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Maurits Cornelis Escher dibuja escaleras paradójicas en cubos donde se encuentran lugares y trayectorias imposibles; explicar a Escher es muy difícil para el inexperto en geometría. Cada una de sus obras habla por sí sola y asomarse a ella conlleva el asombro. Si yo intentara dibujar a Ciudad Juárez desde la visión de algunas obras poéticas terminaría encargándole a Escher que trazara un puente imposible. Uno que terminara en donde empieza y que al empezar, justo ahí, terminara. Un puente en el que la gente enfilara para subir, con pretensiones de cruzar un abismo, intentando llegar al otro lado que no sería la meta sino el punto de partida.

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La ciudad como un puente para cruzar un abismo o, mejor, cruzar un hoyo negro que al caer nos devuelva al inicio. El fenómeno de la caída del puente en Ciudad Juárez es constante y, sin embargo, infinito. Cruzar es caer y caer es levantarse y levantarse es morir y morir es siempre cruzar al otro lado igual que es nacer y para morir se nace y…

Ciudad Juárez es la ciudad del eterno retorno. Eterno y retorno son palabras muy parecidas pues encierran infinitos.

Por esto me detengo siempre al borde de los puentes, los
umbrales;
me detengo ante las puertas del café
y celebro la distancia que me aparta de las cosas que amo,
porque nada legitimó más mi estar viva
sino la lejanía de todo cuanto he deseado
y la eterna promesa que se abre
en el umbral entrecerrado de la separación.

En esta estrofa, del poema “Café Anastasia”, Nabil Valles dibuja un puente que une y separa, que difícilmente se abre para dejar cruzar al otro lado, a la promesa. Valles celebra la distancia, la separación, la lejanía de una estructura construida para unir; ama el misterio más que la resolución.

Aunque la poeta habla de puentes y de puertas desde una visión personalísima me gusta pensar que el puente y el umbral son símbolos irremediables de quienes han vivido en una frontera, en una ciudad tan aislada que anuncia, a un mismo tiempo, principio y fin. En la plástica sólo Escher podría plasmarlo, ¿no es cierto?

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La nieve cae sobre las palabras blancas del asfalto
lentamente devora el abismo de mi sombra
y la borra de este mundo
en los grises huecos que dejan mis pasos sobre el puente
me reconozco perpetuo pasajero del vacío

Edgar Rincón Luna condena a la eternidad al trashumante, en este breve poema “Postal de invierno”, igual que lo haría un dios terrible, un diablo. El poeta reconoce en sus pasos su propia condena. Ese ya no estar atrás es un estar aquí pero que logra reconocer la eterna espera de quién ansía llegar al otro lado. Dos abismos, uno negro y uno blanco, pero abismo al fin.

Rincón Luna no sólo descubre la condena de quién cruza –quién sabe si para salvarse–, sino que enumera segundo a segundo la eterna espera en “La calle que se convierte en puente”, también del mismo poemario:

nada hay más gris
que un peatón esperando la luz roja
en un cruce sin autos ni personas
la interrupción del viaje por breve que sea
es pesada para la prisa de un hombre solo

El gris es el color de la obstinación y del sopor, de la infinita serpiente atrapada en su laberinto. El gris es el peor de los abismos. La espera en esa fila humana, sorda, silente, creada por la burocracia pero recreada por quien espera en soledad como la muerte de toda esperanza. Esta última parece también una condena. En ese ir y venir incesante de orilla a orilla, termina una ciudad y empieza otra. Dos ciudades que son la misma cosa, dividida por un río sin agua y unida por cada uno de sus puentes. Esas dos ciudades unidas por la pobreza, tan distintas, y la violencia que comienza y estalla en Ciudad Juárez y que se alcanza a ver desde alguna torre vigía desde El Paso.

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En concordancia con Rincón Luna, Rubén Macías, traza la zona limítrofe donde el arco tensa la cuerda y lanza una flecha que, mirada de cerca y en cámara lenta, parece nunca encontrar el blanco:

un hombre no se puede sostener
se consume en la bocanada de su cigarrillo

está ahí  en un extremo de la avenida Juárez

los viejos militares pelean con el atardecer
el cigarrillo de aquel hombre cae lentamente

los automóviles se alejan hacia El Paso  Texas
yo espero a que el cigarrillo toque el suelo

Los perros de nadie encuentra en ese final el principio de un puente que unifica y divide; una visión escheriana que coincide con las miradas de los poemarios Trenes para demoler un río de Edgar Rincón Luna y Viento interior de Nabil Valles. Los tres autores juarenses presentaron sus obras publicadas entre los años 2015 y 2016.

Armando Molina