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Adriana Candia, autora de Café cargado (2005), ha participado en varios proyectos y publicaciones relacionados con la situación de la mujer en esta franja fronteriza, por ejemplo en El silencio que la voz de todas quiebra: mujeres y víctimas de Ciudad. La sinopsis de la primera obra de la escritora juarense comienza afirmando que “En este libro de cuentos las mujeres aparecen con una vitalidad fascinante”. Sin embargo, a mi parecer, no todos los textos se centran en ellas, simplemente recorren la vida cotidiana que cualquier hombre o mujer podría tener. “Café cargado”, por ejemplo, describe la ruptura de una joven pareja en un restaurante desde el cual “Los transeúntes podían observarlos bien viniendo de la oficina de Telégrafos o de la avenida Lerdo”; un rompimiento como cualquier otro, con sus debidas lágrimas, súplicas y gritos.

Los 17 textos que componen el cuentario se dividen en dos partes: El libro de los amores imposibles y el de las obsesiones. “Ángeles y mulas” inaugura el primero; sin embargo, más que un amor imposible trata la historia de dos vidas frustradas. Gerardo y Luciana Maybé trabajan de “mulas”; él cruza droga a Estados Unidos con el estómago cargado de cápsulas llenas de heroína; ella tiene un trabajo de cuenta dinero y cada tercer día deposita en el banco millones de pesos. Ambos corren peligro constantemente, por eso sus ángeles –Miguel y Gabriel respectivamente– siempre están al pendiente de ellos. Gerardo, dentro del negocio del narcotráfico, ha llegado a su máxima realización, ya que antes de “hacerla de “mula”… no tenía ni en qué caerse muerto”; ahora posee la casa de sus sueños y “Si se pudiera medir la felicidad, diríamos que Gerardo alcanza el grado máximo en esos momentos”; mientras, su madre le sirve un plato de papas con chile colorado. En cambio, Luciana se encuentra constantemente desilusionada; no le gusta su trabajo y está enojada de vivir su día a día con miedo; toda esta rabia la descarga escribiendo siempre el mismo poema: “Mi ciudad es un campo de guerra devastado / cuerpos lacerados por venganzas y placeres. / Locos, bestias: / El poder es un demonio astuto / ¿Cómo puede alguien siquiera… / decir amor en estas tierras?”

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El final de la narración, bastante trágico, ocurre en el centro de la ciudad; Miguel y Gabriel “parecen padrinos de un duelo a la espera de los batientes. El uno recargado en el arbotante del semáforo en la Avenida Juárez; el otro en el poste de la calle Francisco Villa”. Luciana debe depositar un maletín lleno de dinero en la sucursal bancaria de enfrente. Los ángeles ya saben lo que ocurrirá pero no depende de ellos salvarlos del inminente asalto: “No es mi tarea la decisión. Sobre usted pesa la justicia y la integridad… o será cosa de él”. La elección de ese “él”, un hombre cualquiera –el jovencito de la limpieza– vence a la protección divina: Gerardo, casi a punto de huir ante lo que estaba presenciando, “No llama a su ángel de la guarda, ni siquiera alcanza a ver al empleado de la limpieza del banco, un joven delgado que también lo ha visto todo y casi en el instante en que el matón de la camioneta roja saca la pistola, él corre y empuja a Gerardo sobre Luciana”.

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Ahora bien, la crítica Luz Aurora Pimentel asegura que la creación de un mundo narrativo constituye un contrato de inteligibilidad, el cual dependerá de la relación entre el universo diegético (el de ficción) y el mundo real. Así, los espacios representados, al concordar con distintos modelos (del mundo social, económico, de la personalidad individual y de las relaciones entre el individuo y la sociedad) que organizan el relato, siempre significan algo. “Un texto que propone modelos-reflejo tiende a estar inscrito en espacios reconocibles, con un alto grado de referencialidad, mientras que los textos subversivos, que proponen modelos de actividad humana discordantes, tienden a distorsionar el espacio mismo sobre el cual se proyecta”. En “Ángeles y mulas”, el modelo que propone Candía se da hasta el final y no lo realiza ninguno de los personajes principales sino el chico de la limpieza del banco; por lo mismo, en la conclusión del cuento se dan las referencias espaciales más exactas.

Juárez se convierte aquí en una ciudad devastada, cuya seguridad se le va de las manos incluso a las mismas figuras celestiales. Sin embargo, la confianza en ellas no ha desaparecido por completo –quizá nunca ocurra– entre sus pobladores. Basta para comprobarlo caminar por la renovada Avenida 16 de septiembre y toparse con el “Abrazo monumental”, escultura que a la iglesia católica le resultó bastante incómoda y controversial.

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Amalia Rodríguez