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Después de culminar la licenciatura en literatura, entre diversas lecciones aprehendidas e ignoradas, llegué a la siguiente conclusión: toda la literatura remite a Don Quijote. Incluso las obras clásicas grecolatinas: Homero era un tipo manco y hambriento con mucha imaginación; así como la literatura porvenir: aquel futuro narrador que todavía balbucea la primera sílaba infantil ya está perfilando de forma inconsciente la obra cervantina de la próxima generación. No resulta sorprendente entonces que la literatura juarense tenga su propia versión de la obra maestra de Cervantes —para gozo de algunos académicos—: Las aventuras de Don Chipote o Cuando los pericos mamen, de Daniel Venegas, considerada por la crítica —escasa pero segura— como la primera novela chicana (aparecida en Los Ángeles en 1928). En realidad, don Chipote es fundacional en diversas temáticas abordadas: la migración a Estados Unidos, el cruce legal e ilegal, el racismo, el espanglish, la explotación de los mexicanos que viven su peculiar American dream… No obstante, hay dos temas que destacan en esta novela: el trayecto mítico y la construcción histórica de Ciudad Juárez durante los años 20 del siglo pasado.

La conciencia chicana surge gracias al establecimiento de las ciudades modernas fronterizas, las cuales protagonizarán un complejo momento histórico donde monstruos como Juárez empiezan a cargarse de significado simbólico, guardando relación con mito e identidad. Múltiples ensayos que abordan la cuestión (Alejandro Lugo o Gloria Anzaldúa), además de algunos novelistas (el mismo Venegas y Alejandro Páez Varela) indican que al chicano lo define la desubicación existencial vinculada a cuestiones identitarias: no se consideran mexicanos pero tampoco estadunidenses. De ahí que los teóricos y críticos, pertenecientes o no a esta comunidad, durante los años 60 encuentran su origen —el mito como identidad— en una ubicación imaginaria: Aztlán. Es importante mencionarlo ya que el trayecto mítico de don Chipote recorre precisamente esta zona que no existió, soñada pero también impuesta: es el pasado divino de los Aztecas, según invento de Tlacaélel. Lo último será un conflicto importante en la novela de Venegas: el abandono del espacio real-rural en búsqueda del mítico, ficticio, el Aztlán-USA que buscaban los españoles y después los mexicanos, o sea, las tierras de la riqueza y el bienestar donde “se barre el oro de las calles”.

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El investigador Alejandro Lugo intuye que la identidad del chicano se asume más allá del espacio que lo reserva. Está más allá de toda la geografía: “We are Aztlán”. Imaginando entonces que don Chipote —los migrantes, obreros y braceros representados en él— es Aztlán, su identidad no será definida por su ubicación espacial sino por el trayecto mítico que ha realizado: antes de asumir costumbres gringas en Los Ángeles, lleva en su corazón y memoria lo que es: el recuerdo de su familia, la comida que su esposa le preparó para el trayecto, el dinero que gana labrando la tierra, su perro Sufrelambre y el español. Todo esto, progresivamente, se pierde desde su llegada a Ciudad Juárez.

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Es la torrecita de la Misión —imagino, pues no se precisa este dato— lo primero que observa don Chipote al llegar a la urbe: un elemento religioso que remite sensaciones familiares y por eso desconoce que ha llegado a la frontera. No obstante, será el narrador quien construya, a manera de contraste, la imagen poderosa y real de Juárez a inicios del siglo pasado, aventurando así uno de los primeros vestigios en la literatura de la leyenda negra, la ciudad del pecado, la fiesta y el exceso que en Juaritos ya hemos explorado:

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Debajo de esta intervención de connotaciones moralistas y aleccionadoras, encuentro el retrato obscuro e interesante de una construcción espacial simbólica e imaginaria: si el sur de Estados Unidos será la divina Aztlán, Ciudad Juárez —la frontera en sí— es el rostro maldito (verdadero) de este sueño: la pesadilla, pues. Una vez que don Chipote y Sufrelambre arriban a nuestra ciudad, sus conflictos y descalabros no se detendrán: lo discriminan en el puente, lo meten a la cárcel por dormir en las bancas de los parques, no entiende el espanglish y lo condenan a barrer… pero la basura de las calles. A fin de cuentas el American dream es solo eso: un montón de polvo que recorre los sueños de los incrédulos.

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Antonio Rubio