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Los ilegales, del chihuahuense Víctor Hugo Rascón Banda (1948-2008), cuya primera edición fue publicada en 1980 por la Universidad Autónoma Metropolitana, pertenece a ese movimiento artístico del teatro de tesis o documental, según lo concibieron Bertold Brecht y Peter Weiss: el dato objetivo sobre la invención, largos parlamentos como crítica social y política, uso de elementos hiperrealistas para resaltar la “verdad” de los acontecimientos.

Obra temprana, pero que contiene ya muchas de las directrices y tópicos que caracterizarán a su producción, Los ilegales es, antes que nada, una suerte de ejercicio apologético que, desde lo dramático, critica la explotación que padecen los inmigrantes mexicanos durante su travesía hacia Estados Unidos, una explotación que, sin embargo, resulta irónica, pues los tres protagonistas masculinos no solo son víctimas de las prácticas racistas norteamericanas, sino también de sus propios compatriotas: policías, polleros, chicanos.

Rascon ilegales

Estrenada en 1979 en el teatro Flores Magón de Tlatelolco y dirigida por Marta Luna, la estructura de la pieza es simple, aunque lógica, toda vez que se ajusta bien a la semántica de la frontera: dos actos, “Este lado, México”, donde conocemos la pobreza de las tres parejas y “El otro lado, Estados Unidos”, en el que transcurre la mayoría de las jornadas, y el eje topográfico centro-sur/norte. En cuanto a la disposición escénica, destaca el empleo de un puente o una alambrada que, conforme avance la obra, ascenderá entre los personajes y el público, de manera que al final sea “tan alta como la que separa la frontera”.

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Aunque hay otros elementos interesantes que merecen atención, como las alusiones peyorativas de lo prehispánico (me refiero al diálogo entre el Padre y los Hijos gringos cuando se disponen a quemar los pies de Jesús), la función coral del Informante o la continua actualización de lo documental –un montaje en esta época sin duda requerirá de canciones y notas periodísticas distintas–, me concentraré en el inicio de la sexta jornada, donde la acción se desarrolla en el monumento a Benito Juárez. Concretamente, atenderé la “transgresión” de Juan en este espacio considerado “patrióticamente correcto”, cuando éste realiza una divertida parodia del Benemérito de las Américas, frente a una “distinguida” audiencia de vagos, ciegos y timadores.

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Cabe destacar, en primer lugar, que Rascón Banda no precisa quién es el personaje que se yergue sobre la plataforma, sino que prefiere acotar, quizá como un guiño irónico: “Alrededor de un monumento a un prócer, varios hombres pasan el tiempo. Jesús teje llaveros, José juega. Entra un contratista anunciando empleos”. Tras las ofertas del Contratista y el Enganchador –quien alude al Hotel Juárez– y la segunda aparición de una pareja de ciegos que interpreta una canción de Uruáchic (¿símbolo de la fe ciega de estos personajes?), Juan sube a la base y, ayudado por los hombres que están a su alrededor, exclama: “Yo sé lo que está haciendo el mono este. Con esta mano señala aquí; con la otra, el otro lado. ¿Saben qué dice el viejo? ¡Al que no le guste México, que se largue al otro lado!”.

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Quienes han visto este tradicional monumento –ya no es necesario venir a Ciudad Juárez, basta un clic en Google–, sabrán que mide poco más de dos metros y, además de la figura del ex presidente, tiene esculturas alegóricas de origen italiano. Se inauguró en 1910, un año después de la primera piedra colocada por Porfirio Díaz. Creo que fue remodelado hace algunos años.

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Jesús Gamboa