Ciudad abyecta

El poemario Juárez, tan lleno de sol y desolado, de Arminé Arjona, se fraguó, a juzgar por las fechas que la escritora consignó al final de cada composición, en cinco años. Lo conforman diez poemas: abre con “Elegía”, escrito en septiembre de 1997, y cierra con “Páramo”, compuesto en el mismo mes, pero del 2002. El espacio evocado en cada una de las piezas poéticas es, como el título lo señala, Ciudad Juárez, mismo lugar en donde nació la autora en 1958. Un año después de su composición, en el 2003, el poemario fue presentado en el VI Encuentro de Poetas en Ciudad Juárez: “Ires y venires: la frontera en la poesía”. Ese mismo año, Chihuahua Arde Editoras compiló las memorias del encuentro; después, en el 2005, realizó la segunda edición del libro.

Abrir el poemario con “Elegía” no es banal. En las diez composiciones hay una unidad evidente: el sentimiento elegíaco ante el asesinato de mujeres y la impunidad e indiferencia que le acompaña. “Elegía” no enuncia el tema; se limita a la representación de la ciudad como un espacio de violencia. La voz poética se vale de los verbos para crear la imagen: la ciudad nos pudre, al tiempo que se asfixia y muere. Funciona no sólo como víctima, sino también como victimaria. Sin embargo, paradójicamente, su papel activo surge de la violencia producida por quien la habita. También recurre a los adjetivos, mas no los limita a la descripción; hay un tono imperativo en ellos: “fría y cruel esta cacería humana”. No se trata de un recurso aislado, sino que aparece a lo largo del poemario. “Páramo”, por ejemplo, consiste en un desfile de calificativos que va más allá de la simple imagen evocada en el título: “fábricas / ávidas / cómplices / frívolas / tóxicas”. Este recurso también está presente en el título del libro. Llamar al poemario Juárez, tan lleno de sol y desolado muestra el esfuerzo por remarcar el significado que el espacio adquiere en cada poema.

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“Por un grito que desgarró el silencio de la noche”, dice el epígrafe de “Elegía”. Al leerlo me recordó aquellas ocasiones en que me veía obligada a quedarme callada para asegurarme de que el sonido que había interrumpido mi calma no era un disparo o, peor aún, alguien pidiendo ayuda. Con el tiempo, lamentablemente, terminé normalizando la violencia. No, con esto no pretendo decir que no me indigne ante el asesinato. Se trata, más bien, de llevar a mi cotidianidad las notas rojas, las unidades policiacas transitando a diario por las calles, los cordones amarillos que constantemente me desvían y el sonido de las balas. Una aprende a vivir en Ciudad Juárez. En esta “Ciudad abyecta”, como la llama Arminé Arjona.

Alejandra Gómez

Solo quedan las fachadas

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Después de publicar la serie (que todos citan, pero nadie compila) Relatos al vacío en revistas de México y España, Carmen Galán Benítez enfocó su interés en el norte de México para construir su primera novela. Con Tierra marchita (2000), la escritora aborda distintas problemáticas citadinas en un periodo que va de los años treinta hasta poco antes del año de publicación, y que tiene incidencias desde Tijuana hasta Oaxaca. Según la solapa de la edición a cargo del Fondo Editorial Tierra Adentro (del CONACULTA), de este texto también existe un guion cinematográfico; sin embargo, la obra de Carmen no goza de difusión ni el mundo virtual ni en el de papel. Me parece que en este libro la transición es uno de los elementos más remarcables, ya que la lectura obliga a realizar un recorrido cronológico a través de una genealogía que inicia con el nacimiento de las hermanas Rivas, Isabel y Aurora, quienes dieron sus primeros pasos en La Lagunilla, barrio histórico de la Ciudad de México, para asentarse, ya en su madurez en la zona El Paso-Ciudad Juárez. Al mismo tiempo, el lector deberá seguir a los personajes a lo largo de sus peripecias por la República. Por último, los caracteres retratados en la historia también reflejan un desarrollo psicológico conforme avanza la trama: ninguno de ellos permanece estático, hecho comprobable al final del texto. Los temas que trata la escritora se centran en las consecuencias a las que se enfrentan las esferas sociales, desde las más altas hasta las marginales, mediante estampas de individuos y puntos geográficos implicados en circunstancias impetuosas o “procesos conflictivos”, como dice Carlos Montemayor.

Entiendo este concepto de estampa como una especie de fracción del todo que se elige para acentuar aspectos específicos y minimizar elementos circundantes con la finalidad de realzar personajes y espacios determinados. El ejercicio no mutila, sino que concentra la atención del lector en detalles que se ajustan a la mirada de quien fabricó la ficción. Si bien esta idea resulta una propuesta de lectura interesante, en algunas ocasiones dichas estampas dejan la sensación de estar inconexas con su entorno. Una muestra de ello es la incidencia de Joel y Elena (alter ego de la autora), una pareja de periodistas que solo entran en contacto con el resto de los personajes en dos ocasiones. Su mayor aportación a la historia central es una disertación que él sostiene con Cuca, la cual comienza como una reflexión en torno a las desapariciones de mujeres en la ciudad, pero termina a manera de debate sobre la desmitificación del discurso oficial acerca de las drogas (y su consumo). Por otra parte, las estampas de lugares retratados en la novela aparecen delineados por quienes los habitan: la periferia a donde Toño huye está cohabitada por personas de su calaña, drogadictos que posteriormente terminan viviendo en la colonia Altavista. En esa misma zona, Luz encuentra afinidades con su vecina y compañera en la maquiladora RCA, Georgina. Lo interesante de la novela reside en la variedad de ciudades implicadas, así como también la forma en que Carmen voltea hacia las áreas urbanas que menos presencia tienen dentro de la narrativa local, para mostrar que la tierra marchita se extiende sobre paisaje teñido de sangre.

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Pese a esta estructura de pasajes intercalados y con saltos temporales, el relato sitúa su coordenada clave en Ciudad Juárez; la visión sobre la frontera oscila entre concebirla como un lugar de oportunidades, no siempre hacia el progreso. Además, existe un retrato de los espacios aledaños al citadino que son emblemáticos para los juarenses, como Samalayuca. Resultan igualmente importantes las zonas de la periferia metropolitana, las cuales —tanto en la realidad como en la ficción— son escenario de numerosos crímenes por la desprotección de las autoridades, como sucede en Anapra y la Carbonífera. Esta misma perspectiva se refuerza a partir de la ciudad vecina y contraparte, El Paso. Los personajes que tienen acceso al territorio norteamericano figuran dentro de la hegemonía del mundo literario descrito: profesionistas (como el abogado y el administrador que trabajan para una de las mafias protagónicas), empresarios internacionales, narcotraficantes y, desde luego, esposas e hijos de todos los anteriores. El tema de la migración se problematiza a través de Cuca, quien es auxiliada por los Bencomo cuando Isabel, mujer bien posicionada gracias a las diligencias de su marido, la observa de la mano de su hija “en la esquina de Montana Avenue y el freeway”, sabiendo que “en cualquier momento pasaría la migra y esa mujer sería deportada al lugar en el que todos aprendieron a vivir sin ella aún antes de que se marchara”.

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Laura Sarahí Robledo

El cuerpo de una ciudad desmoronada

Irma Chávez es una de las voces más representativas de la poesía femenina chihuahuense. Estudió dos licenciaturas, la maestría en English Creative Writing en UTEP, y el doctorado en Filosofía en Florida (FSU). Comenzó su carrera literaria con la composición de la pieza dramática Día de victoria (1995), y tras culminar sus estudios en El Paso se editó su primer poemario, Viento eclipsado (1998), en Lima, Perú. Un par de años después, El Tucán de Virginia –editorial ubicada en el centro del país, y que también ha difundido textos de Dolores Dorantes– publicó Amanecer de agua / Dawn of water (2000), dentro de su colección bilingüe. Los poemas de la autora juarense han aparecido en varias revistas y periódicos mexicanos y latinoamericanos, así como en la antología Agualluvia de letras (2008), y en el estudio de José Luis Domínguez El jardín del colibrí, ambos libros enfocados en recuperar la poesía escrita por mujeres de Chihuahua. En este sentido, la lectura y análisis de los textos de Irma Chávez resultan necesarios para configurar el panorama completo de una poética regional, en la que las figuras masculinas parecen cubrirlo todo.

Una de las características predominantes de los poemas de Amanecer de agua es su estructura en prosa. En pequeñas estrofas (23 en total, con su reproducción en inglés), Irma intercala una serie de imágenes cuya poética gira en torno al cuerpo femenino, su cercanía con otros seres y su estancia en espacios determinados. El texto que le presta el nombre al poemario define una sensualidad palpable: “Adivinaste mis ojos y escribiste un poema sobre mis pezones y mi muslo izquierdo. En vigilia te conté tus sueños. Toqué la profundidad de tu espacio y despertaste al amanecer del agua”. Ahora bien, aunque la mayor parte de su vida la pasara al otro lado de la línea fronteriza, el canto a la metrópolis juarense resuena entre líneas. Temas como el amor-desamor, la familia o la misma escritura se encuentran inmersos en las calles de una ciudad desmoronada, que se encuentra “día y noche en vela, como una puta entre las piernas de su amante”. La autora dota así de un cuerpo a Juárez (“Tu dermis es una costra de asfalto y brea”), el cual se funde con el suyo (“El silencio se esconde bajo mi axila”), solo para evidenciar el dispendio y la degradación de la que son parte: “No hay lugar para las aves, ni para las risas preescolares. Maquilas envuelven mentes y cuerpos sudorosos…Niños inmóviles frente a un televisor comen y lamen mentiras”.

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En los fragmentos del poema anterior, “La ciudad”, parece evidente la crítica hacia un Juárez debilitado por el progreso y la globalización. No obstante, la contraparte de esta penumbra delinea también el espacio idóneo para colmarse de imágenes llenas de sensualidad y luz; es decir, donde “nace la conciencia de una rama seca, nace la luz de la oscuridad y le nacen flores al manzano de mi patio. Muero cada noche por ver el sol”. La voz femenina presta su cuerpo a un espacio citadino, que, al igual que ella y cientos de mujeres, se debate entre el placer sensual y su vulnerabilidad que poco a poco la va consumiendo; por ello, “No quiero vivir fuera de mi cuerpo, no quiero vivir en él”. Ante un panorama en el que la poesía masculina ha predominado, los cuadros dibujados por Irma Chávez –mezcla del sentir corporal con una experiencia geográfica– son un fuerte aliciente para comprender un contexto donde el cuerpo femenino es constante y brutalmente agredido. Como habitante de Ciudad Juárez, considero que pensar y definir a la mujer a partir de su propia apreciación y vivencia, y no de la visión de alguien ajeno a ella,  resulta un primer paso –necesario y urgente– para diseñar espacios seguros donde nuestra voz y cuerpo tengan una verdadera fuerza y libertad de movimiento y expresión.

Amalia Rodríguez

Madero: dos veces evocado, dos veces asesinado

Es significativo que en Ciudad Juárez tengamos dos calles grandes con el nombre del denominado “Apóstol de la democracia”, aunque bien es cierto que no se trata de vías principales: la primera, en el centro de la ciudad, con dirección del Malecón –sin mar– hacia la plaza Benito Juárez; la segunda, mucho más larga, entre las colonias Santa María y Pánfilo Natera. He pensado, a menudo, que la profusión de uno o varios elementos, indica el desajuste de la armonía de un pueblo, de una ciudad, de un país o del mundo. Por ejemplo, si constantemente ingresan alumnos y egresan profesionistas de la carrera de Derecho, es un signo de que nuestra sociedad se encuentra en una terrible condición, en la cual necesitamos tantos abogados para que nos defiendan de un sistema grotesco y monstruoso.

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En ese sentido, si hay una rúa con el nombre de quien liderara su campaña presidencial bajo el lema: “Sufragio efectivo, no reelección”, eso sería suficiente para recordar y procurar una vida democrática en la política local. No obstante, al ubicarla como calle no principal, su importancia se demerita, o bien se relega a una posición menor. Entenderemos, de esa manera, que la Independencia, la República, la Tecnológico, el poder concentrado en una persona escondida detrás de prestanombres (Plutarco Elías Calles), lo guapo y paseador (Adolfo López Mateos) o Juan Gabriel son más importantes que la democracia. Consignar dos veces el nombre de un personaje para una calle secundaria es subrayar el carácter insignificante que tiene en esta ciudad, antes que pensar en lo contrario.

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Crédito de fotografía: Charles Scanlon

“Deja que los muertos entierren a sus muertos”, dijo Jesucristo a uno de sus discípulos. Por eso, vayamos a lo que nos convoca este sitio. Podría citar alguno de los varios pasajes en que aparece la figura de Madero en las letras, como en El águila y la serpiente (1928) de Martín Luis Guzmán; Madero, el otro (1989) del juarense Ignacio Solares o Temporada de zopilotes (2009) del nuevo director —designación en medio de una polémica— del FCE, Paco Ignacio Taibo II, entre otros. Sin embargo, quiero citar otra fuente que da cuenta, de manera incidental, como en nuestra ciudad se hace, de este personaje histórico. Los recuerdos del porvenir (1963) de Elena Garro, novela narrada por el pueblo, cuenta su historia y se detiene en el periodo de la guerra cristera (1926-1929); empero se alude a este paladín de la Revolución Mexicana:

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Este pasaje resume de forma magistral las motivaciones y resultados de la guerra civil mexicana. Algunas propiedades cambiaron de manos, pero al final todo quedó “en familia”. Así están trazadas las calles, una democracia que inicia en un sitio que alude a la cercanía del mar que no existe y desemboca en una plaza nombrada por un gobernante del que se ha dicho: “si no muere de mal de pulmón, hubiera permanecido décadas en el poder”. Por otro lado, está la democracia ceñida por la música popular de Juan Gabriel y por la Av. de los Aztecas, grupo indígena que se caracterizó por prácticas imperialistas, el arrasamiento de la memoria y la extorsión de los grupos vecinos. Hoy día un grupo criminal ostenta el mismo nombre orgullosamente, llevando a la práctica fines parecidos.

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La novela de Garro es una de las obras cumbres, no sólo de la narrativa de la Revolución, sino de la hispanoamericana. Al final de la primera parte deja en suspenso la trama, apoyada en la plasticidad mediante el recurso del tiempo en su detenimiento; dicha pausa permite apreciar las partículas de polvo iluminadas por la luz lunar a media noche. Esa suspensión es la maravilla del ejercicio lector. Las calles sirven como pretexto, entonces, para acercarnos a la lectura de la ficción, sin duda, más gratificante que los datos históricos a los que puedan remitir la traición, la derrota y la injusticia concomitante de nuestra sociedad.

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Marlon Martínez Vela

Proyecciones y Victoria

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Los años han hecho del Cine Victoria la representación más genuina de una lejana época de oro. Las actuales generaciones añoramos los espacios que hace más de medio siglo divirtieron a nuestros padres. Es difícil imaginar el complejo a su máxima capacidad: 1,700 cinéfilos acomodados en tres columnas, de 15 hileras cada una, que se extendían desde las entradas hasta la pantalla panorámica. Su rehabilitación lleva años en pausa; el proyecto tenía previsto convertirlo en la filial de la Cineteca Nacional. Sin embargo, a pesar de su estado, las instalaciones no se encuentran en el abandono total; la fachada ha recuperado su color y el interior ha sido limpiado, por lo que varios grupos han realizado diversas actividades culturales dentro del edificio. El año pasado, por ejemplo, en el marco del Festival Nellie Campobello, se llevó a cabo un espectáculo de danza contemporánea. También formó parte de Luminarias, nuestra última ruta en Juaritos Literario.

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El espacio no sólo cobra vida con las esporádicas visitas, también regresa en el tiempo por medio de las narraciones que lo vuelven parte del paisaje urbano. La juarense Emma Vázquez Ríos, por ejemplo, lo rememora en su “Crónica de un tiempo vivo”, antologada en Ciudad de cierto (2004). El texto es producto de la tercera edición del Taller Literario del INBA de Ciudad Juárez. Se trata de un proyecto de formación de creadores de amplia tradición, comenzó en la década de los 80, y reconocimiento; así lo expresa el editor de la antología, José Manuel García-García. En “Crónica de un tiempo vivo”, Emma apela a la memoria cuando, casi treinta años después de andar a diario por la avenida 16 de septiembre, camina en compañía de su hija. Los antiguos negocios que sobrevivieron al paso del tiempo, como “el café donde van los viejitos”, la transportan al Juárez de la década de los 70.

El texto tiene su punto de partida en un recuerdo de la infancia: la escuela en que estudiaba cuando tenía 12 años. La cronista narra el recorrido que hacía al lado de su padre. Salía de su casa, en la colonia Niños Héroes, y bajaba por la 16 hasta la Cerrada del Teatro. El cuadro era siempre el mismo tanto de ida como de regreso: propagandas pegadas en los negocios que anunciaban los próximos espectáculos de artistas como María Victoria o Irma Serrano. Además de los negocios, como el Café Central, Tortas Nico y Zapaterías Tres Hermanos, su atención era atraída por uno de los principales espacios de entretenimiento de la época: el cine. El primero en cruzarse en su camino era el Alcázar, ubicado entre la 16 de septiembre y Noche Triste, frente a la Plaza de Armas. En aquellos días, las carteleras ofrecían a sus visitantes películas como El Santo contra las momias de Guanajuato, estrenada en 1972. Además, aumentaban su aforo con promociones de matiné: tres o dos películas por el mismo precio. Esto provocaba que las salas se vieran abarrotadas por estudiantes que, como cuenta Emma, “se zorreaba[n] las clases para ver películas”.

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A tan sólo una cuadra, en la calle Ugarte, se encontraba el Cine Edén, a la altura de donde hoy está Coppel. Más allá de lo que el espacio representa, la crónica recoge un elemento peculiar que sobrevivió en la memoria de Emma después de tres décadas: el mal olor que el lugar expedía. Esta característica no se limitaba al Cine Edén; era común en la mayoría de las salas de la época por la humedad y el deterioro de los edificios. El recuerdo provoca que la crónica se tambalee entre la nostalgia y el alivio de haber dejado atrás aquella época. Los pestilentes olores que brotaban de las calles, los hombres ebrios dormidos en las banquetas y las mujeres saliendo de los bares hacían de sus recorridos matutinos una pesadilla. Sin embargo, la melancolía se apodera de ella al reflexionar sobre la situación social que marcó a Juárez desde los 90. Antes, señala Emma, no se hablaba de “mujeres jóvenes encontradas muertas, ni de ejecutados”.

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El último cine que se encontraba en su camino, antes de la llegada a la escuela, fue uno de los de mayor prestigio del siglo pasado. Se trata del emblemático Cine Victoria. El edificio abrió sus puertas en 1945. En el estreno, se proyectó Las abandonadas, una película mexicana en la que actuaron Dolores del Río y Pedro Armendáriz. Tanto la arquitectura como la calidad del equipo cinematográfico hicieron de esta sala una de las más populares de la época. La pantalla medía 10 metros. Sus proyecciones abarcaron filmes nacionales y extranjeros, como E.T. Hubo una temporada en la que sólo transmitieron cintas infantiles. Finalmente, cerró sus puertas a principios de la década de los 80. Desde hace unos años se ha anunciado constantemente su rescate. Durante la administración de Reyes Ferriz se habló de una inversión para convertirlo en teatro. Después, Serrano Escobar continuó con la idea de su recuperación. El plan continúa en pie. A pesar de que las instalaciones no son del dominio público, las continuas promesas han provocado que habitantes de la ciudad realicen protestas para exigir su rehabilitación. La familia Devlyn, propietaria del lugar, comenzó hace dos años su restauración. A pesar de que ha sido víctima de incendios en más de una ocasión, el interior, aún alberga los doce murales originales que recrean la vida de algunos estados de la República. A la entrada, al costado derecho, uno de los murales hace referencia a la capital del país.

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Por la zona, además de los ya mencionados Edén y Alcázar, también se encontraban el Cine Plaza, ubicado sobre la 16 de septiembre, donde ahora encontramos las tiendas departamentales de Milano y Waldo’s. También estaban los cines Reforma, en el lugar en que hoy está el mercado del mismo nombre; el Coliseo, en la ahora Plaza del Periodista; el Dorado, en la avenida Lerdo, con el famoso anuncio de cine para adultos; y el Premier, en donde estaban las instalaciones del Canal 5. Lamentablemente, el trazado urbano y la modernidad acabaron con la época de oro de la cinematografía juarense: las antiguas salas fueron sustituidas por cadenas comerciales alejadas del centro. El cine moderno se expandió con rapidez: apareció en los 70 y en tan sólo dos décadas ya habían más de 50 salas casi idénticas, sin personalidad. Sin embargo, lo nuevo no tardó en ser viejo y las grandes cadenas, como Multicinemas y Cinemark, fueron sustituidas por otras. Hace apenas unos meses, por ejemplo, la oferta cinematográfica volvió al centro con Cinépolis. Por fortuna, el viejo concepto de proyección en una sola sala aún no desaparece: La Cineteca, El Cinito e incluso cineclubs ciudadanos lo mantienen con vida.

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Alejandra Gómez

Bosquejo de Juárez, antes de ser ciudad

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La escritora Maude Mason Austin, nacida en 1862 en Tennessee, vivió y murió en la vecina ciudad de El Paso. Su novela ‘Cension: A Sketch of Paso del Norte fue compuesta hacia 1895, año en que apareció por entregas en la revista Harper’s Weekly. De inmediato, unos meses después, el sello editorial Harper & Brothers la publicó en un solo volumen. Se trata de una joya de la literatura juarense, de esas que guarda celosa nuestra historia literaria, así como Las aventuras de don Chipote o Cuando los pericos mamen, pieza seminal de las letras chicanas, compuesta por Daniel Venegas en 1928, o Vereda del norte, novela de la Revolución de temática homosexual, escrita por José U. Escobar en 1937. No obstante, ‘Cension las antecede por varias décadas y se debe al genio de una mujer decimonónica que vio en esta frontera el germen para su creación, es decir, la primera novela regional de Ciudad Juárez.

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Los sucesos que ocurren en ‘Cension (con todo y apóstrofe por ser la contracción del nombre de la protagonista) retratan la vida campirana del antiguo Paso del Norte, y cómo la relación de vecindad en la región funciona desde entonces, mostrando que ambas ciudades dependen una de otra en varios sentidos, principalmente el económico. Los personajes de la novela son campesinos que tienen presente y celebran su herencia mexicana; sin embargo, el contacto y roce entre ambas culturas también se evidencia a través de un retrato de costumbres, tan común en la novela del siglo XIX, en donde “el otro” adquiere tintes pintorescos. No es de extrañar que toda palabra o frase en castellano sea resaltada en cursivas, todo un tesoro del léxico norteño.

La novelista nos presenta la vida de ‘Cension (seguramente Ascensión en español), una joven que junto con su familia vive en las inmediaciones de Paso del Norte. Si bien la trama resulta predecible en cuanto a la solución moralista de la relación amorosa entre la inocente y el canalla de Eduardo Lerma, el bosquejo del trajín regional está bien logrado y merece ser leído. También hay que destacar que el grueso de las acciones ocurre en el lado mexicano. La historia se desarrolla en el marco de las festividades de un aniversario más de la Independencia nacional. En ese septiembre de 1888, la villa se iba a convertir en ciudad, por lo que se develó el busto de Benito Juárez, que fue instalado en la Plaza de Armas, frente a la Misión de Guadalupe. Actualmente, la escultura de bronce, quizá procedente de Italia, se encuentra en el salón de actos de la Escuela Primaria Lic. Benito Juárez (calle Profra. María Martínez y Oro). La develación del busto de Benito Juárez se debió a la iniciativa de Lauro Carillo, gobernador de Chihuahua, quien sugirió el cambio de nombre de la villa, como un tributo al prócer en relación con la importancia que tuvo en el país. La entrada del ferrocarril detonó el furor citadino y echó por tierra “el nombre de un lugar que ya tenía trescientos años de vida”.

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El ambiente festivo sirve de inflexión para el clímax de la trama, ya que propicia encuentros, aglomeraciones y el enredo que se develará gracias a la intervención de Pablo, hermano de ‘Cension. Antes de dicha anagnórisis, hay un pasaje que sirvió de pretexto para detenernos en la Plaza de Toros Alberto Balderas (así nombrada en 1957 tras la muerte y en homenaje al torero capitalino). El ruedo junto a la Misión de Guadalupe, justo en donde ahora se ubica el Mercado Cuauhtémoc, se veía rebasado en cuanto a su capacidad en graderías, por lo que, en una época de transformaciones como la retratada en la novela, se trasladó al predio en la actual calle Francisco Villa (o Ferrocarril), esquina con Abraham González. El Colectivo Juaritos Literario se pronuncia en contra de la práctica taurina; la reconocemos como una tradición que debería, de una vez por todas, quedarse en el pasado. Cuando nos encontramos con una ilustración de ‘Cension en plena fiesta brava supimos que era el momento para hablar de las corridas de toros, anzuelo turístico para el entretenimiento, que aderezaban toda celebración civil o religiosa en el Paso del Norte.

 

Al centro del ruedo el matador atraviesa el órgano vital de la bestia. La gente estalla en júbilo. De forma paralela (y un tanto extraña), Eduardo Lerma desprecia e incluso finge no ver a ‘Cension, quien también se siente acribillada, por lo que decide retirarse malherida de la plaza. Maude Mason Austin bosqueja una villa que, desde antes de ser ciudad, deslumbraba a los foráneos y se aprovechaba de los cándidos. El Paso del Norte luce como un lugar lleno de vida, bailes, juegos de azar (en su mayoría ilegales) y espectáculos, una población que disfruta de la diversidad cultural, impulsada por un incesante y lucrativo tráfico de capitales.

Urani Montiel

Postdata: Existe una traducción y edición anotada, hecha por Josué Ortiz Luna, con la que obtuvo el grado de maestro en Cultura e Investigación Literaria, en la UACJ en 2012.

 

 

La luz del pachuco

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Germán Valdés, al igual que Juan Gabriel, es una luminaria que Ciudad Juárez adoptó. Nació en 1915 en el Distrito Federal; 12 años después emigró a la frontera junto con su familia, donde comenzó la carrera que lo posicionó como uno de los comediantes más importantes a nivel nacional. Por ello, el centro alberga diversos espacios que lo rememoran; el último, el Museo Tin Tan, se planeó con motivo del centenario de su nacimiento. Otra forma de rememorar al emblemático personaje es a través de la literatura que, por medio de la biografía o la crónica, rescata su vida y obra. Hace dos años, por ejemplo, apareció El pachuco de oro, de Emilio Gutiérrez de Alba. Pero anteriormente, en 1990, Alejandro Páez Varela publicó Tin Tan: la historia de un genio sin lámpara, que comienza con una advertencia al lector: lo que tiene en manos no es una biografía, pues, señala el autor, resulta inabarcable la vida del músico, poeta y loco, ya que le parece imposible apresar en la palabra el cúmulo de experiencias que representa su vida. Además, existen algunas anécdotas que le parecen difíciles de referir.

El texto de Páez Varela  va más allá de un recuento biográfico. En uno de sus nueve capítulos, por ejemplo, se incorpora un “Pequeño diccionario de la lengua fronteriza” en el que se definen distintas palabras que Valdés empleó dentro y fuera de sus películas, como “achantarse” o “camellar”. También se encuentra una lista de su producción filmográfica, desde Hotel de verano (1943) hasta El capitán Motarraya (1973), a partir de la cual nos enteramos de que en un año llegó a estrenar ocho películas y que su presencia revolucionó la forma de hacer cine en México. En un principio parecía un simple irreverente; sin embargo, con el tiempo el público comprendió su perspectiva humorística. Los medios de la época lo describieron como “individuo de facha estrafalaria”, pero finalmente logró que su lenguaje, mezcla del español e inglés, se aceptara en el medio artístico. Hizo del pachuco un personaje. A manera de homenaje y siempre con respeto, se valió de la exageración de patrones de conducta para dar a conocer a esos habitantes de la frontera producto del cruce de culturas, “los rebeldes que se vestían a su modo, hablaban a su modo, y se desarrollaban a su modo”.

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Ahora bien, pese a la advertencia inicial, el escritor juarense hace un intento por abarcarlo todo. Tin Tan: la historia de un genio sin lámpara es producto de un trabajo tanto periodístico como literario. Entrevistas y la recreación de anécdotas se unen para dar lugar a este ensayo de biografía. Entre los tantos testimonios que recoge se encuentra el de Paco Miller, quien en la década de los 40 le dio a Germán Valdés la primera oportunidad de trabajar como cómico. Además, fue quien lo bautizó con el nombre con que ha pasado a la historia, a pesar de las protestas del afamado cómico, quien en aquella época era conocido con el apodo de Topillo: “Mejor miénteme la madre, se oye mejor que Tin Tan”. Páez rememora anécdotas de todo tipo. Cuenta, por ejemplo, lo que sucedió cuando por fin logró besar a una compañera de trabajo o cuando comenzó su carrera en la estación de radio XEJ donde, en un inicio, sólo era el chalán de la estación. Ahí conoció a Petra, quien a diario se resistía a los encantos de Germán; sin embargo, un día se dejó llevar a la cabina de radio y cedió a sus caricias, pues un compañero decidió encender los micrófonos y poner al aire las palabras que la apasionada pareja se intercambiaba. Otra de las narraciones abarca lo sucedido meses antes de su muerte, en 1973, cuando,  ante la creencia de que ya sólo le quedaban tres meses de vida, dos de sus hermanos, uno de ellos Don Ramón, viajaron con él a una playa de Zihuatanejo.homenaje a tintan.JPG

El último capítulo del libro se titula “Juárez y su gente”, en el que se nombran otras luminarias locales de la época como el “Loco” Valdés, Mario Beltrán del Río, los profesores Elisa Dosamantes y Norberto Hernández, y los deportistas Ignacio Chavira y Bertha Chiu. Indudablemente el recuerdo y homenaje al Pachucho de oro resulta imprescindible para la comunidad juarense. Por ello, además de la Sala de Arte Germán Valdéz existen muchos otros espacios que perpetúan su imagen y nombre. Frente a la Plaza Juan Gabriel se encuentra un gran mural dedicado a él; varias pinturas y una escultura con su característico traje adornan la fachada del Mercado Juárez, incluso a este sitio se le conoce popularmente como la Plaza Tin Tan; detrás de ella corre la arteria Germán Valdés; y uno de los espacios más emblemáticos de nuestra ciudad y que hace honor a esta luminaria se encuentra en la Plaza de Armas: la estatua de Tin Tan sentado en la fuente que figura al personaje de Chucho el remendado, película rodada en 1951. Por último, resulta de suma valía cultural la forma en que un grupo de pachucos mantiene con vida la estampa de quien décadas atrás los representó al reunirse todos los fines de semana en la esquina del MUREF para honrarlo con sus bailes y atuendos.

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Alejandra Gómez

 

Desnudista de una sola pierna

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El riesgo de cualquier antología que cite a más de una decena de voces recae siempre en la disparidad de escrituras, en el compromiso y tiempo que cada implicado haya tenido para fijar su voz y adecuarla a la del resto. Asumido este riesgo –incluso dando por hecho la imposibilidad de sortearlo– el examen de este tipo de creaciones colectivas se dirige a la línea temática, capaz de convocar, conjugar miradas y alojar notas de disidencia sin romper una lectura orgánica. En estas líneas me detengo en la antología Querido: homenaje a Juan Gabriel, publicada bajo el sello editorial Mantarraya en junio de 2010, es decir, cuando el Divo de Juárez aún cantaba entre nosotros. La idea original del libro y la selección de textos corrió a cargo de Luis Felipe Fabre, Inti García Santamaría y Karen Plata; mientras que la edición, del promotor cultural Antonio Calera-Grobet. Veintidós poetas rinden homenaje, no siempre en verso, a la figura y trayectoria del ídolo y cantautor.

El poeta Fabre confiesa que “una tertulia y una rocola detonaron este proyecto editorial”, entendido como “un acto de justicia” que presume el objetivo de “difuminar las fronteras entre el espectáculo y la poesía; entre el arte y el diálogo culto”. La Academia Sueca, encargada de otorgar el Premio Nobel de Literatura, ya lo demostró hace un par de años con la nominación de Bob Dylan, quien también le ha cantado a esta frontera. En Querido: homenaje a Juan Gabriel, los textos incorporan el título de las canciones del Divo, desde sus grandes hits hasta otras menos sonadas: “El Noa Noa” de Dolores Dorantes, “El corazón del norte (Querida)”, “He venido a pedirte perdón” de Ulises Nazareno, “F word. Balada rítmica (La frontera)” de Julián Herbert, “Si quieres” de Ofelia Pérez-Sepúlveda, “Glamour eterno (Amor eterno)”, entre otros temas. Por mi parte, destaco y recomiendo cinco o seis composiciones –no más–, justo las que acabo de nombrar, así como el “Postfacio” de Erik Castillo, quien indaga en la figura del homenajeado, dejando de lado “el tesoro de la pura reivindicación de lo marginal… o el gesto ejemplar que nos hereda quien sí pudo compensar los estigmas existenciales y sociales”. El tributo se centra en la catarsis prodigada por el canto que cimbra los lugares interiores. Tal efecto se desborda “desde el inconsciente canción tras canción al abrigo de la versificación directa, urgida y, cuando más perfecta, devastadora”.

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“Juan Gabriel se llama una estrella, me lo dijo mi madre / JG es una estrella escrita por una máquina que escribe estrellas” (Yaxkin Melchy). Fue en quien primero pensamos al momento de diseñar nuestra última caminata, Luminarias. Aunque detrás de una celebridad existe una producción cultural respaldada por potentes medios de comunicación que promueven la figura/estilo/voz de una individualidad, para que el artista alcance la aceptación popular más allá de una coordenada específica debe existir una incidencia social, así como una emotividad que impacte de lleno en el sentir de las personas. Diversas lecturas y apropiaciones giran en torno a la entrañable efigie del Divo de Juárez, desde las que culminan con la publicación de una antología poética hasta el repentino nombramiento de la Gran Plaza Juan Gabriel, inaugurada a finales de septiembre del 2016, a tan solo un mes del sensible fallecimiento. La rehabilitación de la calle Mariscal, frente al Gimnasio Neri Santos, a un costado del Museo de Tin Tán, incluyó la pavimentación de arterias aledañas, murales monumentales, iluminación, juegos infantiles, cruces peatonales, sombras y bancas para pasar el rato, así como una desafortunada escultura en bronce del hijo predilecto de la ciudad. A pesar de que el día de la ruta tuvimos que realizar la parada unos metros más adelante debido al concierto de una banda local liderada por una joven cantante, nos da gusto que la reactivación de la plaza incluya la expresión musical.

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Urani Montiel

Vestigios del esplendor

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Gracias a su posición geográfica y a las consecuencias de la segunda guerra mundial, Ciudad Juárez se convirtió en la meca de la vida nocturna de los años posteriores al medio siglo. La llamada época de oro recuperó la famosa leyenda negra característica de la frontera. Varios espacios dan cuenta de ello. La Fiesta, uno de los más importantes y del cual todavía tenemos sus vestigios –ya en plena recuperación–, guarda en sus muros el esplendor –real o imaginado– de lo que un día fue la frontera, así como un sinfín de memorias que posicionan al edificio como el espacio más elegante y fantástico que tuvo la ciudad en el último siglo. En La Fiesta: recuerdos de una alegre y luminosa Ciudad Juárez del siglo XX, por ejemplo, el escritor y periodista Emilio Gutiérrez de Alba, a lo largo del prólogo, 77 secciones y un epílogo recrea a detalle y con un tono bastante nostálgico todos los pasajes y personajes que gestaron, elevaron y, finalmente, terminaron con la vida de este emblemático lugar.

El 9 de octubre de 1954, cuenta Gutiérrez de Alba, “en medio del resplandor de anuncios con luces de neón… La Fiesta brillaba como un faro”. Era el día de su inauguración. Tras más de 4 años de iniciar su construcción, los hermanos Efrén y Mariano Valle –propietarios del inmueble, así como también del Guadalajara de Noche– abrieron las puertas de su lujoso teatro y cabaret, el cual se caracterizaba por ofrecer espectáculos con estrellas de gran renombre internacional, solo comparables a los shows de las Vegas. La réplica del calendario azteca y el apremiante sonido de las campanas que presidia cada función, atestiguaron el paso del Kingston Trio, Los Churumbeles de España, el famoso quinteto los Vagabundos, Frank Sinatra, Earl Grant, Don Cornell, Linda Darnell, el saxofonista Rar Rodríguez, Luisito Rey, María Félix, Reina Vélez y David de Montecarlo, entre muchos otros grupos y artistas. En cuanto a la construcción y el diseño, fue el ingeniero zacatecano Manuel Cardona el responsable de ejecutar en una obra colosal la idea de los hermanos Valle. El trabajo de los acabados de cantera estuvo a cargo de Jacinto “El bizco Chinto” Castro, quien también había trabajado en el Cine Victoria. Por su parte, Pablo Montalvo se encargó del trabajo de pintura y acabado de la estructura. Resaltan en el diseño del edificio, además del calendario mencionado, una fuente tallada que replica la localizada en el Palacio del Conde Santiago de Calimaya, lo pilares estilo barroco, los azulejos de talavera española de las escaleras, la réplica de la entrada de la Real y Pontificia Universidad de México, las ventanas con remate de cantera, y tres relieves que muestran la evolución del Zócalo capitalino y al mismo tiempo tres años imprescindibles de la historia nacional: 1519 por la conquista española; 1810, año en que inició la Independencia; y 1954, fecha en que se inauguró La Fiesta. Tanto así era el orgullo que los propietarios y visitantes sentían por el lugar.

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Por desgracia, La Fiesta cerró sus puertas en 1974. La razón, según cuenta la esposa de Mariano Valle, radicó en los problemas que empezaron a tener con las autoridades, las excesivas multas que pedían y la caza incesante a los asistentes. El turismo extranjero comenzó a disminuir notablemente y, junto al él, los recursos económicos, lo cual provocó tensión con los sindicados de meseros y de músicos. “El negocio ya no daba para nada… Aquel gobierno corrupto aceleró el fin de la época de oro de los espectáculos en Ciudad Juárez”, afirmaba la viuda de Valle a Gutiérrez de Alba. Poco tiempo después, el local se rentó como mueblería por más de 30 años, hasta que en el 2008, debido al  Plan Maestro de Desarrollo Urbano del Centro Histórico de Ciudad Juárez, La Fiesta se encontró al borde de la demolición. Gracias a la organización de varios grupos de maestros y civiles, entre ellos el presidido por José Luis Hernández y su página El Juárez de Ayer, se logró salvar el edificio. Hoy es propiedad de Francisco Yepo, dueño de la Nueva Central, cuyo objetivo consiste en remodelarlo, pero conservando el concepto original. El nuevo proyecto implica, según el nuevo dueño, abrir un restaurante-cabaret o salón de eventos “para que, las nuevas generaciones conozcan un poco de la Época dorada de Juárez”. Probablemente suceda en julio del próximo año.

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Los vestigios que aún conservamos de La Fiesta y, sobre todo, el afán de un grupo de personas que se niegan a perder parte de su historia como juarenses y que intentan adecuarla a la época actual, se configuran como elementos imprescindibles (y loables) para mantener una identidad comunitaria. En lo personal, agradezco la oportunidad de poder compartir y comparar con mi padre la experiencia de pisar aquellos lugares que hace bastantes años fueron testigos de su juventud y alegría. Los recuerdos de quienes vivieron la época de oro fronteriza, transmitidos de forma oral o puestos en papel, como el caso de Gutiérrez de Alba, nos ayudan a recrear un tiempo pasado lleno de gloria, pero también a imaginar un futuro igual o mejor.

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Amalia Rodríguez

El último oasis

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Uno de los incentivos de Juaritos Literario consiste en la remembranza de sitios que han visto crecer a nuestra ciudad; lugares cargados de una gran historia que conservan alguna huella, desde el mismo nombre, que da cuenta de los andares de Juárez y, en muchos casos, de toda la nación. La nostalgia entra aquí en juego, pues representa la respuesta común a cualquier tipo de cambio. Aunque comúnmente se relacione este sentimiento con un aspecto negativo, no siempre es así. La misma terminología del concepto indica que se refiere a un “dolor o anhelo” (algos) por “regresar a casa” (nostos) o, en general, al pasado. El hecho de experimentar nostalgia, entonces, no siempre resulta doloroso, también puede ser agradable y conmovedor, ya que a partir de recordar y reflexionar sobre lo que teníamos antes, se abre la posibilidad de encontrar la confianza y la manera para enfrentarnos a lo que hay ahora o lo que se avecina, así como aumentar la autoestima y el arraigo social. Por ello, nos es apremiante rememorar aquellas vivencias significantes que compartimos con otros como sociedad. En nuestro caso, dichas experiencias se basan en espacios determinados y textos que los retratan y llenan de vitalidad.

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En 1847 –un año antes de la firma del tratado Guadalupe-Hidalgo– se publicó en Inglaterra Aventuras en México de George F. Ruxton. Cien años después apareció la primera traducción, quizá porque la idea del connacional no quedaba muy bien parada, y así se justificaba lo que sucedería unos meses después de su escritura: “Si los mexicanos poseen una sola virtud, y espero que así lo sea, deben tenerla guardada en algún secreto rincón de su “sarape” […] Espero que, por su propio bien sacará rápidamente de su escondrijo solitario la luz de esta virtud disimulada, si no, dentro de muy poco tiempo será absorbido por la potente flama que el anglosajón parecer estar dispuesto a esparcir sobre el oscuro México”. Aunque duela, la visión extranjera sobre nuestro país y quienes lo habitamos resulta necesaria para comprender la posición en la que ahora nos encontramos. Por ejemplo, textos como el de Ruxton exhiben un país lleno de carencias, insensatez e inestabilidad política; de esta forma, la pérdida de casi la mitad del territorio nacional aquel febrero de 1848 parecería el resultado más obvio y positivo para todos –tal como lo caviló el general Santa Anna.

Otro punto interesante en el que se detiene el viajero inglés es el territorio norteño, pues su descripción forma parte de la estampa que hasta el momento impregna el imaginario universal; aquel que siempre nos ha calificado como bárbaros. Ruxton afirma que “la ciudad de Durango puede ser considerada como la última Tule de la zona civilizada de México. Más allá, hacia el norte y el noroeste, continúan las enormes y despobladas planicies de Chihuahua […] En los oasis que se encuentran allí se reúnen las tribus salvajes que continuamente descienden a las haciendas cercanas, hurtando caballos y mulas y asesinando bárbaramente a los campesinos desarmados”. Ahora bien, pese a la imagen negativa, resalta la idea de los oasis. Cuando Ruxton llega a la villa de El Paso del Norte, luego de repasar la historia de su fundación –aunque con algunos datos erróneos–, describe a la zona como un valle de gran riqueza, “rodeado de huertos y viñas bien cultivados y jardines que descansan sobre el río”. Es decir, a pesar de la idea que recrea sobre el norte, rescata y se admira del paisaje de lo que ahora constituye el centro histórico de Ciudad Juárez. Un espacio que ha cambiado drásticamente, pues al día de hoy –al menos para las nuevas generaciones– pensar en huertos, viñas, un caudaloso río o la sierra de Juárez, resulta casi imposible ante la sequedad y aridez que pervive a nuestro alrededor.

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La descripción de Ruxton se efectúa desde la plaza ubicada frente a las instalaciones del antiguo presidio (el cual albergó al poder político desde 1685 hasta 1983) y queda enmarcada por una anécdota donde el airado escritor sale bien librado solo al mostrar sus documentos de identidad. Casi dos décadas después de la visita de este peculiar personaje a la frontera, el lugar que lo recibió fue también el punto de llegada del Benemérito de las Américas y el gabinete del Estado mexicano. Desde entonces, y en honor a quienes acompañaron al presidente en su lucha contra el imperio francés, el cabildo ordenó nombrar a este sitio Plaza del Batallón de los Supremos Poderes (antes conocida como Plaza del Fundador). Por razones desconocidas, pasó siglo y medio para que el nombre se oficializara. El alcalde Enrique Serrano Escobar develó en septiembre de 2014 una placa, a espaldas de la Misión de Guadalupe, para conmemorar la orden de Benito Juárez de izar la bandera cada lunes como muestra de patriotismo. Sin duda, aquel paisaje que mostró el autor extranjero funcionó también como oasis para otros personajes y episodios imprescindibles de la historia nacional. Por ello, conocer el cambio de la imagen del lugar que ahora habitamos, aunque recreada desde una visión extranjera y pretérita, forma parte de esa larga configuración por la que ha pasado Ciudad Juárez y que nos define actualmente.

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Amalia Rodríguez