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Entre el acoplamiento de dos formas artísticas que se expresan en diferentes sistemas de signos (verbal, pictórico, sonoro, fílmico o cinético), la relación entre las palabras y las imágenes es la más explorada. La écfrasis ha sido el concepto tradicional para designar a la representación verbal de un objeto visual o plástico. ¿Pero puede ser útil si la representación es producida por medio de otros sentidos? ¿Qué ocurre cuando un poemario se apropia de la estructura de un fonograma musical? La lectura de Si fueras en mi sangre un baile de botellas (doble disco) suena como el audio de un vinilo, de esos elepés viejitos (“miro la música de schumann como escucho un libro”). La composición lírica de César Silva Márquez se acomoda en un par de discos –el primero con lado A y B– más un bonus-track. El dilema inherente del medio verbal es que el lenguaje, a pesar de ser necesario para acceder y compartir una experiencia significativa –como una borrachera en los tantos bares de Juárez–, conlleva al mismo tiempo el riesgo de reducir ese evento subjetivo y catártico, fijándolo en estructuras racionales u objetivas y haciendo de la experiencia vital, a veces corrosiva, algo mucho menos complejo (o más manejable tanto para la evocación privada como para compartirlo en la siguiente juerga) de lo que en la realidad fue: “toda la noche la palabra se concentra en las manos del músico”.

Cualquier reducción de la riqueza multidimensional y de la sutileza espiritual de una experiencia de cantina a un medio confinado a la expresión lineal –y primario en nuestras formas de interacción–, presenta un problema metafísico fundamental. ¿Cómo transmitir la sensibilidad de la embriaguez a partir de un medio inteligible? Si fueras en mi sangre, poemario publicado en la editorial potosina Sin Nombre en 2005, establece y pauta soluciones. Un escritor puede responder no solo a una manifestación artística visual con un acto poético en su  medio nativo: el escrito. Un impulso musical, por ejemplo, causaría un acto similar a través de la misma técnica –la écfrasis– con la cual se transpondría la estructura, el mensaje y las metáforas desde lo sonoro hasta lo verbal. Es por eso que en el bar, “recinto de perdidos / inexorablemente juntos / y ebrios”, “el músico nos doblega con su veloz cuchillo”.

19 Músico A

La écfrasis musical (estudiada por Siglind Bruhn) tiene como fundamento el enlace entre lenguajes que coexisten en un solo objeto comunicativo y es útil para lidiar con composiciones musicales que se refieren o se inspiran en textos literarios, así como con obras líricas o narrativas que guardan una estrecha relación con la esfera musical. Cuando la literatura traza alguna analogía con la música, por lo general lo hace en una de tres formas posibles. ¿Alguien ha oído sobre el triángulo semiótico de Pierce? Pues bien, el elemento musical en términos literarios puede ser entendido según su función como significado (manifestación verbal como música), significante (manifestación verbal que imita estructuras musicales o técnicas de composición) o como referente (manifestación verbal acerca de la música). Silva Márquez estaría en las últimas dos categorías, ya que emula un tipo de estructura organizativa –la del disco-álbum– que parecería exclusiva para la rocola. Los escuchas del poeta juarense somos conducidos hacia los intersticios donde una ciudad nos es revelada mediante una voz interior de inusitadas precisiones (algo así se lee en la solapa y concuerdo). Este “libro explosivo que pace en la mano” le tararea al oído a “otros más [que] tenemos el gusto de quedarnos con el trago / que revive como un fénix en la frialdad del vidrio”. Pero, dónde. ¿En qué punto urbano se bebe “para escanciar el beso continuo / para dar fe al pensamiento armado y cantar / los fracasos de quien escucha la palabra”? El título de un poema cifra las coordenadas exactas: Francisco I. Madero y 16 de septiembre. En esa esquina, suenan “las canciones que todos podemos murmurar”.

19 Madero y 16

Urani Montiel