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I. Toda comunidad literaria, por más pequeña y humilde que sea, tiene un padrino. Un padrote. Un chingón, como le han llamado en Juárez al suyo. Esa persona será la que firme las contraportadas de obras patrocinadas: “En este libro Ciudad Juárez es una historia viva. De amor, crueldad, humor, vino y letras”. Un mentiroso elegante. Escribirá también prólogos breves y celebrados, necesarios en esa estrategia extraña (y de mercado) de las antologías modernas. Reseñará los libros apadrinados: sus lecturas son simples, elogios olvidables. Finalmente esta comunidad-colectivo será estigmatizada o bendecida por una extensión de su nombre o de sus personajes. En Ciudad Juárez es Élmer Mendoza, quien no necesita presentación. Lo anterior forma parte de un evento polisistémico relevante dentro de la literatura de Juaritos. Élmer Mendoza es leído, comentado y estudiado ya sea en los círculos literarios de la ciudad como en la misma academia. Su influencia se deja notar en las producciones más recientes, encaminadas algunas al cauce de la novela negra y la del narcotráfico. (Obras como Garabato de Willivaldo Delgadillo han parodiado con éxito este fenómeno literario). No resulta extraño en lo más mínimo encontrar el nombre de Élmer en la antología de crónicas Road to Ciudad Juárez (2014).

II. “Juárez, Juaritos” es complicado de definir. Quizá valga la pena empezar con que es una licencia. El compilador, Antonio Moreno, afirma que uno de los requisitos era dejar a un lado el estigma de la ciudad como epicentro de la violencia. No obstante, la tesis del texto de Mendoza es consecuencia de la propia violencia, así como sus protagonistas son movidos por ésta o un producto de ella. Además, no es una crónica como tal, es decir, “una narración que sigue el orden consecutivo de los acontecimientos” (definición de la RAE). Por otra parte, si bien la crónica literaria no pretende ser veraz, se disfraza, se enmascara y vende la verdad. Hay en ella algo que se cuenta como cierto. Es verosímil y en cierta forma convincente, como en el caso de las crónicas de Miguel Ángel Chávez. Aquí sin embargo hay noticias y sucesos que se confunden con un espacio metafísico y onírico: se hermana sobre todo a lo subjetivo, a la metáfora. Parte de algo real, como es la violencia, y lo que sigue es el orden de ciertos datos que recuerda el narrador (o más bien se le anuncian), pero no les da seguimiento ni los explora.

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Dentro de esta fisión, Élmer Mendoza se coloca en el plano de un testigo pasivo. No vive ni contempla las acciones. Oye hablar de ellas y las rememora desde un espacio distante: “Juan Gabriel fue detenido unas horas por no pagar impuestos, al salir del aeropuerto internacional de Ciudad Juárez. […] Los Indios volvieron a perder […]. No lo vas a creer, dijo la chica, cerraron el Kentucky”. La chica de la televisión le anuncia estas noticias desde Juárez. La ciudad se encuentra a buena distancia.

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En este panorama de lo trágico se encarcelan a los héroes por evadir impuestos de mortales. El equipo local sigue perdiendo. Los espacios emblemáticos cierran. “Algo está pasando en la ciudad, diría que la estamos perdiendo”. Mira nada más qué nostalgia del pasado. Juanga ha muerto, los Indios han descendido y la margarita ya no es lo que era. Luego aparece la sombra. Es una mujer raptada, violada y asesinada que “no tiene misterios” ni nombre. Es un fantasma que lo visita para combatir cierta forma del olvido. Un olvido extranjero. El plano de lo real se transforma cuando interviene la muchacha. Esta violencia se vincula a un sentimiento de pérdida pero también de préstamos y familiaridad. La muerte le recuerda todo aquello por lo que “vale la pena vivir”: el ocio, la música y la comida. Luego lo personal es afectado para convertir esta angustia local en representaciones históricas. Los “tiros” que menciona son como una representación de la historia de México: “nos tiramos en el 68, en el 72, en 1910 y en 1810. En el 48 y 1521”. El texto se descontrola un poco aquí, pero aterriza hacia el final con la idea de una visita que da circularidad a la concepción del tiempo.

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III. La intervención de Élmer Mendoza en Road to Ciudad Juárez, como en otras publicaciones en las que ha participado o presentado, cumple con su objetivo fuera del contexto: brevedad y atracción. Lamentablemente no necesita aventurar un retrato de Juárez, respetar uno de los requisitos de la antología o escribir siquiera una crónica, porque es Él-mer. El padrino. El padrote. El chingón, como lo quieren ver aquí en Juárez. Abrimos esta antología y de inmediato resalta su nombre porque los polisistemas indican que es uno de los escritores mexicanos (eminencia del norte) que más vende y se traduce en Tusquets y Random House. Lo primero que se hojea es su texto porque hemos comprado sus libros y lo reconocemos nos guste o no. Es un escritor quizá estancado y sobrevalorado. Un novelista de recetas. Pero me parece necesario leerlo y estudiarlo para comprender el fenómeno editorial de nuestro Juárez, Juaritos.

Antonio Rubio