La historia de la Toma desde la fotografía

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En el segundo tomo de 1911 La Batalla de Ciudad Juárez (2003), Miguel Ángel Berumen se adentra, a través de múltiples imágenes, en uno de los episodios más importantes de la historia de la frontera. El libro consiste en una investigación de los avatares de uno de los eventos coyunturales del movimiento revolucionario encabezado por Francisco I. Madero. Más allá de centrarse en los protagonistas del acontecimiento, Berumen fija su atención en el pueblo, el cual atestiguo una lucha que cambió el curso de nuestra nación. De esta manera, la cotidianidad retratada por diversas lentes durante aquellos estrepitosos meses se convirtió en la fuente principal para recrear la contienda ocurrida entre el 8 y el 10 de mayo de 1911. El espacio fronterizo nos hace repensar una vez más la narrativa desde la fotografía.

45 Berumen 1911

Lee aquí el libro 

Berumen nació en Ciudad Juárez en 1962. No obstante, su interés por la fotografía como documento para mirar la historia y su fascinación por el cine, surgió al estudiar sociología en la capital del país. Cuando volvió a la frontera se dedicó a promover el séptimo arte e investigar cómo fue la llegada del cine a los límites de la nación. Así descubrió el valor de la investigación iconográfica y volteó su mirada hacia los documentos que retrataron la Revolución Mexicana en el septentrión. Berumen ha destacado como historiador, gestor cultural, productor editorial y museógrafo; en el 2005 publicó Pancho Villa, la construcción del mito y, gracias al libro aquí tratado, obtuvo el premio internacional Southwest Book Award. Dirigió por varios años el Museo Nacional de la Revolución Mexican, localizado en el sótano del monumento homónimo, y ahora labora como curador del Museo de la Revolución en la Frontera (MUREF). Entre sus proyectos más recientes destaca la coordinación de la exhibición La búsqueda de un ideal. La Constitución, la cual busca indagar si este documento cumplió con sus objetivos, y así generar una reflexión sobre los eventos que nos han posicionado en nuestro actual lugar como nación.

45 Berumen

La Batalla de Ciudad Juárez II. Las imágenes se aparta de la mirada oficial que narra los acontecimientos desde el discurso centralista con sus figuras y monumentos de bronce ya establecidos, ya que Berumen erige su investigación a partir de un aspecto que la historiografía había pasado de largo: las fotografías. El autor entiende que su objeto de estudio no se prioriza en un área –la Historia– que tradicionalmente se basa en los documentos escritos; por ello, en la introducción enfatiza la importancia del estudio iconográfico al momento de analizar la historia local, la nacional y el fotoperiodismo moderno. Asegura que, igual que los archivos, las imágenes aportan datos imprescindibles sobre la revuelta armada que cimbró a Ciudad Juárez; ya que uno de los aspectos que más llama sobresale de este evento radica en la atención mediática sin precedentes de la que fue objeto: más de cincuenta fotoperiodistas buscaban la primicia del cuadro que captara el mejor momento. Berumen se interesa en este aspecto, pues la frivolidad de los medios que acecharon a Juárez se intensificó a tal grado que, incluso los revolucionarios sucumbieron ante el encanto de la lente, conscientes del poder de las imágenes para ganarse la opinión pública.

45 Cámaras

La importancia de la fotografía consiste, sobre todo, en la preservación de la memoria y en las diversas lecturas que de ella pueden desprenderse. Aspecto del que se desprenden algunas de las principales interrogaciones de Berumen: “quiénes eran los personajes que aparecían en el encuadre, en dónde estaban, en qué fecha, los sucesos que describían, quién tomó las fotografías, qué motivó a los fotógrafos, cámaras utilizadas, cómo se difundieron esas imágenes, etcétera.” Los hallazgos realizados a partir de estas cuestiones sorprendieron al mismo autor debido a la variedad de fuentes iconográficas que localizó; por ejemplo, las postales producidas por fotógrafos paseños, quienes, con su amarillismo, construyeron un imaginario bastante bárbaro de la revolución norteña.

45 Fotoperiodistas

El británico Jimmy Hare es una de las figuras más importante entre la pléyade de fotógrafos extranjeros que arribaron a Ciudad Juárez, pues sus imágenes retrataron muy de cerca los días de la contienda y significan un registro detallado de los acontecimientos que surgían a cada instante. Debido a esto, Berumen le dedica gran parte de su investigación. De las más de cien fotografías de la Revolución Mexicana que se produjeron para la revista Collier’s, la mayoría surgió de la lente de Hare. Gracias a su obra, el investigador juarense estableció la ruta seguida por una de las columnas revolucionarias en esta frontera. Además, como prueba de su arrojo y determinación, resalta el episodio en donde, durante la toma de la Misión de Guadalupe, Hare se sube al techo de antigua iglesia para captar el momento en que los insurrectos tomaban el control de la ciudad.45 Jimmy Hare

El alcance de la imagen fotográfica sirvió también para intereses políticos; Francisco I. Madero lo sabía muy bien. Su llegada a Ciudad Juárez la mañana del 16 de abril de 1911 acaparó la atención en ambos lados de la frontera provocando el morbo de la población, como si de un espectáculo circense se tratara. La población paseña, incluso, hizo caso omiso a las advertencias del peligro al que se exponían si se aceraban a la línea de fuego. La frivolidad de este acontecimiento, de acuerdo a la investigación de Berumen, se evidencia a través de los escalofriantes anuncios que se publicaban en los periódicos locales: “La forma más segura de ver la pelea es conseguirse unos binoculares y quedarse fuera de rango […]. Después de esta batalla viene un evento musical que no puede darse el lujo de perderse.” Era tal el magnetismo del bando rebelde que en una de las primeras victorias de Madero sobre las fuerzas armadas de Porfirio Díaz, el campamento maderista se inundó de “periodistas, fotógrafos y simpatizantes que llegaban desde El Paso […] propiciando cientos de momentos fotográficos.” Un testimonio impreso en El Paso Herald confirma este ambiente de carnaval que evocaba una especie de territorio libre: “La multitud una vez más inundó el campo insurrecto el domingo […]. Los insurrectos estaban en el campamento como siempre, y fueron fotografiados aproximadamente 1723 veces por los corresponsales aficionados.”

45 Campamento romeríaC

La imagen de la Revolución que se formó a partir de las fotografías otorga una lectura nueva sobre este hecho histórico, pues un cúmulo de miradas detrás de las lentes armaron un discurso visual que no debemos ignorar. El aporte de Berumen en 1911 La Batalla de Ciudad Juárez II. Las imágenes resulta de suma valía para el lector contemporáneo, ya que lo invita a reflexionar y cuestionarse sobre la manera en que estamos acostumbrados a interpretar la historia. Al redefinir el imaginario que se nos ha impuesto por décadas, veremos con nuevos ojos no solo a los personajes históricos, sino también el valor del espacio fronterizo que habitamos.

Adolfo Abraham Cruz Carbajal

Música para la batalla

  1. La Toma de Ciudad Juárez, estrategia militar y canciones

La madrugada del 9 de mayo de 1911, cerca de mil rebeldes abrieron fuego y el combate comenzó en la frontera; la revolución armada iniciaba aquí en Juárez, donde comienza el país. La locura de los cañones y las ráfagas de metralla se escuchaban hasta El Paso; las granadas anunciaban por diferentes calles lo que todos esperaban: el inicio de las hostilidades. Las trincheras improvisadas de los federales apostados por la avenida Juárez trataban de resistir el embate de los revolucionarios. La escena del evento incluía hombres caídos, ensangrentados, sombras fugaces y un fuerte aroma a pólvora.

01 Barricada Lerdo

Distintas versiones cuentan que la estrategia de los regimientos dirigidos por Pascual Orozco y Giuseppe Garibaldi para avanzar hacia el centro de ciudad consistía en abrir boquetes en las paredes de las casas y cruzar a través de ellos para resguardarse de las balas. Los investigadores Pedro Siller, Miguel Ángel Berumen en 1911. La batalla de Ciudad Juárez y José Manuel García en Ciudad Juárez: versiones de una toma recopilaron testimonios, noticias y fotografías que registran el caos durante la contienda, la actitud de los participantes y el ambiente previo y posterior a un evento que determinaría el rumbo de la insurgencia mexicana.

Las casas ubicadas en el centro de la ciudad habían sido abandonadas con rapidez. Incluso las familias dejaban platillos de comida en las mesas para que los rebeldes se alimentaran. También utilizaban las habitaciones para descansar un poco. Timothy G. Turner, reportero norteamericano, describió cómo al pasar por las solitarias viviendas algunos de los revolucionarios intentaban tocar melodías con instrumentos musicales que se encontraban ahí, con lo que buscaban cambiar un poco el tono del ambiente combativo. Sin ser expertos en música, los hombres del Centauro del Norte interpretaban canciones o buscaban fonógrafos para escuchar la famosa mazurca “La cucaracha”:

La cucaracha, la cucaracha
ya no puede caminar
porque no tiene, porque le falta
mariguana que fumar.

Un panadero fue a misa
no encontrando qué rezar,
le pidió a la Virgen pura
mariguana que fumar.

De las barbas de Carranza
voy a hacer una toquilla,
Pa’ ponerla en el sombrero
del valiente Pancho Villa

03 Casa interior

Indudablemente, la música representó un bálsamo para los revolucionarios durante los días de batalla. Guitarristas rondaban por las calles y por el campamento insurgente entonando otra popular melodía: “La Paloma”, escrita por el español Sebastián de Iradier y Salaverri en 1809.

05 Músicos Misión

  1. El corrido revolucionario y los músicos

Los corridos consisten en composiciones musicales que describen eventos o historias de personajes contemporáneos a los que se les atribuyen rasgos heroicos. A diferencia de los compositores europeizados, la mayoría de los cantantes populares que escribieron corridos sobre la frontera durante la Revolución permanecieron por mucho tiempo en el anonimato. Las letras las componían entre dos o más personas, en un momento de inspiración colectiva. Un periodista americano que seguía a Villa dejó un testimonio, por ejemplo, de unos soldados que escribieron una versión de “Las mañanitas” de esta manera. Uno empezaba una estrofa, después le seguía otro y otro; así, cada hombre aportaba versos sobre las hazañas de su capitán:

Aquí está Francisco Villa
con sus jefes y oficiales,
es el que viene a ensillar
a los mulas federales.

¡Ora es cuando, colorados,
alístense a la pelea
porque Villa y sus soldados
les quitaron la zalea!

10 Cantina musicos

Los músicos anónimos inmortalizaron los hechos y a los protagonistas de la batalla. Escribían sus hazañas detalladamente, incluían nombres y datos como si fueran reportajes. Los corridos que se cantaban para recordar o celebrar alguno de los combates de manera inmediata, en ocasiones eran retomados por otros intérpretes de latitudes lejanas, acrecentando la fama y valor de ciertos acontecimientos o personajes. Tal es el caso de “La Toma de Ciudad Juárez”, melodía que forma parte del Texas-Mexican Cancionero, editado en 1976 por Américo Paredes, figura seminal en los estudios chicanos. La pieza seguramente se compuso a unos días de la rendición, incluso durante el mismo festejo, ya que tanto la letra como la música representan la algarabía de un triunfo sin precedentes:

México está muy contento,
dando gracias a millares,
empezaré por Durango,
Torreón y Ciudad Juárez,
donde se ha visto correr
sangre de los federales.

Ah qué valor de Madero
cuando a ese México entró.
Con sus ametralladoras
Orozco lo acompañó
haciendo fuego cerrado
hasta que no los venció.

Porfirio Díaz decía:
ya mi gente está volteada,
yo ya no quiero pelear,
ya voy a bajar mi espada;
me agarraron a Navarro,
que era con el que contaba.

Qué bien nos salió, comenta,
lo que venías anunciando
de ver a los maderistas
en este reino reinando,
Porfirio dado de baja
para Europa caminando.

08 Paredes cancionero

  1. La música atraviesa las líneas

En Historias desconocidas de la Revolución Mexicana (2017), David Dorado Romo registra la actividad de los músicos en la frontera a inicios del siglo pasado. Aparte de corridos, los géneros favoritos eran los valses, las mazurcas, las polkas y las marchas; después se popularizó el foxtrot, el ragtime, el swing y las primeras manifestaciones del jazz. El historiador nos demuestra con su investigación cómo la música ha constituido un medio no verbal para comprender una ciudad. Pues la historia de los músicos durante la Revolución nos ayuda a percibir aspectos de la cultura y la vida cotidiana dentro de la frontera en aquellos años.

En tiempos de la Toma, los músicos andaban por todas partes, unas veces tras bambalinas, otras en plena contienda y a veces en el escenario. Tocaban antes de la batalla para inspirar a la tropa, marchaban en los desfiles para exhibir el poder militar y entonaban sus melodías en la Plaza de Armas con el fin de apaciguar los nervios de la ciudadanía. Ambos bandos los usaban estratégicamente: los clarines servían de mensajeros, la estridencia era una especie de arma psicológica para atemorizar al enemigo, acompañaban las ejecuciones y, al terminarse la batalla la inmortalizaban en sus letras con propósitos propagandísticos. Funcionaban además como el periódico de los pobres. Por ello, eran los primeros en desertar al otro lado de la frontera o a quienes se les condonaba la vida con tal de que siguieran tocando. Escuchar la gran variedad de piezas que se compusieron durante el movimiento revolucionario, o leer sus letras en antologías como la de Américo Paredes o en la obra de David Romo, resulta una excelente experiencia para ahondar en un periodo que estremeció a nuestra nación y que, al día de hoy, todavía resuena profundamente en nuestra memoria colectiva.

11 Guitarrista tropa

Fuentes

Berumen, Miguel Ángel y Pedro Siller. 1911: la batalla de Ciudad Juárez. 2 vols. Ciudad Juárez: Cuadro por Cuadro, Imagen y Palabra, 2003.

Dorado Romo, David. Historias desconocidas de la revolución mexicana en El Paso y Ciudad Juárez 1893-1923. Ciudad de México: Era, 2017.

García, José Manuel, ed. Ciudad Juárez: versiones de una toma, 1911. Chihuahua: ICHICULT, 2011.

Library of Congress. Prints & Photographs Online Catalog.

              http://loc.gov/pictures/resource/ggbain.01725/

Mejía, Rubén, ed. La toma de Ciudad Juárez: una historia en imágenes mayo de 1911. Chihuahua: Instituto Chihuahuense de la Cultura, 2011.

Mendoza, Vicente T., ed. El corrido mexicano: antología, introducción y notas. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 1992.

Paredes, Américo. A Texas-Mexican cancionero: folksongs of the lower border. Urbana: University of Illinois Press, 1976.

Reed, John. México insurgente. Ciudad de México: Fondo de Cultura Popular, 1954.

Scanlon, Charles. Álbum: La Toma de Ciudad Juárez, 2012.

            https://www.flickr.com/photos/charlesjscanlon/albums/72157629714227754

SMU Libraries Digital Collections. http://digitalcollections.smu.edu/

Turner, Timothy Gilman. Bullets, bottles, and gardenias. Dallas: South-West Press, 1935.

Fotografías y tomas en movimiento

Víctor Chaparro: Primor / Casa creativa

            https://www.facebook.com/Primor-Casa-creativa-122624045803349/

Sombras de la contienda

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El 8 de mayo de 1911, en el ahora Centro Histórico, comenzó una de las batallas más importantes de la Revolución Mexicana, quizá la de mayor trascendencia de aquella estrepitosa época. Durante la Toma de Ciudad Juárez se consolidaron figuras políticas como Francisco I. Madero y Abraham González y comenzó la leyenda de Pancho Villa y Pascual Orozco. Además, tras el derrocamiento de las tropas federales en esta frontera Porfirio Díaz renunció a la presidencia de la República.01 Madero revolución.jpg

Debido a esta importancia, la ruta literaria virtual Huellas de la Toma, diseñada y organizada por Juaritos Literario, tiene por objetivo recorrer, a través de distintas obras literarias, las calles citadinas y ese momento histórico que cimbró a nuestra localidad y resonó en todo el país. A continuación, me detendré en el autor y el contenido del primer texto abordado en el recorrido, el cual comienza en las instalaciones del Museo de la Revolución en la Frontera (MUREF). Materia de sombras (2001), novela escrita por Pedro Siller, narra lo sucedido durante y después de la contienda a partir de la figura de Abraham González. Su autor, aunque chiapaneco de nacimiento y economista de formación, es uno de los historiadores que más ha aportado a la ciudad que lo adoptó. Hablar del acontecimiento que aquí nos ocupa significa hablar de su arduo trabajo, el cual publicó, en coautoría con Miguel Ángel Berumen, en 1911: La batalla de Ciudad Juárez, una exhaustiva investigación que apareció en dos volúmenes en el 2003. Antes de su edición, nadie se había ocupado de este episodio clave y desencadenante en la historia nacional. La Casa de Adobe era un cuartucho derruido en donde se reunían las pandillas de las afueras de la ciudad. No existía ninguna iniciativa por parte del gobierno municipal, estatal o federal para reconstruir y revalorizar la importancia cultural e histórica de la abandonada construcción, hasta que la obra de Siller y Berumen comenzó a circular.

Pedro Siller labora como profesor-investigador en el Departamento de Humanidades de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Sus líneas de investigación giran en torno a la Independencia de Estados Unidos, la Revolución Francesa, el Porfiriato y la Revolución Mexicana. Intereses que quizá devengan de las revueltas estudiantiles y levantamientos civiles a nivel mundial ocurridos durante sus años universitarios en la década de los 70’s; por ejemplo, la Revolución Cubana y los motivos que convirtieron al Che en un símbolo de resistencia, o el movimiento armado en Nicaragua, el cual se retoma en la novela Adiós muchachos de Sergio Ramírez.

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No extraña entonces la dedicación del doctor Siller para reconstruir el archivo histórico de la Toma de Ciudad Juárez. Su pasión por el tema continúa vigente a través de la publicación de artículos sobre el germen de la Revolución y lo acontecido durante la Decena Trágica, otro de los momentos que lo motivan en sus investigaciones. ¿Qué sería de nuestra historia si el docente universitario no se hubiera aventurado en la titánica labor documental en torno a aquel mayo de 1911? Probablemente aún ignoraríamos el valor de la emblemática batalla y, sin duda, Huellas de la toma no existiría. Por tanto, la intención de la primera intervención del recorrido consiste en reconocer y valorar su trabajo a partir de Materia de sombras, texto ficcional que precedió a la publicación de su obra académica.

En la novela, publicada al igual que 1911. La Toma de Ciudad Juárez bajo el sello editorial Cuadro por Cuadro, Imagen y Palabra, Siller aborda los antecedentes de la batalla y sus consecuencias inmediatas a través de la voz de los mismos protagonistas, quienes giran en torno a Julieta Álvarez, narradora e intermediaria de la historia. En el presente ficcional, ella, exiliada en Estados Unidos labora como secretaria tras haber mantenido una relación amorosa con don Abraham González, primer gobernador revolucionario de Chihuahua y uno de los principales artífices de movimiento armado en la frontera. Debido a las condiciones del asesinato del revolucionario, acontecido en 1913, Julieta jamás pudo despedirse. Pero, décadas después recibió una carta en la que se narraba lo que le había ocurrido a su antiguo amante. A partir de ese momento, la protagonista aprovechará sus habilidades como médium –adquiridas por enseñanza de Francisco I. Madero– para contactar a las personas con las que el político había convivido durante sus últimos años, pues no lograba comunicarse con él en el más allá.

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Para lograr su cometido Julieta convoca a las sombras de Pascual Orozco, Francisco Villa y el doctor Francisco Vázquez Gómez. El acierto de Materia de sombras radica en que, más allá de mostrar una historia de amor imposible, se presenta como una novela histórica en la que los mismos actores de la batalla alzan la voz. Gracias a su arduo trabajo investigativo, Siller logró sustentar varios hechos históricos de la Revolución con el testimonio de sus propios incitadores. Orozco, Villa y Vázquez Gómez le cuentan a Julieta, y a nosotros como lectores, lo que sucedió antes, durante y después de la Toma, la cual culminó con la victoria de los rebeldes, trasladando al poder político-militar de la Casa de Adobe a la Ex Aduana (actual MUREF). Ciudad Juárez se convertía, una vez, en capital del país.

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En la obra se aprecian tres momentos en los que intervienen los protagonistas narrando su pasado, los días previos a la batalla, el momento de la contienda y las semanas posteriores a la victoria. De esta manera, Materia de sombras ofrece varias lecturas. La primera, meramente histórica, describe lo que sucedió y los datos que el novelista-historiador sustenta; por ejemplo, cuando asegura que “Me entregó una carta en la que Zapata me decía que él era un ferviente partidario de la paz, pero no de una paz mecánica, ni de siervos, sino una paz de acuerdo con los ideales inscritos en el Plan de Ayala”, dejando entrever que tuvo acceso a dichos legajos. Otra perspectiva es la romántica que se vuelca sobre el amor imposible entre don Abraham y Julieta, y su empeño por volver a escucharlo. Por último, encontramos una mirada humana, en la cual descubrimos el lado más sensible de los aguerridos revolucionarios.

El novelista cede la palabra a Pascual Orozco para que nos hable de su lugar de origen, su árbol genealógico, la tradición de resistencia de la que proviene y de el fuerte deseo de vengar el fusilamiento de su tío por órdenes del general Juan Navarro. La religión –¿protestante?– del general oriundo del municipio chihuahuense Guerrero, influyó en su quehacer político, aunque constantemente afirmara que lo suyo solo era lo militar. En Materia de sombras se percibe el esfuerzo por reivindicar a esta figura clave para el triunfo maderista, la cual, aún con toda su popularidad y seguidores, lidió con el estigma de traidor.

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De la misma manera, atestiguamos la confesión de Pancho Villa sobre su pasado bandolero. El Centauro del Norte nos cuenta, además, cómo, de manera fortuita, un asalto a don Abraham González derivó en su anexión a la lucha revolucionaria, debido a su conocimiento del terreno, habilidades como pistolero y su gran poder de convocatoria. De ahí en adelante, este famoso personaje, preocupado por su honor, se concentró en los acuerdos que estableció con González y Madero, y comenzó a forjar una leyenda que, hasta el día de hoy, continúa presente en el imaginario colectivo

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El doctor Francisco Vázquez Gómez, por su parte, le narra a la protagonista sus vivencias desde que era un niño de bajos recursos hasta cuando, mediante el estudio y a pesar de ser discriminado por su condición social, se tituló en Medicina en las mejores universidades de Estados Unidos. Con el paso de los años se convirtió en médico de Porfirio Díaz y amigo íntimo de la familia del dictador. Este vínculo conflictuó su deber político; situación que le confiesa a Julieta al expresas sus sospechas respecto a Madero, pues creía que una vez obtenido el triunfo, el insurgente no cumpliría a cabalidad con sus propuestas debido a su tibieza y a la manipulación que sobre él ejercían sus parientes.

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Algunos pasajes de la novela histórica se desarrollan dentro del MUREF.  Uno de los más interesantes, debido a la tensión creada por el autor, se desarrolla cuando Orozco enfrenta de manera directa a Madero por nombrar a un gabinete con políticos que solo presenciaron la batalla desde El Paso y, sobre todo, por no permitirle fusilar al general Navarro, asesino de su entrañable tío:

Dos días después, cuando Madero estaba presidiendo una junta de gabinete en el edificio de la Aduana, donde era la sede de su gobierno, Villa y yo acompañados de diez hombres armados entramos sin previo aviso en medio del salón. Tomé la palabra y dirigiéndome a Madero le reproché su falta de cumplimiento a los principios que nos había enseñado con anterioridad don Abraham sobre la Revolución. Después le hice tres demandas. La primera era que el General Navarro fuera juzgado como criminal de guerra y le cité el párrafo del Plan de San Luis en donde se decía que serían fusilados durante las veinticuatro horas siguientes y después de un juicio sumario, las autoridades civiles o militares al servicio del General Díaz, que una vez estallada la Revolución hubieran ordenado fusilar a prisioneros de guerra.

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Estos y otros reveses políticos acontecidos durante aquellos meses se intercalan con una serie de monólogos de Julieta Álvarez, los cuales destacan las cualidades del verdadero protagonista de Materia de sombras: Abraham González, hombre amable en su trato y convincente con su palabra, autor intelectual de la armada que tomó nuestra frontera en mayo de 1911, quien, lamentablemente, ha sido desdeñado por la historia nacional. Gracias a trabajo y la pluma de Pedro Siller, su pensamiento y andanzas perviven en las hojas de una novela excelentemente documentada que logra situar a cualquier lector en los primeros años del siglo XX y sitúa a la Toma de Ciudad Juárez como el inicio de una guerra civil que duró más de una década.

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José Vargas

 

Ciudad: Pentagrama de arena

En Ciudad Juárez, se ha cultivado la poesía desde diferentes perspectivas. A pesar de la fuerte influencia de lo pragmático y el acelerado ritmo de la ciudad, autores como Miguel Ángel Chávez, Violentta Schmidt, Edgar Rincón Luna, entre otros, han apostado por escribir, con un estilo auténtico, poesía sobre la frontera norte del país, ya sea de sus espacios, pero también sobre algunos momentos de su Historia. Entre las producciones líricas de escritores que se inspiran en el “ser norteño”, voy a detenerme en la figura de Blas García, originario de Juárez en donde ha hecho su vida. Estudió en la UACJ la maestría en Cultura e Investigación Literaria.

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Crédito de fotografía: Luis Pegut

Parte de su obra aparece en diferentes obras colectivas, como Ciudad de cierto, río: antología del Taller Literario del INBA-Ichicult en Ciudad Juárez, coordinada por José Manuel García (2004), Manufractura de sueños: literatura sobre la industria maquiladora en Ciudad Juárez, compilada por José Juan Aboytia y Ricardo Vigueras (2012), y Road to Ciudad Juárez: crónicas y relatos de frontera, editada por Antonio Moreno (2014). Actualmente se desempeña como Coordinador de Políticas Culturales en la Dirección de Difusión y Divulgación Científica de la UACJ. Es miembro del colectivo de escritores Zurdo Mendieta. Compone poemas desde pequeño… parece ser su pasión. Ha escrito canciones y relatos. Recomiendo su cuentario Cartas del Apóstol San Blas a los parralenses. Además, también publicó un par de obras de teatro: El ornitorrinco (2011) y Aristófanes inbox: obra en un acto y cincuenta mil dracmas (2016). Sin embargo, siempre vuelve a la poesía; como que le gusta contar las cosas… contrapunteando.

En el 2014, publicó un poemario titulado Bajosexto, con el prestigioso sello tapatío de Mantis Editores. Sus 48 composiciones son complejas en su estructura, pero reflejan mucha vida, sobre todo la de la población de una ciudad que va acumulando tradiciones en sus arterias y callejones del centro histórico. Blas dedica el libro a su esposa, su compañera, su “diapasón de durazno” –como él la llama. Los protagonistas, los paisajes urbanos y los instrumentos musicales son un pretexto para describirnos el centro juarense, sus pulsiones, su ritmo y movimiento. Uno de los poemas de Bajosexto lleva el título de “Músico”. Notemos, al escucharlo, cómo la voz lírica recorre los espacios citadinos, y detalla la expresión al sentir un fluir particular, uno que vibra y se plasma en la estampa de sus artífices.

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El poema nos hace viajar en el ambiente de la fronteriza Ciudad Juárez y nos invita a resonar junto con la música del instrumento de doce cuerdas que parece estar lleno de recuerdos. El músico, el trovador, transmite historias urbanas, de amores y perdición, de nostalgia. Alude también a una de las figuras protagónicas del poemario de Blas García, Miguel Ángel Chávez y a su musa, la duquesa. La ciudad lleva un ritmo trazado en un pentagrama donde conviven los aficionados con el rey de los corridos. Las cuatro estrofas de “Músico” son guiños a la bohemia, a la canción, a las oscuras realidades mezcladas con lo sagrado. Un lenguaje templado describe la intervención de la música en los sones cotidianos.

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David Guevara

Bailarín bajo el peso de la lluvia

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Juárez con Jota (2 de 10)

En la primera entrega de esta decena de ensayos –dedicada a la novela Vereda del norte, compuesta en 1937 por el escritor juarense José Urbano Escobar– mencioné la homofobia y los crímenes de odio cometidos contra lesbianas, gays, bis y trans. Dichos actos, también dije, nos recuerdan que las innegables contribuciones de la comunidad LGBT a la cultura universal han sido siempre acalladas y relegadas por motivos religiosos, sociales o raciales. La monografía de Efraín Rodríguez Ortiz, Crímenes de odio por homofobia: los otros asesinatos de Ciudad Juárez (2010) sirve de guía para comprender cómo el varón tradicional, proveniente de un sistema patriarcal, pierde sus referentes cuando interactúa con sexualidades no convencionales. Al ponerse en crisis su propia identidad, “el masculino no sabe y no quiere saber otras maneras de reaccionar que no sean a través de la violencia”. En este segundo texto, retomo el recuento cronológico de la creación literaria con temática queer en la zona fronteriza de Ciudad Juárez-El Paso. Así pues, toca el turno a la opera prima del narrador paseño Arturo Islas: El Dios de la lluvia: una historia del desierto.

El libro, publicado originalmente en inglés en 1984 en Palo Alto, California, y aún sin traducir al español, traza la genealogía de una familia de origen mexicano que se asienta en un nuevo hogar al otro lado del Bravo, primero en Nuevo México, pero pronto se mudan a la frontera, al Segundo Barrio en El Paso, Texas. A pesar de que Miguel Chico (alter ego del autor) y su padre protagonizan la historia del linaje Ángel –así se apellidan, aunque le quitan la tilde–, un capítulo de la novela, “Rain Dancer”, se centra en el tío Félix, también conocido por sus empleados como el “Jefe Joto”. Su asesinato es brutal; la escena donde su hermano, Miguel Grande, debe reconocer en la sala forense el amasijo de carne en que quedó reducido desconcierta a todos los personajes, pero sobre todo, al lector, sin importar que desde la página seis ya se había anunciado su muerte. El crimen perpetuado en contra de Félix Ángel, además de generar un punto de quiebre en el ritmo de la novela –y en la misma tradición de la literatura chicana–, ilustra el estigma de ser homosexual en una época en la que el homicidio parece más tolerable.

Arturo Islas nació en El Paso en 1938; prolífico poeta, académico, ensayista y escritor de cuentos, es reconocido por sus dos novelas concluidas, que planeaban ser una trilogía: Almas migrantes (1991), secuela de El Dios de la lluvia. Su prematura muerte, en 1991 a causa del sida, truncó una carrera productiva e influyente en las letras latinas (o latinoamericanas), más allá de la veta chicana. Islas fue un escritor reflexivo, dedicado y consciente de un estilo que vertió en distintos registros; promovió, además, un sentido de responsabilidad hacia la comunidad con sus colegas –profesores y escritores–, estudiantes y críticos. Durante su carrera profesional, como profesor en el Departamento de Inglés de la Universidad de Stanford, formó una extensa colección de documentos, registros y bibliografía sobre estudios mexicanos, desde lo prehispánico hasta lo chicano. Como escritor de la frontera entre El Paso y Ciudad Juárez, hay que ubicarlo en la vanguardia en el tratamiento de dualidades sociales, lingüísticas y cognitivas. Uno de los nietos de Mamá Chona, matriarca de la familia Ángel, expresa: “Estamos en la frontera entre una tierra que nos ha olvidado y otra que no nos entiende. […] ¿Qué pues hemos de hacer nosotros, educados como espalda mojadas y con alma migrante?” Su compromiso artístico lo llevó a profundizar en la estética y la psicología de la creatividad gay, una exploración que chocaba con su formación tradicional, ligada al catolicismo. Como pensador homosexual, Islas superó límites, fronteras y roles establecidos, siendo el abanderado de la literatura queer escrita por chicanos.

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Una primera versión de la novela que aquí me ocupa se llamó Día de los muertos (1976), lo cual se hubiera prestado a una interpretación exclusivamente étnica o folclorista. En cambio, El Dios de la lluvia dispara varias lecturas y juegos intertextuales, incluso con el subtítulo: Una historia del desierto. “A cambio de ofrendas y de sacrificios –en particular de niños–, Tláloc otorgaba a los hombres todo lo necesario para la vida” (Guilhem Olivier), para fundar nuevos pueblos, como el que se asentó en el Lago de Texcoco. Esta deidad, una de las más antiguas de Mesoamérica, actúa para otorgar el valor, el mando, es decir, el poder, razón por la cual uno de sus nombres era “El Dador”. En el capítulo final de la novela, aparece un canto atribuido a Nezahualcóyotl, transcrito por el primogénito de Mamá Chona –el primer Miguel Ángel– quien murió en las calles de San Miguel de Allende a inicios de la Revolución a causa de una bala perdida: “Toda la redondez de la tierra es un sepulcro: no hay cosa que sustente que con título de piedad no la esconda y entierre. Corren los ríos, los arroyos, las fuentes y las aguas, y ningunas retroceden para sus alegres nacimientos: aceléranse con ansia para los vastos dominios de Tláloc, el Dios de la lluvia, y cuanto más se arriman a sus dilatadas márgenes tanto más van labrando las melancólicas urnas para sepultarse”.[1] A sus 32 años, Mamá Chona enterró a su hijo, y con él toda su alegría; jamás perdonó a México por la infortunada muerte; el movimiento armado la orilló, junto con su marido, a desplazarse hacia el norte para cruzar la frontera y nunca volver.

La zaga de los hijos y nietos de Mamá Chona entreteje los hilos narrativos de la novela, dividida en seis capítulos y precedida por unos versos de Pablo Neruda: “Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta” (“Alturas de Macchu Picchu”). El grueso de la acciones en El Dios de la lluvia ocurre en la década de los 60’s, justo cuando el movimiento chicano estalló como contienda social. La lucha por los derechos civiles de la población de origen mexicano en Estados Unidos transformó a fondo su propia conceptualización, así como su actuar en muchos terrenos, incluyendo el ideológico. Las representaciones simbólicas, asumidas por las letras, conjugan un talante político y militante, al tiempo que delinean múltiples situaciones de subordinación ante la sociedad dominante. Sin embargo, veinte años después, es decir, cuando Arturo Islas intenta publicar su novela, los lemas activistas –“Sí se puede!” y “Viva la raza!”– han conformado la agenda de una literatura apologética, con un profundo sentido nacionalista y un acentuado orgullo étnico. No es de extrañar, entonces, que una obra alejada de las imágenes positivas o redentoras incomodara los discursos de identidad chicana. Fue así que Quinto Sol, la principal editorial de este tipo de literatura, rechazó el manuscrito de El Dios de la Lluvia por alejarse del molde prestablecido. Seguramente, las acciones en torno a figuras homosexuales, en un momento de histeria ante el VIH (referido como “la plaga” hacia 1985), fue suficiente para que la novela se considerara negativa.

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La construcción de Félix me parece fascinante tanto por lo complejo y problemático que resulta trazar la personalidad y función de un personaje poliédrico. Detecto, por lo menos, cinco aristas que concurren en su figura: sabemos de él a través de lo que juzga su familia, una posición ambigua, ya que si bien todos conocen su homosexualidad, no la aceptan; su hermano Miguel, por ejemplo, opina que “All good dancers are queer”; sin embargo, recuerda con gran cariño la costumbre de Félix de salir a bailar bajo la lluvia cuando eran niños. Otra opinión nos la dan sus empleados, y aquí la imagen entra en conflicto, ya que, por un lado, Félix trabaja en una fábrica como enganchador de mano de obra barata. Él acepta la labor de coyote “con la condición de que estos hombres fueran inmediatamente considerados candidatos para la ciudadanía estadounidense”. Pero, por otro lado, él también se encarga de las examinaciones: pruebas físicas que le permitían palpar los genitales de los jóvenes obreros. El acosos en tal situación de poder era inminente; en esos días, “contemplando tanta belleza con la maravilla y el asombro de una novia, su único deseo era tocarlos y sostenerlos en sus manos con ternura”. La mayoría de los trabajadores olvidaba la experiencia, aunque “de vez en cuando se referían a sus espaldas, pero con cierto afecto como el Jefe Joto”.

El narrador omnisciente de la novela, la tercera voz que delinea al personaje, es la más importante. El cuarto capítulo, dedicado en exclusivo para Félix, nos presenta la estampa de alguien cercano y sensible a la naturaleza: “amaba los momentos tranquilos al anochecer, tanto como el olor del desierto justo antes y después de una tormenta eléctrica cuando el cielo, cargado de rayos, se volvía fresco con la fragancia del mezquite, la salvia blanca y la pimienta silvestre”. Ahí nos enteramos cómo cortejó a Angie, con quien se casó y procreó a cuatro hijos. Llama la atención que, aunque desde niño mostró comportamientos que podrían atribuirse al ser-gay, se aparta por completo de la heterosexualidad una vez que nace su hijo JoEl, quien, debido a sus constantes pesadillas, duerme con sus padres. “Mientras los tres dormían juntos con mayor frecuencia, Félix perdió su pasión por Angie, y se despertaba durante la noche sosteniendo contra el pecho a JoEl en su lado de la cama. Sus sentimientos protectores por el niño lo dejaron perplejo y desorientado porque parecían más fuertes que su deseo por su esposa”.

La violencia con la que es liquidado y lo que provoca el crimen en sus hijos Magdalena (Lena) y JoEl constituyen, respectivamente, la cuarta y quinta línea que ciñen al personaje. Félix frecuentaba un bar en el centro de El Paso en donde solía conocer a sus parejas ocasionales. Ahí conoció a su asesino, un militar de 18 años, con quien partió rumbo a un paraje más privado. “Estaban en el auto de Félix, en un cañón del desierto en el lado este de la montaña, y solo hablaron brevemente antes de que el chico lo pateara hasta matarlo”. La notica la recibió Miguel Grande, oficial de la policía quien por ese entonces buscaba su ascenso en la dependencia. Él se encargó de mantener discreción ante la familia y los medios. Lena insistió en saber la verdad y forzó a que su tío indagara y buscara la pena para el culpable; sin embargo, “El abogado pensó que era inútil someter a la familia a la vergüenza y bochorno de tal investigación. El joven soldado había actuado en «defensa propia y justificadamente», dadas las circunstancias, y no había razón para enjuiciarlo. Ya había sido trasladado a otra base”. Miguel Grande permaneció en silencio; Lena estupefacta. “Maldito hipócrita”, le dijo; “Unos meses después, se alegró de saber que su tío no había sido elegido jefe, pensando que eso lo obligaría a comprender cómo era realmente la vida de los mexicanos de «clase baja» en la tierra que garantizaba la justicia bajo la ley para todos”.

La representación de la sexualidad de Félix lo convierte en una figura única para los estudios chicanos y queer. El paradigma del armario que predomina en las construcciones de personajes gay no tiene nada que ver con Félix. Tal disyunción no solo sorprende por el crimen de odio cometido por homofobia, sino por sus expresiones transgresivas de homosexualidad, formadas por una red de dinámicas de poder entrelazadas, asociadas con sentimientos étnicos, sociales y, por supuesto, con la inseguridad masculina.

Carlos Urani Montiel
Ciudad Juárez, 26 de julio de 2019

[1] El canto original aparece en un tratado de 1778, Tardes americanas, compilado por fray José Joaquín Granados y Gálvez.

Texto publicado originalmente en Sinembargo.mx

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Dos visiones musicales sobre Juárez

Las primeras palabras que muchos piensan al hablar sobre Ciudad Juárez son feminicidio, narcotráfico o cualquier otra que entre en el campo semántico de la violencia. Pareciera que la frontera solo significa en el imaginario popular un montón de huesos apilados, una suerte de Auschwitz-Birkenau que no ha sido liberado ni rescatado. Hay una razón, pero también una mala publicidad.

La ciudad posee una larga y extensa historia de guerras, revoluciones e incluso perversión, al encumbrarse como una gran urbe gracias a la ley Volstead, promulgada en Estados Unidos a finales de 1919, la cual prohibía la elaboración y distribución de alcohol. Sin proponérselo, una ley que afectaba las libertades de un país benefició económicamente a la zona fronteriza, ya que permitió que el flujo de alcohol se intensificara en este lado del río, y con ello el capital. No son pocas las familias juarenses cuya riqueza recae en el acto criminal de traficar con licor a los Estados Unidos.  Varias cantinas y restaurantes decidieron dejar El Paso para establecerse del otro lado, lo cual incrementó la vida social y nocturna de una joven y postrevolucionaria Ciudad Juárez. Luego se sumaron casas cerveceras y destilerías. Para esos años la frontera simulaba un pequeño Las Vegas y se promocionaba como tal, con el fin de reponerse económicamente de los estragos que dejó la Revolución Mexicana.40 av-juarez-mexico-1.jpg

Los puritanos estadounidenses ladeaban sus cabezas de un lado para otro, cruzaban sus brazos, exhalaban muy fuerte en signo de desaprobación y comenzaron a hablar de la “ciudad de la perdición”. Una leyenda que sigue completamente viva, aunque muta (ahora, por ejemplo, ya no vienen a beber a escondidas de la ley, pero sí es común ver a jovencitos all american rondar los bares de la avenida Juárez para poder tomar antes de los 21 y ahorrarse unos cuentos dólares). Dicho mote, al estilo del marketing de bebidas y casinos de Las Vegas, Enrique Bunbury lo convirtió en “La ciudad de las bajas pasiones”, canción incluida en Flamingos, de 2002.

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Acepto que Bunbury es uno de mis placeres culposos, incluso más que otros como Alejandro Sanz o Paulina Rubio; por ello cada vez muy que pasó frente al hotel Flamingo, ubicado sobre la avenida Triunfo de la República (cabe resaltar que no hay relación entre el título del disco y el hotel) comienzo a tararear “Saliendo de Ciudad Juárez / aún nos duraba la noche más larga / quizás no fueran bastantes / canciones de madrugada”. La melodía narra la salida de Enrique Bunbury y su banda, El Huracán Ambulante, de la frontera en el 2000, y su planteamiento no va más allá de la estereotipada representación en algunas telenovelas de Telemundo: narcocorridos, corrupción y un sitio de paso. Por ello, resulta difícil culpar al músico español por reproducir una idea que permea gracias a los medios de comunicación masiva.

“La ciudad de las bajas pasiones” fue la primera canción que escuché de alguien extranjero que hablara sobre la ciudad en la que nací y crecí. Antes, mi experiencia musical juarense difería por completo. Durante mi niñez transmitían en una televisora local un comercial con escenas de características de la urbe utilizando una famosa melodía de Juan Gabriel. ¿Qué podía tener de malo una ciudad donde debe vivir dios? “Si Juárez es bello, canto, baile, limpio, dulce, brillo, claro, suyo, mío y sobre todo un amor”. La canción resulta por completo pegajosa, alegre, y optimista; y, sin duda, había que creer ciegamente en la palabra del apóstol mayor del norte, Alberto Aguilera Valadez. No obstante, se vuelve difícil comprar esa versión de la frontera cuando confirmas que dios no vive aquí y no pasa nunca a asomarse.40 Juanga-Noa Noa.jpg

Esta visión también se encuentra en otras composiciones de Juanga, como en “La Frontera” donde está “lo más hermoso, lo más divino”, o en “Denme un ride”, la cual expresa esa añoranza por volver a la ciudad aunque sea por amor.  La misma sensación ofrece María Barracuda en  la canción titulada con el nombre de urbe: “es mi ciudad, donde hay lealtad / amo ese lugar / cause Cd. Juárez is the number one”. La intérprete mexicana brinda una imagen más realista y apegada a la verdad de este sitio, un lugar con putas, narcos, cholos, mojados, donde “la vida se renta”. Amar no es negar, y por mucho amor que se le tenga a esta ciudad no se puede negar su realidad.40 Barracuda.jpg

La visión de la frontera se vuelve más apocalíptica cuando la cantan extranjeros. Por ejemplo Bob Dylan en “Just like Tom Thumb’s blues”, la cual, incluida en su aclamadísimo Highway 61 Revisited, menciona que “When you’re lost in the rain in Juarez when it’s Easter time, too / And your gravity fails and negativity don’t pull you through”.  Luego, compararía esta zona geográfica con un sitio ficticio de horror: la Rue Morgue. Años después, la cantautora Tori Amos sacó el disco doble To Venus and Back, ganador de dos Grammys en el 2000, cuya segunda canción se titula “Juárez”. En ella se habla de las obreras de maquiladora víctima de feminicidio: “Dropped off the edge again down in Juarez / “don’t even bat an eye / If the eagle cries” the rasta man says, just cause the desert likes / Young girl flesh and / No angel came”. Por su parte, el grupo Calexico lanzó en el 2000 “Crystal Frontier”, basada en el libro de Carlos Fuentes. Una de las estrofas habla sobre Amalia, trabajadora de una línea de producción de televisores que perdió a su hijo “en un río de lágrimas”.40 calexico.jpg

Existe otras opciones musicales que abordan la ciudad de la perdición como “Cocaine blues” de Jonny Cash, quien une dos tópicos que parecen indisolubles: la frontera y las drogas. No obstante, también encontramos miradas más amables. El cantante Tom Russell, en “Hills of Old Juarez”, narra la historia de un paseño que se enamora de una juarense de ojos negros llamada Inez. Russel es un Juanga de El Paso. En “Goodnight, Juárez” también menciona a la ciudad, ahora bajo una perspectiva turística, ya que Russell ha pasado gran parte de su vida en El Paso a pesar de nacer en Los Ángeles. Por ello, la canción se antoja sincera y acogedora, pues señala a los mariachis y el mercado vacío. Cuando la escucho solo puedo pensar en una caminata del Puente Santa Fe por toda la Juárez hasta su famoso Mercado. Russell compusó “When Sinatra Played Juarez” para rememora algo que ya no tenemos. En la pieza se recorren el Kentucky y el salón La Fiesta, y se marca como el inicio del apocalipsis el día que Sinatra tocó en la frontera: “Those were truly golden years my Uncle Tommy said, /cause everything’s gone straight to Hell since Sinatra played Juarez”. Ese mismo Juárez también es retratado por Ry Coorde en “Mexican Divorce”, donde habla de los divorcios exprés, lo cuales también le dieron fama a la ciudad: “Down below El Paso lies Juarez / Mexico is different, like a travel folder says”.

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No creo que alguien tenga razón y otros mientan: Juárez es el número uno, pero también la tierra del feminicidio y los bares. La mirada de amor sobre este pedazo de tierra no anula todo lo que nos ha tocado vivir; sin embargo, tampoco representa esa zona de holocausto que existe en el imaginario colectivo, una escena en sepia con un cactus gigante de fondo. Pareciera que solo nos ven como un montón de huesos apilados, cuando en realidad somo vivimos como una ciudad más. [1]

César Graciano

[1]Gran parte de la información histórica utilizada la tomé de diversos artículos publicados por Juan de Dios Olivas en la página La verdad Juárez. https://laverdadjuarez.com/

Montemayor en el fin de la tierra y de la carne

A finales de febrero se celebró el décimo aniversario luctuoso de Carlos Montemayor (1947-2010), poeta, narrador, crítico literario, tenor, defensor y difusor de las lenguas indígenas. Aunque gran parte de su popularidad literaria se debe a su trabajo narrativo, sobre todo a novelas emblemáticas como Guerra en el paraíso (1991), Las armas del alba (2003) y Las mujeres del alba (2010), la poesía siempre tuvo un lugar esencial en su vida, pues él se reconocía, antes que nada, como poeta. Publicó al menos cinco poemarios: Las armas del viento (1977), Abril y otros poemas (1979), Finisterra (1982), Los poemas de Tsin Pao (2001) y Apuntes del exilio (2010). También realizó las antologías Abril y otras estaciones, ganadora del Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares, y Poesía: 1977-1994, en la cual corrigió y reescribió algunos de sus escritos, por ejemplo Las armas del viento, el caso más extremo. Además, algunas piezas sueltas aparecieron en revistas y compilaciones. Para Montemayor, la poesía consistía en un espejo que ofrece al ser una mirada de sí mismo; así, el espacio físico, lo exterior, se funde con la voz para mostrar y exponer su anhelo, su miedo, su vida. En cambio, definió la narrativa como una reconstrucción, una forma de apropiarse del mundo, de tratar de entenderlo.

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Sangre Ediciones, editorial independiente de Chihuahua, tiene como función la difusión literaria de forma accesible y económica; han publicado textos de Vicente Anaya, Enrique Servín, Jazmín Cano y Atenea Cruz. Este año, apareció en su catálogo el poema Finisterra de Montemayor, acompañado de un comentario que el autor escribió sobre su propio texto en El poeta en un poema, antología publicada por Marco Antonio Campos en 1998. Además, se incluye en la contraportada el manuscrito del poema “VIII” del Cuerpo que la tierra ha sido (1989), mismo que apareció en un dossier del número 15 de la revista Periódico de Poesía de la UNAM en 1995 como inédito. La versión que ofrece la editorial chihuahuense se basa en la primera edición de 1982, misma que utilizó Campos en la antología mencionada.

La sección final del libro se titula de manera homónima y consiste en un texto de ocho estrofas, que suman 158 versos cantando al erotismo como medio para llegar a la eternidad. La muerte aparece de manera constante en la poesía de Montemayor, igual que la pregunta ¿cómo permanecer? La respuesta en sus textos siempre resulta plural; por tanto, carente de certeza, ora pesimista, ora alentadora. Algunas veces nos ofrece el vacío, la nada; luego, la unidad (muy presocrática, por cierto) de los seres que después pregona. Materia que se transforma y que, sin embargo, perdura. He ahí la desesperación del poeta y la necesidad de la poesía en su vida. En “Finisterra” el canto se vuelve desgarro, grito… luego, serenidad.

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El paisaje marítimo –la lucha del oleaje, el sol y el viento–, igual que el poeta, protagoniza los versos; por otra parte, la arena toma un papel pasivo, un ente que recibe. Sustentado en un erotismo dicotómico, donde lo masculino y lo femenino están impregnados de un simbolismo establecido (pasivo, activo), la voz poética busca en el cuerpo de la amada la manera de alcanzar la eternidad, de la misma forma en que el encuentro violento de las olas de Finisterra las inmortaliza. El poema canta el acto erótico del cuerpo de carne y agua. Alcanza un ciclo: primero la violencia, el dolor de no ser eterno, la conciencia de la vulnerabilidad, “la furia de que los cuerpos amen intensa y demencialmente / pero sus sexos se deshagan como arena salada y dolida”; luego, el encuentro con la otra, la desconocida, el reconocimiento del territorio de la mujer (los senos, el “sexo rutilante”), el abrazo, la unión, la aparición de los astros y el culmen, antítesis maravillosa de un ser “sembrando recuerdos permanentes en cuerpos inmortales”; finalmente, después de esta cúspide del crescendo, viene la calma, la tranquilidad, la conclusión y otra respuesta a partir del lenguaje (representado como canto) a la pregunta imperecedera: “¿cómo no morir?”. El ser se eterniza a través de la voz o, al menos, eso exige el poeta a Finisterra: “déjame decir que este grito espumante es para siempre, / que será mi voz para siempre, / oh que será mi voz para siempre”. Los cuerpos de carne, amándose, buscando, al final se transforman en voz, en réplica; así, el arte significa la eternidad. Ya lo decía Severo Sarduy: el lenguaje poético es erotismo, transgresión.

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“Finisterra”, al igual que los poemas anteriores de Carlos Montemayor, refleja el conflicto del ser humano frente a la muerte. Sin duda, el texto muestra una intención en los distintos niveles de la literariedad: el fónico, sintáctico y semántico. La estructura del poema resulta soberbia. Aunque parece que al final hay una resignación ante la condición humana por parte del poeta, la explosión de los sentidos y su súplica continúan hasta el desenlace, pues se sigue doliendo de aquello que no le pertenece. La pieza del escritor norteños representa la cristalización y la proliferación de la imagen del paisaje marino, en donde se alude al erotismo del cuerpo a través del erotismo de la palabra.39 Montemayor 4.jpg

Me parece muy acertado que Sangre Ediciones incluyera el comentario de Carlos Montemayor en la plaquette, puesto que acerca al lector no solo al texto poético (que claro, es lo más importante) sino también a su proceso creativo, a las lecturas del poeta, sus influencias y sensibilidad. Montemayor siempre consideró que el escritor no debe solo apelar a lo sentimental, sino que debe poseer, además, una técnica, la cual buscaba constantemente en las obras que analizaba y comentaba en su labor de crítico literario y que tuvo presente a la hora de realizar sus propios textos. En hora buena por Carlos Montemayor y su poesía que está resurgiendo, primero con la versión de Los poemas de Tsin Pao para adolescentes preparada por Martha Elena Montemayor Aceves (UNAM, 2017) y ahora con Finisterra de Sangre Ediciones.

Graciela Solórzano Castillo

Escape (narrativo) en bicicleta

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Tras la afortunada muerte de Sebastián Oribe en Villaltenco, Coahuila, las verdades salen a flote, tal como el cadáver, después de la pesada y solitaria marcha fúnebre: “Un burbujeo efímero enmarcó la despedida. Julián recordó las palabras del padre Agostino, «tu padre no ha muerto», y reprimió el estremecimiento que le quiso brotar. -Si no ha muerto –pensó–, no tarda en ahogarse”. Este fragmento forma parte de Las bicicletas, opera prima del escritor regiomontano David Toscana, reconocido en múltiples ocasiones por El último lector (2005), El ejército iluminado (2006) y Olegaroy (2017, Premio Xavier Villaurrutia). La novela fue publicada en 1992 por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes en el Fondo Editorial Tierra Adentro. Su trama se desarrolla después de que las minas del norte se agotan y el tren llega al poblado coahuilense solo para arrojar malas noticias y augurar, con ello, su desaparición inminente.

En Las bicicletas, el narrador nos habla con un efectivo humor negro sobre el despertar de los residentes de Villaltenco, una vez que una serie de factores altera el diario acontecer: el sacerdote ha roto uno de sus votos; una joven ansía por salir de su lugar de origen después de ver la gran Ciudad de México en unas cuantas fotografías; un misterioso cantinero llega al pueblo. Sin embargo, y al igual que en muchas de sus obras, Toscana presenta aquí, por vez primera, una pieza clave de su escritura; una pista que se oculta detrás de secuencias que rozan lo absurdo y que culminan en eventos catastróficos, es decir, la denuncia de crímenes cometidos contra mujeres e infantes: “Con tina piedra pómez, talló su engallinada piel hasta llagársela en el vientre y los muslos. La noche le resultó corta para deshacerse del sudor, los pelos y las caricias del viejo”.

Tanto la violación de Emma como la de Macaria, protagonistas femeninas, ocurren como sucesos inevitables en el ciclo de vida de la mujer en Villaltenco, rito de paso para la realización de sus deseos. Su vida se trunca y queda a la expectativa del destino del poblado y del mandato de un violador que se asume como tal debido a su poder monetario. Estos eventos constituyen un vistazo a la corrupción humana que distingue a las obras de Toscana, en las que los curas, gobernantes y los propios ciudadanos son parte de un sistema dominado por sus instintos, por el alcohol y la incompetencia. Mientras que las acciones que ofenden la moral se castigan con prisión, las que agreden a las personas son vistas como oportunidades de compensación privada: “No te angusties hija. Ya no está Demetrio para que puedas remediar el mal, pero yo seré tu instrumento de expiación”.

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El humor que caracteriza la prosa de Toscana reflexiona sobre la ligereza con la que se asume o se toma la muerte y la agresión, lo fácil que resulta normalizar la violencia y la capacidad para adaptarse a un sistema corrupto. No obstante, el autor regio ofrece una salida a este mundo sumido en una cotidianeidad desgastante, aun cuando las soluciones resulten descabelladas y sus personajes se enfrenten, en ocasiones, a un final trágico. Sumirse en la locura y apartarse de los estándares morales constituye una vía de escape para la búsqueda de la tranquilidad y hasta de la felicidad en un proceso de liberación: “Cuando Toño Cavazos salió a la calle, Sanjuanita lo abordó con preguntas. -¿Lo viste? ¿Dónde está? ¿En la cantina? No, se quedó por allá –dijo señalando hacia el sureste–, encima de la primera loma. La mujer caminó hacia la dirección indicada lenta y desinteresadamente. Tan pronto se sintió fuera de las miradas, se echó a correr”.

Sanjuanita, la solterona, es el único personaje que al final logra dejar atrás su mundo para satisfacer sus deseos sexuales, mientras que las historias en Villaltenco se quedan inconclusas para que el lector arme su propio desenlace de los hechos. Finalmente, en Las bicicletas se observan la mayoría de los rasgos que caracterizan la voz de un autor, ahora consolidado: un ecosistema semiárido, la denuncia de crímenes negados u olvidados, un refrescante humor negro y personajes que tienden a la locura a pesar de ser los más cuerdos de la fábula: “Comenzó a llover con inusitada vehemencia y la gente se descaminó entre gritos y correrías, sin memoria para la dignidad, dejando al difunto sin otra compañía que la obligada y la pagada. […] El agua se había comenzado a asomar por los bordes y, cuando acomodaron el ataúd, imperaron las leyes de la física sobre el candor de la voluntad. «Los muertos flotan», dijo uno de los muchachos con la suficiencia de Arquímedes vuelto a nacer. -Vamos a llenarlo con piedras –dijo otro”.

Diana Varela

Texto publicado originalmente en Sinembargo.mx 

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“Palabras que se oyen en el viento”

El Artículo 31 de la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño y de la Niña señala “el derecho al descanso y el esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias de su edad y a participar libremente en la vida cultural y en las artes”. Un posicionamiento siempre imprescindible, pero que en las circunstancias actuales ha cobrado un valor y significado aún mayor, y, además, ha tenido que adaptarse y reincorporarse a los retos que el aislamiento en casa supone. Por fortuna, existen distintas instituciones que desde tiempo atrás –sin ser conscientes del proceder de este año– se dedican a la promoción de la cultura y el arte para públicos infantiles a partir de diferentes plataformas, modalidades y sitios (virtuales y físicos). Alas y Raíces es un programa de la Secretaría de Cultura que busca generar y promover espacios para el desarrollo de la creatividad pueril a través de los lenguajes artísticos, la valoración y la difusión del patrimonio local, nacional y universal de las niñas, los niños y jóvenes de nuestro país (recomiendo visitar su página y sus aplicaciones disponibles). Cada Estado tiene su propia dependencia. En Chihuahua, una de las preocupaciones más evidentes radica en hacer llegar este derecho a los pueblos indígenas y, a su vez, difundir su identidad artística en toda la entidad.

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En este sentido, hace dos años Alas y Raíces envío a Martín Makawi a la Sierra Tarahumara para que les enseñara a los niños y niñas de esa región a desarrollar sus habilidades en la poesía. El resultado fue el libro bilingüe (en rarámuri y español) Palabras y destellos (2018) que recopila quince haikus escritos por distintos infantes. La edición y traducción estuvo a cargo de Enrique Servín, un reconocido autor, lingüista, políglota y difusor de las culturas originarias, asesinado el año pasado, y quien fungió como titular por más de un lustro del Programa de Atención a las Lenguas y las Literaturas Indígenas (PIALLI) –justo en estos días cerró una convocatoria para el fomento a la escritura creativa en Lenguas Originarias creada en su honor–. Martín Chávez Makawi, poeta, traductor, músico y promotor cultural rarámuri, también participó en esta iniciativa junto a Servín con la traducción a su lengua materna de la Historia de los levantamientos de los indios tarahumaras de Joseph Neumann y El Principito de Antoine de Saint Exupéry, y la publicación de Eká kusúala (2012) y, posteriormente su versión bilingüe titulada Canciones del viento. Después de colaborar como redactor del periódico Ukí a principios del siglo y traducir una selección de versos universales, Makawi comenzó a escribir poesía en su idioma original, la cual ha alcanzado el reconocimiento nacional e internacional, al igual que sus melodías en el instrumento llamado chaparé.

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Ahora bien, según un par de estudiosos de la poesía japonesa el haiku consiste en “la expresión de una breve iluminación, en la cual vemos la vida de las cosas” (R. H. Blyth), el cual “nos da en sus diecisiete silabas una importante intuición respecto a la realidad” (M. Zuzuki). Es decir, el haiku se define en términos de una experiencia en donde el poeta descubre y plasma en tres versos la imagen de una realidad descubierta. José Vicente Anaya, escritor chihuahuense, llama a este género literario Breve destello intenso (1992), ampliamente practicado en el Estado. No extraña, entonces, el título designado al proyecto encabezado por Servín y Makawi: Palabras y destellos, en cuyo prólogo encontramos una definición más acertada para el público esperado:

El haiku son apenas tres dichos que hablan de lo mismo, pero que tienen que seguir algunas órdenes: el primer dicho debe llevar únicamente cinco “sílabas”, el segundo tiene que llevar siete y el tercero tiene que llevar, otra vez cinco. Esta pequeña canción o poema debe mencionar una estación del año (ya sea cuando florea, cuando llueve, cuando se deshoja o cuando nieva) para que los lectores se pongan contentos, pensativos o tristes. A pesar de ser tan pequeño, el tipo de poema llamado haiku nos hace pensar cosas muy hermosas y muy importantes. (Servín)

Las imágenes que encontramos en el libro publicado por la Secretaría de Cultura, sin duda, nos muestran aquellos aspectos que las y los infantes de varias localidades de la Sierra Tarahumara consideran fundamentales en su vida e identidad. Natividad, Abrám, Prisciliano, Irving Asaél, Angelina, Pedro, Fernando, Valenciano, Carlos Arturo, José Alfredo, Luis Fernando, Belinda, Norma e Isidora nos dibujan en pequeños versos la importancia y belleza de la naturaleza, desde la tranquilidad de un pez, la alegría de una ardilla o el resplandor de las milpas. Cabe destacar que estas imágenes fueron ilustradas por Daniel Muñoz y Alexis Esparza.

Palabras y destellos nos invita a reflexionar sobre el inmenso espacio de posibilidades que existe en cuanto a nuestro ser y estar, y lo que consideramos diferente.  ¿Hay solo una manera de leer un libro? ¿Existe una sola forma de ver y entender este mundo? Por supuesto que no. Por ello, debemos aprovechar oportunidades como esta para indagar, comprender y empatizar con nuestras culturas hermanas; ya que, si lo pensamos bien, todos venimos y vivimos de una misma tierra. Por último, menciono otro programan que se preocupa por la difusión de la literatura regional. Este mes, nuestra colaboración con Órbita 106.7 se concentró en la poesía infantil, por lo que invitamos a los integrantes más peques de Juaritos Literario a grabar las cápsulas, las cuales estarán al aire durante todo abril. Somos conscientes de que los espacios virtuales o las actividades que requieren el uso de algún aparato electrónico aún marcan muchos sesgos sociales; sin embargo, cada iniciativa –por ejemplo, las de Alas y Raíces, Órbita 106.7, entre muchas otras que día a día aparecen– resulta de un alto valor para que, poco a poco, todos los niños y niñas puedan gozar de su derecho a la recreación, el divertimento y la participación en la vida cultural y artística de su región.03 Haiki.png

Actividad recomendada:

Escribir un haiku relacionado con las siguientes imágenes. Recuerda que los haikus se componen de tres versos: el primero lleva 5 sílabas, el segundo 7, y el tercero 5 sílabas otra vez (aunque también puedes variar el orden, o que los tres versos sean de 7 o 5 sílabas). También puedes pensar en otra planta, animal, comida, estación del año o cualquier aspecto que te recuerde a tu región o a la zona en donde vives.

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Amalia Rodríguez Isais

Invierno, mariposas y ciudades

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César Silva Márquez (Ciudad Juárez, 1974), poeta y narrador, ha sido becario en múltiples ocasiones del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Chihuahua. Su obra De mis muertas (2005) obtuvo el Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras (Border of Words), su cuentario Hombres de nieve consiguió el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí en el 2011, y La balada de los arcos dorados ganó el Premio Bellas Artes de Novela José Rubén Romero dos años después. Además, ha publicado ABCdario (2000), Si fueras en mi sangre un baile de botellas (2004), Juárez Whiskey (2013) y Jardín de invierno (2017), libro en el que a continuación me centraré.

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Publicado por Bonobos dentro de la Colección Reino de Nadie, Jardín de invierno se divide en tres apartados: “viajes”, “interludio con personajes” y “alcohol”, además de las secciones “Misiva” y “10 años después” que solo contienen un poema. En la primera parte imperan las postales; en las cuales el yo lírico reflexiona y contrapone su estado anímico con lugares e imágenes de distintas geografías en las que se encuentra. En el poema “frente a los jardines de luxemburgo”, por ejemplo, la voz poética cabila en torno al tiempo trascurrido y su presente: “pienso en lo que he visto / en los últimos días / y sé que necesitaré 20 años más / para nombrar este presente”. Así, su pesimismo empaña la visión del río parisino: “porque hoy el sena es tan sólo / una trenza de río, un agua sin reflejo”. El texto concluye con la resignación a través de la bebida: “los vidrios beben / mientras / yo bebo”.

Algo similar se presenta en “del viaje”, ahora en otra latitud, Montreal, Canadá. Estos versos se constituyen del contraste entre los múltiples escenarios de la ciudad y sus marcadas estaciones temporales: “un día la seca nieve cubre mapa y horas / otro, el sol es perfecto y mujeres se tatúan la cintura”. Como en el poema anterior, aparecen los espacios bohemios: “en los bares las mujeres desnudas / hablan francés italiano y español”; y concluye también con una reflexión, pero ahora acerca de un pasado que vivió a destiempo: “yo tenía 25 años / pero la ciudad era más joven”.

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La segunda parte del poemario posee una naturaleza más heterogénea. Mientras que “abuela en cama de hospital” retrata la convivencia a la que se ven obligados los parientes cuando un integrante de la familia muere: “niños que sigo sin reconocer / me nombraron tío por ser hijos de mis primos”; en “poema de las últimas cosas” hay una numeración de nombres de mujeres como entes ficcionales: “beatriz se hizo polvo a media página / leticia en 35 líneas mientras me esperaba desnuda y ebria”. También aparecen algunas preguntas respecto a su paradero textual, “¿hacia qué palabra se mudaron? / ¿qué libro habitan?”, y a su conformación ficcional: “entre dientes de adjetivos, verbos y sujetos / círculos de canciones a medias / páginas como tranvías a nueva jersey o más allá”. Por su parte, “zhora muere en blade runner” es un ejercicio de écfrasis referencial que, sin embargo, no logra ofrecer una propuesta estética equiparable a la vibrante escena de la película de Ridley Scott.

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El último apartado comienza con “naturaleza muerta con cerveza”, poema en el cual aparece efectivamente el tópico que define esta parte: la bebida embriagante. El texto refiere a una lista que describe, en su trasfondo lírico (casi publicitario), los beneficios de este líquido: “la cerveza es un buen desinfectante de verduras / no causa enfisema, cura ganglios y arregla gargantas”. En “mercado juárez” aparece “la cerveza como carnada”, convirtiendo al espacio que rodea a la voz lírica en uno que podría habitar cualquiera: “algo en el traspatio / donde la fiesta significa / un bar a media acera”; es decir, el emblemático mercado de la frontera representa un lugar iluminado por la cotidianidad, donde “cada trago incendia / la madera del saludo”.

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En el poema que pertenece a la sección “Misiva” el ambiente se antoja de nuevo bohemio, aunque ahora con tintes más decadentes, además de una manifiesta línea entre los dos grupos protagónicos, quienes se acercan a la burla.: “hombres vestidos de mujer”, dentro de los cuales se cuenta el yo lírico pues “mis amigos abrazan / a la delgadísima / y ella los besa y se muerde las uñas”; y “mujeres que fingen serlo y se tropiezan cuando buscan el baño”.

Por último, en “10 años después”, se encuentra “hombre en oficina”, una pequeña odisea de escape del tedio a través de la imagen. Dividido en cuatro partes, el texto comienza con la estela de un pájaro y el recuerdo de una multitud de mariposas que detonan una serie de cuadros: un travelling cinematográfico que halla los momentos precisos en los que el tedio y la cotidianidad se tornan poéticos: “desde esta ventana / que por las mañanas el sol / aja la piel de mi brazo derecho / he visto al mundo ser muchos” […] “se escuchan el reloj y el zumbido de las máquinas calentando el aire / el claxon como clavo en medio de una madera de quietud”. En la segunda parte se ilumina un cerrar de ojos en un ambiente onírico costero que tiene “el barco más grande del mundo / que se aleja con la velocidad del caracol / [y] es un tambor apenas tocado por los dedos de un niño”. La tercera fracción, por su parte, radica en el abrir de ojos: “atrás quedaron las mariposas y la ciudad por la que daría un brazo”. Por último, llega el fin de la espera, la hora más deseada y “la lluvia entonces marca la hora de salida”.

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Esta composición es, a mi parecer, la que más se destaca en el libro en cuanto a su calidad lírica. En él aparece un hombre “normal”, un oficinista que compone poesía a partir de ciertos momentos cotidianos, como la espera para salir del trabajo; mientras que en los demás textos resulta evidente el oficio de escritor del yo lírico, es decir,  alguien que acostumbra moverse en espacios poéticos habituales o bohemios (“frente a los jardines de luxemburgo”), y por ello escribe sobre el alcohol (“naturaleza con cerveza”) o sobre su propio oficio (“poema de las últimas cosas”). En este sentido, confiese que me hubiera gustado leer un poemario con los atributos que caracterizaron solo al último texto.

Gibrán Lucero