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“La noche no progresa. Abro un libro y pretendo poblar las horas con situaciones ajenas que me lleven de la mano, con amabilidad, por las páginas de otras vidas. Fracaso.” Estas líneas con las que inicia el cuento “Callejón Sucre” de la escritora Rosario Sanmiguel conjugan ese sentimiento que una como lectora experimenta a lo largo de los siete textos que conforman su primer cuentario: entrar en el interior de los personajes –en su mayoría femeninos– y recorrer junto a ellos la frontera entre Ciudad Juárez y El Paso (de los otros relatos ya nos ocuparemos después). Una área muy bien delimitada por la autora, ya que como ella misma afirma “es el espacio que mejor conozco”.

 

El protagonista de “Callejón Sucre” recorre las calles de esta ciudad a las tres y media de la madrugada pues necesita salir del hospital donde está internada desde hace tiempo Lucía; precisa hacer algo para que la noche progrese, pero “Me dirijo sin convicción hacia la avenida Lincoln. Mujeres perfumadas pasean por las calles, me hacen imposible olvidar el olor de las sábanas hervidas que envuelven el amado cuerpo de Lucía”. Se va al centro, a “la avenida Juárez colmada de bullicio, de vendedores de cigarrillos en las esquinas, de automóviles afuera de las discotecas, de trasnochadores. A ambos lados de la calle los anuncios luminosos se disputan la atención de los que deambulan en busca de un lugar donde consumir el tiempo. Yo me bajo en el Callejón Sucre, frente a la puerta del Monalisa”. Aún ahí –sobre todo ahí– le es imposible alejarse de su realidad: el baile de una bella mujer oriental le recuerda a “Lucía trepada en esa tarima. La veo danzar. Veo sus finos pies, sus tobillos esbeltos; pero también viene a mi memoria la enorme sutura que ahora le marca el vientre. Recuerdo las sondas, sueros y drenes que invaden su cuerpo”. Es decir, fracasa en su intento de olvidar aunque sea por un momento, por ello no le queda más que volver y “esperar que transcurra otra noche”.

Mona Lisa

Hace ya algunos años, desde que el Gobierno Municipal decidió “renovar” el Centro Histórico –en el 2007 se llamó Plan Maestro de Rehabilitación Social y Urbana del Centro Histórico, ahora, a partir del 2014, Plan Maestro de Desarrollo Urbano del Centro Histórico de Ciudad Juárez-, se destruyeron –“transformaron”– algunas de las calles más representativas –y “peligrosas” en cuanto a las actividades que ahí se daban– del centro de la ciudad, entre ellas La Mariscal, lugar donde se ubicaba el Monalisa (antes esquina Begonias y Santos Degollado). Sin embargo, lo que queda de esta reconfiguración del espacio urbano es nostalgia al ver lo que fue un lugar representativo de nuestro entorno convertido en terrenos vacíos. Creo que de la misma manera en que le ocurrió al personaje de “Callejón Sucre”, este intento por borrar una realidad patente fracasó: ¿Es ahora más seguro caminar por ese lugar?, ¿se han acondicionado, a partir de eso, nuevos espacios que impulsen las actividades propias de la zona Centro?, ¿con eso se rescató la memoria colectiva y recupero algún patrimonio?, ¿ha mejorado la accesibilidad y movilidad de la zona?, ¿mejoró la imagen urbana? Lo único que pasó fue que las trabajadoras sexuales, dejadas a la deriva, tuvieron que buscar un nuevo lugar dónde laborar; y que, claro, ahora es un lugar mucho más solitario y peligroso.

Mariscal (4)

Como última nota es importante aclarar que el Callejón Sucre no existe como tal. Solo hay una calle llamada Antonio José de Sucre que se encuentra muy cerca del área de hospitales de la ciudad y de la avenida Lincoln.

CalleSucre

Amalia Rodríguez