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¿Qué significa andar por Ciudad Juárez? ¿Cómo se ve y se vive la ciudad? Uno de los cometidos principales de nuestro blog es que cada autor se ocupe, sí, de los espacios de ficción y sus equivalentes reales pero también de su experiencia al recorrerlos. Juaritos Literario incluye, entonces, a distintos actores de acuerdo a la apropiación y arraigo sobre el ambiente citadino que pretendemos promover: autores que plasmaron en un texto literario sus vivencias y memorias respecto a un lugar determinado; lectores –en sí cualquier ciudadano– que se acercan a estas lecturas y a partir de ellas, así como de sus propios recuerdos y experiencias, redefinen su imagen de la ciudad; y, por último, los blogueros, quienes asumimos la responsabilidad de resaltar la relación entre el aspecto literario y el urbanístico, sin olvidar que también formamos parte del mismo hábitat. De esta manera iremos abonando respuestas a las preguntas iniciales.

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Ahora bien, ante la pregunta, ¿qué hacer –en el caso concreto de nuestro proyecto– con los lugares que ya no existen pero que perviven en el imaginario colectivo a través de distintas narraciones e historias sobre ellos?, la respuesta la encuentro un tanto sencilla y, por lo mismo, quizá incompleta. Los mismos textos literarios nos dicen cómo eran estos espacios antes, cómo eran vistos, configurados y representados por aquellos que los habitaron (en ocasiones también ayuda la memoria fotográfica). Callejón Sucre (para Rosario Sanmiguel), por ejemplo, el bar Panamá (Paraguay en Páez Varela), el Virginia’s (según Enrique Cortazar) o la antigua calle Ignacio Mariscal tuvieron un significado para quienes los vivieron o transitaron cuando existían. Los autores que los plasmaron en sus obras dan cuenta de lo anterior. Pero ¿qué significan actualmente para una como lectora y caminante de esas calles que han cambiado o desaparecido?

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El auge de las avenidas Ignacio Mariscal y Benito Juárez surgió durante la época del prohibicionismo en Estados Unidos: la conocida “leyenda negra” de las ciudades fronterizas. Sin embargo, los bares, cantinas, casas de juego y prostitución localizados en las calles mencionadas comenzaron a decaer con el crecimiento y constante policentralización de la ciudad, es decir, con el inicio del PRONAF y posteriormente del PIF. La solución que las autoridades encontraron para remedira esto fue un programa de revitalización del centro histórico que comprendía la compra y demolición de cuadras enteras de dicha zona. Hace varios meses, cuando aún no comenzaba la construcción de la Gran Plaza Juan Gabriel, pero sí se había derrumbado todo lo que había en la Mariscal, califiqué al Plan Maestro de Desarrollo Urbano del Centro Histórico de Ciudad Juárez (2014) como un intento fallido por borrar una realidad patente, que solo había hecho de esa calle representativa de nuestro entorno un lugar mucho más solitario y peligroso, simples terrenos vacíos. Al día de hoy –lo descubrí con agrado hace pocas semanas– la visión cambió.

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La reconfiguración de este espacio urbano (llamado Reserva Mariscal) tiene, como todo, sus aspectos negativos y positivos. Graciela Manjarrez y Jaime Bailleres en “Caminar y ver la ciudad”, por ejemplo, afirman que proyectos así, “de intenciones pragmáticas y coyunturales, con intereses comerciales o de mayor rentabilidad económica, modifican tradiciones añejas sin advertir o respetar la apropiación que le dan los lugareños”. La Mariscal actual ya no es la Mariscal; las dinámicas que se daban y surgían ahí cambiaron o se desplazaron a otro lugar. Con la destrucción de todo lo que la conformaba se ha perdido parte de la memoria colectiva y del patrimonio que significaba dicho espacio. Aunque solo fue una parte, ya que la otra queda en las historias, narraciones, poemas, leyendas que puedan contarse sobre esta calle. Sin embargo, creo que para lograr re-imaginar todo lo anterior es necesario, o al menos preferible, transitar por los lugares que ya no son pero que dejaron su huella de alguna manera. “Ver y leer la ciudad como una práctica de visualidad, es una alternativa de expansión del conocimiento para comprender lo que los originarios de un lugar han dejado de observar” (Manjarrez y Bailleres) o les han quitado. Así, la literatura ayuda a comprender el ser, actuar y estar en la ciudad y, al mismo tiempo, le da nuevo sentido a los pasos de la transeúnte. Ahora, cada vez que camino junto a los recientes murales pintados frente a la plaza Juan Gabriel, trato de imaginar en dónde estaba el Callejón Sucre; o cómo funcionaban esos establecimientos en los que cualquier cosa podía pasar y que hasta la fecha siguen siendo una especie de tabú.

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Una de las huellas es el poema de Adriana Martell titulado “De la Mariscal y sus tardes” (2004). En él aún se habla de una “ciudad de locos”, “de ciegos que mascan alcohol en la taberna”, de los “frailes” y “cuerpos heroicos” que visitaban el emblemático paraje. Sin embargo, aquí también se remite a un tiempo anterior, a una añoranza: “una flor de sol que se desliza de sueños / en el momento breve en que su forma de curvas recuerda al pasado / porque de esa calle la ciudad se alimenta de oro”.

¿Qué depara el paisaje a la vuelta de la esquina o página? El espacio citadino cambia constantemente; la construcción simbólica y apropiación que se haga de él “se da desde lógicas de interacción, representación, narrativas y prácticas de los individuos” (Salazar Gutiérrez). Por ello es importante no olvidar cómo se vio, vivió y representó la ciudad pero siempre pensando en lo que significa actualmente para nosotros habitar Ciudad Juárez.

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Nota final. Ignacio Mariscal fue un periodista, hombre de política, escritor y poeta nacido en Oaxaca el año de 1829. Participó en el gobierno de Benito Juárez y Porfirio Díaz. En 1882 ocupó la silla No. XVI de la Academia Mexicana de la Lengua. Entre sus escritos literarios se encuentra Poesías (1911), obra póstuma que reúne tantos su lírica como traducciones de otros poetas. Entre estas últimas destaco unos versos de “Godiva”, de Alfred Tennyson: “Que nadie, hasta después del mediodía, / a estar en sitio público se atreva, / ni a verla cuando pase, y que en las casas / se ha de quedar la población entera / en tanto que ella cruce por la calle, / cerradas las ventanas y las puertas”.

Amalia Rodríguez