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Cuando Páez Varela se refiere a sus novelas, constantemente niega que exista un carácter de denuncia en ellas. Ocurre algo peculiar en su trilogía escrita entre los años 2009-13, pues parece que los personajes que participan en su obra protestan de todas formas. No se necesita ir muy lejos para corroborarlo; en Música para perros, Flor, quien se deja ver también en Corazón de Kaláshnikov, se desvía de las intenciones del autor: “A Ciudad Juárez lo pudren los políticos, porque Juárez, se lo digo de verdad, Juárez es noble. Sí, sí, como dice Juan Gabriel: Juárez es noble. Los que no son nobles son los pinches políticos (…) La inocencia y la honestidad, en ese mundo podrido, son como la virginidad en una central de camiones, de madrugada, porque está allí todos creen que se merecen mancharla (…) Así es este mundo. Y qué se le va a hacer”. La figura del periodista que se transforma en escritor acompaña toda la lectura, reiterando su posición sólo como un testigo que observa desde una distancia pertinente. Una vez más, Páez Varela voltea la vista hacia lugares poco retratados dentro de la literatura juarense. Aunque en esta ocasión va más allá (se aleja aún más) y configura sus espacios centrales desde la sierra de Chihuahua. Juega con la movilidad de personajes, quienes coexisten en un sentido individualista y cuyos encuentros resultan siempre accidentales; no obstante, el lector adquiere finalmente una consciencia sobre el enramado implícito que habita subversivamente en la colectividad. La obra se compone de cuatro ejes movidos por el amor (El muchacho/La Vieja y Flor/Graciano); estos personajes confluyen accidentalmente en determinado momento de la historia.

La sierra de Chihuahua figura como un espacio testimonial; resulta una particularidad encontrar lugares marginales (o, por lo menos, alejar la mirada por un momento de los bares) retratados dentro de la narrativa juarense. Incluirla es una acción descentralizadora que forja una serie de imágenes y signos especiales, como la recurrente aparición de la cocina indígena. La primera pareja que aparece en la narración está compuesta por una vieja solidaria (y solitaria) que adopta a un muchacho y se encarga de civilizarlo. Para quienes han seguido lo que la prensa documenta sobre este espacio, quizá la asociación a la educación sea un poco chocante. Pero Páez Varela reivindica la visión regionalista asumiendo la literatura universal del momento para explicar una circunstancia histórica y social durante 1980 y principios de los 90. Más que prepararlo para su integración hacia la sociedad, la vieja le ofrece al muchacho un amparo maternal y le enseña que “Lo de uno, se defiende. Lo de uno se cuida. Lo de uno es de uno”, pero “el dinero no importa, porque no sirve siquiera para comprar amor”, y por ello “no se mata por dinero”, aunque todo su entorno le dicte lo contrario.

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En cuanto al referente espacial urbano, convertido ya en lugar insignia, aparece un bar. El Club Paraguay surge de nuevo como una evocación del pasado, una relación intertextual retomada de Corazón de Kaláshnikov de donde Flor no ha podido desprenderse del todo… lo trae en la cabeza. Este lugar es “la misma fauna con nuevos rostros” para el personaje femenino. Otra vía para subsistir mientras está de paso –como una considerable parte de los habitantes– en Ciudad Juárez. Desafortunadamente, el Club Paraguay no está en la calle del mismo nombre y rastrearlo en estos días parece una tarea imposible; aunque, si el referente es real, debió haber estado cerca de la Avenida Juárez (quizá con otro nombre). De cualquier manera, no hay mayor dificultad en darse una idea del lugar de trabajo para Flor, pues bien representa el arquetipo de cualquier table dance. Páez Varela instaura una polifonía que logra un discurso armonioso a pesar de su temática estridente; deja que cada voz nos entere del complejo universo de la ciudad fronteriza y sus zonas aledañas. Esta novela provoca un desdoblamiento en el lector; remite a la misma idea sobre el valor ínfimo que posee la vida: los personajes salen, entran, aparecen, mueren y, sin embargo, la humanidad que vagamente se vislumbra en la novela permanece firme. Como si estos gestos dosificados con gotero fuesen los últimos recursos para ayudar en la búsqueda de un hogar. Las reacciones que surgen como consecuencia de las acciones recuerdan “que madurar significa, sobre todo, tomar decisiones, aunque estén equivocadas”.

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Sarahí Robledo