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Una lectura del poemario Conversando otra voz, de José Joaquín Cosío

Hablaremos del primer libro publicado por Joaquín Cosío, originario de Tepic, Nayarit y radicado en Ciudad Juárez desde la edad de once años. Este poeta, narrador, dramaturgo, periodista, profesor universitario, actor de teatro y cine nació en 1962 y su libro apareció bajo el sello de Joan Boldó i Climent Editores, en coedición con el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de San Luis Potosí, con fecha de 1990. Hasta hoy (febrero de 2017), es la primera y única edición. El autor ha publicado posteriormente un grupo de poemas en el texto colectivo Cíbola, cinco poetas del norte (UNAM, 1999), compartiendo espacio con Jorge Humberto Chávez, Alfredo Espinosa, Gabriela Borunda y Rogelio Treviño, este último fallecido hace cinco años. Luego dio a la luz Bala por mí el cordero que me olvida (Ediciones sin nombre / Nod / Instituto Chihuahuense de la Cultura / Taberna Libraria Editores, 2011). Conversando otra voz corresponde a una incipiente, pero ya notable, tradición de escritores juarenses gestada en los años 80 del siglo XX, durante el taller fundado por el recién desaparecido novelista potosino David Ojeda.

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Los años que Cosío pasó en Ciudad Juárez fueron de intensa actividad formativa y definitoria: su participación en teatro fue intensa y pronto manifestó una gran calidad interpretativa. La estancia en el taller literario y el trabajo actoral fue desplazando a segundo plano la docencia y otras responsabilidades de Cosío, cuya existencia cobra sentido en función de las dos vocaciones artísticas aunque, en algunas entrevistas, ha expresado ser un actor que además escribe poesía. Esto resulta claro a vistas de que se ha convertido en una de las principales figuras del cine mexicano a partir de Matando Cabos, donde protagonizó a su primer personaje de gran éxito en la pantalla grande. En cuanto a la obra escrita, algunos de sus amigos juarenses tenemos la suerte de lucir en nuestros libreros sus textos autografiados, gracias a la amistad y cercanía propiciados por el azar y el común interés por las letras. La poesía de Conversando otra voz es una lírica donde predomina el desencanto frente al mundo. Además, resulta notoria la infrecuencia del yo poético: se trata de textos donde la voz que cuenta y reflexiona se resuelve generalmente en un colectivo “nosotros”. Le sigue en importancia la segunda persona gramatical.

Sin embargo, cuando el lector comienza a recorrer las páginas iniciales, lo primero que encuentra es un par de estancias de tono personal: “yo no conozco a alan watts / nada sé de su estela marítima… / mi silencio toma cerveza casi todos los días…” El resto del poemario se apoya en apelaciones de un “nosotros” hacia algún “tú” generalmente femenino. En ocasiones, ese “tú” es indeterminado, o bien, se trata de una persona retórica que se identifica con el yo poético, como en este bello poema, “Personaje”, de íntima biografía. Un inquietante desdoblamiento se revela al final de la primera estrofa, así como en la última estancia.

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Aquí, el poeta frente al espejo reflexiona sobre su propia historia en una fecha relevante, el cumpleaños  (ya cerca del trigésimo), quien se ve a sí mismo como un “jardín de frases condolidas”, es decir, como un productor de palabras, un poeta. Las frases son “condolidas” porque el poeta ficcional que habla en el texto asume y comparte el dolor del otro, que no solo es él mismo en su desdoblamiento, sino otros humanos, según consta en la segunda estrofa: “los que sueñan”. El semblante compungido de los rostros corresponde parcialmente al tono general del libro que venimos comentando, y que comparte con muchos textos de los poetas contemporáneos a José Joaquín (j.j.): un estado anímico perseguido por la insatisfacción existencial, cierto desencanto del mundo que forma la pátina característica de mucha poesía desde las vanguardias del siglo XX en sus inicios o quizá desde el siglo anterior. Ese tono, esa actitud que no llega a ser tristeza o lamento pero sí lleva su matiz de amargura es el sello que unifica a ese grupo de autores surgidos en el primer taller del INBA juarense.

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A la influencia de viejas poesías vanguardistas y biografías de escritores rebeldes de siglos pretéritos se deben en parte el gesto y las maneras bohemias de estos importantes autores que animaron la vida cultural de nuestra ciudad por varios años. Vale aclarar que no toda la obra ni todos esos autores destilan el mismo licor: hay algunos cuya poesía es más bien festiva y lúdica, como el caso de Miguel Ángel Chávez. Asimismo, varios poemas de Conversando otra voz nos regalan con el pleno amor y evocaciones de intensa ternura. Y desde luego, no faltan los metapoemas, textos que tratan del proceso mismo de la escritura, como el que encontramos en la página 44 e inicia de este modo: “la palabra arrugada / la palabra rota en el fondo del cesto / inmóvil como la quieta furia de las víboras…”.

Tradición y verso libre

En los versos del poema antes mencionado, “Personaje”, a simple vista de metro libre, se mantienen vigentes fórmulas tradicionales. Por ejemplo, de las doce líneas, tres son endecasílabos acentuados de acuerdo a los cánones. Hay, igualmente, tres versos alejandrinos (de 14 sílabas), uno de nueve, uno de diez y otro de 16. Los alejandrinos están perfectamente separados por pausas en la séptima sílaba (hemistiquios). El verso de 16 sílabas en realidad es compuesto por nueve y siete. Es un poema donde se combinan entre sí versos cuyo número de sílabas es impar. La tradición prescribe que es preferible combinar versos pares o impares, pero no ambos, en los poemas. Aquí solo el decasílabo escapa al patrón formal, aunque fluye con agradable ritmo porque se encabalga con el endecasílabo anterior. Nos detenemos en estos detalles técnicos (la poesía es técnica) para constatar la cultura literaria del autor, alimentada sin duda por el amplio bagaje que la literatura universal nos ha legado. También es evidente que estamos ante un poeta de su tiempo, inserto en el ambiente del quehacer literario mexicano y en sintonía con los estilos de sus amigos y conocidos en el medio, sin menoscabo de reconocibles matices personales. Leer sus poemas casi es como escuchar su voz profunda y modulada, acorde con su experiencia y sensibilidad de actor.

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El espacio literario

En la poesía de Joaquín, en este libro, predomina el imperio de la noche. Sus espacios no se ubican en lugares concretos, pero sí en lentos atardeceres, caminatas bajo la lluvia o sobre las hojas que el invierno derrama en el pavimento: imágenes que sin duda reconocemos y vivimos en esta ciudad…  o en cualquier gran metrópolis. Conocemos, eso sí, algunos sitios donde el autor leyó sus textos en compañía de sus colegas talleristas: el Museo de Arte, la Biblioteca municipal Arturo Tolentino, la preparatoria de Altavista, la UACJ, entre otros. Hay, sin embargo, un poema que podemos ubicar, gracias a charlas personales con el autor: “Vuelo del colibrí”, dedicado a la narradora Rosario Sanmiguel. La idea le vino al poeta luego de advertir el asombro de Rosario ante la aparición de un grupo de estas avecillas junto a los muros de cristal del Museo de Arte del INBA, donde año con año regresaban, por lo menos hasta comienzos de los años 90. Luego, el verdadero tema del poema no es el que indica el título, sino la emoción sorprendida de una amiga al descubrir colibríes en ese lugar. .

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Como lectores asistimos a las visiones del poeta, cuyas “ciegas geografías” transcurren mayormente de noche, en alcobas y calles pobladas por “siluetas   nombres   paraísos” (52), pues la ciudad es “un juego de espejos ingrávidos”. El diagnóstico de esta visión de la urbe, en la voz poética, es que “no somos   no soy otra cosa”. Puede uno imaginar el recorrido de Cosío por esas calles, de noche, después de la fiesta en casa de un amigo o en los bares. Algunos de esos lugares fueron recurrentes hasta volverse icónicos, por ejemplo la cantina El Recreo, situada en 16 de Septiembre y Francisco I. Madero.

El espacio ficcional y los habitantes de carne y hueso

¿Qué somos nosotros, lectores mortales, en la ciudad pintada, imaginada por los poetas? Las calles de Conversando otra voz se nos presentan desoladas, su atmósfera cargada con el peso del abandono y la soledad. ¿Acaso no son así las calles nocturnas de nuestra ciudad, cuando las andamos sin compañía, terminada la euforia de la celebración recién vivida en una francachela?

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Los noctívagos, hombres o mujeres, experimentamos la zozobra y el frío de esas andaduras alguna vez, y por ello es fácil sentirnos identificados con estos poemas plenos de estremecimientos íntimos, de nostalgia e incertidumbre. En esa identidad con la ciudad real y la ciudad mítica radican la fuerza y el valor de los versos que nos regala en esta ópera prima José Joaquín Cosío.

Agustín García