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Desde hace varias décadas Juárez es una ciudad maquiladora por excelencia; sin embargo, el auge de la representación de esta realidad en la literatura local es mucho más reciente. A excepción de Mujer alabastrina (1985), los textos concernientes a la maquila comenzaron a surgir a finales de la primera década del presente siglo y la mayoría de ellos se reunieron en Manufractura de sueños (2012). Elpidia García Delgado participa en esta antología con el relato “Wyxwayubs”, el cual formó parte, dos años después, de su cuentario Ellos saben si soy o no soy. Las veintidós narraciones –divididas en “Maquilas que matan” y “Cofres de cascabeles”– retratan de manera íntima y personal –hay que destacar que la autora trabajó en esta industria bastante tiempo– el mundo dentro de la maquiladora así como los estragos que causa en la vida de cualquier persona. Es decir, Elpidia García se une a esos escritores –aunque quizá ella es la más importante en cuanto a esta temática dentro de la literatura juarense– que, según palabras de Élmer Mendoza, “Les duele percibir cómo un ser humano, posiblemente una raza, se pierde para siempre entre filamentos brillantes y luces de neón”.

Y este es el tema que me interesa resaltar: la pérdida de identidad causada por el extenuante y monótono trabajo de operador. Pero primero me detendré en el título del cuentario: un verso del poema “Ellos” de Mario Benedetti levemente modificado, el cual forma parte de una de sus obras más conocidas, Poemas de la oficina. Aquí, el poeta uruguayo dedica su discurso al ambiente urbano y logra cifrar en verso el universo de la oficina. “Ellos saben si soy o si no soy” se refiere a la diferencia existente entre jefes y empleados en el caso particular de la burocracia montevideana de los años 50’s. Elpidia García recoge este contexto de subordinación, enajenación e inconformidad para traerlo a la industria y sociedad juarense de los últimos casi 60 años (el Programa de Industrialización Fronteriza comenzó en 1964). Por otro lado, el título también responde al tema de la deshumanización que impregna todo el libro, sobre todo el cuento inaugural, “Escalera rota”: “En realidad, no conozco sus nombres, me llegaron de pronto y se los puse. El mío lo he olvidado. Lo olvido todos los días hasta que René y Otoniel me llaman Marcela cuando los encuentro y entonces lo recuerdo; luego dejo de hacerlo en cuanto se alejan”. La voz narrativa corresponde a una mujer que, lo sabemos después de varias líneas, murió en la fábrica al igual que sus otros dos compañeros. Sin embargo, la historia contada bien podría retratar la de cualquier otro obrero aún vivo: el proceso laboral a que son sometidos, la sensación de encierro, la monotonía y el cansancio que solo los canturreos medio desvanecen. “La música humaniza el paisaje de maquinarias en funcionamiento”.

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“El conciliábulo de los halcones” pone en relieve el tema de las enfermedades provocadas por la maquinaria a que son expuestos los operadores. En Sangre joven. Las maquiladoras por dentro, Sandra Arena dedica una sección a la cuestión de la salud a partir de testimonios de mujeres trabajadoras: “Todo el tiempo que está uno dentro de la planta siente que la nariz le arde y el ambiente lo nota uno espeso. Cuando una sale a la calle siente que por fin respira. ¡Que vives!” La labor que realiza Adrián, protagonista del cuento, lo mantiene constantemente expuesto a respirar el poliéster con que se llenan las almohadas ahí fabricadas. No obstante, otras 30 costureras, al igual que él, poco a poco sufren las extremas consecuencias de inhalar los filamentos del mismo material: convertirse en halcones (así como se oye) después de que “cesaron la música, las bromas, sólo se escucha el sonido arrullador de las máquinas de coser y el silbido del aire a presión de la rellenadora de Adrián”. El narrador, un gerente de producción, es quien se da cuenta de los tenebrosos cambios, aunque nadie le cree: primer síntoma de locura o pérdida de control de los nervios –o apreciación de la deshumanización a la que incluso él estaba expuesto–. “De pronto me pareció que el tiempo se detenía sobre ellos en ese paisaje blanco. Me detuve a observarlos. Se movían como cosas vivientes ralentizadas, obligando torpemente a los miembros entumecidos a funcionar”. Sin embargo, esta situación a nadie le importa porque, como bien se dice en uno de los testimonios de Sangre joven: “Ese es el problema, hay muchísima gente buscando chamba, por eso a ellos no les interesa la salud de la gente”.

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El cuento que más resalta el carácter deshumanizante y enajenador de las maquilas es “Wyxwayubas”, el cual me hizo pensar en paisajes futuristas como los de Un mundo feliz o la película Sleep Dealer: Felizardo “siguió a los demás sin salir de su asombro por un pasillo iluminado en el suelo como los de los aviones. Cruzaron una puerta automática y entraron en un espacioso salón. La blancura de las paredes los cegó y tuvieron que aviserar momentáneamente sus ojos. Se formaron en fila para recibir las charolas con alimentos”. Una droga, la nepentina, permite que el trabajo se haga adecuadamente y que los operadores ni siquiera sientan los estragos de la jornada: “Al comenzar el turno, lo primero que haces es presionar el botón. Con la microinyección, una sustancia te permite trabajar concentrado en tu trabajo. No puedes desviar la atención, por más que quieras. Y lo mejor de todo es que aunque estés de pie por nueve horas no sientes ningún tipo de cansancio, te hace sentir muy bien. A mí me encanta. ¡Hasta se me olvida lo poco que me pagan!”. El dueño de la empresa, Keith Poppy ha encontrado la solución… bueno, en la ficción existe la posibilidad de manejar la situación al antojo del autor, pero ¿no es esto algo similar a todos los intentos de mantener contentos a los trabajadores con días de campo los fines de semana, campeonatos deportivos, fiestas –con bastante alcohol– fuera y dentro de las plantas?

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Sea con cierto estilo fantástico, realista o incluso de ciencia ficción, las narraciones recopiladas en Ellos saben si soy o no soy muestran los estragos –muchas veces fatídicos– que ocasiona la industria maquiladora en el cuerpo, mente y economía de los trabajadores. Ahora bien, la cuestión del espacio aquí no sobra sino que excede la especificación de cualquier lugar. Los relatos de García abarcan cualquier maquila de nuestra urbe, de igual manera que cualquier persona podría verse reflejada en esos níveos paisajes que matan.

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Amalia Rodríguez