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Son pocos los registros que narran la travesía de fray Agustín Rodríguez, un religioso franciscano dedicado y preocupado por la evangelización de los indios situados más al norte de la Nueva Vizcaya. Siendo este su principal motivo, fue en junio de 1581, junto con los religiosos Francisco López y Juan de Santa María, y autorizados por el virrey, que partieron hacia estas tierras desconocidas para ellos. La escolta, de no más de 10 soldados, iba comandada por Francisco Sánchez Chamuscado. Pocos hombres para una expedición de tal importancia, pues la nueva ley prohibía el derrame de sangre indígena. Pasaron por varios ríos como el de las Conchas y el Río Grande, a un costado de varios pueblos como el Puruay, hogar de pobladores tiwa que después asesinarían a estos frailes y a otros indígenas ya evangelizados y guiadores de los mismos. Estas noticias llegan a nosotros de manera oficial por los documentos inéditos de las Indias y por el testimonio de los dos sobrevivientes a esta expedición: Hernán Gallegos y Pedro Bustamante, pues el viaje también fue encomendado por la Orden de San Francisco. Es así como supuestamente se abre la ruta al aún no bautizado Paso del Norte.

La ruta consistió en seguir el cauce del Río Conchos hasta su desembocadura en el Río del Norte. Aquí se encontraron con nativos que les informarían acerca de otras tribus hacia el norte. Así, siguieron el cauce del río pasando por la región del Paso del Norte, cazaron al búfalo (“vacas de Cíbola”) y tomaron posesión de un lugar poblado y con grandes casas el 21 de agosto de 1581, nombrándolo San Felipe del Nuevo México. Poco después, el cronista de la expedición, el capitán Hernán Gallegos pediría al rey la autorización de ordenanza al Nuevo México, nombre con el cual se empezaría a reconocer esas tierras. Pero esto apenas era el inicio de una inmensa curiosidad por las posibles riquezas que se encontrarían en tierras norteñas. Entre los mineros ansiosos por apoderarse de los metales y los franciscanos por evangelizar, se comenzaron otras expediciones tanto legales como ilícitas. Y como última puntada, a principios de 1598, Don Juan de Oñate, hombre de familia y cuyo padre había sido uno de los fundadores de Zacatecas, esposo de una de las nietas de Hernán Cortés, bisnieta de Moctezuma, emprendió una expedición desde Santa Bárbara con 400 hombres y 130 familias, más de 80 carretas con provisiones y suficientes cabezas de ganado. Finalmente, de esta manera se asentarían los primeros exploradores en las tierras del Nuevo México… siguiendo los confusos pasos de fray Agustín Rodríguez

A más de cuatrocientos años de toda la movilidad colonizadora y los caminos abiertos por todos estos espacios, los habitantes han moldeado el terreno hostil por diversos motivos. Los indígenas se han ido rezagando tanto en su número como en sus tradiciones y espacios. Las fronteras y perímetros del mapa geográfico ahora son otros. Las viviendas y la estructura de la ciudad van cambiando de acuerdo a las especificaciones de la modernidad. Casi medio siglo ha bastado para renombrar y repoblar lo que antes se conocía como la Nueva Vizcaya y el Nuevo México. Sin embargo, no hay que dejar en el olvido nuestro posible origen: la fundación y los primeros asentamientos del Paso del Norte. Ciudad Juárez sigue en pie (como se la imaginaron sus fundadores) y, por qué no, viviendo de esas expediciones, de ese espíritu aventurero. Al día de hoy, en el 2017, continuamos siendo aquellos hombres y mujeres que caminan por el desierto en busca de prosperidad, que se desplazan por rutas largas y secas para llegar a un destino. Todos cubiertos bajo un mismo sol.

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Óscar Sánchez Torres