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Mi primer acercamiento a Patricia Highsmith fue a través de sus Pequeños cuentos misóginos que encontré en la biblioteca de la UACJ. El libro estaba extraviado en la sección prohibida: teoría literaria. No sé qué hacía ahí, pero fue lo único que pedí prestado aquella vez y no me arrepiento —como en otras ocasiones en las que he estado perdido en esa zona. En esta obra la seriedad se parodia por medio de un discurso “común”; las historias del libro son de estructura narratológica más bien simple: inicio (se presenta la protagonista en general), desarrollo (se expone el vicio moderno de la protagonista), nudo (el vicio encamina vertiginosamente a la autodestrucción) y conclusión (la protagonista muere, desaparece o enloquece). Highsmith descarta la sorpresa y apuesta por la monotonía del destino: la última frase de cualquier cuento señala un irremediable pero esperado final.

Escribir sobre la frontera es hablar de perspectivas. Quiero decir que cada conciencia la percibe de forma diversa: la riqueza del concepto recae en esta cualidad plurisigniticativa. Afortunadamente existen puntos de encuentro. Afirmar que cada frontera —sea lingüística, geográfica u ontológica— implica una fusión y un choque no resulta atrevido. “La víctima” es un buen ejemplo de este choque de culturas en nuestra frontera. La sorpresa propia del azar, de aquellas regiones en las que un acontecimiento tan cotidiano como el acto de leer se transforma en una revelación, radica en aquella mínima alusión a Ciudad Juárez que confirma cierto discurso sobre el espacio elidido: la ciudad es mencionada y sólo el simple nombre basta para construir desde lo invisible sus calles y sus habitantes, sus elementos simbólicos. El pasaje es breve. Una página dedica Highsmith a México: “Habían pensado ir a Europa, pero Europa resultaba demasiado cara. Fueron en coche a Juárez, cruzaron la frontera y se dirigieron a Guadalajara, camino de ciudad de Méjico. Los mejicanos, hombres y mujeres indistintamente, se quedaban mirando a Cathy”.

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Cabe analizar este breve párrafo: Cathy, protagonista del cuento, es un producto terrible del artificio y la fatalidad femenina. Mas en este personaje yace una perversidad propia de cualquier ser que desespera en su búsqueda de la libertad. A través de la ficción, Cathy desmitificará la inocencia y la educación moldeada que “debe” tener un niño. Luis Humberto Crosthwaite escribe en sus “Instrucciones para cruzar la frontera” que ésta cumple, gracias al hastío, la invasión y la vigilancia, funciones de abstracción: es un espacio propicio para imaginar, para inventar, para crear una historia. La familia de Cathy desea escapar pero no puede pagar un viaje a Europa, así que maneja hacia Juárez. Cualquier descripción sobre la ciudad de los vicios es elidida, salvo la frontera. Ésta representa algo simbólico: al cruzarla, transgreden el espacio de confort violentado: el del hogar contaminado donde los dramas de Cathy eran terribles pero podían “superarse” en virtud de la paz entre vecinos. La comunidad seguía inalterable a pesar de sus corrupciones y Ruby, la madre, justificaba la actitud de su hija con un “¡Sencillamente Cathy tiene éxito!”

Una vez del otro lado de la frontera, las acciones y los espacios serán alterados por una violencia implícita. Será en México donde Cathy, quien es observada con recelo por hombres y mujeres (y será contemplada así en cualquier espacio del mundo), desaparezca por primera vez, justo después de un suspiro producto de aquella “gente repulsiva” que los juzgaba con la mirada: “No había más que hombres de negocios con traje, unos cuantos campesinos con sombreros mejicanos y pantalones blancos —generalmente llevando bultos de algún tipo— y mexicanas de aspecto respetable haciendo sus compras. ¿Dónde había un policía?” Highsmith retrata una sociedad mexicana ya urbanizada, en progreso, donde sin embargo coexisten en un mismo plano espacial hombres de traje, campesinos clásicos, mujeres respetables en el ejercicio cotidiano de las compras y la gran ausencia de la policía. Los padres buscarán, más bien forzados por la obligación ingenua, vacía, y encontrarán a dos oficiales que escuchan atentamente la descripción de Cathy (interesados sin duda por la sensualidad descrita; anotando figuras del deseo): cuando los padres muestran la fotografía de Cathy, ésta, como la niña retratada, desaparece.

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Al transgredir las fronteras geográficas, se busca una liberación autodestructiva. El comportamiento de Cathy será reiterativo y finalmente encontrará su última pérdida en la ingenuidad de su belleza “precoz”, casi incomprensible y terriblemente juzgada: la solución a las constantes violaciones es “la píldora”. La respuesta de la sociedad es decir que Cathy se merecía las violaciones y los acosos “por su maquillaje y su manera de vestir”. Poco importaba que fuese una niña. El final del cuento, de carácter abierto, puede ofrecer una esperanza. Su amor por el vuelo, por el viaje, en un no-lugar donde podía ser como ella quería ofrecerá la desaparición final (sin violencia corporal): quizá su último encuentro sería una cita con la liberación. El espejo de la realidad es venenoso. Este pequeño cuento misógino expone a personajes planos (salvo Cathy y su perversidad), estereotipos de dos sociedades (la estadounidense y la mexicana) donde se parodian los discursos de lo equitativo por medio de la violencia y el sometimiento desde sus orígenes primitivos, en virtud del deseo más bestial. El narrador en tercera persona es esencial al encontrarse distanciado de los hechos. Provoca una ironía accidental: sus personajes, al ser dibujados con dicha neutralidad, no saben que causan nuestra risa. El lector también se refleja en estas páginas vomitivas, bestiales: todos formamos parte de una sociedad estereotipada, contaminada por la caricatura de nosotros mismos.

Antonio Rubio