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Me parece lógico el paso de la actuación a la composición dramática. Tal vez no haya diferencia. También celebro que una compañía ya consolidada, como Telón de Arena, le de voz y foro –aunque sea en martes– a experimentos salientes de sus propias filas, como el Laboratorio Escénico Teatro de Fronteras. El montaje de Deconstrucciones o de cómo enterrar sin escarbar se estrenó en julio de este año. Su par de temporadas ha dejado un buen sabor de boca a quien asiste a una propuesta fresca y comprometida (con todo y soundtrack), o también el desaliento a quien se quedó afuera sin boleto porque, hay que decirlo, la ópera prima de Alan Posada vendió, en cada ocasión, todas sus localidades. Cierto que el foro no es muy grande y que la disposición del público en los laterales limita su número, pero de que actuar con teatro lleno es toda una experiencia para ambas partes eso es innegable. Me pregunto, ¿por qué ha gustado tanto la puesta en escena? Apuesto por el duelo revestido de comedia. La carcajada escondida en el temor a la pérdida. Pero de seguro, hay algo más. No pienso contar la trama. Hubo quien me dijo que la premisa era idéntica a una película norteamericana que no conozco. Cada quién dirá. Por mi parte, quiero centrarme en la idea del viaje y su punto de partida (Juaritos, ¿dónde más?; el Papillon para Mercedes, ¿por qué no?), así como en la técnica de creación colectiva.

Todo trayecto debe iniciar en el confort de lo conocido, en el espacio que uno bien domina y en donde la vuelta de la esquina no representa mayor sorpresa. Con el pie derecho firme es mucho más sencillo dar el siguiente paso, ya que explorar otras coordenadas genera angustia y pone a prueba nuestra dosis de tolerancia ante la incertidumbre. El viaje iniciático de todo héroe principia en el hogar (símbolo de la familia o de una estable comunidad) con motivo de algún desajuste; una escisión que provoca la partida en pos de la aventura y del auto-reconocimiento. Una vez resarcida la ruptura, el personaje no vuelve a ser el mismo. Quizá regrese al punto partida, pero traerá consigo sus lances y derrotas, más todo lo que ha aprendido. Este proceso de instrucción a prueba y error es una vieja fórmula con un sinfín de variantes. Deconstrucciones explora una de ellas por medio de un lazo carnal que une a varios desconocidos que compartirán un camino: un mismo objetivo no sin tensiones y desengaños. El público asiste a ese trayecto hombro con hombro (a veces literalmente) con los actores –en su mayoría actrices– que de repente dejan de serlo. Los casi 600 kilómetros que hay entre Ciudad Juárez y Jiménez son el espacio que media entre un comienzo fúnebre (de nuevo, sin metáforas) y el esfuerzo coordinado de los personajes, lo cual es toda una hazaña. En este recorrido nos enteramos de un poco más que del argumento, el cual puede (o no) ser predecible.

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La creación escénica colectiva (tan de moda en estos días, aunque con casi medio siglo en las tablas) insiste en el desarrollo del teatro como un quehacer humano productivo, exento de artificio, que extrae su materia prima de la realidad vivida por todos los involucrados en la práctica teatral, lo que resta autoridad a las palabras del dramaturgo o a las indicaciones del director. El texto abierto, característica principal de esta propuesta, permite que confluyan las inquietudes y voces de aquellos que en realidad vemos en escena durante toda la función y no tanto de los que se asoman al final a recibir las flores y palmas. Enrique Buenaventura, portavoz del movimiento, tenía muy en claro que el traslado del texto escrito (dispuesto en diálogo) al enunciado no era una traducción ni un esfuerzo de interpretación, sino de una completa producción de sentido. La dramaturgia, entonces, no es exclusiva del autor sino que le pertenece a la actriz, profesional en su oficio y en la improvisación, creativa y creadora desde su carne y sangre. El director del Teatro Experimental de Cali concluye “que el teatro es el discurso del espectáculo en el momento mismo en que se relaciona con el público, y los creadores de ese discurso son fundamentalmente los actores”.

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Las pausas en las que los personajes se alejan de la ficción me parecen estremecedoras. Estos cortes que sirven de transición entre escenas le dan título y sentido a la obra. En particular, conozco a una de las actrices, a Claudia Rivera en el papel de Fernanda. Cuando me enteré de su reciente pérdida no supe qué palabras servirían de consuelo y mi apapacho se convirtió en silencio. El momento en que ella toma la escena para reflexionar sobre sus dos papás excedió mi respuesta habitual como espectador: atención y aplauso. Pensé enseguida en las ausencias de mi padre durante mi infancia, en el empeño por nunca quitarle ese lugar (aunque él estuviera en Tijuana heredando su apellido) y en el papel que representa al día de hoy el abuelo de mis hijas. ¡Ni imaginar su ausencia! Cada personaje de la puesta en escena hace lo propio: interrumpen el tiempo dramático, hablan de sí y regresan a la interpretación. Experimentar ese vaivén desde la butaca (en realidad era una silla) es el gran logro de Deconstrucciones, de la cual no sólo se espera otra temporada, sino un nuevo espectáculo, ya que el viaje del Laboratorio Escénico Teatro de Fronteras apenas ha iniciado y las expectativas demandan.

Urani Montiel