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Tenía quince años cuando empecé a leer poesía motivado por una intuición escolar. Mis lecturas pasaron a la sana obsesión que conlleva imitar registros, ese germen creativo que algunos iluminados contagian, como apuntaba Aristóteles: quería escribir poesía amorosa igual que Benedetti, Sabines, Neruda, Acuña. Con el paso del tiempo me amargué. No es que dejase de encontrar el shock estético en algunos versos amorosos de Juan Gelman o de Salvador Novo. Pero hoy son otras mis lecturas —que algunos compañeros han acusado de severas— y al regresar a los primeros poetas he encontrado más decepciones inocentes que verdadera trascendencia. Poca poesía amorosa y erótica para recordar. Esto último, creo, convierte al género en el más complejo y tramposo.

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Dentro de esa tradición difícil e intensa se encuentra el poemario Mujeres de la brisa de Joaquín Cosío, a quien conocí primero como el Cochiloco, y que se publicó en la mítica antología Cíbola: cinco poetas del norte (1999). Cosío fue de los primeros —el primero de su generación— en abordar de forma magistral el tema del feminicidio en Ciudad Juárez que cinco años después sería una de las poéticas de identidad en autores recientes. Son dos poemas que conforman la parte oscura en la estructura temática del libro donde la ausencia trágica de lo femenino afecta de manera sintomática a la urbe que las ve desaparecer: “aquella que pasa bajo los cimientos está muerta / más aún que esta ciudad que cruza”.

“La muerta”, título del poema anterior, englobará en la siguiente composición a 120 muchachas y la voz lírica se encargará de elidir el elemento violento para reconstruir imágenes: mujeres vestidas para una fiesta o con el uniforme del trabajo, chicas que “relucen más que nunca en su ausencia”. Luego, aventura una severa y sutil crítica a la deshumanización del espectáculo periodístico —que ha existido desde allende los tiempos— donde se exponen estas mujeres ahora despojadas: “las mencionan las llaman y las exponen con el rostro extinguido y unánime”. De nueva cuenta, Cosío apunta esta vinculación trágica con los elementos de su espacio citadino, ahora grotesco, ruidoso y despiadado: “no podrían ser otras las ruinas de esta ciudad hincada ante el polvo y el aire pútrido / ruido de orines ruido de balas hedor de saliva animal y murmullos”. Sin delirios de panfletos moralistas, su denuncia no se encuentra en elucubrar situaciones sino en humanizar a las mujeres desde el aspecto simbólico: describir quiénes fueron, traerlas otra vez a la vida a través del recuerdo pasional del rostro.

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¿Qué ocurre con la construcción espacial? En los poemas citados la ciudad innombrable, que puede contener en sí a cualquier otra ciudad pareciera ser invisible. Hay, eso sí, enumeraciones de espacios más bien relacionados a lo cotidiano y lo íntimo —y siempre referidos en los títulos: el baño, la habitación, el bar, la escalera. A través de la complementación con el ser amado, femenino, en Mujeres de la brisa la voz se apropia de la espacialidad sin describirla: el lector imagina los espacios que el poema solo intuye, un destello construido. Por lo tanto, el elemento de la ubicación queda abierto a la interpretación siempre cuestionable de quien lee o escucha. Un ejemplo es la pieza que da título al poemario. Si bien el tema del texto es el deseo en el acto de nombrar a la mujer, es prudente anotar que en el bar La Brisa leía el grupo de poetas al que perteneció Joaquín Cosío. La casa de la poesía La Brisa se incendió en 1999 y tanto Jorge Humberto como Miguel Ángel Chávez homenajearon en diversas ocasiones al inmueble con sus poemas. Esto, finalmente, nunca se menciona, pero, como todo en los versos, se quedará para siempre cifrado en la duda.

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Otro caso parecido es el de “Los amantes de la avenida Insurgentes”, donde jamás se hacen referencias de la ubicación salvo la que está en el título. El autor deja otra vez que nosotros imaginemos y reconstruyamos el espacio íntimo, de encuentro: una descripción del erotismo de los cuerpos sagrados, como quería Bataille. Puesto que el espacio solo importa cuando no está, lo que le interesa al poeta es asir el instante del encuentro donde “tomo tu mano / porque dormida me proteges”.

Antonio Rubio