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La tarde del domingo pasado solo se escuchó un nombre en boca de todos: Juan Gabriel. Redes sociales, noticieros, conversaciones durante la cena; todo giraba en torno a la muerte del célebre cantautor. Es así como llegué a Escenas de pudor y liviandad (1988), libro que recopila varias crónicas de Carlos Monsiváis escritas desde 1977 y donde el tema central es el espectáculo y sus figuras, la mudanza de costumbres a que obligan las épocas y la cultura popular urbana. Monsiváis considera ya para esas fechas a Juan Gabriel como una institución cultural, un ídolo: “un convenio multigeneracional, la respuesta emocional a la falta de preguntas sentimentales, una versión difícilmente perfeccionable de la alegría, el espíritu romántico, la suave o agresiva ruptura de la norma”.

Mucho se ha discutido, sobre todo en los últimos días, el cómo y el porqué Alberto Aguilera Valadez se convirtió en lo que es y representa hoy en día (véase, por ejemplo, “Juan Gabriel: el fin de una época” o “Juan Gabriel: placer culposo y cultura popular”), eso que le permite afirmar: “estoy muy agradecido porque antes de ser Juan Gabriel soy una persona agradecida” –discurso realizado desde el lugar donde comenzó todo. Es decir, es consciente de su papel como Divo de Juárez, ídolo mexicano, como “una metáfora de México” (Enrique Krauze), por ello, “con el solo hecho de decir su nombre se dice todo” (Verónica Castro). Sin embrago, uno de los primeros y más acertados acercamientos a este tema fue el que desarrolló Monsiváis en el libro ya mencionado, donde habla sobre los orígenes del cantante, la forma en que fue colocándose ¿poco a poco? en la memoria y corazón de muchos mexicanos: Tras el lanzamiento de su primer sencillo “No tengo dinero”, “De inmediato las quinceañeras lo adoptan y adoran… los canturreos que ocupan semanas enteras, los telefonazos a las estaciones de radio, los suspiros ante la sola mención del nombre”. También habla de su acercamiento a otras grandes luminarias como María Félix y la Prieta Linda; de los escándalos y rechazos por los que tuvo que pasar: “!Ay si tú! Y Juan Gabriel ocupa la primera página de los periódicos amarillistas, en fotos sensacionalistas… ¡Ay si tú! Y la mamá afligida por los modales de su hijo le cuenta a su hermana “Ay, ay ¿no me ira a salir como Juan Gabriel?”. Además del hecho de que rompió con fuerza, baile y lentejuelas los esquemas que representaba el rock en la década de los 70’s: “Este acelere de la cultura juvenil no inmutó a Juan Gabriel, aislado por la miseria y la provincia… La gente necesita enterarse de lo que canta, porque sigue enamorándose y sigue tronando, y sin frases que delaten el ánimo real o ideal, ni el amor ni los fracasos se viven con holgura”.

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Por todo lo anterior es que el público de Juan Gabriel, según el mismo Monsiváis, ha sido “el más pluriclasista y multigeneracional que un artista popular ha conocido en México desde las épocas de Pedro Infante, un público de admiradores que a lo mejor empezaron como impugnadores, de adolescentes de la barriada y yuppies, de desempleados y desplegables, de críticos acerbos que van a oírlo «porque los trajeron» (aunque acudan solos), de adhesiones de familia entera que «algún vez» fueron reyertas de sobremesa”. Esto lo dice en el programa de mano que escribió para la temporada que el cantante oriundo de Michoacán ofreció en Bellas Artes en 1990. El evento rápidamente suscitó fuertes críticas, sobre todo por parte del sector intelectual: El Palacio “fue momentáneamente un palenque, un estudio de Televisa, un recinto de Ocesa”; sin embargo, Monsiváis definió estos conciertos como “el triunfo de la diversidad y la inclusión del sector popular a la cuna de la cultura mexicana”.

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Elena Poniatowska, de igual manera, compara la popularidad del cantante juarense con otro icono: Juan Gabriel “no sólo fue el mayor ídolo popular después de Pedro Infante, sino un creador que lo conmovía y lo alegraba”. El domingo pasado, desgraciadamente fui yo quien tuvo que dar la terrible noticia a mi madre, quien por casualidad se encontraba con una tía y mi abuela. Tras varios minutos de negación, mi abuela solo pudo enunciar: “Es como el día aquel en que murió Pedro Infante, la tarde se ve amarilla, sin color”.

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Es un ídolo nacional (incluso mucho más allá), sí, pero como juarense no puedo evitar sentir una gran alegría y tranquilidad al saber que sus cenizas quedarán en esta misma ciudad y con su misma gente. Y es que, si bien no nació en Juárez, aquí está toda su infancia, su adolescencia, sus primeros pasos y desilusiones en la música –él así lo cuenta. ¿Cómo no sentirlo nuestro si cada vez que transitamos por la Avenida 16 de Septiembre o la Lerdo es casi imposible no voltear a ver su casa; si al dar vuelta en la Juárez encontramos un enorme mural con su rostro veinteañero y los vestigios del Noa Noa –que aunque al dueño le pese, siempre ese nombre nos recordará a Juan Gabriel; si al pasar por la calle Ignacio Mejía y Ramón Corona aún se ve el que fuera el albergue infantil y escuela de música Semjase, que operaba el divo desde 1987 y donde atendía a niños huérfanos, hijos de madres solteras o muy pobres? “Al cabo para eso trabaja el año entero en conciertos y palenques y es el vendedor número uno de discos… No hay nada que comentar. Es su vida, y esta vez es su generosidad”. Así cierra Monsiváis el apartado dedicado a la nueva institución, al ídolo mexicano.

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Quizá muchas de las personas que le lloraron y llevaron flores a su antigua casa recuerden todavía a Adán Luna, aquel muchacho que noche a noche luchaba porque le abrieran las puertas de locales como El Noa Noa, La Cu­ca­ra­cha Bar, El Pa­la­cio Chi­no, el Ha­waian o el Malibú, hasta que pasó lo inevitable: Saltó a la fama allá en el centro del país –claro, después de residir en Lecumberri por más de un año. Lo que es un hecho es que hoy todo México le llora a Juan Gabriel y escucha sus canciones –si acaso menos el exdirector de TV-UNAM.

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Amalia Rodríguez