En la primera novela de César Silva Márquez, Los cuervos, merecedora del Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabra / Border of Words en el 2005, la atroz violencia que por muchos años caracterizó a esta ciudad se personifica en un vampiro: Pedro es el autor del asesinato de varias mujeres y el encargado de conseguírselas es un joven ingeniero llamado Héctor a cambio de un extraño narcótico. Es este último personaje el encargado de configurar todo el discurso de la novela, el cual recae sobre todo en las palabras de Raúl, un compañero de trabajo que tras escuchar la historia de Héctor sobre el vampiro de la frontera y notar lo cambios que su colega poco a poco iba sufriendo se dedicó a investigar y rondar las calles del centro de la ciudad para encontrar a tan singular personaje y saber “¿A qué huele la muerte? ¿Qué se siente caminar con ella?”

Los principales escenarios del texto de Silva Márquez son las calles y los bares del centro, es decir, espacios urbanos estigmatizados como los lugares más propicios para generar y encubrir todo tipo de violencia e inmoralidad. En uno de estos bares Héctor conoce a Pedro y ahí se reúnen constantemente, pero le advierte a Adriana “No vayas, lo conozco y no te va a gustar.” El asesinato de María Gutiérrez (capítulo IX) también es perpetrado por el vampiro; nunca se dice directamente pero todo ocurre después de “beber unos tragos en el bar de la esquina, qué tanto es tantito, si uno no es ninguno, se dice… junto a ella hay un hombre interesante, ¿está demasiado flaco? No, es la primera impresión que da la titilante y parda luz del bar porque él tiene los codos sobre la barra”. Héctor ya había hablado sobre estos encantos vampirescos: “El día que conoció a su hija no lo pudo resistir. Aquella noche del sábado ella se detuvo frente al bar; él le pregunto su nombre tal como lo hizo conmigo y ella contesto tranquilamente, igual que lo hice yo; eso es algo que sigue perfeccionando con el tiempo, puede ser muy persuasivo y sus encantos los utiliza para lograr lo que quiere”. Es por la Mariscal, “por el viejo gimnasio”, donde el joven ingeniero busca a sus futuras víctimas, prostitutas principalmente pero no las únicas a pesar de que él mismo afirma que “le consigo mujeres que nadie extraña.”

Neri Santos

Héctor termina por desaparecer pero deja un diario en el que describe cómo conoció a Pedro, cómo le hizo una promesa –llevarle chicas cada noche a la habitación 313 del hotel La Villa– que no era capaz de romper, sobre todo por la creciente necesidad del extraño líquido que solo el vampiro podía ofrecerle, sus metamorfosis corporales y la forma en que eran asesinadas las mujeres. Adriana, jefa de Héctor y Raúl, también sufre de extraños cambios en su cuerpo, salud y sueño después de visitar un bar en el centro en el que cree reconocer a Héctor –no le hizo caso y fue–. Por su parte, Beatriz, la pareja de Raúl, termina por asumir todo el miedo y la paranoia surgidos de las indagaciones de su esposo. Sin embargo ninguna de estas historias se resuelve o aclara del todo, por ello la novela cierra de la siguiente manera: “A nadie le duele la pérdida ajena, hay un lamento que se queda mudo. Alguien me tendrá que explicar. Mientras cierro de nuevo las cortinas, me pregunto qué se habrá festejado anoche. Los cuervos me miran y yo pienso en mi perra. Mañana llega Héctor.”

20 Bar Don Félix

Para Magali Velasco el discurso desarrollado en el texto del juarense es una poética de lo indecible; la incursión de un personaje como el vampiro se convierte entonces en una metáfora del silencio y la confusión que muchas veces se generó en torno a los múltiples feminicidios que desde 1993 –incluso antes– azotaron a Ciudad Juárez: el silencio frente al horror. En una entrevista el mismo autor señala, aunque refiriéndose a su creación más reciente, que “estos zombis y vampiros fueron una alegoría a lo absurdo que sucede en la vida real, sean de narcos o corporaciones.” Y es que en La balada de los arcos dorados los periodistas de El Diario inventan historias de vampiros, tigres sueltos y zombies para ocultar la verdad de los asesinatos –o más bien burlarse de la realidad y de sus lectores–. Por cierto, uno de los últimos poemas de Si fueras en mi sangre un baile de botellas me remitió también a la imagen de un vampiro fronterizo en un bar de la Juárez:

la señal se enciende
para decirte que desdobles
tu traje nuevo y te escondas
en esa armadura forjada de noches

y no vean las ojeras
de la fiesta, el mal sueño
y los rasguños que una mujer
te hizo en el bar de andrea

para que salgas a moler a golpes enemigos
como la adivinanza o el hielo
valientes enemigos de colmillos
filosos igual
que esta luz
que ciega

el valet parking halla en tu auto
un olor profundo
mientras esperas
sentado
otro baile
de mesa

César-club15

Amalia Rodríguez