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Las ciudades, las personas, los objetos, aquello que al cabo del tiempo ha cambiado y solamente existe en la memoria toman un cariz mítico a través del relato. Las calles por las que alguna vez deambulamos y ya no están, callejones de “bares arracimados”; los objetos cuya función práctica se fundía con la función primordial de ser recipiente de nuestro imaginario, y que los anexaba a la imagen de uno mismo, son ahora cosas antiguas, sin funcionalidad; “la imagen oculta del antiguo animador de un cabaret de segunda”, recuerdos, personajes que se han desvanecido. Ya no suelo caminar por “la Juárez” en busca de los talabarteros que lo mismo reparaban mis equipales que vendían chaquetas estilo tamaulipeco; la última vez que por allí estuve ya no existían. Lo mismo ocurrió cuando pretendí emular al personaje del cuento de Rosario Sanmiguel y pedí al taxista: “yo me bajo en el callejón Sucre, frente a la puerta del Monalisa”.

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En un relato corto y magistral, “Callejón Sucre” logra adentrarnos en un Juárez que en una elisión del tiempo ha pasado al orden de lo mítico, pero que como presencia auténtica, real, los privilegiados por la edad podemos evocar. En contradicción a las exigencias del cálculo funcional que rige la vida contemporánea, descubrimos en el cuento de Sanmiguel un paliativo a nuestros deseos de nostalgia y quizá de evasión, de supervivencia, de referencia al pasado. El narrador-personaje nos enfrenta a la dualidad vida/muerte en una ciudad donde el tiempo se mide por el ciclo nocturno: LA NOCHE NO PROGRESA, “entonces me tiendo a esperar que transcurra otra noche”. La muerte, siempre en vela junto con Lucía y nuestro protagonista, es la única que conoce el momento del desenlace. Un hospital frío, deshumanizado, indiferente al dolor, se contrapone a una Avenida Juárez “colmada de bullicio, de vendedores de cigarrillos en las esquinas, de automóviles afuera de las discotecas, de trasnochadores”. Las imágenes de Lucía danzarina (“veo sus finos pies, sus tobillos esbeltos”) y Lucía moribunda (“Recuerdo las sondas, sueros y drenes que invaden su cuerpo”) exacerban la tensión del relato.

Quizá la empatía por este texto se deba a mi experiencia médica en el Hospital General donde trabajé como cirujana maxilofacial por muchos años. Salas de espera con viejos sofás donde los familiares trataban de descansar, atentos a cualquier información. Jovencitas golpeadas durante riñas en los bares donde trabajaban, abusadas física y psicológicamente. Noches largas, muy largas. Conocí el Callejón Sucre en alguna de mis caminatas por la Avenida Juárez. Hueco más que callejón, a la luz del día lucía ruinoso y destartalado. El hospital General ha evolucionado para bien de sus pacientes; la Avenida Juárez se ha adecuado a la modernidad y su conceptualización práctica. De este modo, como afirmaba Paul Ricoeur, nuestra narración se eleva a condición identificadora de la existencia temporal que la ficción re-figura: ciudad que transcurre por las noches, “horas atascadas entre paredes limpias y umbrías”, calles de anuncios luminosos que invitan a entrar en lugares “de poca luz y de ambiente sofocado por el humo”, atmósfera mitificada por el texto y la memoria.

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Nuestro protagonista, de regreso al hospital, percibe en su desasosiego cómo “los árboles se juntan en una larga sombra, epidermis de la noche” Yo, ha mucho tiempo que no deambulo por la ciudad, despacio y sin prisa, como antaño.

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Laura Jiménez Zepeda