape” […] Espero que, por su propio bien sacará rápidamente de su escondrijo solitario la luz de esta virtud disimulada, si no, dentro de muy poco tiempo será absorbido por la potente flama que el anglosajón parecer estar dispuesto a esparcir sobre el oscuro México”. Aunque duela, la visión extranjera sobre nuestro país y quienes lo habitamos resulta necesaria para comprender la posición en la que ahora nos encontramos. Por ejemplo, textos como el de Ruxton exhiben un país lleno de carencias, insensatez e inestabilidad política; de esta forma, la pérdida de casi la mitad del territorio nacional aquel febrero de 1848 parecería el resultado más obvio y positivo para todos –tal como lo caviló el general Santa Anna.

Otro punto interesante en el que se detiene el viajero inglés es el territorio norteño, pues su descripción forma parte de la estampa que hasta el momento impregna el imaginario universal; aquel que siempre nos ha calificado como bárbaros. Ruxton afirma que “la ciudad de Durango puede ser considerada como la última Tule de la zona civilizada de México. Más allá, hacia el norte y el noroeste, continúan las enormes y despobladas planicies de Chihuahua […] En los oasis que se encuentran allí se reúnen las tribus salvajes que continuamente descienden a las haciendas cercanas, hurtando caballos y mulas y asesinando bárbaramente a los campesinos desarmados”. Ahora bien, pese a la imagen negativa, resalta la idea de los oasis. Cuando Ruxton llega a la villa de El Paso del Norte, luego de repasar la historia de su fundación –aunque con algunos datos erróneos–, describe a la zona como un valle de gran riqueza, “rodeado de huertos y viñas bien cultivados y jardines que descansan sobre el río”. Es decir, a pesar de la idea que recrea sobre el norte, rescata y se admira del paisaje de lo que ahora constituye el centro histórico de Ciudad Juárez. Un espacio que ha cambiado drásticamente, pues al día de hoy –al menos para las nuevas generaciones– pensar en huertos, viñas, un caudaloso río o la sierra de Juárez, resulta casi imposible ante la sequedad y aridez que pervive a nuestro alrededor.

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La descripción de Ruxton se efectúa desde la plaza ubicada frente a las instalaciones del antiguo presidio (el cual albergó al poder político desde 1685 hasta 1983) y queda enmarcada por una anécdota donde el airado escritor sale bien librado solo al mostrar sus documentos de identidad. Casi dos décadas después de la visita de este peculiar personaje a la frontera, el lugar que lo recibió fue también el punto de llegada del Benemérito de las Américas y el gabinete del Estado mexicano. Desde entonces, y en honor a quienes acompañaron al presidente en su lucha contra el imperio francés, el cabildo ordenó nombrar a este sitio Plaza del Batallón de los Supremos Poderes (antes conocida como Plaza del Fundador). Por razones desconocidas, pasó siglo y medio para que el nombre se oficializara. El alcalde Enrique Serrano Escobar develó en septiembre de 2014 una placa, a espaldas de la Misión de Guadalupe, para conmemorar la orden de Benito Juárez de izar la bandera cada lunes como muestra de patriotismo. Sin duda, aquel paisaje que mostró el autor extranjero funcionó también como oasis para otros personajes y episodios imprescindibles de la historia nacional. Por ello, conocer el cambio de la imagen del lugar que ahora habitamos, aunque recreada desde una visión extranjera y pretérita, forma parte de esa larga configuración por la que ha pasado Ciudad Juárez y que nos define actualmente.

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Amalia Rodríguez

El (re)corrido de Dante

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Eduardo González Viaña es un escritor, periodista y catedrático de origen peruano, defensor de los derechos del migrante hispano en Estados Unidos. El corrido de Dante ha sido galardonada con el premio latino internacional 2007 de EE. UU. La novela relata la historia de Dante Celestino, un migrante de origen mexicano que vive con su hija Emma en un pequeño pueblo del estado de Oregón llamado Mount Angel. Luego de la muerte de su esposa, Dante se tornará un padre insoportablemente sobreprotector con su hija, hasta que ella decide escapar de su lado durante su fiesta de quince años con un grupo de jóvenes que, sobre sus motocicletas, irrumpen durante la celebración tan extravagante que su padre ha organizado. Dante está decidido a recuperar a su hija, de modo que emprende una búsqueda incansable al lado de su burro Virgilio con quien viajará por gran parte de los Estados Unidos, y se encontrará con una serie de curiosos personajes, de los cuales algunos lo ayudan en su misión, y otros lo intentan desviar. Estos curiosos encuentros reflejarán en un nivel didáctico la realidad del modus vivendi de los migrantes hispanos en un territorio que no siempre los acepta.

Los protagonistas de la novela recorren una inmensa cantidad de espacios a lo largo del país americano, de Oregón hasta Las Vegas y más arriba; sin embargo, la geografía mexicana también aparece a través de los recuerdos de Dante. Él mismo relata los trágicos y difíciles momentos que vivió para lograr cruzar por primera vez la frontera, así como el rudo trayecto que anduvo desde su natal Michoacán hasta El Paso. Aunque estos momentos en los que el lector se introduce en la memoria de Dante son esporádicos y aleatorios, dejan una clara idea de los distintos paisajes por donde el personaje ha pasado. El contexto que más sobresale abarca las calles y barrios de Estados Unidos; por ello, los puntos destacables de la obra de Gonzales Viña son la descripción del ambiente entre las altas y las bajas clases económicas del país, las constantes luchas y desacuerdos generacionales y las distintas ideas culturales que convergen dentro de un solo lugar.

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Ahora bien, ¿cómo se relaciona el espacio de Ciudad Juárez con la historia de El corrido de Dante? La respuesta resulta bastante sencilla, pues esta frontera siempre ha sido un lugar de paso para miles de migrantes, tanto del sur de México como de Latinoamérica; es decir, representa la unión con una de las naciones más poderosas del mundo. Por tal motivo en nuestro territorio se pueden encontrar muchas historias parecidas a las de la obra, donde la ciudad se menciona momentáneamente, pero conlleva una gran de importancia para todos aquellos que buscan el sueño americano. En realidad, si lo pensamos bien, historias semejantes a las de Dante ocurren casi a diario por la calles de Juárez, aunque pasen desapercibidas.

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Merlina Isabel Franco

Un paraíso para cada extraño

Puño de whiskey (2005), de Edgar Rincón Luna, se adelanta a una visión de la violencia que después será repetida en varios discursos literarios, académicos y periodísticos. Según señala Jorge Humberto Chávez en el prólogo a Ciudad negra. Antología de poetas de Ciudad Juárez, “la violencia está en el aire, pero no todos logran hacerla caber en la poesía como admirablemente lo hace Edgar Rincón”. Si bien el texto de Chávez reproduce varios lugares comunes sobre la literatura juarense y carece de documentación como para poder tomarlo en serio, debo aquí concederle cierta razón. La representación discursiva de la violencia en Puño de whiskey destaca porque en estos poemas predomina más una intención estética que testimonial. Quiero decir que no es importante solo por tratar el tema por primera vez, sin tener ningún atributo estético. En este poemario no hay una reflexión morbosa al describir los eventos violentos ni intenciones espectaculares, tampoco una intención sociológica ni una representación de mitologías periodísticas. La violencia que expone Rincón Luna descompone un espacio íntimo y un paisaje citadino contemplado por la voz lírica; el poeta figura como un sobreviviente. Idea que pretendo desarrollar en el presente texto.

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Puño de whiskey se divide en cinco partes. Su estructura desemboca en temas que vinculo a los sentidos y a la experiencia personal-urbana: familia, música, poesía, ciudad y muerte. Los últimos dos se hermanan especialmente en la sección final del libro “Conozco esta ciudad, no es como en los diarios”, que toma dos versos de “No soy un extraño” de Charly García. Este préstamo me parece significativo, ya que la canción describe la sensación de (auto) exilio, la idea de la revisitación citadina (regresar desde de la música, pero también a través de la pérdida) y las maneras ciertamente deshumanizadas en que una ciudad se significa en los medios de comunicación. La violencia, en efecto, es “parte del aire”, pero tanto García como Rincón Luna destacan elementos espaciales donde puede surgir la belleza desde un reconocimiento personal y al mismo tiempo urbano: “Acabo de mirar las luces que pasan. / Acabo de cruzar la plaza, las razas / y el color”.

Al tratarse de un libro publicado en 2005, Puño de whiskey antecede a ciertas representaciones de la violencia que serán explotadas en los años venideros, sobre todo en la novela juarense. En esto recae su intensidad, pues surge tres años antes del comienzo de la guerra contra el narcotráfico declarada por Felipe Calderón y anticipa varias formas de ser en una ciudad en crisis. Su visión se vuelve casi profética, la de un sobreviviente del caos. El tema de la violencia, por ello, se aborda con una sensibilidad e inteligencia admirables: “Si lo piensas / no ha de ser difícil / atravesar el corazón de alguien / con un salero”. Estos versos que concluyen “Parte del aire”, perteneciente a la sección final del libro, demuestran cómo la voz lírica explora ante todo la supervivencia. Cualquier objeto se transforma en un arma si hay que defenderse de una invasión. De cierta manera, el Juárez que define a Rincón Luna como poeta es una urbe ocupada y sitiada por elementos violentos, inasibles, fantasmales y perversos, lo cuales pretenden desestabilizar los espacios más privados, por ejemplo, la casa o la memoria infantil. Tal como se lee en las primeras líneas de “Ciudad Juárez Unplugged”: “De la infancia sólo guardo el miedo / a que un extraño aprovechando la oscuridad / entre a casa”. En estos versos, pese a la metáfora musical que podría relacionarse a una ciudad “apagada”, la luz es una suerte de salvación, por más violencia que haya en los relámpagos.

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La construcción de una imagen de Juárez me parece más evidente en el poema “Strangers in Paradise”, en donde la espacialidad se desarma en elementos personales, ya que la voz lírica habla de una forma terrenal del paraíso. El poeta crea imágenes intangibles, pues para él la ciudad es una manifestación de soledad, sombra y niebla; aunque también, un espacio amado debido a sus contrastes: “Esta niebla que huele a plomo / y que me dice que el calor está moviéndose / aunque todas las esquinas permanezcan frías”. Como en la mayoría de los textos de la quinta parte del libro, este cierra con una indagación personal, un descubrimiento: “Me gusta creer que soy el único hombre en esta tierra / y que me es imposible lastimar a nadie / amo entonces estas avenidas solas / que recorro sonriente / creyendo que soy un buen hombre”. En lo personal, estos versos me parecen de una belleza increíble. En un ambiente cultural donde algunos autores han caído en la tentación realista, escribiendo adefesios inspirados más en el morbo, en la descripción fría, escandalosa y espectacular de los medios de comunicación, en esa irresponsabilidad académica y literaria que capitaliza el dolor humano, muchas veces adjetivado en lo indescriptible, Rincón Luna destaca por su capacidad y originalidad poética para describir una forma de salvación a través del extraño paraíso del hombre solitario. Se habla de la violencia, sí; sin embargo, las imágenes con un génesis violento evocadas en Puño de whiskey no tienen un fin descriptivo a secas o testimonial, sino uno literario. En dichos versos contemplo una aventura que por estas regiones puede sonar imposible; es decir, la incapacidad de un hombre por ejercer más violencia, por hermanarse con estas avenidas solitarias también, por apropiarse de su espacio y encontrar algo de bondad.

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Antonio Rubio

Un tal Quijote reside en Juárez

Don Quijote o, como otros lo conocen, “El Caballero de la Triste Figura” es el protagonista de la famosa obra de Miguel de Cervantes, divida en dos partes: la primera publicada en 1605, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y su secuela en 1615, la Segunda parte del ingenioso caballero. Aunque quizá algunos desconozcan está división, es indudable que la novela figura como una de las más reconocidas a nivel mundial. Desde niños cuando ingresamos a la escuela es casi inevitable que alguna maestra o profesor nos haya hecho leer algunos fragmentos del texto. Se sabe que a su creador, aunque haya escrito una extensa y variada producción, cualquiera lo asocia invariablemente al personaje emblemático, ya que se considera como uno de los pocos arquetipos de validez universal que ha producido la literatura. Con Cervantes nació la novela moderna. Según sus biógrafos, parte de las penalidades y penurias que sufrió Cervantes en vida, se pueden encontrar en algunos aspectos de su obra. Don Quijote encanta debido a su fijación por el honor y por sus innumerables lecturas sobre aventuras de caballeros andantes de la España medieval; en compañía de Sancho Panza, su fiel escudero, salió de la Mancha para vengar todos los “malos” actos producidos en su preciado país.

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¿Qué hace clásica una obra? Varios se lo han preguntado y distintas respuestas han surgido. Danner González respondió, por ejemplo, en palabras del crítico literario Bloom, que “es a menudo una forma de originalidad caracterizada por su extrañeza y su belleza”. De esta manera inicia y se refiere al conjunto de obras que se encuentran en Lecturas Clásicas (2014). Un libro que reúne lecturas adaptadas no sólo para niños y jóvenes, sino para hombres y mujeres de todas las edades. La nueva edición, que conserva el canon propuesto por José Vasconcelos en 1924, acerca a sus lectores a la gran tradición literaria europea, con el propósito de fomentar el gusto por las letras y el arte, en general; por ello, es accesible para todo el público, ya que, igual que en el siglo pasado, uno de los grandes problemas nacionales sigue siendo la falta de educación. Las historias antalogadas giran en torno a tres temas: el amor, el poder y el fracaso, lo cuales, según palabras de Danner son “los pilares de la civilización entera. Esta selección compendia las bases sólidas, reales y ficticias, humanas y divinas, sobre las que la humanidad ha cifrado a lo largo de su historia, sus alegrías y sus miedos, el lamento de sus horrores y sus cantos de esperanza”. La novela de Cervantes no podía faltar. La aventura quijotesca presenta el tema del fracaso, ya que “Don Quijote es un héroe de la derrota, que hace del fracaso un arte”. Los episodios escogidos son la aventura de los molinos de viento, el encuentro con los cabreros, la batalla con el Caballero de los Espejos y el inesperado final.

Don Quijote, como buen caballero andante, se ha quedado a “turistear” en el norte de México, pues hasta ahora no ha seguido su camino y se le puede encontrar por la avenida Francisco Villa y calle Colón, a espaldas del edificio de Catastro. Según cuentan algunos historiadores, en otro tiempo se encontraba por el pasaje continental, en el centro de una fallida Plaza Cervantina que nunca pudo apropiarse de su nombre, así que se trasladó a aquella zona marginal, lo cual no sorprende, ya que, hay que recordar, el emblemático personaje posee un espíritu un tanto excéntrico. Por años lo he visto ahí parado y parece que continua en ese sitio por dos razones: primero, para no perder de vista a los juarenses que recorren día con día esas calles y, segundo, para que lo localice su fiel escudero, quien no se encuentra a su lado. El mensaje parece el mismo que el de la novela escrita hace más de cuatrocientos años: no basta solo pensar en el devenir, la fe y la libertad, sino que, tal como le hacía ver su contraparte y amigo Sancho, resulta necesaria la consciencia del ser, la razón y la obediencia. Mientras no vuelvan a reunirse, la estampa del viejo caballero continuara en su sito, observando cómo varios juarenses se asemejan a él, a su fiel escudero o a ambos.

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Nohemí Damián de Paz

La aguja y el pajar

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“Le echo limón y cilantro. «Agarraron a un matón en el partido». Ahora pido una quesadilla con carne. Los comensales dicen; «Ta cabrón el pinche narco». La baño en guacamole. «Aquí ya ni se puede vivir». Pido el segundo de tripitas. «Pa mí que van a matar a ese policía». Le pongo salsa roja. «Ya cualquier güey se hace narco». Pido otro de carnitas”. José Juan Aboytia plasma estas líneas, con sabor al habla popular, en su novela Ficción barata (2008); sin embargo, también son las típicas frases que se solían escuchar día tras día hace algunos años en cualquier lugar de la ciudad; mayormente en el town. Sin duda alguna, fueron tiempos de pánico, inseguridad y socorro… años sombríos que sufrió Ciudad Juárez. El narrador, nacido en Baja California en 1974 y maestro en la UACJ (donde también obtuvo su maestría en Cultura e Investigación literaria), logró ejemplificar en la obra en cuestión el submundo de la frontera en sus tiempos de crisis. La preocupación principal, o el punto de vista desde el que nos asomamos a la novela, es la de un periodista que busca a un amigo desaparecido, quien al parecer se mezcló (o lo mezclaron) con narcotraficantes.

La trama de la novela es la siguiente. Hugo, un soltero, codiciado y ebrio periodista, busca la verdad sobre su amigo El Deis, otro amante de la bebida que pretende ascender a la fama mediante la exposición de narcos de Tijuana, lugar que experimenta problemáticas muy similares a la de nuestra frontera en cuanto al consumo de drogas, el narcotráfico, la prostitución y, lo más relevante en la historia de Ficción barata, el amarillismo de los medios de comunicación. Por cuestiones de trabajo, Hugo llega a Ciudad Juárez, donde es recibido con el calor que su población sabe brindar. Le agrada el ambiente, así que visita algunos bares, entre ellos el famoso El Recreo, y conoce al autor de una novela detectivesca que lee a lo largo de la obra. Continúa investigando sobre la desaparición de su amigo, pero, al mismo tiempo, se interesa por una hermosa mujer –como era de esperarse–. El atractivo del texto de Aboytia consiste en ver el mundo del narco desde la perspectiva de un periodista, de aquellos quienes, a veces sin quererlo, cobran un papel relevante en este tema.

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Todo residente de Ciudad Juárez entre el 2008 hasta la actualidad se ha visto afectado de alguna manera por el narcotráfico. Los robos, secuestros, matanzas, extorsiones, atentados, sobornos y mentiras han perturbado nuestra frontera y a sus habitantes (aunque estos no estuviesen incluidos con el narcotráfico) por muchos años. Durante los años de la acérrima violencia que azotó la ciudad, cuando yo era aún un niño, los parques de las colonias solían quedarse vacíos ante el estridente ruido ocasionado por armas de fuego a cualquier hora del día. Mi familia, o más bien mis padres, dudaban en salir a lugares públicos, como el centro o a algún moll, por miedo a presenciar o quedar en medio de los frecuentes sucesos violentos. El caso de las desapariciones y asesinatos de mujeres ha sido uno de los que más impacto y cicatrices ha causado en la ciudad desde finales del siglo, y si bien El Deis no era mujer, Aboytia reúne en él todo lo que una ausencia violenta causa en la familia, los amigos, el trabajo y los conocidos. Para los juarenses resulta, entonces, sencillo comprender la obsesión por encontrar y ver a alguien que perdimos en otra persona, como en un vendedor de hot dogs o elotes del parque Borunda.

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Tomás Saucedo Baca

San Juan Pablo II en el borde

Karol Józef Wojtyla, mejor conocido como Juan Pablo II, nació el 18 de mayo de 1920 en Wadowice, ubicada a 50 kilómetros de Cracovia, Polonia. Se matriculó, en 1938, en la Universidad Jagellónica de Cracovia, así como en una escuela de teatro. En 1939, tuvo que dejar la escuela por la ocupación nazi y trabajó en una cantera y una fábrica química para evitar ser deportado a Alemania. Durante la Segunda Guerra Mundial, en 1942, entró al seminario clandestino de Cracovia y promovió el “Teatro rapsódico” en secreto, ya que estaba prohibido. Después de la guerra, fue ordenado sacerdote en 1946. Dos años más tarde, se doctoró en teología con la tesis sobre la fe en las obras de San Juan de la Cruz. En 1964, fue nombrado Arzobispo de Cracovia por Pablo VI, quien lo haría cardenal tres años después. Participó en el Concilio Vaticano II. El 16 de octubre de 1978, la reunión en Cónclave lo eligió como el Papa 264 de la Iglesia Católica. Realizó 104 viajes apostólicos fuera de Italia, entre los cuales se incluye su visita a la capital de Chihuahua el 10 de mayo de 1990, donde celebró la Eucaristía en la explanada de los Campos Limas. Impulsó el encuentro con jóvenes en las Jornadas Mundiales de la Juventud y promovió el diálogo entre religiones. Escribió y publicó diversos libros hasta el día de su fallecimiento el 2 de abril de 2005. Fue canonizado el 27 de abril de 2014 por el Papa Francisco.

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Juan Pablo II escribió cinco libros como doctor privado: Cruzando el umbral de la esperanza (1994), Don y misterio: en el quincuagésimo aniversario de mi ordenación sacerdotal (1996), el libro de poesías Tríptico romano-Meditaciones (2003), ¡Levantaos! ¡Vamos! (2004) y Memoria e identidad (2005). Además, pertenecen a su autoría 15 Exhortaciones, 11 Constituciones, 45 Cartas apostólicas y 14 Encíclicas. Una de estas últimas es Centesimus annus, publicada el 1 de mayo de 1991 y dirigida “a sus hermanos en el episcopado, al clero, a las familias religiosas, a los fieles de la Iglesia Católica y a todos los hombres de buena voluntad”, con motivo del cumplimiento de los 100 años de la Rerum Novarum, Encíclica de su predecesor León XIII. El momento en que apareció el texto fue una época de cambios, pues el marxismo había llegado a su ocaso, existían fuertes amenazas de guerra, la pobreza aumentaba y se sentía la preocupación por la llegada del nuevo milenio, por lo que la discusión en torno a la necesidad de un nuevo modelo económico estaba latente. Juan Pablo II respondió a esos temas proponiendo al hombre mismo como base de la producción y principal factor de la riqueza de los países, incluso más que los propios recursos naturales. Afirmaba que la contribución de la Iglesia en el campo social ocurre en el corazón del hombre; también que para construir una sociedad más justa y digna era necesario comprometerse en el servicio de los órdenes político, económico, social y cultura, así como promover la acción de los empresarios para fomentar espacios de trabajo digno. De esta forma, la carta se configuró como una invitación a la humanidad a ser íntegros y valientes, poseedores de una sólida formación intelectual y espiritual.

El boulevard Juan Pablo II inicia en la intersección con la avenida Independencia y culmina en la Rafael Pérez Serna. Abarca una parte considerable de la línea divisora entre México y Estados Unidos, la cual recorro, casi diariamente, para ir y venir a la universidad y en la que puede sentirse la diferencia entre dos ciudades tan unidas geográfica y económicamente, es decir, El Paso y Ciudad Juárez. Por ejemplo, al subir por alguno de los puentes que se encuentran en el boulevard mencionado, se alcanza a ver la urbe vecina, sus calles más cercanas a la frontera, depósitos de agua y el centro con sus resplandecientes edificios de bancos. En cambio, en el otro lado se encuentran campos de futbol, un centro de convenciones relativamente nuevo y un sinfín de entradas y salidas a otras calles que llevan a diferentes lugares de la ciudad. Por esta vía, pasan a diario miles de transeúntes, desde particulares hasta el transporte de los trabajadores de las maquilas. Incluso, el sucesor de Juan Pablo II, el pontífice actual de la Iglesia Católica, Francisco, recorrió este camino en su visita apostólica a Ciudad Juárez el 17 de febrero de 2016. Sin duda, el nombre dado a esta calle resulta apropiado, pues al igual que Karol Wojtyla, su camino busca unir espacios y mostrar la diversidad, en este caso, entre dos culturas, y revela cómo es la vida fronteriza y su agitación en pleno esplendor.

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Fernanda Villalobos Ocón

Ardor convertido en polvo

Hidrocálida, poeta y promotora cultural, Carmen Amato Tejeda había anunciado su retiro de las aulas la primavera del año pasado; sin embargo, hace un mes el Museo de Arte de Ciudad Juárez lanzó una convocatoria de un taller sobre escritura creativa que está a cargo de ella. Además, se ha dedicado a la fotografía como un ejercicio sináptico que esquematiza y extrae el tuétano de la redacción, la agenda Asfalturas, del garabato a la Asfaltura de la Asfaltura al poema publicada en el 2016 resulta un ejemplo de ello. En su tesis para obtener el grado de maestría, titulada El silencio que se hiela en la blancura de las hojas (1996), Amato presenta 62 poemas dispuestos en siete partes. “Nunca será noviembre” aparece en un apartado homónimo junto a otros nueve poemas cuyo tema recurrente es la luz. La composición consta de cuatro estrofas con verso libre y rima asonante; la voz lírica emerge desde la primera persona del singular para moldear un tono ubicado entre lo serio y lo reflexivo que juega con lo sinestésico al involucrar los cinco sentidos del lector.

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Si bien no existe un referente geográfico específico que permita ubicar el poema en un lugar determinado, la voz poética diluye al lector dentro de la nitidez de las imágenes espaciales, mismas que van construyendo la ciudad a la par de quienes la habitan. El tiempo constituye una estructura lineal que avanza horizontalmente junto al recorrido que el sujeto realiza a través de las calles. La trascendencia del ser resulta vulnerada cuando la voz poética exhibe la miopía en la introspección necesaria para el autoconocimiento: “Algo va cambiando / en ti y no lo sabes, / hasta el día que tu nombre / ya tiene menos letras”. Los meses llevan consigo una carga simbólica que amalgama la idea de lo efímero respecto a la vida humana: septiembre, octubre y noviembre encaminan hacia la apoteosis de un ciclo que sucede justo cuando la tierra da una vuelta completa alrededor del sol. Así como la trayectoria astronómica del mundo constituye solamente un paradigma temporal validado por quien lo usa, quien recorre la propia vida va acercándose al impostergable desenlace de su misma historia, la cual va llenándose de significados y profundidad en la medida que se aproxima a la consumación del lapso vital: “Tu nombre / se vuelve breve / como Octubre / y no te pertenecen / ya sus lunas, / y nunca serás Noviembre”.

Un elemento que condiciona irremediablemente mi disposición a caminar la ciudad es la cuestión climática, más concretamente, el intenso calor asfáltico. En la composición de Amato, el ambiente evoca precisamente la parte del año predilecta para deambular, debido a la parcial ausencia del sol: “Septiembre, / llegas y tu paso fresco / crece hasta morir / en la blancura / del olvido, / sin una sombra / del ardor que tuvo”. Las tonalidades transforman el paisaje, brindan una traza que remite a la nostalgia por esa existencia que aparece como una insípida entelequia sin caer en un panorama sepia: “Me duele mirar en las esquinas / tu amarillo color / tu gesto somnoliento”. La flora urbana también sufre una metamorfosis gradual que convierte las hojas verdes en ramas secas, imagen que funciona como el símil de la muerte-otoño que nunca llega a ser invierno. La voz poética se dirige a un tú que aparece inconsciente de su propia condición, así como también del horizonte que le rodea, como si quisiera recordarle que así como acaba el año, termina la vida y perdura la memoria: “Te vas quedando sin saberlo, / entre los dedos de los árboles, / entre las calles convertido en polvo”. En esta composición Amato conjuga el paso del tiempo con el del caminante urbano ambientado en una tarde ambarina, la cual bien podría situarse en cualquier ciudad que, como la nuestra, exija cooperación del medio climático para ser cómodamente transitable.

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Laura Sarahí Robledo

Salomón en la cárcel de piedra

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Hace un par de años, la Sociedad de Escritores de Ciudad Juárez, A.C. presentó un libro más a todos los lectores de esta ciudad fronteriza. Letras al Margen. Antología VII  (2016) conglomera creaciones de diferentes voces con el objeto de deleitar, entretener y hacer viajar a través del tiempo. En esta sazón, Emilio Gutiérrez de Alba colabora con un texto que provee de los condimentos necesarios para despegar al mundo de la imaginación de tiempos ya ocurridos, emprender un viaje a un pasado no tan remoto y deambular a través de uno de los lugares más asistidos por la comunidad juarense. “Voceador”, título de la narración del periodista actualmente jubilado, de forma breve y concisa, recuenta la experiencia del pequeño Salomón como jefe múltiple policiaco por un día, premio que obtuvo debido a su dedicación como papelerito. La historia inicia con la mención de la crónica publicada por El Fronterizo sobre el homenaje que se le realizó a los Voceadores de la Prensa en abril de 1957, evento que liberó el terminado de las instalaciones del Estadio de Béisbol Infantil, localizado en el Parque Borunda. No obstante, el relato también se detiene en aspectos que la publicación dejaba fuera: la felicidad del niño Ismael Esparza Montañez al ejercer su papel de jefe policiaco por un día al estilo salomónico y liberar a un antiguo ferrocarrilero que había matado a su esposa y amante (situación que ocasionó una gran venta de periódicos).

Si algo distingue la literatura de Gutiérrez de Alba es su pasión por Ciudad Juárez y sus habitantes que lo recibieron con gran amabilidad cuando emigró desde Torreón. En “Voceador” el autor hila la experiencia del pequeño Salomón en un espacio determinado de Juárez: la Comandancia Policial, también llamada Cárcel de piedra, a la cual llegó Ismael, de 12 años de edad, no como un presunto delincuente acusado por robo, homicidio, tráfico de drogas o violación, sino como el nuevo jefe policial. Es decir, la Cárcel de piedra, ubicada en la esquina de la avenida 16 de septiembre y la calle Oro, fue el espacio que el Gutiérrez de Alba construyó para que el protagonista se desenvolviera y se transformara en lo que toda su vida soñó, cargo que implicaba atender a la gente que llegara a quejarse o a pedir ayuda para sus familiares, así como de ordenar y liberar a presos según su criterio.

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El pasaje a la Cárcel de piedra me incita a pensar en el protagonismo que tuvo dicho lugar, no solo en este cuento sino en muchas otras historias reales, de “carne y hueso”, en experiencias que fueron vividas por cientos de personas y que hacen que el corazón bombee rápidamente al escucharlas. Si duda, este sitio resguarda un sinfín de anécdotas que logran la empatía en el receptor, pues invitan a la reflexión al contar las transgresiones de un contraventor, la estancia de muchos juarenses ahí, el dolor de padres, esposas e hijos que sufren el encarcelamiento de sus familiares, la pérdida de un ser querido, las injusticias cometidas por los empleados, o la manera en que un infante hizo realidad su sueño de ser policía. El relato de Gutiérrez de Alba forma parte de esos textos que contribuyen a recrear, crudamente, lo que fue Ciudad Juárez.

Ximena Guadián Salas