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En el año 399 a.C. el desapego a la verdad y a la realidad permeó al hombre en la sombra indemne del estatismo racional, de modo que el confort y las cadenas, a las que alude Platón en su mito de la caverna, se convirtieron en el hogar de la ceguera y la ignorancia. De la misma forma, Edeberto “Pilo” Galindo en el cuento “Ese llanto a lo lejos” (2009) alude a la evasión del hombre como prisión que le impide ver más allá de su realidad inmediata para permanecer en un estado letárgico, pero pacífico, que le asegura su supervivencia, mas no su felicidad. Miguel, el protagonista, encarna a la perfección ese modelo: “Se enrolaría en su fijación por el precocimiento de sus vegetales, en el lustre a su viejo Toyota, en su trabajo de acomodador de mercancía en las góndolas y anaqueles del S’mart y dejaría de preocuparse por los demás. Siempre había vivido, si no feliz, al menos tranquilo.” “Ese llanto a lo lejos” retrata la ausencia del hombre en una multitud, el abandono del ser y del espacio por medio de la evasión en donde un sujeto social ha dejado de serlo para fingirse dormido o ver en sus semejantes simples entes sin forma.

“Nadie lo escuchaba. Eran sólo sus pensamientos. A veces gesticulaba algún recuerdo solitario que le robaba una mueca simulando una sonrisa muy austera o una lágrima petrificada. Sus dientes rechinaban un viejo rencor o una culpa irremediable”. Pilo Galindo introduce al lector en una atmósfera de soledad como consecuencia de la violencia que azotó la ciudad, misma que llevó a sus habitantes a un silencio permanente, a una vida monótona y sin sueños y en donde sus habitantes no poseían la capacidad de imaginar y ser felices, pero sobre todo de crear lazos hasta con los seres más frágiles. Pese a que el texto no ofrece referentes espaciales que intervengan directamente en la trama del relato (de hecho, funcionan como anclajes que impiden las acción de Miguel) dichos espacios nos hablan de una situación social específica en la que un conjunto social (S’mart) permanece vacío y espacios individuales (“un antiguo restaurantito de la avenida Lerdo” y “las flautas de la Paly”) se pierden entre el silencio del desapego y la comodidad de la rutina.

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“Tratando de mitigar un poco los estragos de esa conciencia morbosa, decidió aceptar que él no era responsable por la vida y la muerte de otras personas; que él no era responsable de la felicidad de los demás; que él no era responsable más que de su propia vida”. El escritor refleja una sociedad perdida en la evasión y en la individualidad, en donde tanto los más jóvenes como los adultos mayores (Miguel tiene 60 años) sufren las consecuencias no sólo del abandono y del paso del tiempo, sino también de condiciones sociales adversas que impiden cualquier tipo de vivencia. Sin embargo, cuando el hombre despierta del aletargamiento en el que se sumergió a causa del miedo y de su cobardía se da cuenta que es capaz de vivir y, más que ello, ser feliz. Tanto el S’mart como los restaurantes de las avenidas Lerdo y de las Américas son un todo de un nada en donde se pierden las barreras de lo propio y lo ajeno y de los límites entre la realidad y otra que se le parece, pero sobre todo de la evasión y la ignorancia cuando se busca comunicar, actuar y hasta vivir.

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Finalmente, en “Ese llanto a lo lejos” un primer narrador relata el cambio en el estilo de vida de Miguel, que al percibir un sonido que se convierte posteriormente en llanto es conducido a un estado crítico de intriga, pero también de impotencia ante un posible caso de maltrato infantil. Lo que en un principio, en la “Parte primera”, parece morbo concluye cuando Miguel es vencido por el llanto que deja de ser lejano. Ahí comienza un verdadero despertar humano, del que vemos las consecuencias 20 años después hacia la “Parte segunda” y el “Epílogo” del cuento, narrados por otra voz, una que suena fuerte y que lleva tiempo sin llorar.

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 Diana Varela