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El título de esta entrada es una cita de la novela Los días y el polvo de Diego Ordaz, publicada en 2011 por la editorial Puente Libre. Este escritor nacido en Parral, pero radicado en Juaritos desde hace varios años, ha sido profesor en México y Estados Unidos, por lo que conoce muy bien “cómo corre el agua en la frontera”. Y eso lo demuestra en su obra que narra los problemas diarios de un joven escritor mientras trata de escribir un western, que no pasa del capítulo primero, creando así una amalgama de novelas hechas y por hacer. De esta manera, el western que comienza cuatro veces se vuelve el eje de la historia y retrata lo problemático que puede ser vivir en un desierto. Por otra parte, conocemos la forma en que Janeth, Ezequiel, La Fonsi o Valeriano se relacionan en y con una ciudad que se creó como un respiro, pues la mayor parte de estos jóvenes “van de paso”. Esta novela narra entonces el paralelismo entre Áyawo, la ciudad ficticia, y el espacio desértico que lo arrebata todo, como lo dan a entender sus personajes.

La novela es un constante ir y venir entre dos realidades. “Zigzag” y te encuentras en Áyawo, un pueblucho de paso en donde la violencia se encuentra a la vuelta de las miradas, un Old West; “zigzag” ahora estás en Juárez, el New West, que no ha cambiada en nada más que en lo moderno. La lectura es un viaje entre la ficción y la realidad mientras se van mencionando inmensidad de lugares históricos que han sido espacios claves en la vida de Ciudad Juárez. “Zigzag” y leemos que la novela desenlaza en el cine El Dorado. Caminatas por el Centro de la ciudad, calles como la 16 de septiembre, el Malecón, la Mariscal (zona que desapareció y ahora es una plaza en homenaje al Divo de Juárez). Otro viraje y ahora es la ciudad como metáfora de destrucción: Áyawo y la violencia, el polvo, viento y arena que todo lo pulveriza. Lugar donde los foráneos no tienen lugar; “zigzag” y el spanglish lo invade todo porque existe la unión entre dos culturas: El Paso y Juárez. De esta manera, Los días y el polvo narra las imágenes crudas y verdaderas, como lo vería cualquier habitante del desierto, sobre el recuerdo y la acción entre calles, hoteles –de paso, al fin de cuentas– plazas, edificios y ese convivio entre personas que se son ajenas en un día cualquiera.

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Dicen que el desierto no tiene piedad, que te lo quita todo y eso es algo que los que vivimos en uno conocemos muy bien. Sin embargo, del otro lado de la moneda, una de las peculiaridades en estas zonas son sus extremidades, como la alegría y la amabilidad que abundan en cada juarense. “Zigzag” también nosotros nos las ingeniamos “para sacar el día” (como se dice acá) y nos sorprendemos de lo que pueda ocurrir, porque aquí todo es inesperado. Los días y el polvo sorprende, pues sus páginas toman lo serio y lo mítico de la ciudad, para darnos una imagen diferente y contraria a todos esos lugares que vemos diariamente. Todas esas calles, lugares o edificios, que aparecen en la novela, son recuerdos de lo que fue Juárez alguna vez, y también son memoria de lo que ha sobrevivido. Recuerdos que nos llegan a consumir como la arena a las gotas de lluvia; de eso está hecha la novela y es lo que contiene la ciudad. La narrativa de Diego Ordaz nos habla de esos lugares, sitios y vida que siguen siendo parte de nosotros. Caminar por la Juárez y escuchar maquiladora en boca de todos es de lo más común y compartido.

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Marcos Carrillo (aka Julián Macías)