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La Relación de lo que acaeció en las Indias de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, natural de Jerez de la Frontera –curiosamente–, es el primer testimonio escrito que conservamos sobre la región de Ciudad Juárez–El Paso. “De quién sino de él podía venir el sueño imposible de la riqueza del río… quién sino un náufrago delirante podía hacer creíble semejante ilusión sobre el río grande, río bravo… frontera de mirajes desde entonces” (Carlos Fuentes: La frontera de cristal, 1995). Existen dos versiones de la crónica (a.k.a. Naufragios) debido a la polémica en torno a la sacralidad sensual y táctil con la que el protagonista logró supervivir. El yo de la Relación (Zamora, 1542) es un él en los Comentarios (Valladolid, 1555). A pesar de que la actividad milagrera, tan del gusto de sus lectores de todas épocas, quedó reivindicada, es evidente la distancia que los cuatro sobrevivientes toman frente a los suyos: “no quisimos tomar de todo ello sino la comida, y dimos todo lo otro a los cristianos para que entre sí la repartiesen… nosotros sanábamos los enfermos, y ellos mataban los que estaban sanos”. De hecho, la materia prima de la autobiografía –lo que le da un carácter sobresaliente y atípico– es en realidad la traducción al castellano de las experiencias vividas en lenguas indígenas. ¡Primera literatura de la América hispana!

La expedición de Pánfilo de Narváez despertó muy pronto de su ensueño americano y entró en crisis, lo que implica formular un juicio sobre algún evento a partir (o a fuerza de naufragios) de lo sufrido, observado y reconocido. La prosperidad siempre menguante de la tripulación permitió que la cultura occidental, encarnada en el escritor chicano (¿será?), experimentara una complejidad compartida con los habitantes originales de Norteamérica. Núñez Cabeza de Vaca entró en una crisis profunda en la que logró comprender a esos otros siendo uno de ellos. El mal hado de los ocho años en peregrinaje o cautiverio le da a la narración un tono introspectivo y patético lleno de imprecisiones espacio-temporales. Empero –y con sobrado debate– es hacia el final del capítulo XXIX donde el malogrado grupo va mudando fortuna y, en dirección oeste, logran alcanzar el Río Grande en puntos próximos a donde hoy se ubica Ciudad Juárez: “passamos vn gran río que venía del Norte y passados vnos llanos de treynta leguas hallamos mucha gente que de lexos de allí venía a rescebirnos”.

01 Nunez ruta

El cruce realizado por Alvar Núñez y los suyos por el paso del Río del Norte es replicado a diario, en días hábiles por supuesto, por paisanos convencidos de que el american way es la única vía. El consulado norteamericano los recibe y retiene en Ciudad Juárez por lo menos una semana a quienes bien les va. La zona de Las Misiones se volvió turística con maña (y a fuerza de inversión privada). No es de extrañar que un martes cualquiera todos los hoteles de por ahí estén a tope y colmados de billete verde. Los antiguos mexicanos entran a Juárez recelosos, las TV news han hecho su trabajo; su último recuerdo de una zona fronteriza fue una hazaña digna de una crónica detallada, un rito de paso que les ha marcado (humedecido) las espaldas. Por lo general, aquellos que cruzan de norte a sur por estas latitudes llevan años extraviados en un prolongado anonimato, un perfil bajo cotidiano; se han ausentado de su patria durante cada una de sus jornadas y dominan toda clase de sortilegios –o mano de obra– para que cambie, aumente o por lo menos siga a flote su fortuna.

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Urani Montiel