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Depende del punto cardinal en que se llegue a Juárez es como se construirá la mirada sobre la ciudad. Si se llega por el sur, luego de atravesar un desierto majestuoso como las dunas de Samalayuca puede apreciarse como un oasis, un remanso, refugio para los que huyen de situaciones críticas, esperanza para quienes quieren encontrar trabajo o iniciar de nuevo. Justamente es lo que se lee en la primera parte de “El repatriado” de Rafael F. Muñoz, escritor chihuahuense nacido en 1889. La primera edición en libro de este cuento aparece en Si me han de matar mañana…, editado por Botas en la Ciudad de México; la mayoría coincide en que se publicó en 1934, aunque otros como Felipe Garrido señala que fue un año antes. Lo cierto es que la fecha no aparece por ninguna parte.

El cuento se ubica alrededor de 1913. En él se narra la historia de un paisano, Andrés Casavantes, que regresa a México luego de unos cinco años de trabajar en California; entra por Ciudad Juárez, busca llegar a Chihuahua y, como la revolución se extiende en la República Mexicana, se cuela subrepticiamente en el ferrocarril en que viajan soldados federales. Los militares al descubrirlo lo ponen a trabajar de fogonero. Antes de llegar a la Estación de Ranchería se dan cuenta que las vías están desclavadas; tienen que frenar de emergencia y ahí los atacan los revolucionarios. Luego de la refriega, salta el repatriado a salvo y tras el interrogatorio de los rebeldes se une a su causa. Después de pasar meses a salto de mata, llegan a las afueras de Chihuahua donde los federales repelen el ataque y Andrés muere en un cerro viendo la ciudad de lejos. Para este breve texto nos interesa sólo la parte inicial porque sirve para plantear un par de ideas sobre la mirada hacia Ciudad Juárez. Quien visita Estados Unidos —sean unas horas, días, semanas, meses o años—, tarde o temprano, termina comparando un país de primer mundo con otro que no lo es, desde la infraestructura, la economía, los gobiernos, la cultura —y todo lo que ello implica: vestido, fiestas, relaciones interpersonales, deportes, forma de vida, entre otras cosas—, organización social, y siempre termina en desventaja o con pérdidas la mexicana, salvo en la comida, el arraigo familiar y lo animado de las fiestas.

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Esto es lo que le sucede al personaje del cuento de Muñoz. En el íncipit puede leerse el siguiente párrafo: “Un puente, nada más. Un puente con piso de madera, del que sacaban astillas los cascos herrados de los caballos; largo y sucio, sobre unas aguas turbias, color sepia, que formaban remolinos como si quisieran regresarse cauce arriba”. Un enlace frágil entre esos dos mundos, al que, incluso, las patas de las bestias lastiman. Un vínculo que prolonga lo más posible el contacto, que siempre, por otra parte, tendrá su condición poco sana; algo que avergüenza: la relación dispareja, el escamoteo de las verdaderas intenciones de cada lado. El contraste con la ciudad de la que volvió «La ilusión constante de volver, y repentinamente, una ciudad plana, sin torres, sin cúpulas, de anchas calles donde uno que otro coche tirado por caballos, rueda lentamente con una cauda de polvo» (p. 178). Y continúa como ciudad chaparra, que se ha extendido sin límites que obliguen a crecer hacia arriba, al fin que hay desierto suficiente. Las calles anchas llaman la atención, sobre todo, de quienes llegan del sur, pero igual han sido características de Ciudad Juárez. Y el polvo, sempiterno habitante de la fractura nerviosa que supone el río Bravo. La cauda, dice el narrador, acompaña las ruedas, pero no sólo eso, sino que como cola de una gran cometa terrestre se enreda en los armarios, sobre el umbral de las puertas, en los quicios, postigos, picaportes. Esa planta granulosa que crece vorazmente. El polvo es el eterno compañero juarense.

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Esta vista hace pensar en la que se percibe desde UTEP, por ejemplo. La Ciudad Juárez que se ve es Anapra, y por sinécdoque se ve toda la urbe, toda la frontera y, por consecuencia, todo el país. No obstante, el repatriado no sólo se queda con la imagen antes de cruzar el puente, sino que camina por las calles. “Andrés penetró a la ciudad. A veces, las casas le presentaban el enjarrado de sus fachadas, manchado con hoyos circulares que semejaban huellas de viruela en piel humana, siendo huellas de balas. En otras casas, los huecos de puertas y ventanas estaban vacíos, y el humo les había pintado en la pared, negros penachos. Incendios”. Quizá la situación cambie si se va a la capital y por eso busca inmediatamente tomar el primer ferrocarril disponible. “Mil millas de viaje, y la ciudad, plana y extendida como una moneda caída en el suelo”. Es decir, que la suerte está echada y nada puede hacerse. La fortuna de Ciudad Juárez cifrada en un volado, no se sabe si ha caído, ¿cara o cruz?, ¿águila o sol? Lo cierto es que parece que nada puede hacerse, no queda más que seguir el camino.

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Volvamos con Andrés antes de cruzar “un puente de madera, nada más; y más allá una población aplastada contra el suelo: como si hubieran rebanado en lonjas un rascacielos, y las hubieran esparcido. Casas de un solo piso, nada más”. Quizá los juarenses necesitaban y necesitan estar más cercanos a la tierra, al suelo, para sentirse amparados en el seno que, simbólicamente, representa la tierra como madre, en ese filo del mundo que puede ser la frontera. Una ciudad agazapada ante la incertidumbre de lo que hay allende el río —con o sin agua—, un umbral entre mundos distintos, atravesarlo es aventurarse en el viaje de un mar potente, un bosque caliginoso, un desierto definitivo, donde la moneda ha sido arrojada al aire y no se sabe si caerá del lado de la soledad o el dolor.

Marlon Martínez Vela