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Los hermanos Escobar, Rómulo y Numa, hoy en día son sinónimo de calle y parque en la ciudad, aunque quienes ahonden un poco más en la historia descubrirán que el actual Parque Central es lo que queda de la Escuela de Agricultura, fundada por ellos en febrero de 1906. Sin embargo, pocos saben que su compromiso con la agricultura ya se había manifestado desde el siglo anterior, cuando en 1896 publicaron el primer número de El Agricultor Mexicano, revista fundada solo por Rómulo, ya que su hermano se encontraba estudiando en la capital del país. La publicación –nacida por cosa del destino, ya que casi pierde todo el dinero de la inversión original– se convirtió en un ejercicio literario, “periódico de chahuixtle y de cuentecitos morales”, que les permitió a los Escobar ganar mucha más experiencia dentro de las actividades agrícolas, que a la larga culminaría en la fundación de su plantel educativo.

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El éxito de la revista fue inmediato. Muy pronto la demanda obligó al ingeniero Escobar a reimprimir los seis primeros números y a adquirir una imprenta en su taller. Parte de esta fama se debía a la columna satírica titulada “Eslabonazos”, donde Rómulo, detrás del seudónimo de Proteo, publicaba su filosofía y reflexiones en torno a una gran variedad de temas, en su mayoría dedicados al trabajo de la tierra. A causa de su popularidad, se empezaron a publicar separadamente los eslabonazos, aunque pronto gran parte de estos tirajes se agotó y se volvió casi imposible obtenerlos. Sin embargo, el Gobierno del Estado de Chihuahua publicó recientemente, en el 2001, una edición con los escritos más distintivos, tanto por su estilo como por su representación de la sociedad chihuahuense que es la que ocupa esta nota.

Debido a la variedad de temas, es difícil cercar un espacio narrativo específico dentro de las sátiras de cada eslabonazo, sobre todo porque son escenarios familiares tanto para los lectores locales como los nacionales. Sin embargo, las exhortaciones hacia una nacionalidad dejan en claro si no el espacio chihuahuense, sí el espíritu bravo de sus rancheros. De igual forma, hay elementos tácitos que subrayan el territorio juarense, siendo los más obvios las constantes referencias a la Escuela de Agricultura.

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Varios artículos hacen referencia al centro educativo, como “La escuela de agricultura” y “El nuevo provincialismo”, en donde el antiguo edificio, el de La Playa (en la actual Av. Hnos. Escobar), se convierte en un objeto de reflexión o el escenario de una anécdota, respectivamente. El primer caso se distingue por ser un texto supuestamente epistolar que reflexiona sobre el papel social de la institución en la sociedad local (es decir, la juarense); entretanto, el segundo es un referente oscuro, indirecto, por ser una alusión a los lugares de donde provienen los estudiantes antes de llegar a Juárez.

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A pesar de que la escuela por sí sola no cumple una función literaria dentro de estos y otros eslabonazos, es perceptible que buena parte de la inspiración de Proteo provino de su vivencia en este plantel. Si la revista fungió como la teoría de los Escobar, la escuela fue la práctica de todo lo que desarrollaron. Su ardua labor periodística (“Sin subsidio no hay mejor negocio que el periodismo… para morirse de hambre”) reflexionó en torno a la síntesis teoría-práctica que se desarrolló en la Escuela de Agricultura.

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El recinto sobrevivió a la revista cuando El Agricultor Mexicano desapareció en 1946 y se fusionó con otra publicación de los hermanos, El Hogar. No obstante, en 1993, la Escuela de Agricultura cerró sus puertas tras un sinnúmero de huelgas estudiantiles que fueron creciendo a mayor escala. Consecuentemente, los terrenos fueron dados al Municipio, el cual lo transformó en lo que actualmente es el Parque Central Hermanos Escobar. Hoy en día, puede uno recorrerlo sin sospechar en lo más mínimo que alguna vez la tierra estuvo llena de surcos, semillas y huellas de instruidos campesinos. Aunque actualmente existe un edificio junto a la entrada del parque que funge como la nueva escuela de agricultura, el sitio no contiene más vestigios de su antiguo rostro. Lo único que permanece es el nombre de quienes una vez sembraron las tierras del ahora Corazón de Juárez.

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Valerie Rodarte