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Fernando Del Paso publicó en 1966 José Trigo, primera novela que le ocasionó muchos problemas en sus inicios como escritor. Por razones más que académicas, la obra se tomó en cuenta años más tarde en nuestro país, pero con cambios significativos. El primero de ellos, y el que nos importa en este momento, es la breve aparición de nuestra ciudad fronteriza en los años de la Guerra Cristera. En ese tiempo olvidado, el escritor agregó una sección, El puente, y modificó la estructura del texto, por lo que le abrió paso a una lectura más atenta a la crítica nacional, incluso la primera edición –a cargo de Siglo XXI– presenta grandes cambios, ya no en el lenguaje sino en las historias del texto original.

27 Paso - Jose Trigo

¿Qué importancia tiene Ciudad Juárez en la novela? En la obra puede verse la influencia, aunque ya nos sea familiar la noticia, de Juan Rulfo, pues además de la amistad, Del Paso quedó impresionado por los textos de El llano en llamas y Pedro Páramo. Todo lector atento recordará el texto de Rulfo, “Paso del Norte”, donde se cuenta el peregrinaje fantasmal a Ciudad Juárez de un emigrante, pero poco se habla sobre las modificaciones que Rulfo realizó al texto, en donde el autor elimina una breve sección en la que habla sobre los campos ferrocarrileros de Nonoalco-Tlatelolco; espacio de suma importancia en la obra de Fernando Del Paso. Por lo que esto le da mayor importancia, ya no sólo intertextual a las obras de ambos escritores, sino a nuestra mítica ciudad fronteriza, pues brinda un mayor peso al lenguaje invisible en esta urbe de arena y de desierto, desierto desolado. En el capítulo ocho de la primera parte de la novela, (Una oda) (Oda o corrido, valona, tonada, inventario, romanza, aria), uno de los personajes es un tren que viaja de Revolución en Revolución de Capotas Azules y carabinas treinta-treinta. Son tres características fundamentales las que componen a esta vieja locomotora: 1) Es alta como carrotanque, como desde lo alto de una gavia y atalaya el horizonte; 2) Navega por sierras azules y grises que semejan a los mares de la tempestad; 3) Ella conoció Jauja, al Quijote, Sacramento, vivió en Tortugas y Dublin Spur. Y es a través de estas tres figuras por las que llega a conocer la frontera. La locomotora es un viejo lobo de tierra que navega por la vida y las leyendas, por el amor a la Revolución: Cuentan los fronterizos que el tren va y viene, de año en año, de historia en historia, como hombre que busca a una mujer, pues vuela de batalla en batalla. Aunque a veces se viste de cura en la Rinconada del Arroyo de la Luna.

Los hombres que viajan en el tren, como noche de baile, son como los individuos de los que habla Luis Sebastián Rosado (personaje de Los detectives salvajes), en la cafetería La Rama Dorada. Son hombres que vienen de Aztlán, que no son de fiar. “Ahorrare la descripción de la mencionada discoteca. Juro por Dios que pensé que de allí no saldríamos con vida. Solo diré que el mobiliario y los especímenes humanos que adornaban su interior parecían extraídos arbitrariamente […] de José Trigo, de Del Paso, de las peores novelas de la Onda y del peor cine prostibulario de los años cincuenta”.

27 Vías

Los habitantes de Ciudad Juárez siempre van de voz en voz divulgando los silencios del profeta, diciéndole a todo hombre extranjero: Si oyes pitar al tren, acuérdate y escucha las viejas historias que tienen los vientos y nuestra ciudad sobre las vías de la locomotora. La ciudad en la novela se desvanece junto al trayecto del tren, pues en ella se escucha la sangre que corre por las venas como pólvora, bebiendo agua con sotol, en las cantinas de la vieja Mariscal, bebiendo como potros de tiovivo y durmiendo en las vías abandonadas como balas de canana. El tren es memoria e historia que, al oír el sonido del silbato, los habitantes recuerdan, como si lo vivieran. Ahora ya no cargamos con cascos niquelados y caponas gualdadas de los guardias presidenciales, cuyos cadáveres fueron quemados en los basureros. No, ahora cargamos con nuestras almas hacía una sucia maquiladora, con gafetes temerosos y zapatos charolados de personas que no lucharon en la Revolución, pero combaten un tiempo extra los fines de semana.

27 Estacion tren

Mientras que esa memoria fue llevada por el tren, aquí en los caminos de Hierro (como en la misma novela), los hombres del norte seguimos usando blusones caqui, pero con un nombre de empresa a la orilla del ante-brazo. Somos los deudos que velan un cadáver embalsamado con formol. Ahora, ya sin el rojo en el pecho –del que habla Fernando Del Paso– sin carabinas, lo hemos cambiado por transporte de personal que añora “sombreros tejanos de toquillas de cerda de los dorados que tomaron Ciudad Juárez. Porque todos ellos fueron, vinieron, vivieron, murieron en el tren”. Y nosotros ahora en caminos fantasmales, por los llanos de Rulfo, vamos preguntando: ¿En dónde está el Río Bravo y las montañas que los vieron pasar? ¿Dónde está el extranjero que ha de repatriarse?

Joel P. Bañuelos