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La intención final de lo hecho hasta el momento y lo que queda por hacer en Cartografía literaria de Ciudad Juárez se dirige al acercamiento de cualquier ciudadano –incluidos los pequeños– a nuestro punto de partida: la experiencia con el texto literario. Ahora bien, plantear la lectura como una práctica ciudadana supone la participación activa de quienes reconozcan y valoren la coincidencia entre la ficción y la imagen citadina, siempre subjetiva y en constante modelación. Debido a ello, la invitación a participar en el blog es abierta y permanente, incluso a veces insistente. Por otra parte, el diseño de rutas literarias tiene el propósito de trascender el trabajo de escritorio y salir (literalmente) del ámbito académico; buscamos que los participantes de estos itinerarios generen una curiosidad –casi necesidad– de leer las obras tratadas, además de ver los lugares literarios de distinta manera o al menos hacerse conscientes de su existencia.

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Han pasado varios meses desde que se escribió la única entrada sobre una obra infantil en donde Ciudad Juárez aparece como telón de fondo: “Las tres pieles del yo” de Carmen Amato. Constantemente leo literatura infantil y desde el inicio de este proyecto me encuentro al asecho de cualquier aparición de nuestra urbe en alguno de estos textos; sin embargo, no fui yo quien dio con La Isla de los dinosaurios y el tío Minos Gorrostieta. Mi hermano Santiago y su mamá me recibieron un día con la sorpresa: “Mira, encontramos a Ciudad Juárez en este libro, puedes meterlo a eso en lo que estás trabajando”. Así que ahora quiero concentrarme, sí, en la aparición del espacio juarense, pero también en la proyección y el alcance que Juaritos Literario tiene hasta el momento.

70-santi-y-lucianoEl caso que aquí me ocupa en cuanto a la trascendencia del proyecto es bastante personal. Después de meses de hablar, preguntar e insistir sobre Ciudad Juárez en la casa, al día de hoy Santi y mi madre no solo reconocen, sino que valoran y buscan la relación entre los espacios de ficción que captan la ciudad con su equivalente real. Juaritos Literario ha llegado –al menos– a un niño de siete años.

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La Isla de los dinosaurios (2012) fue escrita por Gilberto Rendón Ortiz, quien tiene una gran producción en literatura para niños y jóvenes. Es autor, por ejemplo, de El almogávar, otra extraña novela que –ahora recuerdo– encontré hace muchos años en esas mini bibliotecas que había en los salones de español de la secundaria. La trama de La Isla es simple (aunque Santiago se queja por la historia de amor): un hombre súper inteligente –doctorado en física cuántica a los once años y corrector de las ecuaciones de Einstein– y por lo mismo millonario, construye una ínsula llena de dinosaurios para comerse su carne, ya que según nos cuenta, es la más deliciosa que existe. Los encargados de traer las viandas son su sobrino Wenseslao y Micaela. Sin embargo, lo que interesa es la manera en que logró todo esto. Minos Gorrostieta realizaba sus estudios en Princeton bajo la dirección del padre de la Teoría de la Relatividad cuando cayó víctima de una “cacería de brujas”; es decir, fue expulsado de Estados Unidos debido a su gran inteligencia y terminó en Ciudad Juárez. Sin un quinto en el bolsillo y a miles de kilómetros de su familia, Minos “se vio obligado a luchar por sí mismo y a ganarse el pan, con el sudor de su frente teniendo en cuenta las altas temperaturas del verano juarense”. No batalló mucho. Desde los dos años de edad había leído las obras completas de Julio Verne, Tolstoi y Cervantes, así que imitó a su modo el actuar de varios personajes de estos autores y pronto se convirtió en dueño de cuatro fábricas fronterizas, la mayoría concernientes al ámbito alimenticio. Todo su éxito y posterior locura –llena de provecho– se originó en este espacio fronterizo que le dio la oportunidad de crecer. Las dinámicas industriales en la ciudad demostraron “que los estudios científicos de vanguardia son posibles en el Tercer mundo”.

La Isla de los dinosaurios se ha convertido en un libro lleno de interesantes sorpresas, ideas, coincidencias y situaciones. Está lleno de referencias literarias. Todos los empleados del doctor Minos, ama de llaves, administrador, cocineros, etc., deben tener al menos una maestría en Ciencias o Humanidades ya que “si el fondo intelectual de una colectividad –un salón de clases, por ejemplo–, es elevado, las personalidades que lo componen brillarán mucho, aún los individuos menos talentosos; en tanto que en un colectivo con un fondo intelectual mediocre, suelen perderse talentos notables”. Otro guiño –no sé si agradable o no, pero causante de varias risas– es que Micalea, secretaria del protagonista y al final pareja de Wenseslao (aunque él nunca se explica cómo pudo enamorarse de alguien como ella), “tenía una triste maestría en letras hispánicas y trataba de especializarse en literatura para niños, de ahí lo tortuoso y maquiavélico que era su ingenuo modo de ver el mundo”.

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Esta novela logró reunir, extrañamente, mi interés por la literatura y el espacio juarense con el gusto por todo lo que tenga que ver con dinosaurios de Santiago y ahora también de mi Luciano; fase dinosáurica que al parecer a todo niño le llega. Sea como sea, La Isla de los dinosaurios me ha dado la oportunidad de compartir un poco de lo que hago –una “triste maestría”– con mi familia.

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Amalia Rodríguez