La ciudad de los muertos (o el espacio inconcreto)

Etiquetas

,

De acuerdo con información de El Universal, en un reportaje firmado por Julio Alejandro Quijano en 2010, Antonio Zúñiga es el primer dramaturgo juarense en abordar el tema de los feminicidios. Su obra Estrellas enterradas comenzó a escribirse en 1994, apenas un año después de que los hechos adquirieran visibilidad mediática alrededor del mundo. El texto, sin embargo, fue publicado hasta 2003 por el Fondo Editorial Tierra Adentro. Sin razones para la demora en la publicación, ni declaraciones del autor acerca de su proceso de escritura, lo que se puede inferir sobre la tardía aparición de la pieza es que el tema impuso al texto un tiempo de maduración mayor, un silencio necesario en una época en que se adjudicó al arte un alcance de transformación social más allá de sus posibilidades reales, limitadas, desde mi punto de vista, a otro tipo de transformaciones: la catarsis personal a través del ritual de la escritura y, en ciertos casos, cuando el mensaje se comunica efectivamente, la “comunión” con el otro, como bien diría Zúñiga. Pero las revoluciones ideológicas y la convivencia pacífica implican otros procesos, al margen del aporte que las artes puedan significar.

La representación, en la que participan tres actores (dos hombres y una mujer) narra sobre una escenografía compuesta por varios montículos de arena y un poste de luz, la desaparición, violación y asesinato de dos adolescentes. Teófilo, el responsable de estos crímenes, es un electricista que aparece junto a su sobrino Obed, quien también evidencia consecuencias psicológicas de abuso en la caracterización de un personaje con lapsos de afasia, pérdida de memoria y torpeza motriz. En escena, los dos hombres trabajan para llevar la luz eléctrica a un pueblo vecino, con todas las condiciones en contra: oscuridad, viento y arena obstaculizan la labor y la visión en una ciudad que se erige en medio del desierto. Sin embargo, la sensación de inmovilidad planteada por el dramaturgo es, hasta el momento, soportable para el espectador en un espacio en el que las calles, casas, fábricas y referentes cotidianos, son de sobra conocidos para los personajes. Más adelante, esta sensación de seguridad se desvanece.

112 Dos contextos, un desierto

En una jornada de trabajo similar a la de la noche en que se sitúa la acción dramática, Obed recuerda la violación de “la güerita”, una niña de diez años secuestrada por su tío; después piensa en el abuso que él mismo sufrió y le atormenta la idea de que su hermana –desaparecida hace tiempo– haya tenido el mismo destino que la infante en su memoria. El único medio de comunicación entre las figuras es un pequeño radio que, a la manera de las ficciones de horror, consigue captar una psicofonía. Mediante el aparato, Obed se comunica con Bety, de 17 años, que perdió la vida al salir de su trabajo en la maquiladora. Para acortar el camino de regreso a su casa, la chica subió a un auto aceptando el favor de un desconocido y aunque el resto de la historia no supone ninguna sorpresa (sino el paso por una dolorosa inscripción en la memoria de la ciudad) lo que sí cambia en el texto dramático es la representación del espacio en que suceden los acontecimientos. A partir de esta escena, hay un desplazamiento de un ámbito real, tangible, hacia otro que es etéreo, metafísico. Ya desde el título de la pieza, Zúñiga anuncia la concepción de una doble ciudad: terrenal, ahí donde la habitan los vivos y subterránea, donde el halo de otras estrellas ilumina el espacio de indeterminación en que residen los muertos. La imagen del desierto convoca una visión de amplitud, pero el extravío y el mareo descrito por Bety al momento de ser asesinada, así como la falta de referentes concretos de ubicación a la que se enfrenta el lector/espectador, producen una sensación opresiva, contraria a la apertura del paisaje.

112 feminicidio facebook 2

Una cruz pintada sobre el poste proyecta en el suelo una sombra horizontal, que aparece cada vez que la voz de Bety se escucha en la radio. El juego de luces y sombras es aquí una metáfora de la ciudad de nuestros muertos y su residencia anónima, sin bordes ni señalamientos de llegada: el no lugar de la muerte. En condiciones normales (¿o debería decir ideales?) es posible identificar una tumba en el camposanto, una urna en el mausoleo o, en el último de los casos, una fosa común. Un buen número de los fallecidos en esta ciudad no conserva el derecho a un lugar específico, eso que la costumbre y la religión llaman “la última morada”. Nuestras muertas habitan un espacio inconcreto; no hay lápidas que recuerden sus nombres ni direcciones para visitarlas. En la mayoría de los casos, los cuerpos cercenados, dispersos en el desierto, no son siquiera continentes para la propia muerte. A cada una pertenece –como mucho– una cruz pintada en un poste y la sombra que proyecta.

112 Cruz clavos

El día que fue asesinada, Bety llevaba unas zapatillas de color azul eléctrico. Perdió una mientras luchaba contra su captor, y Obed la encontró entre los montículos de arena. Si ella volvió, no fue para reclamar justicia. A saber, la muerte irremediablemente es algo que nos sucede a los vivos. En el montaje de Zúñiga, Bety vuelve a la escena en busca de su zapato –como dicen que vuelven los muertos fuera de las ficciones, para recuperar alguna pertenencia. Su objetivo es, como está dicho en la obra, emprender la mudanza definitiva hacia la muerte, pero quizá también asentar su paso por el mundo en una materialidad concreta. Un par de zapatos, no un nombre propio, ni un cuerpo reconstruido para un velorio. Un par de zapatos: único espacio habitable en la vida, eso que sí llegó a pertenecerle.

112 Feminicidios cruces

Nabil Valles Dena

Fronteras y otros menesteres

Etiquetas

,

“Las fronteras de verdad son aquellas que mantienen a los pobres apartados del pastel”, dice Manuel Rivas en su novela El lápiz del carpintero. Cuánta razón hay en pocas palabras. En nuestra frontera, sin duda, algo hay de pastel y de pobreza. José Ángel Leyva, en su crónica “Entre el miedo y la esperanza”, a partir de su visita a Ciudad Juárez y el Paso, realiza una comparación que ya es común en muchos de los visitantes de estas dos ciudades. Resulta estimulante remarcar las dicotomías a las que muy comúnmente estamos acostumbrados y de las que nos valemos para entender el mundo: odio-amor, vida-muerte y, en el caso de Leyva, caos-orden. A partir de ellas, el autor crea un mapa simbólico donde se contraponen dos urbes distintas y, sin embargo, cercanas. No nos dice nada nuevo, pero al mismo tiempo sí, pues al realizar su lectura, va agregando a la frontera a ese cúmulo de perspectivas y focalizaciones que surgen de todos los que pisan este y el otro suelo (y que, al fin y al cabo, son la misma realidad).

A partir de una breve experiencia (ya que fue invitado a un encuentro de escritores durante los años de la guerra contra el narco), el autor logra entrever algunos de los problemas más graves de Juárez: la violencia, la corrupción e incluso los desastres naturales. La esperanza no está aquí sino del otro lado del río, en la parte gringa; en el lado de acá tenemos tan sólo el miedo y la desolación. De este modo, Estados Unidos se convierte en el destino de la gloria hacia donde todos buscan dirigirse. Lo malo acá y lo bueno allá: Dios y el Diablo. Un asunto de suma importancia, desde mi parecer, que remarca Leyva es la lluvia. Todo elemento tiene su ying y su yang. La caída de agua toma dos formas: destruye y purifica. Hay que recordar para esto la lectura bíblica en donde un Dios cansado de sus errores borra las huellas con el agua: limpia y erradica. Para tratar este elemento hace mención del caso de la niña que cayó en un drenaje podrido y murió (olvidó contar la otra parte de la historia, la construcción del héroe que perdió la vida por ayudar al prójimo). En medio del terror de esta escena, busca la esperanza: “Pero la lluvia, pienso para borrar esta imagen terrible, hará florecer el desierto”. ¿Acaso será esto cierto?

111 Puente inundado

Pese a todas las observaciones del autor, es clara en su escritura su condición foránea, lo cual contribuye a dar una lectura distinta (y en absoluto no menos digna), pues encontramos respuestas que demuestran su falta de cercanía con los asuntos concernientes a Juárez. Por ejemplo, nuevamente retomando el tema de los temporales, justifica los enormes desastres en infraestructura con la simpleza de que, como casi no llueve, no cuidamos esa cuestión. Sin embargo, creo que no es sólo eso, sino la falta de interés, la corrupción y la irresponsabilidad más que nada. Pues la lluvia no es tanta, pero existe y año tras año. José Ángel Leyva contribuye de este modo a crear una interpretación de una tierra y su naturaleza, su caos y su espejo de Oesed (El Paso). Los límites (de la imagen de nuestra ciudad en el ensayo), carencias y riquezas surgen a partir de su conocimiento del contexto juarense y paseño (por ejemplo, en ningún momento afirma a Juárez como una tierra de migrantes como el Paso, aun cuando lo es).

111 Mapa Juarez Paso

Otro tema interesante que rescata el autor es el de la comparación de los juarenses con los texanos de origen mexicano; remarca que aunque la gente que vive allá es la misma que acá, allá se comporta de mejor manera: cumple la ley. Leyva culpa de esto a los encargados de la legalidad en México; sin embargo, creo que hay algo más. Pienso que tiene que ver con asuntos de pertenencia e identidad: un sentirse en casa ajena y las condiciones que esto impone. Finalmente, Leyva tiene la posibilidad de analizar una tierra que pasa por uno de sus peores momentos enfrentándola y comparándola con su vecina. Esas fronteras, aunque invisibles, son esenciales: existen a través del comportamiento simbólico de los individuos que las conforman. De este modo volvemos a las dualidades: electrones-protones. Aunque nunca hay que olvidar que siempre existirá el término medio: neutrones. Así que en Juárez cabe la posibilidad tanto de la esperanza como del terror. Nosotros (incluidos los del El Paso) vivimos entre ambas valencias. Al final de la novela de Rafael Bernal, El fin de la esperanza (título engañoso), el nacimiento de un infante vuelve a restaurar la fe perdida, pues aun en la peor de las miserias, mientras haya vida, habrá esperanza, aun con sus distintas y hostiles máscaras.

Graciela Solórzano Castillo

Ciudad menor

Etiquetas

,

Blas García Flores es gestor cultural y escritor “born and raised” en Ciudad Juárez; su participación en la antología preparada por Antonio Moreno no es incidental, pues la urbe fronteriza sirve de escenario y personaje recurrente en su obra literaria, como en Carta del apóstol san Blas a los parralenses (2010), cuentario que incluye una versión del texto que aquí me ocupa. Supongo que su producción que no ha pasado por la imprenta se comparte y tallerea en el Colectivo Zurdo Mendieta. En la crónica ficcional “La ciudad chicle y sus héroes menores”, el paseante y trota-calle construye en una caminata por el centro, un Juárez que en los 80’s aún no estaba bajo el estigma de la violencia, y si lo estaba, el niño que toma la mano de su madre mientras van “por la calle Hidalgo, hacia la escuela Jesús Urueta” lo ignora o no le importa. Justamente esa es la premisa de la compilación: dar cuenta de el “avistamiento determinado por referentes y referencias personales o inmediatos… en el que muchos lectores verán la celebración de un Juárez en flagrante contradicción con la Nota Roja”.

110 Primaria Jesus Urueta

Para hablar de la ciudad, el narrador-personaje primero dibuja a la gente que la habita, que puebla las zonas más sombrías, y a quienes (al no ser funcionales para el sistema) son minimizados en una urbe que tiene su propio itinerario y donde lo que el autor llama “héroes menores” no tiene cabida.  Estas figuras no se acercan a Agamenón de Troya, ni a James Bond en Londres o Batman en Ciudad Gótica, y pareciera que esta desdeñada y empequeñecida ciudad está condenada al héroe del abandono, al de “la fuerza mínima”, al amputado, al ignorado y al que se “mea encima como chico” (así, igual a lo que ya decía Fito Páez en “Al lado del camino”).

El primer héroe, Duraflex, es el centinela que vigila los bancos del centro, las materias primas, la esquina entre Mariscal y Morelos y la Plaza de Armas y que, “mientras observaba el piso buscando como halcón, repasaba mentalmente las melodías del programa del día” y así prepara su espectáculo. Pareciera que el infante es el único testigo de la batalla que libra este héroe menor y que tiene como némesis al Cine Reforma pues, como dice el personaje “nunca le dejan entrar”. Este recinto, frontera para el Duraflex, ha mutado en los recuerdos de los niños como el que narra la misma crónica. En Juárez, quienes iban a la escuela en el centro reconstruyen el espacio de los cines Reforma, Premier, Coliseo y Alameda, ahora convertidos en escombros y de los que se dice con nostalgia, eran un lugar donde se veían dos películas el mismo día por el precio de una (matiné), donde el sabor de las palomitas se mezclaba con el de los chocolates derretidos por el calor, y las películas tenían un intermedio para que los proyeccionistas pudieran cambiar los rollos. Otras veces, el recuerdo es un chiste, pues en el mismo lugar que por las tardes era para familias, en las noches proyectaba películas queer y pornografía para adultos.110 Cine reforma

El segundo héroe menor, Guanayudita, es el Caronte que vigila la calle Guerrero (el nombre es pura coincidencia) y que por una módica cantidad (en dólares, obviamente) permitía a los “gringochos” de El Paso y Las Cruces pasear frente a la iglesia donde tenía permiso de la máxima autoridad moral, es decir el Sacristán, para mendigar. Acostumbrado a beber caguamas y bailar con las mujeres en cantinas, Guanayudita también se convierte en todos los hombres del centro que, como él, pagan de 5 a 10 pesos por un baile con las ficheras, que seleccionan en las rockolas canciones de Juan Gabriel y que se orinan o desmayan en las calles del centro por la fatiga, el calor y la cerveza. La Misión de Guadalupe, la Plaza de Armas y la Catedral no podrían ser retratadas por otro que no recordara a la imagen de Diego Rivera. Situado bajo los arcos de la Plaza de Armas, el pintor reflejaba los únicos lugares que estaban en paz en una ciudad llena de ruido y estruendo, donde la avenencia le es dada solo a los fieles y quienes compran las pinturas de quien no usa sus manos para trabajar. El Pintor es el héroe extinto pues ya no hay nadie para pintar estos lugares, tampoco hay quien se detenga y los observe.110 Plaza Misión

La tesis que presenta Blas García es que cualquiera puede tener rostro de héroe y formar una resistencia hacia la urbanización que devora a quien no puede detenerse a observar el detalle en el paisaje. Estos hombres comunes y corrientes se quedan cortos y no alcanzan a ser los héroes anunciados pues no logran sobrevivir a Juárez y tampoco son capaces de salvar nada, ni siquiera a ellos mismos. Aun con la “benevolencia de niño” que se presume, los vicios y manchas de la sociedad penetraron la figura de estos personajes que fracasan en el intento que tenemos todos de rescatar lo positivo (o lo menos malo). Aun así, saltan varias preguntas: ¿Dónde está el antihéroe? ¿Qué es lo que Duraflex, Guanayudita y el Pintor rescatan entre la basura de las ligas, los dólares y las acuarelas? ¿Qué héroes mayores los retratan y a qué carencia ciudadana responden?

Fernanda Avendaño

Caminero del destino

Etiquetas

,

Durante casi tres siglos el origen de nuestra ciudad permaneció envuelto en un halo legendario. Uno de los primeros en ahondar, desde una perspectiva histórica, sobre el tema fue Monseñor Carlos F. Enríquez. Los frutos de su investigación se encuentran en Historia de la Misión de Nuestra Señora de Guadalupe: su templo y sus cambios (1984). El texto comienza con un poema dedicado al fundador del antiguo Paso del Norte: fray García de San Francisco, en donde resalta su importancia para la evangelización y, desde su perspectiva, la salvación de los habitantes de estas tierras salvajes. Las siguientes líneas se enfocan en la imagen de este personaje a partir de las palabras de otro hombre de fe.

109 Enríquez - A fray García

Hacia el siglo XVII la conquista misional comienza en el septentrión novohispano; los indígenas emergen dentro de una nueva sociedad: la novohispana, regida por la Iglesia. Fray García de San Francisco vislumbró el Kairós (el momento oportuno) para profundizar en el encuentro espiritual con este sector humano que reclamaba el reconocimiento de sus derechos individuales y colectivos; querían ser tomados en cuenta en la catolicidad con su propia cosmovisión, sus valores y su identidad particular. La condición de neófito superaba a la de bárbaro o idólatra. El franciscano reconoció en ellos innumerables riquezas culturales, grandes valores y convicciones; los cuales, desde la perspectiva de la fe, eran y son fruto de las semillas del Verbo; es decir, estaban ya presentes y obraban desde antes en esos pueblos nativos; por ello, “tu palabra se quebraba / en el viento / y vaciaba las sombras / de las dormidas almas / que en fondo de las dunas / ansiosas te esperaban”.

Fray García fue un evangelizador incansable y con gran celo apostólico. El servicio pastoral a la vida plena de los grupos indígenas exigía anunciar la palabra de Dios denunciando las situaciones del pecado, las estructuras de muerte, la violencia y las injusticias internas y externas. Jesucristo es la plenitud de la revelación para todos los pueblos y el centro fundamental de referencia para discernir los valores y las deficiencias de todas las culturas. Por ello, el mayor tesoro que el misionero pudo ofrecer fue que los indígenas llegaran al encuentro de la fe cristiana: “despertar las sombras / dormidas en las almas / de aquellos hombres de barro tierno”. Es importante, entonces, reconocer su testimonio de vida, su trabajo evangelizador y la creatividad pastoral que lo llevó a fundar la única misión de estas tierras lejanas que ha perdurado en pie hasta la fecha; aquella que “como flor del monte / nació en tu fantasía / una iglesia esbelta / fermento de masa nueva […] donde las voces / nunca se apagaran”.

109 Bill Rakocy diorama

María, su patrona, fue quien le enseñó a caminar sin cansarse –como lo hizo ella al visitar a su prima Santa Isabel– hasta lo inhóspito de estas tierras duras y desérticas, y así realizar su trabajo de siervo y marchar sin detenerse más allá de cualquier paisaje plagado de inconvenientes. Por ello, en su honor dedicó el recinto que concretizó todos sus esfuerzos a Nuestra Señora de Guadalupe.

Sandra Isais Casas

La noche de los delincuentos

Etiquetas

,

La obra de Arminé Arjona refleja a la perfección todo lo bueno y curioso (por no escribir “malo”) de nuestra humilde literatura juarense, englobando también a la crítica académica e informal y al fenómeno editorial. Por una parte, su voz poética, rica en juegos verbales e imágenes desoladoras ha contagiado hasta las paredes. Poesía que es una con la ciudad que describe. Por otra, están sus cuentos, que analizaré en los siguientes párrafos. Y finalmente está la obra que presumen las solapas de sus libros y que jamás se publica. Libros de poemas “próximos a publicarse”, una novela “inédita” e incluso una obra de teatro. Creo que solo en Juárez suceden estas cosas. Casi forma parte del hábitat literario juarense: publicaciones, autopublicaciones y promesas (que nunca se cumplen porque no hay dónde o cómo). Pero estas obras existen y rondan. Tanto así que Rocío Mejía dedica gran parte su ensayo “Crimen y castigo en Ciudad Juárez. Apuntes para una aproximación a la poética narrativa de Arminé Arjona” (2013) a un libro que Arminé le mandó por correo. O por Facebook. No conozco del todo el chisme. Ahora que está de moda comunicarse por la red, parece más atractivo mandarle un inbox a tal autor y que el susodicho nos envíe sus textos. “Inéditos”, la palabra clave, la palabra suculenta. Resulta también muy atractivo preparar una ponencia o un ensayo académico en donde estudiamos esta literatura desde nuestro enfoque teórico favorito (con citas, muchas citas, citas para llevar o ir comiendo), comprobando sorprendentemente que son pieza clave para comprender el mundo en que vivimos. Al cabo no se puede contradecir esta verdad porque nadie ha leído esas obras salvo nosotros.

Afortunadamente hoy escribiré sobre Delincuentos: historias del narcotráfico, que sí se publicó en 2005 por Al Límite Editores y se reeditó en 2009 por el Instituto Chihuahuense de la Cultura. Este libro reúne dieciséis relatos cortos que tratan, en lo general, sobre cómo las drogas (especialmente la marihuana) se han introducido en la vida de los habitantes de la ciudad. El conflicto en la gran mayoría de los cuentos se concentra en el cruce ilegal de dichas sustancias; los personajes están inmersos, como ya he mencionado, en este ambiente: son drogadictos o traficantes. Los protagonistas de estos “delincuentos” son en general mujeres de clase baja, aunque no faltan los campesinos, los inmigrantes y, por supuesto, el narcotraficante. Para Juan Carlos Martínez Prado en “La apuesta”, que funge como “noticia” a la edición de Al Límite, la narrativa de Arminé Arjona surge después de lo que él denomina “los funerales de las ideologías”. Con lo cual indicaría que esta narrativa es un ejemplo de una manera nueva de escritura fronteriza. No obstante, lo último resulta debatible porque precisamente su obra respeta siempre la estructura de una fórmula “clásica”. Lo mismo ocurre en su poesía: métrica estable y rima asonante en versos pares. En Delincuentos noto una exploración del relato en su forma más tradicional: introducción, desarrollo, nudo y desenlace sorpresivo. Todos sus textos utilizan esta fórmula y a la larga el libro se vuelve repetitivo y predecible. Quizá lo “novedoso” que encuentra Martínez Prado está en los temas (dentro del contexto de publicación, claro), pues el eje central será “la participación de la mujer en asuntos del trasiego de la droga”.

Desde la portada del libro en su primera edición, la presencia del puente y la línea se imponen como lugar insignia. En esta ubicación algunos relatos encuentran su momento climático. El objetivo será cruzar la droga a Estados Unidos y recibir un pago a cambio, como ocurre en “American, Sir” que Fabiola Román ha analizado anteriormente en Juaritos. O, mejor escrito, el objetivo será cruzar, estar del otro lado. Y finalmente, regresar con una recompensa: dinero, respeto. Un método de supervivencia. Para llegar a él, el narrador de estos relatos cambia los papeles de sus personajes en busca de un efecto inesperado.

45 Arjona - Delincuentos Allímite

Así, en “El acecho” el hostigador gringo que busca seducir a la solitaria mujer en realidad fue acechado por ella. Cazador cazado, como en Animal Planet: “Ándele, déjeme invitarle un trago —dice el cazador nocturno acechando a la joven mujer”. La atmósfera imaginada es la de un bar ruidoso “que exuda música norteña, sudor y baile”. En seguida se revela su ubicación: la Avenida Juárez. El nombre del bar permanecerá oculto. Lo importante, insisto, será el cruce. La mujer, después de insinuarle una posibilidad, indica: “Mira, la mera verdad me gustas mucho pero yo no quiero nada en Juárez”. Así el escape para ella y la suerte para el “güerito”. Que Juárez quede atrás. Solo una condición: él manejará el auto de ella. Al fin, ocurre: “Tras la larga fila nocturna cruzan el puente hacia El Paso sin contratiempos”. Puedo imaginar con cierta facilidad la ubicación espacial referida aquí. El puente Santa Fe. No tiene pierde. Ya en los United, frente a la farmacia de Fox Plaza, se monta el teatro. Aparece el supuesto (como diría un periodista de El Diario) cuñado de la mujer y le suelta unas cachetadas, para luego amenazar con un arma al gringo. El tipo asustado se olvida de sus técnicas de don Juan y huye del lugar. En su ausencia, el show se desmonta. Nora y el “enloquecido vaquero” logran engañar no solo al gringo sino al lector: “qué tal pasó el carro bien cargadote con todos los kilos”. El cruce fue fácil, pues era un güerito al que no iban a revisar. Y regresamos al mismo tema. La supervivencia. El cruce de las drogas a toda costa. Y que Juaritos quede atrás, con toda su porquería. Aunque las lágrimas de Nora sigan resbalando por culpa de los golpes del vaquero. Nadie es del todo feliz. Así es el negocio.108 Fox Plaza ELP

Antonio Rubio

Ayes de dolor

Etiquetas

,

“Juárez, Juaritos” es un cuento del escritor sinaloense Élmer Mendoza, reconocido como el principal expositor de la novela negra mexicana contemporánea; dicho texto, del cual ya se ha hablado en el blog, forma parte de una compilación de crónicas y relatos realizada por el académico Antonio Moreno. El cuento, bastante experimental, relata la historia de una pareja de almas errantes, que, a pesar de la inmaterialidad de sus cuerpos, viven una vida común, una como la de cualquier otro, con necesidades y gustos ordinarios. Tanto el narrador –de quien no se menciona el nombre–, como su esposa Leonor son entes que han coexistido entre ensoñaciones y los actos de represión que parecen inmemoriales: “Nos tirábamos al piso o entre la maleza cuando éramos niños. Nos tiramos en el 68, en el 72, en 1910 y en 1810. En el 48 y 1521. Ahora estábamos allí en medio de un feroz tiroteo.” En Ciudad Juárez estos personajes interactúan con otras entidades descarnadas. Temporalmente, la trama se fija en la primera década del nuevo siglo, durante los momentos en que el fuego cruzado era el pan nuestro de cada día.

El espacio literario coincide con la mancha urbana de la ciudad fronteriza. A través de la narración del protagonista, percibimos que desde la intimidad de su vivienda, sintoniza su radio para captar noticias locales sobre personajes tan icónicos como Juan Gabriel. A medida que el tiempo del relato pasa, también acontecen diversas situaciones en la urbe relacionadas con la nota roja, deportiva, sobre espectáculos y feminicidios, así como con las constantes balaceras a plena luz del día. ¡Vaya collage! Juárez, como objeto literario, sirve de lienzo a las acciones de protagonistas, sus contrarios y figuras anónimas que completan el escenario. La correlación existente entre el espacio geográfico y los hechos narrados es tan estrecha que incluso se duplica desde el título mismo del relato, centrado no en el lugar, sino en sus problemáticas.

107 Reez Juarez galactic

Afortunadamente, en la actualidad, la ciudad ya no se encuentra bajo el caos descrito en el relato. La reactivación del centro histórico ha sido un acertado paso en la reconstrucción de la ciudad. Ahora, a diferencia de lo que retrata Élmer Mendoza, se puede ir al cine sin que exista el riesgo de tirarse al piso para salvar la vida; sin embargo, siempre a donde se voltee, se podrá ver la silueta de las almas de todas esas jóvenes arrancadas de sus hogares, removidas del tiempo, o al menos sentir su energía que busca justicia a través de sus seres queridos. Ellas ya pertenecen a esa parte de la historia de Juárez, al vergonzoso e impotente legado que se transmitirá dentro y fuera de nuestras fronteras. Una parte del folklore local que debió haber sido un sueño.

107 Reez shapesDelia Márquez

Híkuri intelectual

Etiquetas

,

La sala de colecciones especiales de la biblioteca central de la UACJ a eso de las cuatro de la tarde es el ambiente idóneo para compartir lecturas, juicios sobre libros y referencias literarias; una novela, no. Mi opinión general sobre La mujer que no fui o memorias de un insomne es negativa, lo cual normalmente me orilla a guardar silencio, ya que resulta mucho más sencillo echar escupitajos que emitir un digno aplauso. Así que me detendré en breve a explicar por qué no me gustó la novela de Rogelio Treviño, bajo la advertencia de que mi opinión es parcial y que este tipo de escritura –de exploración, existencial y a unos tachones de ser borrador– tiene el potencial de abrazar a un sinfín de lectores, justo como aquél que me recomendó el libro en la biblioteca Carlos Montemayor y quien debió haber escrito esta entrada. El título de la obra, publicada en 1998 por el ICHICULT en la colección Solar, encierra un doble recorrido: la imposibilidad del ser (o encarnar a todos) y los recuerdos de alguien en vela. El planteamiento me parece atractivo, pero ante la paradoja del cruce de caminos, el escritor se echa a andar simultáneamente por ambos senderos al amparo de todo lo que ha leído. Y eso me fastidia, aunque me hizo recordar a la “Cumbiera intelectual”, de Kevin Johansen, canción en la que un personaje femenino, ese sí muy bien construido, presume de todo su librero, tal como el bagaje que Treviño esparce por aquí y en cualquier resquicio para el regodeo de su culto lector. El compendio bibliográfico y el alarde quitan peso a la experimentación narrativa y evitan la introspección de un narrador-protagonista en su empeño por ser genérico a partir de experiencias vividas por otros. “Es cierto. Conocerse es horrorizarse”.

La secuencia mejor lograda conjuga la juerga de un escritor en Ciudad Juárez con sus intentos por concretar una novela. Sin embargo, estas secciones no guardan relación con el título del libro ni con el intento de abstraer la voz narrativa hacia la indeterminación: ni mujer, ni hombre, ni buen narrador. ¡Bueno, ya! El protagonista llega a Juárez procedente de la Ciudad de México tras su divorcio por una simple razón: estar cerca de sus hijas. Confieso que yo hago lo mismo cada mes, pero en dirección contraria. Después de esta fortuita coincidencia, la novela me empezó a hablar y ya no pude parar. “Nuestras hijas no sabían la distancia abierta, cada vez más abierta en el insoportable abismo de los cuerpos.” El poema “Invierno”, en la página 29, encierra toda la fuerza emocional de una múltiple separación. En ese momento, el conflicto interno del personaje se multiplica: después de librarse del “cuadrilátero de la almohada” deja de escribir y deambula entre la introspección y las calles de un invierno juarense. “Camino por la López Mateos, no hay mucho tráfico, el día está nublado. Veo a la gente como detrás de un vidrio, veo sus ojos nublados como el día.”

106 Facebook esquina

Por otra parte, pienso que la amistad funciona como un hilo conductor de la novela, ya que el protagonista encuentra cobijo con sus camaradas, y al final nos enteramos, por medio de un juego metaficcional, que el autor le dejó su texto a un amigo quien decidió publicarlo a inicios de los 90’s. La esquina de la Av. López Mateos y la calle Melquiades Alanís se convierte en el epicentro de la acción. Una generación de artistas bohemios chihuahuenses, y demás extravagancias del beatnik norteño, se dan cita en un departamento desde donde nuestro personaje se aventura siempre en compañía hacia varios lances en busca del íntimo remedio, la escritura, o su paliativo, cualquier vicio.

106 Lopez Mateos Melquiades.jpg

El espacio citadino transitado en La mujer que no fui aparece como una hoja en blanco a la que todo escritor teme y se enfrenta. El trayecto que realiza la pluma a través del entramado urbano juarenses refleja el bullicio en donde la unidad se confunde con la multitud, con el roce de cuerpos y sombras que dialogan en movimiento entre sí, con todos y con nadie. A medida que la voz narrativa se individualiza y los demás personajes adquieren nombre propio, como Rodolfo Haro, Nazareth, Heber y Luna, la novela nos cuenta la travesía del protagonista en busca de inspiración, la cual llega no en Juárez, sino en Camargo. Este pasaje también es llamativo, no tanto por el alucín causado por el peyote, bien logrado a nivel descriptivo, ni por la ceremonia con la que se logra el encuentro con el nombre verdadero, aquel que no se escribe a pesar de haber hallado su grafía. Lo que me interesa apunta hacia el esfuerzo por consolidar una literatura regional orgánica que se mantiene vigente y en construcción por voces foráneas que se adentraron en la sierra tarahumara, como Joseph Neumann o Antonin Artaud, y dejaron testimonio escrito en donde se hallaron a sí mismos en territorio extranjero. A esta línea de conciliación pertenece Rogelio Treviño, quien recoge el saber rarámuri a través de su alter ego que ingiere la planta sagrada: el híkuri. Y antes que él, José Vicente Anaya, en 1978, ya había ofrecido en verso el resultado de la misma bocanada. En la última novela de Alejandro Páez Varela, Oriundo Laredo también aprende de este “cactus de mucha tradición en el norte de México”. La enseñanza vital en La mujer que no fui o memorias de un insomne, tanto a nivel compositivo como interpretativo, queda cifrada en la siguiente cita de la misma obra: “el híkuri no da lo que no traes; no en vano los tarahumares y los yaquis le llaman «corrector de vida»”.106 Hikuri

Carlos Urani Montiel

Salvando al librero Polo

Etiquetas

,

Mi acercamiento a la crónica “La ne-brería de Polo o puro juaritos”, recopilada en la antología Road to Ciudad Juárez. Crónicas y Relatos de Frontera (2014), se dio gracias a una actividad académica. De la Nevería Acapulco solo conocía su nombre gracias a la novela Juarez Whiskey de César Silva Márquez. El relato de Antonio Moreno, compilador del libro, detalla su más reciente visita a este lugar que dobla funciones como librería de viejo; así como el recorrido que hizo desde la calle Arequipa para llegar a la esquina de Vicente Guerrero y Perú.

La Acapulco se describe como “el cementerio idóneo de enciclopedias, diccionarios, libros de consulta y best-sellers” que “de un tiempo a la fecha se ha convertido en una [librería] de saldos”.  El librero, el temible Polo, no es definido por el autor favorablemente ante su ideal: alguien quien “tiene que rayar en lo literario, quiérase o no, al tiempo que uno espera de él juicios espontáneos, intuitivos y, en ocasiones, pedagógicos.” Lejano al “brujo capaz de intuir el libro que busca afanosamente el lector” Polo aparece, entonces, como un ser que “no da muestras de diferenciar acumulación, buen gusto, selección y buena oferta, porque sólo le interesa que su negocio sea redituable.” Sin embargo, pese a esta limitada capacidad literaria sugerida por Moreno -no sin un dejo de soberbia-, el dueño resulta capaz de reunir en una pila de libros encima del mostrador al “puro juaritos”: Este lugar sin sur (Miguel Ángel Chávez Díaz de León), Mujer alabastrina (Víctor Bartoli), Crónicas desde el país vecino (Luis Arturo Ramos), La virgen del barrio árabe (Willivaldo Delgadillo), El sol que estás mirando (Jesús Gardea) y Callejón Sucre y otros relatos (Rosario Sanmiguel).

105 Acapulco-50años

Cuando acudí a la nevería-librería no me pareció tan caótica, ni Polo el energúmeno que retrata el cronista. Considero poco ético difamar al propietario y a su negocio para forzar una premisa inexistente: “Las contradicciones constituyen parte del saber oximorónico de una ciudad que siempre mira al sur con nostalgia, puesto que el norte y el sur de México son geografías con alfabetos distintos.” La realidad confirma que este fenómeno nostálgico no representa una peculiaridad de Ciudad Juárez, pues cualquier migrante alrededor del mundo lo puede experimentar, como el detective capitalino Héctor Belascoarán Shayne, creación de Paco Ignacio Taibo II, quien compra sus bolillos en La Queretana. Así mismo, cuando Moreno cita la picante frase de Polo, “lo mejor de Juárez es El Paso”, no extraña que un habitante de esta frontera piense en el otro lado como el ideal. El protagonista de Una isla sin mar de Silva Márquez, por ejemplo, pretende huir, al igual que sus amistades, a un lugar mejor. Sin embargo, el sentimiento de que la verdadera vida está más allá tampoco pertenece únicamente al juarense. En la novela Autos usados de Daniel Espartaco Sánchez un residente de Chihuahua, Elías, sueña con emigrar a Amarillo, Texas.

105 Acapulco-interior

Por todo lo anterior, creo que lo más rescatable del texto es la atinada descripción de la chincuya: “un globo erizado de unos quince centímetros de diámetro y cuyo interior, perfumado y carnoso, está pintado de un anaranjado chillante, color irresistible para los sentidos.” Pienso también que tal vez esta sea la primera y única edición del libro, misma que quizá Polo termine adquiriendo a precio de remate.

Luz Alejandra Fernández Ybarrarán

 

El desierto, lugar fantástico

Etiquetas

,

Rubén Darío fue el padre del Modernismo y es tan importante su influencia en el pensamiento latinoamericano que hoy todavía miles de personas lo reconocen como una autoridad literaria. En este texto trataré sobre el homenaje que hace a México, específicamente al desierto del extremo norte y su frontera. Por azares del destino el poeta nicaragüense llega a territorio mexicano en septiembre de 1910, desembarcando en Veracruz como invitado especial del primer centenario de la Independencia. Por desgracia, tras los primeros indicios de la lucha revolucionaria en el país y los problemas políticos, se le niega el reconocimiento de invitado y tiene que salir de las costas veracruzanas siete días después de haber arribado. De cualquier forma, el poeta queda marcado por el trato del pueblo mexicano, por lo que decide componer un cuento, “Huitzilopoxtli”, publicado en 1914. Entre su extensa obra, es uno de los pocos textos con temática fantástica. Se trata entonces de una oda hacia los dioses prehispánicos que siguen estando entre nosotros, pues nunca desaparecieron. En la historia se lee la sorpresa  de un periodista tras una noche de misterio y duda en la que se encuentra en el desierto después de haber cruzado la frontera de los Estados Unidos con México, al lado de un yanqui, llamado Perhaps, y un cura militar mexicano, el padre-general Reguera.

Dicen que las cosas son y no. Un poeta habla de una cosa para referirse a otra completamente diferente. Rubén Darío no es la excepción y “Huitzilopoxtli” lo demuestra. El cuento no describe una ubicación exacta donde sucede la historia; sin embargo, los pocos indicios que da son tan claros que se puede deducir. Los personajes viajen en carro y, de repente, cambian a mulas, “namás” por estar cruzando la frontera gringa y adentrarse en territorios de Villa, en una noche fría… síntomas del desierto de Chihuahua, específicamente en los cruces cercanos al Paso del Norte. Se trata de este ecosistema, sin importar que el periodista siempre hable del misterio de lo verde. Un bosque hondo donde no se puede ver o una selva “salvaje” en la que no para de escucharse su música siniestra: el aullido de coyotes que, curiosamente, no habitan ni selvas ni bosques, sino el norte del continente. El espacio opera como una metáfora “fantástica” donde los contrarios se unen. Antes el desierto fue vida, aún conserva el recuerdo de un mar antiguo. Sus misterios fluyen sin rumbo alguno y los personajes nos lo demuestran: el padre habla con los dioses antiguos; el yanqui protagoniza un sacrificio azteca y el periodista no sabe si lo que vio en realidad sucedió o fue inducido por la “yerba embrujadora” que se fumó.

104 Piramide americasLas personas que conocen un desierto o han estado en uno alguna vez de forma inesperada —¿por qué sería de otra forma, si dicen que un desierto nunca tiene piedad con quien lo habita o lo camina, y que todo lo arrebata?— como el de Samalayuca, justo a la salida de Ciudad Juárez, sabe que la sorpresa se encuentra a la vuelta de la mirada, como la característica principal de cualquier relato fantástico. Imaginemos que caminamos entre olas de arena, las cuales nos jalan cada vez más hacia abajo y, de pronto, se va la luna. Lo único que permanece para contemplar en esa inmensidad árida es una oscuridad bañada en estrellas hacia arriba y una baja melodía lúgubre con la que se comunican los animales. Tratar de escuchar los gritos del silencio es difícil, pero escuchar al desierto mucho más. No obstante, es posible y Darío nos lo demuestra relatando lo que hay en un lugar sin que nuestros ojos lo puedan ver. El cuento trata de dar a conocer esa inestabilidad que primero causa duda y después asombro. Así se vive en el desierto, con la sorpresa fantástica de que si lo vivido la noche anterior fue real o simple locura. El mensaje clave de “Huitzilopoxtli” es saber escuchar al desierto, pues contiene el origen de toda forma de vida, incluso las que se pierden en el tiempo.

idarior001p1Marcos Carrillo

En orden riguroso

Etiquetas

,

“Botas texanas” es una crónica urbana; dentro de ella se encuentran inmersos los temas del cruce de fronteras y el feminicidio. La narradora y articulista Nadia Villafuerte, autora del texto, nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas en 1978. Fue becaria del FONCA y de la Fundación para las Letras Mexicanas en el 2003 y 2006 respectivamente. La crónica se narra desde una voz femenina en primera persona; la protagonista ronda los 30 años de edad y vive en El Paso, Texas. La trama se va formando mediante una visita que realiza a Ciudad Juárez con el motivo de conseguir unas botas vaqueras: “cuando me sentía sola –que era la mayor parte de las veces– me acordaba de la frase de Wilde: las mujeres tontas lloran, las inteligentes van de compras”. Luego de adquirir las dichosas botas “rústicas color chocolate” y otras cosas (un uniforme de mesera, una peluca, un libro de viaje) y de detenerse a comer cualquier cosa, cae la noche y se dispone a regresar en ruta a su casa, pero tras quedarse dormida en el autobús habría de sufrir “en orden riguroso la violación y la muerte” a manos del chofer.

La voz narrativa parece familiar, aunque va adquiriendo tintes dramáticos al final de la crónica. La acción determinante para que inicie la historia es el cruce fronterizo. Y aunque no establece a ciencia cierta si la entrada a México se hace en algún puente en especial, sí nos delinea imágenes y juicios precisos: “La frontera, no solo el traspatio en que la ciudad vecina arrojaba su escoria, sino el fundo que elegía el país para mostrar su quemadura extensa, la prueba de que las geografías revientan por las costuras”. Aparece también el centro de Juárez como otro lugar insignia en el cuerpo del relato. La caminante narra la disposición espacial a partir de su recorrido (“Recorrí el mercado, los sitios de pulgas, las plazas con mercancía de segunda”), las sensaciones producidas por varios aromas y sus predilecciones: “Prefería estar en México, prefería su sonrisa acechante en vez de quedarme en un edificio gringo cuyo orden y progreso solo conseguían deprimirme”. Sin duda, el feminicidio cae con todo su peso sobre la lectura, e ilustra el peligro en la ciudad, sobre todo a altas horas de la noche para una mujer. “El siseo del motor me extendió sus brazos y cuando me tuvo rendida, me despertó para advertirme que estaba frente a la vastedad silenciosa y bajo la noche lacada en negro”.

103 Ruta Juárez

Al tener poco menos de un mes radicando en esta ciudad y no contar con el dominio de su geografía urbana, me ha sido difícil relacionar tangiblemente los espacios que describe Villafuerte en su texto, pero por otra parte me ha servido para ubicar dichos lugares. Desde antes de llegar a Juárez, uno ya conoce la forma en la que se ha estereotipado la urbe, tanto a nivel nacional como internacional, y dentro de los porqués aparece el feminicidio, tema que una corriente literaria ha hecho suyo. “Botas texanas” ostenta la peculiaridad e impacto que produce el giro de una crónica urbana hacia lo fantástico, al menos en el plano narrativo (y ojalá esto ocurra solo en la ficción), de un personaje que nos cuenta su experiencia juarense más allá de la muerte.

103 Cruz cruces

Mario Balderrama
septiembre, 2016