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Los poemas “Bar Papillón 1” y Bar Papillón 2” se publicaron por primera vez en la antología Cíbola: cinco poetas del norte (1999). Dos años después apareció el poemario con título homónimo, el cual contiene 34 poemas donde el alcohol es el centro gravitacional de ese mundo –masculino por excelencia– que significa la cantina.

En el primer poema se muestra la forma de creación del yo poético: bebe y contempla.  Los versos surgen “aquí”, en ese lugar de resguardo, de aislamiento que significa el bar para el hombre.

Bar Papillón 1
Aquí
donde uno es la risa celebrante
y el abismo sin linde
aquí
a tu vera el sonido de los vasos
bebiéndose
fuera ya de las torres altísimas del libro
de la justa palabra que convoca
al solitario pez
aquí
donde el vuelo es el aire abandonado
aquí
en el bar
la puta poesía junto a ti toma sitio
te descubre borracho y silencioso en tu mesa
aquí aparece.

Dentro de este lugar el cliente se olvida del mundo exterior: “Está solo en la barra; / no tiene voz, no busca a nadie, / pero oye concentrado la música / que, allá lejos, / jamás escucharán su esposa y sus hijos / y eso que los demás llaman el mundo” (“Retrato”). Su único propósito en ese momento es la contemplación: “No estuve: cuántas horas perdidas en la contemplación / de nada. Cuánta noche, / cuántos vasos sin ver” (“El vaso”). El yo lírico aprovecha este momento de oquedad –título de otro de sus poemas– para que surjan las palabras, aunque él mismo acepte que no tienen sentido pues “el rostro que nombraba / enmudecía perplejo ante el sencillo / modo del ser del mundo en este vaso” (“Iluminación”).

BarPapillon (11)

El mundo, dentro de este espacio, queda reducido a la contemplación del vaso, de la botella de cerveza y de la chica encargada de servir y mantener al cliente ahí mismo, pero del otro lado.  La barra circular en el centro del recinto marca un claro límite entre el espacio femenino y masculino. El hombre solo puede observar y escuchar, pero eso le basta para escapar del mundo de afuera.

Bar Papillón 2
Si esta buena mujer osara solamente levantar su blusa,
si desatase el corpiño ante estos ojos
viéranse los ambos senos y cárdenas las marcas del amor o del coraje;
calladuras, nombres de matronas románticas como Sandra o Jennifer
habitan el espacio de este bar; botellas y vasos en su danza
y todo para que esta muchacha de altos hombros se decida
a izar los puños que sostienen la blusa y destrabarla,
y regalar a este bebedor, a aquél y a ése
el milagro doble de su pecho a las 12:25 de este día
blanco de tan reciente.
Otra cerveza por favor, buena mujer.

Allí, lejos de su esposa e hijos, es el hombre que vuelve a conquistar a una mujer joven y bella. Ese es el juego que se desarrolla entre ambos lados de la barra. Solo un juego, un simulacro porque ambos saben que saliendo del espacio que representa el bar volverán a sus vidas cotidianas. Allí las chicas permiten este coqueteo –en realidad ese es su trabajo–, aceptan los regalos, que les compren sus ajustados vestidos para trabajar; y al mismo tiempo son capaces de hacer que los hombres gasten hasta su último centavo. Una vez concluida la jornada de trabajo, de 1 de la tarde a 2 de la madrugada, finalizan también estos roles. Las trabajadoras vuelven a su hogar para cuidar a sus dos niñas o quizá decidan irse con uno de los clientes, pero esto ya corre por su propia cuenta. Por eso el poeta asegura, mientras observa el baile de una de estas chicas, que “La verdad / jamás hará felices a los hombres” (“Ella ya me olvidó, yo la recuerdo ahora”).

Alcohol y contemplación: dos aspectos que caracterizan la dinámica de este bar y que también estructuran todo el poemario de Chávez.

BarPapillon (1)

El bar Papillón, ubicado en la esquina de la avenida Vicente Guerrero y la calle Gregorio M. Solís, abrió sus puertas desde 1954.

Amalia Rodríguez