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¿Cómo conciliar el estigma propio de la ciudad más peligrosa del mundo con el deseo de sus habitantes por aventajar la situación? Alejandro Páez Varela logra configurar un plano donde coexisten el amor y la violencia, un corazón como arma. Para construir su obra, el autor expone un escenario que retrata fielmente las circunstancias de Ciudad Juárez a principios de los años 90. Eso, y las historias de tres mujeres cuyas calamitosas experiencias en la novela no se alejaron mucho de su realidad. Los nombres de estas musas titulan los tres capítulos que constituyen el texto donde se relatan sucesos cuyos vínculos intrínsecos se revelan conforme avanza la novela. El Corazón de Kaláshnikov toma su nombre del diseñador ruso del fusil de asalto mejor conocido como AK-47, el top trending de los años 2008-13 para cometer asesinatos. La narración pertenece a una trilogía compuesta además por El reino de las moscas y Música para perros, cuyos escenarios son un norte muy específico conformado por gente que consigue independizarse del perfil de sociedad problemática para asumirse como humanos que aman, dejan de amar, perdonan… resisten. El autor se aleja del tema de violencia sensacionalista –tan amado por los autores de narcoliteratura– sin dejar de lado la innegable situación hostil de la región, para encarnar el contexto mediante personajes que se ven afectados por actos violentos.

34 PaezV - Corazon Kalashnikov

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A pesar de asignar a cada personaje un funesto destino, el autor destaca la capacidad de amar como una vía para enlazar individuos, un ejercicio no olvidado ni siquiera entre los matones. Esta disposición brilla dentro de la novela: la determinación en los personajes para sentir, aun cuando reconocen que “el amor conduce a las despedidas” y que “uno se vuelve ciego frente al amor”. En este sentido, la idea de centralizar las imágenes de la novela en figuras femeninas no sólo remite a los feminicidios, comienza a ser una colección de vidas. Páez Varela erige una alegoría que sitúa a la mujer como un péndulo oscilante entre la violencia y el amor, una severa resistencia llevada hasta la última consecuencia. Parte del encanto de esta obra reside en el hecho de haber sido escrita por un periodista; es comprensible entonces que los personajes conservan tintes de realidad. Juanita ciertamente existió, fue la regenta de un burdel. Su cuerpo fue disuelto en ácido y se le identificó gracias a sus implantes de silicón. Violeta era cercana al autor; fue pareja de un narcotraficante y Jessica una periodista a la que asesinaron.

34 El Millón

En “Jessica” se resalta el perfil de miseria que posee el Valle de Juárez, justo cuando “la maquiladora se come los campos” y donde el progreso necesariamente va ligado a actividades ilícitas. La imagen de que “el valle no tiene caso” se refuerza mediante la idealización de la Ciudad por parte de personajes –como Juan, el Solitario– que viven en zonas rurales: El Millón. La llegada de mujeres como Juanita Quintero o Concepción Valles a Ciudad Juárez en búsqueda de un trabajo ilustra esta abstracción que proyecta el paisaje urbano desde una visión utilitarista. El Club Paraguay (¿versión literaria del Panamá en la Santos Degollado?) se muestra como un pseudo-hogar en cuyo lecho residen anhelos de progreso, de forma que la prostitución funciona como una equivalencia de narcotráfico para los personajes masculinos. La red del narco ancla todo estrato social: Violeta, la caza recompensas, se ubica en el más alto, seguida de Juanita y sus inconfundibles implantes de silicón y por último, la inoportuna Jessica. Todos funcionando como entes separados, pero innegablemente ligados a una misma estructura que se repite en forma de fractal a distintas escalas. El lector se enfrenta a un texto que, si bien exalta el carácter desafortunado de quienes habitan esta urbe fronteriza (como Jessica en su departamento frente al Parque Borunda), no olvida evidenciar su capacidad de percepción que trasgrede las etiquetas del bien y el mal. La literatura le sirvió a Páez Varela para trabajar en un plano aparentemente ficticio lo que recabó como reportero y “no dejarse ganar por esa debilidad que dobla a los hombres: el olvido”; es decir, preservar la denuncia de quienes no se quisieron acostumbrar a la muerte diaria.

34 Parque Borunda

Sarahí Robledo