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Que se te vaya la existencia tras un sueño y dejes la mitad de tu salud tras la caza de una vida mejor. ¿Cuán mística es la búsqueda de ese bienestar? ¿Cuánta de la riqueza que se añora en esta realidad es una inversión para una vida mejor en el cielo? Entendamos al cielo como paraíso, como la trascendencia ulterior de nuestra limitada corporeidad. El pensamiento trasciende nuestras acciones y estas se perfilan entonces más grandes que nuestro ciclo vital. Los misioneros que buscaban la región de las Siete Ciudades de Oro al noroeste de México no encontraron sino páramos adversos habitados por grupos de nativo-americanos a quienes enseñaron el fervor a un nuevo dios. Los misioneros y exploradores no localizaron el oro legendario, pero en su lugar vencieron la adversidad y amalgamaron sus culturas. La ambición devino en humanitarismo y la aventura fue vasta, aun sin la recompensa metálica.

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Alvar Núñez Cabeza de Vaca relata en su crónica las vicisitudes para sobrevivir y establecer contacto con los indígenas que lo aceptaron como uno más y al que trataron, a veces, como súper hombre. La supervivencia fue su más grande tesoro porque el tránsito en este mundo es breve y porque a través de esa concisión, un cristiano puede vencer al pecado y pretender que Dios lo recoja nuevamente en su seno. En el Nuevo Mundo la imitación de Cristo era cosa cotidiana y esparcir el evangelio entre hombres y mujeres era un regalo del cielo para aquellos pescadores de almas. La región más al norte de Tenochtitlan era una promesa mucho antes de que las fronteras mexicoamericanas fueran establecidas en tratados internacionales. En la región más septentrional de la Nueva España, ya se divisaba el espejismo de un porvenir abundante en oro a cambio de afrontar a la naturaleza y a los dueños de las tierras. Las siete ciudades de oro fueron siempre un espejismo, una especie de sueño americano por el que algunos estaban dispuestos a arriesgar más que el pellejo. La promesa al norte terminó en la afueras de Cíbola, una de las ciudades legendarias que en realidad no existieron nunca. La ruta de exploración finalizaba ahí porque más allá, al final del arcoíris, no se encontraba un caldero lleno de oro, sino el dorado fulgor del sol, siempre radiante, junto a su reflejo en las blancas arenas del desierto y el vasto arrullo del viento pronto convertido en tolvanera.

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Calexico, banda norteamericana de rock, retoma y traduce el título de la novela de Carlos Fuentes, Frontera de cristal (1995), para su propio tema musical, más o menos basado en las historias fronterizas del escritor mexicano que se desenvuelven en gran parte en Ciudad Juárez. “Crystal Frontier” recrea, al sonido de trompetas de mariachi, la atmósfera necesaria para las historias de deseo y decepción que se entretejen en esta zona, otrora escenario de la lucha de vaqueros contra apaches. En el imaginario de la canción, fray Marcos (de Niza), Amalia (de la maquiladora) y Ramón se encuentran y desencuentran frente a frente en el cristal de esa frontera plagada de jornadas laborales, pobreza y balas perdidas. Una región bronca en donde se estrella el vuelo de muchos sueños y en cuyo suelo se extiende la posibilidad de hacer una vida… o recrearla mientras se tiene la oportunidad de entrar por alguna rasgadura en la malla que divide una ciudad de otra… “Both sides keeping a close eye / for a break in the line”.

“Ramon tightens up his leather belt, / and slips through a hole in the fence. / He can get you anything you want. / It might cost you a life, might cost you / the whole price of freedom here, / on the crystal frontier”. Quienes habitamos en este cruce de caminos sabemos que las historias trágicas de los personajes reales y ficticios se entretejen con otras tantas de esperanza, y que negar la existencia de unas sería traicionar el sustento de su contraparte. La tragedia de una ambición no cumplida y la fe puesta en un páramo lejano y sin misericordia son el origen y el destino de esta leyenda que aún no termina de contarse y que depende del color del cristal con que se mira.

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Jesús Armando Molina Barraza