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Pareciera tratarse de un arma legendaria, o bien, del escritor en una aventura caballeresca; no es ni lo uno ni lo segundo. La vida nocturna en Ciudad Juárez obtuvo fama desde los albores del siglo XX, no antes, a pesar de su fundación en 1659. En la última centuria los nombres de los antros, cantinas, bares y tugurios son de lo más variado: de lo más parco a lo más extravagante. En este texto nos ocupan discos o lugares de baile. Bandoleros, Cosmos, La baticueva, El Submarino, Electric Q, La Tuna Country, Sesto Senso, Rodeo y Vértigo son algunos espacios memorables en la vida fronteriza, de diferentes categorías, estratos sociales, tipo de música. La noche se convierte en elemento indisociable de Ciudad Juárez; la luna y sus estrellas estroboscópicas giran, giran en las calles de asfalto y caminos de tierra; el sudor en la piel palpitante, el telón que queda abajo y el bullicio que no cesa, la gota de mar en el paladar, el aroma dulce del perfume barato y el costoso, la corrupción del tabaco, la carne cintilante en la obscuridad bruidosa, la metamorfosis continua de cuerpos desmembrados, cuerpos con mil miembros, boca sobre boca, lengua sobre codo, la expansión de la pupila que se funde con la noche; no más mujeres hermosas que bailan con diablos guapos, sólo el temblor, el estertor silenciado. Renacer.

Excalibur - Onix

En La Frontera de cristal leemos el pasaje en que se narra sobre Margarita o Margie, quien es una workaholic o trabajólica —en serio, ¿no hay mejor traducción?, no sé, trabajarosa o trabajundiosa, pero bueno, yo no soy ni gramático ni lingüista— y, entonces, como no tenía pareja, “ella iba nomás los viernes al Excalibur a bailar la quebradita con los hombres que todos eran iguales, todos bailaban con el sombrero blanco puesto, ésos eran los rancheros, ricos o pobres, quién iba a saber, si eran todos idénticos, y los melenudos, los que traían cintas amarradas a la cabeza y chalecos de fleco, pues ésos eran padrotes o pachucos, no los tomaban en serio: todo era solo un respiro, un atarantamiento para olvidar al abuelo que no la hizo, tullido en su silla de ruedas, a la dulce abuelita Camelia que nunca decía nalgas, a sus padres que por ahí andaban, el padre dependiente de Woolworths, la madre en otra maquila, el hermano preparando burritos en un Taco Bell, y el tío poderoso, riquísimo, el self made man que no cree en la filantropía familiar, mantener a esa runfla de parientes vagos, que trabajen como yo, que hagan su fortuna, ¿qué están mancos o qué?, el dinero sólo sabe si uno lo gana, no si se lo regalan, o como dicen los gringos, los lonches no son gratuitos”.

Esta larga cita se justifica porque representa varios aspectos del espacio de dispersión y alienación. El salón de baile como lugar de encuentro; un punto de fuga en el que se puede ser otro o muchos otros, un sí mismo fragmentado y multiplicado. Un paso, un recuerdo que se apronta, un giro, el alquiler a pagar, mano sobre mano, el cotilleo de cafetería, chisme en la línea de trabajo, los desamores borrados de un tallón de bigotes ásperos.

Excalibur – Quantum

Aunque se dice que Carlos Fuentes conoció Ciudad Juárez luego de que se publicara su novela, supo representar un espacio sintomático del inicio de la década de 1990 en que se unen asuntos económicos, sociales y culturales. No es raro ver la confluencia en un antro a los miembros de distintas tribus urbanas bailando al son de diferentes estilos musicales como puede verse en “Río Grande, Río Bravo”, el último de los nueve cuentos que componen el libro.

Carlos fuentes

El Excalibur dejó de ser, se convirtió en otro salón, luego en una iglesia cristiana evangélica, después en un antro más: El Ónix. Ahora está desierto. El mismo espacio, como en el cuento de Fuentes, tuvo una convivencia variopinta y extravagante si rompemos la concepción temporal, porque al lado del maquilero bailó el cholo, el vaquero, saltó el cristiano y taconeó el narco.

Marlon Martínez Vela