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Con el propósito de que no se tome en serio otra frase sarcástica, añado lo siguiente. Considero, por supuesto, que existe todo un inventario de espacios en los que voluntaria o involuntariamente caen los escritores al momento de redactar un cuento, una novela o un poema. Sin embargo, es justo por lo último que no será nada más la historia la que juegue un papel central. De hecho, ésta se encuentra subordinada por otras circunstancias más inmediatas. La historia no te manipula para que acudas a un bar. Es el deseo. La necesidad de un encuentro o de un momento de abstracción y soledad. En este caso, la búsqueda se encuentra en el milagro de la idea. La historia siempre llega tarde. El más claro ejemplo de este artificio lo expone Benjamín Alire Sáenz en Everything Ends and Begins at the Kentucky Club. Los espacios están profundamente vinculados al mundo interior de los personajes. Todo gira en torno de la tragedia, lo queer y códigos tanto lingüísticos como históricos y sociales que chocan entre sí, metaforizando ese devenir en la frontera.

24 Saenz - Kentucky Club

24 Saenz – El se fue

Si bien, bajo la premisa de “todo empieza y termina en el Kentucky Club”, las historias giran en torno al cronotopo del bar, considero que en todos los cuentos, pero sobre todo en “Él se fue a estar con las mujeres”, es la mítica Avenida Juárez la que provoca el intercambio, no sin antes cruzar el Puente Santa Fe: o sea, hay una acumulación de nombres y lugares que transmiten la sensación de movimiento. Para llegar al bar los personajes, paseños todos, deben cruzar, realizar un recorrido y encontrarse con alguien, con el deseo:

Crucé el puente a pie y noté lo vacío que estaba todo. Cuando yo era joven, el puente Santa Fe bullía de peatones. Avenida Juárez estaba atiborrada de comerciantes y de gente de El Paso más que dispuesta a pasarla bien después de una larga semana. Pero esos días habían quedado atrás. El puente estaba casi desierto. Me abrí paso entre los soldados con el fusil a la espalda…

Con cierta sutileza el narrador construye todo un aparato comunicativo a partir del movimiento y el cruce: la analogía hacia el pasado, siempre edad de oro en toda memoria, contrasta con la situación violenta y trágica que vive la ciudad y de la cual serán víctimas ambos personajes. Su función es la de establecer dos líneas temporales: antes y después de la ola violenta en Juárez. La mención del desierto es un presagio ineludible. El narrador relaciona a la violencia con la locura pero, siguiendo los preceptos de la literatura queer en los que la búsqueda ya sea de una identidad como de una complementación es esencial, será la tragedia lo que impera, puesto que cuestiona la misma percepción de identidad como de complementación: hay un choque y un quiebre, metaforizados por la desaparición y la soledad. Ambos personajes del cuento, sin saberlo, se vuelven trágicos bajo el caprichoso azar. Frente al amor y los sueños, la violencia no deja más que la sensación de lo invisible, la tristeza de aquel que busca para siempre al ser amado en las regiones de la ausencia.

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Por otra parte, los personajes están construidos siempre con base en una minoría y eso los hace sumamente complicados. Al tratarse de cuentos queer sobre la vida de los indocumentados en Estados Unidos o el problema de las drogas en familias frágiles –temas siempre actuales– el narrador rechaza el estereotipo y la caricaturización a la que se abandonan algunos escritores y perfila caracteres humanos. De aquí, la importancia lingüística cuando se construye un espacio en torno a estas creaciones complejas: se encuentran en fronteras de toda clase (la real, la sexual, la imaginada, la social, la del mismo español/inglés).

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Todas las figuras espaciales son importantes para los protagonistas porque han penetrado en la propia noción de lenguaje. Kentucky club no significa solamente espacio o bar; ni Avenida Juárez es una calle en una ciudad que ha sido fragmentada por la violencia. Ambos lugares están colmados por la idea del sueño y son renombrados: significan la serenidad trágica de una persona desaparecida o la monotonía reflejada en el trago de un hombre que ha perdido todo lo que ama. Cuando Javier regresa al Kentucky Club al final del cuento anteriormente citado, hay un cambio en ambos: el espacio, como el personaje, evolucionó; cambió de significado y es ya inasible para el lenguaje poder entrañarlo en relación a lo que siente el personaje, igual de indescriptible. Entonces debido a su complejidad no es el simple y llano museo histórico sino un cronotopo vivo, real: aquí está el Kentucky Club, donde todo empieza y termina.

Antonio Rubio