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El parentesco entre las amazonas sudamericanas y las cíbolas mexicanas atestigua un sueño continental que se fue diluyendo conforme el mapa se poblaba en sus extremos. Paitití y Quivira son otras coordenadas del imaginario español, ambas inexistentes en las cartografías modernas. Pero dentro de esta estirpe de quimeras que movían expediciones existen territorios tan reales hoy en día como lo fueron alguna vez imaginados: Moxos o California, por ejemplo. La añoranza logró excepcionalmente firme asiento y la fatiga –rara vez, pero sí– fue recompensada con la materialización de las ansias. Hablo aquí del momento cuando las largas jornadas coinciden con las expectativas que las alentaron. Si la gente migra a voluntad en busca de un bienestar es porque alguien más ya lo ha logrado y dio noticia. El sueño americano de nuestros días sigue vigente no por el rito de paso (que implica cruzar la frontera) sino por remesas constantes que sostienen familias aledañas al próximo migrante. Si el capitán Juan de Oñate, verdadero mirrey en tiempos del virreinato, emprendió hacia finales del siglo XVI la “conquista y pacificación” del septentrión novohispano fue porque hubo un Cortés de carne y hueso que venció al antiguo imperio mexica. La Historia de la Nueva México, canto épico compuesto por el soldado Gaspar Pérez de Villagrá (1609), detalla los logros de dicha expedición, entre los cuales sobresale el sufrido descubrimiento del Río del Norte.

El relato del hallazgo pertenece a la primera parte del Canto 14: “Cómo se descubrió el Río del Norte y trabajos que hasta descubrirlo padecieron, y de otras cosas que fueron sucediendo hasta ponerse en punto de tomar posesión de la tierra”. Pérez de Villagrá, pipope amigo de litigios y malogrados versos, aparece como personaje testimonial (en primera persona) de la hazaña. Aquí el anhelo trascendió la orden dada por el capitán, la de encontrar el vado, y se convirtió muy pronto en una esperanza vital: la simple supervivencia. Ninguno de los ocho expedicionarios “entendimos / poder salir con vida de aquel hecho”. Su aspecto es terrible (“en las carnes la ropa ya cocida”) y han consumido los bastimentos; los caballos “llevábamos rendidos, / hijadeando, cansados y afligidos”. Ya sin ánimo y cargando a cuestas “el fin de aquello que se espera”, cruzan “altos médanos de arena / tan ardiente, encendida y tan fogosa”. “Cuatro días naturales se pasaron / que gota de agua todos no bebimos”. Sin embargo, la providencia –fiel compañera de todo buen cristiano-viejo desahuciado– abrió el camino al quinto día: “y fuimos todos / alegres, arribando al bravo Río del Norte, por quien todos padecimos / cuidado y trabajos tan pesados”.

Perez de Villagra

¡Lo lograron! El deseo vuelto “playas y riberas… sombras apacibles”. Y aunque los endecasílabos son piedras la imagen es extraordinaria: frente al correr del río “los caballos flacos, / dando tras pies, se fueron acercando / y zabullidas todas las cabezas / bebieron de manera los dos dellos / que allí juntos murieron reventados. / Y otros dos ciegos tanto se metieron / que de la gran corriente arrebatados / también murieron de agua satisfechos”. Los jinetes estuvieron a punto de emular el destino funesto de las bestias. Los compañeros –no Pérez de Villagrá– quedaron “hinchados, hidrópicos… / así como si sapos todos fueran, / pareciéndoles poco todo el Rio / para apagar su sed y contentarla”. Un norte benevolente ha colmado el sueño americano de estos soldados quienes reportaron en marzo de 1598 la buena nueva, antesala de la toma de posesión del Paso del Norte. No obstante, advierto en la suerte de los caballos un velado consejo que leo como el mayor aviso… yo, que no soy norteño de cepa y que vivo a cinco minutos del Río Bravo.

Expedicion

Urani Montiel