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Hace trece años, en 2004, se publicó en la editorial Anagrama la novela más importante del chileno Roberto Bolaño, 2666, al cuidado de Ignacio Echeverría. Pareciera que el escritor latinoamericano (nacido en Santiago de Chile, en 1953, criado en México y fallecido en España en 2003 en la hora nostálgica de la ciudad de Blanes, Barcelona) escribió más muerto que en vida. Cada lector que se acerca a su prosa y a su poesía se percata o se convence de que son varias las obras publicadas después de su muerte, siendo esta la más importante. Desde entonces se ha trabajado sin descanso, por lo que creo que no hay mucho que pueda decir que otros no hayan mencionado respecto a la obra póstuma. Es bien sabido que el trazo que el poeta hizo sobre su ciudad fronteriza tiene un carácter residual y discontinuo, como algunos especialistas lo han nombrado. También se habla de la violencia hacia las mujeres y criminalidad hasta el día de hoy impune, nada nuevo. 2666 tiene como objetivo narrar, en la ciudad ficticia de Santa Teresa, espejo calidoscópico de Ciudad Juárez, las desapariciones forzadas de miles de mujeres, a ellas que el olvido busca llevarse, pero que la memoria les devuelve a cada una su sentido. En dicho esbozo me aproximaré a “La parte de los críticos”. En este capítulo el lector conoce la historia de los crímenes conforme cuatro críticos literarios buscan a un perdido escritor europeo de la lejana y distante Alemania.

Ahora bien, con esta pequeña introducción a la obra es importante señalar un fragmento de la novela donde queda registro del Mercado Juárez. Ahí donde se habla, ya no del cuerpo violentado de los personajes ni las desapariciones que abundan en los silencios, sino de cómo el mismo espacio y edificio del mercado es alcanzado por la dominación y el olvido; las ruinas en las que viven cada uno de los puestos de comida, de máscaras, de figuras de barro, de catrinas, etc. es reflejo de lo que cada crítico vive y pierde: “Al día siguiente salieron a dar una vuelta por el mercado de artesanías, inicialmente concebido como lugar de comercio y de trueque para que la gente de Santa Teresa y a donde llegaban los artesanos y campesinos de toda la zona, llevando sus productos en carretas o a lomos de burro […] ahora se mantenía únicamente para turistas norteamericanos […] y que se marchaban de la ciudad antes de que anocheciera”.

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Estas descripciones son eco de la vida social, vacía y decadente, en la que se sumergen los personajes; es decir, el espacio, así como los transeúntes y vendedores, son producto de una crisis ya no solamente interna sino colectiva. En este conflicto se viven diferentes periodos del proceso cultural que ha sufrido Ciudad Juárez. Existen ocasiones en donde los críticos literarios, Norton, Espinoza, Pelliter, Morini, viven un antagonismo que se acentúa cuando luchan, ya no consigo mismos o entre ellos, sino con la ciudad. Esta pelea que desata disputas y asuntos polémicos termina, en el mejor de los casos, en una definición falsa de lo que realmente buscan: “al final Pelliter adquirió por un precio irrisorio una figurilla de barro de un hombre sentado en una piedra leyendo el periódico. El hombre era rubio y en la frente le despuntaban dos pequeños cuernos de diablo. Espinoza, por su parte, le compró una alfombra india a una muchacha que tenía un puesto de alfombra y sarapes. La alfombra en realidad no le gustaba mucho”.

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Los personajes, como los vendedores en el Mercado Juárez, se quedan en su trinchera; cada quien tiene caprichos mal disimulados y se pierden en un mercado en ruinas, inmutable a los ojos de la tragedia. Lo importante en todo esto –en esta búsqueda y lucha contra el olvido– sería entonces, como otros escritores han dicho, descubrir los valores del pasado que son vitales para el presente, incluso en este edificio que se mantiene de recuerdos. El Mercado es lugar que nutre el arte; ahí los vendedores amplifican el espacio y crean miniaturas que fecundan una cantera humana. El Mercado es un museo de figuras anónimas. Las catrinas de barro alcanzan a respirar y, sin embargo, ninguna es capaz de morir “porque están muertas en el molde mismo que les dio apariencias de vida”. La expresión de los críticos fenece antes de que el centro histórico de la ciudad gire y dé media vuelta para dar cara al vacío.

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Los personajes de Bolaño están cimentados en la angustia de una ciudad que se desmorona. Cada paso es un acercamiento a los puestos trasegados en pisos de alquiler: “Cuando salió del bar se dirigió al mercado de artesanías. Algunos comerciantes estaban recogiendo sus mercaderías y levantando las mesas plegables […] Las calles del mercado estaban sucias, como si en lugar de artesanías allí vendieran comida hecha o frutas y verduras”. El Mercado en la novela es un eco y la sombra desgarrada de un sector social, como cada uno de los críticos, que lleva en sus espaldas su propia tragedia. Con el paso de los años este lugar ha terminado por derrumbarse y deformarse; con su penuria y rutina ha hecho de la inercia un arma. Pero, ¿cuál es la imagen del mercado que se construye en las páginas de 2666? La de un vasto mundo de pluralidades, donde no existen fronteras políticas, construido por pequeños puestos que asimilan una cadena de islas por descubrir,  comunidades en donde los protagonistas son sus habitantes y ellos mismos le dan nombre al Mercado. Lo que cuenta Bolaño es un hábitat de fronteras en donde choca su pluralidad, es decir, “incontables patrias” que despiertan al mundo exterior y se funden con él… un mundo que le abre sus puertas a aquellos que vienen de otros abismos, siempre y cuando se salven, de algún modo, de sus propios sueños.

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Joel Peña Bañuelos