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La canción más célebre de los indómitos Talking Heads versa sobre una persona en apariencia “normal” que, sin embargo, no puede soportar sus constantes cambios de ánimo: “I’m tense and nervous and I can’t relax”. La explosión en el coro, imagino, es la voz de los testigos-perseguidos quienes contemplan con temor la liberación del psicópata. Las series de televisión, por otra parte, han tratado de reflejar esa doble apariencia de sus personajes con tendencias psicópatas. El más claro ejemplo: Walter White. Otro más reciente es la construcción imaginaria de Pablo Escobar en Narcos. En su aparente cotidianeidad, resguardan el placer por el mal; cumplen sus deseos sin importar qué o quién obstaculice. Lo terrible, y quizá sumamente humano, es la empatía secreta que sentimos por este tipo de figuras que exploran y confirman la complejidad del ser, quien no guarda extremos a la hora de abrazar tanto el bien como el mal. Nuestro juicio sobre estos dos conceptos es una construcción ideológica. Tanto en Breaking Bad como en Narcos contemplamos ese otro perfil, más íntimo: el de la familia. El espectador los conoce a profundidad. Así pues, al club de Heisenberg y Escobar se suma Dafni Otilia (sin ese trasfondo familiar complejo), protagonista de “El laurel del sol” de Ricardo Vigueras, cuento incluido en A vuelta de rueda tras la muerte (65-90) y también en Manufractura de sueños con el título “La princesa de Arbolillo”.

La narración se construye a partir de contrastes. Existen varios puntos de vista para construir la historia de un personaje más bien silencioso, arrastrado por las acciones descritas: Otilia es imaginada primero por un narrador seco, duro; luego, recordada con ternura y amor por el taxista Blasillo a través de un diálogo. La tercera persona balzaciana y la memoria de Blasillo se intercalan estimuladas por un mismo motivo: una nota del PM. A los psicópatas los hermana el placer por la violencia. El narrador de “El gato negro” lo describe mejor: “Hacer el mal por amor al mal”. En el cuento de Vigueras esto queda claro desde un inicio, al describir la preferencia por el nombre salvaje en contraste con el otro, más dulce. Luego viene el gusto por hombres duros. Ese extraño amor violento, sadomasoquista, que sentirá y realizará por un juarense la llevará a la frontera, cuyo espacio corrompido por un aura trágica la enamorará. Después llegará el abandono de su amante, el miedo, la soledad y la condena a recoger condones usados en una cama que antes abrazaba su cuerpo desnudo. Terrible cosa el destino: este es el primer desplome de Otilia, quien ve esfumarse su sueño de convertirse en una asesina al lado de Aníbal, los natural born killers de la frontera.

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Otilia habita espacios íntimos relacionados, más bien, a su apariencia exterior, a su lado Dafni. Curiosamente estos lugares, como el baño de la maquila, las habitaciones del motel, el cuarto del otro son violentados por acciones que ella misma desemboca. Su otro yo, su perfil psicópata, degusta de marcarlos con sangre y asesinato. La ciudad aquí imaginada lleva este estigma: ni siquiera los espacios tranquilos tienen su salvación. Por ello el abandono, la soledad; edificios, barrios, casas y negocios se levantan en el más injusto olvido: “El olor a miedo y a muerte que rondaba por Juárez y levitaba sobre sus barrios y negocios abandonados la excitaba”.

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Otilia, al igual que Walter White y Escobar, cree haber alcanzado, en algún punto de su existencia, la más grande cumbre. Al lado de su amante, después de haber satisfecho el placer más grande de su vida (desmembrar a un hombre), sufre un destino terrible e irónico. Aquí el narrador, quien antes había descrito espacios renombrados, como el motel Las once mil vírgenes (seudónimo muy de Apollinaire) o la maquila Forward Input, aventura dos referencias espaciales localizables. Primero, aparecen las dos cabezas de “Los amantes decapitados” en “un departamento del fraccionamiento Rosario”; y luego, los cuerpos que “habían aparecido dos días antes dentro de una zanja en las cercanías de Plaza Misiones, a escasos metros del consulado de Estados Unidos y de los más lujosos hoteles de la ciudad”. El destino de Otilia se reduce a la más insignificante y amarillista primera plana del PM. Se le niega además ese lado salvaje y poderoso: “una tal Dafni Martínez, oriunda de Arbolillo”. Al igual que Medusa, su cuerpo fue separado de su cabeza en una representación del horror al que los juarenses abrazaban con cierta “cotidianeidad”. Justo cuando Otilia alcanzaba la libertad en el más jugoso de los placeres, el sol derrite sus alas con la misma hoja.

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Antonio Rubio