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El reino de las moscas (2012) es la segunda novela de la trilogía que Páez Varela ha llamado Libros del desencanto. Cada libro de la serie contiene, a su vez, tres capítulos y cada capítulo tiene siete subcapítulos. En ellos se dibujan geografías naturales, pero siempre existe un panorama que apunta a lugares periféricos. Los personajes que participan en las historias corresponden también al referente espacial, y es que el autor escribe basado en recuerdos y supuestos desde la postura de quien recolecta algunas vivencias y las mezcla con ficción. Esta cuestión de la marginalidad se mantiene en todas las novelas porque, aunque haya declarado en algún momento que no le interesan las geografías, sí muestra una inclinación hacia el perfil del habitante de esta urbe: “el juarense es muy marginal: hay algo de marginalidad en estar en una frontera en medio del desierto. Hay algo en el corazón del juarense que le lleva a ocupar el desierto”. Como el marco de referencia de donde parte es su tierra natal, el dibujar personajes marginales en esos mundos violentos y agrestes casi es de manera natural. Habría que cuestionarse por qué cambia la denominación de locaciones concretas, como el Bar Paraguay, en la medida en que sus personajes –verdaderamente excéntricos– se acercan a lugares por todos reconocidos en Ciudad Juárez. Cosa que no hace para la toponimia del Valle (en Corazón de Kalashnikov), de la sierra (en Música para perros), ni para Zaragoza en El reino de las moscas.

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La cuestión con la narrativa de Páez Varela es que unifica una representación del sistema caótico en el que vivimos, tal como lo postulaba Edward Lorenz, el pionero en la teoría sobre el caos: “El batir de las alas de una mariposa puede provocar un huracán en otra parte del mundo”. Esta premisa trasciende el campo de estudio meteorológico para determinar que las acciones poseen un lugar específico dentro de un organizado sintagma con un perfecto y delicado equilibro, susceptible a ser modificado en cualquier momento y evolucionar de una manera totalmente diferente. Cada pieza que conforma el rompecabezas narrativo de la trilogía ocupa, y solo puede ocupar, un lugar dentro del régimen para que la sucesión de hechos ocurra como el autor la planifica. El más ligero cambio en la disposición de elementos turbaría la organización, pues mientras un personaje se encuentra en el poblado de Zaragoza en sus labores cotidianas, otro se ocupa de esconderse del cártel opuesto, pero ambos se encuentran vinculados. Las acciones de uno –tarde o temprano– acabaran por afectar al otro. El vínculo remite siempre a la idea de un colectivo unido por hilos invisibles, una fuerza latente casi imperceptible pero siempre existente y materializada en el espacio urbano.

Un valor estable en esta serie de textos es la inserción de citas bíblicas; por ejemplo, en El reino se menciona la epístola del apóstol San Pablo a Timoteo, donde, entre otras cosas, se le aconseja no olvidar que “nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar”. Las influencias bíblicas van más allá de una relación referencial sobre el contenido; la condición se encuentra en un estado simbólico pues los dramas de la cotidianeidad del mexicano se viven de la mano de la religión. También con una intencionalidad simbólica, Páez Varela hace hablar a muertos que así se saben y reconocen su condición, como se deja ver en el diálogo de Liborio Labrada, en el primer capítulo: “la muerte es una neblina que al principio desorienta, pero que después se va disipando. Es el fin de la memoria, también, y el principio de los recuerdos”. Acaso por el hecho de vivir en un país lleno de fantasmas, o porque desde niños nos asustaban hablándonos de edificios, como primarias u hospitales, construidos encima de panteones. Hoy nos damos cuenta que todo México es un gigantesco sepulcro. Todos estos ínfimos elementos redirigen hacia otro lugar, y cuando este encauzamiento se dirige afuera del plano ficcional, logra situar al lector en un contexto cuya objetividad apunta hacia la aridez. Una realidad que, si bien ha sido amplificada por los medios, figura como el laboratorio de nuestro futuro, como apuntaba Charles Bowden en el 98. Porque una retrospectiva histórica valida la idea de que Ciudad Juárez ha prefigurado durante un largo lapso el futuro del país. Sin embargo, el espacio protagonista en El reino de las moscas es Zaragoza, un pueblo al poniente de la ciudad con “diez iglesias protestantes y una escuela primaria”.

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Si bien Zaragoza es descrito como un “desierto pelón. Quizá más hostil que cualquier otro a cientos de kilómetros a la redonda”, y se reconoce que ahí residían “los de mayor pobreza. Vivían los despojados del Valle de Juárez”, el autor no se olvida de mencionar que también “era el hogar de Magdalena, Moisés y Max. Era, también, el hogar del hermano Víctor y su esposa, Esperanza”. Esto remite a su declaración para la revista Milenio: “Mi tesis para los tres libros fue: en una ciudad donde la gente voltea a ver al vecino porque se está agarrando a balazos con el otro vecino, que se ve desde el exterior solo como un foco de violencia, es necesario saber que en esa ciudad la gente también se ama, se desama, hay gracia y perdón, las madres enseñan a leer. Hay una cocina y una identidad”. En sus novelas existe un reconocimiento de los implicados como seres que sienten, humanos que aman, temen y odian con la misma fuerza, personajes ubicados frente a inclementes condiciones; la narración nos muestra cómo se sobrevive a éstas. Ciudad Juárez figura como la oportunidad de trabajo para Magdalena, una mujer cristiana que labora en la casa de un narco. A su vez representa el lugar de paso para Ana y Liborio, quienes se alojan por un tiempo breve en una casa en la colonia Las Margaritas, a unos pasos del parque Borunda. Liborio también tenía una casa cerca del Cerro Bola que utilizaba para trabajar, “la casa de la loma”, situada en una colonia en una zona periférica, supongo que para camuflarse entre los hogares a faldas del cerro. Ambos espacios alojan individuos que, pese a no expresar una psicología compleja, exponen la naturaleza de su ser norteños. Y esta es la propuesta del autor a lo largo de su trilogía, ir más allá de lo que se esperaría de un escritor del norte: balazos, desierto, narco y sangre.

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Sarahí Robledo