La aguja y el pajar

Etiquetas

,

“Le echo limón y cilantro. «Agarraron a un matón en el partido». Ahora pido una quesadilla con carne. Los comensales dicen; «Ta cabrón el pinche narco». La baño en guacamole. «Aquí ya ni se puede vivir». Pido el segundo de tripitas. «Pa mí que van a matar a ese policía». Le pongo salsa roja. «Ya cualquier güey se hace narco». Pido otro de carnitas”. José Juan Aboytia plasma estas líneas, con sabor al habla popular, en su novela Ficción barata (2008); sin embargo, también son las típicas frases que se solían escuchar día tras día hace algunos años en cualquier lugar de la ciudad; mayormente en el town. Sin duda alguna, fueron tiempos de pánico, inseguridad y socorro… años sombríos que sufrió Ciudad Juárez. El narrador, nacido en Baja California en 1974 y maestro en la UACJ (donde también obtuvo su maestría en Cultura e Investigación literaria), logró ejemplificar en la obra en cuestión el submundo de la frontera en sus tiempos de crisis. La preocupación principal, o el punto de vista desde el que nos asomamos a la novela, es la de un periodista que busca a un amigo desaparecido, quien al parecer se mezcló (o lo mezclaron) con narcotraficantes.

La trama de la novela es la siguiente. Hugo, un soltero, codiciado y ebrio periodista, busca la verdad sobre su amigo El Deis, otro amante de la bebida que pretende ascender a la fama mediante la exposición de narcos de Tijuana, lugar que experimenta problemáticas muy similares a la de nuestra frontera en cuanto al consumo de drogas, el narcotráfico, la prostitución y, lo más relevante en la historia de Ficción barata, el amarillismo de los medios de comunicación. Por cuestiones de trabajo, Hugo llega a Ciudad Juárez, donde es recibido con el calor que su población sabe brindar. Le agrada el ambiente, así que visita algunos bares, entre ellos el famoso El Recreo, y conoce al autor de una novela detectivesca que lee a lo largo de la obra. Continúa investigando sobre la desaparición de su amigo, pero, al mismo tiempo, se interesa por una hermosa mujer –como era de esperarse–. El atractivo del texto de Aboytia consiste en ver el mundo del narco desde la perspectiva de un periodista, de aquellos quienes, a veces sin quererlo, cobran un papel relevante en este tema.

159 Disparo foto.jpg

Todo residente de Ciudad Juárez entre el 2008 hasta la actualidad se ha visto afectado de alguna manera por el narcotráfico. Los robos, secuestros, matanzas, extorsiones, atentados, sobornos y mentiras han perturbado nuestra frontera y a sus habitantes (aunque estos no estuviesen incluidos con el narcotráfico) por muchos años. Durante los años de la acérrima violencia que azotó la ciudad, cuando yo era aún un niño, los parques de las colonias solían quedarse vacíos ante el estridente ruido ocasionado por armas de fuego a cualquier hora del día. Mi familia, o más bien mis padres, dudaban en salir a lugares públicos, como el centro o a algún moll, por miedo a presenciar o quedar en medio de los frecuentes sucesos violentos. El caso de las desapariciones y asesinatos de mujeres ha sido uno de los que más impacto y cicatrices ha causado en la ciudad desde finales del siglo, y si bien El Deis no era mujer, Aboytia reúne en él todo lo que una ausencia violenta causa en la familia, los amigos, el trabajo y los conocidos. Para los juarenses resulta, entonces, sencillo comprender la obsesión por encontrar y ver a alguien que perdimos en otra persona, como en un vendedor de hot dogs o elotes del parque Borunda.

159 Borunda elotes.jpg

Tomás Saucedo Baca

San Juan Pablo II en el borde

Karol Józef Wojtyla, mejor conocido como Juan Pablo II, nació el 18 de mayo de 1920 en Wadowice, ubicada a 50 kilómetros de Cracovia, Polonia. Se matriculó, en 1938, en la Universidad Jagellónica de Cracovia, así como en una escuela de teatro. En 1939, tuvo que dejar la escuela por la ocupación nazi y trabajó en una cantera y una fábrica química para evitar ser deportado a Alemania. Durante la Segunda Guerra Mundial, en 1942, entró al seminario clandestino de Cracovia y promovió el “Teatro rapsódico” en secreto, ya que estaba prohibido. Después de la guerra, fue ordenado sacerdote en 1946. Dos años más tarde, se doctoró en teología con la tesis sobre la fe en las obras de San Juan de la Cruz. En 1964, fue nombrado Arzobispo de Cracovia por Pablo VI, quien lo haría cardenal tres años después. Participó en el Concilio Vaticano II. El 16 de octubre de 1978, la reunión en Cónclave lo eligió como el Papa 264 de la Iglesia Católica. Realizó 104 viajes apostólicos fuera de Italia, entre los cuales se incluye su visita a la capital de Chihuahua el 10 de mayo de 1990, donde celebró la Eucaristía en la explanada de los Campos Limas. Impulsó el encuentro con jóvenes en las Jornadas Mundiales de la Juventud y promovió el diálogo entre religiones. Escribió y publicó diversos libros hasta el día de su fallecimiento el 2 de abril de 2005. Fue canonizado el 27 de abril de 2014 por el Papa Francisco.

19 Juan Pablo II Chihuahua.jpg

Juan Pablo II escribió cinco libros como doctor privado: Cruzando el umbral de la esperanza (1994), Don y misterio: en el quincuagésimo aniversario de mi ordenación sacerdotal (1996), el libro de poesías Tríptico romano-Meditaciones (2003), ¡Levantaos! ¡Vamos! (2004) y Memoria e identidad (2005). Además, pertenecen a su autoría 15 Exhortaciones, 11 Constituciones, 45 Cartas apostólicas y 14 Encíclicas. Una de estas últimas es Centesimus annus, publicada el 1 de mayo de 1991 y dirigida “a sus hermanos en el episcopado, al clero, a las familias religiosas, a los fieles de la Iglesia Católica y a todos los hombres de buena voluntad”, con motivo del cumplimiento de los 100 años de la Rerum Novarum, Encíclica de su predecesor León XIII. El momento en que apareció el texto fue una época de cambios, pues el marxismo había llegado a su ocaso, existían fuertes amenazas de guerra, la pobreza aumentaba y se sentía la preocupación por la llegada del nuevo milenio, por lo que la discusión en torno a la necesidad de un nuevo modelo económico estaba latente. Juan Pablo II respondió a esos temas proponiendo al hombre mismo como base de la producción y principal factor de la riqueza de los países, incluso más que los propios recursos naturales. Afirmaba que la contribución de la Iglesia en el campo social ocurre en el corazón del hombre; también que para construir una sociedad más justa y digna era necesario comprometerse en el servicio de los órdenes político, económico, social y cultura, así como promover la acción de los empresarios para fomentar espacios de trabajo digno. De esta forma, la carta se configuró como una invitación a la humanidad a ser íntegros y valientes, poseedores de una sólida formación intelectual y espiritual.

El boulevard Juan Pablo II inicia en la intersección con la avenida Independencia y culmina en la Rafael Pérez Serna. Abarca una parte considerable de la línea divisora entre México y Estados Unidos, la cual recorro, casi diariamente, para ir y venir a la universidad y en la que puede sentirse la diferencia entre dos ciudades tan unidas geográfica y económicamente, es decir, El Paso y Ciudad Juárez. Por ejemplo, al subir por alguno de los puentes que se encuentran en el boulevard mencionado, se alcanza a ver la urbe vecina, sus calles más cercanas a la frontera, depósitos de agua y el centro con sus resplandecientes edificios de bancos. En cambio, en el otro lado se encuentran campos de futbol, un centro de convenciones relativamente nuevo y un sinfín de entradas y salidas a otras calles que llevan a diferentes lugares de la ciudad. Por esta vía, pasan a diario miles de transeúntes, desde particulares hasta el transporte de los trabajadores de las maquilas. Incluso, el sucesor de Juan Pablo II, el pontífice actual de la Iglesia Católica, Francisco, recorrió este camino en su visita apostólica a Ciudad Juárez el 17 de febrero de 2016. Sin duda, el nombre dado a esta calle resulta apropiado, pues al igual que Karol Wojtyla, su camino busca unir espacios y mostrar la diversidad, en este caso, entre dos culturas, y revela cómo es la vida fronteriza y su agitación en pleno esplendor.

19 Cruce Juan Pablo.JPG

Fernanda Villalobos Ocón

Ardor convertido en polvo

Hidrocálida, poeta y promotora cultural, Carmen Amato Tejeda había anunciado su retiro de las aulas la primavera del año pasado; sin embargo, hace un mes el Museo de Arte de Ciudad Juárez lanzó una convocatoria de un taller sobre escritura creativa que está a cargo de ella. Además, se ha dedicado a la fotografía como un ejercicio sináptico que esquematiza y extrae el tuétano de la redacción, la agenda Asfalturas, del garabato a la Asfaltura de la Asfaltura al poema publicada en el 2016 resulta un ejemplo de ello. En su tesis para obtener el grado de maestría, titulada El silencio que se hiela en la blancura de las hojas (1996), Amato presenta 62 poemas dispuestos en siete partes. “Nunca será noviembre” aparece en un apartado homónimo junto a otros nueve poemas cuyo tema recurrente es la luz. La composición consta de cuatro estrofas con verso libre y rima asonante; la voz lírica emerge desde la primera persona del singular para moldear un tono ubicado entre lo serio y lo reflexivo que juega con lo sinestésico al involucrar los cinco sentidos del lector.

03 Asfalgrama.JPG

Si bien no existe un referente geográfico específico que permita ubicar el poema en un lugar determinado, la voz poética diluye al lector dentro de la nitidez de las imágenes espaciales, mismas que van construyendo la ciudad a la par de quienes la habitan. El tiempo constituye una estructura lineal que avanza horizontalmente junto al recorrido que el sujeto realiza a través de las calles. La trascendencia del ser resulta vulnerada cuando la voz poética exhibe la miopía en la introspección necesaria para el autoconocimiento: “Algo va cambiando / en ti y no lo sabes, / hasta el día que tu nombre / ya tiene menos letras”. Los meses llevan consigo una carga simbólica que amalgama la idea de lo efímero respecto a la vida humana: septiembre, octubre y noviembre encaminan hacia la apoteosis de un ciclo que sucede justo cuando la tierra da una vuelta completa alrededor del sol. Así como la trayectoria astronómica del mundo constituye solamente un paradigma temporal validado por quien lo usa, quien recorre la propia vida va acercándose al impostergable desenlace de su misma historia, la cual va llenándose de significados y profundidad en la medida que se aproxima a la consumación del lapso vital: “Tu nombre / se vuelve breve / como Octubre / y no te pertenecen / ya sus lunas, / y nunca serás Noviembre”.

Un elemento que condiciona irremediablemente mi disposición a caminar la ciudad es la cuestión climática, más concretamente, el intenso calor asfáltico. En la composición de Amato, el ambiente evoca precisamente la parte del año predilecta para deambular, debido a la parcial ausencia del sol: “Septiembre, / llegas y tu paso fresco / crece hasta morir / en la blancura / del olvido, / sin una sombra / del ardor que tuvo”. Las tonalidades transforman el paisaje, brindan una traza que remite a la nostalgia por esa existencia que aparece como una insípida entelequia sin caer en un panorama sepia: “Me duele mirar en las esquinas / tu amarillo color / tu gesto somnoliento”. La flora urbana también sufre una metamorfosis gradual que convierte las hojas verdes en ramas secas, imagen que funciona como el símil de la muerte-otoño que nunca llega a ser invierno. La voz poética se dirige a un tú que aparece inconsciente de su propia condición, así como también del horizonte que le rodea, como si quisiera recordarle que así como acaba el año, termina la vida y perdura la memoria: “Te vas quedando sin saberlo, / entre los dedos de los árboles, / entre las calles convertido en polvo”. En esta composición Amato conjuga el paso del tiempo con el del caminante urbano ambientado en una tarde ambarina, la cual bien podría situarse en cualquier ciudad que, como la nuestra, exija cooperación del medio climático para ser cómodamente transitable.

03 Briseño street.jpg

Laura Sarahí Robledo

Salomón en la cárcel de piedra

Etiquetas

,

Hace un par de años, la Sociedad de Escritores de Ciudad Juárez, A.C. presentó un libro más a todos los lectores de esta ciudad fronteriza. Letras al Margen. Antología VII  (2016) conglomera creaciones de diferentes voces con el objeto de deleitar, entretener y hacer viajar a través del tiempo. En esta sazón, Emilio Gutiérrez de Alba colabora con un texto que provee de los condimentos necesarios para despegar al mundo de la imaginación de tiempos ya ocurridos, emprender un viaje a un pasado no tan remoto y deambular a través de uno de los lugares más asistidos por la comunidad juarense. “Voceador”, título de la narración del periodista actualmente jubilado, de forma breve y concisa, recuenta la experiencia del pequeño Salomón como jefe múltiple policiaco por un día, premio que obtuvo debido a su dedicación como papelerito. La historia inicia con la mención de la crónica publicada por El Fronterizo sobre el homenaje que se le realizó a los Voceadores de la Prensa en abril de 1957, evento que liberó el terminado de las instalaciones del Estadio de Béisbol Infantil, localizado en el Parque Borunda. No obstante, el relato también se detiene en aspectos que la publicación dejaba fuera: la felicidad del niño Ismael Esparza Montañez al ejercer su papel de jefe policiaco por un día al estilo salomónico y liberar a un antiguo ferrocarrilero que había matado a su esposa y amante (situación que ocasionó una gran venta de periódicos).

Si algo distingue la literatura de Gutiérrez de Alba es su pasión por Ciudad Juárez y sus habitantes que lo recibieron con gran amabilidad cuando emigró desde Torreón. En “Voceador” el autor hila la experiencia del pequeño Salomón en un espacio determinado de Juárez: la Comandancia Policial, también llamada Cárcel de piedra, a la cual llegó Ismael, de 12 años de edad, no como un presunto delincuente acusado por robo, homicidio, tráfico de drogas o violación, sino como el nuevo jefe policial. Es decir, la Cárcel de piedra, ubicada en la esquina de la avenida 16 de septiembre y la calle Oro, fue el espacio que el Gutiérrez de Alba construyó para que el protagonista se desenvolviera y se transformara en lo que toda su vida soñó, cargo que implicaba atender a la gente que llegara a quejarse o a pedir ayuda para sus familiares, así como de ordenar y liberar a presos según su criterio.

158-16-y-oro.png

El pasaje a la Cárcel de piedra me incita a pensar en el protagonismo que tuvo dicho lugar, no solo en este cuento sino en muchas otras historias reales, de “carne y hueso”, en experiencias que fueron vividas por cientos de personas y que hacen que el corazón bombee rápidamente al escucharlas. Si duda, este sitio resguarda un sinfín de anécdotas que logran la empatía en el receptor, pues invitan a la reflexión al contar las transgresiones de un contraventor, la estancia de muchos juarenses ahí, el dolor de padres, esposas e hijos que sufren el encarcelamiento de sus familiares, la pérdida de un ser querido, las injusticias cometidas por los empleados, o la manera en que un infante hizo realidad su sueño de ser policía. El relato de Gutiérrez de Alba forma parte de esos textos que contribuyen a recrear, crudamente, lo que fue Ciudad Juárez.

Ximena Guadián Salas

Pausas torvas

Gracias a su labor como muralista –la primera en el país– y poeta, Aurora Reyes (1908-1985) se ha colocado en el pedestal de las grandes mujeres chihuahuense. Nació en Parral, pero su estancia ahí duró poco, pues su familia tuvo que mudarse al centro cuando su abuelo, don Bernardo, murió acribillado frente al Palacio Nacional en el inicio de la Decena Trágica. La vida de “La cachorra” (hija de León Reyes) está marcada por sucesos y personajes fundamentales en la historia nacional de principios del siglo XX: la Revolución, Alfonso Reyes, la militancia del partido comunista, el muralismo, Diego Rivera, Frida Kahlo, la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), la lucha de los maestros rurales, la defensa del voto femenino. Al inmiscuirse en este panorama intelectual y político, sus obras reflejan cierto sabor nacionalista y una crítica social latente en imágenes y metáforas que ponen al descubierto las entrañas de su realidad, la cual, sin duda, comienza con su lugar de origen. “Estancias en el desierto”, unos de sus primeros textos concebidos hacia 1952, rememora el espacio chihuahuense desde la óptica del recuerdo y la imaginación. Por ello, las sensaciones, el color, la naturaleza y la ensoñación conforman la fuerza expresiva que caracterizan los versos que hablan de su “primera patria de infinito, / en el Norte de México”.

Los desiertos de Chihuahua aparecen en voz de Aurora Reyes como el punto de encuentro de los cuatro elementos que posibilitan el comienzo de la vida: “epidermis de arena”, “adolescente sol”, “vórtice en el aire”, “¡Agua! palabra linfa”. El yo poético vuelve a su origen, “Renace adulta la infantil mirada”; cede el paso a la naturaleza, “Escucho cómo el sueño desliza su silencio. / Ya siento las corrientes de sed hasta mis huesos”; y solo hasta el final (poema IX), resurge integrado plenamente al paisaje, “De pie sobre su planta prisionero, / –creatura de la sed– ronda su imagen: / contorno humano ¡vertical desierto!”. Los nueve poemas de “Estancias”, publicados por primera vez en Humanos paisajes (1953), contienen la idea del infinito, un principio y un final que se regeneran constantemente, atravesados por largas pausas capaces de estremecer la vida yacente. El calor, la ausencia de agua, tormentas de polvo, vientos de lumbre, dunas desgarradas, son esos elementos que, según los recuerdos de la autora, forjan la fuerza y resistencia de las personas; el medio día desnudo puede crear “pies de vidrio”, pero también “el sabor de la angustia y la ceniza / y la sed… y la sed… y el espejismo.”

Habitar un lugar como Juárez, rodeado por el desierto, la frontera, la violencia y la mala fama, no resulta sencillo. Aunque llevo más de veinticinco años sorteando sus vaivenes, todavía existen días en que la ciudad, principalmente su clima, me vence. Si, como en el poema de Reyes, “la mañana, vencida, se derrama” generando una lenta pausa en la vitalidad de cualquiera, las tardes de la canícula resultan interminables, solo soportables con un potente aire acondicionado. Los medios días, cuando el sol alcanza su punto más álgido, nos hacen ver con fuerza “su reinado inmóvil”; todo parece quieto o flotando en una nube de fuego. Sin embargo, estos momentos de sopor y quietud, a veces, son los ideales para volver al inicio. Cada cierto tiempo se necesita sentir el vacío, el silencio, la soledad o la pequeñez que implica estar en medio del desierto, pues ante esa inmensidad, los problemas o, en ocasiones, el mismo ego, retoman su tamaño real, para bien o para mal. Una ida a Samalayuca nunca está de más… o viajar de vez en cuando a Ciudad Universitaria. Ahí conocí las verdaderas tormentas de arena, los vientos que quemaban o calaban hasta los huesos y el agua negada. El recorrido que hacía a diario, una hora de ida y otra de vuelta, en verdad significaba una pausa en mi día. Los pensamientos generados por el paisaje desértico deambulaban entre lo agradable y lo ingrato. Incluso una amiga me advirtió: “Mejor duérmete, es peligroso todo lo que puedes reflexionar o imaginar en ese tiempo.” Por desgracia, me resulta imposible desligar la problemática del feminicidio con la imagen del desierto, el polvo, el calor y “los senos incendiados / en oleaje convulso y enemigo”.

17342487_1350060311731440_7832907701780023388_n.jpg

Amalia Rodríguez

Juárez fantástico

Etiquetas

,

Nacido en León, Guanajuato, Eduardo Antonio Parra es un autor mexicano mayormente conocido por sus cuentos, muchos de los cuales han sido publicados como colaboraciones en antologías. Lo relevante sobre su escritura, al menos para mí porque fue la manera en que lo descubrí, llegó en el año del 2000 cuando ganó el Premio Internacional de cuento Juan Rulfo con Nadie los vio salir. Dicho relato (o noveleta) trata sobre una sexoservidora durante una noche de trabajo cualquiera, o eso parece. La narración nos adentra en “los barrios bajos” de nuestra ciudad, mientras nos describe un día cualquiera dentro de una cantina donde el amor se vende barato. Su tema, en general, puede aparentemente ser eso mismo, lo que me llevó en un primer momento a encasillarla como una novelle cercana al thriller, pero lo cierto es que, conforme se desarrolla la trama, uno se da cuenta que pertenece por completo al género fantástico. Como lo leen, ¡fantástico! ¿Quién decía que Ciudad Juárez no podía contener algo sobrenatural? Pues Eduardo Antonio Parra lo recrea con diferentes imágenes cotidianas para los fronterizos, con esos sitios emblemáticos de los que todos hablan pero que pocos se atreven a visitar. Así, de la mano de esta prostituta cuyo nombre jamás queda claro, conocemos el bajo mundo de los congales juarenses.

Si bien algunos aspectos mencionados por la narradora pueden ocurrir en cualquier ciudad, su parecido con la imagen de Juárez vuelve casi imposible que se trate de una simple coincidencia. El lector puede imaginar fácilmente, por ejemplo, a los trabajadores de las maquilas saliendo en tropel hacia los camiones que los llevarán a sus casas un viernes por la tarde, a pocas horas de que se oculte el sol ardiente sobre sus cabezas. No se necesita avanzar demasiado para vislumbrar el panorama. Unas cuantas páginas son suficientes para plasmar el entorno aludido: ese congal, una cantina de mala muerte con humos espesos de cigarros extintos y olor a cerveza rancia por el paso de los días. Parra no menciona, en ningún momento, el sitio concreto, pero todo aquel que conoció o escuchó algo sobre la Mariscal, tiene una idea de cómo era el interior. El establecimiento en el que la protagonista y sus conocidos se encuentran puede ser cualquier bar o cantina; por ello, los personajes y sus diálogos se vuelven fundamentales, pues son el factor que da el “efecto Juárez” a la noveleta.

157 Diana Ginez Bikinis

Al releer el libro (en un viaje hacia el Centro), me vi en la necesidad de regresar a la calle, pues aunque no se mencione de forma textual, la imagen descrita por Parra posee ese aire misterioso y lleno de morbo que provocaba en el instinto materno alejar rápidamente a sus hijos de la zona y así evitar que hicieran contacto visual con quienes ahí laboraban. Lo que queda de la antigua Mariscal aún resalta por sus paredes gastadas que encierran humos y secretos, y contiene esa magia que Nadie los vio salir muestra. Todavía en la Juárez resulta sencillo ver a un par de extraños, unos “gringos”, entrar y salir por las mórbidas puertas en busca de diversión momentánea y cervezas baratas. El ambiente es el mismo pese a que los años han pasado. Sin importar las reestructuraciones que el gobierno haga a la zona, siempre estará poblada de cantinas, bares y calles en las que tropezamos al mínimo descuido. Este espacio, el cual se ha configurado como un emblema de la ciudad, no dejará en ningún momento de ser parte de nuestras vidas, de los recuerdos que tenemos del centro histórico, y de ese imaginario que, sobre todo en autores foráneos, continúa permeando la idea de un Juárez fantástico.

Zaira Selene Montes Guzmán

Tierra canija

Agua tatuada recibió el Premio Chihuahua de literatura de 1986. El mismo gobierno del estado se encargó de imprimir el poemario de Guillermo Hernández Orozco, dividido en tres partes (“Raíces”, “Vamos” y “Espejismos”) ilustradas por fotografías y viñetas a blanco y negro. Me parece una buena idea iniciar esta iniciativa, Geopoética chihuahuense (revisen nuestro manifiesto), con esta joya bibliográfica, hallada en la Librería Logos, ya que los diferentes espacios del estado grande, tan disímiles como el desierto o el interior de un camión de transporte público, permiten una lectura lineal a través de las dos primeras secciones. La “Introducción” del libro invita a escuchar las voces de los fragmentos de nuestra propia realidad. Agua tatuada “despliega paisajes montañosos, pinos, peñas, soles, soledades, silencios, en agudo contraste con los desdibujados espacios urbanos” (Rico Bovio). La versatilidad del verso de Hernández Orozco se descubre no sólo en las descripciones espaciales (quizá abundantes), sino en la espontaneidad del yo lírico que nos acompaña ahí mismo en la lectura; mientras uno desciende la mirada en cada verso, él va “contando lo que cuento”.

01 HernandezO - Agua tatuada.JPG

Curiosamente, el poema que más me ha llamado se encuentra casi fuera del libro, y no figura en el índice debido a que aparece en la contraportada. Sus cuatro estrofas funcionan como epílogo… como una despedida por donde se asoma el perfil biográfico del poeta, quien nos confiesa no ser chihuahuense, sino de Jalisco (donde justo ahora escribo). Destaco, además, otros aspectos significativos del poema referentes a la simbiosis entre el entorno y quienes lo habitan, incluido todo ser… vuele, ande, repte o verse. La interlocución con la tierra ocurre “quieras o no”, al grado de que el paisaje “acaba formando parte de ti mismo”. Porque el rostro de Chihuahua no solo se delinea con sus cálidos y escarpados ecosistemas; de los rescoldos del aire emanan aves que anidan en nuestros días, “y así acabas siendo eso”, proclama el verso, “desierto, bosque, sol y alas / cara blanca que pasta en la estepa / en las nevadas”.

Sí. “Aquí estamos”. Mi sistema respiratorio batalló con esta “tierra canija / que se mete por los poros”. Antes de avecindarme en Juárez, hacia finales del 2011, venía de un sitio húmedo en donde el sol se nubla durante casi medio año. En la balanza del calor/frío, declino por las bajas temperaturas, ya que se pueden combatir tanto en la intemperie como en interiores, pero una simple caminata de 10 minutos a 40º sobre el asfalto tiende a lo inclemente. ¿Qué más me podría quitar para sentir frescura? La combustión urbana vence y no aclimata. Por último, aclaro que en la grabación me di licencia de modificar la referencia geográfica. En la ambigüedad de “cualquier parte” cabemos todos los inmigrantes. Así que Memo, perdóname. En Ciudad Juárez nació Ixtla, mi hija más pequeña… el ajuste me resultó vital.

01 Ortiz Servín.jpg

Urani Montiel

Geopoética chihuahuense

A pesar de ser vista en ocasiones como una exaltación íntima, la poesía recurre continuamente a la recreación de extensos espacios como proyección de aquello que la voz lírica desea expresar. De esta manera, el paisaje representado adquiere múltiples significados que le son provistos mediante la configuración de cada verso que, a su vez, añaden sentido a los sitios que recorremos día a día. Estos lugares, ya sean de paso, descanso o destino, transitan también por la poesía como si de personajes colectivos se tratase; en tales composiciones, su presencia revela la profunda relación que mantienen con sus moradores. Por estos motivos, consideramos importante estudiar cómo el espacio poético expone a quienes lo habitan y viceversa.00 Raul Urias Chihuahua.jpgDelimitada la forma de expresión, trataremos ahora del criterio de selección. Chihuahua destaca por sus grandes espacios, ya sean citadinos, desérticos, serranos, e incluso fronterizos. Cada uno de ellos contiene una carga simbólica propia que genera una visión más o menos conocida por todo aquel que habita o visita la entidad, mirada que comparte una interpretación general de sus paisajes. Sin embargo, la imagen que de ellos recoge la poesía multiplica su significado; cada estrofa que recurre a la geografía del estado ofrece al escucha una representación diferente –quizá contraria a su noción previa–, que aporta interpretaciones inusitadas del lugar que bien conoce y, al mismo tiempo (apostamos por ello), nuevos modos en que convive y se relaciona con él. Al atender la representación de los ecosistemas (incluido el urbano) que el norte nos ofrece, ahondaremos en la apropiación que la voz lírica hace de Chihuahua a través de sus paisajes, su efecto en la composición de la producción en verso, así como la suma de sentidos que obtiene el lector o escucha para crear nuevos referentes en su diario transitar.

Juaritos Literario

El Duque Job en Ciudad Juárez

Plasmar el nombre de grandes autores en arterias urbanas es paradigmático y puede funcionar como eje que cristalice la literatura. Algunos han explorado más una vía, la culta; otros, en cambio, se han decantado por la parienta un tanto menospreciada, la popular. Las llamadas alta y baja cultura, en términos de composición imaginaria, han pervivido a lo largo de los siglos, incluso han existido genios que lograron la convivencia entre ambas tradiciones para crear la propia como Rabelais, Cervantes, Federico García Lorca, Manuel Puig, o más cerca, en el norte, Ricardo Elizondo Elizondo. Me refiero, en este íncipit, a la calle Manuel Gutiérrez Nájera que cruza con el eje vial Juan Gabriel. Como del divo de Juárez se ha hablado bastante, me abocaré en señalar algunos puntos que sugiere la nomenclatura de una vía con la figura del Duque Job.

18 GutierrezFoto.jpg

Una de las grandes proyecciones que impulsa Gutiérrez Nájera es la del cosmopolitismo. Si bien es cierto que Ignacio Manuel Altamirano había intentado ya cierta relación con la literatura mundial, la empresa de nuestro primer modernista explora otras vías y expresiones nacionales con miras al diálogo internacional. En este sentido, la Revista Azul (1894-1896) se erige como un medio para presentar distintas expresiones artísticas alejadas de las discusiones políticas que habían dominado la escena cultural de lustros anteriores. A pesar de la breve duración, esta empresa se volvió referente de las publicaciones periódicas en México, ya que se buscaba no sólo el cosmopolitismo, sino el deleite estético. Es decir, hay una apuesta por el arte como una expresión elevada del espíritu humano. Los proyectos posteriores a menudo tuvieron en cuenta la labor de este medio; así lo recordaron en su momento la Revista Moderna (1898-1903), la Revista Moderna de México (1903-1911), Plural (1971-1994) y, sobre todo, Vuelta (1977-1998), la cual lleva, bajo la dirección de Octavio Paz, la misma misión a otras dimensiones.

Uno de los estandartes del modernismo que proyectará Azul es el valor de la palabra —no de forma moral como en las comunidades tradicionales—, la expresión estética lingüística buscada en cada poema, cada ensayo y escrito publicado. Esta valorización rompe los esquemas genéricos que apuntalan con una mirada positivista la literatura, o al menos la crítica literaria hasta nuestros días. Gutiérrez Nájera no pensaba en estancos compositivos, sino en expresiones poéticas de la palabra y por eso la hibridación sobresale en sus textos. En la crónica-ensayo-poema “Los amores del cometa”, por ejemplo, se da cuenta de un fenómeno meteorológico tan vistoso y espectacular como puede ser el paso de un cometa que se aprecia desde la Tierra. Lo mismo puede apreciarse en “Antes de ir a la ópera”, suerte de crónica, crítica operística y ensayo. Es decir, Gutiérrez Nájera no se limitaba a un género literario para plasmar sus ideas y su apreciación estética que siempre apuntaba al arte como meta. De la misma forma, Eduardo Wilde, autor hispanoamericano de la misma época, mostró dicha hibridez en Prometeo y Cía (1899), libro compuesto por ficciones que deambulan entre cuento, ensayo, nota, crónica y poesía. Un ejemplo más es el de Julio Torri con “La conquista de la luna” o “Circe”, textos breves, fusión de poemas, ensayos, minificciones y crónicas utópicas, incluidas en Ensayos y poemas (1917).

40309756_264307410876231_40113336687263744_n.jpg

Tenemos, entonces, una buena excusa para revisitar esta literatura. Una calle atravesada en el Eje Vial que le corta el paso al Vivebús resulta la mejor invitación para volver al Modernismo, a esa búsqueda afanosa por la escritura elegante, expresiva y que no repara en formas encorsetadas, sino que apunta a la hibridez, a la fusión, a un arte literario que le vendría de maravilla a las producciones literarias locales.

Marlon Martínez Vela

¡Fiesta en la 16 y Madero!

Etiquetas

,

“Mauricio Rodríguez, un autor coahuilense nacido en 1975, ha publicado en varias revistas compilaciones y antologías poéticas alrededor del norte del país”. Estos son parte de los datos que uno puede conseguir en la solapa del libro De Obregón… El Recreo, obra que trata sobre uno de los lugares más representativos de todo Juárez, uno que ha sabido sobrevivir al tiempo y a las circunstancias en la ciudad: El Recreo. Cercano al género lírico (por mostrar el mundo subjetivo del autor), el texto funciona como memoria y como testimonio de lo que se vivía en ese entonces en el centro, en un establecimiento a donde cualquier individuo va para ahogar las penas, así que el tema central que maneja Mauricio Rodríguez es el bar como un lugar de recreación. La obra trata de la vida del mismo autor, desarrollando su día a día en la frontera. Para fortuna de los lectores de este blog, ahora presentamos el libro digitalizado completo. Es una hazaña conseguirlo y, a pesar de no ser un hit editorial, lo cierto es que se aprecia la calidez del norte en cada página. Tras la lectura, comprendo ahora toda la carga histórica que tiene uno de los bares más antiguos y apreciados del primer cuadro de la ciudad, que supo resistir el auge de la violencia del 2008, y que sigue recibiendo los afanes (o afanados) del alcohol.

La función de este sitio como espacio literario dentro de la obra tiene un papel predominante. Por desgracia, tuve la infeliz fortuna de nacer millennial, así que lo que sé sobre él resulta mínimo y lejano a la realidad. Digo esto sin la intención de atacar a quienes desconocen –como yo–  las raíces del lugar en que nacieron. ¿Por qué es tan famosa una barra en el centro de Juárez? ¿Por qué he escuchado hablar de El Recreo como un lugar de reemplazo de antros para aquellos que no podían costearse bebidas en otro lugar? Este tipo de preguntas y comentarios que rondan por mi generación me demuestran lo poco que conocemos sobre nuestra ciudad y que en los juicios solemos irnos a los extremos. Por ello, textos como el de Mauricio Rodríguez resultan imprescindibles para comprender, por ejemplo, que este mítico bar representa más que el “cinco minutos Milky Way”; es un hogar en momentos de debilidad, un centro de reunión y desasosiego para cientos de juarenses.

156 Recreo madero.jpg

Después de la lectura tuve que ir a conocer en persona la emblemática barra, y claro que volveré a ir, pues a diferencia de lo que muchos buscan un sábado por la noche, El Recreo se caracteriza por su poco “desmadre”, sin caer en un ambiente soñoliento, al cual los jóvenes suelen rehusarse. De hecho, la música abarca distintos gustos, ya que, aparte de una excelente mesa de billar, el bar tiene una rockola con los más grandes éxitos de Los Beatles, U2, The Who, etc. A partir de esta experiencia, ahora sé que quienes lo visitan son personas que buscan un descanso antes de llegar a casa, dispuestas a contarte sus historias y compartir una cerveza. Sin duda, vale la pena buscar estacionamiento cerca del Mercado Juárez, caminar hasta la esquina de la 16 de Septiembre y Francisco I. Madero, cruzar las grandes puertas y sentarte a disfrutar una bebida en medio del ajetreado centro. Similar a lo que ocurre en los relatos de Mauricio Rodríguez, cada uno debe crear su propia imagen y significado de El Recreo. Por tanto, la invitación para formar parte de esta fiesta en la 16 y Madero es doble: ve y genera tu propia experiencia, sin olvidar a quienes ya la han contado en líneas tan amenas como De Obregón… El Recreo.

156 Recreo Rockola.jpg

Pablo David Ortiz Ruíz