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Rebeca Alcalá Ortiz es la autora de los crímenes cometidos en contra de varios violadores. El tiempo que le costó al policía Julio Pastrana –alias el Chaneque– descifrar la identidad de la asesina serial en La balada de los arcos dorados, lo echa a perder el inicio de esta entrada. Por eso mismo, no soy aficionado a la novela negra: me parece despreciable que la incógnita sea el estímulo de cada doblar de página. En resumidas cuentas (y no habrá costado esfuerzo la intuición), soy un pésimo lector del género detectivesco y estoy convencido que si el complot no es mongol, entonces es mejor detener la lectura. ¿Quién en su sano juicio leería Balas de plata si de antemano nos dijeran que el malogrado amor del Zurdo Mendieta, Goga, es la culpable de la muerte de Bruno Canizales? Los escritores, o en su defecto sus seguidores, argumentarán que no es el qué ni mucho menos el quién, sino el arte del cómo. Y seguramente tienen razón. Por lo pronto, veamos el dónde de la novela de César Silva Márquez publicada por la editorial Almadía en agosto del 2014.

Comienza la toma aérea de la ciudad en medio del desierto oscuro, donde las luces son como miles de ojos de liebres cargados de luz”. La Ciudad Juárez de La balada es un espacio referencial que parece haber sido calcado con papel carbón. No dudo que un extenso mapa haya servido de mantel durante las largas noches de creación. El eje espacial de la novela tiene su punto cardinal en la Zona Pronaf. Desde ese epicentro la acción se extiende hacia otros puntos que serán retratados siempre por su consecuencia, contigüidad o por dependencia. Ahí, en las oficinas de El Diario (Avenida Paseo Triunfo de la República 3505) trabaja nuestro protagonista, el periodista Kuriaki, de quien muy temprano (página 13) nos enteramos que lo han asesinado. Así que el spoiler no es ahora mi responsabilidad; él mismo lo confiesa: “Me llamo Luis, y un tipo presiona su pistola contra mi nuca”. El reportero de nota roja comparte junto con su amigo, el descabezado Samuel, el gusto por las Big Mac, papas y refresco grande, “no de Burger King, Wendy’s o Whataburger, nada de eso”, sino de la trasnacional con arcos dorados. Sí, un McDonald’s, el que hace esquina con la López Mateos y Triunfo. Así de evidente es la topografía urbana que transitan con temor y ansia los personajes de Silva Márquez. Justo en la calle Salvador Novo y la Pablo Neruda comienza la persecución hacia el final de la obra. Por la Tomás Fernández, antes de entrar en El Campestre el agente Pastrana interceptó al Ford Fiesta blanco (como el del pijo de los Hombres G). Y allí en “La calle desierta, las casas en silencio. El cerro Bola en la distancia, con su luz roja titilante”, el policía jarocho quedó tendido, recuperándose de la descarga. Rebeca “subió al auto y se perdió en la noche”.

15 Neruda Novo

A unos pasos de mi casa, cruzando la Avenida la Raza, se encuentra El Futuro… así de cerca. En esa colonia, a una cuadra de la Parroquia de la Sagrada Familia, Alejandra Salazar dirigía un grupo de ayuda para familiares víctimas de los feminicidios en la calle Neruda, al que asistía con regularidad Rebeca, aunque ella no experimentaba la muerte de alguna allegada. Fingía a una hija que no existía, pero su dolor “era tan real como una víscera o un pozo”. Frente a la asociación, en el parque, apareció la pista incriminatoria: el cuerpo de Adrián Soto Heredia, “Un raterillo que presumía tener muchas novias”, denunciado por violación. “Ahí estaba el pasamanos despintado, las llantas viejas donde los niños jugaban y la cancha de basquetbol con ambos tableros rotos”. Rebeca, paceña de 40 años, “Sonrió. Cruzó la pequeña calle y tocó el timbre de la vivienda marcada con el número diez”. El Chaneque unió los cabos y dio con la asesina de cuatro agresores sexuales: no eran zombies, ni vampiros; no había tigres sueltos, ni vengadores anónimos buenos para vender periódicos. La “mujer murciélago de Ciudad Juárez” es quien sea y vive donde sea; cerca de cualquier parque –juarense o no–, al final de cada calle se puede hacer justicia por propia mano: “Dejemos de ser cómplices… debemos ser la resistencia”.

15 Neruda parque (2)

Urani Montiel