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Hace tiempo asistí a la iglesia y uno de los coordinadores comentaba: “Vayan a la Juárez, chavos, ya se está poniendo bien padre. De perdida por curiosidad, para que conozcan”. Pertenezco a esa generación de jóvenes a la que le tocó la resaca, a la que inculcaron la nostalgia de tiempos chingones: esa curiosidad no es sino el vestigio de visitar un fragmento de nuestra historia. La gran angustia por fijarnos en los ayeres de la ciudad. Lo que yo sabía de la Juárez era aquello que me contaba mi padre sobre los años en que se comparaba a esta avenida con una extensión metafísica de Las Vegas. Vivo, además, en una zona de la ciudad que casi no tiene historia: el sur —todo depende del cristal con que se mire— donde la gente se emociona cuando, por un capricho del azar, sale en las noticias algo de por aquí, como Las Torres incendiadas. Por otro lado, es más cómodo para nosotros ir a los bares de la Gómez Morín antes que acudir a la bohemia central: la Juárez es lo exótico e incluso lo lejano. Su riqueza yace, entonces, en su camaleónica concepción de su significado inasible y complejo, repleto de la delicia de lo legendario y lo mítico en contraposición con la decadencia de la realidad.

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Cuando leo sobre la Juárez casi siempre se trata de lo mismo, tanto en la ficción como en el ensayo: esa época acabó, la Juárez is dead. Se busca revivir experiencias (muchas veces alcohólicas): son textos personales, únicos, vinculados a la contemplación de imágenes duras. Tal es el caso de las dos partes de “Avenida Juárez” de Edgar Rincón Luna que de alguna manera sintetizan la riqueza de dos de sus poemarios Puño de whiskey (2005) y Trenes para demoler un río (2015). Semejantes a una moneda, esta composición demediada resume la temática tan diferente de ambos poemarios, lo cual describe las inquietudes temáticas de la voz lírica en el transcurso de los años: un aprendizaje y un crecimiento.

La primera parte, violenta y directa, versa sobre la reconstrucción de una imagen, quizá —toda interpretación está sostenida en el “quizá”— metaforizando la identidad de la avenida: una mujer recostada en el paisaje, “ebria sobre el metal de la noche”. La atmósfera es la de la resaca, que siempre cuestiona lo temporal: qué hora es, se pregunta la voz lírica mientras la mujer está ahí, suspendida en la ausencia total del espacio y el tiempo. Es hora de largarse, adiós a la avenida, a la fiesta y a toda violencia corporal. La segunda parte, más efectiva, retrata la sustancia de aquello que he resumido en las primeras líneas de este texto. Se trata, en esencia, de la demolición del pasado. Existe pues un reconocimiento de la identidad, subordinada por el tiempo que ambos, la calle y la voz lírica, han compartido. De ahí la personificación ya explorada en el primer poema: “La vieja calle me sonríe con los dientes apagados”. Pero si en la primera parte se trata de la descripción de la avenida solamente, aquí la voz se asume confidente-reflejo de la misma: ambos han cambiado para mal.

El tono de los versos adquiere cierta fuerza porque resume la experiencia no sólo de la voz, sino de toda una generación que “abrazaba a las pasajeras / de este largo tren de polvo y hierba” y que ahora reconocen la decadencia del tiempo presente, del desdoblamiento trágico de lo que ya no son, de lo que se ha ido de ellos mismos y lo que permanece: “Mi joven ayer ahora vomita en una esquina / y me saluda con la negra luz de sus ojeras”. Y no obstante los versos finales perfilan ese ritual, puesto que toda nostalgia es asimismo un ritual de los sentimientos y la memoria, donde la imagen protagonista bebe y le regresa la sonrisa al pasado, brindando por el progreso y la decadencia. Están jodidos pero juntos. La Juárez sigue ahí, aunque algunos intenten matarla con el argumento de “ya no es lo que era”. Mantiene aún su significado primordial, cómplice de un futuro distinto, de los cruces cotidianos y la memoria perdida, cómplice que moldea asimismo su nueva definición, el renacimiento de su rostro y disfraz. Quizá sea hora de largarse de la Gómez.

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Antonio Rubio