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En Ciudad Juárez habitan múltiples ciudades. Pero, igual que en Los días y el polvo de Diego Ordaz, la ciudad siempre es una sola; el espacio será el mismo desde la perspectiva de todos los individuos en el planeta… y el destino, irremediable. Jorge Humberto Chávez en su poema “El río” describe esta única y última urbe dividida por tres afluentes. Uno negro que la parte en dos: es un restaño y una mirada “escruta” que anuncia “el fin del cerrado corazón, el término de un país huérfano”. Es el río escueto, remanso robado, charco negro de la nostalgia donde “comienzan otros significados” y termina el llanto. Los diversos significados naturalmente serán otras corrientes, simbólicas, metafísicas: de la memoria y del viaje que asimismo separan la ciudad y sus habitantes.

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Existe un río rojo que no sólo divide la ciudad sino en todos los planos dimensionales de la posible existencia: “arma su historia / de fiesta o pesadilla”. Su presencia evoca otras realidades y su cauce escarlata se revela de sangre, la sangre de todos, pero también del arma frente a su blanco. El asesinato también pertenece a las regiones de la metáfora pues en lugar de mencionar cifras heladas, el ser es sólo una extensión de piel “bañada de lunas / magras contra el silbido de metal”. En fin, una epidermis en la que fluye un río carnal y etéreo contrapuesto a la perversidad metálica. Nos adentramos a espacios simbólicos, a una última orilla donde el río más bravo, furioso, carmesí, abarca la ciudad única; la anega de muerte. Por último hay un río negro que fluye en medio de la urbe, también dividiéndola, río hecho de noches, asiendo la tiniebla: Juárez se envuelve de penumbra y sigilosamente este torrente alcanza las aristas de los pocos edificios. “Divide a la ciudad en negro / y blanco” y ésta se desdobla en dos: el sur, grito y oscuridad; el norte, fiesta y luz. Será el río más perverso, puesto que ofrece la posibilidad de la esperanza, el dolor y el canto.

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A lo largo de Te diría que fuéramos al Río Bravo a llorar… la figura casi elidida del río presente y ausente en todos los tiempos será interpretada de diferentes formas. En “Heráclito”, poema que pertenece a la tercera parte del poemario, donde la autopista se despliega en otra forma moderna del río filosófico, donde nadie puede adentrarse y ser el mismo después (y nadie cruza dos veces la misma autopista) todo es constante cambio e incluso el destino citadino será distinto, reinterpretado. En “Satán”, el primer poema, el cauce del Río Bravo es más perverso: la primera imagen es la de una niña de “desnudos pétalos farfala” y su muerte prematura en las orillas. Y finalmente, en “Otra crónica” la voz lírica busca interpretar biográficamente la historia del Bravo desde el recuerdo. El yo habla asimismo de otros torrentes en el tiempo: a finales de los 60, lavaban los coches del barrio; en los 90 los policías pescaban muchachas; en 2010 el río ya no existe y un “casi migra” se enfrenta a un joven de 13 años en donde este último perderá. El río ha sido violentado, consumido por el lugar nunca común del dolor que deshumaniza. Aventuro la tesis de que la violencia lo bebió poco a poco, hasta desaparecerlo. El último verso anuncia la metáfora esencial del poemario: con la desaparición del río, cuyos recuerdos fueron manchados por la violencia y la muerte, también será el fin de otros cauces, interiores, humanos.

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Antonio Rubio