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“Es una posta a mitad de la nada, El Paso del Norte, condenada a remendarse perpetuamente las cicatrices del acoso de las tolvaneras”. Esta es la descripción de una ciudad que en algún momento se encontró entre la vida y la muerte y de la cual ahora solo quedan los vestigios de la desaparición. Bajo esta premisa, el escritor Yuri Herrera compone crónica publicada originalmente en junio de 2009 en El malpensante. “La alcurnia extraviada” de un Juárez que actualmente sólo existe en el pasado de dos paseños-mexicanos (“The law is the law is the law”) y en los recuerdos de una sociedad perdida entre el progreso y el estancamiento, entre lo que fue la vida nocturna de la Juárez y lo que es hoy en día su atmósfera diurna: espacios que se mueven en medio de los remolinos de polvo levantados por el viento y el olvido. Tal extravío surge como consecuencia de la conocida guerra del narcotráfico acontecida durante los años que transcurrieron entre 2008-11, sucesos a los que alude el escritor, doctor en Lengua y Literaturas Hispánicas, en varias de sus obras, como los Trabajos del reino, y por las cuales se le ha posicionado como luminaria dentro de la narco literatura mexicana contemporánea.

Yuri Herrera alude a la Juárez transitoria entre el progreso y el pasado en que el método más efectivo para la recuperación de la memoria es el alcohol (“Pistear en lunes. Los viernes son para los maricas”). Para ello el espacio se constituye como lugar de encuentro donde los bares y cantinas más representativos del centro fungen como depositarios de recuerdos de una época dorada e imaginada que se pierde frente a la consciencia de espacios casi ajenos al cronista. El Bombín no es más el “paradero de bato hebilludo” donde “servían carne asada y charros a la segunda copa”; El 15 sirve de punto de reunión para puros “ingenieros y licenciados”. Aunque el tiempo les ha cobrado factura (y a pesar de no estar segura si ese Bombín es el que frecuento), esos locales conservan sus barras y rockolas. En el Club 15 aún conviven en armonía la “estética de taller mecánico” con “El cantinero, un hombre que borda los sesenta y viste corbata”.

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Algunos elementos simbólicos en la Avenida Juárez parecen retar al caminante y apelar a la memoria de seres apartados violentamente de la vida: “rebasamos la instalación que recuerda a las mujeres muertas y que a mí, aunque la mire de lleno, siempre me hace sentir como si mirara hacia otra parte”. El cronista plantea una férrea oposición centrada en la configuración de ambientes a partir de su fachada y la experiencia al entrar en ellos. Así que por un lado, se inclina por “Los antros [que] afirman su carácter más claramente cuando no simulan esplendor y es posible verles el cansancio en las paredes y en las sucias luces entubadas y en su silencio”. El Yankees Bar, El puerto y El Buen tiempo encierran el secreto de un lejano abolengo y la confidencia entre el Bacardí terciado y unos sedientes labios; en tanto que, en el otro extremo, existen bares que apuestan por el anzuelo del maquillaje: “(¿Han ido al Kentucky? Perfume, teles con cable, cocteles caros. ¡Por Dios, quemen ese lugar!)”. Sin duda, cada cual ostenta “una pátina distinta frente a la inclemencia de los días”90 El buen tiempo

Tal como en “La alcurnia extraviada”, la Juárez diurna es el espacio donde se reúne la “Vieja Guardia” que bebe tanto de día como de noche; sin embargo, aun cuando en ella se concentra una sociedad del pasado, ahora también alberga a una juventud en búsqueda de reconectarse con su ciudad perdida, con espacios que acogen al verdadero corazón de la ciudad, sin importar que sea a inicios de semana, justo cuando “Los bares del centro en Ciudad Juárez se dejan ver mejor”. La imagen que plasma Herrera es la de un hombre nostálgico ante sociedad arrebatada por el viento, pero más que nada la de un recorrido marcado por los recuerdos y el olvido, el cual se encuentra entre la transitoriedad del pretérito y el presente y la añoranza de sucesos gloriosos. Para mí la Juárez es el lugar donde el alcohol evidencia que la compañía es la mejor evocación de tiempos remotos, pues aun cuando el espacio solo es el espectador de encuentros ocultos, amorosos y confidencias recónditas, estas duran lo que la noche y se pierden, de manera que los bares –por siempre ahí, sean renovados o remotos– ceden al alcohol un sitio privilegiado de placer momentáneo.

Diana Varela