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En 1997, Víctor Hugo Rascón Banda, en una crónica publicada por la revista Proceso, hacía una doble consideración de Sol blanco, primera pieza del ahora conocido y premiado director parralense Antonio Zúñiga (nacido en el 65): por un lado, aplaudía la “nueva y vigorosa voz” que a través de una veta realista abordaba lo “sórdido de la miseria humana” y la “imposibilidad de escapar de las redes del narco”; por otro, subrayaba la ineficacia de la puesta en escena durante su gira de estreno en la Ciudad de México bajo la dirección de Octavio Trías, cuyo “tosco montaje”, “inusual en este inteligente director”, se percibía en la exagerada efusividad de los actores (¿pasión típicamente norteña?), la artificiosidad anodina de los elementos, “como la televisión que solo ven los personajes” y el poco aprovechamiento dramático que proporciona la sórdida atmósfera en la que se desarrolla la historia.

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Obra en un acto y publicada en 1999, dos años después de su estreno en Ciudad Juárez, Sol blanco puede inscribirse, por su temática, en el “Teatro Clandestino” de Vicente Leñero, movimiento propuesto en 1994 cuando se registró el levantamiento zapatista en Chiapas. Aunque la escenografía es sobria, pues las acciones ocurren entre una casa pobre de “una colonia periférica” y “un canal que sirve como calle”, sus cuatro personajes sintetizan bien el mundo de pesadilla forjado por el narcotráfico y su feroz realidad en la frontera, esa realidad que no ha perdido su vigencia de negro tópico: Blanca, la protagonista, la esclava que transporta cocaína en muñecas Barbie, la víctima de un sistema que hace de la muerte un patrimonio nacional; Chepo, el antagonista, el narco, el hombre sin escrúpulos que solo se teme a sí mismo; Cuca, la mujer de los muchos nombres (¿Refugio, María Concepción, María Magdalena?), la vieja bruja, la lesbiana; y Tony, el enamorado, el puchador cobarde, el traidor…

Casi 20 años después de la crítica de Rascón Banda, coincido con el autor de Los ilegales en que se trata de un texto que, pese a su brevedad, contiene escenas de considerable riqueza simbólica, como el rezo tétrico de Cuca frente a las veladoras, el monólogo de Blanca que preludia su muerte o el grotesco lavado de pies a Chepo, todas insufladas de un aire inquietante, casi religioso. Para dar fe de su fecundidad significativa, aquí me concentraré en tres interpretaciones. La primera tiene que ver con el título, Sol blanco, paratexto que se convertirá en una metáfora general de la historia al desplegarse en una semiótica de los temas centrales del texto: el desierto, la droga, la mujer como objeto y el comercio ilícito: “¿Sabe?, tiene nombre de arenal, de polvareda. ¿De qué se ríe? ¿Qué no ha visto las polvaredas? Esos aires que levantan nubes de polvo blanco, como usted, como su nombre”, le dice Blanca a su muñeca, a sí misma.

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La segunda línea de lectura consiste en una parodia religiosa, más concretamente, en la alegorización negativa del cristianismo. La escena grotesca se desarrolla cuando Cuca, una María Magdalena adicta, le lava los pies a Chepo, un Jesucristo con hongos que inhala y sopla los polvos divinos: “CHEPO: No la hagas de cuento y lávame bien / CUCA: Necesitan más que lavarse, mira qué uñas, parecen garras. Te las voy a cortar”. Finalmente, presto atención al nombre de Cuca, hipocorístico polivalente que, en su ambigüedad, sintetiza la denuncia que hace Zúñiga de los estereotipos sexuales en una sociedad corrompida por la injusticia, la discriminación y los negocios turbios. En efecto, Cuca significa, etimológicamente, “la mujer que da refugio”, lo que me lleva a un discurso de la protección, de la mujer que acoge y brinda seguridad. Pero Cuca también connota lo andrógino, pues se refiere tanto a la vulva (México) como al pene (Nicaragua). Asimismo, en el texto el dramaturgo juega con las asociaciones de la palabra: Cuca-María Concepción (Concepción, concha, “la que da a luz”), Cuca-María Magdalena (“soy la puta”).

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El teatro documental en el que se inscribe Antonio Zúñiga, teatro sintético y de inspiración ciertamente brechtiana, le exige a sus espectadores permanecer atentos, paranoicos de lo que se dice. Tal vez esta sea la causa de que los personajes de Sol blanco hablen con refranes: ¿guiño irónico de Zúñiga o una exageración en el empleo de coloquialismos? Habrá que esperar una nueva puesta en escena de esta obra joven del dramaturgo, pieza que sin duda se presta para un teatro experimental actual. Adiós a la tele, ya tenemos computadoras.

Jesús Gamboa