Sonetos para mi barrio: las reflexiones de Ogaz

Siempre he pensado y explorado Juárez como dos ciudades: el centro histórico y lo demás. Como escribiera Charles Dickens, en estas urbes se suman los mejores tiempos y los peores, la sabiduría y la locura, la historia y el olvido. Contemplo el sur juarense como una zona poco explorada en su literatura. Pareciera no haber historias interesantes qué contar o recordar, en contraste con el centro y sus leyendas. Y es que esta ciudad, este Juárez Nuevo es demasiado reciente. Pero, al ser yo un habitante de por esos lares, puedo confirmar que, si bien no hay historias generales, sí hay varias particulares que permanecen en algunas paredes: las de la ganga. Ese es el tema del poemario Reflexiones de la ganga: sonetos del barrio (2004) de Osvaldo Ogaz. En sus composiciones, la voz lírica reconstruye la identidad del cholo, vándalo, malilla, pandillero, gangsta. Su espacio es particular: la clica. El poemario se divide en dos partes: las reflexiones y los sonetos. Esta estructura me parece innecesaria, pues todos los poemas son reflexiones que me atrevo a denominar ontológicas: el poeta-cholo logra plasmar en su mirada excepcional todo un sentir urbano. Los sonetos de Ogaz consiguen, desde la materia poética, exponer a individuos y sus historias; así como la manera en que esos individuos dotan de identidad al espacio. Para demostrar mis palabras anteriores, analizo dos sonetos. El primero explora a la ganga. El segundo rememora a un personaje del barrio, el Chispi, quien ha muerto.

13 Ogaz sonetos.jpg

No cualquiera puede entrarle a la ganga. Hace falta, para ello, la iniciación, un tiro de a chole, “puro trompo mi loco”… “chingazos” con cariño: “No me aviente, / no corra, no sea culo, ya la prole / gritando se divierte, ya es del barrio, / ha pasado la prueba, ya no llore, / no se raje, disfrute la pachanga”, como versa el “Soneto XIV”. El cholo recién ingresado no tiene nombre aún. Después de haber sido iniciado, se ha vuelto un “hombre” y la espacialidad le da la bienvenida: “Es la ganga / la que fiel lo recibe, tome un facho, / las caguamas no faltan. ¡Ya es muy macho!”. El barrio y los cholos son un mismo cuerpo: él también es ciudad.

Al realizar el poeta una radiografía del barrio, salen a relucir sus personajes. Memoria y muerte serán exploradas en estos sonetos elegíacos. Aparece el Chilas, “gurú chicano”, el más “ruco” y fundador de la clica: “¡Qué belleza / de barrio se ha esculpido!”, dice el “Soneto XVII”. También surge el Chispi: “Era el maclein, era verdura / pal’ caldo de nosotros; nuestro santo / sin él no éramos bules” (“Soneto II”). El Chispi era. El cholo no es humano, recuérdese, sino escoria. La muerte le regresa su humanidad: en la tumba se graban nombre y apellidos: “Pero humano / un día se convierte y una mano / su Carne la mutila y quedan huellas” (12). El Chispi ha fallecido y el poeta confirmará su dolor en otro soneto, el 16: “Ya este bato / se pudre con los días […] el Chispi ha dado el salto al longevo / lugar del infinito”. La voz lírica sufre: “Muy amarga / me sabe la existencia, el Rey hoy se ha ido / el más machín de todos”. Aparece un vacío, un nihilismo pandillero: “Ya dejen desprenderme de esta larga / carrera de vacíos, esto pido / el Chispi me ha llamado, quiere verme” (26). Su muerte reclama la voz del cholo-cronista, pero el poeta sabe que su memoria opera como el germen de la escritura: “Ese mi loco escucha esta canción / que no canto, la escribo en la memoria / de todos los carnales que en la gloria / del barrio se sentaron” (“Soneto VI”). Morir, entonces, será también un encuentro con la gloria: “la victoria / la llevan en su muerte, pues la noria / de donde se embriagaban y el rolón / de las oldies de aquellas se extinguió. / Ahora bailan despacio en los infiernos”. Todo ha desaparecido: las caguamas y las canciones se han terminado. Maldecidos por Dios, los cholos dan su última vuelta en low rider ahí en el barrio del diablo, en esa otra ciudad que no tiene historia.

13 Segundo Barrio virgen.jpg

Antonio Rubio

El cielo de Juárez

Etiquetas

,

Cuautla, Morelos, mayo de 1982: José Agustín, termina de escribir Ciudades desiertas, su quinta novela desde La tumba (1964), dentro del movimiento literario denominado la Onda. El argumento es el siguiente: Eligio va a buscar a su esposa Susana, quien se ha escapado sin previo aviso, aceptando una beca en Estados Unidos, en un pequeño lugar llamado Arcadia. Aburrimiento y hartazgo concentran los motivos de Susana, pero, sobre todo, desprendimiento. Eligio vuela al país del norte, para luego trasladarse “hasta el culo de mundo”, como él mismo dice, para buscar la explicación de la misteriosa partida. A su llegada al pueblo, se da cuenta que Susana mantiene una relación con un polaco corpulento y peludo, a quien en ese momento le mienta la madre y da por terminada la aventura con su esposa. Susana, por su parte, parece aceptar relativamente la llegada y el fin de su relación con el europeo. Al fin y al cabo, necesitaba un confidente a quien le podía contar todo lo que le había pasado en los “Estados Hundidos”. En ese peculiar edificio, residen, entre otros, un egipcio, unos chinos, un rumano, el polaco, un islandés y un peruano, todos escritores al igual que Susana. Eligio nos dice qué hace falta: “aunque sea un perro muerto para darle un poco de vida a ese lugar”, refiriéndose a la pulcritud de la urbe. Como en Paris, Texas, Eligio navega en su Chevrolet vega siguiendo la pista de su esposa, quien se ha escapado otra vez, pero ahora acompañada del polaco, rumbo a Chicago. Al ritmo de “Deserted Cities of the Heart” de The Cream, que, además de aparecer en el epígrafe de la obra, sirve de soundtrack, el mexicano arranca su carro entre la tormenta de nieve y se encamina a buscar a Susana. Eligio descubre dónde están y los interrumpe en la cama, en una escena donde se mezcla el amor, la excitación y el odio, para luego sacar a la escritora a punta de pistola y llevarla con él, al menos hasta que ella se vaya de nuevo.

Pero antes de la segunda huida y después de comprar el Chevrolet, la pareja va a las afueras de Arcadia y, ante el asombro de su esposa por el cielo, Eligio, quien es chihuahuense, le dice que ni siquiera lo había notado; por lo tanto, no debía ser nada del otro mundo: “no es el del desierto, carajo, como en Ciudad Juárez, ése sí es cielo, no mamadas”, dice él, como con nostalgia. Recientemente la novela fue adaptada al cine; he decidido no verla. Hay personajes intrínsecamente literarios y enigmáticos, que cuando un cree haberlos conocido del todo, sorprenden… caracteres que dotan de complejidad al entramado narrativo, así como dudas respecto a los elementos que los rodean. Me refiero no solo a la condición enigmática de la mujer, sino a preguntas con profundos ecos sobre la dominación y convivencia. Personajes interesantes no por lo que dicen, sino por lo que hacen, tan bien logrados que no dan ganas de conocer otra versión de ellos. Así es Susana en Ciudades desiertas.

184 Oksana Cielo.jpg

Por lo menos doce colores distintos –hasta cincuenta me dice un amigo diseñador– son captados en distintas fotografías en un solo atardecer, por la artista visual Oksana Portillo. Provoca cierto orgullo ver esas imágenes, vislumbrar en ellas ese cielo del que habla Eligio: el del desierto, ecosistema que nos mata igual en invierno como en verano. Las ciudades desiertas no son lo mismo aquí que allá, ni tampoco las dunas de Samalayuca se asemejan al Zabriskie Point en el Valle de la Muerte de California. Niego ahora aquella afirmación de Arturo Belano, en Los detectives salvajes, sobre la identidad del cielo: “es igual en todas partes, las ciudades cambian, pero el cielo es el mismo”. Aunque Reyes hablaba del sol de Monterrey, Ciudad Juárez ostenta increíbles puestas de sol y amaneceres. El cielo y los zanates bajando a los cables eléctricos; el azul ahoga si lo miras de frente; por las noches aluza con estrellas sin cuento. Pero… ¿no nos engañamos? ¿Es realmente tan bello como creemos? ¿Será el único consuelo que tenemos en esta tierra de cruces sobre postes? No conozco a nadie, nacido aquí, que diga lo contrario. En la memoria de José Agustín se quedó fijo cuando visitó no solo nuestra tierra, sino también nuestro cielo.

184 Oksana Portillo Atardeceres.jpg

Crédito de fotografías: Oksana Portillo

Gibrán Lucero

Versos en litigio

En nuestra más reciente ruta literaria, Fundadores, recorrimos el conjunto escultórico ubicado en el Parque Lineal Cuatro Siglos. Para el recorrido, decidimos presentar los eventos históricos según su orden cronológico: reconocimiento (Alvar Núñez Cabeza de Vaca), toma de posesión y evangelización, yendo en contra del acomodo aleatorio (¡no en línea recta!) de cada cuadrante. La estatua ecuestre de Juan de Oñate, realizada en bronce con basamento de mampostería cubierta de piedra de cantera, se inauguró hace casi 20 años, el 21 de septiembre de 2000 por el gobernador del Estado (Patricio Martínez García del PRI), el presidente municipal (Gustavo Elizondo Aguilar del PAN) y autoridades eclesiásticas. La obra fue hecha por Georgina Farías “Gogy”, más reconocida por Los indomables del Chamizal en Av. las Américas, a partir del diseño del artista paseño, José Cisneros, quien dibuja al jinete, no con estandarte ni en posición de alerta, sino con vara de mando y acompañado por un indígena. La ausencia del “otro” y la actitud del caballo quizá sean aspectos menores, pero veremos cómo estos cambios iconográficos expresan la imagen de un pasado con cuentas por saldar.

12 Cisneros - Onate.jpg

Don Juan de Oñate, un nuevo rico nacido en 1550 en Zacatecas, en donde su padre –castellano viejo venido a menos– acuñó una inesperada fortuna tras descubrir minas de plata, con lo que pudo acceder a la vida nobiliaria y así, heredarla. Los conquistadores de finales del siglo XVI, los últimos de su estirpe, se empecinaban con las instrucciones de sus informantes nativos –también llamados nahuatlatos o indios de paz–, quienes les transmitieron la memoria oral y mítica de sus pueblos. Por su parte, los adelantados, título otorgado al general al frente de una expedición por tierras ignotas, buscaban no solo oro, sino también fama en nombre de la cruz y el hábito evangelizador. Imagino el instinto o astucia indígena colmándoles la imaginación con suntuosos bienes y destellantes ciudades localizadas siempre unas jornadas más al norte… aquí nomás tras lomita. Tanto creyó Oñate en los antiguos mitos, que se casó con una noble descendiente de importantes linajes: Isabel de Tolosa Cortés de Moctezuma –biznieta del desventurado tlatoani quien recibió a los españoles y nieta del mismísimo Hernán Cortés–. Cuentan los sabios que las tribus que salieron de las siete cuevas, ubicadas justo en las imprecisas coordenadas de Aztlán-Chicomoztoc, se separaron y siguieron distintos caminos. Tiene sentido que si unos, en dirección austral, liderados por Tenoch bajo el amparo de Huitzilopochtli, fundaron la capital mexica en el Valle de Anáhuac (el contaminado DF), entonces otros, rumbo al norte, tuvieron que fundar un Nuevo México (a un costado de Texas).

12 Ruta Onate.jpg

Toda la travesía fue registrada no en una carta que detallara los pormenores de la entrada, ni en una larga crónica o relación, sino en versos endecasílabos, es decir en un poema y, en particular, en uno muy largo, dividido en dos partes y 34 cantos: Historia de la Nueva México, publicada en Madrid en 1609. Su autor, el poblano Gaspar Pérez de Villagrá, escogió la épica para dar testimonio –porque además participó como capitán– de la expedición que partió desde Durango en 1598 y llegó hasta Santa Fe, en Nuevo México, inaugurando, la famosa ruta que se llamó posteriormente Camino Real de Tierra Dentro. La selección del género –la épica– no es gratuita. Las grandes epopeyas (la Ilíada, la Odisea, la Eneida) guardan hazañas y espectaculares batallas protagonizadas por héroes sin par. Tanto Oñate como Pérez de Villagrá enfrentaban, por ese entonces, procesos judiciales debido a crímenes cometidos contra hispanos desertores, en el caso del poeta, y contra la población nativa de Nuevo México, por parte del adelantado. Qué mejor género para ensalzar la figura del general y la de su capitán que el de la épica. Con ese modelo compositivo de fondo, el escritor diseñó a su héroe. No obstante, el género también precisa de un enemigo a quien derrotar, y, lamentablemente, esto último no pertenece solo a la ficción.

12 Izac Peon conquista (4).jpg

Otro motivo dilecto de la épica se concentra en el viaje y todos los padecimientos para alcanzar un destino, habiendo vencido contrariedades y sorteado accidentes geográficos e inclemencias climáticas. Uno de los pasajes más llamativos de la Historia de la Nueva México resulta ejemplar para nuestro proyecto de GeoPoética chihuahuense. Me refiero al sufrido descubrimiento del caudaloso –ahora ya no tanto– Río del Norte, perteneciente al Canto 14 de la primera parte:

12 PerezV Canto 14.jpg

Ese “Señor”, a quien va dirigida toda la obra, es, Felipe III, rey de España, quien tuvo que haber disfrutado de estos versos, ya que tanto Oñate como Pérez de Villagrá salieron bien librados de los cargos en su contra. Sin duda, Oñate fue un visionario; empeñó todo su capital y fuerza; quemó las naves (por así decirlo) para establecerse en Nuevo México, del que fue primer gobernador. Jamás encontró los poblados que buscaba. Las siete ciudades de oro, entre ellas Cíbola y Quivira, no eran más que un espejismo, el sueño americano forjado desde entonces. Fue Oñate quien tomó posesión de estas tierras y celebró misa por vez primera en Paso del Norte, así como también una obra de teatro, un auto sacramental. Pero también hay que recordarlo como un “héroe” funesto, aciago, falso “PACIFICADOR” de una guerra que él mismo inventó. La batalla de Acoma inició con una escaramuza en la que perdieron la vida unos cuantos españoles, su sobrino entre ellos. En represalia, Oñate puso sitio al pueblo, que resistió menos de una semana. Según los hispanos, Acoma ya había jurado lealtad a la corona, así que el castigo no fue contra una nación enemiga, sino contra súbditos traidores, sediciosos; se habla de 800 indígenas muertos (500 eran guerreros), más otro medio millón capturado; a los niños se les separó de sus familias, quedando al cuidado de los franciscanos, pero a los jóvenes y a los prisioneros “rebeldes” se les cercenó el pie derecho de un tajo. Mutilación como forma de escarmiento, versos en litigo, literatura como absolución. Opino que, para recordar y conmemorar la historia, a la escultura de Juan de Oñate le falta la compañía de alguien de Acoma, o, en su defecto, le sobra todo un pie.

12 Urani Fundadores.jpg

Urani Montiel

El Bravo no olvida

Etiquetas

,

La esencia del texto de Jan Reid para la antología Río Grande, publicada en Austin por la Universidad de Texas en el 2004, se infiere desde el comienzo, en un claro principio de construcción. A una greguería de Ramón Gómez de la Serna, traducida al inglés: “Water has no memory, that is why it is so clear”, se opone la voz de Christopher Cessac, que se dirige al poeta español con sobrada familiaridad, para corregirlo y decirle a Ramón que aquí el agua no olvida nada. A la izquierda, se muestra una fotografía en blanco y negro de la ribera apenas bañada por las aguas, tomada por Earl Nottingham. El libro congrega a casi 40 voces para contarnos historias acerca de un cauce que paulatinamente ha ido quedándose sin agua, una afluente disputada por dos países que acabaron por partirlo a la mitad, explotándolo y abusando de su beneficio.183 Cessac Republic Sublime.jpg

¿Dónde inicia el Río Grande? ¿Cuál es el punto de partida elegido por Reid? El acto de nombrarlo, su primer apelativo: Río de las Palmas. Casi toda la expedición hispana en la que viajaba Alvar Núñez Cabeza de Vaca pereció en el intento de reencontrar su norte con dirección austral, después de naufragar cerca de La Florida en 1527. Tras incontables contratiempos, Alvar dio con el enorme caudal, quizá sin reconocerlo realmente, solo comparándolo con el Guadalquivir, sobreviviente convertido en curandero, políglota y amigo de las tribus indígenas asentadas en su litoral. Reid registra en el “Prólogo” por lo menos diecisiete nombres, empezando por P’osoge y Paslápane, que significan “río grande” en lenguas nativas, para concluir dilucidando la diferencia entre el tamaño y la actitud que concilia el cauce en su doble denominación, a partir de que se convirtiera en la frontera política –pero también imaginaria– que separa dos naciones. Grande se le dice dentro de los Estados Unidos, mientras que Bravo se usa en territorio mexicano.

Reid relata una experiencia personal; en el verano de 2002, acudió con ansia a la fuente o embocadura del río (Boca Chica), para encontrarse tan sólo con una pequeña reserva de agua en las afueras de Brownsville. La mayoría de los humedales estaban secos como polvo de gis. Reid escribe su testimonio en tiempo presente, como si fuera hilvanándolo al mismo tiempo que su viaje decrece en expectativas. El antologador describe el estado actual del cauce y los problemas de salud que acarrea para quienes habitan en su valle; de manera simultánea pone sobre la mesa la disputa sobre el origen del río: el deshielo y los rápidos en las montañas rocosas de Colorado y Nuevo México o el Conchos en México. Así que la boca del torrente resultó ser, en realidad, su fin.

183 Earl nottingham rio.jpg

El “Prólogo” antecede una serie de 36 escritos que se aproximan a la historia del Río Grande/Río Bravo desde distintas perspectivas, así como a numerosas imágenes pertenecientes a lo que Reid denomina “la alquimia de la fotografía”. Como compilador de la obra, optó por dejar fuera del libro poesía, dramaturgia, canciones e incluso pintura; de modo que el foco de las narraciones prioriza reconstrucciones de imágenes pretéritas, aun cuando la mayoría de los escritores fueran sus contemporáneos. A su parecer, las fotografías en blanco y negro frente a las de color se repelen mutuamente, por lo que selecciona solo las primeras ya que, además, la desolación de la corriente natural invita a la imaginería en claroscuros. La literatura y leyendas en torno al río están repletas de personas nadando, guardando distancia, temiendo siempre la inmersión definitiva. Pero a medida que el año, las temporadas y el globo entero se calientan, esas imágenes lucen fantásticas. Hemos dejado, concluye Reid, que el Río Grande se convierta en rivera, y que su antigua bravura no le alcance para abrirse camino hacia el mar.

183 Bill Wright.jpg

María del Carmen Rascón Castro

Una misión hacia El Chuco

Etiquetas

,

Bordeños es una novela corta escrita por Francisco Serratos en 2014, publicada por el Fondo Editorial Tierra Adentro. El texto retrata la historia de dos amigos: Faco y Polo (el primero, estudiante de arte; el segundo, un delincuente) que, después de estar muy unidos en su infancia, cada uno toma caminos diferentes, hasta que la vida los separa por completo. Una noche fría, muchos años después, los dos jóvenes se reencuentran. Polo, que se había convertido en todo un criminal (ayudaba a inmigrantes a cruzar ilegalmente a Estados Unidos), reconoce a su viejo amigo, que ahora era un estudiante de arte con mucha visión. Inmediato al reencuentro, terminan pasando la noche en un hotel con dos mujeres. A la mañana siguiente, se revela el conflicto central de la novela: Polo es amenazado por hombres armados que le exigen dinero que, según él, su jefe había robado; Faco conoce a Isamar, una chica colombiana que llegó a la frontera “de pasada” mientras juntaba dinero para cruzar al otro lado; Polo decide viajar a Seattle para huir de sus deudores, así que les pide ayuda a la improvisada pareja para encontrar un automóvil y escapar; después, Faco regresará a su vida normal e Isamar irá en busca de su prima en Estados Unidos.

La novela tiene lugar en las ciudades vecinas: Juárez y El Paso. Como es costumbre, este tipo de relatos que ocurren entre estos dos espacios siempre incluyen a personajes que cumplen con el estereotipo del inmigrante que llega a Juárez “de pasada” mientras busca cómo cruzar la frontera. También aparece esa  otra cualidad muy visitada en la literatura fronteriza: el cruce ilegal de personas hacia Estados Unidos. En este caso, Polo encarna el papel del “pollero” que tiene contactos en todas partes y, a cambio de una no tan módica cantidad de dinero, puede cruzar personas sin ningún tipo de problema; Isamar, por su parte, adquiere el papel del inmigrante que, debido a su falta de documentos legales, tiene que trabajar en algún bar o haciendo cualquier tipo de actividad lucrativa, no siempre tan lícita, mientras consigue el dinero suficiente para embarcarse de lleno en el american dream. Desde luego, no siempre estos inmigrantes consiguen lo que quieren, al menos no tan fácil como Isamar, quien, finalmente, al ayudar a Polo, termina por beneficiarse a sí misma, aunque estuvo casi dos años trabajando en Juárez, embriagando clientes, “más si son gringos”.

182- Foto 2.jpg

Bordeños es una novela corta y disfrutable, aunque no deja de contener rasgos estereotípicos de la literatura sobre Ciudad Juárez, la cual, casi como canon, siempre cae en dos tópicos: el narcotráfico y el cruce ilegal a Estados Unidos. Como la mayoría de los habitantes de esta ciudad, he cruzado a El Paso (legalmente, claro) desde muy temprana edad, y en más de una ocasión me ha tocado ver que retengan a alguna persona por no llevar documentos, o que salvajemente alguien irrumpa corriendo, intentando sortear a los oficiales de inmigración. Por ello, quizá la novela resulta tan cliché, porque es la realidad que se vive día a día en la frontera. También estoy seguro de que historias como las de Faco y Polo hay muchas, algunas menos exitosas que otras, pero dignas de ser plasmadas en papel por alguien que simplemente esté dispuesto a escuchar y a encontrar la literariedad en la vida real.

Armando Góngora Moreno
mayo, 2017

 

Desde lo alto de la X

Etiquetas

,

Entre los principales símbolos urbanos que vemos a diario cuando transitamos por la ciudad se encuentran los monumentos, las esculturas e incluso lugares que por su carga histórica se han convertido en insignia. El acto de recordar y, por lo tanto, cobrar consciencia del personaje o suceso histórico que representan refuerza nuestra memoria colectiva. Sin embargo, a veces desconocemos quién o qué yace detrás de los nombres grabados en placas y, sobre todo, bajo qué criterios se optó colocarlos en un sitio en particular, pues su función no se siempre se limita al simple embellecimiento del espacio que habitan. La mirada ajena, libre de la rutina diaria, guarda la capacidad de asombro ante estos símbolos. En el 2016 Ricardo Vigueras publicó el libro infantil La ciudad donde nunca llueve, el volumen 8 de la Colección Kúrowi-Témari, con ilustraciones de Guillermo Sánchez (GeMó!), donde, desde la mirada de la pequeña Lilí Tarantela, se narra la sorpresa ante una nueva ciudad que se descubre a través de sus paisajes y monumentos.

Tanto el texto escrito como las ilustraciones hacen referencia constante a cada espacio y aspecto descubierto, sobre todo en contraste con el lugar que deja atrás: la Ciudad de México. La pequeña Lilí se muda a la frontera porque su papá ha sido contratado como profesor de literatura en la Universidad. El espacio geográfico en que se encuentra Juárez, el desierto, es lo que hace a su padre creer que en esta ciudad nunca llueve; sin embargo, no tardan en darse cuenta de que no sólo sí llueve, sino que además cuando esto ocurre la ciudad se inunda. Y de entre el asombro ante los nuevos espacios se insinúa la crítica por la mal planeación urbana. La mirada infantil evidencia el mal diseño de la ciudad: las calles colapsan, las casas se anegan, el asfalto se abre, la vegetación –en especial los viejos árboles– peligra, el drenaje no funciona, se va la luz y todos nadan para llegar a su destino. Un vecinito le explica a Lilí que Juárez se inunda porque aquí “nunca llueve, nunca llueve”. El argumento lingüístico se desmorona no solo con las primeras gotas, sino con sus consecuencias que aparecen bien ilustradas: un perro con snorkel, una abuelita flotando sobre su mecedora y una rutera impulsada con remos en plena maniobra náutica.

181 GeMo lluvia.jpg

Lo primero que llama la atención de Lilí en estas coordenadas es el tamaño del sol. La contaminación no siempre le permitía apreciarlo como sí puede hacerlo en la frontera. Además, éste refuerza la idea que tiene de Ciudad Juárez: el paraje más cercano a las películas del viejo oeste; por ello, viste botas y sombrero, sueña con cabalgar, aprender a tirar el lazo y tener un rancho. Los pasos de la pequeña recorren los principales sitios de la ciudad. El primer lugar en visitar es uno de los espacios más emblemáticos y que hace honor a Germán Valdez en la Plaza de Armas: la estatua interactiva de Tin Tan sentado en la fuente. Otro lugar aludido es la industria maquiladora y sus parques (para nada divertidos). Lilí ve las fábricas perderse en el horizonte. También llama su atención la montaña Franklin, de El Paso: “qué cosa tan curiosa es vivir en una ciudad que en realidad son dos”. Desde su ventana, no alcanza a ver el enorme muro que se levanta entre ambas. Finalmente, una monumental escultura hace a Lilí fantasear con lanzarse en paracaídas: la equis, en la Plaza de la mexicanidad. El texto de Vigueras es quizá el primero en llevar a la literatura la obra de Enrique Carbajal, mejor conocido como Sebastián, que se inauguró en el 2013. A pesar de las irregularidades en torno al presupuesto y tiempo de su edificación, ahora resulta imprescindible como símbolo de la ciudad, pues es difícil ignorar una estructura escarlata de 62 metros de altura.Foto 29-05-19 17 28 26.jpg

Alejandra Gómez

Radioactividad en el yonke

Etiquetas

,

“La Organización era una especie de sociedad secreta y aunque muchos de sus miembros estaban incrustados en el sistema, habían jurado una prioritaria lealtad a su grupo, aun antes que a su mismo sistema de gobierno”. Dicha sociedad planea y efectúa un proyecto de terrorismo al norte de México: inserción de material radioactivo por medio de una bomba de cobalto 60. El objetivo, según nos cuenta José Areníbar en su novela publicada en 2004 por Ediciones del Azar, era desestabilizar la economía mixta del país entre el socialismo, impulsado por la Unión Soviética, y el imperialismo capitalista de los Estados Unidos. El novelista y profesor originario de Jiménez conjuga el desastre nuclear ocurrido en los 80’s con la ficción, para dibujar a los protagonistas de Cobalto 60: un periodista llamado Carlos y Miranda, un maestro de educación básica. Tampoco podemos olvidar a Manuel de María, opulento importador en la aduana, quien decide, repentinamente, abandonar esa vida plagada de corrupción para convertirse en vagabundo, debido al miedo a que la Organización lo localice y asesine por su salida del proyecto. La trama comienza en Los Ángeles, luego se desplaza a Jiménez, con una parada intermedia –pero determinante– en la frontera Ciudad Juárez-El Paso, para terminar en la Ciudad de México, justo después del terremoto de septiembre de 1985. La CIA, la PGR y el ejército mexicano son algunas de las instituciones relacionadas con los hechos que comienzan a finales de 1983, y que pronto dejan cientos de enfermos de cáncer debido a la radiación emitida por el material de construcción en que fue fundida la máquina de cobalto 60.

Aunque el punto central del libro vaya perdiendo fuerza conforme avanza la narración, terminando incluso con una descripción de veinte páginas sobre la agonía de los personajes; y a pesar de la inconsistencia en el tratamiento de su psicología, como en María, quien al principio no tuvo escrúpulos y luego se arrepiente sin justificación, sirviéndose de la amistad con Miranda y Carlos su camino hacia la redención; así como de situaciones inverosímiles, como la inmediata comunicación entre un vagabundo y un agente de la CIA, Cobalto 60 destaca por su función referencial histórica, y también por salir de los tópicos habituales de la literatura juarense. El motivo que desencadena las acciones de la novela es real: en diciembre de 1983 un empleado del Centro Médico de Especialidades en Ciudad Juárez desarmó una unidad de teleterapia con una fuente de Cobalto-60 de 1003 Ci.

180 Capsula Sria Energia.jpg

Al ser extraída la fuente radiactiva de su blindaje principal, la cápsula quedó perforada y se trasladó al Yonke Fénix donde fue vendida como chatarra, iniciándose así la dispersión de los gránulos de Cobalto, ya que se fabricaron productos de acero, varillas principalmente, con la chatarra contaminada. José Areníbar reconstruye bien el ambiente en el que dicha cápsula pudo entrar al país sin cumplir con todos los requisitos de importación vigentes: Ciudad Juárez “es una urbe con crecimiento desmesurado, su poderío económico no es suficiente para satisfacer las necesidades de un flujo constante de inmigrantes que, atraídos por los cercanos dólares, arriban al sur del país. Sólo la creación de maquiladoras, que son de capital extranjero, ofrecen trabajo y nivelan en parte la balanza de una economía tambaleante e insegura”.

180 Yonke Fenix.jpg

La representación espacial del yonke es otro acierto de la novela: “Es por eso que los yonkes proliferan sobre todo al sur de la ciudad. Imposible controlar con exactitud tanto negocio de este tipo en cuanto a cantidad, calidad y clase de objetos que en ellos se encuentran”. Y es que a la fecha este tipo de establecimientos abundan en la misma zona urbana mencionada por el narrador, donde el crecimiento desmedido y el abandono dejan grandes huecos poblacionales. Bien se puede argumentar que es mejor que haya “algo” construido, en lugar de largos pedazos de llano; no obstante, la planificación urbana afecta a los juarenses del sur, cuadrante descuidado por los discursos simbólicos, poco patrullado por las autoridades y de difícil habitación por falta de servicios de transporte público y de mantenimiento a calles y alumbrado. José Arenívar deja una pregunta al aire sin que nadie dé una respuesta ni aproximación: ¿Alguna vez recibirán su castigo los culpables? La cuestión puede extenderse no solo a los problemas ambientales (como la solución que dieron las autoridades en Samalayuca), sino a todas aquellas operaciones o negocios que utilizan a las personas como carne de cañón para proyectos que generan dinero.

180 Samalayuca cementerio.jpg

Gibrán Lucero

Una ciudad que devora

Etiquetas

,

La prosa de El monstruo mundo se constituye a partir de breves secuencias, cuyo propósito recae en un antiguo dilema metalingüístico: “Las palabras, todas, comprendían una falsa propuesta, un indicio no logrado; su escollo a veces parecía no decir nada.” ¿Nombrar soluciona algo frente al caos que predomina en nuestra realidad? Azucena Hernández se sumerge en esta pregunta a través de una narración fragmentada por “artificiales estados opiáceos” y el devenir citadino de una mujer.  Su historia encarna una errática violencia interna que proviene de la monotonía y el hastío de sobrevivir en un mundo por momentos completamente deshumanizante. De la nouvelle –así se subtitula– publicada en el 2016 bajo el sello editorial Ars Communis, me interesa abordar dos aspectos, los cuales, finalmente, ayudan a resolver la duda planteada: el cuerpo femenino y el espacio habitado.

La protagonista no presume de un nombre. Dentro de la narración, únicamente Bill, dueño de un decadente bar, lo posee. Otro personaje importante es D., pero conocer solo su inicial indica que, por ser una especie de extensión de ella, su identidad se difumina, se va desvaneciendo. En su deambular por la ciudad durante una noche llena de drogas, prostitución y muerte, poco antes de encontrar “el desprecio total en un guiñapo de una mujer”, afirma que “los nombres no son importantes, pudo haber sido cualquiera”. No obstante, las múltiples violencias que cotidianamente recaen en los cuerpos femeninos comienzan con la insistencia por invisibilizar su presencia. Por ello, más allá de centrarse en el despojo corporal (aunque sí aparezca la descripción de la causa y el resultado de un feminicidio), la novelista muestra la deshumanización de nuestro mundo a través de los estragos que padece la mente de alguien que se enfrenta a esta situación. Por tanto, si bien es cierto que cualquier habitante de esta u otra ciudad pude sucumbir ante el apremiante caos, la pregunta inicial, ¿el nombrar soluciona algo?, se convierte en un problema de género. Pues, aunque la premisa que ronda en todo el texto consiste en la vacuidad del lenguaje, el mismo hecho de escribir la novela, su final y el desdoblamiento de la autora en la “prostituta Nena” demuestran lo contrario: necesitamos, como mujeres, nombrarnos para comenzar a ocupar un lugar desde el que se pueda combatir la fiereza de la realidad.

179 Women in the city.jpg

Ahora bien, el espacio en el que sucede el enfrentamiento entre la mujer y su entorno signa su misma existencia. Es decir, la estructura de una ciudad como Juárez nos constriñe dentro de su propia lógica; pues, si bien es cierto que como habitantes la vamos construyendo diario, las relaciones –sociales, políticas, económicas, urbanas– que se crean en y a partir de ella, en su mayoría múltiples, caóticas o mal diseñadas, impactan abiertamente la identidad individual: “Frente a mi casa jugaban los niños pobres, y yo más pobre aún, carecía de palabras para invitarme a sus juegos. Frente a mi casa se drogaban los jóvenes que comenzaban a tronchar las flores de la muerte joven. Y pasaban los borrachos a altas horas de la noche salpicados de estrellas en los ojos. Y la prostituta Nena (se llamaba Azucena), gorda y vieja fichaba en los burdeles azules de Barrio Azul. Y muchos terminábamos siendo criminales, drogadictos o putas, porque había que ir tirando, desprenderle gajos jugosos a la vida pero la vida sólo nos daba miasmas”.

179- Tapias 1

Crédito de fotografía: Ana Iram

La espacialidad, por tanto, tiene una fuerte presencia en la narración, aunque la misma protagonista (y autora) intente negarlos o trascenderlos. Todo comienza en su habitación; luego, su devenir se extiende a otras áreas de la ciudad, sus calles, el viejo centro, un bar, un cementerio. Así, a pesar de que el espacio se expande conforme avanza el texto, la protagonista no puede desprenderse de la asfixia que implica existir en un sitio donde el único viaje supuestamente libre se da a través de las drogas; sin embargo, al final todo termina en vacío: “Un golpe de euforia que en un segundo gastó su potencial dinámico; después nada, el mundo era una pared descascarada”. Los nombres son lo único que nos queda, sobre todo en una ciudad en donde la falta de memoria y la normalización de una violencia encarecida, nos devora día a día, como lo hizo con Ana, Pamela, Marisela, Verónica, Laura, Beatriz, Claudia, Alma, Patricia…

179 - tapias 2.jpg

Amalia Rodríguez

 

Gardea: entre Placeres y Ciudad Juárez

Etiquetas

,

Jesús Gardea Rocha (Ciudad Delicias 1939-Ciudad de México, 2000) fue un cuentista, novelista y poeta radicado en Ciudad Juárez por 33 años (ya he escrito antes sobre su domicilio). Descubierto por José Luis González y Jaime Labastida en 1979, publicó su primer libro con la editorial Siglo XXI, Los viernes de Lautaro. En 1993, aparece la segunda edición; seis años después, el Fondo de Cultura Económica antologa el mismo texto en la Reunión de cuentos. Los viernes de Lautaro se compone por 19 cuentos, donde los personajes son asolados por las inclemencias del desierto, de la extensión del páramo, además de ser solitarios y vengativos. Antes de participar en el XXII Concurso de Lecturas Hispanoamericanas de hace dos años, no sabía nada sobre este narrador, ni la importancia que tiene su obra en el ámbito nacional y fuera de México. Aunque como buen profeta, la voz de Gardea ha tardado para calar en la comunidad literaria del septentrión.178 Gareda cuento.jpg

En “Soliloquio del amargo”, cuento perteneciente a Los viernes de Lautaro, hay un narrador protagonista que describe el calor sofocante de una ciudad que lo castiga desde los primeros rayos. Aunque no se conoce el nombre del personaje principal, por la trama sabemos que trata de huir de Laura (su mujer); sin embargo, al salir a la calle para dirigirse al trabajo, el sol es tan fuerte que su portafolio “comienza a dorarse como un pan metido al horno”. No obstante, sigue caminando unos cuantos pasos más, a lo largo del “día mas caluroso en todo lo que va del verano”. De nada le sirven las sombras de los edificios; el calor es tan sofocante que entorpece e incomoda, por eso busca una puerta abierta para refugiarse y recuerda una tienda con ventilador, donde ha pasado varias veces. Al final, decide regresar al departamento, debido a que el aire acondicionado es su salvación y, al igual que Laura, llegará y se desnudará, aunque ella deslumbra por su ausencia. El clima lo arrulla para sucumbir de lleno en el sueño postergado.

Durante el verano, la temperatura en Ciudad Juárez roza los 40°C; en 1960, el récord reportado fue de 42. Los habitantes mantienen los aires acondicionados prendidos en sus casas, escuelas, centros de trabajos y los menos afortunados dejan ventanas y puertas abiertas para mitigar el calor durante el día. Aunque en la noche, la sensación de calor pueda descender a una mínima de 21°C, el clima  persiste y sofoca. Los juarenses de nacimiento o convicción no pueden caminar una cuadra sin asolearse, sin sudar, debido a que el sol es un “tizón caliente”; buscan la resolana, se persiguen con ansia el lugar aclimatado para sentir el fresco; algunas personas se duchan varias veces, otros compran raspas y los más aguerridos unas “frías” para combatir el calor; mientras que a la distancia el asfalto parece evaporarse como agua. Aunque las historias de Gardea ocurren en Placeres, poblado inspirado en Ciudad Delicias, y el tema de la frontera no aparezca explícitamente, menos el nombre de Ciudad Juárez, su obra trascurre en el mismo ecosistema de la urbe fronteriza, y se vincula con la soledad, el polvo, la violencia, el miedo y figuras parcas que parecen regodearse en el hastío.

178 Aquino Viernes.jpg

Daniel Aquino Hernández

Otro Moloch norteño

Etiquetas

,

La primera novela del escritor chihuahuense, Daniel Espartaco Sánchez, nos habla de una generación que creció, ansió y experimentó durante los años 90 para fracasar con estrépito en la siguiente década. Autos usados apareció a finales del 2012, al cuidado de Random House Mondadori, cuando el autor ya gozaba de cierta fama a nivel nacional. El texto se estructura en cuatro capítulos de diferente extensión, así como de desigual interés e incluso calidad, siendo las dos primeras partes las que guardan el meollo del asunto. Elías, un joven de 16 años, anhela adquirir un auto de segunda mano, símbolo de bienestar, insignia móvil de prestigio frente a amigos y señoritas. Ante preguntas trascendentales –“¿Qué quería hacer con mi vida?”– en una época en donde todo luce tan visceral, la respuesta no se presta a cavilación: “Para comenzar, nunca más caminar de noche a lo largo de la avenida Tecnológico”; él se refiere a Chihuahua capital, pero la aspiración también aplica para la metrópoli juarense: “comprar uno de aquellos automóviles norteamericanos que pasaban la frontera de manera ilegal y se vendían en el bazar debajo del puente de la avenida Vallarta”, como se hace en la Curva de los Aztecas, ahí por el Hoyo. “Autos de lujo, algunos fabricados antes de la crisis de los combustibles, fruto de una civilización que había conquistado el mundo gracias al tamaño de sus vehículos; autos que llegaron a vendernos un sueño americano reciclado y más barato”.

Rescato el estilo fluido de la prosa de Espartaco, ya que aporta un tono íntimo, familiar, casi confesional. A pesar de que el espacio central de la novela no es Juárez, por lo que quedaba fuera de los objetivos de este blog, seguí leyendo. Comparto con el autor referentes y visiones de aquellos quienes disfrutaron su adolescencia en los 90’s. A través del protagonismo de Elías, recordé el idealismo de las primeras citas, la conflictiva interacción con los padres y las tragedias efímeras compartidas con los amigos. Aunque en lo particular, jamás me interesó conducir un auto, como sí lo hace el protagonista con su Ford Fairmont 1980, las voces que habitan las páginas de la novela nos hablan de una juventud con aspiraciones inmediatas –un viaje a Amarillo, Texas, por ejemplo–, de una generación que se ve amedrentada por un contexto social cambiante. Con todo, Elías se abstrae y se vuelve uno con el paisaje: “Camiones, procesión interminable que llegaba desde el norte, de lugares como Nebraska, Dakota del Norte, Colorado. Extendida sobre el valle, la ciudad era un embalse de luces heladas al pie de las minas de cal en la serranía del oriente, donde se trabajaba a todas horas y cuyas sirenas me gustaba escuchar por las noches, cuando no tenía sueño, junto con el tren que pasaba a la una y media de la madrugada en un lamento prolongado, como el de un bisonte, un animal fantástico”.

177 Carretera abandono.jpg

El contraste entre décadas aludido al inicio, 1990 vs 2000, se refuerza con las coordenadas espaciales principales: norte y centro del país, polos de acción y de contraste para un personaje que abandona el terruño para probar fortuna como narrador en la capital del país, “gracias a una beca del Centro Mexicano de Escritores. Cada miércoles seis jóvenes promesas de la literatura mexicana nos sentábamos a la mesa donde estuvieron Rulfo, Arreola, Fuentes, todos los héroes de la literatura que nos dieron patria”. En este punto, la novela de crecimiento amplía su horizonte; lo que gana en geografía, lo pierde en cercanía respecto al lector. Las vivencias dejan de ser particulares; el mismo título del tercer capítulo, “Hombre que cae”, alude a la tragedia de las Torres Gemelas que el mundo vio por televisión. Un matrimonio fallido y las anécdotas de un comunista en una lejana tercera persona son el signo de la adultez de Elías, que sirve en la narración como el preámbulo de la vuelta a Chihuahua.

177 Sicarios disparo

“Moloch”, la última parte del libro, la de menor extensión y la más desconectada de la historia debido al registro tangencial que aporta la visión del protagonista, cede la premisa original de la novela ante la tendencia a ubicar a la bestia, signada con el 666, en territorios septentrionales. No cuestiono el poder avasallador de la violencia. La intimidad de la historia de Elías –convertido ahora en testigo–, se extiende hacia un panorama colectivo donde el país entero sufre la escalada del narcotráfico. Los daños colaterales calan en varios niveles: desde el miedo que provoca atravesar el norte por carretera, hasta el relato sobre los levantones perpetrados por el crimen organizado. La alusión a Ciudad Juárez, aunque intrascendente en la narración, no podía faltar. Rosalinda, antigua novia de Elías, reaparece en la central de autobuses de Chihuahua para ponerlo al día respecto a su tragedia familiar, enfatizando el encuentro que sostuvo cara a cara con un sicario profesional, encarnación del mal que sugiere el sentido bíblico con el que cierra la novela de Daniel Espartaco. “Las armas podían hablar en el lenguaje de la violencia y el poder, pero en la actitud del hombre había algo más escalofriante”.

Urani Montiel