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Si bien Carmen Amato titula a su poemario Estación Tempe usando de referente a la ciudad norteamericana que le dio oportunidad para realizar su doctorado, esta aguascalentense (¿hidrocálida?) que reside en Ciudad Juárez desde los cuatro años publica los poemas que ha escrito a lo largo de su vida con una imponente visión juarense. Su obra fue presentada un helado diciembre del problemático 2010, donde calificó de catártica su experiencia como extranjera; y al poemario, como un cierre de ciclo en su vida. La composición de su obra se fragmenta en cuatro secciones: “Estación Tempe” es la primera de ellas. Ahí las composiciones exponen elementos que conciertan el espacio, la reconstrucción de un aquí y ahora que contrasta con la evocación nostálgica de un pasado habitado en determinado momento junto a sus padres. Dolores Castro acertó en apuntar que la poesía de Carmen Amato permite “contemplar no tanto el dolor de lo que se pierde, sino tras cada pérdida, la plenitud, el gozo del reencuentro”.

Dentro de su melancólica composición, la obra propone una reinvención de lugares recurrentes: un jardín, la casa de infancia, una ciudad, un desierto, envueltos en diversas situaciones: anagnórisis, separaciones y tormentas. La literatura ha propuesto al desierto como un referente en incesante cambio; sin embargo, nunca se aleja mucho de su estigma habitual y bien conocido: visiones infértiles que algunos, como Rulfo en su narrativa, han ligado consecuentemente a la desdicha. Por su parte, Amato regresa a la esencialidad de las cosas; revela una desmitificación de la geografía que permanece en constante estado precario dentro del imaginario. Su poema disocia la visión que vincula al desierto con aridez y esterilidad, para encerrar en él un microcosmos donde existe como entidad celular y civilizada: “un poema / escrito por miles de seres”. Esta depuración de imágenes se queda con lo constitutivo del espacio; un sitio que se presenta como un vacío entre dos lugares deja de ser una analogía del abandono porque “hay todo un universo en ellos”. Pensado en términos metafísicos, aparece como estratégico pues mantiene en constante dinamismo una perspectiva que cambia y duda según se camina a través de él; a cada paso el engañoso horizonte de pronto parece más lejano o próximo; esta perspectiva que medía la realidad se vuelve difusa; obliga al caminante a hacerse de su propia metodología para mesurar la verdad y las distancias, permitiéndole así escribir en “el poema de la noche / de la lluvia / de la tierra”.

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El poema “¿Por qué llamamos desierto a los desiertos?” remite a imágenes que bien pueden encajar en cualquier bioma de este tipo; es decir, funciona para hablar sobre el desierto Arizona como para recrear el de Chihuahua. Sin embargo, la peculiaridad de Juárez es tanta que uno se enfrenta a un desierto que llega a la ciudad –o a una ciudad que se extiende hacia el desierto. De niña no entendía la fortuna de que mi madre considerara un absurdo total comprarme un cactus cereus, teniendo toda la flora desértica a menos de una hora de casa. Lo comprendí cuando dejé de ver el desierto cotidianamente; entonces compré un cactus para tener un poquito de la ciudad-desierto en mi habitación e intuí: “¿Desierto de qué?”. Volviendo a Amato, es imposible no sentir que partes de Juárez se encuentran diseccionadas a lo largo del poemario: los ciudadanos quienes necesitan “Que su dios los proteja / Que les permita cruzar la noche / Que el miedo no les entuma / las alas ni les congele / la garganta” o “El tren que pasa y gime / como animal herido”. Descripciones poéticas encapsuladas con musicalidad como resultado de reflexiones hechas, a veces de lejos, otras de cerca, pero ¿cómo saberlo si en el desierto se pierde perspectiva? Estación Temple, condensación de vivencias donde lo accidental y secundario se reviste de nostalgias, se presenta como sustancial.

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Sarahí Robledo