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En “Los Amores Fingidos”, relato que forma parte de Tordos sobre lilas (2009) de Magali Velasco, aparece (nuevamente) una escena familiar ligada a la tienda y al espacio del barrio. Una familia grande emigra, como muchas otras, de Mazatlán a Ciudad Juárez para instalar como espacio principal, por encima de la casa, un negocio de carnitas. El hijo al frente cree en la tradición y lo defiende de sus gigantes competidores: “todos compran pan en Walmart o en Smart, pero las carnitas, las buenas, pocos saben hacerlas, igual que pasa con las tripitas”. Los Amores Fingidos es el nombre de este negocio ubicado entre  la Júpiter y Saturno. Junto a él se encuentra la burrería El Veneno II; El Veneno I, en la avenida de las Torres, por muchos años estuvo a cargo  de Rolando Castillo Suárez, alias El Veneno, quien se hizo experto mientras cocinaba en la cárcel: “nadie hacía el chile pasado como él, ni el asado de puerco. Sus rajas con queso eran únicas, por eso, cuando cumplió condena, afuera de la casa de sus suegros, comenzó a vender burritos con tanto éxito que compró la vivienda”.

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Los sabores caseros, cotidianos, no pasan desapercibidos en este relato de Velasco, pues tanto los burritos como las carnitas son fundamentales en el hacer diario de los juarenses desde muy temprana hora, de camino a su trabajo o en la pausa en mitad de la mañana y, asimismo, es atractivo para los foráneos que pueden ya reconocer como único su olor. Toda la familia Álvarez colabora y se prepara desde las cinco de la mañana, con la lista de compras, trámites de Hacienda, las salsas y los guisos. Todo ello va creando un ambiente que es imaginario del centro activo y de los barrios más o menos concurridos en Juárez.

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Es otra insignia de la ciudad el viento que sopla recio en la primavera. Aguantan los personajes, como don Genaro en la tienda, “a lo macho”, y en esa atmósfera turbia ven transcurrir los días familiares, incluso los domingos con un nuevo itinerario dedicado a realizar visitas a Efraín, hijo mayor del hermano vendedor de carnitas, quien cumple un año de condena en la cárcel. Rosina protagoniza las siguientes páginas del relato, pues echa de menos a su primo, con quien experimentó en casa sus primeras sensaciones eróticas. La niña lo visita en la prisión cada domingo hasta que un día, al final del relato, desaparece luego de que un grupo de presos, “cholos”, advierten a Efraín que la próxima vez tendrá que compartirles a su prima. Nada más se dice. La misma tarde cae una tormenta en Juárez y la familia se queda esperándola, observando ya desde la calma la corriente del canal que se ha llenado casi hasta desbordarse con el agua de la lluvia: “Al atardecer volvió a llover con la violencia con que en Ciudad Juárez ocurre todo: el viento, el sol, el frío. La casa se mantuvo seca, Los Amores Fingidos sobrevivió con los sacos de arena, las flores de «amor de un rato» terminaron de desprenderse, los abuelos marcaban a un celular, y la voz de Rosina, la niña, les pedía que dejaran un mensaje”.

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Reconozco que esta lectura es caprichosa. Puede ser porque se enfoca no en los “tordos” que sobrevuelan la ciudad amenazando los cielos plácidos de los personajes de Juárez, sino “sobre las lilas” que parecen imperturbables por debajo del peligro, sobre los amores “fingidos” o “de un rato”, amores que, en fin, antes y después de la tormenta, antes y después de la tragedia siguen siendo las raíces más arraigadas en el fértil suelo juarense.

Edith Mora Ordóñez