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Para quienes nacimos en Ciudad Juárez se ha normalizado el escuchar que alguien nos cuente que viene de Durango, Veracruz, Puebla o algún otro estado del país. Resulta sencillo suponer las razones de su mudanza a la frontera: hay más oportunidades de trabajo y facilidad para obtener una casa propia después de algunos años de laborar, claro; además es probable que en algún momento nuestros padres o abuelos lleguen buscando esas mismas disposiciones. De esta manera arriba a la ciudad Mauricio Rodríguez en 1990, a quien le costó adaptarse “No pocas lágrimas y no menos chingadazos”, en sus propias palabras. Oriundo de Torreón, Coahuila, ejerce de periodista aquí, donde sabemos que dar testimonio de lo ocurrido implica un riesgo a morir. El cuentario De Obregón… El Recreo se publicó bajo el sello editorial Sediento Ediciones dentro de la colección “Lengua de gato” en diciembre de 2012. En él nos topamos con breves anécdotas, relatos o testimonios, en los cuales el conflicto parece estar dentro del yo-narrador habitante de la ciudad. Por ello, es este último quien tiene el mayor protagonismo pues aun cuando deja que otros personajes hablen, su voz siempre resalta: “estoy aquí y así –sobre– vivo en esta frontera”. El Recreo surge como un lugar seguro (¿qué lugar con cerveza no lo es?) para observar todo con el ojo “de hormiga, con que me mantengo alerta del acontecer del bar”.

La nocturnidad de Juárez se caracteriza por hombres dormidos en las bancas del centro y mujeres que salen a la calle a trabajar con el mismo fin que todos tenemos: buscar el sustento diario. Imágenes normales para quienes han caminado por el centro de noche, las cuales, sin embargo, no dejan de ser vistas con desconfianza. Mauricio Rodríguez lanza con pasividad estas polaroids cotidianas: “Vuelvo la vista a la calle y me encuentro a uno de ellos que se aferra a limpiar un vidrio y sólo recibe como pago un claxonazo y el arrancón del automovilista. Percibo en su rostro de ojos vacíos, la mirada desesperanzada, ellos son la puerta del hambre y la violencia, a un callejón por donde Dios ya no quiso volver a pasar”. En el cuento “The homeless blues” Harold, un hombre que como muchos otros viene de fuera, nos deja algunos epígrafes dedicados a la ciudad: “Al menos voy a morir feliz, así quise mi vida, cuando tienes un cigarro, tienes que ponerlo en tu boca y con tus manos activas tienes que cuidar con los dedos que el viento no apague tu cerillo, porque el diablo a veces puede ser el viento”. Para él y para la mayoría de los personajes que deambulan por la zona céntrica –incluyendo al autor– El Recreo funciona no solo como su checkpoint sino también como su hogar, por ello “al entrar al bar me reconforto al encontrarme con rostros conocidos”, rostros que pueden representar a sus hermanos o primos de otra parte del país. Incluso, a veces llegan desconocidos que se convierten en tus verdaderos amigos por un par de horas.

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“Eso ya pasó a la historia” fue lo que le dijeron a Paco hace un mes en El Recreo, cuando indagamos si tenían Juárez Whiskey. La pregunta la hicimos llevados por la curiosidad de probar aquel licor producido y añejado en tierra juarense que durante años sació la sed provocada por el prohibicionismo estadounidense. La gente cuenta que cuando la D.M. Distillery cerró definitivamente sus puertas el propietario de El Recreo compró botellas, pero no para venderlas como tal, sino para ofrecerlas como tragos dentro del establecmiento. Nos quedamos con las ganas pero tranquilos, bebiendo cerveza y satisfechos de poder escuchar las historias que, como “detectives salvajes”, nos llevaron a este conocido lugar. De igual manera, Mauricio Rodríguez en De Obregón… El Recreo, alcoholizado y oliendo a cigarro, nos cuenta sus vivencias y las de otros, la cuales, como la mayoría, fluyen mejor si hay cerveza de por medio. Afortunadamente, este bar sigue guardando historias entre sus paredes, aquí, donde parece que derribar edificios históricos es deporte local.

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Gibrán Alejandro Lucero Loera