La ciudad que nos habita

Llegué a la obra de Enrique Cortázar de la misma manera en la que lo hice a Juárez: alguien me habló de él y quedé enganchado. Desconocía la existencia del autor, nacido en la ciudad de Chihuahua en 1944, así como de su poesía, prologada en 1980 por José Emilio Pacheco e ilustrada por José Luis Cuevas. El libro que cayó en mis manos corrió a cargo de Ediciones de Cultura Popular y lleva por título La vida escribe con mala ortografía, que plantea hacia dónde se dirige el poemario: la existencia como un ejercicio en el que simplemente nos desenvolvemos ignorando sus reglas. El recorrido por las calles de Juárez infunde en el autor la melancolía de los lugares añorados y la búsqueda de un sitio a donde arribar para poder nombrarlo como hogar. “Mi casa”, el sencillo título del poema que me ocupa tiene en sí mismo la simpleza de la cotidianeidad y la nostalgia por el tiempo que se nos escapa entre los dedos, mientras las estaciones del año dejan su marca en la ciudad y en nuestros rostros. Cargado de melancolía, el texto se vale de palabras específicas para transmitir dicho sentir: desesperación, recuerdo, cementerio, casa. La voz lírica va construyendo una especie de refugio tan frágil y efímero como la memoria misma.

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Siempre he pensado que las ciudades tienen identidad propia, misma que se transmite a sus habitantes. Las dinámicas exteriores, como la convivencia y el tránsito entre la masa de gente, no logran distraernos de las reflexiones provocadas al recorrer sus calles. Imagino que el proceso que llevó a Enrique Cortázar a escribir este poemario comenzó a gestarse al transitar por la frontera. Las ciudades no solamente se construyen con base en el llamado desarrollo (económico, social, urbano), sino que las vamos armando dentro de nosotros. Así, el autor, al escribir sobre la melancolía en la intimidad de su hogar, también lo hace sobre el espacio juarense. El desorden de las calles se asemeja al de las maletas abiertas con su contenido regado, los papeles desperdigados, el caos cotidiano que nos sepulta. Los baldíos y callejones vacíos son como las paredes desnudas que nos resguardan del frío, y este, filtrándose por cualquier hendidura, reclama el espacio interior como también lo hace con el exterior. El paso del tiempo deja marcas imborrables en la cartografía de una gran ciudad, de la misma manera que ocurre con las arrugas de nuestros rostros. La rutina que nos agota, pero que cada día se renueva, nos posibilita a construir el espacio en que vivimos no ya como se recuerda sino como se percibe. Somos, pues, cada uno de nosotros, ciudades enteras.

De donde vengo, el calor es constante durante todo el año. Esta característica permite un dinamismo en la vida cotidiana; me refiero a que son pocos los momentos dedicados a la contemplación. O, tal vez sería mejor decir que sí existen, pero de una manera muy distinta. Una ciudad se va construyendo tanto con las prácticas comunes como ir a trabajar, a la escuela o a cualquier otro quehacer, pero también la vamos creando interiormente. Recorrer las calles es reinventarlas, dotarlas de nuestra propia subjetividad para así entrar de lleno en ellas. No hay que olvidar que las grandes urbes también se componen de espacios interiores. La poesía permite asirlos y resignificarlos desde nuestra percepción. En el poema de Cortazar, observamos cómo funciona esa construcción y diseño. La intimidad de nuestra habitación nos permite tomar los trozos desperdigados que son nuestros recuerdos y, como se haría con un montón de hojas revueltas, ordenarlos como deseemos y darles un sentido que en un principio no tenían. El invierno y el otoño son momentos ideales para la ensoñación, porque durante ellos nos replegamos de la rutina y nos damos el lujo de la reflexión. Pienso que no hay mejor manera de transmitir la experiencia de ser transeúnte que con la voz lírica de un poema.

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Ulises Adonay Hernández

 

La muerte pasa de largo entre los arenales

Por siglos, el desierto se ha asociado con la idea de lejanía, salvajismo y frontera; aparece como un elemento inestable y extremoso, como el hábitat perfecto para poner a prueba la resistencia de cualquiera y, por ende, “la morada del diablo”. Así describieron los primeros misioneros las áridas tierras del norte. Por desgracia, la sentencia solo parece corroborarse con el paso del tiempo. A partir de la última década del siglo pasado, Ciudad Juárez se convirtió en el estigma del feminicidio. A pesar de que las primeras víctimas oficiales estuvieron ceñidas en el silencio y un sinfín de mentiras y acusaciones, los lamentos por la apremiante crisis social que desde entonces nos envuelve comenzaron a aparecer. Arminé Arjona y Micaela Solís fueron las primeras; su voz arremetía no solo en contra del sistemático asesinato de mujeres, sino también acusaba la indolencia de la sociedad ante la situación. Solís, poeta nacida en Gómez Farías, así lo cuenta: “Me horrorizó la imagen, pero me horrorizó aún más la apatía ciudadana ante los crímenes de mujeres que se venían sucediendo desde hacía cinco, seis años atrás. Entonces escribí un poema extenso al que concebí como poesía de crisis”. Era 1997. El texto se publicó siete años después, pues la autora se negaba a usar “la tragedia viva de tantas familias” para cumplir “un afán puramente estetizante”. No obstante, sus palabras rebasan por mucho la cuestión estética, por lo que venció esa “necesidad de denuncia” que, desde un primer momento, la propinó a desahogarse a través de la poesía. Elegía en el desierto se publicó en el 2004, con la esperanza de que perdiera vigencia de inmediato.

El paisaje construido en este “poema testimonial” –así lo define Solís– concuerda con la imagen desértica tradicional, peyorativa y muchas veces fatídica: “Mientras en el desierto, / las auras se arrebatan –a picotazos– un corazón que guarda aún su última humedad”. La ciudad solo es una extensión de la soledad que el páramo representa, lugar donde habita un “pueblo de mirada vacía”. La geografía descrita, entonces, tiene la función de enmarcar una sociedad completamente apática, inmersa en su propio desierto que se vuelve cómplice de los que sucede a su alrededor. Los versos de la autora deambulan entre un dolor encarnado y la crítica al sistema que lo permite y perpetúa (“y el sermón del sacerdote / y la palabra de Dios, / y la Verdad mediática”): “No el cigarro, / su brasa incandescente entre los muslos. / No los dientes / arrancando el pezón izquierdo. / No la daga / cercenando el seno derecho… como el peso del poder que en vértigo desciende / partiendo en dos: / una / y otra / y otra / y otra / y otra vez / el ascenso inevitable del vuelo femenino”. La voz poética asume el clamor de cientos de víctimas: “Soy el deseo, la desaparecida que teje su retorno a la vida”; aquella que “transfigurada en canto / vengo desde la zona donde nada significa, / donde la voluntad termina”. Así, los gritos que antes nos negamos a escuchar vuelven una y otra y otra vez para acusar a un “Tú: Acaso padre, acaso amante, acaso hijo, acaso hermano, acaso hombre…”, para no permitirnos olvidar la desolación e inhumanidad que cimbra a nuestra comunidad. Las constantes repeticiones y las construcciones paralelas –casi cacofónicas– cumplen con este propósito: palabras que horadan la conciencia como inminentes gotas­ que quizá algún día dejen de transmutarse en sangre.

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Por muchos años, la cuestión del feminicidio, la violencia de género y todo lo que engloba pasó de largo para mí, a pesar de la preocupación de mis padres cada vez que salía a las calles. Todo comenzó a cambiar cuando, una vez en la licenciatura, asistí a una mesa de literatura femenina juarense. Aún recuerdo el estremecimiento que me causaron las palabras de Micaela Solís; el mismo que experimento cada vez que vuelvo a abrir su libro (texto encomiado por Carlos Montemayor, quien señala que, como parte de una larga tradición elegíaca, logra visibilizar un tema sumamente desgarrador y complejo “con una fuerza de tragedia griega, con un aliento poético que sorprende y envuelve”). Cómo no sentirlo si las redes sociales y los noticieros siguen llenos de rostros de chicas desaparecidas; si la justicia se niega a aclarar un sinnúmero de feminicidios; si la sociedad continúa acérrima a un sistema que convierte a la mujer en la presa ideal; si vivimos en “Esta ciudad oliendo / a miedo, / olvido, / sangre, / sudor, / adrenalina / y semen”. No obstante, igual que la poeta, no podemos perder la esperanza de un cambio ni la convicción de que la única forma de lograrlo es a través de nosotras mismas: “¡Dichoso será el tiempo de la Mujer de Luz!”

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Amalia Rodríguez

El Bravo: reflejo de la ausencia

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En sus múltiples cuentarios, Eduardo Antonio Parra relata acontecimientos que tras la narración se pierden temporalmente; es decir, las fábulas se vuelven parte de un universo mítico que permanece en sus propios espacios donde transcurre; los personajes se abandonan a la muerte para dejar constancia de una fugaz existencia dispuesta a recordarse a lo largo del tiempo, en ocasiones solo de forma fantástica. No obstante, en la novela Juárez: el rostro de piedra, Parra describe una faceta alterna a la imagen de un presidente impasible, con una faz inalterable. Este Benito Juárez, personaje melancólico, busca la compañía de Camilo, el ayudante zapoteco que en lengua indígena lo prepara en su tránsito hacia la muerte: “Sabe que al abrirlos de nuevo [sus ojos] ya no sentirá dolor, ni estará en esa habitación del Palacio Nacional y serán rostros distintos los que se reúnan a su alrededor en el ámbito señalado en su juventud por su amigo Miguel Méndez, donde habita el espíritu de los grandes hombres que lo precedieron en este mundo”. Esta novela histórica –la segunda en el haber del autor, publicada en 2008 por Grijalbo y reeditada en Era hace dos años–, narra, en voz de Miguel Méndez, los principales obstáculos a los que se enfrentó el Benemérito de las América antes, durante y después de asumir la presidencia de México: la Guerra de Reforma, su encarcelamiento en San Juan de Ulúa tras el exilio, el segundo Imperio, entre otras peripecias.

El Paso del Norte se convierte en el escenario de huida, donde, tras las intervención francesa, Benito Juárez se refugia y maneja el país. En su breve descripción, Méndez se ciñe a resaltar el carácter indómito del norte, su clima y su gente, así como la capacidad de su geografía para encausar los deseos y hasta los mismos sueños del presidente hacia 1865: “Estamos a salvo, señor. Ése es Paso del Norte. De lejos no lucía mayor que una aldea: algunas casas de adobe o sillar con techos de teja alineadas en un puñado de calles. La más alta debía ser la Iglesia. Nada impresionante, excepto que al norte del poblado corría el rumor del río Bravo. Eso fue lo que de inmediato atrajo la atención del presidente: la hilera irregular de álamos y uno que otro sauce que bordeaba el caudal”. El río Bravo cataliza los recuerdos de este hombre que imagina lo perdido; entrevé la muerte, sabiéndose solo tras cruzar el desierto. Desde el norte, Miguel Méndez recrea la figura del héroe caído, traicionado por los suyos, una estampa de quien en el más remoto y único territorio del México independiente celebra su particular autonomía y la de aquellos “Mexicanos que quedaron allá después de la guerra del 47”. El capítulo 16, “El camino del desierto”, le sirve al novelista como punto de partida para exhibir el funcionamiento de la política y la búsqueda del poder a costa del sacrificio de otros: “Todo hombre está solo. Estoy solo. Tu también, general. Y en este mano a mano saliste perdiendo”.

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Al día de hoy, Ciudad Juárez, así como otros puntos de la frontera norte del país, se volvió escala, (hogar temporal) de migrantes centroamericanos que huyeron de su lugar de origen para encontrarse con un entorno hostil y un clima adverso. Aun cuando las amenazas de Donald Trump sobre la construcción del muro se oponen constantemente a las operaciones del senado, las reflexiones y acciones que ha suscitado tal fenómeno no han impedido que el río Bravo continúe cristalizando, incluso a través de la muerte, los deseos de aquellos que ven en el país vecino la promesa de un mejor futuro o, por lo menos, la certeza de alguno a costa de los suyos, como ocurre en la novela: “Llegó a la orilla del pueblo, a unas cuantas varas de la ribera. Del otro lado del Bravo estaban los Estados Unidos, el país que le había quitado ya dos hijos. […]. Ya no se hallaba en Paso del Norte: el rumor del agua lo había transportado a Nueva York, al interior del número 210 de la calle 13, donde su esposa, acostada y envuelta en varias mantas, se deshacía en llanto en la penumbra de su habitación”. Paso del Norte constituye uno de los sitios donde Benito Juárez encuentra la soledad aunada a la libertad, pese a las dificultades que impone el desierto. Por otro lado, la línea divisoria que divide a los dos países, la afluente del río Bravo, le permite desplegar fantasías para rememorar a los muertos y a los que se hallan mucho más allá. De cualquier manera, esta frontera natural se conforma como la principal prueba de la fortaleza de los que aguardan por cruzar, aquellos que han llegado hasta este punto geográfico, y los que esperan el retorno de los que se han ido, pero también guarda en el vestigio de su cauce los sueños de individuos que han desaparecido, lamentablemente, en ambos lados, dejando en las orillas el rastro de su transparencia.

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Diana Varela

Resguardo en la sequía

El tijuanense Martín Camps debutó en el mundo de las letras con Tramos de noche, texto publicado en el 2002 por la editorial Mixcóatl. Un año después apareció Desierto sol. Se trata de un libro compuesto por ocho secciones: abre con el poemario “Tramos de noche” y cierra con “Decálogo para la frontera”. El primero consiste en trece composiciones que versan sobre la ciudad y otros temas; el segundo, en los diez mandamientos para borrar la línea fronteriza. El libro fue producto del premio de publicaciones del entonces Instituto Chihuahuense de la Cultura, el cual Camps ganó en dos ocasiones: Desierto sol y Extinción de los atardeceres aparecieron bajo el sello editorial de Solar, en 2003 y 2009 respectivamente. En el 2015 publicó el último de sus seis libros de poesía: Los días baldíos, a cargo de Tintanueva Ediciones. Las imágenes de la frontera, la ciudad y el desierto son recurrentes en su obra, no sólo en su poética, sino también en la narrativa, tanto literaria como crítica. En el 2007, la UACJ le publicó Cruces fronterizos: hacia una narrativa del desierto, donde Camps analiza los textos de escritores que recuperan la imagen de ese ecosistema: Solares, Fuentes, Ramos, entre otros. Luego, en el 2014 participó en la compilación Road to Ciudad Juárez: crónicas y relatos de frontera.

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Martín Camps también es un escritor del desierto. El norte de México, no sólo como territorio, sino también como símbolo, deambula en cada una de sus páginas. El poema “Ciudad Juárez”, por ejemplo, forma parte de una de las siete secciones que componen Desierto sol: “Fórmula del agua”. El primer verso, antecedido por un epígrafe del escritor israelí Yehuda Amijai (“The sea preserves in salt. / Jerusalem preserves in dryness”), revela su poética: “Ciudad Juárez también se preserva en la sequía”. Se trata de un juego entre lo que representa el espacio geográfico y lo que sucede en él. La asociación entre la ciudad y la aridez deviene de una obviedad: la cuestión del desierto. Sin embargo, hay una carga positiva en el verbo preservar, el cual tiene su soporte en las constantes imágenes fluviales que aparecen a lo largo del poema y que, por lo tanto, contraponen la idea de sequía: el río, el baño y el rumor del agua. Ahora bien, el estiaje también alcanza lo metafórico: Ciudad Juárez es un espacio que convive con la violencia. Mas la voz poética no la nombra, como tampoco menciona al árido ecosistema, ya que quedan implícitos. En cambio, a nivel de imágenes se representa un lugar ameno y, al mismo tiempo, el contenido versa sobre una unión amorosa, porque “Ciudad Juárez” es un poema de amor.

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El mismo recurso aparece en un poema del 2015: “Ciudad Juárez is not a little soft city”, de Los días baldíos. La voz poética describe a Juárez como una fiera que amedrenta a sus habitantes, “ciudad canina” le llama. Esta imagen funciona como prólogo a los temas que aparecen en cada uno de los versos: migración, violencia, odio y muerte. No obstante, el poema cierra con una imagen que termina por contrarrestar el significado de lo expuesto: “atardeceres resplandecientes”. Este juego entre el espacio geográfico y lo que en él acontece también se refleja en el nombre de uno de los poemarios de Arminé Arjona: Juárez, tan lleno de sol y desolado (2003). La desolación, como lo muestran los diez poemas que lo componen, no es consecuencia exclusiva del desierto. Hablar de Ciudad Juárez como la frontera más peligrosa del mundo es lugar común. Sin embargo, la muerte e impunidad han hecho del cliché nuestra principal arma contra el olvido.

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Alejandra Gómez

Por un puñado de enanas

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En muchos lugares se escribe la Historia: calles, plazas, monumentos y, sobre todo, en los límites de las ciudades o en los confines de los países. Cierto es que también se plasma en los libros de historia. Y parece que aquí –para el gusto de unos y el enfado de otros– se encuentra más vulnerable; incluso pierde la mayúscula. Ignacio Solares, nacido en esta frontera el 15 de enero de 1945 es, además de narrador, dramaturgo. En 1996 publica Columbus, donde reescribe la Historia desde el terreno de la ficción. Esta novela narra la invasión de Francisco Villa a Estados Unidos en 1916. Osadía a la que solamente se habían atrevido los ingleses, poco más de cien años antes. Luis Treviño cumple la función de narrador. A través de su diálogo, atiborrado de recuerdos y bebidas alcohólicas, conocemos, no solo los pormenores del ataque a Columbus, sino también detalles biográficos, como su intento de vocación religiosa en el seminario jesuita, su empleo en el hotel Versalles y un prostíbulo (¿en dónde más?) en Ciudad Juárez. Donde la Historia registra burdeles fronterizos visitados por norteamericanos, Solares agrega un detalle particular: “Se habían puesto de moda entre los gringos las enanas”. Cuando la Historia traza en el imaginario colectivo el perfil del Centauro del Norte, Columbus nos cuenta cómo Luis Treviño se disculpa con Villa por haberlo visto haciendo del baño, entre matorrales.

Recién llegado de Chihuahua, Luis Treviño, comienza su vida laboral en un hotel de Juárez, otro lugar prototípico de la ciudad de paso. Complementa este trabajo con otro más, casi del mismo giro, durante los fines de semana, ubicado en la zona roja: “El burdel se conocía como el del Chino Ruelas en la Dieciséis, pero en realidad no estaba en la Dieciséis sino unas cuadras más adentro, en la Mariscal”. Las polkas norteñas, el humo del cigarro, la pianola o el fonógrafo, las bebidas y las sexoservidoras de corta estatura eran los ingredientes que hacían de aquel prostíbulo un lugar neutro entre diversos grupos, normalmente enfrentados a muerte. “Luego empezaban a llegar los clientes, en su mayoría gringos, aunque había de todo: villistas, carrancistas, colorados, pelones, campesinos, policías, comerciantes o estudiantes que convivían pacíficamente”. Conforme avanza su relato, el viejo Treviño va cayendo en el vicio que muchos juarenses practicamos (unos desde el recuerdo nítido y otros a partir de la imaginación) de recordar a una frontera que fue mucho mejor: “Aquel Juaritos sí que era entrañable, aunque te doliera en el alma verlo en manos de los gringos. Por eso lo empezaron a llamar La Babilonia pocha o el dump de los norteamericanos”.

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Además de los placeres ofrecidos en aquellos locales, a los que hay que sumar las casuchas de la calle Cobre, la ciudad ostenta en la novela otros atractivos para los norteamericanos: “corridas de toros con Gaona y Silveti, carreras de caballos estupendas, peleas de gallos a todas horas, casinos de juego.” Un Juárez que también se vende como escenario de la gresca civil: “La revolución también les divertía y les parecía folclórica… Los paseños se amontonaban en las riberas del Río Bravo para observar las batallas lo más cerca posible, aun con riesgo de su propia vida porque nunca faltaba una bala perdida que llegaba por ahí… una compañía de bienes raíces de El Paso promocionaba sus terrenos en venta como fuera de la zona de peligro y al mismo tiempo con una excelente vista del Juárez revolucionario”. ¿Y qué hacían nuestros paisanos? “De manera semejante, y aún con mayor riesgo, los juarenses nos congregábamos en las colinas del lado oeste de la ciudad, especialmente en un cerro que nos resultaba una atalaya ideal. Hasta niños y comida llevaban, como a un picnic.”

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Lejos del Juárez mítico y dorado de muchas décadas, la ciudad no ha podido recuperar su fama, aunque se ha hecho de otra… la Mariscal tampoco supo sobrevivir para perpetuar el oficio más antiguo del mundo. “Si me dejo llevar por el recuerdo, hasta la luz que veo es otra, totalmente otra, como depositándose más suavemente en la tierra y en el cielo”. Quizá hoy pasemos por ahí, no sin recordar ese pasado de fiestas y algarabía; pero, sobre todo, resulta imposible trazar ese recorrido sin pensar en el presente que vivimos. La imagen que plasmó Ignacio Solares de la Mariscal y sus cercanías hacia principios del siglo XX aún goza de cierta vigencia en la memoria colectiva de nuestro año, cosa que no sabemos si cambiará en algunas décadas. La tregua de la interminable noche juarense quién sabe a dónde se habrá ido; tal vez se regresó para la 16 de septiembre, como en un principio estaba el lugar del Chino Ruelas, o quizá se mudó de coordenada.

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Gibrán Lucero

José en el Mictlán

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¿Existe alguna relación entre la mitología azteca y la devastadora guerra del narcotráfico de nuestro país? ¿Acaso Xólotl camina entre nosotros? Estas son dos cuestiones, entre algunas otras, que nos surgirán al leer Los perros del fin del mundo de Homero Aridjis, publicado por Alfaguara en el 2012. La novela cuenta cómo José Navaja (quien va de los 66 a los 75 años), escritor de obituarios, después de leer sobre la supuesta muerte de su hermano sale en su búsqueda a pesar de tener que viajar a Ciudad Juárez, ciudad del terror, del narcotráfico y de la muerte. Antes de aventurarse, decide rondar por la Ciudad de México, igualmente llena de malvivientes, corruptos, asesinos y una plaga de perros; camina por las calles infestadas de personas y soldados, visita el Centro histórico y barrios de mala muerte. Se encuentra e interactúa con buchonas, sicarios, emos, punketos, narcopunketos y prostitutas (presencia la rifa de una virgen); sin embargo, en todas partes vislumbra a Alis, su esposa muerta.

Su estancia en Ciudad Juárez es una travesía por la corrupción, asesinatos, secuestros, violaciones y narcotraficantes; muestra el desastre y lugar de mala muerte que fue. La búsqueda de su hermano, Lucas, le permite entrar al mundo del Señor de la frontera o de la Narcorrealidad. La ciudad donde la muerte camina por las calles e inclusive salta de carro en carro por cada balacera resulta una representación del óbito, ese camino hacia el inframundo donde, acompañado de un perro tanto en vida como en el deceso, José Navaja ve atrocidades comparables a su camino al Mictlán: se encuentra con víctimas de los crímenes y conoce ese mundo bajo que cohabita en Ciudad Juárez. Hace una relación asombrosa sobre el camino al inframundo y lo vivido en México (centrado en nuestra ciudad) y logra unificarlos en una sola realidad: “Si un perro ladra a un fantasma y cien perros repiten el ladrido, el fantasma se convierte en una realidad”.

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Ciudad Juárez es el espacio clave para una ficción de narcotráfico. Vivimos un ambiente que desoló a la ciudad: violencia en las calles, toques de queda, inseguridad y falta de confianza en las autoridades (en ocasiones eran parte del problema que nos invadió y que aún seguimos viviendo). José teme buscar a su hermano en el norte, por tanto que ha escuchado, por las noticias que ha leído y por las muertes que ha trabajado, al ser un escritor de obituarios. La primera locación es el aeropuerto, ya que realiza su viaje en avión, con sólo dos pasajeros. Se aloja en un hotel, Edén, ubicado cerca del aeropuerto, con un precio accesible. El siguiente lugar reconocible es el cementerio de San Rafael, donde busca a su hermano entre las tumbas. También se describe la situación de los cuerpos al ser enterrados con prisa, la intervención de sicarios que en el intento de matar a la familia impiden su entierro o su destino en la fosa común. El desierto de Samalayuca es el lugar donde se localiza la mansión del Señor de la frontera. Un recorrido ofrecido por dos policías en las calles del centro, la Mariscal, Mina, Globo, Grijalva y Noche Triste, da la oportunidad de mostrar lugares representativos de la ciudad: el hotel (al ser un lugar de paso), los bares (huella de su esplendor pasado), fábricas y terrenos baldíos. Otros lugares que aparecen son el antiguo cine Paso del Norte y una variedad de bares y calles que describen el ambiente de la ciudad.

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Como víctima de la violencia en Juárez, al igual que muchos otros, veo en Los perros del fin del mundo una realidad que, aunque queramos negar, forma parte de nuestras vidas. El gran salvajismo y realismo con que se relatan las escenas perpetuadas, aunque ficticias pero tomadas de hechos verdaderos, me traen esos recuerdos y situaciones vividas. Cuando era niño, alrededor de los once años, abandoné Juárez con la ilusión continua de volver, pero no sin llevarme mis experiencias. Al tener mis padres un comercio sufrieron de la dichosa “cuotaˮ y amenazas de muerte; viví balaceras cerca de mi escuela mientras estaba en clases, vi negocios llenos de agujeros por las balas y un día los soldados fueron por mí a la escuela, estaba en peligro de muerte porque mi padre activó la alarma en una visita de los recaudadores de la “cuotaˮ. Así como a mí me rememoró esos momentos a muchos más les pasará; seguimos en una ciudad violenta, aunque no igual que antes. Ahora es Cuauhtémoc, lugar al que me mudé, un campo de batalla del narcotráfico. La obra es en ocasiones repetitiva y se centra más en dejar una imagen de lo que fue (y es) Juárez que la historia en sí; sin embargo, al final combina muy bien esta descripción con la anécdota. Es recomendable leerla por el misticismo, la comedia y cierto morbo de entrar en ese mundo bajo; sin olvidar la visión de una cosmovisión azteca que perdura hasta nuestros días más cercanos.

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Luis Alonso Gómez García

Memorias sin rostro

En el manifiesto que inaugura la sección de Geopoética, se apuesta por la importancia de estudiar el espacio debido a la relación entre habitantes con su entorno, que consolida la producción lírica para ambas partes (ver más detalles acá). No es así para Jorge Aguilar Mora, no al menos en “No hay lugar para el pronombre”, donde el paisaje urbano parece diluir las voces, los recuerdos e historias de sus ocupantes. O eso pienso mientas cruzo, una vez más, la ciudad (noroeste-suroeste, 110 minutos, dos camiones) y veo los diferentes panoramas ajenos a toda esa gente que transita sin pausa, como cuerpos con nombre –pero ¿cuál? O es, quizá, esa misma prisa constante en la urbe la que ha marcado y ahora refleja nuestra dinámica en otros aspectos.

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En el poema de Aguilar Mora, la ciudad funciona como un filtro que contiene y después borra los lazos interpersonales, dejando solo una memoria sin rostro donde no hay lugar para el pronombre, el vínculo con el o la otra que permita nombrar y distinguir la historia individual. Precisamente, los personajes que cruzan el poema parecen desvanecerse frente a las imágenes cotidianas de la urbe: el ir y venir por calles sin fin deslizándose entre gente que aparece y desaparece como un rumor; el encuentro expuesto en la segunda estrofa, que no ocurre sino desde el recuerdo, pasa aceleradamente de la intimidad al éxtasis y luego a la certeza de una relación que concluye. De inmediato, aparece la ciudad como un espacio –contrario a la casa– en que los tus desembocan al nosotros, una aglomeración donde no se distingue uno del otro.

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Sin embargo, con la voz lírica en segunda persona, el poema rescata la historia de uno y la integra a la memoria de la ciudad que pertenece a todos; la segunda persona permite establecer un vínculo entre ese observador en que nos convertimos frente a aquellos que comparten su transitar por las calles. Así, desde la escritura cesa momentáneamente la aparente indiferencia de la dinámica urbana, dejando registro de alguien cuya historia –cualquiera de nosotros– se irá diluyendo como la voz menguante del amor que se perdió.

Héctor González

Un viento que se lleva la vida

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Desde hace un par de años, Elpidia García se ha colocado en un alto escalón de la narrativa juarense, irrumpiendo con éxito en la escena mexicana. Ellos saben si soy o no soy (2014) reúne sus primeros cuentos, los cuales la posicionan como la autora más importante y prolífica en cuanto a la temática de la maquiladora. Ese mismo año obtuvo el premio Voces al Sol, gracias a otra serie de relatos que conforman Polvareda (2015), donde aún predomina la cuestión de la industria ensambladora, ya sea de fondo o directamente en el desarrollo de sus personajes. En el 2018 gana el premio Bellas Artes de Cuento Amparo Dávila por El hombre que mató a Dedos Fríos y otros relatos. Hace un par de días se presentó el libro bajo el sello editorial de Lectorum y el INBA. Los quince cuentos, afirma Ricardo Vigueras en la contraportada, “hilvanan un tapiz de la vida cotidiana en la frontera entre México y Estados Unidos. En ese recurrente territorio mítico (desde el Western que preside las dos primeras historias), feminicidios, desaparecidos, delincuencia y tráfico de drogas quedan retratados.” En esta ocasión me enfocaré en “Peregrinos”, narración que trasciende la cotidianidad hacia un espacio más allá de la vida y muerte.

 

 

“Las tolvaneras no cesan”

Ciudad Juárez, por mucho tiempo, ha sido azotada por la violencia. Miles de casas abandonadas lo demuestran. El Valle, por ejemplo, quedó poco a poco reducido a la miseria y el desamparo debido a una incesante lucha de grupos delictivos. Las noticas lo pregonan; quienes vivimos aquí lo experimentamos, sufrimos y entendemos más a fondo. Elpidia García recurre a su experiencia como habitante de esta frontera para expresar las consecuencias –emocionales y corporales– de una guerra que al parecer no tiene fin. ¿Los culpables? “Los uniformados, los trajeados, o los otros, sus dizque enemigos: los de los cárteles.” ¿Las víctimas? “Cientos de hombres y mujeres [que] avanzan con pasos torpes en la misma dirección. La mirada, errante, pero fija en el extremo opuesto del sendero, empecinada en llegar a alguna parte.” Isaura, su hija Yolanda, Josefina y Arturo representan a ese tumulto de personas que por una u otra razón han sucumbido ante los estragos de una estructura política y social que no permite tiempos de calma: la madre que nunca dejará de buscar a su hija, incluso en la muerte; la joven que forma parte de un grupo interminable de mujeres desaparecidas, violadas, asesinadas; la activista que no se cansará de exigir justicia, ni aun cuando le arrebaten su último aliento; la víctima colateral, cuyo único error fue ayudar o estar en el momento equivocado.

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“El viento amainó de pronto”

“Peregrinos” comienza con la descripción de un ambiente por completo desértico y desolado: “El color del cielo, ultrajado, muestra la pérdida de azul convertido a pardo. Las casas están solas, sus habitantes, huidos.” A lo largo de toda la narración hay una semántica que impera: palabras y frases referentes al viento y polvo aparecen constantemente como síntomas de “un sueño de pesadilla”. Si bien desde el inicio se menciona el Valle de Juárez, creo que la cuestión del espacio excede la especificación de cualquier lugar. Es decir, aunque esta zona en especial se haya caracterizado por un paulatino abandono, el cuento de Elpidia conjuga a toda una ciudad y sus habitantes que se han acostumbrado a traer polvo en las orejas y la boca, ver rodadoras cruzando las calles, sortear los fuertes coletazos de aire y escuchar el inquietante golpeteo de la violencia. Ahora bien, esta cotidianidad aparente, de pronto trasciende nuestro contexto, pues los peregrinos, a los que finalmente se unen Isaura y Josefina, recorren una especie de río Leteo para alcanzar la paz que les habían robado: “El viento amainó de pronto. El polvo se asentó en los caminos y las rodadoras dejaron de huir y se quedaron quietas.” De  manera bastante explícita se esclarece el panorama: un mundo fantasmal, que no por ello deja de contener reminiscencias reales y concretas, como el homenaje a Josefina Reyes, Susana Chávez, Marisela Escobedo y tantas otras mujeres que han sido asesinadas solo por exigir humanidad, respeto y justicia.

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Te vas ángel mío”

Otro aspecto que resalta en el cuento es el musical, sobre todo, al escuchar la versión narrada y cantada por la misma autora, acompañada de Mónica Guerra. “Te vas ángel mío”, de Cornelio Reyna, aparece como la pieza que impregna de un tono aún más desesperanzador el relato: “Oiga, qué canción más triste. Y con este clima, como que se siente una peor, ¿no?” No obstante, también sirve de aliciente para que Yolanda vuelva a los brazos de su madre. El mensaje que deja entonces “Peregrinos” es claro: existe una esperanza pero solo alcanzable en un espacio irreal. Quienes murieron pueden seguir su camino y encontrar la paz; sin embargo, aquí solo queda silencio, obscuridad y tumbas –en el mejor de los casos– a donde ir a llorar nuestras pérdidas:

Pero ay cuando vuelvas
no me hallarás aquí,
irás a mi tumba
y allí rezarás por mí.
Verás unas letras escritas ahí
con el nombre y la fecha
y el día en que fallecí.

Amalia Rodríguez

Introspección en manada

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“¡Hay novelas que impactan hondo!”, grité a mitad del callejón. No obtuve respuesta y a nadie convencí, pero insisto y lo confirmo ahora que escribo la misma sentencia en silencio. Quizá el impacto sea incuestionable para el autor, sobre todo cuando explora el género autobiográfico, lugar idóneo para modelar, componer y ensayar versiones de un “yo” que coincide y se desdobla en el narrador protagonista, portavoz de la materia prima de su propio ser ficticio. La novela del estrafalario y polémico abogado chicano Óscar Zeta Acosta viene a cuento y sirve de ejemplo. Sobra decir que La autobiografía de un búfalo prieto, publicada originalmente en inglés en 1972, me gustó sobremanera; podría extenderme en palabras y horas para que todos la lean. Así que en estas líneas me ciño a la agenda de nuestro proyecto y de paso ofrezco unas notas en torno de la obra. ¿Cómo se construye la espacialidad juarense y qué funciones cumple en el entramado narrativo?

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Lo primero a contextualizar es que estamos frente a una novela de viaje que ocurre específicamente a lo largo de la carretera (road novel). Inicio: San Francisco. Punto de llegada: El Paso/Ciudad Juárez. Motivo: hallar las raíces de la “pinche identidad”. Durante el trayecto, e incluso antes de que comience la travesía sobre el Plymouth verde modelo 65, Óscar va dejando al descubierto su personalidad, al grado de desnudarla por completo. Por medio de interlocuciones que sostiene consigo mismo, con un par de exóticas figuras que lo acompañan como sombras o con otros personajes, el Búfalo prieto da cuenta de su condición presente bajo el filtro de las circunstancias pretéritas. Pareciera que todo impulso a sus 33 años –tiempo de revelaciones y catarsis– fuera una reacción en cadena de sus primeros pasos en el Segundo Barrio, en El Paso, o de la transición de niño a adolescente vivida en Riverbank, California. “Con la cabeza llena de drogas estimulantes, el pene marchito y una lata en la mano, mis nudillos enrojecen a causa de la firmeza con la cual sostengo el volante mientras conduzco a toda prisa a través de las montañas y el desierto en busca de mi pasado…”.169 Plymouth 65 belvedere.jpg

Aún falta algo más para entender a este “indio salvaje que corre destruyendo frenéticamente todo lo que encuentra a su paso”. Los años 60’s, la década de la droga (dope decade) y sus ávidos consumidores: beatniks, hippies y snobs, a quienes nuestro bisonte remeda y desprecia. No así a los estupefacientes, o a cualquier tipo de sustancia que lo incite a continuar con el viaje, tanto el que se mide en millas como el que experimenta con anfetaminas y budweiser. De hecho, La autobiografía de un búfalo prieto vio la luz solo unos meses después que Miedo y asco en Las Vegas, del escritor Hunter S. Thompson, quien aparece como el personaje de King en la novela del chicano; mientras que la desaliñada figura de Óscar Zeta Acosta, con el alias del abogado Dr. Gonzo, recorre Las Vegas junto con el periodista Raoul Duke. Cuando la palabra escrita transmite el efecto o alcance de un psicotrópico debe afinar el punto de vista de quien cuenta, así como ajustar a detalle los referentes, ya que la correlación entre el significado y su imagen se desestabiliza y zarandea a merced del alucín. Todos los personajes secundarios en La autobiografía de un búfalo prieto sirven de retén y perspectiva para asimilar un mundo que se construye sobre sus propias referencias a medida que uno avanza en la lectura.

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La versión al español, a cargo de Argelia Castillo Cano, apareció 22 años después del original, en la colección Paso del Norte, del sello editorial Grijalvo, la cual publicaba “libros representativos de una minoría étnica que busca una expresión propia… un lenguaje inédito, una forma de resistencia cultural a través de la literatura”. Existen otras traducciones al castellano que ahora cuentan con buena distribución en línea, pero con escaso tino al momento de las equivalencias de sentido. La editorial Traficante de sueños, por ejemplo, titula al libro como Autobiografía de un búfalo pardo. Esta selección sobre la paleta de color marrón deja fuera la etiqueta racial del brownie y, por tanto, el sentido crucial de la obra, el cual se evidencia cuando el protagonista cruza la frontera y entra a Ciudad Juárez. En cambio, ser prieto en México aún conserva el desprecio socarrón, cuando no la designación ofensiva.

Al final del camino, en el capítulo 16, Óscar llega en autobús a El Paso, “el lugar donde nací, para ver si podía encontrar ahí lo que estaba buscando. Aún quería saber quién era realmente yo”. Sale de la céntrica estación y deambula por una topografía emocional que apenas alcanza a distinguir. El viejo cine de barrio había cedido el predio para varios establecimientos de baratijas. Las calles Durango y San Francisco cambiaron su fisonomía. Tras contener el llanto frente a la casa donde alguna vez vivió, decide abordar el tranvía con destino a Ciudad Juárez. La experiencia del cruce es fenomenal, no sólo porque todos los sentidos del narrador se aguzan, sino por los nervios que experimenta al no traer papeles para entrar al país. Cuando el agente aduanal entra al vagón, supone lo peor: “me arrestaría… por el hecho de fingir ser mexicano. ¿Existía acaso ese cargo?” El uniformado pasa de largo. Ese 9 de enero de 1968, la populosa avenida Juárez recibió al Búfalo con los brazos abiertos. “Todas las caras eran oscuras. La gama iba desde la tez morena clara hasta la piel prieta”. Música, bellas mujeres en la zona roja, bares, proxenetas y hoteles. Sin embargo, el idilio del reencuentro concluye cuando se acaban las monedas, “justo cuando creía que me había vuelto mexicano en la cama de unas rameras”. Juaritos entonces, le da un duro revés. “La ciudad del pecado y de las luces multicolores” muestra otra faceta: cárcel, escarmiento y corrupción.

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Tras la faena para regresar a su país de origen, Óscar, bajo una letal pesadumbre, recurre a su hermano y le confiesa su fracaso: “un hijo de puta afirmó que yo no era mexicano, mientras que otro dijo que tampoco era norteamericano… por tanto, no tengo raíces en ninguna parte”. Durante esa llamada telefónica, en el vestíbulo el Grand Hotel del centro de El Paso, escuchó hablar del Brown Power, del poder mestizo de La Raza en East L.A., su próximo destino. “La bomba explota en mi cabeza”. Epifanía. Óscar Acosta está a punto de convertirse en Zeta, “el abogado chicano más famoso del mundo que había contribuido a dar inicio a la última revolución”, de la cual, por cierto, hay novela: La revuelta del pueblo cucaracha. El búfalo “es el animal que todo el mundo ha masacrado. Tanto los vaqueros como los indios”. El examen dentro del foro interno de la conciencia ha arrojado resultados: “me doy cuenta de que no soy mexicano ni norteamericano. Ni católico ni protestante. Soy chicano por estirpe y Búfalo Prieto por elección”. El narrador entonces, hace un llamado: “Esto es, damas y caballeros, lo que quería plantearles. A menos que permanezcamos unidos, los búfalos prietos nos extinguiremos”. Y ahora sí, a temer a las manadas.

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Carlos Urani Montiel

Esto es Juárez, amigo

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“Después de todo otra persona había sido ejecutada en Ciudad Juárez”. Todos los que vivimos aquí tenemos un conocido o un familiar que estuvo en contacto con los estragos sufridos tras la ola de violencia que azotó a nuestra ciudad hace apenas unos cuantos años. Israel Terrón Holtzeimer conoce muy bien esta situación y decidió reflejarla en su primera novela Artemisa café, la cual fue publicada en 2012 por el Fondo Editorial Tierra Adentro. El autor egresó de la carrera de psicología en la UACJ; es músico, fotógrafo y dibujante de cómics. La historia se desarrolla en dos escenarios: la Ciudad de México y la frontera. El país está de cabeza tras el surgimiento de un grupo terrorista denominado Los Leopardos, que tiene como líder a una tal Artemisa. A pesar de que se mantienen activos a través de las redes sociales, enviando mensajes tanto a seguidores como a detractores, nadie tiene claro quiénes son. La identidad de Artemisa se mantiene oculta; sin embargo, el objetivo es claro: acabar con la corrupción política y la impunidad de las autoridades mexicanas a través de asesinatos y atentados a determinados puntos estratégicos. Paralelo a esto, la novela cuenta la historia de Federico Rascón y Diana, un policía federal y una adicta a la heroína, quienes llevan una vida desordenada bajo el lema: “El dolor lo justifica todo”.

Hace algunos años, caminar por las calles de Ciudad Juárez causaba a sus habitantes una gran incertidumbre. Con el alto índice de asesinatos, secuestros y asaltos a mano armada, resultaba complicado moverse por la ciudad. Muchos preferían quedarse en casa. Los enfrentamientos entre bandas delictivas y la policía afectaban colateralmente a personas inocentes. La urbe se hallaba en profunda crisis. Artemisa Café representa e ilustra este tema de una manera cruda y directa. Distingo tres espacios en donde se desarrolla la acción referente a la frontera: una pizzería, la avenida Tecnológico y el aeropuerto. Federico dice que la pizzería tiene un nombre formado por tres palabras que parece trabalenguas, por lo que creo que se refiere a Peter Piper Pizza. En este espacio ocurre una balacera que acaba con la vida de tres agentes federales que acompañaban al protagonista, mientras él se había regresado al local a dejar propina a la chica del otro lado del mostrador; “nunca había visto unos ojos tan lindos en toda mi vida”. Fuera de la ficción, esto aún ocurre en nuestra ciudad (incluso recientemente). Los enfrentamientos se dan en espacios públicos, familiares, a plena luz del día, lo que ha provocado que algunas personas se hayan desensibilizado al punto de verlo como algo normal… otro muerto más. “Esto es Juárez, amigo”, como se titula el capítulo cinco. El otro espacio, la avenida Tecnológico, es una de las arterias más concurridas, ya que conecta de norte a sur varios puntos de la ciudad. Es probable que Israel Terrón haya ubicado las acciones sobre estas coordenadas para reflejar el poco miedo de los grupos delictivos ante las autoridades y cómo la ciudadanía convive con estas situaciones de manera cotidiana.

 

Cuando los espacios literarios son descritos por un autor que convive y se siente identificado con ellos, logra transmitir a sus lectores sensaciones que persiguen el consenso. Al leer Artemisa Café es inevitable la empatía, no solo respecto al contexto social, sino a los espacios y la manera en que los habitamos. Es frecuente en Juárez encontrar calles que en algún punto cambian de nombre. El agente Aura, por ejemplo, le pregunta a Federico si “Montes Urales era la misma calle que Avenida Jilotepec”. Otro de los elementos que podemos identificar en nuestra ciudad es la pinta de mensajes o imágenes en los cerros, como en algún momento lo fue Benito Juárez o la famosísima frase: “La biblia es la verdad, léela”. También resulta común escuchar hablar sobre los proyectos que el Gobierno Municipal echa a andar, como el Camino Real, para pronto abandonarlos, o el transporte semimasivo que, al final, sí recorre la ciudad, con visos de extender sus rutas. Todos estos espacios nos dan identidad ciudadana; al identificarlos en alguna obra literaria los sentimos un poco más nuestros.

  Daniel Malaquías