Gardea: entre Placeres y Ciudad Juárez

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Jesús Gardea Rocha (Ciudad Delicias 1939-Ciudad de México, 2000) fue un cuentista, novelista y poeta radicado en Ciudad Juárez por 33 años (ya he escrito antes sobre su domicilio). Descubierto por José Luis González y Jaime Labastida en 1979, publicó su primer libro con la editorial Siglo XXI, Los viernes de Lautaro. En 1993, aparece la segunda edición; seis años después, el Fondo de Cultura Económica antologa el mismo texto en la Reunión de cuentos. Los viernes de Lautaro se compone por 19 cuentos, donde los personajes son asolados por las inclemencias del desierto, de la extensión del páramo, además de ser solitarios y vengativos. Antes de participar en el XXII Concurso de Lecturas Hispanoamericanas de hace dos años, no sabía nada sobre este narrador, ni la importancia que tiene su obra en el ámbito nacional y fuera de México. Aunque como buen profeta, la voz de Gardea ha tardado para calar en la comunidad literaria del septentrión.178 Gareda cuento.jpg

En “Soliloquio del amargo”, cuento perteneciente a Los viernes de Lautaro, hay un narrador protagonista que describe el calor sofocante de una ciudad que lo castiga desde los primeros rayos. Aunque no se conoce el nombre del personaje principal, por la trama sabemos que trata de huir de Laura (su mujer); sin embargo, al salir a la calle para dirigirse al trabajo, el sol es tan fuerte que su portafolio “comienza a dorarse como un pan metido al horno”. No obstante, sigue caminando unos cuantos pasos más, a lo largo del “día mas caluroso en todo lo que va del verano”. De nada le sirven las sombras de los edificios; el calor es tan sofocante que entorpece e incomoda, por eso busca una puerta abierta para refugiarse y recuerda una tienda con ventilador, donde ha pasado varias veces. Al final, decide regresar al departamento, debido a que el aire acondicionado es su salvación y, al igual que Laura, llegará y se desnudará, aunque ella deslumbra por su ausencia. El clima lo arrulla para sucumbir de lleno en el sueño postergado.

Durante el verano, la temperatura en Ciudad Juárez roza los 40°C; en 1960, el récord reportado fue de 42. Los habitantes mantienen los aires acondicionados prendidos en sus casas, escuelas, centros de trabajos y los menos afortunados dejan ventanas y puertas abiertas para mitigar el calor durante el día. Aunque en la noche, la sensación de calor pueda descender a una mínima de 21°C, el clima  persiste y sofoca. Los juarenses de nacimiento o convicción no pueden caminar una cuadra sin asolearse, sin sudar, debido a que el sol es un “tizón caliente”; buscan la resolana, se persiguen con ansia el lugar aclimatado para sentir el fresco; algunas personas se duchan varias veces, otros compran raspas y los más aguerridos unas “frías” para combatir el calor; mientras que a la distancia el asfalto parece evaporarse como agua. Aunque las historias de Gardea ocurren en Placeres, poblado inspirado en Ciudad Delicias, y el tema de la frontera no aparezca explícitamente, menos el nombre de Ciudad Juárez, su obra trascurre en el mismo ecosistema de la urbe fronteriza, y se vincula con la soledad, el polvo, la violencia, el miedo y figuras parcas que parecen regodearse en el hastío.

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Daniel Aquino Hernández

Otro Moloch norteño

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La primera novela del escritor chihuahuense, Daniel Espartaco Sánchez, nos habla de una generación que creció, ansió y experimentó durante los años 90 para fracasar con estrépito en la siguiente década. Autos usados apareció a finales del 2012, al cuidado de Random House Mondadori, cuando el autor ya gozaba de cierta fama a nivel nacional. El texto se estructura en cuatro capítulos de diferente extensión, así como de desigual interés e incluso calidad, siendo las dos primeras partes las que guardan el meollo del asunto. Elías, un joven de 16 años, anhela adquirir un auto de segunda mano, símbolo de bienestar, insignia móvil de prestigio frente a amigos y señoritas. Ante preguntas trascendentales –“¿Qué quería hacer con mi vida?”– en una época en donde todo luce tan visceral, la respuesta no se presta a cavilación: “Para comenzar, nunca más caminar de noche a lo largo de la avenida Tecnológico”; él se refiere a Chihuahua capital, pero la aspiración también aplica para la metrópoli juarense: “comprar uno de aquellos automóviles norteamericanos que pasaban la frontera de manera ilegal y se vendían en el bazar debajo del puente de la avenida Vallarta”, como se hace en la Curva de los Aztecas, ahí por el Hoyo. “Autos de lujo, algunos fabricados antes de la crisis de los combustibles, fruto de una civilización que había conquistado el mundo gracias al tamaño de sus vehículos; autos que llegaron a vendernos un sueño americano reciclado y más barato”.

Rescato el estilo fluido de la prosa de Espartaco, ya que aporta un tono íntimo, familiar, casi confesional. A pesar de que el espacio central de la novela no es Juárez, por lo que quedaba fuera de los objetivos de este blog, seguí leyendo. Comparto con el autor referentes y visiones de aquellos quienes disfrutaron su adolescencia en los 90’s. A través del protagonismo de Elías, recordé el idealismo de las primeras citas, la conflictiva interacción con los padres y las tragedias efímeras compartidas con los amigos. Aunque en lo particular, jamás me interesó conducir un auto, como sí lo hace el protagonista con su Ford Fairmont 1980, las voces que habitan las páginas de la novela nos hablan de una juventud con aspiraciones inmediatas –un viaje a Amarillo, Texas, por ejemplo–, de una generación que se ve amedrentada por un contexto social cambiante. Con todo, Elías se abstrae y se vuelve uno con el paisaje: “Camiones, procesión interminable que llegaba desde el norte, de lugares como Nebraska, Dakota del Norte, Colorado. Extendida sobre el valle, la ciudad era un embalse de luces heladas al pie de las minas de cal en la serranía del oriente, donde se trabajaba a todas horas y cuyas sirenas me gustaba escuchar por las noches, cuando no tenía sueño, junto con el tren que pasaba a la una y media de la madrugada en un lamento prolongado, como el de un bisonte, un animal fantástico”.

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El contraste entre décadas aludido al inicio, 1990 vs 2000, se refuerza con las coordenadas espaciales principales: norte y centro del país, polos de acción y de contraste para un personaje que abandona el terruño para probar fortuna como narrador en la capital del país, “gracias a una beca del Centro Mexicano de Escritores. Cada miércoles seis jóvenes promesas de la literatura mexicana nos sentábamos a la mesa donde estuvieron Rulfo, Arreola, Fuentes, todos los héroes de la literatura que nos dieron patria”. En este punto, la novela de crecimiento amplía su horizonte; lo que gana en geografía, lo pierde en cercanía respecto al lector. Las vivencias dejan de ser particulares; el mismo título del tercer capítulo, “Hombre que cae”, alude a la tragedia de las Torres Gemelas que el mundo vio por televisión. Un matrimonio fallido y las anécdotas de un comunista en una lejana tercera persona son el signo de la adultez de Elías, que sirve en la narración como el preámbulo de la vuelta a Chihuahua.

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“Moloch”, la última parte del libro, la de menor extensión y la más desconectada de la historia debido al registro tangencial que aporta la visión del protagonista, cede la premisa original de la novela ante la tendencia a ubicar a la bestia, signada con el 666, en territorios septentrionales. No cuestiono el poder avasallador de la violencia. La intimidad de la historia de Elías –convertido ahora en testigo–, se extiende hacia un panorama colectivo donde el país entero sufre la escalada del narcotráfico. Los daños colaterales calan en varios niveles: desde el miedo que provoca atravesar el norte por carretera, hasta el relato sobre los levantones perpetrados por el crimen organizado. La alusión a Ciudad Juárez, aunque intrascendente en la narración, no podía faltar. Rosalinda, antigua novia de Elías, reaparece en la central de autobuses de Chihuahua para ponerlo al día respecto a su tragedia familiar, enfatizando el encuentro que sostuvo cara a cara con un sicario profesional, encarnación del mal que sugiere el sentido bíblico con el que cierra la novela de Daniel Espartaco. “Las armas podían hablar en el lenguaje de la violencia y el poder, pero en la actitud del hombre había algo más escalofriante”.

Urani Montiel

En las vértebras de tus roquedales

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José Urbano Escobar (1889-1958) fue un escritor nacido en Ciudad Juárez, que estudió en la primer década del siglo XX en el colegio de Palmore y en el Instituto Científico y Literario, ambos en Chihuahua. Cuando estalló la Revolución participó del lado de Orozco. Décadas después impartió clases de educación física en varias escuelas del país, hasta que llegó su última hora debido a una embolia. Entre 1936 y el año siguiente, redactó un par de novelas: El evangelio de Judas de Keryoth y Vereda del norte, ambas inéditas hasta que el Municipio de Juárez apoyó el proyecto editorial de Adriana Candia, quien las editó y realizó la introducción de los dos textos en un solo volumen, el segundo de la Colección Precursores. En esta entrada, solo me voy a enfocar en Vereda del norte, dividida en 20 capítulos que tratan sobre la situación y circunstancias de San Francisco del Oro a principio del siglo XX. Un narrador omnisciente se encarga de describir espacios y desarrollar la trama a través del protagonista Ricardo García, quien, en plena pubertad, se encuentra en una encrucijada por encontrar su identidad, ya sea en lo más oscuro de una mina, o en los más cálidos bosques, siempre acompañado de su curiosidad y un naciente amigo. La búsqueda de la identidad sexual de los jóvenes se ve interrumpida por el movimiento armado que arriba al pueblo a través de la prensa.

Ciudad Juárez aparece en Vereda del norte como símbolo de esperanza y de oportunidades, pero también de realidad y de tristeza. Hacia el final de la novela, Ricardo ha perdido mucho, desde su padre que se unió a la lucha con más agallas que pericia, hasta su entrañable amigo, Teófilo Domínguez. El pueblo minero ha quedado desolado, por lo que la menguada familia de Ricardo tiene que viajar a Chihuahua, para luego seguir la travesía por tren hacia la frontera, en búsqueda de una mejor situación. En la antesala de su llegada, aparece un retrato de “Arenales estériles. Médanos fulvos. Sedientos. Sinuosidades azules de montañas lejanas”, imágenes que contrastan con el ambiente serrano del inicio, así como la situación del protagonista en su pueblo natal. Los espacios en esta novela tienen fines utilitarios establecidos a favor de la trama. Chihuahua y Ciudad Juárez representan la vida urbana en tiempos álgidos, un transcurrir donde la justicia se malinterpreta con los ajusticiamientos.

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La frontera que existe actualmente entre Ciudad Juárez y el Paso es utilizada como filtro para miles y miles de personas que van de un país a otro, de manera legal, con varios propósitos (trabajo, diversión o compras); todos los juarenses transfronterizos tienen presente que hay que volver, que la casa no se abandona si no hay necesidad. Gracias a Vereda del norte vemos a la misma ciudad desde la perspectiva de un joven rodeado por diferentes crisis –tanto la social como la existencial–, entendiendo así su mentalidad, como también el carácter político. Mediante su narrativa, Escobar nos presenta una situación en la que su protagonista abandonará el terruño, junto con su familia, una vez que la armonía se ha quebrado. El lazo que parece más fuerte en la novela, el que tiene con Teófilo, también se rompe de forma abrupta y dramática cerca de la Misión de Guadalupe. Espero haber despertado la curiosidad acerca de estos personajes y sobre la variedad de historias que tuvieron que abordar el tranvía y cruzar los arenales antes de adentrarse a Juárez, para detenerse en el cauce del Río Bravo. Tal pareciera que conforme se seca el río, resurgen historias del pasado, como si la esencia de cada ficción marcada en cada gota desvanecida nunca se perdiera, todo gracias a la literatura de hombres capaces de poner en perspectiva nuestra ciudad, escenario propicio para todo tipo de revolucionarios, incluyendo jóvenes listos para encontrarse a sí mismos justo en la frontera.

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Oscar Daniel Hernández Acosta

Desierto

En 1997, cuando el feminicidio comenzaba a ganar terreno en Ciudad Juárez, Micaela Solís y Arminé Arjona escribieron Poesía en crisis y “Elegía”. El primero se publicó en el 2004 como Elegía en el desierto; el segundo fue el primero de diez poemas que aparecieron meses antes bajo el título de Juárez, tan lleno de sol y desolado. Ambas composiciones nacieron ante la necesidad de denuncia. Horrorizaban los asesinatos, pero horrorizaba aún más la apatía ciudadana, señaló Micaela. El significado de ambos títulos resulta evidente: se trata de un canto fúnebre en memoria de cada una de las mujeres asesinadas y, a su vez, de un llamado a romper el silencio. Los textos de Arminé y Micaela son ejercicios de escritura coetáneos, ambos nacieron en 1997, año en que la cifra de mujeres ultimadas rebasaba la centena. Sin embargo, mientras Micaela se debatía en el dilema ético de si era o no oportunismo el componer a partir de la tragedia –incluso, ella misma lo confiesa, evitó presentar su obra en varias ocasiones–, Arminé no solo alzó la voz en el papel, también lo hizo en las calles. En 1998 se unió a las madres de jóvenes desaparecidas y asesinadas que decidieron exigir justicia: Voces sin eco. Otra mujer que decidió romper el juego de guardar silencio y que no sólo militó desde las posibilidades del discurso poético fue Susana Chávez.

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Juarense, poeta y activista nacida en 1974 y asesinada en el 2011. La mayor parte de su obra se conoce por la difusión que hizo en su blog personal Primera tormenta. A juzgar por los datos del sitio, en el 2004 publicó 21 poemas bajo el título “Poemas de Susana Chávez”. Abre con “Ocaso” y cierra con “Siesta en el jardín de los alebrijes sépticos”. Más de una década después, en el 2014, la editorial Biblioteca de las Grandes Naciones realizó un libro digital que recoge las composiciones del blog: Susana Chávez. En él no sólo aparecen los versos de la autora; la segunda parte la comprenden 40 poemas escritos en honor a ella y a cada una de las mujeres asesinadas. Las páginas también contienen una muestra plástica.

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Susana daba lectura a sus versos cuando salía a las calles para exigir el esclarecimiento de crímenes y desapariciones. Sin embargo, a sus 37 años se convirtió en el primer feminicidio que se registró en el 2011. El discurso político del momento trató, como de costumbre, de culpabilizarla. Se dijo que había salido con tres hombres que apenas conocía, que consumieron alcohol y drogas y, en consecuencia, las cosas se salieron de control. Afortunadamente las mujeres con las que un día marchó no se quedaron calladas y, al igual que ella en su momento, exigieron justicia. Un mes después de su asesinato Arminé Arjona compuso un poema con la intención no sólo de traer a la memoria su lucha, sino también de mantenerla viva por medio de la palabra: “Susana sólo duerme”.

A diferencia de Micaela y Arminé, el tema del feminicidio en la poesía de Susana no resulta evidente. Quizá “Pliego petitorio” sea la composición en que se enuncie de forma más clara. De ahí que en el 2014 se publicara, de forma póstuma, en la antología Ni una más: poemas por Ciudad Juárez. Como el título lo señala se trata de un conjunto de peticiones en que resalta el cuestionamiento a la normalización de la violencia: habla de la necesidad de romper con el hábito de la incertidumbre y con la costumbre tan socorrida del dolor. Sin embargo, las tres comparten la presencia constante de la imagen del desierto. En Micaela y Arminé los títulos de sus poemarios lo enuncian; en Susana lo leemos en una composición: “Cuerpo desierto”. Las poetas explotan el significado que deviene de la palabra –pensemos en términos como desolado– y lo relacionan con lo que representan los asesinatos, la indiferencia social y la impunidad. Por ello, no se limitan a la simple exposición de las características físicas del espacio, siendo la crítica un elemento constante. Resulta imposible eludir tanto el contenido temático como el carácter crítico de sus composiciones y, por lo tanto, restringirse al aspecto literario porque se trata de mujeres cuyo activismo no se quedó en el papel, sino que lo llevaron a las calles.

Alejandra Gómez

Todo el mundo vende miedo, queridito

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La imagen urbana de Ciudad Juárez que porta Willivaldo Delgadillo, novelista, ensayista y traductor nacido en Los Ángeles en 1960, se filtra a través de su escritura para verse plasmada en el ambiente fronterizo que circunda a los personajes de Garabato. La novela, publicada por la editorial Samsara en el 2014, se divide en cuatro partes en las que acompañamos la lectura y experiencia de Basilio Muñoz en un congreso literario en Berlín. A dicho evento, él asiste a nombre de Billy Garabato, autor de una trilogía de novelas cortas que, según la trama del libro, gozan de considerable fama. Una de ellas, “Sicario en El Jardín de Pulpo”, se ubica hacia el final de Garabato. En esta historia, Goyo, el protagonista, en medio de sus faenas cotidianas en la menudearía Domingo Siete, establecimiento aledaño al famoso Puente Rotario, ve las noticias y presencia las reacciones de la gente ante la aparición de un hombre decapitado y colgado en esa misma estructura, uno de los cruces con mayor congestión automovilística y peatonal en la ciudad. Después del impactante suceso, así como de otros más que ponen en riesgo al restaurante, por lo que Goyo es despedido, comienza una nueva peripecia en la vida de este personaje, quien deambula buscando sustento en una frontera cercada por el miedo.

El Puente Rotario, mejor conocido por todos los juarenses como el Puente al revés, guarda en dicho apelativo la planificación y trazado de la propia ciudad. El flujo vehicular en torno al entronque de la avenida La Raza con el boulevard Gómez Morín y su cruce con la avenida Tecnológico pone en tela de juicio la aparición repentina, y sin testigos, de narco-mantas y del cadáver de Sergio Arturo Rentería Robles. ¡Ya ni hablar de la altura del puente! El cuerpo colgado de este joven de 23 años, visto primero por “quienes llegaron temprano a esperar el autobús en la esquina”, en noviembre de 2008, le sirvió a Willivaldo Delgadillo para delinear un punto de fuga desde la mirada de aquel que observa expectante. El testimonio documental relatado desde la perspectiva de un trabajador común y de a pie promueve la identificación de quien lee con Goyo o con aquellos que ven el deceso a través de la televisión, con la muerte justo a sus espaldas: “prenda la tele cuñado, a ver si lo están pasando en vivo”. La fatal noticia sirve apenas de punto de partida para que la historia se adentre en los pormenores de la encrucijada que atraviesa a un Juárez supuestamente ficticio, dejando entrever –a manera de radiografía– los entresijos de la violencia a nivel de ciudadanía.

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La empatía recién mencionada, así como otras emociones y memorias, se incrementan si el lector de “Sicario en el Jardín del Pulpo” tiene su domicilio en Ciudad Juárez. Las olas de violencia que azotan a esta frontera cada tanto, además de provocar miedo y caos, nos advierten, como pregona uno de los patrones de Goyo, que “el miedo también es un negocio”, y que lo monetizan no solo los criminales sino también gobernadores, presidentes y alcaldes, quienes siempre intentan conseguir algo a cambio de nuestra seguridad. No especulemos… pensemos en el alumbrado público. Al pasar por las páginas de esta novela, dividida en ocho apartados y con un final alternativo, perteneciente a la macroestructura de Garabato, enseguida evoqué (aquí solo habla Fabiola) aquel día de noviembre, el mensaje que portaba el cuerpo más allá de la muerte y la zozobra provocada tras el hallazgo de la parte cercenada. Así como esta noticia, rondan en nuestros recuerdos –retomamos la coautoría– muchas otras que, aunque no presenciamos o no nos involucraron directamente, colmaron de miedo nuestras calles. El costo ha sido caro, queriditos.

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Fabiola Mendoza Muñiz y Carlos Urani Montiel

Rompiendo estigmas desde otras latitudes

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La imagen y las narrativas establecidas en torno a Ciudad Juárez han atraído un gran número de miradas creadoras e investigativas de diversas nacionalidades. A finales del 2017, Maria Larissa Silva Santos presentó la tesis Como romper com uma ideologia geográfica? O caso do Centro Histórico de Ciudad Juárez, México para obtener el título de licenciada en Geografía en la Universidad de São Paulo. El trabajo surgió de la inquietud, amparada por paradigmas teórico-metodológicos de su área disciplinar, por comprender las desigualdades urbanas suscritas a distintos procesos de violencia en un contexto neoliberal. El campo de estudio idóneo resultó ser el primer cuadro de nuestra frontera. Así que para lograr el objetivo de su investigación, es decir, analizar un par de estrategias que desafían la estigmatización de Juárez, la autora se propuso conocer y explorar una realidad escondida bajo los aspectos negativos que, por desgracia, la caracterizan internacionalmente: “cidade dos excessos, cidade dos feminicídios e cidade do narcotráfico”.

Larissa Silva Santos denomina a estas narrativas como ideologías territoriales. Por ello, se ubica en un espacio específico, pues una de sus propuestas radica en que dichos estigmas afectan la disposición geográfica. Es decir, el centro histórico, al convertirse en un objeto del cual se busca la estabilización de un significado diferente al que lo caracteriza, ha pasado por un basto proceso de cambio espacial. “¿Qué enfoque debe darse a las asperezas que conforman el centro histórico para superar una ideología geográfica históricamente conformada en la región?” Para responder, la investigadora estudia dos estrategias que se posicionan contra esta señalización de la ciudad, a partir de diferentes formas de relacionarse con el territorio céntrico y experiencias estéticas que varían en función de la intención de cada proyecto: la búsqueda de las autoridades municipales por eliminar una imagen urbana negativa y la propuesta de Juaritos Literario, en especial las rutas literarias.

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El tercer capítulo de la tesis, titulado “O papel das rugosidades na superacao de un estigma territorial” se detiene en estas alternativas. Por ello, además de reconocer la pertinencia de la investigación, el motivo de estas líneas radica en agradecer la inclusión de nuestro proyecto y posicionarlo como una estrategia de re-territorialización capaz de atribuir un nuevo uso material y simbólico a los espacios recorridos durante las caminatas literarias. Las cuales, para Larissa, constituyen una intervención estética de cuño político reivindicatorio, ya que reclaman un lugar históricamente negado por una sucesión de violencias. Sin duda, más allá de la amplia documentación realizada, las propuestas de esta investigación se consolidan gracias al trabajo de campo: búsqueda de archivos en la biblioteca del Instituto Municipal de Planeación e Investigación (IMIP), asistencia al evento Comentemos el centro organizado por el municipio, participación en el Segundo Encuentro [Re]imaginando la ciudad desde el borde –el cual se clausuró con el recorrido Callejones en proscenios –, y una serie de entrevistas realizadas a planificadores urbanos, funcionarios del gobierno, artistas, activistas, académicos y periodistas involucrados en la temática abordada.

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Considero de suma importancia romper con los estigmas establecidos y comenzar a crear nuestra propia imagen del lugar que habitamos. Juaritos Literario lo tiene como objetivo. No obstante, también resulta necesario que la mirada extranjera tenga un posicionamiento más crítico al momento de voltear hacia una realidad que, ciertamente, se ve asediada por la violencia, pero que abarca mucho más que solo ese aspecto. Igual que los proyectos abordados por Larissa, su misma investigación implica un desafío respecto a las formas de percibir, nombrar y experimentar a Ciudad Juárez. Como romper com uma ideologia geográfica? Poco a poco se van sumando respuestas a esta pregunta.

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Amalia Rodríguez

Esta calle es gay

Salvador Novo nació en la Ciudad de México en el año de 1904, hijo de padre español y madre zacatecana. Reconocido poeta, dramaturgo, cronista y periodista, cursó sus primeros estudios en Chihuahua y Torreón; tiempo después regresó a la capital y en 1921 se licenció en Derecho por la Universidad Nacional de México. Se le conoce por haber formado parte del grupo Los Contemporáneos al lado de Xavier Villaurrutia, Jaime Torres Bodet, Carlos Pellicer, entre otros, quienes se dedicaban a difundir las innovaciones del arte y la cultura de la sociedad mexicana, y proponían una renovación de la literatura nacional. Junto con Villaurrutia creó la revista Ulises en el 1927, la cual destaca por ser la primera con tintes críticos. Sólo seis números se publicaron antes de ser suspendida debido a la salida de Novo. En 1946 publicó Nueva grandeza mexicana, texto que lo posicionó como el Cronista de la Ciudad de México, distintivo por el que se reconoce desde entonces. Comprometido con la identidad del país participó en la fundación del Partido Popular Socialista en 1948. Diecinueve años más tarde recibió el Premio Nacional de Literatura y en 1974 murió en la misma ciudad que lo vio nacer, dejando así un gran legado.

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La poesía ha sido el ámbito más reconocido de Novo. En 1970 la editorial Diana publicó Sátira, el libro cabrón, un conjunto de sonetos tan divertidos como polémicos en los que el autor hacía alarde de su notable procacidad. Ahora bien, conocida su homosexualidad y su célebre lengua viperina, me interesan dos poemas cargados de temática homoerótica. En ellos la voz poética hace gala del efecto que tiene la ausencia del hombre amado; sin embargo, no se idealizan las relaciones como era común en la poesía romántica, pues en su lugar Novo mostró la inquietante espera del deseo sexual, acercándonos al desamparo del varón embelesado. Para el año en que fue publicado, esta temática resultaba escandalosa, ya que en esa época la homosexualidad era vista como una enfermedad y en México, igual que en el resto del mundo, los gays se consideraban sujetos abyectos por lo que no gozaban de derechos. Las líneas del soneto XI hablan de una práctica de autoestimulación completamente prohibida por la iglesia católica, escondida por la sociedad y, además, señalada severamente si un hombre la efectuaba. Por tanto, estos versos dan prueba de que Novo era un provocador e incitan a analizar su lenguaje culto en relación con lo atrevido de sus palabras, pues las figuras retóricas utilizadas para describir el acto de tormento se entrecruzan con las palabras coloquiales, propias del mexicano. Si duda, hay que reconocer que hacer de la masturbación un poema no lo logra cualquiera y menos considerando el contexto del afamado escritor.

La calle homónima del poeta se encuentra localizada entre las calles Andrés Bello y Pablo Neruda, también reconocidos escritores. Resulta curioso que a un costado se sitúa la calle Torres Bodet, personaje con quien Novo estuvo vinculado por los Contemporáneos y por su identidad sexual. Cerca del lugar se encuentra la Parroquia de la Sagrada Familia, sitio al que acuden cientos de feligreses a proclamar su amor por Dios, por lo que se antoja irónico que estos asentamientos estén próximos dado a la discrepancia de ideologías: por un lado, el recato y el orden, por otro, la provocación y el escándalo. La posición de la iglesia católica respecto a la homosexualidad ha sido muy clara; su total desacuerdo a lo que llama “estilo de vida” no se sujeta a lo profesado por Novo en sus escritos, en donde apuesta por diversas formas de manifestar y vivir el amor. En el sector citadino por el que cruzan estas arterias se detecta un parque concurrido por jóvenes y niños, personas que, al igual que el poeta, son amantes de la adrenalina y el descubrimiento. No obstante, dentro del recinto deportivo se percibe un reglamento que, alejado del pensamiento del personaje aquí aludido, señala: “podrá hacer uso apropiado de esta unidad cuidando su vocabulario y conducta”. ¿Reconocemos algún vínculo entre el Novo y la zona? A primera vista pareciera que ninguna; sin embargo, las familias que allí habitan podrían tener una historia parecida a la del también dramaturgo, convirtiendo así su legado en la novela de muchos.

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Cristian Alexis Muñoz Rubio

La ciudad que nos habita

Llegué a la obra de Enrique Cortázar de la misma manera en la que lo hice a Juárez: alguien me habló de él y quedé enganchado. Desconocía la existencia del autor, nacido en la ciudad de Chihuahua en 1944, así como de su poesía, prologada en 1980 por José Emilio Pacheco e ilustrada por José Luis Cuevas. El libro que cayó en mis manos corrió a cargo de Ediciones de Cultura Popular y lleva por título La vida escribe con mala ortografía, que plantea hacia dónde se dirige el poemario: la existencia como un ejercicio en el que simplemente nos desenvolvemos ignorando sus reglas. El recorrido por las calles de Juárez infunde en el autor la melancolía de los lugares añorados y la búsqueda de un sitio a donde arribar para poder nombrarlo como hogar. “Mi casa”, el sencillo título del poema que me ocupa tiene en sí mismo la simpleza de la cotidianeidad y la nostalgia por el tiempo que se nos escapa entre los dedos, mientras las estaciones del año dejan su marca en la ciudad y en nuestros rostros. Cargado de melancolía, el texto se vale de palabras específicas para transmitir dicho sentir: desesperación, recuerdo, cementerio, casa. La voz lírica va construyendo una especie de refugio tan frágil y efímero como la memoria misma.

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Siempre he pensado que las ciudades tienen identidad propia, misma que se transmite a sus habitantes. Las dinámicas exteriores, como la convivencia y el tránsito entre la masa de gente, no logran distraernos de las reflexiones provocadas al recorrer sus calles. Imagino que el proceso que llevó a Enrique Cortázar a escribir este poemario comenzó a gestarse al transitar por la frontera. Las ciudades no solamente se construyen con base en el llamado desarrollo (económico, social, urbano), sino que las vamos armando dentro de nosotros. Así, el autor, al escribir sobre la melancolía en la intimidad de su hogar, también lo hace sobre el espacio juarense. El desorden de las calles se asemeja al de las maletas abiertas con su contenido regado, los papeles desperdigados, el caos cotidiano que nos sepulta. Los baldíos y callejones vacíos son como las paredes desnudas que nos resguardan del frío, y este, filtrándose por cualquier hendidura, reclama el espacio interior como también lo hace con el exterior. El paso del tiempo deja marcas imborrables en la cartografía de una gran ciudad, de la misma manera que ocurre con las arrugas de nuestros rostros. La rutina que nos agota, pero que cada día se renueva, nos posibilita a construir el espacio en que vivimos no ya como se recuerda sino como se percibe. Somos, pues, cada uno de nosotros, ciudades enteras.

De donde vengo, el calor es constante durante todo el año. Esta característica permite un dinamismo en la vida cotidiana; me refiero a que son pocos los momentos dedicados a la contemplación. O, tal vez sería mejor decir que sí existen, pero de una manera muy distinta. Una ciudad se va construyendo tanto con las prácticas comunes como ir a trabajar, a la escuela o a cualquier otro quehacer, pero también la vamos creando interiormente. Recorrer las calles es reinventarlas, dotarlas de nuestra propia subjetividad para así entrar de lleno en ellas. No hay que olvidar que las grandes urbes también se componen de espacios interiores. La poesía permite asirlos y resignificarlos desde nuestra percepción. En el poema de Cortazar, observamos cómo funciona esa construcción y diseño. La intimidad de nuestra habitación nos permite tomar los trozos desperdigados que son nuestros recuerdos y, como se haría con un montón de hojas revueltas, ordenarlos como deseemos y darles un sentido que en un principio no tenían. El invierno y el otoño son momentos ideales para la ensoñación, porque durante ellos nos replegamos de la rutina y nos damos el lujo de la reflexión. Pienso que no hay mejor manera de transmitir la experiencia de ser transeúnte que con la voz lírica de un poema.

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Ulises Adonay Hernández

 

La muerte pasa de largo entre los arenales

Por siglos, el desierto se ha asociado con la idea de lejanía, salvajismo y frontera; aparece como un elemento inestable y extremoso, como el hábitat perfecto para poner a prueba la resistencia de cualquiera y, por ende, “la morada del diablo”. Así describieron los primeros misioneros las áridas tierras del norte. Por desgracia, la sentencia solo parece corroborarse con el paso del tiempo. A partir de la última década del siglo pasado, Ciudad Juárez se convirtió en el estigma del feminicidio. A pesar de que las primeras víctimas oficiales estuvieron ceñidas en el silencio y un sinfín de mentiras y acusaciones, los lamentos por la apremiante crisis social que desde entonces nos envuelve comenzaron a aparecer. Arminé Arjona y Micaela Solís fueron las primeras; su voz arremetía no solo en contra del sistemático asesinato de mujeres, sino también acusaba la indolencia de la sociedad ante la situación. Solís, poeta nacida en Gómez Farías, así lo cuenta: “Me horrorizó la imagen, pero me horrorizó aún más la apatía ciudadana ante los crímenes de mujeres que se venían sucediendo desde hacía cinco, seis años atrás. Entonces escribí un poema extenso al que concebí como poesía de crisis”. Era 1997. El texto se publicó siete años después, pues la autora se negaba a usar “la tragedia viva de tantas familias” para cumplir “un afán puramente estetizante”. No obstante, sus palabras rebasan por mucho la cuestión estética, por lo que venció esa “necesidad de denuncia” que, desde un primer momento, la propinó a desahogarse a través de la poesía. Elegía en el desierto se publicó en el 2004, con la esperanza de que perdiera vigencia de inmediato.

El paisaje construido en este “poema testimonial” –así lo define Solís– concuerda con la imagen desértica tradicional, peyorativa y muchas veces fatídica: “Mientras en el desierto, / las auras se arrebatan –a picotazos– un corazón que guarda aún su última humedad”. La ciudad solo es una extensión de la soledad que el páramo representa, lugar donde habita un “pueblo de mirada vacía”. La geografía descrita, entonces, tiene la función de enmarcar una sociedad completamente apática, inmersa en su propio desierto que se vuelve cómplice de los que sucede a su alrededor. Los versos de la autora deambulan entre un dolor encarnado y la crítica al sistema que lo permite y perpetúa (“y el sermón del sacerdote / y la palabra de Dios, / y la Verdad mediática”): “No el cigarro, / su brasa incandescente entre los muslos. / No los dientes / arrancando el pezón izquierdo. / No la daga / cercenando el seno derecho… como el peso del poder que en vértigo desciende / partiendo en dos: / una / y otra / y otra / y otra / y otra vez / el ascenso inevitable del vuelo femenino”. La voz poética asume el clamor de cientos de víctimas: “Soy el deseo, la desaparecida que teje su retorno a la vida”; aquella que “transfigurada en canto / vengo desde la zona donde nada significa, / donde la voluntad termina”. Así, los gritos que antes nos negamos a escuchar vuelven una y otra y otra vez para acusar a un “Tú: Acaso padre, acaso amante, acaso hijo, acaso hermano, acaso hombre…”, para no permitirnos olvidar la desolación e inhumanidad que cimbra a nuestra comunidad. Las constantes repeticiones y las construcciones paralelas –casi cacofónicas– cumplen con este propósito: palabras que horadan la conciencia como inminentes gotas­ que quizá algún día dejen de transmutarse en sangre.

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Por muchos años, la cuestión del feminicidio, la violencia de género y todo lo que engloba pasó de largo para mí, a pesar de la preocupación de mis padres cada vez que salía a las calles. Todo comenzó a cambiar cuando, una vez en la licenciatura, asistí a una mesa de literatura femenina juarense. Aún recuerdo el estremecimiento que me causaron las palabras de Micaela Solís; el mismo que experimento cada vez que vuelvo a abrir su libro (texto encomiado por Carlos Montemayor, quien señala que, como parte de una larga tradición elegíaca, logra visibilizar un tema sumamente desgarrador y complejo “con una fuerza de tragedia griega, con un aliento poético que sorprende y envuelve”). Cómo no sentirlo si las redes sociales y los noticieros siguen llenos de rostros de chicas desaparecidas; si la justicia se niega a aclarar un sinnúmero de feminicidios; si la sociedad continúa acérrima a un sistema que convierte a la mujer en la presa ideal; si vivimos en “Esta ciudad oliendo / a miedo, / olvido, / sangre, / sudor, / adrenalina / y semen”. No obstante, igual que la poeta, no podemos perder la esperanza de un cambio ni la convicción de que la única forma de lograrlo es a través de nosotras mismas: “¡Dichoso será el tiempo de la Mujer de Luz!”

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Amalia Rodríguez

El Bravo: reflejo de la ausencia

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En sus múltiples cuentarios, Eduardo Antonio Parra relata acontecimientos que tras la narración se pierden temporalmente; es decir, las fábulas se vuelven parte de un universo mítico que permanece en sus propios espacios donde transcurre; los personajes se abandonan a la muerte para dejar constancia de una fugaz existencia dispuesta a recordarse a lo largo del tiempo, en ocasiones solo de forma fantástica. No obstante, en la novela Juárez: el rostro de piedra, Parra describe una faceta alterna a la imagen de un presidente impasible, con una faz inalterable. Este Benito Juárez, personaje melancólico, busca la compañía de Camilo, el ayudante zapoteco que en lengua indígena lo prepara en su tránsito hacia la muerte: “Sabe que al abrirlos de nuevo [sus ojos] ya no sentirá dolor, ni estará en esa habitación del Palacio Nacional y serán rostros distintos los que se reúnan a su alrededor en el ámbito señalado en su juventud por su amigo Miguel Méndez, donde habita el espíritu de los grandes hombres que lo precedieron en este mundo”. Esta novela histórica –la segunda en el haber del autor, publicada en 2008 por Grijalbo y reeditada en Era hace dos años–, narra, en voz de Miguel Méndez, los principales obstáculos a los que se enfrentó el Benemérito de las América antes, durante y después de asumir la presidencia de México: la Guerra de Reforma, su encarcelamiento en San Juan de Ulúa tras el exilio, el segundo Imperio, entre otras peripecias.

El Paso del Norte se convierte en el escenario de huida, donde, tras las intervención francesa, Benito Juárez se refugia y maneja el país. En su breve descripción, Méndez se ciñe a resaltar el carácter indómito del norte, su clima y su gente, así como la capacidad de su geografía para encausar los deseos y hasta los mismos sueños del presidente hacia 1865: “Estamos a salvo, señor. Ése es Paso del Norte. De lejos no lucía mayor que una aldea: algunas casas de adobe o sillar con techos de teja alineadas en un puñado de calles. La más alta debía ser la Iglesia. Nada impresionante, excepto que al norte del poblado corría el rumor del río Bravo. Eso fue lo que de inmediato atrajo la atención del presidente: la hilera irregular de álamos y uno que otro sauce que bordeaba el caudal”. El río Bravo cataliza los recuerdos de este hombre que imagina lo perdido; entrevé la muerte, sabiéndose solo tras cruzar el desierto. Desde el norte, Miguel Méndez recrea la figura del héroe caído, traicionado por los suyos, una estampa de quien en el más remoto y único territorio del México independiente celebra su particular autonomía y la de aquellos “Mexicanos que quedaron allá después de la guerra del 47”. El capítulo 16, “El camino del desierto”, le sirve al novelista como punto de partida para exhibir el funcionamiento de la política y la búsqueda del poder a costa del sacrificio de otros: “Todo hombre está solo. Estoy solo. Tu también, general. Y en este mano a mano saliste perdiendo”.

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Al día de hoy, Ciudad Juárez, así como otros puntos de la frontera norte del país, se volvió escala, (hogar temporal) de migrantes centroamericanos que huyeron de su lugar de origen para encontrarse con un entorno hostil y un clima adverso. Aun cuando las amenazas de Donald Trump sobre la construcción del muro se oponen constantemente a las operaciones del senado, las reflexiones y acciones que ha suscitado tal fenómeno no han impedido que el río Bravo continúe cristalizando, incluso a través de la muerte, los deseos de aquellos que ven en el país vecino la promesa de un mejor futuro o, por lo menos, la certeza de alguno a costa de los suyos, como ocurre en la novela: “Llegó a la orilla del pueblo, a unas cuantas varas de la ribera. Del otro lado del Bravo estaban los Estados Unidos, el país que le había quitado ya dos hijos. […]. Ya no se hallaba en Paso del Norte: el rumor del agua lo había transportado a Nueva York, al interior del número 210 de la calle 13, donde su esposa, acostada y envuelta en varias mantas, se deshacía en llanto en la penumbra de su habitación”. Paso del Norte constituye uno de los sitios donde Benito Juárez encuentra la soledad aunada a la libertad, pese a las dificultades que impone el desierto. Por otro lado, la línea divisoria que divide a los dos países, la afluente del río Bravo, le permite desplegar fantasías para rememorar a los muertos y a los que se hallan mucho más allá. De cualquier manera, esta frontera natural se conforma como la principal prueba de la fortaleza de los que aguardan por cruzar, aquellos que han llegado hasta este punto geográfico, y los que esperan el retorno de los que se han ido, pero también guarda en el vestigio de su cauce los sueños de individuos que han desaparecido, lamentablemente, en ambos lados, dejando en las orillas el rastro de su transparencia.

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Diana Varela