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“El odio racial no es la naturaleza humana;
el odio racial es el abandono de la naturaleza humana”.
Orson Wells

La historia podría resumirse como la inminente lucha del hombre contra la otredad. La diferencia (de raza, de género, de estatus socioeconómico, de lengua, de nacionalidad, etc.) ha generado la hostilidad desde los primeros momentos de la conciencia humana, ignorando el hecho de que son los matices lo que nos enriquecen como especie. Esta infinita guerra contra la otredad es el tema central de Expedientes de odio, de la escritora Selfa Chew. A lo largo de esta obra dramática somos testigos de distintos cuadros, imágenes que reflejan la dura realidad de las personas liminales, aquellos entes alosemióticos (fuera de una esfera significativa) a quienes la sociedad les muestra la espalda. Estos cuadros están numerados e inician por el 37, en el que una joven estadounidense, Katherine, le pide a su profesor que firme sus asistencias pues de lo contrario tendrá que estudiar en un terrible lugar llamado Ciudad Juárez; sus ideas al respecto de esta comunidad, aunque acertadas de cierta manera, reflejan el estigma negativo desde el cual una sociedad estadounidense interpreta en su imaginario a una urbe mexicana disminuida, pobre, diferente; en tanto que su profesor, de origen latino, termina por asumir el rol sumiso (quizá protector, desde su punto de vista), para evitar que la joven estadounidense llegue a la ciudad de la perdición

Sin embargo, Chew no se limita al ámbito local, pues extiende estos expedientes de odio más allá de las fronteras de ambos países para indagar en las vidas de personas en Los Ángeles, en Nueva York e incluso se preocupa por mencionar las guerras de Medio Oriente. Las fronteras no son territoriales, sino mentales. Así, los números de los cuadros ascienden hasta llegar a mil, número-sinécdoque a través de cual nos damos cuenta que las escenas son una ínfima parte de la historia contemporánea del odio. La constante de estos cuadros, fácilmente representables por separado, es el odio generado por la diferencia entre el sujeto y su sociedad. Entre los más destacables cabe señalar aquel en el que un niño llamado Jonny, quien vive en El Paso, teme por su familia después de que le propinan varios golpes de este lado de la frontera por considerarlo pocho; él cree que si alguna institución de servicios domésticos se entera de su situación culparán a su familia y le prohibirán visitar a su abuela en Ciudad Juárez. En este caso el tema de la violencia no solamente circunda en los moretones de Jonny, sino en la impotencia de proteger a su familia de una institución que paradójicamente busca su bienestar. Destaco esta escena por el hecho de mostrar los temas de la violencia y la liminalidad desde un punto de vista ambiguo, casi amoral, donde no es posible diferenciar los matices negros y oscuros de una compleja sociedad.

91 Selfa Chew

La crítica social hacia las instituciones está presente todo el tiempo, como en el cuadro donde se ponen en tela de juicio las ambiciones de los Zaragoza respecto a los terrenos de Lomas de Poleo, uno de los pablados más pobres y abandonados de la zona. En cuanto a El Paso, Chew levanta la voz por los habitantes latinos del Segundo Barrio, uno de los más antiguos de la ciudad y que en 2016 fue calificado como un lugar en peligro de extinción en Texas; en favor del progreso económico, un hombre llamado Bill (nombre por demás acertado) les promete a sus habitantes empleos y condiciones aceptables de vida si ceden sus hogares para la construcción de un Walmart y otras cadenas comerciales, pues les explica que a través del comercio local no podrán progresar. Todo sea por el bien del progreso y de Bill.

91 Segundo Barrio murales

El último cuadro, el número mil, refleja a un muchacho, muerto en condiciones extrañas, llamado Pedro. Su hermana nos revela que su origen es chino-latino-americano: es el representante de aquellos hombres y mujeres que se encuentran al margen por sus condiciones diversas. No obstante, Pedro es el resultado de una multiculturalidad que convive en mejor o peor medida, constituyendo él mismo el núcleo de la humanidad: Pedro es la prueba de que todos podemos coexistir juntos a pesar de nuestras diferencias.

Jaime Cano Mendoza