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Víctor Bartoli escribió en el verano de 1985 Mujer alabastrina, su única obra y por la cual obtuvo el Premio Chihuahua. Por cuestiones más bien burocráticas se publicó hasta el 98, lo que explica que dentro de la trama de la novela se presente uno de los casos de feminicidio en Lomas de Poleo y el Lote Bravo. Es decir, el autor tuvo bastante tiempo para modificarla e insertar nuevas situaciones, incluso las ediciones posteriores –a cargo de Arca de Saidah Editores– también presentan bastantes cambios respecto a la primera, sobre todo en la cuestión del lenguaje, lo que le quita gran parte de su esencia original al texto.

¿Por qué mujer alabastrina? En la película basada en esta obra –la cual poco tiene que ver con la “cultura maquilera” que tan bien supo reflejar Bartoli– uno de los personajes ofrece una definición: “Alabastrina quiere decir puta”. Sentencia que no hace otra cosa que reafirmar aquel estigma de la “maquiloca” que ha estado desde hace mucho tiempo presente en los discursos hegemónicos de los medios de comunicación, de los políticos e incluso de algunos círculos académicos. Creo que, más bien, el adjetivo tiene que ver con lo translúcido: “Hoja o lámina delgada de alabastro yesoso o espejuelo, que, por su traslucidez, suele usarse en las claraboyas de los templos en lugar de vidriera” (RAE). Y es que la novela se compone de tres voces, tres mujeres –La Güera, Chuya y Cata– que cuentan su vida, podría decirse que sin tapujos, en esta urbe fronteriza. Todos los viernes las amigas se juntaban en el Hawaian Club –en el Malibú no porque “era de lo piorcito”– para platicar, para distraerse; “Su encuentro viernesino era un rito involuntario. Repetitivo y frenético. Casi animalesco. Necesario para retener la voluntad de vivir. Les mantenía en pie, frente a una indiferencia humana inmerecida”. De esta manera nos enteramos de sus primeros amores y respectivos embarazos, de sus borracheras de juventud en bares de la Juárez y cabarets como El Bajarí, de la manera en que tuvieron que entrar a trabajar a la maquila y el tormento que esto significaba: “Es una chinga tener que levantarse todos los días a la cinco de la mañana; pelearse por alcanzar un lugarcito en la rutera pa’ poder llegar a tiempo; esperarse hasta las once de la mañana pa’ tragar algo a pesar de que te gruñen las tripas; aguantarse el olor a puritito azufre todo el santo día, porque las herramientas con que trabajas queman una cosa que así huele; desesperarse por el chingado ruido que retumba en los oídos y casi te los hace sangrar”. Las maquilas principales de aquellos años –60’s y 70’s– eran la “Acapulco Feichon” (Insurgentes y López Mateos) y la “Alen Bradley” (Parque Industrial Bermúdez), donde terminan por conocerse las tres compañeras de parranda.

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Salones de baile como el Hawaian Club en la Avenida Juárez o el Malibú, actualmente el estacionamiento de Hipermart San Lorenzo, se convirtieron en los nuevos espacios para los trabajadores de maquila, sobre todo mujeres. Jorge Balderas Domínguez analiza minuciosamente en “Ese obscuro objeto de deseo: las obreras en los antros de Ciudad Juárez” (Entre las duras aristas de las armas. Violencia y victimización en Ciudad Juárez) cómo las empleadas de la maquila a finales de los años 60 comenzaron a apropiarse del espacio público fronterizo y de esta manera transgredieron las fronteras de la cultura política patriarcal; además, afirma que estos espacios de diversión han sido cajones de registro de historias individuales y colectivas de grupos sociales, de clases, de identidades juveniles, estudiantiles y laborales de distintas generaciones, desde los cuales ha sido posible analizar la vida cotidiana de los habitantes de la frontera y, al mismo tiempo, la formación de lo que él llama “cultura maquilera”. Por otro lado, Limas Hernández en la misma antología habla de la maquila como un dispositivo de segregación y exclusión para cientos de miles de habitantes, ya que al instalarse en Juárez obligó a la ciudad a reestructurarse de manera que la configuración del espacio público y de la gestión del desarrollo no conllevaron políticas que garantizarán el goce de bienes de desarrollo y derechos sociales para la mayoría de la población. Existe una gran diferencia, afirma Limas, entre el oriente –industrializado– y el poniente de la ciudad, una configuración aún más agresiva para ciertas “categorías culturales” como la mujer. La obra del autor juarense describe bien esta situación: “Pa’ ellas ya nada era igual: Ciudad Juárez devino en una jungla donde a causa de su sexo, y el placer que éste le da al hombre, fueron condenadas como su presa perenne”.

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Bares, salones de baile, discotecas, y drives inn se convirtieron así en una válvula de escape a la problemática social y las mujeres se apropiaron de su espacio. En una entrevista, Bartoli se cuestiona “¿Acaso las mentes humanas son caóticas de suyo o las ciudades imprimen en ellas su propio desorden?… Y pienso que si es cierto aquello que dice que somos la suma de una serie inagotable de detalles, las ciudades –como espacios en que nos enjaulan– nos constriñen dentro de su propia lógica… El hecho lamentable es que en las manos de aquellos quienes diseñan los programas urbanos, también –aunque, indirectamente– se hallan nuestras mentes, en un estado inerme absoluto, sin que nos enteremos siquiera… En tanto que en mi natal Ciudad Juárez, la ciudad está diseñada para embrutecernos. Nos hallamos inmersos en la cultura del apaleo de la autoestima de la mayoría de los ciudadanos. Vivimos en medio de la basura, para que no olvidemos que valemos poco o nada… Sobre todo hacia el poniente de la misma, en donde viven los trabajadores… ¿Sabes cómo denominan los urbanistas este sector poblacional?… Bueno, pues “el dormitorio”, porque sus vecinos día tras día deben dirigirse hacia el oriente –en donde hay más inversión pública en calles pavimentadas, iluminación, vigilancia policíaca, para trabajar durante su jornada–; y por la noche, regresar a sus barrios deteriorados por el abandono, para dormir”. Nuestras protagonistas viven en la Colonia Bellavista, a un lado del centro de Juárez y su área de trabajo es el Parque Industrial Bermúdez; es decir, tienen que cruzar casi toda la ciudad por las madrugadas y las tardes en un malogrado y peligroso transporte de personal. No es que se justifique la vida de estas mujeres pero adentrándonos en su cotidianeidad comprendemos un poco más sus andares.

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Y sí, es otra entrada sobre bares pero si en Juaritos Literario nos gusta hablar sobre esto es porque a los autores juarenses les gusta hablar sobre cantinas y bares, lo cual no es arbitrario ya que todo lo dicho por ellos deviene de una “base histórico-social que ha abierto la posibilidad a la presentación de una literatura de esa zona” (Rodríguez Lozano): la llegada de la maquila, por ejemplo, o la creación de la leyenda negra de las ciudad fronterizas después de la Ley Seca estadounidense… simple y llana historia.

Amalia Rodríguez