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Por cuestiones de trabajo, el buen capitán Juan de Oñate emprendió la exploración del mítico territorio septentrional bajo idealizaciones ilusorias del territorio, con la casi cumplida expectativa de acreditar nebulosas esperanzas. Una migración de quienes persiguen un primitivo sueño americano. A fin de dar cuenta al Rey (los Felipes del otro lado del Atlántico) de las penurias sufridas durante la expedición, Oñate escribe una carta en marzo de 1598 donde pide que “se sirva de mandar lo capitulado conmigo por el Virrey don Luis de Velasco… y que la merced que merezco… se me haga con ventajas en encomienda de mis trabajos”. El comunicado surte efecto, pues a cuatro años de emitirlo, recibe el título de “adelantado” en las provincias de la región por parte del virrey novohispano. Ese mismo año, pero cuatro meses después, ordenan que “se envíen de estos Reinos algunos Soldados” para continuar la exploración de la zona. Por último, un decreto real reafirma la importancia de cobrar los correspondientes tributos en esas tierras. Pero, a fin de cuentas, es Vicente de Saldívar y su descubrimiento del “camino nuevo” quien protagoniza el hallazgo que aquí concierne. Este personaje reconoce un tal “Río que llaman del Norte” en la Nueva Vizcaya.

Oñate redacta su carta en primera persona, pero es Saldívar quien transmitió de manera oral lo visto durante la exploración. El sargento mayor del campo, al mando de 16 hombres, fue enviado a “descubrir camino nuevo”. Quince días antes de encontrarlo, llegaron a un “pueblo rancherial de indios” donde fueron bien recibidos, aunque “cincuenta de ellos se pusieron en arma y le resistieron” en un primer momento. El lugar referido fue descrito como “muy bueno y de bastantes aguajes”, sin olvidar el carácter estratégico que posee como ruta “con certinidad de que se ahorraran sesenta leguas del que hasta aquí se sabía y se salva el paraje del llegar a los Pataragueyes”. Cumplida su labor, los méritos del “descubrimiento pacificación y población de Las provincias de La nueva México” son reconocidos por el Rey, quien pide la pronta posesión del territorio y el cobro de “tributos en moderada cantidad de los frutos de la tierra”. La noticia es positiva y, después de todo, las difíciles condiciones sufridas por los exploradores han valido la pena. Sin duda, a pesar del paso de los siglos, la visión del espacio geográfico norteño no ha perdido su postura estratégica que entonces fue señalada por Saldívar, pero ahora posee una connotación sujeta a las necesidades e intereses de la modernidad.

22 Mapa Nuevo México

Este panorama que algún día llegó a tener “bastantes aguajes” ya se encuentra seco y asfaltado. Sin embargo, el imparable flujo migracional mantiene corrientes en movimiento. El Río Bravo pretende acotar la región y, más allá del límite, continúa creando generosas esperanzas al viajero; promueve la migración de quienes, como el sargento Saldívar y sus acompañantes, persiguen el sueño americano en búsqueda de prosperidad en otras tierras, siempre impulsados por una idealización en las riquezas de este norte. El paseante, a través de su visión utilitarista, reconoce al espacio geográfico como camino estratégico. El juarense contempla el río y se desdobla en él, lo convierte en un grito de protesta. Lo devisa sin agua pero con la idea que después de éste, existe algo que vivir. El simbolismo del Río Bravo no se concreta únicamente en su aridez reflejada en la ciudad o en su estatus como lugar de paso y limítrofe a Estados Unidos; se expande y representa un apéndice para la ciudad que guarda memorias sobre el ritmo siempre cinético de las formas de vida: habitantes en eterna adaptación a la sequía y constante encuentro con los recuerdos de lo que un día fue abundancia.

22 Cauce Río

Sarahí Robledo