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Eran tiempos de expedición y de espacios ajenos a sus confines. Al final del camino, la historia –la que va con H mayúscula, aunque igual no suena– demostró que el sitio de Tenochtitlan y la ingenua captura de Atahualpa en Cajamarca fueron una excepción en la saga de la conquista americana. Los imperios mexica e inca se brindaron plenos ante un par de hidalgos venidos a más de la noche (triste) a la mañana (del Inti). No obstante, a finales del siglo XVI el norte novohispano ofrecía la posibilidad de un Nuevo México, uno aún no descubierto y que aguardaba paciente la llegada del soldado barbado, fuera un dios reencarnado o un simple cristiano. ¿Pero dónde ocultaba esa tierra su novedad? ¿Por qué el casi-colindante estado, ahora convertido en estrella en la bandera de nuestros vecinos, lleva en el sobrenombre lo mexicano? El pipope Gaspar Pérez de Villagrá, de quien ya hemos tratado, nos cuenta la leyenda que nutrió codicias, colmó bolsillos y jaló carretas.

Los primeros cantos de la Historia relatan cómo se tuvo noticia de la Nueva México a partir de “la antigualla de los indios”. La relación de sucesos, “de inmortal memoria platicada”, confirma que los antiguos mexicanos eran norteños y que dos ricos hermanos –similares a los de Roma– salieron de las siete cuevas (aka Aztlan o Chicomostoc) para fundar señoríos. Cada uno con su hueste iba marchando cuando “delante se les puso con cuidado, / en figura de vieja desenvuelta, / un valiente demonio”. El retrato le quita el aliento al soldado: “rostro desencarnado, macilento”; “disforme boca desde oreja a oreja” por la que asoman sus colmillos; y de los “brazos, temerarios, pies y piernas / por cuyas espantosas coyunturas / una osamenta gruesa rechinaba, / de poderosos nervios bien asida”.

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La demoniaca figura que sobre sí llevaba una viga “de hierro bien macizo y amasado”, se dirigió a los mexicanos para dividirlos: “Es forzoso que luego el uno vuelva / y el otro siga de su estrella noble / el próspero destino”. ¿Cuál? México-Tenochtitlan. Y para que no hubiera disensiones ni codicia, “será bien señalaros los linderos” de la tierra. Entonces, levantó los brazos y soltó la carga “con súbito rumor y estruendo”, dejando en claro los rumbos cardinales. Los bandos de inmediato se dividieron: “Por la parte del Norte riguroso, / y para el Sur fue luego prosiguiendo / la vanguardia”. El escritor atestigua que “El gran mojón allí quedó plantado” y argumenta que todo  el regimiento hispano lo contempló y quedó “pasmado y sin sentido”; incluso los caballos, frente a la monumental columna, “no se acercaban… por más que los ijares les rompían”. Y así sucedió “hasta que cierto religioso un día / celebró el gran misterio sacrosanto / de aquella redención del universo / tomando por altar al mismo hierro”.

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Tiene todo el sentido que si Hernán Cortés dio con aquellos que migraron hacia el sur, la expedición de Juan de Oñate se adentrara al septentrión tras la otra mitad de mexicanos. Para esto y por aquello de las herencias, Oñate había arreglado su matrimonio con Isabel Tolosa Cortés Moctezuma, nieta del conquistador y biznieta del tlatoani. Lo que no me explico es cómo una obra épica se pudo adelantar 50 años a lo que hiciera fray García de San Francisco a finales de 1659 en la Misión de Guadalupe. Lo he preguntado y nadie me da razón. Seguramente el franciscano conocía bien la Historia de la Nueva México, en donde estuvo trabajando antes de acercarse al Río Bravo, y decidió convertirse en protagonista de su lectura. Quizá la decisión fue de alguien más; lo interesante es el poder y la verdad fundidos en la pluma de Pérez de Villagrá, poeta que “como quien de vista es buen testigo”.

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Urani Montiel