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Verónica Grossi, poeta originaria de Guadalajara y actual profesora de lenguaje, cultura y literatura en la Universidad Greensboro del Norte de Carolina, deja una aportación de imágenes narrativas en la antología Road to Ciudad Juárez. “Paso del norte” es el título de su contribución, la cual puede ser descrita como un conjunto de lugares, colores, cuadros, momentos y personajes que habitan esta ciudad-desierto; y en donde puede apreciarse un desfile de memorias significantes surgidas a través de la visita de la autora a Ciudad Juárez. Así, entre la poesía y la narrativa, Grossi crea una imagen plástica de lo vivido durante lo que parece una corta estancia en la ciudad.

En este relato, la cronista describe una de las zonas emblemáticas de la ciudad: el parque frente a la catedral. Allí, en la Plaza de Armas, existe un gran kiosco habitado por excéntricos personajes, tales como un hombre gordo de sucia barba pidiendo limosna debido a que su hinchada pierna enferma le impide trabajar, una señora embozada contando su triste historia, parejas besándose, niños jugando o escritores declamando sus poemas (la misma Grossi y sus compañeros forman parte de este último grupo). También se habla del desierto y de las conocidas “rodadoras” que lo distinguen, así como de sus colores característicos: café, rojo y amarillo ocre. Por otro lado, Juárez representa para Grossi el hogar de su abuela, a la cual describe sonriente sobre almohadas blancas bordadas; de esta manera, la ciudad toma una significación cálida, amena. Finalmente, aparece el puente, imagen acompañada por adolescentes cruzándolo a diario para ir a la escuela y olvidar las flaquezas de su ciudad.

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La autora se detiene en la Plaza de Armas, un sitio que ha significado varias cosas a lo largo de mi vida.  De niña simbolizaba una zona de peligro, pues el “robachicos” siempre acechaba por ahí; como adolescente era el lugar idóneo para escabullirme cuando me iba de pinta con amigos de secundaria; ahora representa, de alguna manera, todo lo anterior, pero además un espacio para la cultura. Me identifico con la imagen dibujada por la autora al describir los personajes que habitan esta zona y la diversidad de propósitos a los que ha servido por tantos años la plaza: pedimentos de limosnas, organización y promoción de eventos religiosos, culturales y artísticos, interacción social, instalación de comercios, por mencionar solo algunos. Ciertamente es un lugar clave en la ciudad, el cual, al parecer, nunca cambia. Incluso los personajes que lo habitan parecen siempre los mismos: el evangelista predicando de salvación, el mendigo de barba larga pidiendo limosna en la banca junto a la fuente de “Tin tan”, las señoras caminando apresuradas para tomar “la ruta”, el vendedor de juguetes “chinos” traídos de El Paso, los niños corriendo y algún escritor regalando folletos de poesía.

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Esmeralda Vaquera