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En Delincuentos: historias del narcotráfico (2005), se reúnen “pequeños delincuentes”, quienes desde el escalón más bajo mueven la maquinaria del narcotráfico; en su mayoría son personajes femeninos víctimas de la desigualdad y las estructuras sociales. Aquí me dedicaré al cuento “American, sir…”. Como menciona Diana Rubio en su entrada sobre Arminé Arjona y la identidad femenina juarense, la autora no repara en expresar su repudio hacia todo tipo de violencia contra la mujer y la situación precaria y vulnerable en que se encuentra. Por ello, me interesa enfocarme en dos aspectos de la localidad tratados en el cuento. El primero (por su geografía), Ciudad Juárez cuya gentil frontera permite el tráfico de la desesperanza (o los desesperados). Y el otro (por razones histórico-sociales), la representación de la mujer juarense. Las protagonistas son Cecilia y Raquel, dos amigas que se preparan para pasar “un clavo” de 40 kilos por la frontera en una mañana de invierno. Tienen miedo, sí, pero se encomiendan a su fe (y sobre todo a su ingenio). Una vez cruzada la línea, ya la libraron.

Los espacios

El primer lugar específico que aparece en el cuento es “el centro comercial La Chaveña”; se intuye, los Cerrajeros. Ahí les dejan el auto con la carga de droga que habrán de cruzar. Este mercado icónico, conocido por la mayoría de los juarenses, es el punto de transición moral de los personajes. Una vez que se suben al carro verde metálico no hay vuelta atrás; a su vez, es el paso inicial para conseguir lo que sueñan: “Por fin mi jefita va a tener su casa alfombrada”, dice una.

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Sin embargo, ¿cuál es la coordenada de partida? Por supuesto, y es interesante debido a la carga simbólica, el santuario de San Lorenzo. Para reducir sus nervios Cecilia y Raquel se preparan para pedirle a Dios: “-¿Con cuántas veladoras crees que nos aliviane? -Mira, para estas cosas no hay que tacañear. Yo diría que dos grandes y dos chicas cada una, además de los escapularios”. En este punto me parece pertinente mencionar la manera en que la figura femenina se relaciona con el santuario. No es que el hombre narcotraficante carezca de fe, sino que la mujer parece tener una dimensión más cercana con la iglesia: “-Aquí está el altar. Órale, tú reza como puedas, yo me voy a echar tres rosarios”. Es decir, mientras que el acercamiento del hombre a la religión es comúnmente representado de manera superficial; por ejemplo, pidiéndole la bendición a alguna figura materna, portando un rosario en el cuello o venerando a sus propios santos, estas mujeres saben rezar un rosario, entran, se hincan frente al altar; no obstante, su moral cristiana (fidedigna o no), no es un obstáculo para cometer el acto criminal.

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El puente de El Paso (no especifica cuál) es el lugar decisivo de la fortuna de las amigas. Cuando llegan al chequeo, sucede el culmen: una de ellas muestra su pasaporte y la otra: “American, sir”; tras una segunda revisión, un elemento ingenioso las sacará del apuro. Superada la prueba, se disponen a tomar el freeway para entregar el carro, pero no sin antes pasar por el Mac Donald’s, donde las espera su primera recompensa: un desayuno hecho al puro estilo americano.

Ya sea porque es una referencia obligada o porque quizá, no lo sé, ahí realmente se realizan este tipo de transacciones, el mercado de La Chaveña nos remonta a los orígenes de nuestra urbe, pues fue hacia 1880, con la llegada del ferrocarril, que dicha colonia empezó a poblarse. Hoy en día son contados los juarenses que no han acudido a estas segundas en busca de algún aparato electrónico, muebles o simplemente a curiosear para ver qué tesoro del pasado se encuentran.

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Por otro lado, la iglesia de San Lorenzo, ubicada en la avenida Valle de Juárez, lleva ese nombre por el santo patrono de nuestra ciudad lo cual la convierte en la parroquia predilecta de muchos devotos. Además, forma parte de la tradición popular que cada 10 de agosto se celebre la Feria de San Lorenzo, donde se realizan ofrendas, danzas de los matachines y quermés. Los puentes internacionales Juárez-El Paso son un no-lugar, en términos de Marc Augé, por su condición de zona transitoria, despersonalizados y faltos de configuración; sin embargo, también difieren parcialmente con el mismo término ya que una frontera, un muro o puente sí definen la identidad de quienes habitan sus alrededores. Son comunes las historias sobre cómo antes “se cruzaban por american” sin mayor problema; así cruzaba mi abuela a mis tías, por ejemplo.

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Finalmente, resta destacar que, como se mencionó antes, la mayoría de los personajes protagonistas en estos cuentos son femeninos. Esto es importante porque en la obra de Arminé Arjona destaca la crítica a la vida que la ciudad les ofrece a mujeres como Cecilia y Raquel, aunque más que ofrecer se las quita. Los trabajos mal pagados, la falta de escuelas y servicios básicos como agua, drenaje, luz, conducen a la inseguridad y violencia, a un estado generalizado de desesperanza que aparece como trasfondo de este retrato social.

Fabiola Román