Etiquetas

,

Guillermo Prieto dedicó su vida, desde la infancia, a realizar las labores del mismísimo Hermes: ir y venir por todas partes para transmitir el mensaje confinado. En este caso, Prieto, gracias a las diferentes labores que realizaba como persona pública (secretario, redactor de diferentes diarios, integrante de la Academia de Letrán, inspector, diputado, senador, incluso, negociante para concluir la guerra de los Tres años), pudo transmitirnos su mensaje por medio de su poesía. Fue en 1864, cuando fungía como administrador de correos para el presidente Juárez, que llega a Chihuahua a causa de los conflictos que tienen al país en completo caos. Una vez que el poeta se establece en el estado grande, se dispone a compilar su Cancionero, el cual ha llegado hasta nosotros por ser parte de la colección “Clásicos mexicanos” de la Universidad Veracruzana (1995) y editado por la doctora (maestra de casi todos) Ysla Campbell. La mayor parte de la obra incluida en el Cancionero —conformado por 51 poemas— fue escrita durante la estancia en varios lugares del estado de Chihuahua, por lo cual hay que mencionar que su poesía está marcada por las características específicas de la región. Así pues, un desierto, el brindis por la noche entre amigos, la flora y fauna, un clima bastante extremo o simplemente una región en donde nada se conoce y todo se duda, se convierten en temas principales para el poeta y su creación.

Aunque no todos los poemas hablan de la frontera y su ciudad —en realidad solamente uno fue escrito en honor al Paso del Norte (“Romance 1”)—, sí se puede destacar que el tema principal es la región. “Silencio y paz” habla de un pobre marinero —el poeta quizá— que está lejos de su puerto remando cada vez más hacia la misteriosa mar: “Por qué buscas audaz otras regiones, / cuando en la playa Dios te dio contento”, se pregunta el poeta quizá al darse cuenta de lo mucho que se adentra en este mar de arena que rodea no solo al Paso del Norte, sino a todo Chihuahua. Por otro lado, en “Bendito clima” se puede observar cómo todo extranjero (cualquier persona que no pertenezca al estado) sufre por las dificultades, extremidades y locuras que se viven en el clima de cualquier día en el desierto: “Bendito mil veces sea / un clima que, en sus extremos /, es la propuesta perpetua / contra los términos medios; / clima de pasión abierta, / o es la gloria o el infierno”. En fin, un sol medio despierto o dormido siempre te quema igual; un aire amargo con olor a muerte siempre toca tus cabellos y, sobre todo, un frío que mata lentamente en el desierto te hace dar cuenta que aún estás vivo. Guillermo Prieto se percató de esto a sus pocos días de convivir con un desierto: aquí nada es a medias.

89 Ocaso

Toda persona que pisa, aunque sea un poco esta ciudad, se da cuenta de lo hermosa que es por su diversidad. En Juárez hay zonas verdes para cultivar o lugares en donde solo se ve desierto en el horizonte. Escribe Prieto: “Por guardia tengo al desierto, / tengo por cerrojo el Bravo”. Dentro de la ciudad misma, Prieto descubre toda la variedad que existe por el simple hecho de ser una frontera. Un inesperado por aquello que puede ocurrir en un día con respecto al clima: “Si asoma el sol, estoy frito, / si hay hielo me agarrabato; / […] y cada gota es un charco / cuando pasajera nube / lanza la lluvia de tránsito”. Un lugar donde las diferentes culturas conviven todos los días. Están los extranjeros descansando para continuar su viaje, los que se quedan por poco o los que vivimos aquí, esperando cada sorpresa que brinda la ciudad. Guillermo Prieto probablemente se dio cuenta de la infinidad de cosas que se pueden hacer una vez que se está dentro de la ciudad, aunque no nos lo dice, quizá para que las hagamos nosotros mismos. Lo que sí hace es darnos indicios de lo que hay aquí: “Iba hablarte del invierno, / de la presa, del mercado, / de unos bailes primordiosos / en inglés y en castellano”.

89 Inundación av Juárez

Marcos Carrillo